Reggio’s Weblog

De Steiner al entrenador chusquero, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Derechos, Economía, Educación, Política by reggio on 15 septiembre, 2008

Empieza el curso. Y uno no puede dejar de recordar la anécdota que relata George Steiner sobre su infancia. Habiendo nacido con una parálisis parcial, cuenta que su padre le ataba el brazo bueno a fin de que aprendiera a escribir con el deforme. Nunca le compraron zapatos con cremallera: tardó un año en aprender a anudarse los cordones. Sostiene Steiner que tal exigencia, que ahora muchos considerarían crueldad, fue clave en su evolución. Su padre admiraba a Spinoza, que dejó escrito: “Se llega a la excelencia por el camino de la dificultad”. La excelencia es el objetivo de la educación. Alumnos, profesores y padres deberían prohibirse la comodidad. También los periodistas. De un tiempo a esta parte, un pesimismo rutinario acompaña la narración periodística del inicio de curso escolar. Los medios compiten en su afán por publicar auditorías europeas que describen el fracaso de nuestro sistema educativo, mientras subrayan con gran énfasis las quejas y deficiencias: barracones, obras inacabadas, lamentos sindicales, reclamaciones lingüísticas. Una cosa es denunciar y otra, muy distinta, regodearse en los datos negativos y convertir el territorio de la educación, que debería ser sagrado, en mina de desgracias.

Los políticos catalanes, a los que siempre acusamos de pasividad y tacticismo, han decidido esta vez saltar por encima de sus diferencias y, de la mano del obstinado conseller Ernest Maragall y de la no menos obstinada Irene Rigau (CiU), están haciendo serios esfuerzos para pactar en Catalunya una nueva ley de Educación. Esperemos que el pacto escolar llegue a buen puerto y garantice verdadera autonomía de los centros públicos, así como autoridad real, efectiva, a sus direcciones. Estas dos condiciones son imprescindibles para garantizar el orden en la escuela y para cohesionar a los equipos docentes. Si, a pesar de los miedos gremiales, estas dos condiciones consiguen aunar un gran apoyo parlamentario, se estarán eliminando muchos de los obstáculos internos que ahora encuentran los centros públicos cuando se proponen desarrollar un proyecto educativo claro, homogéneo y exigente.

Esperemos que el pacto educativo no reduzca el apoyo a los centros concertados. Hay que recordar que los centros privados – en especial los de origen religioso- fueron históricamente pioneros en la escolarización de Catalunya y España. Su papel sigue siendo imprescindible. No sólo por sentido común (el que destilaba François Hollande, socialista francés no sospechoso de liberal, cuando afirmó: “El Estado morirá si tiene que hacerlo todo”), sino porque la libertad es una salsa imprescindible en todas las comidas, incluso en las metafóricas: “Uno es más natural comiendo ostras por gusto que lentejas por obligación”, decía provocativo y lúcido el poeta Auden.

En vista de que la política se enfrenta al reto de la educación con voluntarismo no sectario, quizás también nosotros, los medios de comunicación, deberíamos abandonar el regodeo apocalíptico. ¿Cómo podríamos contribuir a mejorar la escuela? Empatizando con el trabajo de los maestros, contribuyendo a sensibilizar a las familias. Y tratando de asumir nuestra propia responsabilidad educativa: los niños y adolescentes no habitan en una pecera escolar, la sociedad los modela con los valores y tendencias que internet, televisión y los restantes medios transmiten.

Es preciso recordar, por otro lado, que la sociedad exige a la escuela cosas muy diferentes. Tan diferentes que, en realidad, son contradictorias. Le pedimos, de acuerdo con los esquemas del informe PISA, que prepare correctamente a las nuevas generaciones para que sean capaces de rendir en un mundo en el que, como decimos coloquialmente, quien no corre vuela. Pero, paralelamente, convertimos la escuela en la única institución social responsable de asimilar, ordenar y dar coherencia a los formidables cambios que se producen en nuestra sociedad. Ninguna otra institución vela, de manera sistemática y obligatoria, para encauzar y homogeneizar los variopintos flujos migratorios. Ninguna otra institución tiene la obligación de enfrentarse a los nuevos desajustes psicológicos y a las complejas conductas que muestran muchos niños y jóvenes como resultado de la crisis de valores o de la desestructuración familiar. Ninguna otra institución está obligada a llenar el vacío de principios éticos y hábitos cívicos que está dejando la crisis de la religión y de las grandes ideologías.

Por si fuera poco, le pedimos a la escuela que inculque unos valores que la propia sociedad desprecia. Exaltamos el triunfo, nos complacemos en la violencia, la provocación, el morbo. Pero exigimos a los maestros que eduquen en el esfuerzo RAÚL gratuito, que siembren en los corazones juveniles el saber improductivo: poesía, civismo, bellas artes. Si a un maestro se le va la mano, lo hundimos en nuestro circo mediático. Pero ensalzamos a los clubs que fabrican futbolistas gracias a entrenadores que gritan, insultan a los niños y les exigen entradas violentas. Lo que en la escuela se consideraría horrible, en el deporte se acepta como natural. ¿Por qué los medios de comunicación no ponemos el dedo en esta llaga? Es demasiado lo que exigimos a la escuela. Y demasiado poco lo que, pensando en el futuro de nuestros niños, los actores sociales (en especial los periodistas) nos exigimos a nosotros mismos.

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Aventurismo y ligereza, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 12 septiembre, 2008

Dos detalles -menores, pero significativos- han teñido de ligereza la conmemoración del Onze de Setembre. En primer lugar, la recepción que organiza el Parlament en la vigilia, con sus iluminados jardines, sus trompetistas y sus lujosos canapés. Era una buena ocasión para dar a entender que el templo de la democracia catalana es sensible a la inquietud que sienten tantos catalanes, súbitamente acosados por la crisis. Mientras el miedo cunde en el Baix Llobregat por lo de Seat, mientras bancos y cajas instan en los juzgados la ejecución de miles de hipotecas que causarán a muchas familias la pérdida de la vivienda y de las mensualidades ya desembolsadas, mientras miles de pequeños empresarios y autónomos contemplan, impotentes, el crecimiento de las telarañas en la caja registradora, y mientras los que siguen trabajando o haciendo negocios se preguntan cuándo les llegará la mala noticia, los mil invitados por el presidente del Parlament daban por televisión una imagen que confirma los peores tópicos de la antipolítica: la de una casta política ensimismada y feliz que brinda con rosadas burbujas, indiferente a las difíciles circunstancias de la ciudadanía. Prescindir de los canapés y moderar la retórica de los brindis y sonrisas hubieran sido gestos de delicadeza cívica. “¿De qué se ríe, Aznar?”, reclamaba el mundillo político catalán al presidente que se carcajeaba mientras caían las bombas sobre Iraq. “¿Por qué brindan, ustedes, mientras muchos de sus votantes están siendo acechados por la crisis?”. No podemos reprochar a la clase política catalana su incapacidad para expresar austeridad, sensibilidad y contención. Pero sí debemos consignar, una vez más, que es precisamente la falta de atención al auténtico latir de la ciudadanía lo que condena a la política catalana a su menguante representatividad.

El segundo detalle negligente de la Diada tiene también relación con esta menguante representatividad. Este año, muchos ayuntamientos han dado un sorprendente protagonismo a la senyera estrellada, símbolo de un independentismo que se cuela en el balcón municipal cabalgando sobre la flaqueza del aliado. La guerra de las banderas es otra de las nefastas influencias del nacionalismo vasco en Catalunya. Durante la transición, la senyera era un símbolo de abrazo, acogida y unión. De un tiempo a esta parte, corre el riesgo de convertirse en motivo de polémica, embrollo y división. El aventurismo nacionalista no contribuirá a ganar las batallas catalanas importantes (financiación), pues, en su efervescencia, no exhibe músculo sino debilidad: en efecto, los subdelegados del Gobierno acaban imponiendo la obligación de que la rojigualda acompañe a la senyera, pero no hay manera de que en algunos conspicuos edificios del Estado la senyera acompañe a la rojigualda. Nada conviene más al españolismo excluyente que las tontas aventuras de una senyera que pretende reinar sola por un día, impotente para representar a todos diariamente.

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Contra la crisis, división, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 5 septiembre, 2008

En este momento de tribulación económica y desasosiego general, España necesitaría un líder creíble que transmitiera tranquilidad y que encauzara el consenso. El presidente Zapatero no lo intenta. Rebaja con arduos circunloquios el vacío que los ciudadanos notan en sus bolsillos, preside imprecisas mesas de diálogo y proclama que los políticos van a sacrificarse como el vulgo, congelando sueldos y moderando prebendas. En los tiempos de vacas gordas, a Zapatero le bastaba con enseñar su perfil de político agradable y aseado (un perfil que el PP contribuyó a abrillantar, entregándose a su ala radical, despertando más miedo que fervor).

Pero la simpatía y el buen rollo son irrelevantes en los momentos graves. Ahora, la impotencia desnuda al presidente: sus amables tópicos no parecen más eficaces que un brindis al sol. José Bono también se ha sumado a la propuesta de congelar los sueldos de los políticos. Ha regresado al sillón de la presidencia del Congreso con más pelo, menos arrugas y más palabras bonitas para su colección de frases sobre la igualdad de los españoles. La retórica teatral parece ser el último refugio de la ideología, ante el asalto de la cruda realidad económica.

La crisis subraya algo que ya sabíamos, pero que parecía no tener importancia en tiempos de despilfarro: los instrumentos con los que cuenta el gobernante no sirven para enfrentarse a los problemas que genera la economía global. El Estado moderno servía para encauzar las energías sociales y económicas, para matizar las desigualdades, para controlar los excesos del mercado y para organizar los servicios públicos. Los servicios aumentan, ciertamente, pero las energías económicas y el mercado global son incontrolables. Ingobernables.

El agrio Financial Times ha resumido el momento económico español con la metáfora de un cerdo inexplicablemente volador que, finalmente, se da de bruces en su maloliente charca. No es extraño que el Gobierno – que ni tenía mérito en el vuelo, ni es culpable del pringoso aterrizaje- se imponga ahora construir un muro para contener, no la desgracia económica, sino las consecuencias políticas de la desgracia. El muro está formado no solamente por la retórica de los sueldos políticos congelados, sino por fuegos artificiales de mayor enjundia. Avanzándose a los problemas que, inevitablemente, tendrán lugar en los barrios más humildes, el ministro Corbacho se ha referido a los emigrantes que el mercado ya no demanda. No los ha convertido en chivo expiatorio, pero los señala con el dedo de la retórica: no pasarán. Así arrebata el principal motivo de penetración de la derecha extrema en el territorio tradicional de la izquierda. La ministra Aído, por su parte, anuncia una nueva ley de aborto que acomplejará de nuevo a la derecha liberal. Inventando un nuevo dilema moral, conseguirá Zapatero abrir nuevas trincheras en la sociedad: divide et impera.

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Septiembre y los celos: ‘Zugzwang’, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 1 septiembre, 2008

Septiembre es un mes áspero que ejerce tradicionalmente de aguafiestas. Cierra con un golpe seco la desordenada habitación de los juegos estivales y nos empuja sin contemplaciones a la obligación. Los niños todavía habitan en la patria de los juegos, pero flota en el aire un olor a deberes, a pesadas carteras repletas de libros y cuadernos, a implacables horarios. Para los adultos, en todo caso, septiembre es el mes de la verdad. Una verdad que este año vamos a tener que zamparnos completamente cruda. Septiembre del 2008 llega acompañado de inquietantes alarmas y ejercerá su tradicional aspereza con un suplemento de crueldad. Como el médico que confirma al paciente el peor diagnóstico, septiembre anuncia dolorosas operaciones quirúrgicas a nuestra economía, repentinamente paralizada después de largos años de vacas gordas y de irresponsable imprevisión. En este severo contexto, Catalunya tiene abierto su enésimo pleito.

La financiación. Un pleito cuya música ha sonado durante las vacaciones como un eco de otros muchos pleitos con final penoso. En la última semana de agosto, sin ir más lejos, han regresado las peleas gallináceas del Estatut, gracias a los dimes y diretes entre ICV y el resto de partidos catalanes (tripartito más CiU) del teórico frente común a favor de una buena financiación. La lógica que preside los reproches es infantil. “¡Mamá, Pepito se ha hecho pis!”, “¡Papá, Iniciativa ha pactado con De la Vega!”, “Y tú, peor: ¡pactaste con Zapatero!”. “Yo no me arrugo como el PSC, que nunca tiene bemoles para plantarle cara”. “¿Pero de qué hablas? ¡Tu te entregaste al PP!”

La lógica es infantil, pero nuestros partidos se aplican a ella con verdadera fruición (gracias al entusiástico apoyo del mundillo periodístico, encantado promotor de los juegos de gallinero, con el que se llenan las páginas muy fácilmente). De las declaraciones de todos los actores se deduce que el frente no va a servir para conquistar lo que supuestamente pretende (una buena financiación), sino para descolgar al rival, para dejarlo en fuera de juego. Tal obsceno objetivo es perceptible en las declaraciones y contradeclaraciones de los partidos: todos se acusan en cada momento de romper la unidad o de no defenderla como debieran. Acentuando con énfasis y aspavientos los supuestos fallos de los aliados, traducen el deseo principal: atrapar al compañero de viaje en un renuncio. Una vez más en la política catalana, el alto objetivo nacional que dice perseguirse es un pretexto para librar una nueva batalla por el poder. Sabemos que la conquista del poder es esencial en combate político. Pero en un momento de gran cansancio cívico y en un contexto económico tan severo, que la clase política se coloque de nuevo a la altura del betún puede ser para la sociedad catalana un golpe irreversible. ¿Cree alguien con dos dedos de frente que a estas alturas puede Catalunya resistir una nueva ración de ridículo y fracaso?

Los partidos desarrollaron durante la negociación del Estatut una táctica parecida a la actual. Compitieron en el Parlament por la conquista de la luna de la catalanidad para seguidamente rivalizar por el cobro de las rebajas. El resultado fue grotesco. El monstruo del anticatalanismo despertó como nunca en el resto de España, adquiriendo incluso tintes xenófobos; el Estatut obtuvo en el referéndum más indiferencia que participación; la clase política catalana tocó fondo y el Estatut, toqueteado por tirios y troyanos, está todavía en manos del Constitucional. Jordi Pujol lo resumió con estas palabras: “Catalunya no ha gustado y no se ha gustado”.

Ahora el frente común se identifica con el inmovilismo del “O todo o nada”. Y puesto que es evidente que el todo no va a ser posible cazarlo, su persecución se revela instrumental. Lo verdaderamente importante será colgar el mochuelo del fracaso al rival. ¿Acaso nuestros profesionales de la cosa pública ignoran que estos juegos ensimismados son la causa principal de la crisis del sistema político catalán (elevadísima abstención en las autonómicas)? ¿Acaso desconocen que, en los altos despachos del gobierno español, estos juegos gallináceos se definen como “celopatía catalana” (expresión que no solo está cargada de desprecio, sino que permite al gobierno de España activar con gran facilidad el divide et impera)?

No, nuestros políticos no ignoran la grave erosión y perjuicio que causan estas peleas gallináceas. Pero están encerrados en el berenjenal desde que el pujolismo declinó. Lo viejo decaía, pero lo nuevo no brotó. Mientras dure el empate político y mientras el partido central (sea el PSC o, hipotéticamente, CiU) necesite el apoyo de partidos menores que obligan a situar el debate en términos maximalistas y grandilocuentes, no saldremos del gallinero. Existe un concepto en ajedrez, Zugzwang,que proviene de la unión de las palabras alemanas Zug (movimiento) y zwang (obligación de). Se emplea para describir una posición de total impotencia: el jugador está obligado a mover pieza, pero cualquier movimiento empeora su situación. Se empecina la clase política catalana en un tipo de movimientos que ya han demostrado de sobra su capacidad de provocar mal rollo: impotencia, esfuerzo inútil, melancolía. Nos condenan a un falso pesimismo. A un pesimismo infundado. Y es que, por tradición empresarial y por cultura del trabajo, Catalunya está en condiciones de liderar en España la batalla contra la crisis.

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Moderación, Azúa, moderación, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Cultura, Derechos, Educación, Política by reggio on 14 julio, 2008

Siento cansar al lector hablando de nuevo del espinoso tema de las lenguas. Creía haber matizado suficientemente mi posición, pero parece que no lo he conseguido. Félix de Azúa, firmante del manifiesto, me sitúa (El País,10/ IV/ 2008) entre las mesnadas del tambor del Bruc mediático. Dice que, en lugar de pensar, le damos al trabuco.

Mi prestigioso crítico no tiene un solo recuerdo para los excesos de los articulistas que han dado su apoyo al Manifiesto con argumentos tan agresivos que hielan el corazón, y desde medios en los que la disidencia es inexistente y abunda una desacomplejada catalanofobia (cuyo equivalente antagónico en Catalunya, la hispanofobia, he denunciado yo muchas veces, a pesar de que, por peso histórico, no puede compararse con lo que ya Quevedo cultivó: “Es el catalán el ladrón de tres brazos”). Un ejemplo: le pone “los pelos de punta” que Jordi Pujol llame a “combatir (…) sin miedo y sin respeto para quien no nos respeta”, pero sus pelos no se quieren enterar de lo que afirmó De Cospedal: “Nos partiremos la cara por el castellano”.

Nunca he entendido este juego: colocar lupas sobre errores, excesos y peligros catalanes e ignorar por sistema errores, excesos y peligros de cierto españolismo, cuyos pecados históricos, siendo enormes, deberían mantener en guardia el sentido crítico de los intelectuales. Más sorprendente es la repentina conversión al victimismo: cuando lo practicaba Pujol, ¿no era risible? Dice Azúa que tendrá que refugiarse en masías de consellers. Yo no abrillanto mis argumentos con melancolía de perseguido, aunque, como todos los que escribimos, recibo insultos y amenazas. De ambos extremos, por cierto. Gajes del oficio. Cosa aparte es el País Vasco, donde matan al disidente. De ahí el profundo respeto que me produce la figura de Fernando Savater, diga lo que diga. Idéntico respeto me producen las figuras de Ernest Lluch o Gregorio Ordóñez.

Sostiene el amigo Azúa que he abandonado mi moderación. Es posible que no me haya explicado bien. Aunque también es lícito sospechar que para librarse de una argumentación molesta, Azúa abusara de un recurso impropio de su reconocida inteligencia. El recurso consiste en espigar frases y argumentos de diversos y muy distintos articulistas aislándolos de su contexto y presentándolos como ingredientes de un todo que sólo existe en su artículo. Un todo caricaturesco, un sparring ideal para confirmar prejuicios y apriorismos.

Se trata de demostrar que todos los críticos con el Manifiesto coinciden en una incurable empanada mental. Nacionalista, of course. De tal caricatura, se deduce asimismo una añeja displicencia: ¡Qué tontos sois, pobrecitos! Es la ley del sarcasmo, el brillante mecanismo denigratorio de Quevedo.

Yo no lo confundo con los más xenófobos y desaforados articulistas que le apoyan. Me limité a leer el Manifiesto, sin apriorismos. Y expliqué lo que leí. Que proclama la superioridad democrática, social y cultural del castellano. Que confunde lengua común con lengua materna (con lo que, especialmente en los territorios monolingües de España, se da cobertura intelectual a un tópico que mucha gente de buena fe cree a pie juntillas: que hablamos en catalán para molestar, pues ya existe la lengua común). Que afirma: la “normalización lingüística es un atropello” (a pesar de que se aplica en países de mayor tradición democrática, como explicó en El País la profesora Violeta Demonte). Que niega el derecho de las lenguas a un territorio (pues sólo los individuos tienen derechos) y, sin embargo, afirma el derecho preferente de la lengua común, incluso si se trata de un servidor público en una comunidad bilingüe. Si las teorías lingüísticas a la francesa de estos literatos pudieran llevarse a cabo (por fortuna nuestra Constitución no lo permite), al catalán no le quedaría más espacio que el privado: el gueto.

Por esta razón el Manifiesto ha sido percibido como un ataque. Y no, como afirma Azúa, porque el catalán se vea perjudicado “objetivamente por el castellano”. Ni yo, ni, por supuesto, La Vanguardia, ni la mayoría de los catalanes (aunque sí una pequeña minoría) consideramos el castellano un enemigo. Lo consideramos un bien formidable. Como lo es el catalán. Ambas son lenguas maternas (es decir, sentimentales) de unos u otros catalanes, y es importante mantener entre nosotros algo más que cortesía: interés, comunicación, cordialidad. Si el castellano es una magnífica autopista mundial en todos los sentidos (del literario al económico), el catalán sólo nos pertenece a nosotros. Si primara como piden los del Manifiesto el derecho de la lengua oficial y quedara, consiguientemente, la lengua autóctona reducida a usos privados, sin aire social que respirar, se perdería no sólo un tesoro cultural, como sugiere el muy citado Steiner, sino nuestro gran tesoro.

Los catalanes tendrán como propio o íntimo el castellano o el catalán, pero no quieren que la lengua los separe. Todos los intentos de crear trincheras han chocado con un consenso implícito. Todos sacrificamos muchas veces al día nuestro instinto lingüístico. Unos ceden en la escuela, otros en el juzgado, unos al renovar el DNI en la policía nacional, otros en una conselleria. Cedemos sin darnos cuenta. En el café, con el vecino, ante el revisor de Renfe. La política escolar catalana (democrática y sancionada por los tribunales) permite asegurar la unidad civil, el bien más preciado, y contribuye a facilitar el aprendizaje del catalán por parte de todos, sin merma del castellano, como han demostrado las notas de selectividad.

Entiendo que algunos abanderen los derechos individuales. Pero en las sociedades complejas como la española, creo, modestamente, que es más saludable defender la mutua concesión. Cuando hablé de los puentes que rompe el Manifiesto, no me refería a la España convencional, sino a la España que yo defiendo: la que no siente alergia ante la variedad, sino que la abraza como su mejor riqueza. Lamento que muchos escritores que admiro, como el propio Azúa, prefieran una España a la francesa. Por fortuna, no son pocos los que en Madrid han salido en defensa de la complejidad española. Albricias. Profundizar en nuestra complejidad nos permitirá enfrentarnos con sentido de la proporción al mundo que se acerca. Un mundo en el que, como dice Zygmunt Bauman, “ya nadie se sentirá como en casa”.

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¿El último puente?, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Cultura, Derechos, Educación, Política by reggio on 30 junio, 2008

Sorprende al ingenuo lector -firmante de este artículo- que, entre los redactores del enésimo manifiesto lingüístico que proclama (y exige) la supremacía del castellano estén dos autores que han reflexionado magistralmente sobre la generosidad. En El metro de platino iridiado de Álvaro Pombo, que leí dos veces y he regalado muchas más, aparece un personaje femenino, que, en un mundo familiar en ruinas, dominado por la mezquindad y la pulsión destructiva, mantiene en pie los afectos y la dignidad proyectando un formidable aliento positivo. ¿Y qué decir de José Antonio Marina, apasionado investigador de las capacidades creativas? “La inteligencia humana inventa muchas cosas, resuelve muchos problemas, pero su creación más altanera es la invención de modos nobles de vida”, escribe, y concluye: “el logro máximo de la inteligencia es la ética y su realización práctica que es la bondad”.

Sorprende (y, sinceramente: deprime) que Marina y Pombo, que tanto y tan bien han reflexionado sobre la piedad y la diferencia, se dejen arrastrar por el instinto uniformador. Incapaces de ponerse en la piel de los hablantes españoles de otras lenguas en claro riesgo de desaparición, Marina, Pombo y compañía exigen la reforma de la Constitución a fin de que solamente el castellano tenga rango oficial. Dicen aceptar con gusto el precepto constitucional que insta a proteger el resto de lenguas peninsulares, pero identifican tal protección con la ausencia de “prohibiciones y restricciones”. Puesto que hablan desde una supuesta superioridad del castellano, se creen legitimados para hacer alguna concesión: los castellanohablantes que residen en las zonas bilingües de España deben conocer la otra lengua “lo suficiente para convivir cortésmente con los demás”. Cortesía discrecional y ausencia de prohibiciones, esa es toda la generosidad que concede el manifiesto a las lenguas que no son el castellano.

Tales posiciones sorprenden en boca de Pombo y Marina, pero en cambio son perfectamente coherentes con la vida y las obras del formidable polemista Fernando Savater, del soberbio Vargas Llosa y de otros firmantes del manifiesto a los que podríamos denominar “darwinistas culturales”: partidarios de la simplificación de Babel y defensores de una visión de la ilustración y de la democracia que, extrañamente, se detiene en el estadio histórico del estado (extrañamente, repito, pues en el mundo de hoy, si alguna posibilidad tienen los valores de la ilustración de prosperar es en los nuevos espacios transnacionales: en Europa, sin ir más lejos, donde la afirmación de que las lenguas no tienen derechos implicaría la imposición del inglés en detrimento del castellano).

Veinte años atrás la visión uniforme de España estaba en manos del neofranquismo. Hoy, tal como evidencia la pléyade de firmantes del manifiesto, destila glamur por todos sus poros. Son muchos los actores de esta evolución. Pero Savater está entre los más destacados. Por su capacidad intelectual, sí, pero, fundamentalmente, por su comportamiento heroico frente a ETA. Con la tranquilidad de conciencia que me da haberle acompañado siempre en su batalla contra la barbarie, debo afirmar que sus posiciones, llenas de talento y brillantez, tienden cada vez más al desprecio y la displicencia de lo que ignora. También Ernest Lluch tenía sus propias ideas sobre el País Vasco y sobre una España neoaustracista. Si aceptamos que su muerte, asesinado por los bárbaros, no da más valor a sus ideas, tampoco las ideas de Savater deberían tener más valor por el hecho de que los bárbaros lo persigan.

Cierto aristocratismo nietzscheano inspira el trabajo intelectual de otros firmantes del manifiesto, que se jactan de mantener una actitud impiadosa. “¡Que desenchufen de una vez al enfermo!”, escribió uno refiriéndose al catalán. Y Savater mismo comentando la incomodidad que muchos catalanes sienten con la España uniforme, dijo: “Son como la princesa del cuento, notan el guisante debajo de ocho colchones”. Me recordó a los sanos que se ríen del dolor ajeno. No sorprende, por lo tanto, la arrogancia con que los autores del manifiesto envían las lenguas no castellanas a una especie de limbo (sin derechos, las lenguas solo pueden tener uso privado, vida de gueto). Fundado sobre un complejo de superioridad, el manifiesto es un trágala de añeja tradición. Como he escrito muchas veces, el nacionalismo pujoliano cometió un grave error al usar las lenguas como elemento identitario. Pero el manifiesto pone de relieve que el sueño de la homogeneidad catalana es una broma comparado con el uniformismo español, hoy tan áspero e intransigente como ayer.

Apenas quedan partidarios de los puentes. Los que desde Catalunya siempre hemos defendido la compatibilidad de ambas lenguas y la posibilidad de construir otra España (esa que, gane o pierda, expresa la selección), nos estamos quedando sin aliados. Es por esta razón que uno agradece y aplaude la gallardía de Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española, que se niega a convertir su preciosa institución filológica en una fábrica de artillería. ¡Bravo!

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Cuando la modernidad pierde la olla, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 9 junio, 2008

Me temo que la semana pasada, en la pausa del desayuno o en las colas de la panadería, la gente no se posicionaba a favor o en contra del enérgico Puigcercós o del declinante Carod-Rovira. Ciertamente, la disputa por el liderazgo de ERC afectaba a la continuidad del Govern Montilla. Eso explica que los medios de comunicación les concedieran grandes titulares. Pero también demuestra que los periodistas somos tan culpables como los políticos de la trivialización del sistema democrático: enfatizamos hasta el delirio las cuitas profesionales de la política olvidando que, para cuitas, la de los ciudadanos, que cabalgan vacas flacas.

Y no es que, en las colas de la panadería se discuta mucho más a favor o en contra de Rajoy o de Aguirre. Al paso que lleva, con un lío en cada esquina, la política madrileña (tensionada hasta ahora entre dos extremos irreconciliables de gran poder sugestivo) alcanzará muy pronto el punto de oxidación y desapego de la catalana.

Habiendo perdido la política toda épica y lírica, los ciudadanos ya no consiguen identificarse con los líderes. Su éxito o su fracaso aparece a los ojos de la sufrida ciudadanía como algo muy humano, demasiado humano. Demasiado próximo. Pero la gente sigue necesitando héroes. Y dilemas. Sigue necesitando bandos épicos a los que sumarse, trincheras simbólicas a las que pertenecer, colores con los que identificarse. Escoger un bando y silbar el contrario es un viejo deporte en expansión. Los Güelfos y Gibelinos de la época de Dante, los Montescos y Capuletos de Shakespeare o los catalanísimos Nyerros y Cadells nunca pasan de moda. Simplemente cambian de nombre y de aspecto.

Últimamente, quizás a causa del desprestigio de la política, abundan entre nosotros los grandes dilemas heroicos. Ahí están los partidarios del joven Jorge Lorenzo (que uno de estos días morirá en un circuito, en una de sus múltiples caídas, y subirá a los altares) enfrentados a los de Dani Pedrosa, tan joven como su rival, pero, al parecer, menos sanguíneo, más cerebral (¿menos loco?, quizás, aunque no menos predispuesto a morir bajo sus propias ruedas). Ahí están los partidarios de Laporta sacando fuerzas de flaqueza para enfrentarse a Sandro Rosell (tapado, se dice, de los que han organizado la moción de censura) en este Barça tremendista, tan incapaz de soportar la gracia como la desgracia.

Y ahí están dos artistas, Santi Santamaria y Ferran Adrià, en un combate que levanta verdadero polvo de estrellas.

¡Sensacional! La gente discute encarnizadamente a favor o en contra de uno de estos cocineros sin haber probado nunca sus guisos, perdón, sus creaciones. Yo mismo, sin haberme sentando nunca ante los manteles del Racó de Can Fabes o de El Bulli, glosé un par de veces a Adrià (en la presentación de una revista en la que colaboraba probé alguno de sus aperitivos y pude hacerme una idea) y ahora me siento inclinado a defender a Santamaria, por los palos que recibe al atreverse a opinar sobre su oficio.

Me han interesado dos aspectos de la polémica de los artistas del fogón. Por una parte, la volubilidad de nuestro liberalismo. Los mismos medios que defendieron a capa y espada las caricaturas de Mahoma en nombre de la sacrosanta libertad de expresión (indiferentes a las complicaciones que para Europa y sus intereses significaba chinchar a las ya sobreexcitadas masas islamistas), argumentan ahora que Santamaria ha perjudicando a los intereses de la tecnología alimentaria y de la alta cocina españolas. La libertad de expresión sirve fundamentalmente para eso: para que te zurren cuando recomiendas prudencia y para que te zurren cuando eres sincero.

Por otra parte, el debate de los cocineros artistas es algo así como la última variante del viejo dilema entre tradición y modernidad. La alta cocina ha sustituido al arte. Principalmente, y no es broma, por sus prohibitivos precios. En los museos, el arte ya se ofrece a las masas, mientras en el templo de la gastronomía sublime solo entran los escogidos. De ahí el esencial papel de los periodistas en el asunto: dedicados a relatar, a la manera de los juglares, con laudatoria reverencia, la conversión de la gastronomía en una de las bellas artes (lo sugería el sábado Gregorio Morán, olvidándose de precisar que todavía hay clases: a muchos plumillas no nos dan carta en este juego, cosa que, a lo mejor, explica por qué, lejos del templo del fogón y de sus hagiógrafos, nos conformamos con el olor de la retama).

La gastronomía galvaniza todo lo que arte expresaba antes de su agotamiento contemporáneo: la singularidad de un individuo creador y su búsqueda de la perfección, sí, pero, también la experiencia sensorial del espectador. Si las artes cultas del siglo XX entraron en crisis es precisamente por haber negado al espectador la experiencia de los sentidos. Por haber apelado exclusivamente a la mente, confundiendo la literatura con la filosofía, la música con la matemática y la pintura con el concepto.

En la comida es obligatorio apelar a los sentidos. Vista, olfato, gusto y tacto (incluso oído: sorbetes y crujientes). La escisión se produce cuando una tendencia (la tecnoemotiva de Adrià) se entrega hasta tal punto a la idea que los sentidos para la captarla deben subordinarse a la mente. Con buen olfato comercial, Santamaria repropone: se trata de comer, no de pensar. Cuando la modernidad pierde la olla, la tradición convierte la olla en bandera.

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Sálvese quien pueda, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 30 mayo, 2008

Se desploma la venta de pisos. Baja la venta de móviles. Se anuncian alzas alimentarias de hasta un 80%. La banca endurece los créditos. El Banco de España se asusta de sus propias predicciones. Pequeño consuelo es que el petróleo no siga escalando las montañas de la locura, porque la inflación rebrota con una furia digna del peor fantasma histórico: el de la crisis de los setenta. A pesar de la tremenda gravedad de la coyuntura, la clase política sigue en sus trece: tan liosa, extravagante o frívola como siempre. Ahí está, por ejemplo, Ibarretxe jugando de nuevo a tocar los cataplines del estado con un pellizco que sería de niño travieso si no fuera porque Juan Manuel Piñuel, la última víctima mortal de ETA, reposa todavía tibio en su nicho de mayo. En estas circunstancias funerales (que son, por desgracia, las de siempre en el País Vasco) es cínico todo intento de cambiar las relaciones vasco-españolas, es una demostración de profunda indiferencia hacia el sufrimiento de una significativa parte de los “vascos y vascas” a los que el lehendakari dice defender.

¿Y qué decir de las batallas internas del PP o de ERC en las que es tan difícil captar discrepancias ideológicas? Obscenamente aflora la ambición de unos, la decepción y el resentimiento de otros, el conflicto generacional, el rencor del que se marchó, la envidia del que nunca llegó. El factor humano es comprensible. Pero está eclipsando los verdaderos problemas. El momento es gravísimo y mientras unos se pelean y otros se pierden en su laberinto, el Gobierno de Zapatero, encantado de haberse conocido, se refugia en los datos del CIS para seguir poniendo parches verbales a la cruel realidad económica. El barco se hunde y nuestros líderes, o se pelean o tocan el violín.

No existen fórmulas mágicas para enfrentarse a la crisis, que llega al galope. La única receta conocida es antigua: apretarse el cinturón. Hay que evitar el sálvese quien pueda. Hay que evitar que los empresarios impongan sus medidas, y que los asalariados respondan con las suyas. Hay que evitar que bancos y cajas eludan su responsabilidad y que las empresas de servicios abusen de sus casi monopolios. Hay que evitar todas las respuestas abusivas o parciales o egoístas (también ante dilemas políticos como el de la financiación). Es fundamental repartir los costes de la crisis y reprimir la tentación del “ande yo caliente”. ¿Pero cómo se consigue tal objetivo? Con autoridad moral, con liderazgo. Ahora se verá, realmente, si Zapatero ganó de verdad: si su liderazgo se alzó sobre roca o arena. Y si Rajoy tiene alma de líder. El enemigo de Zapatero no es el PP; y verdadero dolor de cabeza Rajoy no está en su partido (ni tiene que ver con las pavonadas de Federico). El verdadero dolor es la crisis. ¿Para cuándo una propuesta severa, generosa y conjunta de los políticos a una sociedad seriamente amenazada y tentada por el sálvese quien pueda?

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Fouché siempre cobra sus réditos, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 26 mayo, 2008

¡Basta Ya! puso en evidencia la hipocresía ideológica y la falta de piedad de tantos nacionalistas vascos, que miraban hacia otro lado y relativizaban el dolor, el exilio interior y los ataques que sufrían en el País Vasco muchos ciudadanos no nacionalistas. El filósofo Fernando Savater, sin vinculación alguna con la derecha española, contribuyó a proponer las bases éticas de la respuesta civil: “Yo no tengo obligación de poner la otra mejilla”. Y el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, con el que ETA compitió en el Mundial de la Crueldad, situó a las víctimas de la barbarie en el corazón de los españoles. El dilema moral está claro: o la sangre de los inocentes o las ratas etarras de la sinrazón.

La sangre de los inocentes, sin embargo, era muy apetitosa. Podía ser muy útil para construir una nueva hegemonía ideológica. Mayor Oreja y José María Aznar no dejaron pasar la oportunidad. Colocaron las víctimas, no en el pedestal cívico, aquel en el que todos los demócratas podían acompañarlos, sino en el altar de la patria. Precisemos: de una cierta idea de la patria española (legítima, por supuesto, pero discutible). Una patria que no todos los ciudadanos comparten y en la que dos líneas tradicionalmente enfrentadas convergían: por una parte, aquel joseantoniano “destino en lo universal” y por otra, la idea liberal de España, suma de ciudadanos libres, que considera las tradiciones culturales no castellanas una peligrosa pervivencia de la premodernidad. Los discursos del Aznar presidente sintetizaban ambas corrientes y delataban la intención de intentar un enérgico golpe de timón, de acabar de una vez por todas con las bromas de la transición. La sangre de los inocentes, santificados en el nuevo templo patrio, era extraordinariamente útil para tal objetivo.

Las víctimas fueron instrumentalizadas como arietes de ataque. La nueva hegemonía moral se resumía así: con las víctimas, contra los nacionalismos y viva España.

La idea fraguó rápidamente en determinados medios de comunicación (no sólo en la Cope), y pronto tomó el aspecto de una cruzada ideológica, de un proceso inquisitorial contra los que no se plegaban a tal visión. El proceso estaba dirigido desde el periodismo, pero beneficiaba objetivamente al PP (que de vez en cuando aportaba a tal corriente discurso y liderazgo). Curiosamente, en otros medios de la capital española, antagónicos, la vía savaterista contribuía a la labor inquisitorial al condenar a la premodernidad cualquier forma, incluso la más tibia, de nacionalismo; pero sin inmutarse para nada ante los excesos del españolismo que rebrotaba con la santificación de las víctimas de ETA.

El proceso de inquisición arrancó atacando inicialmente al PNV, por su indiferencia hacia el dolor y sus conexiones sentimentales con ETA; pero en seguida se proyectó también contra el catalanismo, acusado, no solamente de nacionalista, sino de perseguidor de la lengua castellana.

Después, la sombra se proyectó sobre los socialistas catalanes por su vínculo con ERC en el Govern tripartito, vinculación que adquiere prueba de cargo cuando Carod-Rovira se entrevista en Perpiñán con los etarras. Seguidamente, como fruta madura, la condena sin paliativos recae sobre el PSOE de Zapatero, todavía en la oposición, por sus vinculaciones con PSC, es decir, con ERC. Y cuando Zapatero en sus primeros tiempos gubernamentales, apuntala su frágil mayoría en ERC y, seguidamente, inicia las negociaciones con ETA, cae sobre su cabeza el peso de una condena sin perdón.

Ahora la sombra persigue a Rajoy, atrapado en una madeja que, por acción u omisión, el PP contribuyó a engordar. El proceso narrado no exculpa, naturalmente, los errores cometidos por los acusados: el insoportable egoísmo del PNV; la vacua vanidad del viajante a Perpiñán; la liosa y decepcionante batalla del Estatut; la increíble inconsistencia de Zapatero, etcétera.

Y, sin embargo, en el fondo del proceso inquisitorial, brilla con claridad un propósito: instrumentalizar el dolor, sacar tajada política del sufrimiento de las víctimas de ETA y establecer una nueva hegemonía moral que elimina la discrepancia y condena a las minorías culturales o ideológicas de España al desprecio, al insulto, a la marginalidad.

Rajoy, que ahora sufre en carne propia el desprecio, dice por boca de Jorge Moragas algo que escribimos hace años: “Ciertos personajes hacen del odio su negocio”. Todas las recetas que se fundan en el odio son peligrosas, incluso las que nacen en defensa de las víctimas de otro odio más execrable y violento. Sabemos quién ha estado voceando el odio. Sabemos quién ha instrumentalizado a las víctimas de ETA. Sabemos quién ha jugado a gran inquisidor. No sabemos, en cambio, si un Fouché se oculta detrás de este episodio histórico. ¿Recuerdan al mitrailleur de Lyon?Empezó siendo un seminarista, de repente estaba con los revolucionarios franceses. Moderado primero, después el más radical, en Lyon no le bastaba con la guillotina: bombardeó a los presos para matarlos más deprisa. Pero oliéndose un cambio, ya era de nuevo un moderado. Sobrevivió a todos: a Robespierre, a Napoleón. Acabó entregando el Estado a la monarquía restaurada, no sin antes hacer grandes negocios a costa de unos y otros. Sabemos quiénes han ejercido estos años el papel de inquisidor. Son audibles y vistosos. Pero ¿y Fouché? ¿Quién está jugando ahora con los suyos a la gallinita ciega?

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La Fageda o cómo ganar si eres débil, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 19 mayo, 2008

Tremendamente común es en la vida catalana la creencia de que basta con tener la razón para que las cosas avancen por el camino deseado. Todo lo que está pasando con el agua en Catalunya responde a esta fantasía. Pero la realidad es cruel. No basta con desear otra cultura del agua.Y demonizar durante décadas la palabra trasvase no ha servido para encontrar una alternativa milagrosa: la sequía dio al traste con las buenas intenciones ecológicas que en tiempo de bonanza funcionaron como un placebo. Un placebo, un inocuo calmante ideológico.

No basta con las buenas intenciones ideológicas para gobernar la peliaguda realidad. Según Josep Pla -lector de Maquiavelo y realista indomable-, la partida de la realidad no puede ganarse sin una de estas dos cartas: “O fuerza o astucia”. El fuerte acostumbra a ganar. Pero el débil debe prohibirse la frivolidad y la tontería. Tiene que ser listo. Más listo que el fuerte.

Propagar la bondad ecológica te convierte en el mejor de los casos en un predicador, en un moralista. Pero la cultura del agua no cambia con prédicas. Ahí está el resultado de la gestión fantasista: embrollo constante, división interna catalana (alarma en el Segre, quejas del Ter, indignación en Tarragona, revuelta en Amposta), pérdida de los aliados regionales (ayer Valencia, hoy Aragón) y grotesco cambio de tercio ideológico: del no radical al trasvase al “sí porque nos conviene”. Sirva el caso del agua como un ejemplo entre muchos. Los pleitos decisivos del catalanismo (sea en el ámbito de la política, sea en el de la lengua) se pierden o complican por falta de lucidez en el análisis de las fuerzas que rigen la realidad.

Por fortuna, el vicio del fantasismo ideológico tiene importantes contrapesos en la sociedad catalana, en la que abundan empresas y proyectos fundados en el talento, el tesón y el realismo. He leído, en este sentido, un libro muy recomendable. La Fageda, història d´una bogeria (Ed. La Magrana), de Dolors González, que narra con ritmo trepidante la historia de una verdadera locura. Una locura triunfante. Una historia que no podía empezar peor: en el psiquiátrico de Salt, a finales de los setenta, con los llamados locos todavía inmovilizados con grilletes. Peor que bestias.

El aragonés Cristóbal Colón trabajaba allí, horrorizado. No cejó hasta emprender un proyecto para dignificar la vida de los enfermos mentales y los discapacitados psíquicos. Empezó sin nada. Armado con una idea: el trabajo dignificará sus vidas. Pero con un profundo sentido de la realidad y un corazón enorme, que contagió a todos sus colaboradores. Contó desde el principio con el apoyo del Ayuntamiento de Olot para montar una empresa con estas personas que todo el mundo considera un problema. La cooperativa La Fageda fracasó diversas veces antes de encontrar el camino. Pero se levantaba de nuevo. El objetivo era conquistar la realidad (la autonomía económica), nunca la caridad. Nunca la dependencia de otras empresas. El trabajo para los enfermos y deficientes tenía que ser no sólo fuente de ocupación terapéutica sino también un buen negocio. El sueldo dignifica. El éxito concede reconocimiento social. El éxito económico permite pensar en el futuro.

Encontraron ayuda, también incomprensión. Después de muchos fracasos, descubrieron el filón de los yogures de calidad. Los mejores de Catalunya. Nunca los vendieron esperando compasión para los débiles. Sabían que sólo competir con los más fuertes (las multinacionales) garantizaría el futuro de estos hombres y mujeres débiles que hoy, en su éxito y en su trabajo, son más fuertes que Ronaldinho, que nació con tanto talento, al revés de ellos, y está echándolo a perder.

Doscientos diez trabajadores, 125 de ellos con discapacidad y enfermedad. Residencia para 40. Treinta millones de yogures al año. Más de siete millones de facturación. Medalla a la mejor leche y premios de todo tipo. Conferencias de Colón junto a premios Nobel de Economía. Excelencia en el producto y absoluto respeto medioambiental. Lee uno el libro y reencuentra la fe en el futuro de la humanidad.

Los argumentos, el empeño y la lucha de Colón y compañía demuestran que Pla estaba acertado. “El débil debe ser listo”. Sí, pero el combate a favor de los débiles necesita algo más que talento o astucia. El trabajo de los enfermos y los deficientes de La Fageda debe generar beneficios, pero estos beneficios están al servicio de unos valores: “En La Fageda se trata con amor a las personas, se trata con amor a los animales de la granja, se trata con amor al producto que se realiza y al entorno en el que viven. Todas las acciones de La Fageda están destinadas a buscar el bienestar y la calidad de vida de los que integran el proyecto”. El débil tiene que ser el más listo o será barrido, decían los realistas. Pero en La Fageda se añade algo fundamental: la inteligencia es imprescindible, sí, pero el motor es el corazón.

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El caballero negro, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 16 mayo, 2008

Esperanza Aguirre se replegó no sin antes regalarle a Mariano Rajoy una espada de Damocles. Aceptaba la victoria del aparato, pero prometía un nuevo asalto para dilucidar qué rostro deberá imprimirse en los carteles electorales del PP en el 2012. No se rendía, regresaba a los mullidos cuarteles de la Comunidad de Madrid, esperando una oportunidad mejor. Quedaba claro que la victoria de Rajoy era provisional. Se despedían, sí, los personajes que de manera más visible condicionaron la imagen del PP: Zaplana, belicoso y elástico como todo buen comerciante; Acebes, inmóvil como una piedra, una piedra finalmente desviada, que despejaba el camino de la centralidad por el que Rajoy se proponía dar sus primeros pasos. Lentamente, desconfiado, con el ojo pegado al retrovisor. El lento goteo de nominaciones de su nuevo equipo sugería invisibles, pero tercas resistencias. Sugería una desconfianza de fondo entre el líder aparente y los poderes ocultos del partido. Pero no invitaba a pensar en nuevos combates a corto plazo. Hasta que, de repente, irrumpe María San Gil, que ejerce en el partido el papel de icono moral, parecido al de los santos de una iglesia.

Con la irrupción de San Gil, la figura de Aguirre adquiere el perfil de un MacGuffin. Aguirre es el argumento paralelo, el personaje secundario que el cineasta Hitchcock colocaba en sus películas para despistar al espectador de la trama principal. El paladín que se prepara para disputar el liderazgo del PP a Rajoy no es Aguirre. Es un caballero que oculta su personalidad bajo una armadura negra, como en las novelas románticas de Walter Scott.

Se ha dicho que San Gil es el puñal de que se sirve Jaime Mayor Oreja para herir por la espalda a Rajoy. Muchos tenían a Mayor por jubilado, un lujo político perdido en las amables nieblas de Bruselas, un Vidal-Quadras cualquiera.

Pero Mayor (radicalismo ideológico en guante de seda) no se resigna a desaparecer. Es el autor de la gran operación ideológica del aznarismo. Renacionalizar España partiendo del eje moral de la lucha contra la violencia etarra, impugnando sin concesiones todos los nacionalismos, empezando por el vasco (acusado de connivencia con ETA) y acabando con el catalán (acusado de represor de la libertad individual). La capacidad de seducción de Mayor abrazó un amplio extrarradio. ¡Basta Ya!, Foro Ermua, gente que estuvo en ETA como el converso Jon Juaristi, sectores de izquierda liberal como Fernando Savater y la corriente babélica catalana despegan con la ayuda de Mayor Oreja. Tal corriente se siente traicionada por un pragmático Rajoy dispuesto a aguar las ideas para conseguir alianzas. ¿Es, pues, Mayor el caballero negro? La respuesta sería afirmativa si no recordáramos que Aznar, el gran actor del viraje ideológico que Mayor cocinó, no lo escogió para liderar el PP. Prefirió a Rajoy. ¿Se habrá puesto Aznar de nuevo el casco?

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Felipe crisóstomo, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 9 mayo, 2008

Preocupado por la crisis, pero confiando en las posibilidades del superávit acumulado, sostiene Felipe González que las autonomías deben esperar. Hay que priorizar, dice, las inversiones en infraestructuras, en vivienda protegida y en rehabilitación, como propone el Gobierno. La inversión pública es “generadora de actividad y recuperadora del empleo”. Mientras que, si el dinero se va a las autonomías, producirá un gasto improductivo. En manos del Gobierno, el dinero público cundirá, mientras que en manos autonómicas se volatilizará. El argumento pretende ser demoledor, pues enfatiza la responsabilidad del Gobierno, mientras que las autonomías aparecen como irresponsables en un momento grave. Habíamos olvidado la formidable capacidad que tiene Felipe (sin duda el mejor pico de oro de la democracia) para la falacia retórica. Ya cuando amenazó con dimitir ante sus marxistas compañeros y también cuando lo de la OTAN, la retórica felipista se construía sobre el mismo esquema: la emoción y el folklore ideológico son vuestros, pero la razón y la responsabilidad son mías. Sigue en las mismas: existen unos compromisos con las autonomías, cierto, pero “la única manera de afrontar la realidad es mirar de frente las necesidades de los ciudadanos”.

Analicemos las necesidades de los ciudadanos. De los votantes socialistas de la Catalunya metropolitana, por ejemplo, que deben compartir sus servicios de educación, sanidad y protección social con el millón largo de emigrantes que se han instalado en los últimos años en aquel entorno. Felipe ha estado pidiendo su voto allí con gran éxito. El gasto social es para ellos. No para una Catalunya genérica sino para unos ciudadanos de carne y hueso cuyo nivel de incomodidad puede llegar a ser insoportable. Es serio y responsable que a un socialdemócrata como González le preocupe activar la economía y reconvertir el empleo perdido, pero es chocante que un socialdemócrata sostenga que el gasto social no es una necesidad ciudadana, sino abstracta reclamación autonómica. En momentos de crisis debe pedirse a todo el mundo que se apriete el cinturón, naturalmente, pero estos temas deberían poderse discutir con luz y taquígrafos en una cámara federal. El sistema es casi federal, pero no dispone de mecanismos para la discusión. Aunque Miquel Iceta en su libro proclame una y otra vez el ideal federalista, no se observan ni tan siquiera avances de tortuga en tal dirección. El socialismo español trata a Montilla como a Pujol: he ahí un nuevo portador de egoísmo y abstracciones. Las dos líneas socialistas no avanzan en paralelo: el Govern de Montilla y el Gobierno de Zapatero chocarán fatalmente en un punto de esta discusión. Veremos quien tiene que retirarse cabizbajo. Si el PSC consigue un resultado aceptable, consolidará su posición. Pero si fracasa, el entero sistema catalán de partidos tocará fondo. Inmovilizado, sin capacidad de alternativa, eterno perdedor.

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