Reggio’s Weblog

23-F: recuerdos y preguntas, de Antonio Elorza en El País

Posted in Historia, Memoria, Política by reggio on 21 febrero, 2009

Me encontraba hablando por teléfono con Fernando Claudín para organizar unas conferencias conmemorativas del 50º aniversario de la Segunda República cuando llegó la noticia de la dimisión de Adolfo Suárez. “Ruido de sables”, sentenció. También estaba al teléfono, ahora preparando la edición de un libro, cuando a ambos lados de la línea retumbaron los disparos en el Congreso. “¡Policías malos que no dejan trabajar a los aitás!”, dictaminó mi hijo de cuatro años. En las horas que siguieron, atendí la consigna del partido, pronto por fortuna anulada, de concentrarnos en las inmediaciones de las Cortes. Los círculos protectores de grises nos relegaban a la plazuela de Goya, junto al Prado. Horas después, la Policía Municipal anunció que unas fuerzas de la Brunete venían para liberar a los diputados. Un amigo me contó el fin del episodio. En realidad, quien llegaba era Pardo Zancada para reforzar a Tejero. El grupo de concentrados le saludó con los gritos de “¡Democracia, sí; dictadura, no!”. Nuevo caos de consignas por la mañana: primero, atrincherarse en las Facultades; luego abandonarlas para no provocar.

Un cierto grado de confusión alcanzó en esa jornada a todos los niveles de la sociedad, del poder político y de los mandos militares, incluidos los golpistas, que acabaron atrapados en su propia tela de araña. Es el clima reflejado en la dignísima miniserie de TVE. La única objeción reside en el hecho de que sea la televisión del Estado la que difunde una versión tan cerrada del episodio, con el Rey como protagonista inmaculado, cuando hay puntos oscuros aún por dilucidar. El fondo de la cuestión parece claro: la opción constitucionalista del monarca y sus gestiones para obtener la obediencia de unos jefes militares partidarios del “golpe de timón”; la lealtad de algunos, como Fernández Campo y Gabeiras; la voluntad golpista de Miláns o de Tejero; la felonía de Armada. La combinatoria de las actuaciones es, sin embargo, más compleja.

Escuché al Rey su narración de los hechos con ocasión de una cena en casa de Jaime Sartorius, allá por julio de 1988, y una vez que ya tenemos una versión oficial, resulta imprescindible destacar algunas diferencias. Así, la conciencia del riesgo asumido por el monarca. El príncipe Felipe le pregunta: “¿Qué pasa, papá?”. Y él responde: “Nada, hijo; he dado una patada a la Corona, está en el aire y ya veremos donde cae”. Más importante es la observación hecha por la Reina al conocer la ocupación del Congreso: “¡Esto es cosa de Alfonso!”. Consecuencia: tajante rechazo a cualquier intento de Armada para acudir a la Zarzuela y advertencia a Gabeiras de que no delegase nada en su segundo, protagonista en todo momento de la narración regia. Hay, pues, un hilo conductor de las relaciones entre Armada y el Rey que la serie no aborda suficientemente. Todo indica que Armada participa en ese “ruido de sables” de que hablaba Claudín y que dio en tierra con Suárez, quien para nada quería al futuro golpista en el Estado Mayor. Nada sabemos de su larga conversación con el Rey diez días antes del 23-F. Resulta verosímil que el Rey prefiriera tenerle cerca como hombre de confianza en tiempo de inseguridad y que reaccionara al sospechar su intervención en la trama, dejándole claro que no secundaba el golpe.

Tampoco cabe descartar que siguiera pensando en utilizarle en último extremo, y ahí está el visto bueno dado para presentarse en las Cortes. En la miniserie es Gabeiras quien lo otorga, pero el general contó años después que la autorización previa fue del Rey, cosa lógica, para convencer a Tejero de que depusiera su actitud. Sólo que a esas alturas estaba bien probado que Armada jugaba su propio juego golpista. Difícilmente don Juan Carlos podía ignorarlo. Culminando una labor iniciada tiempo atrás, más de sierpe que de elefante, iría a proponer a los diputados presos su gobierno de salvación nacional. Tejero reventó el intento. El resto es bien conocido. Debilitada ya por la presión del monarca sobre los capitanes generales y por los propios celos entre estos, la baza de espadas había fracasado. Una hora más tarde, el Rey aclaró todo con su comunicado constitucionalista en televisión. La imagen jugó así un papel sustancial, desde la providencial cámara que transmitió el tejerazo e invalidó todo intento de presentar aquel ejercicio de barbarie como un acto de salvación de la patria. La última batalla de la guerra civil se había perdido para los sublevados, entre la traición y el esperpento.

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Víctimas y verdugos, de Antonio Elorza en El País

Posted in Historia, Memoria, Política by reggio on 24 enero, 2009

En sus últimas intervenciones, amén de valorar negativamente la iniciativa del juez Garzón, Santiago Carrillo viene insistiendo en dos ideas. Una, el derecho de los descendientes de las víctimas de la guerra a dar sepultura a los asesinados que acabaron en fosas comunes. Lógico. Otra, que no debe insistirse en la búsqueda de la identidad de los verdugos, porque ese estigma recaería sobre sus descendientes, que ninguna culpa tienen de contar con un asesino como antepasado.

Semejante idea sería sostenible de no existir los descendientes de las víctimas, a quienes tal vez no les consuele ver cómo el ejecutor de su abuelo, caso de bastantes generales franquistas, sigue siendo recordado en calidad de patriota insigne. Y de no existir una sociedad a la cual se le debe el respeto de contarle la verdad. Sin advertirlo, Carrillo se desliza así hacia el campo de los verdugos, pues según su planteamiento al de las víctimas sólo les toca una sepultura digna y respetar el olvido impuesto nada menos que para no herir a los herederos de este o aquel criminal político. Seguramente no tiene en cuenta los ejemplos, cada vez más frecuentes, de hijos o nietos de nazis preocupados, no por esconder los actos de barbarie de sus antepasados, sino por encontrar a los supervivientes de un lager y compartir su dolor. Puede hablarse de un deber moral para los sucesores del criminal político si se sienten llamados a la acción: superar el vínculo de la sangre y optar por la justicia. Es lo que mostraba el filme de Costa-Gavras, La caja de música, cuya visión sería útil para Carrillo antes de seguir opinando sobre el tema.

En un inteligente artículo aquí publicado hace semanas, José María Ridao consideraba incompatible la creencia en la consolidación de la democracia en España, lo cual permitiría afrontar sin reservas el tema de la memoria histórica, con la estimación de que sin atender a la misma, la democracia no estará completa. “O una cosa o la otra”, nos dice. Tropezamos de este modo con un falso dilema, ya que el hecho de que la democracia se encuentre consolidada, no significa que hayan sido resueltas cuestiones básicas, por ejemplo la financiación y la articulación de las comunidades autónomas, sin lo cual evidentemente el régimen democrático dista de estar “completo”. Sólo que las instituciones no peligran porque tales obstáculos sean reconocidos. Otro tanto sucede con la memoria histórica relativa a la guerra civil y al franquismo. Hubo forzosas cortinas de humo para hacer posible una transición en que instituciones franquistas como el ejército seguían monopolizando la fuerza. Pero ahora, ¿qué sentido tiene erigir una muralla de impunidad retrospectiva? Bien está tratar conforme a derecho a figuras tan relevantes como Hitler, Mussolini o Franco, y a sus seguidores y ejecutores, pero tal vez sería prioritario utilizar ese mismo derecho en dejar claro para siempre quiénes y cómo emplearon el poder en destruir a sus semejantes.

España va aquí camino de ser una excepción en Europa. Los franceses se han acostumbrado a admitir que el resistente Mitterrand tuvo una inclinación ultraderechista que no desapareció con el acceso a la presidencia, o a reconocer la brutal gestión de las guerras de Indochina y de Argelia. En la siempre denostada Italia ha sido posible realizar filmes como Il caimano, de Nanni Moretti, destripando a Berlusconi, y sobre todo Il divo, “el divino”, de Sorrentino, con un despiadado retrato de un gobernante aún vivo como Andreotti, comprometido con la Mafia y con asesinatos políticos. En el libro de Angelo del Bocca, Italiani brava gente?, son expuestos los crímenes contra la humanidad cometidos por Italia en Etiopía o en Eslovenia, con nombres de militares genocidas (Badoglio) y de simples soldados depredadores, siguiendo instrucciones del gran miserable que fue el Duce. Y su nieta Alessandra, y los nietos de los demás asesinos, deben soportarlo. Así se explica el viraje de Giancarlo Fini, desde la militancia negra a la condena del fascismo y del holocausto.

No se trata de satanizar, sino de ponderar los juicios. En estos días conmemoramos el 70 aniversario de la defenestración del estudiante Enrique Ruano, joven militante del Felipe sometido tras el crimen a una campaña de difamación con Fraga Iribarne como ministro de Información. También lo era cuando tuvo lugar el asesinato judicial de Julián Grimau. Fue luego positivo para la democracia, pero los homenajes a las víctimas no bastan para cancelar responsabilidades. La condena retrospectiva de los verdugos, siquiera simbólica, constituye un acto inexcusable de justicia.

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¿Galeusca?, de Antonio Elorza en El País

Posted in Derechos, Política by reggio on 20 septiembre, 2008

Desde su aparición en escena allá por 1923, la alianza de los tres nacionalismos periféricos ha tenido una incidencia más simbólica que real. Aun cuando las trayectorias de catalanismo, nacionalismo vasco y galleguismo se han ajustado al calendario común de la historia política de España, las diferencias en cuanto a base económica y social, implantación e ideología han hecho bastante difícil la materialización de la consigna de “¡nacionalistas del Estado español, uníos!”. La consistencia de la afirmación nacional en el catalanismo no se tradujo históricamente en una pretensión de alcanzar la soberanía, sino en el doble objetivo de llevar adelante la construcción nacional, en la economía y en la cultura, y de lograr una proyección de sus mayores dinamismo y modernidad por medio de la autonomía en el marco español. Con una orientación bien diferente, el nacionalismo definido por Sabino Arana, sin renunciar a una dimensión pragmática ligada al Concierto económico, fijó su norte el objetivo de la independencia, que en su sector radical acabó llevando a la práctica de la violencia y del terrorismo. Y en cuanto al nacionalismo gallego, su debilidad política le obligaba hasta fecha reciente a preocuparse ante todo de ir consolidando su presencia cultural y política. Distintas metas, distintas personalidades políticas, imposible unificación de estrategias.

La situación ha cambiado hasta cierto punto en los últimos 10 años, por efecto del viraje independentista del PNV y de los inicios de la deriva que en Cataluña llevó a proponer la revisión al alza de su régimen autonómico. Como siempre, Galicia siguió, a favor también de la consolidación del BNG. El resultado fue la declaración de Barcelona, de 11 de julio de 1998, cercano ya Lizarra, con el objetivo de coordinar esfuerzos para lograr lo que los firmantes consideraban un Estado plurinacional moderno. Era recuperada la etiqueta de Galeusca, evocadora del primer ensayo anterior a 1936. La candidatura unitaria para las elecciones del Parlamento Europeo en 2004, con incorporaciones valenciana y balear, constituyó la expresión de ese nuevo espíritu de convergencia.

Más allá de las declaraciones, emerge una trama tejida a base de influencias ejercidas por unos movimientos sobre otros, con el resultado de un clima de simpatía y de complicidad, sin borrar las diferencias de fondo. El nacionalismo vasco incidió sobre el catalán al insistir en que el verdadero patriota ha de aspirar a la soberanía, siquiera formalmente. El rechazo de la violencia siguió marcando la divisoria, sin olvidar el encuentro de Carod con ETA. Para las políticas de educación y cultura, en cambio, fue casi siempre el catalanismo quien asumió la iniciativa, de efectos observables en la política de afirmación del idioma propio diseñada recientemente en Euskadi y en Galicia. A modo de ola de fondo, emerge la creencia en que la afirmación de la nacionalidad supone necesariamente la confrontación con el Estado. El espíritu de secesión alcanza así una legitimidad, como sucede en la política de integración independentista de los inmigrantes magrebíes en Cataluña, en tanto que toda posición que represente un enlace con España es juzgada negativamente.

Es una relación entre movimientos políticos comparable a la que existe en física entre los vasos comunicantes. Las diferencias persisten, pero interviene un sentimiento de convergencia. Ha podido apreciarse con ocasión del reciente fracaso del proyecto Ibarretxe 2, cortado en seco por el Tribunal Constitucional. El pragmatismo tradicional del nacionalismo catalán no ha visto con buenos ojos que el lehendakari se empeñara en la táctica del carnero, al volver a chocar contra un obstáculo previsible e infranqueable, contribuyendo además a crear una jurisprudencia contra la autodeterminación que a largo plazo puede afectar a todos. Pero ello no ha eliminado la expresión de solidaridad, acentuada frente al “Estado español” en el independentismo.

Las presiones de unos y de otros siguen apuntando a la puesta en cuestión del orden constitucional, favorecida en el caso catalán por ese principio estatutario de bilateralidad que sitúa todo problema de importancia, financiación en primer plano, en un nosotros versus el Estado central, léase España. Es la elección de Montilla: socialista pero ante todo “leal a los catalanes”. Resulta de modo inevitable un “desapego” creciente, es decir, la creencia en que formar parte del Estado español resulta un coste para Cataluña. Tras su nueva derrota, al lehendakari Ibarretxe, perdido el apoyo de una débil ETA incapaz de respaldar con atentados la supuesta motivación de su consulta, lo único que le queda es deslegitimar al Estado sea como sea. En Cataluña, son los conflictos reales, en su gestión ideológica, los que llevan a una radicalización reflejada en el bosque de banderas esteladas, por la independencia, en la Diada. En ambos casos, la balanza de la política nacionalista se inclina del lado de la desestabilización.

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Verano en negro, de Antonio Elorza en El País

Posted in Medios, Política by reggio on 6 septiembre, 2008

Las cosas no empezaron bien. Por vez primera en mi larga vida universitaria, un proyecto de investigación me era rechazado. Se trataba de analizar en nuestro país las nuevas formas de engarce entre poder político y medios de información, un tema planteado desde nuevas bases a partir de la experiencia Berlusconi en Italia, y cuyos efectos se han sentido aquí a lo largo de los últimos cuatro años en toda la amplitud del espectro político, desde la convergencia entre la Cope y El Mundo o Libertad digital a la relación privilegiada de Mediapro con el Gobierno. El análisis del discurso iba a ser el instrumento analítico fundamental, pero, dicen, es sólo “una propuesta relativa al debate político” y además sesgada. Antológico. Puro Ollendorf. No me importa demasiado. Lo que me preocupa es que el procedimiento recuerda la censura de libros en la etapa final del absolutismo, sólo que sin acceso a los informes. Bien merecido lo tengo por indagar sobre tales asuntos.

Claro que existió la posibilidad de olvidarlo todo y gozar con el espectáculo de las olimpiadas. Sólo que antes o después los informativos perdieron la oportunidad de contar a los españoles qué había detrás del escenario, con los cientos de millones de campesinos en la pobreza, la corrupción de Estado y una política exterior mucho menos inofensiva de lo que nos cuentan los sinólogos oficiales. Hay allí un olvido total de los derechos humanos -algo más que falta de “respeto a la identidad tibetana”, incluso para los propios chinos-, agresividad larvada (Taiwán) y una protección de dictaduras espantosas como la birmana. Con insistir de mil maneras en que todo-debe-ser-pero-aún-no-es-y-quién-sabe-si-algún-día-lo-será, se agotan las sesudas reflexiones. Montaje de cortinas de humo al gusto de Moratinos.

Georgia marcó el momento decisivo del verano. Menos mal que con todo Sarkozy y Kouchner limitaron el alcance de la ocupación. Un insensato nacionalista provocó una guerra que casi destruye su propio país. Primer responsable: Bush, desconocedor de quién es Putin, verdugo implacable ya en Chechenia, e incapaz de frenar desde Beijing a un protegido al que no puede proteger, en nombre de una “integridad territorial” desde hace tiempo perdida. ¿Hasta cuándo seguirá Bush provocando desastres? Resultado: vuelve Rusia como gran potencia desalmada, en la estela de Stalin, dispuesta a todo para recuperar su cinturón imperial, con una siembra de bombardeos contra la población civil de Georgia. A los cuarenta años de la invasión de Praga, Putin ve cumplido su sueño gracias a Bush. Mal presagio.

En el orden personal, el desenlace del verano tuvo acentos trágicos, con el incidente que amenaza la vida de Jesús Neira. Mi trato con él fue transitorio, pero muy intenso. Dirigí en Ciencias Políticas su tesis sobre los orígenes del totalitarismo español, un trabajo donde trataba de valorar el enlace entre el maurismo y el fascismo de los años 30. La pionera técnica empleada, que Neira aplicó con la ayuda del ordenador a costa de infinitas horas, era el análisis del discurso. En la defensa de la tesis se registraron desde el tribunal objeciones rayanas con el surrealismo, pero Jesús replicó con la convicción que le caracterizaba y obtuvo el premio extraordinario de doctorado. Luego, siguió otro camino académico. Del Neira que conocí en sus años jóvenes, amén de aquella extraordinaria dedicación, destacaba la firmeza en la defensa de las propias convicciones, ejercida con seguridad y elegancia. No me extrañó nada su comportamiento altruista. Sirvan estas líneas de sentido homenaje.

El episodio sugiere un comentario adicional, sin olvidar el valor de su acción, la brutalidad del agresor y la en principio incomprensible defensa de éste por la agredida. Por desgracia, esto último es lo normal, y no sólo entre la gente del bronce. De poco servirán las merecidas Cruces al Mérito si no cala en la sociedad una educación cívica: la ministra de Educación conoce muy bien hasta qué punto personas por encima de toda sospecha tienden a inclinarse ante el agresor. Recuerdo el caso de una universitaria que amonestó a su protector espontáneo: “¡No debiste defenderme! Yo me las hubiera arreglado sola”. Así que mientras no cambie la mentalidad: defensa de los agredidos, pero también cautela.

Y no todo ha sido amargura en torno al color negro. Cabe también el error, al adjudicar siempre tal calificativo al candidato Barack Obama, cuando Obama no es negro, sino mulato. Negro es el porvenir para todos si vence el ticket formado por el heroico MacCain y su feroz cazadora de renos, modelo de typical American girl from a typical American town, que diría Pete Seeger. Acompañada además de una guardería ambulante. Un hallazgo, con su oportuno antiabortismo, para nuestra derecha. Para mí, una pesadilla.

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Las vacaciones del año 8, de Antonio Elorza en El País

Posted in Derechos, Política by reggio on 18 agosto, 2008

Este verano, muchos españoles viajan menos días; otros, más cerca, y algunos tienen que quedarse en casa. Después de unas intranquilas vacaciones tendremos que plantearnos cómo afrontar la crisis

A mediados de junio era ya prácticamente imposible encontrar un hueco para Túnez antes de septiembre. Las nuevas guías turísticas ocupan como en pasados años un lugar de privilegio en los grandes centros comerciales. En las sales de Harrods siguen escuchándose todos los acentos de la Península, mientras en nuestros principales almacenes los volúmenes de ventas en las rebajas han paliado un poco el bache de meses anteriores. Las playas vuelven a estar llenas, a favor del buen tiempo, y la estación turística no ofrece malas perspectivas. Si no miramos los indicadores económicos, un verano como otro cualquiera.

Sin embargo, todo el mundo sabe que cuando llegue septiembre las cosas no volverán a ser las mismas de antes. Resulta difícil predecir la duración de la crisis, dado el peso de la principal variable externa, el precio del crudo, y, sobre todo, cuál será el próximo gigante del sistema económico que puede caer, víctima de la gestión optimista de años anteriores. Tampoco está aún clara, a la vista de las recientes diferencias entre el sensato Solbes y el hiperactivo Sebastián, si el Gobierno optará por aportar ayudas a posteriori a la autodepuración del mundo empresarial, o por esforzarse mediante el empleo de caudales públicos en ir tapando los principales agujeros que vayan surgiendo.

Si Zapatero es fiel a sí mismo, preferirá la segunda opción, más costosa para todos si la anunciada recesión se prolonga en el tiempo. Y todo ello sobre el telón de fondo de una presión de las comunidades más ricas, con Cataluña a la cabeza a favor del principio neoestatutario de bilateralidad, para que una nueva financiación les permita sortear mejor las dificultades de la coyuntura económica.

En economía tiene lugar un fenómeno conocido como histéresis de los costes, aplicable también a la evolución de los consumos privados. Cuando se interrumpe un proceso de crecimiento económico en una empresa y se entra en una fase de recesión, la disminución de los costes no puede seguir la misma curva, situándose siempre en un nivel más alto, ya que hay costes fijos previamente comprometidos que no pueden ser eliminados. Sucede otro tanto en la evolución del consumo. Los españoles (no todos) se habían acostumbrado a una fase de mejora en sus ingresos en los últimos 15 años, con la consiguiente proliferación de formas de consumo ostentoso. Les costará mucho renunciar a los hábitos contraídos con la bonanza.

Si a comienzos de los ochenta era prácticamente imposible encontrar en Madrid una guía turística de Turquía, ahora lo que no resulta posible es ir por parte alguna del mundo sin tropezarse con grupos de españoles cargados de compras del bazar correspondiente o hablando de su último viaje a Irán, a Capadocia o en uno de los cruceros de masas por el Nilo. Eso sí, no siempre de acuerdo con una correlación entre ese turismo y el nivel cultural; en pocos aspectos la persistente miseria del medio estudiantil y las limitaciones de nuestras clases medias enriquecidas pueden apreciarse como en éste.

Otro indicador de ese tipo de consumo practicado por los miembros de nuestra sociedad opulenta es la increíble proliferación de restaurantes de semilujo, incluso muchos de ellos con aspecto popular, cuya estructura de precios hubiera alejado sin duda a los clientes hace aún pocos años. Y, en fin, ningún objeto más demostrativo de ostentación que los 4 – 4, que han invadido las calles de nuestras ciudades, con el incremento del riesgo para todos (para la visibilidad de otros automovilistas son auténticos muros, sin contar la prepotencia de sus conductores), el gran consumo de carburante y la consiguiente emisión de CO2. Es en gran medida el símbolo de una era de feliz y estúpida autosatisfacción, que los Gobiernos han debido de encontrar natural, ya que hasta hace poco a nadie se le ocurrió en España someter a una fiscalidad especial a tantos poseedores de cortijos imaginarios.

De haber seguido el ascenso a los cielos del bienestar económico, en este país alegre y confiado se hubieran organizado pronto excursiones para visitar la banquisa de ese Polo Norte en trance de desaparición en medio de la indiferencia general, del mismo modo que son visitados Birmania y el Tíbet sin que los que se asoman a esas tragedias produzcan otra cosa que fotos digitales para enseñar luego a los amigos. Ningún signo de denuncia por parte de tantos visitantes españoles llega a los medios de comunicación, salvo que sobrevenga un incidente que afecte a su seguridad. Claro que en este punto, nuestro progresista Gobierno marca la pauta. Moratinos se ocupa del problema de Oriente Próximo, pero en las demás causas que de modo inmediato conciernen a los derechos humanos impera una escandalosa inhibición. A Ingrid Betancourt se la tendría en el corazón por parte de España, según dijo el presidente Zapatero, sólo que al mismo tiempo el tema de las FARC como tal no interfirió nunca en el trato cordialísimo con su avalista Hugo Chávez. Y sobre Birmania y Tíbet, sobre Darfur, silencio impuesto desde arriba, como para nuestro equipo olímpico, no vayamos a incomodar a China. Gocemos del sol de Varadero y del contoneo de las mulatas, o de la virilidad de los mulatos, en La Habana, mientras el Gobierno español encabeza la gratuita recuperación de la cordialidad de la Unión Europea con la dictadura castrista, sin que ni siquiera tenga lugar como pago de tales servicios la devolución del centro cultural español del Malecón habanero, incautado por Fidel en 2003.

Tal vez la llegada de tiempos oscuros obligue a tomar conciencia de la realidad. El hecho de que la sociedad española, tras siglos de dificultades, pasara a encontrar un hueco dentro del grupo de los privilegiados del planeta, no borra la doble circunstancia de que ese mundo feliz reposaba de un lado a corto plazo sobre bases frágiles, desde el punto de vista del coste de la energía, y, de otro, lo que es más grave, se daba al mismo tiempo que el productivismo suicida imperante desde hace décadas, tanto en las sociedades capitalistas desarrolladas como en las comunistas (recordemos el mar de Aral), llevaba ni más ni menos que a un alto riesgo de autodestrucción, o como mínimo de un enorme deterioro, de las condiciones de vida sobre la Tierra.

No se trata de ser apocalíptico, sino simplemente de atender a las cláusulas que requiere un crecimiento autosostenido: no destruir los recursos que le hacen viable. En estas circunstancias, temas tabúes como el debate sobre la energía nuclear debieran ser abiertos de nuevo, sobre bases exclusivamente técnicas. Resulta absurdo que, dados los costes económicos y ambientales de las fuentes de energía fósiles, tal cuestión no ocupe el primer lugar en la agenda de los países desarrollados, entre ellos el nuestro.

Análisis y soluciones técnicas, incluso para cuestiones en apariencia sólo ideológicas, como la del conflicto de idiomas o la relación entre islamismo y terrorismo. Tenemos entre los diez personajes más influyentes del mundo, según Foreign Policy, a tres exponentes del islamismo, que desde distintos ángulos ponen en tela de juicio de modo rotundo el sistema de valores occidental, y en algún caso (el más importante, Al Qaradawi, predicador estrella de Al Jazeera) defienden prácticas incompatibles con la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Para prevenir, no sirven los confortantes cuentos de hadas de Fátima Mernissi. Sí el rigor mostrado después del 11-M. Del mismo modo que las declaraciones de buena voluntad resultan inútiles en temas trágicos como el de la repatriación de los cientos de miles de inmigrantes ilegales. Buena piedra de toque en tiempo de crisis para un Gobierno que quiera ser realmente progresista. Se hizo en gran parte la vista gorda por ofrecer mano de obra barata. Ahora son merecedores de un trato humano por parte de nuestros gobernantes al regreso de estas intranquilas vacaciones.

Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.

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El síndrome confederal, de Antonio Elorza en El País

Posted in Derechos, Política by reggio on 29 mayo, 2008

En sus explicaciones sobre el pensamiento político del siglo XIX, José Antonio Maravall no ocultaba su simpatía por Francisco Pi y Margall. Su proyecto de organización federal de España, asentado sobre las reformas sociales, le parecía a largo plazo mucho más realista que la centralización y el nacionalismo español conservadores de Cánovas. Había sin embargo un punto débil. Pi no percibía la distinción entre federación y confederación, esto es, entre la articulación de sucesivos niveles de poder hasta configurar un centro último de decisiones, la federación, y la primacía reservada a la “soberanía” de cada uno de los Estados asociados sobre las competencias delegadas a un centro reducido a funciones de coordinación, la confederación.

La descentralización de competencias puede ser muy amplia en la federación, incluso en el nuevo federalismo cabe insistir en la importancia de las funciones compartidas entre el Estado central y los Estados federados, pero el núcleo de las decisiones políticas y la garantía de la igualdad de derechos permanecen en manos del Gobierno y las instituciones federales. La ventaja aparente de la confederación reside en “sentirse cómodos” (Maragall) y su gran inconveniente en que la paridad entre los componentes, así como la simple condición de mediador del centro, impiden que el Estado cree un mecanismo eficaz de resolución de los conflictos. Además, según advirtiera Hamilton en El Federalista, sobre la experiencia de los primeros pasos confederales en Norteamérica, el predominio de los intereses propios daba lugar a verse “alternativamente amigos y enemigos entre sí, con mutuos celos y rivalidades”.

Las confederaciones han estallado en los dos últimos siglos una tras otra. Recordemos la trágica explosión de Yugoslavia al hacer valer Milosevic el predominio fáctico de Serbia sobre las reglas confederales establecidas por la Constitución de 1974, empezando por la rotación de la presidencia. En cuanto a la Confederación suiza, por la Constitución de 1999, se autodefine como Estado federal.

En ésta y en otras cuestiones, nuestra clase política no escapa a la calificación establecida por el arbitrista González de Cellorigo, quien en “el tiempo del Quijote” definía a España como “una república de hombres encantados”, en estado de permanente disociación respecto de la realidad. Asuntos como la montaña de juicios sin tramitar o la increíble peripecia de los policías tipo Sed de mal en Coslada llevan a la pregunta de si tienen existencia real los ministerios y organismos competentes. Otro tanto cabe decir de los grandes especialistas que hubieran debido ir más allá del tema de la constitucionalidad formal de los nuevos Estatutos, catalán a la cabeza, preguntándose por el curso que iba a adoptar el propio Estado de entrar en vigor esta singular reforma del orden constitucional, socavando la estructura del mismo en nombre del principio de bilateralidad. El Consejo de Estado emitió un notable dictamen de alcance general al que nadie hizo caso. Luego, silencio.

España no se ha roto, pero la aplicación del criterio de la comodidad, un policentrismo de hecho, muestra cómo la deriva confederal introduce crecientes elementos de disociación. “A cada comunidad, su río”, de manera que en tiempo de sequía el Estado tiene que acudir a solidaridades de partido y a eufemismos para que el agua disponible llegue a quien la necesita. No es cuestión de conferencias ni de buenas voluntades: la soberanía de una comunidad sobre tales recursos contradice el interés general. Otro tanto cabe decir de la reforma financiera interterritorial. Puede ser necesaria para quienes más pagan como Cataluña (o Baleares, o Madrid), pero lo grave es el planteamiento del president Montilla, que se limita a esgrimir frente al Estado la supuesta imposibilidad de que Cataluña soporte la situación actual, proponiendo la aplicación del principio que ya contenía la Constitución de los confederados en la guerra de Secesión americana: no aportar recursos para disminuir la desigualdad interterritorial. Es la afirmación más nítida de un principio de bilateralidad, que reposa sobre la lógica interna del Estatut, por encima de los remiendos para “constitucionalizarlo”: hay una nación, Cataluña, y un Estado español, nunca España. De nuevo conferencias y tratos para salir del paso. Falta un mecanismo constitucional, de carácter federal, que aborde tales conflictos de decisiva importancia.

No hablemos de Ibarretxe. Incluso un hombre discreto como Montilla, ex ministro, acepta la falsa evidencia de que es posible pensarlo todo exclusivamente desde Cataluña, que resulta lógica la hegemonía impuesta al modo de Quebec hasta el límite en la enseñanza y en la expresión pública de la “lengua propia” sobre el idioma de todos, que la política de apoyo a los inmigrantes musulmanes, como explica el profesor Moreras, entregada a ERC, tenga por objetivo ganarles para la idea de la independencia de Cataluña, que la idea de solidaridad característica de la izquierda haya sido reemplazada por la defensa a ultranza de los propios intereses económicos.

Claro que Cataluña da muchos votos al PSC y que cualquier lector de su ponencia política puede apreciar el apego del PP a una concepción preconstitucional, unitaria, sin nacionalidades, de la nación española. Petición final: que Montilla, de un lado, y el ponente popular, de otro, dejen de mencionar el nombre de federación contradiciendo su significado.

Antonio Elorza, es catedrático de Ciencia Política.

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El naufragio de IU, de Antonio Elorza en El País

Posted in Política by reggio on 5 abril, 2008

El derrumbamiento electoral de Izquierda Unida ha suscitado dos tipos de comentarios. El primero, la lamentación por la agonía de una fuerza histórica que prestó un constante apoyo al Gobierno durante la última legislatura. El segundo, animado en especial por el propio líder de la formación, Gaspar Llamazares, apuntaba como responsable del desastre al tsunami provocado por la intensificación del bipartidismo, con la complicidad de una Ley Electoral injusta que puso el precio de medio millón de votantes a cada uno de sus diputados.

Este segundo aspecto merece una consideración particular, siempre teniendo en cuenta que no es España el único país de Europa occidental donde el objetivo de estabilidad prima a los grandes partidos y se aleja de la proporcionalidad pura. En el Reino Unido, desde hace muchas décadas, el tercer partido social-liberal cuenta con un electorado que luego se traduce en una proporción menor de escaños y en Francia, por aquello del distrito uninominal y del ballotage el Frente Nacional ha sido casi siempre una fuerza extraparlamentaria. Llamazares es más simpático que Le Pen, pero el grado de injusticia es el mismo, incluso superior en el segundo caso.

No obstante, a la vista de la configuración del mapa electoral español, sería útil pensar en una modificación limitada que permitiera, con algún diputado más, utilizar los restos nacionales.

Pero la cuestión de fondo es saber si una Izquierda Unida como la dirigida por Llamazares tiene un sentido político en nuestro país. Cuando en 1986 fundamos IU en torno al eje del PCE surgieron inmediatamente dos posibilidades: una, la utilización con vistas a crear una nueva izquierda de los recursos procedentes del PCE al cual ya no se le veía, y con razón, un sitio en los sistemas políticos occidentales; otra, que IU se convirtiera en una etiqueta que sirviese para todo lo contrario, favorecer la supervivencia política del comunismo bajo su máscara. Desde 1983 aquella había sido la idea motriz para su proyecto aún sin nombre por Nicolás Sartorius, sólo que en la práctica fue la segunda variante la que se impuso, y no sin un considerable éxito. A mediados de los noventa IU había recuperado casi el nivel de presencia parlamentaria de su mejor momento en los inicios de la democracia. Parecía tener sentido una formación más rigurosa a la izquierda del PSOE.

El espejismo se desvaneció pronto, por la aplicación sectaria de la política de las dos orillas por Julio Anguita, e IU inició un declive ahora culminado, al mismo tiempo que el PCE perdía presencia en su interior. Hasta convertirse hoy en una fuerza de oposición interna que únicamente aporta dificultades a la política de la coalición. Frutos y Alcaraz no son precisamente agentes de modernidad.

Es difícil saber hasta qué punto esa tensión interna ha intervenido a la hora de generar una permanente oscilación entre un discurso radical y la línea pragmática de apoyo crítico al Gobierno de Zapatero. A este respecto, conviene recordar que el procedimiento seguido por Mitterrand en los años 80 para destruir al PCF fue precisamente su inserción subalterna en el Gobierno. Quedaba así atado, sin identidad ni alternativas, pues su salida sería interpretada, y así lo fue, como un ataque a la izquierda en su conjunto. IU se ha visto atrapada en esa misma pinza.

Más graves son otras contradicciones. Hubo en IU una constante pretensión de ortodoxia radical, en temas como Afganistán o la inmigración, y un visible intento de siempre ir más allá de las propuestas del PSOE. Faltaron en cambio la crítica de una política económica fundada en el “enriqueceos” y en la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores. Sumemos la vacilación a la hora de elegir entre una democracia siempre en los labios y las preferencias por regímenes antiimperialistas de América Latina, como el de Chávez, tan querido por muchos ius, Llamazares incluido, que poco ofrece de “avances democráticos”.

Último ejemplo, nada irrelevante: la cuestión vasca. IU proclama como su meta política el Estado federal y habla de la unidad de los demócratas en la “repulsa de la violencia terrorista”. Muy bien. Pero de inmediato alza el estandarte del “derecho a decidir”, léase la autodeterminación que mal encaja con el camino al federalismo. Mucha unidad de los demócratas, y al mismo tiempo rechazo no razonado de la Ley de Partidos. Ni una palabra acerca de la subalternidad respecto del nacionalismo asumida por Ezker Batua en Euskadi, apoyo a la consulta de Ibarretxe incluido. Así, mientras Llamazares condenaba el asesinato de Isaías Carrasco, EB de Mondragón secundaba el juego de la alcaldesa de ANV con su retirada y regreso para no condenar. Conclusión: con o sin tsunami, ¿por qué votar a la inconsecuencia?

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El error Rajoy, de Antonio Elorza en El País

Posted in Política by reggio on 25 febrero, 2008

No hay cosa más normal en la historia política que la designación por un partido de un líder que a continuación fracasa contra pronóstico en las elecciones generales. Lo que ya resulta menos frecuente es que el mismo partido se obstine en mantener ese mismo liderazgo cuando una encuesta tras otra demuestra que el perdedor se encuentra siempre entre las figuras peor valoradas de la política nacional, es decir, que representa por sí mismo un lastre para que su agrupación política alcance la victoria. Semejante situación no constituye un misterio para nadie, ni siquiera en las filas del Partido Popular, conforme vino a probarlo el último enfrentamiento entre Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón, sólo explicable por el pronóstico compartido de que una próxima derrota llevará a la elección de sucesor. El anciano Manuel Fraga había puesto de antemano la guinda: había que “ir preparando las sucesiones”.

Mariano Rajoy aspira a ofrecer una imagen de hombre sereno y juicioso, por contraste con la volatilidad de su antagonista, el presidente Zapatero, marcado por la acumulación de resbalones políticos en la pasada legislatura. Cabe en consecuencia preguntarse por la causa de que tantas promesas incumplidas y tantas contradicciones en asuntos de Estado no hayan sido suficientemente aprovechadas por el líder del PP a efectos de encontrarse hoy en condiciones de ganar las elecciones.

Tal vez la primera razón consista en que Rajoy no es sereno y juicioso, sino simplemente rígido y gris. Sorprendentemente, dio pruebas de una inesperada agilidad mental al someterse a una cascada de preguntas múltiples en Tengo una pregunta para usted de TVE; buen augurio para el cara a cara con Zapatero. No sucede lo mismo a la hora de elaborar políticas y de intervenir en el debate parlamentario. Zapatero está entregado en cada momento a una operación incesante de marketing de la propia imagen. Los contenidos sufren, y mucho, pero eso con su habilidad para la maniobra, le permite minimizar el desgaste, al modo del boxeador que dispone de un buen juego de piernas. Rajoy, en cambio, busca quedar fijado en el centro del ring, a veces con evidente exageración (aquella bandera española detrás de su busto parlante), y sus golpes son previsibles, mientras la solemnidad del gesto no aporta eficacia. En todo caso, fortalece la confianza de sus seguidores ya convencidos; no gana a los indecisos ni altera el equilibrio del oponente. Su discurso es terminante en la forma, pero carece casi siempre de ese elemento explicativo que desde la concisión logra el convencimiento de los destinatarios. Renuncia a la labor esencial de desmontar la maraña de slogans y gestos con que le envuelve Zapatero. Y alguna gota de ironía galaica no compensa la carencia de sentido del humor. No están las cosas, por lo menos todavía, para el panorama apocalíptico que por ejemplo en torno a la economía o el propio Estado describen tanto él como sus principales colaboradores. Resulta entonces fácil para el PSOE presentar la crítica “popular” como un ejercicio permanente de obsesivo pesimismo.

El pecado original reside en la estructura autoritaria del Partido Popular, constituida en factor de bloqueo para la comunicación necesaria entre las demandas de sus bases sociales, y del conjunto de la sociedad, de un lado, y el grupo dirigente, de otro. No es que unas primarias sean la panacea universal, pero tampoco lo fue la sucesión de tipo monárquico practicada por Aznar, con el secretario general actuando desde el secreto de su conciencia en calidad de rey absoluto. Eso sí, como en los regímenes absolutistas, se trata del Rey y su Consejo, o su camarilla.

Así fue ignorada en 2003 la solución más ventajosa para los intereses del Partido Popular. Si la buena marcha de la economía tenía un protagonista político en el Gobierno, la mejor baza electoral era sin duda Rodrigo Rato. El dedo de Aznar lo apartó con un gesto y designó a un hombre que apuntaba a un continuismo incoloro, apoyado en su mismo equipo de gobierno.

Una vez consumada la derrota, la supervivencia política de Acebes y Zaplana, después de lo ocurrido en los tres días de marzo, vino a probar que ni la innovación ni la autocrítica forman parte del ideario de Rajoy. Tampoco el cambio de usos políticos. La salida de Rato del FMI no le llevó a hacer un esfuerzo para incorporarle a posiciones acordes con su prestigio, y ante la iniciativa de un Ruiz-Gallardón que cubría bien el flanco centrista, no tuvo otra respuesta que mostrar su personalidad autoritaria, ciega a las conveniencias electorales del partido. El precio pagado es un listón difícilmente franqueable. No está el horno de las previsiones electorales para una exhibición de decisionismo.

Declaraciones tajantes, nunca argumentos. Ni siquiera al hablar del AVE y la Sagrada Familia. Las declaraciones de Rajoy en torno al Estatuto de Cataluña, el llamado “proceso de paz” en Euskadi, la política exterior del Gobierno de Zapatero, han prescindido casi siempre del esfuerzo por dar cuenta a los ciudadanos no simpatizantes del PP de las razones por las cuales ese partido mostraba una y otra vez su rotunda oposición, con frecuencia descalificación, a veces de forma preventiva.

¿Por qué rechazar la resolución del Congreso en que se abría la perspectiva de negociar el fin de ETA, cuando existieran datos inequívocos a favor de esa posibilidad, siempre sin contrapartida política? La experiencia ha hecho ver que el problema no consistió en la puesta en práctica de la resolución, sino en su incumplimiento por Zapatero al emprender la negociación política sin seguridad alguna sobre los propósitos de ETA. Una actitud flexible del PP, habida cuenta del ansia de “paz” en la población, hubiera ganado adeptos para la ulterior condena de la política de Zapatero.

Otro tanto ocurre en el caso de las reformas estatutarias, que al final hubo de aceptar tras aprobarse el texto de Cataluña. Siempre el muro, con un tipo de nacionalismo español cargado de elementos tradicionales y sin apertura a un federalismo que sirviera de antídoto a las presiones centrífugas.

En esta legislatura, el PP de Rajoy rechazaba una y otra vez, nunca proponía en positivo. En la entrevista de El Mundo, declara mirar hacia el futuro. A continuación, expone sus propósitos de eliminar la asignatura de Educación para la Ciudadanía, dar cuenta de la Ley de Memoria Histórica y fundar un Ministerio de la Familia para satisfacción de la Iglesia combatiente. ¿Qué centro piensa ganar con tales planteamientos? Ni siquiera es capaz en esa entrevista de cerrar para siempre el interminable episodio de los ataques al proceso del 11-M, sobre el cual, concede, hay que seguir investigando. Menos mal que reconoce el error cometido con la invasión de Irak. Si da un buen golpe, como el de la política de inmigración, es a costa de transmitir un peligroso mensaje atento a los reflejos xenófobos de muchos españoles.

Es así como practicando un frágil autoritarismo ha sido incapaz de percibir que el deslizamiento hacia la derecha del PP, obsesionado con haber sido víctima de una usurpación el 14-M, impedía de antemano la deseada revancha.

Lo peor para el Partido Popular puede ser que, como en el caso de las elecciones municipales, la cercanía al 40% en las próximas legislativas enmascare el fracaso de una estrategia.

Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política

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Bye, bye, Spain, de Antonio Elorza en El País

Posted in Política by reggio on 24 diciembre, 2007

La respuesta de un seguidor del Gobierno, sea ciudadano o medio de comunicación, frente a alguien que exprese preocupación por el futuro del Estado español consiste siempre en advertir que si hay algún problema, ello se debe a la irritación suscitada por la política de Aznar en el pasado y que además no hay que ser alarmista. Ejemplo: el Estatuto de Cataluña ha entrado en vigor, y España no se ha roto. Prácticamente todo sigue igual. Si Josu Jon Imaz tuvo que irse a su casa por ser razonable, ahí está Urkullu. Si Ibarretxe sigue adelante con su propuesta de consulta popular, puro electoralismo. Lo mismo que si Artur Mas se suma a la fiesta y esgrime el “derecho a decidir” frente a lo que pueda resolver el Tribunal Constitucional. Será por competir con Carod.Tampoco resulta al parecer significativo para el discurso oficial que 200.000 catalanes se manifiesten en Barcelona con gritos de independencia como protesta por los incidentes en la construcción del AVE, convocados por una Plataforma por la Autodeterminación (por el “dret a decidir”), con los ex presidentes Pujol y Maragall al frente o en sus filas, y no contra el Gobierno y su testaruda ministra de Fomento, sino contra el Estado español.

Ante tal acumulación de síntomas, no hace falta incurrir en predicciones apocalípticas, pero sí tomar conciencia de que en los últimos años ha subido en flecha la cotización del independentismo en Euskadi, y con especial intensidad, en Cataluña. El “desapego”, por usar la palabreja del presidente Montilla, es hoy una realidad en tierras catalanas. Al comienzo de la década no lo era. En cuanto a Euskadi, el fracaso de Ibarretxe en las autonómicas de 2005 y la sensación de debilidad de ETA después de la tregua no han servido para que ninguna de las dos ramas del nacionalismo apunte un regreso a la lealtad constitucional.

Al dimitir Imaz, el espejismo de las dos almas se desvanece y Urkullu nos recuerda, en plan de seguidor fiel de Sabino, que el objetivo del PNV es la soberanía vasca, alcanzada mediante el pragmatismo. De las cautelas de Imaz sobre una eventual consulta, nada, y de apoyo a Ibarretxe, todo. Piensa que el PSOE estará dispuesto a ceder después de las elecciones de marzo si necesita sus votos para la investidura, igual que aprobó unos presupuestos con viajes pagados para visitar a etarras con tal de salvar a la ministra de la recusación. Entretanto, curiosa oposición a ETA que Urkullu cree compatible con el rechazo de la ilegalización de ANV, en espera de que PNV y Batasuna, sin violencia, conquisten “todo un mundo”. Con la bendición de Setién.

No ha de extrañar así la brutal reacción nacionalista a la sentencia del macrojuicio, al alinearse con quienes ignoran lo que Ibarretxe y Urkullu saben perfectamente, esto es, que las organizaciones condenadas forman parte de ETA. ¿Cómo hay que llamar a quien defiende al criminal, le protege, difama a la justicia e ignora a las víctimas? Porque no otra cosa son hoy los dirigentes jeltzales. Todo sea por presentar una vez más a España opresora de los vascos.

Claro que si en Euskadi la rueda del soberanismo vuelve a girar sobre sí misma, en Cataluña se mueve dando bandazos, pero con un claro sentido de avance, desde que Pasqual Maragall decidiera jugar la baza del catalanismo radical para presidir la Generalitat. Con el tripartito, no se tratará ya de profundizar la construcción nacional catalana, sino de redefinir las relaciones con el Estado en un marco de bilateralidad. Tras una sucesión de idas y venidas, resultó aprobado un Estatuto de dudosa constitucionalidad que no satisfizo a nadie, ni siquiera a quienes lo aceptaron como un mal menor, incluidos el Gobierno de Madrid y el PSC. Todos iban a sentirse cómodos (Maragall); al final la incomodidad fue general.

La situación catalana es preocupante, en la medida que se funden en ella: a) una dura competencia política, que lleva a los partidos catalanes a entrar en una subasta anticentralista de afirmación de catalanidad radical; b) la frustración por la viscosa elaboración del Estatut y, c) como consecuencia de ambas, un espacio abierto para el ejercicio de la xenofobia contra todo lo que huela a español. Los documentos aportados por Albert Boadella en su Adiós, Cataluña, aun prescindiendo de su testimonio personal, nos informan acerca de una atmósfera de totalitarismo capilar, grosero y agresivo en los grupos de acción radicales y en pequeños goebbels de la pluma, bajo la comprensión afectuosa de quienes presumen de demócratas, al modo en que los liberales italianos favorecieron el ascenso del fascismo. Paralelamente, autodeterminación e independencia comienzan a ser aspiraciones que ya no están limitadas a una pequeña minoría, y sobre todo, fruto de la inseguridad y de los debates sobre las esencias nacionales en la gestación del Estatut. La irritación de un sector de la opinión pública catalana que en fecha reciente sufriera la catastrófica gestión de la llegada del AVE a Barcelona, las ha hecho crecer de forma exponencial.

Fue la aventura política de Maragall, al creer en la promesa de Zapatero y en el autocontrol de sus socios, lo que ha generado un conflicto que dista de encontrar solución, ya que si el Tribunal Constitucional rechaza artículos importantes del Estatut sobre la bilateralidad, la financiación o la preeminencia forzada del idioma “propio”, lo que la va a plantear la mayoría del arco parlamentario catalán, con CiU a la cabeza, es un ejercicio de autodeterminación puntual, mediante una consulta popular al modo de Ibarretxe. Lectura simbólica: Cataluña frente a España.

Entretanto, ¿qué pensaba Zapatero?, ¿qué pensaba Rajoy? El segundo y sus corifeos han sido bien claros. Tal y como sucediera en el reciente tema de la ilegalización de ANV, no les preocupa la eficacia en la eliminación de los radicales o consolidar un Estatut constitucional, objetivos por los que claman, sino desgastar al Gobierno. De ahí que en vez de reflexionar sobre la reestructuración del Estado de las autonomías, hayan preferido recuperar las formas añejas de nacionalismo español, dando así carnaza a sus adversarios. Al Gobierno esto acaba favoreciéndole, en la medida que le permite desviar todo hacia la aburrida pelea de carneros. Por su parte, a la vista de lo sucedido en la gestación del Estatut y de las fracasadas negociaciones de la tregua con ETA, Zapatero debe opinar que carece de importancia, no sólo lo que suceda a largo plazo, sino cuanto pueda pasar más allá de la formación de un nuevo Gobierno bajo su presidencia.

Por un lado y por otro, en el Gobierno y en el PP, impera la máxima de que lejos de nosotros la funesta manía de pensar algo tan complicado. Campo libre entonces para que progresen las identidades maniqueas, una asesina, otra ensimismada, la tercera vuelta al pasado. Todo ello en una Europa entregada a favorecer los movimientos de separación. Ahí está la UE proponiendo un Kosovo independiente. Conviene recordar que desde el estallido del Imperio Austro-húngaro hasta la partición de Checoslovaquia y la trágica fragmentación de Yugoslavia, la ceguera voluntaria de algunos gobernantes ha sido factor esencial en la destrucción de Estados y en el retroceso de la idea de Europa.

Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.

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