Reggio’s Weblog

Miedo a volar, de Martín Prieto en El Mundo

Posted in General by reggio on 25 agosto, 2008

BAJO EL VOLCAN

Un comandante español de submarinos alistaba en la base naval de San Diego una unidad cedida por la US Navy y se sorprendía de que su preparadísimo y eficiente colega que hacía la entrega sólo fuera segundo comandante. Lo comentó al almirante de los sumergibles: «Usted sabe -le contestó- que en un submarino el primer error es el último. Este buen oficial está divorciado, con lo que ya ha cometido un importante error en su vida». Todas las Armadas del mundo son exasperantemente conservadoras hasta en su vida social, pero es cierto que, como en el Kursk, el primer error es letal. La aviación es el submarino del aire y una puerta mal cerrada supone la catástrofe.

A los fóbicos se les enseña que el avión no está suspendido milagrosamente en el vacío sino que navega en el fluido del aire igual que entre las aguas, y que, alcanzada su velocidad de crucero, no pesa. El teorema de Bernoulli, la teoría de Kutta-Joukowski y el principio de acción-reacción sustentan el mito de Icaro y el sueño de Leonardo Da Vinci. Obvio es repetir que el transporte aéreo es el más seguro del mundo, por eso sus desastres despiertan la imaginación y estupidizan a los responsables en tierra. Se ha repetido que los pilotos de Spanair tenían los brazos rotos de tirar de los mandos para elevarse, como si alguien pudiera hacerlo aun tirando de las Pirámides. Ni se sabe lo que es un avión ni se conoce la anatomía. Otrosí que el piloto fue obligado a despegar. Es el capitán del barco, es Dios a bordo, y se impone al armador, no al revés. Ningún comandante despega si no quiere o tiene dudas. Si en la pista de rodadura un pasajero organiza un escándalo se le desembarca; por una simple borrachera muchos aviones han variado su destino. Barajas acaba de dar una buena colección de leyendas urbanas.

Intolerable el secretismo cruel de Spanair que secuestró durante horas la simple lista del pasaje como si fuera un factor clave de la investigación. Los directivos de la compañía que han dado la cara para no decir nada son meros empleados distinguidos de la Scandinavian Airlines System (SAS), que han logrado que sus prestigiosas siglas apenas aparezcan en las informaciones sobre la tragedia como si no fueran los dueños del aparato siniestrado. La rueda de prensa de la ministra de Fomento fue digna de una «miembra» del Gobierno, balbuciendo ignorancias cuando bastaba restar los heridos del total de pasajeros para cuantificar los muertos. Volar es seguro; lo peligroso acaece siempre en tierra.

© Mundinteractivos, S.A.

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Urtain, del mito a la tragedia, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Posted in General by reggio on 25 agosto, 2008

En verdad no los elegimos. Rara vez nuestra voluntad intervino para que su omnipresencia fuese insoslayable dentro del siempre desplegable y sorprendente repertorio de recuerdos. Muchos de los mitos que forman parte de nuestra educación sentimental no son más que imposiciones de las que no hemos podido o sabido desasirnos. A muchos de los que entonces entrábamos en la adolescencia, no nos importaba el boxeo, ni admirábamos a Urtain, y, sin embargo, no podíamos no enterarnos de lo que le acontecía en sus idas y venidas por los cuadriláteros. Estamos hablando de aquel boxeador que formó parte del cochambroso firmamento del tardofranquismo. La noticia es que la vida de este hombre se convierte en trama principal de una obra de teatro que estrenará el grupo «Animalario» el 25 de septiembre, cuyo autor es Juan Cavestany.

Tan pronto tuve conocimiento de este inminente estreno teatral, me llamó la atención que, al decir del autor del grupo que va a escenificar la representación, se trata de una tragedia griega. Que, llegado el momento, un mito se convierta en tragedia es algo sabido. Lo que ocurre es que, en el caso que nos ocupa, hay otros ingredientes llamativos. El reportero José María García publicó un libro que se tituló «Comedia Urtain», donde hablaba de una trayectoria pugilística llena de tongos. La desmitificación creó la comedia, bufa y grotesca, hasta que, andando el tiempo, un 21 de julio de 1992, cuatro días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, el protagonista de esta trama se lanzaba al vacío desde un décimo piso en Madrid.

La educación sentimental, digo, y sus recovecos. Cuando supimos de aquel suicidio, no podemos decir que fue recibido por nosotros con indiferencia, sino que, de alguna forma, se acusó el mazazo de tener noticia del trágico fin de uno de los mitos de aquel tardofranquismo que coincidió con nuestra adolescencia.

¿No es cierto que casi todos nosotros, sin interesarnos gran cosa el boxeo a la mayoría, vimos por televisión aquel combate del que Urtain salió con la cara destrozada y perdió el título de campeón de Europa ante un tal Henry Cooper? ¿No es cierto que todos nos preguntábamos que podía haber de realidad y de montaje en aquella carrera fulgurante que los medios aireaban tanto y tanto?

El tardofranquismo, digo. El 26 de julio de 1977, Umbral escribe un memorable artículo en «El País» sobre Urtain a resultas del anuncio de retirada por parte del boxeador que empieza con estas palabras: «Urtain era algo así como un altorrelieve musculado de la mitología del tardofranquismo». Y presten atención, por favor, al párrafo que sigue: «Urtain, Sísifo en camiseta, Sísifo con chapela, al que en lugar de Camus ha glosado Leguineche, con no menos mérito, subía y bajaba la piedra para nada, que es lo que hacemos todos: empuñar el propio destino, el propio éxito la propia biografía, la propia imagen y mantenernos en alto para nada». Y concluye el columnista de forma magistral: «Urtain, como el Régimen, ha sido fuerza pura para nada. Gran muchacho y gran deportista, a pesar de mi querido José María García, Urtain se había convertido involuntariamente en el coloso de Rodas del franquismo, y ahora que muere el franquismo muere el coloso».

Así pues, Urtain anunció su retirada del cuadrilátero un mes y unos días después de la celebración de las primeras elecciones democráticas en España tras la muerte del dictador. A partir de ahí, por lo que se vino publicando, su vida no hizo más que dar tumbos camino del infierno depresivo que lo impulsó al suicidio en julio de 1992.

La vida como una sucesión de puñetazos de ida y vuelta que noquean. De la inocencia idílica y paradisíaca del caserío al infierno de lo peor que tiene el llamado deporte del boxeo.

En septiembre, como ya hemos consignado, va a estrenarse una obra teatral que tiene como protagonista a un mito de los últimos años de una dictadura. A un mito que fue víctima y juguete roto de aquello que lo forjó. A un mito que compareció en la vida pública cuando muchos de nosotros nos adentrábamos en esa edad de las pasiones que es la adolescencia.

El rictus de un desgarro, el mohín de una historia amarga, que en la España de entonces no tenía cabida en el cine negro. Que tuvo que esperar para hacerse hueco en el género teatral.

No es exagerado sugerir que el personaje del que venimos hablando tiene una enorme carga simbólica si de lo que se trata es de conocer lo que sucedía en un tiempo y un país en el que estábamos muchos de nosotros en tanto adolescentes, con nuestra inevitable y también llevadera carga de asombro y confusión.

Y es que, sin que la voluntad mediase en ello, «nos dolió Urtain».

Tormenta en el Mar de Galilea, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in General by reggio on 24 agosto, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Las dos agujas del reloj, la una al hombro de la otra, acaban de pasar bien tiesas el mediodía de este miércoles 20 de agosto cuando el vuelo 0762 de Iberia con destino a Palma de Mallorca despega de la T-4 como si fuera un moscardón alejándose del esqueleto varado de un diplodocus de diseño. Hace mucho calor en Madrid y la pista rodeada de tierra reseca se empequeñece como un surco más en medio de la aburrida telaraña de los trajines del verano. -Imagínate que ahora nos pasara algo, no lo quiera Dios. Pero si se cayera este avión, saldríamos en los periódicos y lo que la gente se preguntaría es que hacíamos aquí, tú y yo, sentados juntos. Porque todo tiene un sentido. Sabes que yo creo mucho en la Providencia…

Después de tantos años sin verle -ocho o diez por lo menos- acabo de encontrarme con José María Ruiz-Mateos, tan locuaz y zalamero como siempre. Va acompañado de uno de sus hijos y otro colaborador y resulta que su asiento es el contiguo al mío, pasillo de por medio, en la parte delantera de la cabina. A mi derecha se sienta un piloto fuera de servicio, de aire apacible y sienes canosas, que vuelve a su base de operaciones.

-Si pensabas leer, has tenido mala suerte porque no voy a desaprovechar esta oportunidad de charlar con uno de los mejores periodistas de… ¡¡Europa!! Además, durante este vuelo no tenemos por qué preocuparnos porque si le pasa algo a uno de los pilotos, aquí tenemos otro. ¿No es así?

El hombre canoso y apacible entra en el juego con la más comprensiva de las sonrisas.

-Claro que sí. Si un compañero se queda dormido o se desmaya, yo me siento en su lugar. No se preocupe, don José María que sé como llevar el aparato…

Le han estirado y barnizado el rostro como un pergamino reluciente y habla un poco más bajito que cuando llamaba «cobarde» a Boyer y le aplastaba tartas en la cara, pero a sus 77 años Ruiz-Mateos sigue siendo fiel a sí mismo. «Señorita, si usted se presentara a las Olimpiadas ganaría la medalla de oro… ¡¡de la belleza!!», le dice a una azafata pelirroja. Va literalmente embutido en un traje beige claro de botonadura cruzada, más ceñido de lo normal, con una corbata granate y un pañuelo blanco, reventando picudo sobre la barandilla del bolsillo.

-Llevo puesto el uniforme de empresario porque vamos a cerrar en un almuerzo la compra de dos hoteles. Once mil millones de pesetas, ¿sabes?, y en estas cosas es muy importante dar confianza con la buena presencia en el vestir.

Genio y figura. Durante la hora que dura el vuelo me pone al día del estado de su lucha por obtener una indemnización por la expropiación de Rumasa: «Todo depende del Gobierno, pero es de justicia», me dice. Y yo asiento porque realmente lo creo: aquello fue una merienda de negros y es aún una asignatura pendiente. También describe las cinco divisiones de la nueva Rumasa y concretamente me enseña el catálogo de sus empresas de alimentación: Cacaolat, Trapa, Elgorriaga, Clesa, Dhul…

-Caray, qué buenas marcas tienes.

-Y si vieras cuál es nuestra liquidez… No quiero decirlo para no dar envidia en medio de la crisis. ¡Si Luis Valls saliera de su tumba! Pero yo no soy rencoroso y todos los días rezo para que su banco vaya lo mejor posible. Todo lo que me ha ocurrido ha sido cosa de la Providencia…

Saca entonces de su maletín una cajita forrada de cuero azul, con muelle de joyería y una inscripción que dice «Fundación alcalde Zoilo Ruiz-Mateos. Rota (Cádiz)». Me la tiende cordialmente.

-La fundación en memoria de mi padre hace algunas cosas en plata y ya sabes que yo tengo una gran devoción por Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. La puedes doblar y llevarla en el bolsillo o donde quieras.

Es un bello relieve de la Virgen con el Niño, muy agradable al tacto, de unos siete centímetros de alto, con dos medias rejas plegables a modo de librillo hasta formar una capilla en miniatura.

Le pregunto por su actual relación con el Opus y me dice que sigue admirando mucho al fundador -«Fue un santo y así lo ha reconocido la Iglesia»-, pero bastante menos a sus sucesores. Estamos tomando tierra en Son San Joan cuando me da más detalles sobre la compra de los dos hoteles.

-Les dimos una especie de ultimátum y cuando nos dijeron que viniéramos a comer, yo me di cuenta de que la cosa estaba hecha. Queda rematar, claro. Un hotel en Palma y otro en Las Palmas de Gran Canaria. Los propietarios venden los dos. Nos han citado aquí, pero además del de Palma, también nos venden el de Las Palmas. Once mil millones, ¿qué te parece?

Ruiz-Mateos felicita a los dos pilotos de la cabina por su perfecto aterrizaje y se despide del suplente innecesario y de la azafata olímpica. Miro mi reloj, es la una y cinco. En ese preciso instante el comandante Antonio García Luna está abortando en la misma pista de la que hemos despegado hace una hora su primer intento de poner en el aire el vuelo JK 5022 con destino a la capital de Gran Canaria. Antes de decirme adiós, Ruiz-Mateos vuelve a la carga con Rumasa y sus otras obsesiones:

-Comprendo que no es el mejor momento para las indemnizaciones, pero se pueden buscar fórmulas. El otro día me encontré con la vicepresidenta en un avión como éste y ella me escribió una carta muy cordial, diciéndome que le diera argumentos. ¡Fíjate, qué actitud tan positiva! También le regalé un tríptico de la Virgen y no sabes cómo me lo agradeció. Todo tiene su porqué. Como nuestro encuentro de hoy. Estoy seguro de que dará frutos. Pero imagínate que hubiéramos tenido un accidente y yo me hubiera quedado ahí, frito como un pajarito en el asiento de al lado del tuyo… Por eso cada día creo más en la Providencia.

Hora y media después me llaman del periódico y me cuentan lo ocurrido en Barajas. El MD-82 iba a Canarias, pero también había hecho el servicio a Baleares. La víspera yo había dicho en la Secretaría de Redacción: «No me saquéis un vuelo de Spainair, que con esto de la regulación de empleo y la huelga de celo, seguro que tienen retrasos». El azar y la necesidad. Si los vendedores de los dos hoteles hubieran convocado la reunión en la sede del segundo en lugar de en la del primero, Ruiz-Mateos habría tenido que viajar esta mañana a Las Palmas en vez de a Palma -muchos extranjeros se confunden- y habría contado con bastantes papeletas para estar en ese vuelo. De 172 pasajeros sólo han sobrevivido 19.

Busco un libro editado hace 12 años y lo encuentro en la estantería de las lecturas de verano. Se titula Against the Gods, es una «historia del riesgo» y lo compré porque me pareció muy apropiada la ilustración de la portada. Reproduce el sobrecogedor cuadro de Rembrandt Tormenta en el Mar de Galilea que muestra cómo las olas y el viento zarandean la barca en la que viajan Jesús y sus discípulos -la belleza convulsa-, de modo similarmente espantoso a lo que le ocurre a un avión cuando entra en un espacio de turbulencias entre los rayos de una tormenta.

El maestro de la luz divide la escena en dos ambientes. La mitad de los discípulos se entregan denodadamente en la proa, iluminada por el reflejo de la luna sobre el mar, a la tarea de tensar las jarcias y otros aparejos para dominar las velas y hacerse con el control de la embarcación. La otra mitad rodea a Jesús en la penumbra de la popa, ora instándole a actuar, ora aguardando pasivamente su decisión de imponer o no la calma sobre la naturaleza desbocada. Según el autor del libro, el economista Peter Bernstein, ahí está la frontera entre los tiempos antiguos en los que los griegos «se arrodillaban ante los vientos» invocando la misericordia de los dioses y la edad moderna en la que el hombre ha dejado de estar «pasivo ante la naturaleza» y ha pasado «a gestionar el riesgo» inherente al propio concepto de civilización y progreso.

Es imposible representar mejor esa «jornada» de la condición humana que transcurre entre el amanecer de la razón y el crepúsculo en el que aúlla lo incomprensible. Si los aviones se diseñan y construyen cumpliendo todos los requisitos para que no se caigan nunca, ¿por qué se ha tenido que caer éste? Leibnitz, precursor del racionalismo, nos dejó una reflexión tan certera como inquietante: «La naturaleza ha establecido pautas que marcan el desarrollo de los acontecimientos, pero sólo en la mayoría de los casos». Terribles palabras.

Cuando sucede lo imprevisto, camuflamos nuestra ignorancia diciendo algo tan anticientífico como que se trata de la excepción que confirma la regla. El problema no está en la excepción -una vez ocurrió que…-, sino en que sea parte indisociable de la regla. Arthur Rudolph, diseñador de los cohetes del proyecto Apolo, lo explicaba muy gráficamente: «Lo que tú quieres es una válvula completamente hermética y haces todo lo posible por desarrollarla. Pero lo que el mundo real te proporciona es una válvula que produce filtraciones y sólo te queda por determinar qué nivel de filtraciones estás dispuesto a tolerar». ¿Qué es, pues, el riesgo sino la impotencia y la falta de certeza ante la imperfección esencial de cualquier obra humana?

El cuadro de Rembrandt no sólo refleja esa divergencia entre quienes tratan de dominar la tormenta y quienes se dejan llevar por ella, sino también los distintos grados de respuesta emocional ante la sensación de peligro, pues en ambos grupos hay quienes tienen la angustia pintada en el rostro y quienes afrontan el desenlace con serenidad imperturbable. Cuando un avión da botes en pleno vuelo hay quienes empiezan a sudar y se aferran a la mano de su acompañante -¿tuvieron tiempo de hacerlo los pasajeros del vuelo JK 5022?, ¿llegaron a darse cuenta de que en cuestión de unos instantes la mayoría de ellos estarían muertos?- y quienes siguen durmiendo, leyendo o divagando relajadamente.

El hecho de que el máximo nivel de tensión suela corresponder a los más mayores y la inconsciencia ante el peligro se identifique con la juventud corrobora sin duda la llamada ley de Bernouilli -a menudo subtitulada por qué el Rey Midas era infeliz- según la cual «la utilidad resultante de un pequeño incremento en la riqueza es inversamente proporcional a la cantidad de bienes previamente poseídos». Para el anciano que sabe que su final está cercano el valor de cada día de vida es infinitamente superior al que le da el joven que cree que tiene por delante un caudal poco menos que ilimitado.

Ruiz-Mateos ha irrumpido este miércoles al mediodía a bordo de un vuelo que despegaba de la T-4 como lo hacían los mensajeros de los dioses en las tragedias griegas, recordando a los mortales que ellos tomarán a su debido tiempo las decisiones claves para regular su existencia. Al menos desde el Renacimiento -sin duda desde la Ilustración-, el pensamiento humano ha venido rebelándose contra tal determinismo. «Tú crees en un Dios que juega a los dados con nosotros y yo en la ley y el orden de un mundo que existe objetivamente», le decía Einstein a su colega Max Born.

A esa ley y ese orden, esencialmente «relativos», les llamamos unas veces civilización y otras, Estado de Derecho. Cuando, según la teoría del caos, el aleteo de una mariposa en Hawai puede terminar desencadenando un tremendo huracán en el Caribe, es obvio que estamos muy lejos de controlar todas las variables, pero nuestra obligación es mantener las jarcias tensas y los aparejos en perfecto estado de revista. Hacer nuestra parte, cumplir con el deber. La ética indolora, querido Zapatero, simplemente no existe. Chesterton decía que «la vida no es ilógica, pero sí es una trampa para lógicos porque mientras su exactitud es evidente, sus inexactitudes están escondidas y lo salvaje permanece al acecho».

Tratándose de navegación aérea, pocas veces hemos escuchado la voz de «lo salvaje» con tan dramática contundencia como cuando conocimos las últimas palabras del comandante del aparato de Avianca que se estrelló en Madrid en noviembre de 1983 matando a 191 personas: «¡Cállate, gringa!», le dijo a la grabación del sistema de navegación de su Boeing 747 cuando le advertía de que se estaba confundiendo y pretendía aterrizar donde no estaba la pista. ¿Ha sido esa misma la pauta de conducta irracional de unos directivos de Spanair sobrepasados por las pérdidas, la incapacidad de vender la compañía, la obsesión por reducir costos y recortar plantilla y el desdén por las advertencias del Sepla? ¿Han permitido los inspectores de Aviación Civil que se fueran deteriorando entre tanto los controles de seguridad, tal y como descubrimos a posteriori que había ocurrido con la quebrada Air Madrid?

La Virgen de plata de Ruiz-Mateos protege con su mano derecha extendida a la criatura que tiene en el regazo y la mira dulcemente. In hac lacrimarum valle. No se llama María Inmaculada, sino Amalia Filloy Segovia. Es la mujer que le dijo al bombero que la encontró entre los hierros calcinados del avión que no se ocupara de ella sino que salvara a su hijita de 11 años, malherida a su lado. Illos tuos misericordes oculos.

Ningún cristiano discutirá que la Sagrada Familia es aquella última que haya sido mutilada. La mirada de los niños huérfanos, del hermano separado de su hermana, la memoria de todas las vidas truncadas de las víctimas nos obliga a exigir que la investigación de la verdad y la depuración de responsabilidades -criminales también, claro- llegue hasta el último tornillo. Es cuanto podemos hacer para mantener encendido el fuego de Prometeo y ser dignos coespecímenes de todos los navegantes que han surcado los mares más procelosos, intentando dominar los aterradores vientos de la incertidumbre.

Sabemos que los aviones seguirán llegando puntualmente a sus destinos, que el pasaje saldrá sano y salvo por la boca de los finger y que la calma volverá al Mar de Galilea. ¿Pero es esto suficiente?

Sócrates empleaba la palabra eikos para referirse a lo «probable» y definía su significado como «lo que se parece a la verdad». Venga, pues, una versión autorizada de la realidad para dormir tranquilos. La exactitud evidente, desprovista de las inexactitudes escondidas. La copia maquillada de lo que finalmente somos cuando pliega sus alas la lechuza de Minerva. Verbigracia, la reproducción del cuadro de Rembrandt en la cubierta de mi libro…

Porque no debo seguir ocultando al lector ni un solo momento más que el original de esta emblemática apología de la salvación a través de la fe y las buenas obras fue robado el 18 de marzo de 1990 del Museo Isabella Stewart Gardner de Boston por dos hombres disfrazados de policías y que, por increíble que parezca, habiendo mediado todo tipo de pesquisas y hasta cinco millones de dólares de recompensa, casi 20 años después ni el eficacísimo FBI ni la Divina Providencia, tan directamente concernida, han conseguido la restitución del lienzo al patrimonio de la humanidad al que pertenece.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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Nacemos mediterráneos, de Eduardo Rodrigálvarez en El País del País Vasco

Posted in General by reggio on 22 agosto, 2008

La cultura judeocristiana nos dejó, entre otras cosas -algunas buenas, hay que reconocerlo, aunque duela-, la dicotomía. Esa obligación de elegir entre el bien y el mal, entre lo blanco y lo negro, entre el sol y la lluvia (como si no existiera el viento, ni la niebla), entre las rubias y las morenas (no, ahí no se debe elegir, lo que Dios o Yahvé quiera o quieran, que ya me lio), entre el día y la noche. Y aquí es donde falla la cosa. Entre el día y la noche, no hay color. La gente ha elegido la noche, aunque no lo practique. La noche tiene el encanto de la oscuridad (lo prohibido, en esa cultura), la prolongación del día, la forma de soliviantar la jornada laboral, la dictadura del horario. La noche es libre, aunque durante el año esté condenada a ser el descanso que separa un día de otro, la jornada de reflexión entre un trabajo y otro. Pero hay resquicios. Las fiestas ciudadanas, populares, aldeanas, metropolitanas o cualesquiera, son algo más que una válvula de escape para la retahíla del estrés, la conciliación y esos lugares comunes (no falsos) de la sociedad de consumo, etcétera, etcétera, etcétera.

No seré yo el aguafiestas ni el pregonero de las fiestas de Bilbao, de San Sebastián, o de Vitoria, o de San Fermín. No caeré en la trampa judeocristiana, entre otras cosas porque no me apetece. Veinte años de fiestas populares en Bilbao han dejado, para mí, una conclusión radical: todos nacemos mediterráneos. La fiesta, pese o no a los concejales del ramo y a la coordinadora de comparsas (o lo que sea eso), es la gente. Se puede prescindir de los concejales, de las comparsas (¿o habría que decir txosneros?), pero nunca de la gente. Reconozco que este año sólo he estado dos días en Bilbao, pero la constante se mantiene. Ese aluvión de personal, lo he comprobado, es lo que más emociona a nuestros visitantes extranjeros, esa madrugada repleta como en Estambul (nunca caminarás sólo en esta magnífica ciudad), vociferante (como Nápoles), abigarrada (como Nueva York, una bilbainada nunca viene mal), estiradilla (como Londres o París), semioculta (como Praga) en el gentío.

Como se dice que los vascos nacemos donde nos da la gana, tengo la sensación de que decidimos nacer en el Mediterráneo. Que eso de la ciudad gris, laboriosa, anglófila, seria, discreta, de sastre y camisa a medida con iniciales. Que una cosa es la geosociopolítica y otra las entrañas, y resulta que por dentro nos corre la sangre alborotada. Bien, que no gritemos en exceso, que hagamos las patochadas justas, generalmente en función del nivel de gasolina que llevemos en el cuerpo, que no creamos en las comparsas (viendo la bajada del sábado anterior, yo, alcalde, hubiera promovido el decretazo de ilegalización por absentismo, aunque supongo que lo que se decidirá es suprimir la bajada y no las comparsas).

Hay muchas cosas que mejorar y/o suprimir en las fiestas de Bilbao (los programadores musicales no son precisamente de lo más fino), pero mientras la gente siga reeditando su espíritu mediterráneo, los fallos y los falladores (¡que no haya una errata aquí, por Dios!) estarán protegidos por la masa. Ya que tenemos que convivir con algunas comparsas obligatoriamente, con los aguafiestas de siempre, con algunos músicos de ocasión, con el eterno revival, disfrutemos de la gente. Si no hay sol, hay lluvia, si no hay día hay noche, si no hay niebla, hay viento, si no hay rubi@s hay moren@s, si no hay blancos hay negros. Es decir, hay gente con espíritu mediterráneo que invade la calle y abriga la calle con la misma ansiedad que un adolescente. Y además hoy torea El Cid. ¡Qué más quieren!

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Carpe díem, de Ruth Toledano en El País de Madrid

Posted in General, Medios, Sociedad by reggio on 22 agosto, 2008

Durante semanas, antes de llegar hasta aquí, contemplé en la pantalla sobre la que escribo el valle mediterráneo que ahora se extiende ante mi vista. Cada día, en algún momento quizás especialmente tedioso o estresado, me detenía a abrir una de las fotos con las que evocaba un futuro que anhelaba más cuanto más se acercaba. Pero esas vacaciones, deseadas y necesarias, empezaron teñidas de muerte.

Y, a mi izquierda, el olivo centenario, el más grande que hemos visto jamás, altísimo, con una complejidad de troncos que no sé si son ramas o al contrario. Y, junto a él, el algarrobo y la higuera, las chumberas, el aloe. Y, hasta donde alcanzan mis ojos, pinos, naranjos, alguna palmera. Decía Cortázar que no hay nada más aburrido que un paisaje, pero no es cierto. Cada nube que pasa, cada ráfaga de viento cambia su fisonomía. Cada llamada telefónica, cada nueva noticia: “Lo importante no es lo que se ve, sino el ver mismo; la mirada, no el ojo”, escribió José Ángel Valente, acaso ante un paisaje desértico. Y, sin embargo, los montes que me rodean se muestran en efecto inamovibles y parecen imperturbables.

Y siguen cayendo olivas al fondo de la piscina y en los rincones del jardín continúan acumulándose hojas de flores que simulan ser alas de insecto y viceversa. Y las hormigas, afanosas, obcecadas, cargadas de un peso mayor que su cuerpo, siguen abriendo rutas multitudinarias. Y las cigarras siguen haciendo sonar su mera presencia, mudas, somnolientas. Y se oye a lo lejos un perro, un gallo, un cuco. Y pasa al ras la libélula y sobrevuelan los cernícalos. Y se ha posado una tórtola. Y a esa salamanquesa le está creciendo la cola otra vez. Carpe díem, me digo. El abejorro Rodolfo hace notar su presencia. Duermen los grillos.

Abro el libro La cura Schopenhauer, del psiquiatra Irvin D. Yalom, autor también de El día que Nietzsche lloró, y casi me da la risa: “La vida es una cosa despreciable. He decidido pasarme la vida pensando en ello”, escribe el filósofo alemán. Desde la misantropía, la excentricidad de su genio y su, acaso edípica, misoginia, Schopenhauer nos recuerda que la muerte nos acecha de continuo y que ganará el juego en el que somos de antemano su presa; que la vida es una pompa de jabón que insistimos en hinchar al máximo “aun a sabiendas de que reventará”; que la felicidad es imposible y apenas podemos los humanos aspirar a “una vida heroica”; que esa vida, cuya “tremenda actividad produce un efecto cómico”, es ridícula; que el mundo es una fantasmagoría; que, además de en lo concreto, la existencia se desarrolla en una esfera de abstracción en la que cada uno de nosotros “es un mero espectador, un observador y nada más”; que, embaucados por la esperanza, todos bailamos en brazos de la muerte. Pero también que, cuando atisba la muerte, la mayoría se da cuenta de que ha vivido ad ínterim y “se sorprende de que eso que dejó pasar sin apreciarlo ni disfrutarlo era precisamente su vida”.

Carpe díem, me digo. Libros (“Sin libros yo me habría sumido hace tiempo en la desesperación”). Ideas (“El mayor placer de mi vida son los monumentos, las ideas”). Visión cósmica (la perspectiva sub species aeternitatis de Spinoza: ver el mundo desde la eternidad; o, como lo expresó Schopenhauer, “observar el mundo por el otro extremo del telescopio”).

Entonces suena el teléfono. Oigo las palabras Barajas, Spanair, Las Palmas, el motor en llamas de un avión, cuerpos calcinados, cincuenta muertos, ciento cincuenta. Y me lo tomo, con todos los respetos, como algo personal. Como algo que viene a cambiar la, en apariencia, quieta fisonomía del paisaje que se extiende ante mí, este valle mediterráneo de pinos y olivos y algarrobos que mi mirada vuelve abrasada meseta madrileña.

Me lo tomo como algo personal que viene a sumarse a este verano apocalíptico en el que ha muerto Leopoldo y Rafa se ha estrellado contra el asfalto y el caso Neira no es un caso sino el amigo de un amigo y el norte de Ibiza es el este de Madrid y esto no es el valle de Sant Vicent sino la ribera del Jarama, aunque siguen la cigarra y la hormiga y sigue Schopenhauer: “La mayor sabiduría consiste en hacer del disfrute del presente el objetivo supremo de la vida porque ésa es la única realidad, siendo todo lo demás territorio del pensamiento. Pero también podríamos llamarlo nuestra mayor locura, porque lo que existe sólo un momento y se desvanece como un sueño no puede ser merecedor de un esfuerzo serio”.

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Especuladores, de Alfredo Abián en La Vanguardia

Posted in General, Medios, Sociedad by reggio on 22 agosto, 2008

Hay quienes buscan inciertas responsabilidades penales sin respetar siquiera los desgarros emocionales. La temeridad especulativa es un conocido agente intoxicador con denominación de origen que es incapaz de sentarse a escuchar el silencio de la muerte. Cuando los mercaderes de la literatura fantástica topan con un cadáver, jamás contemplan la posibilidad de un deceso natural. Sólo caben cuatro opciones: ha sido víctima de un loco asesino, de una conspiración criminal, de una negligencia homicida y, en el menos escabroso de los casos, se trata de un suicida. Los accidentes son sucesos menores en los que sólo creen los ingenuos insensatos. Ningún roedor de la verdad revelada caerá en esa trampa. Hay que exprimir los restos de las víctimas antes de que sean amortajadas y, si hace falta, husmear en sus familias llorosas. Las rigurosas inspecciones técnicas y policiales pueden durar meses. Demasiado tiempo para los espíritus depredadores, que deben apostar con firmeza por una teoría aeronáutica.

Da igual que sea infundada o que el tiempo demuestre que es incierta. A fin de cuentas, si acaba pareciéndose remotamente a la realidad, podrán apuntarse un éxito profético. No como los mediocres, que se dedican a investigar en un muestrario donde todos los horrores y errores son posibles. Por fortuna para la humanidad, estos misioneros perversos de la información no han existido siempre. De lo contrario se habría acabado la aventura espacial porque los más de 20.000 empleados de la NASA estarían encarcelados. Su presunto crimen que investigar es muy simple: permitieron que murieran 17 astronautas en la cápsula Apollo I y en los transbordadores Challenger y Columbia, que, como pueden suponer, jamás pasaron inspección técnica alguna.

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Qué podemos hacer después de la tragedia, de María Jesús Alava Reyes en El Mundo

Posted in General, Medios, Sociedad by reggio on 22 agosto, 2008

TRIBUNA LIBRE

Quién de nosotros no se siente aún impactado ante el suceso trágico vivido el miércoles en el aeropuerto de Barajas? Hemos sido testigos, directos o indirectos, del dolor más terrible que experimenta el ser humano: el dolor de la impotencia. Todos nos sentimos conmocionados ante la muerte de 153 personas llenas de vida y de alegría, que buscaban el inicio de sus vacaciones, la vuelta a sus hogares, o cumplir sencillamente con su trabajo, en el caso de la tripulación.

La visión de la tragedia que han vivido las víctimas, las escenas de desgarro y dolor infinito de los familiares, el sobrecogimiento de las personas que han colaborado en las tareas de rescate… Todo ello nos produce un estado de shock emocional, que en muchos casos da lugar al llamado shock postraumático.

Aparecen una serie de síntomas y nos invaden las imágenes y los pensamientos sobre lo sucedido. A partir de ahí puede darse la evitación, que es una especie de anestesia emocional, o la hipervigilancia, que nos lleva a un estado de alerta permanente donde podemos experimentar sobresaltos continuos, irritabilidad, ataques de ira, dificultades para descansar, ansiedad…

¿Pero quiénes lo padecen? El shock postraumático lo tienen muchos de los que han sufrido en primera persona la tragedia, pero también su entorno más cercano y parte de la población que ha vivido de forma traumática el evento. Igualmente, puede darse en los equipos que han ayudado a las víctimas y los familiares. El nivel de afectación de las personas dependerá de cómo lo vivan y de la estabilidad o fragilidad emocional que tengan. Con frecuencia hay personas que sienten indefensión. Piensan que a cualquiera le podía haber sucedido, y eso genera vulnerabilidad, que puede desembocar en crisis de angustia, ansiedad, miedos, fobias…

En los afectados o en sus familiares suelen darse una serie de fases. La primera es la conocida como fase de shock o incredulidad: quieren pensar que ese drama no ha existido. Posteriormente, el afectado se pregunta por qué le ha tocado a él. Y en tercer y último lugar, aparecen las reacciones emocionales: angustia, pena, tristeza, rabia, etcétera. El tratamiento más aceptado en estos casos es una combinación de psicoterapia cognitivo-conductual y fármacos que actúan sobre la serotonina.

¿Cómo podemos ayudar a las víctimas y a sus familiares? Primeramente, escuchándoles. No debemos preguntarles continuamente sobre lo que sucedió, para que no vuelvan a revivir la tragedia. Lo que necesitan es contar con todo nuestro apoyo, cercanía, afecto y comprensión. Es preciso acompañarles durante esas primeras semanas en las que están tan perdidos. No menos importante es esforzarnos por quitarles todo sentimiento de culpa que puedan tener. Intentar que estén ocupados siempre resulta útil: que lleven su cabeza a otro sitio, a vivencias que de nuevo les devuelvan la esperanza. En este sentido, hay que ayudarles a que vuelvan a sus actividades cotidianas cuanto antes, pues estas constituirán una excelente terapia ocupacional.

Y en última instancia, hay que seguir prestándoles apoyo psicológico y tratamiento profesional especializado hasta que superen todas las secuelas.

Dicho todo esto, hay que tener en cuenta que en este accidente viajaban muchos niños. Desgraciadamente, muy pocos salvaron su vida, pero tanto los que han conseguido sobrevivir, como aquellos que han perdido a sus padres o familiares cercanos, necesitan toda nuestra ayuda. ¿Cómo les afecta esta tragedia a los niños?

Con frecuencia aparecen en ellos muchos miedos. Surge la preocupación por la muerte, tienen dificultades para dormirse, aumentan los terrores nocturnos, se agudizan los síntomas físicos -les duele todo-, se muestran irritables, les cuesta concentrarse, actúan como si fuesen más pequeños…

Algunas pautas pueden sernos de mucha utilidad para ayudar a los niños. Así, si han perdido a un familiar o a un ser querido, será la persona más cercana a él quien se lo comunique. Lo hará dándoles seguridad, afecto, diciéndoles lo que va a pasar a continuación. Para ellos es esencial saber qué cambios van a experimentar en su vida, quién se va a ocupar de ellos, si van a seguir en su misma casa o en su mismo colegio.

Necesitarán sentirse queridos y, sobre todo, tener la seguridad de que no se quedarán solos. Les resulta vital saber que siempre habrá una persona que sustituya a su familiar muerto, que les cuidará y les querrá como lo hacían su mamá y su papá.

Ha de tenerse cuidado para no facilitarles demasiados detalles de los hechos. Dejaremos que sean ellos, con sus preguntas y sus respuestas, los que nos indiquen el camino. No decirles más allá de lo que pueden asumir en ese momento. Este es uno de los principales errores que los adultos cometemos, pues queremos que interioricen rápidamente todo lo que ha ocurrido, y ellos necesitan seguir su propio proceso.

Siempre que sea posible, hay que procurar que sigan en sus colegios, con sus mismos amigos, sus mismas costumbres, rutinas, etc. Recordemos que a los niños les producen mucha inseguridad los cambios.

Por ello hemos de mostrarnos pacientes ante sus manifestaciones. Necesitan sacar todo su dolor fuera, para poderlo canalizar. Estaremos muy atentos a los niños que apenas exteriorizan sus sentimientos. En esos casos intentaremos mostrarnos muy cercanos, pues son los que peor lo están pasando. También les viene muy bien la presencia de otros niños, a los que puedan decir lo que no se atreven a expresar a los adultos.

A pesar de no haber perdido a ningún familiar o amigo, habrá personas a las que les cueste volver a la normalidad. ¿Qué pueden hacer estas personas que sienten miedo o están impactadas después de la tragedia?

Desgraciadamente, todas las semanas hay accidentes de tráfico, y eso produce un efecto de desensibilización. Por el contrario, un accidente aéreo se produce cada mucho tiempo -hacía 25 años que no tenía lugar una tragedia parecida en España-, y ello conlleva un impacto mayor. No estamos preparados para asimilar una tragedia de estas características.

Además, se asocia el accidente aéreo a imposibilidad de reacción por nuestra parte. El pasajero nada puede hacer por evitar la catástrofe y esa indefensión genera un miedo irracional. Para las personas que en estos momentos se plantean dejar de volar, es aconsejable que vuelvan cuanto antes a sus costumbres cotidianas: que cojan el avión, el tren, el metro, su transporte habitual. Que no cambien los planes que tenían hechos. Es importante que traten de centrarse en sus trabajos o tareas, para distraerse y no dejarse invadir por pensamientos irracionales, que les generan miedos.

Si ven que pasan las semanas y siguen con los síntomas de ansiedad o miedos, deben pedir ayuda, pues todos los estudios nos indican que la mitad de los casos se resuelven espontáneamente en el transcurso de los tres primeros meses. Sea como fuere, es importante no volver a ver imágenes de lo sucedido, en la medida de lo posible. Un acontecimiento traumático ya es de por sí bastante duro para que prolonguemos sus efectos y suframos inútilmente.

Cuanto antes nos recuperemos, antes lo superaremos. Es importante que aprendamos de todas las experiencias que vivimos, pero no para hundirnos ante la adversidad ni para tirar la toalla, sino para recuperar cuanto antes la seguridad, la serenidad, la confianza y las ganas de vivir.

María Jesús Alava Reyes es psicóloga y directora del Grupo Alava Reyes Consultores. Entre otros títulos, ha escrito la obra La inutilidad del sufrimiento.

© Mundinteractivos, S.A.

La Constitución olvidada, de Santiago Muñoz Machado en El País

Posted in General by reggio on 21 agosto, 2008

Ha pasado el mes de julio sin el menor recuerdo público a que hace 200 años se promulgó la Constitución de Bayona. Parece generalizada la opinión de que tal aniversario no merece celebraciones de ninguna clase. A la postre, como siempre se ha dicho, aquélla fue una Constitución afrancesada o, más exactamente, impuesta desde el extranjero, efímera y no influyente en el constitucionalismo sucesivo. Las exposiciones y festejos organizados para recordar los episodios nacionales de 1808 o se han olvidado de la Constitución promulgada el 6 de julio de aquel año, o se limitan a mencionarla como una anécdota sin mérito ni trascendencia. Las celebraciones se han concentrado en ensalzar el patriotismo de los españoles, sobre todo de los madrileños, al levantarse contra los franceses. Las reformas que Napoleón o José I intentaron aplicar a las petrificadas e ineficientes instituciones del Antiguo Régimen, apenas si han merecido una mínima consideración. A nadie inquieta inventar la idea de que, en verdad, Bayona nunca existió.

Reflexiono sobre ello en Harvard, donde paso las últimas semanas del curso, y envidio, al pensar sobre nuestra historia constitucional, el trato intelectual que han dado los norteamericanos a la suya. Es abrumadora la bibliografía que puede consultarse en la Widener o en la biblioteca de la Law School, pero también la que está hoy mismo puesta a la venta en The Coop, a diez pasos del Yard universitario. Podrá decirse que ellos son muchos más que nosotros y que, además, nunca hicieron nada más que una Constitución, pero tampoco es menos cierto que hasta que el profesor Artola ha decidido editar, en una colección de nueve volúmenes (Iustel, Madrid, 2008), la historia de nuestras propias Constituciones, no teníamos ninguna manera fácil de consultar los documentos parlamentarios, conocer las crónicas periodísticas, estudiar los debates y las tensiones políticas y sociales que cada uno de nuestros textos constitucionales produjo en su época. Empieza por Bayona, por cierto, dicha colección.

Reconocer su posición en la historia a la Constitución de Bayona no implica desplazar la Constitución de 1812, a la que siempre corresponderá el mérito de haber sido la primera norma suprema elaborada en España por los representantes del pueblo soberano. De modo que puede seguir adelante el afinado de las fanfarrias que van a usarse dentro de pocos años para recordarlo. Pero quitemos, al tiempo, a la de 1808 los estigmas y la parte injusta de su mala fama, y subrayemos que tuvo algunos efectos sobre el constitucionalismo ulterior. Señalaré tres que me parecen destacables.El primero de ellos es que movilizó el sentimiento constitucionalista, la apetencia y la necesidad de contar con un texto constitucional, como ya se había establecido en Francia y Estados Unidos. Desde que Napoleón tomó las riendas del Gobierno de España, expresó su deseo de introducir reformas administrativas para modernizar las instituciones. Pero, como revela su correspondencia con Murat, no tenía intención de promulgar una Constitución. Su formulación tuvo mucho que ver con el empeño de algunos ilustrados reformistas que apoyaban la renovación institucional que podía ejecutarse de la mano de los franceses. En la España de 1808 hubo quienes entendieron que la mejor forma de ser patriota era defender las reformas institucionales que el país tanto necesitaba. De modo que en el bando de los afrancesados, por esta razón, pueden encontrarse patriotas tan respetables y convencidos como los que militaron en el campo de los rebeldes. También, naturalmente, hubo entre ellos traidores sin paliativos, entregados a su propia conveniencia personal y a la del invasor. Pero no es posible extender esta descalificación a todos. La Constitución que Napoleón aceptó finalmente redactar para España no habría de ser objeto de elaboración unilateral por el Corso, como las Cartas otorgadas de Holanda, Nápoles y Westfalia, sino hecha con la participación de los españoles. A este respecto, el 19 de mayo de 1808 se convocó una Asamblea en Bayona. La componían 150 vocales designados por estamentos e instituciones tradicionales. El 15 de junio se constituyó en Bayona esta Asamblea de Notables. Contribuyó a la fijación del texto final, revisando las propuestas napoleónicas, por más que haya que dar la razón a Argüelles cuando subrayó que aquellos compromisarios no tenían poder para modificar nada sustancial y que las reformas de la versión inicial propuesta por Napoleón no podían “compensar la pérdida de la independencia nacional, que era el precio al que se las vendía aquel usurpador”.

La agitación política y social que generó el proceso de elección de los notables, la participación en la Asamblea o la oposición a hacerlo, las críticas y los debates, ayudaron a despertar en España el espíritu constituyente que se alargaría hasta Cádiz.

La segunda aportación de Bayona está íntimamente ligada a la anterior y consistió, justamente, en la generación de un movimiento constitucional alternativo. Frente a una Constitución afrancesada e impuesta por Napoleón, los patriotas españoles, en guerra con los franceses, pensaron en la Constitución propiamente española, elaborada a partir de la decisión soberana del pueblo. El proceso constituyente gaditano empezó siendo, en un país en guerra, el germen de la contra-Constitución, la elaboración de una norma nacional hecha al margen de toda imposición extranjera. De la situación de guerra con los franceses no tenía por qué florecer Constitución alguna, y Fernando, el monarca legítimo, a quien defendían los patriotas con su sangre, vergonzosamente sometido al Emperador y fiel al absolutismo de estricta observancia, tampoco tenía la intención de impulsar ningún proceso constituyente.

La tercera experiencia que estimuló Bayona fue la idea de Constitución histórica. La norma suprema, según esta concepción, tiene la misión de pulir y reformar el Estado, organizar el poder y garantizar los derechos de los individuos, pero sobre la base de las instituciones históricas porque, según creían los mayores intelectuales y políticos de la época, con Jovellanos a la cabeza, la mejor Constitución posible es la que recuperara las tradiciones españolas, difuminadas por el ejercicio abusivo del poder monárquico y los privilegios estamentales.

La idea de Constitución histórica estuvo presente en la Asamblea de Bayona. Una de las pretensiones constantes de sus más destacados miembros fue la de que el texto napoleónico se atuviera a la tradición española y respaldara sus instituciones históricas. Esta apelación a la Constitución histórica sería luego muy usada en los debates de la Constitución de Cádiz y quedó reflejada con magnífico lenguaje en su Discurso Preliminar. “Nada ofrece la Constitución en proyecto que no se halle consignado del modo más auténtico y solemne en los diferentes cuerpos de la legislación española…”.

Poco más puede decirse de la Constitución de Bayona. Pero basta con que le sea reconocida la influencia a que aludo. Ni siquiera llegó a ponerse en vigor por completo. Pero así de débil y deficiente fue la primera Constitución para España. No puede negarse su naturaleza constitucional por su debilitada eficacia; muchos de los textos constitucionales del siglo XIX incurrieron en el mismo problema. Tampoco puede excluirse de la Historia por su naturaleza de Carta otorgada. A ningún historiador o constitucionalista francés se le ha ocurrido hacerlo respecto de sus Cartas de 1814 y 1830.

Fue efímera y poco ejemplar, pero con la Constitución de Bayona empieza la historia constitucional de España.

Santiago Muñoz Machado es catedrático de Derecho Administrativo de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid.

No pasarán, de Prudencio García en El País

Posted in General by reggio on 21 agosto, 2008

Hoy me apodero de Rusia; ¿qué ropa me pongo?”, preguntó la futura Catalina la Grande a su doncella horas antes de asestar el audaz golpe palaciego que le permitió acaparar todo el poder imperial. Seguro que el teniente coronel Antonio Tejero lo tuvo más claro a la hora de elegir su indumentaria para su propio golpe de 1981. En cualquier caso, es evidente que quien va a salvar una patria o adjudicarse un imperio no puede vestirse de cualquier forma. Son ocasiones históricas de gran trascendencia, cuya excepcionalidad exige una cierta prestancia formal.

Sin embargo, este detalle fue groseramente ignorado por los oficiales y guardiamarinas del buque escuela Esmeralda de la Armada de Chile en otra ocasión histórica: el golpe pinochetista del 11 de septiembre de 1973. Su forma de salvar a la patria en aquella destacada ocasión consistió en enfundarse las ásperas prendas de faena y dedicarse a golpear, vejar y torturar desde aquel mismo día, a bordo del buque, atracado en el área militar del puerto de Valparaíso, a numerosos detenidos acusados de algún tipo de militancia favorable al Gobierno socialista que aquella misma mañana acababa de ser sangrientamente derrocado.

Entre las víctimas llevadas al buque en aquellas primeras horas se hallaban el alcalde de la misma ciudad de Valparaíso, Sergio Vuskovitz, y el letrado del Ministerio de Interior Luis Vega. El trato recibido por las mujeres fue particularmente infame. La entonces universitaria María Eliana Comené resultó contagiada de gonorrea tras las repetidas violaciones que allí sufrió. Días después era también arrestado y conducido al buque el sacerdote anglochileno Miguel Woodward, que resultaría muerto como consecuencia de las torturas allí recibidas.

Instituciones tan dispares como Amnistía Internacional y el Senado de EE UU, además de las dos comisiones investigadoras oficiales (Rettig y Valech), denunciaron en su día los criminales excesos cometidos a bordo del buque.

Los recluidos en la nave el mismo día del golpe atestiguan que, al llegar al buque, fueron obligados a pasar entre una doble fila de guardiamarinas en ropa de faena, que les golpeaban brutalmente y les sometían a toda clase de atropellos físicos y psíquicos.

Atención al detalle: en ropa de faena. Qué zafiedad. Qué ignorancia del decoro estamental y de las exigencias formales de un honorable golpe de Estado que se precie. Craso error histórico y social. Se empieza vistiendo de forma informal y se acaba torturando curas, violando mujeres, asesinando demócratas y causando horror incluso a ese mismo mundo occidental al que supuestamente se pretende salvar. La Historia nunca perdona este tipo de deslices.

Prescindiendo ya de toda jocosa ironía sobre las indumentarias adecuadas para las grandes acciones patrióticas, y refiriéndonos únicamente al núcleo de la cuestión, entremos en el área, mucho más seria, de los comportamientos institucionales.

Los oficiales y alumnos guardiamarinas que hoy viajan a bordo del Esmeralda en su gira de instrucción anual número 53 no son, obviamente, las mismas personas que incurrieron en tales aberraciones tantos años atrás.

Pero la institución sí es la misma. La misma que durante tres décadas ha negado lo sucedido y ha entorpecido toda investigación. La misma institución -la Armada de Chile- cuya presión corporativa, a lo largo de tanto tiempo, ha impedido el juicio y castigo de los que sí cometieron aquellos crímenes. Se trata del mismo estamento que se ha escandalizado hace unos meses, al ver finalmente procesados por la insobornable jueza Eliana Quezada a los cuatro altos jefes (hoy almirantes retirados) que ejercieron el mando en aquellos puestos operativos desde los que se ordenaron las acciones perpetradas en la zona marítima de Valparaíso, en aquellas jornadas luctuosas de septiembre de 1973.

No resulta extraño que las visitas del buque a puertos como Río de Janeiro, Buenos Aires, Tokio, Sidney, Wellington y tantos otros hayan ido acompañadas, en distintos años, de diversos tipos de protestas, sin olvidar la suspensión de las visitas a Estocolmo, El Ferrol, Las Palmas y otros puertos europeos en 2003. Tales protestas se siguen produciendo en nuestros días. Este mismo verano, al visitar Cádiz (en cuyos astilleros la nave fue fabricada), su llegada fue deliberadamente precedida por la proyección, por Amnistía Internacional, del documental El lado oscuro de la Dama Blanca, del cineasta chileno Patricio Henríquez, reportaje que recordó a la población gaditana el historial, no precisamente inmaculado, del hermoso navío visitante.

Este 22 de julio, el Esmeralda llegaba al puerto griego de El Pireo. En el muelle le aguardaba una manifestación, encabezada por conocidos miembros del Parlamento heleno, que protestaban por la visita. A bordo del buque, la embajadora de Chile en Atenas, en su alocución oficial de saludo a los oficiales y alumnos, subrayaba el siniestro significado de la dictadura pinochetista. Ella tiene sobrada autoridad y conocimiento para proclamarlo, pues tal embajadora se llama Sofía Prats, hija del general Carlos Prats, el jefe del Ejército chileno que precedió a Pinochet, y que fue asesinado por orden del dictador.

Y en la visita del buque al puerto de Split, Croacia, también fue recibido con manifestaciones hostiles, cuyas pancartas decían: “Pinochet y Esmeralda no pasarán”.

Prudencio García es investigador y consultor internacional del Instituto Ciencia y Sociedad.

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Una carroza a Schönbrunn, de Francisco Sosa Wagner en El Mundo

Posted in General by reggio on 21 agosto, 2008

TRIBUNA LIBRE

El autor realiza un recorrido veraniego por Centroeuropa y reflexiona sobre la tradición de los balnearios, el encanto de Berlín y el matrimonio entre modernidad e historia en Viena

Ahora está de moda citar a Montaigne y sus Ensayos, lo que se conoce menos es el Diario de un viaje que hizo desde Francia a Italia por Suiza y Alemania a la búsqueda de balnearios para remediar sus males en sus buenas aguas. Un librito precioso que yo leí en una edición alemana -aunque creo que existe una traducción española- y que es el que me ha aficionado a los balnearios en mis viajes por el centro de Europa. Este año he dado con dos pueblecitos, uno en la Selva Negra, Bad Wildbad, donde se celebra un Festival dedicado a Rossini por el hecho de que el compositor buscó en aquel lugar recuperar una salud que ya le resultaba demasiado burlona. Y otro en las cercanías de Fráncfort, Bad Homburg, donde vivió algún tiempo Dostoievski aunque nunca se supo si llegó allí a repostar o a gastarse en el casino el dinero que no tenía. Eran tiempos en que los balnearios eran lugares amenos, enclaves aparejados para reparar averías corporales y practicar el dulce deporte de la charla, charlas azuladas por una atmósfera pura o para leer esa novela tanto tiempo preterida. O para enamorarse de forma imprudente, como hizo Goethe cuando había pasado los 80 años y se encontró con una muchacha de 17. O para tramar asesinatos literarios como los de Simenon, que sacó buen partido a algunas ciudades balnearias a las que mandó a Maigret para quitarle de copas a deshoras y, de paso, para desenredar algún lío.

Ha tenido muchas resonancias artísticas el balneario como armonía de soledades, porque el balneario ha llevado siempre dentro de sí un caudal rumoroso de silencios.

Y ha sido además punto de encuentro de artríticos inofensivos y de enfermos imaginarios en busca de la sedación calmosa y vivificadora. Esto de los artríticos es cosa bien seria, y por eso uno de los pocos poemas que escribió Pío Baroja -médico, por cierto, de un balneario- está dedicado a ellos y en él termina proclamando la gran verdad: «que somos -los artríticos- productos natos de selección, que vamos por la vida con distinción». Grandes próceres, los artríticos.

Ocurre sin embargo que los balnearios actuales han incorporado técnicas que los convierten en lugares de exploración muy complejos. En primer lugar, en la mayoría de ellos apenas se toman las aguas, porque saben a diablos y porque en la parafarmacia venden todos los oligoelementos en una pastilla efervescente con sabor a mango. En segundo lugar, porque se han impuesto los masajes que, además, han derivado en modalidades barrocas: el digitomasaje y la estimulación muscular que, si bien suena a lujurioso tejemaneje, es un casto utensilio lleno de traviesos electrodos que endurecen el abdomen, los glúteos y hasta los muslos, sedes libidinis, en el decir de los clásicos.

Si se quiere más, se puede echar mano del masaje shiatsu y por siete u ocho euros se compra una bola con púas redondeadas que sirve para practicar la reflexoterapia de manos y de cervicales. Los más vehementes disponen de un rodillo de masaje manual que es definitivo para la relajación de ese guerrero urbano en que todos nos hemos convertido. O se puede recurrir a la talasoterapia podal, al jacuzzi portátil, a la chocoterapia, a la vinoterapia…

Un lío que no ha hecho sino oscurecer la benéfica tradición de los balnearios, aunque sigan siendo recomendables pese a todo este esfuerzo ofuscador, sobre todo si tienen el detalle de organizar para las soirées conciertos y representaciones de ópera con la delicada oferta, en los intermedios, de frágiles canapés y copas glamurosas de champán.

Cerca de Bad Homburg está Fráncfort. Una ciudad algo chabacana si se tiene en cuenta que es la capital financiera de Europa. Con todo, la vista desde uno de los puentes del río Meno de la silueta que forman los grandes rascacielos es magnífica: en primera fila están las casas tradicionales de la burguesía y, detrás, las torres del Deutsche Bank, del Commerzbank, del Banco Central europeo, etc., ejerciendo un evidente papel de guardaespaldas de vidas y conciencias claramente arrebatado al que antes correspondió a la catedral. Las salchichas son abominables, pero esta es una circunstancia adversa que los ciudadanos sobrellevan allí con envidiable dignidad.

Para viajar a Berlín desde Fráncfort hay que hacerlo en tren, pues permite observar las modulaciones del paisaje a medida que se avanza hacia el norte. Aunque la frontera no exista, aún se advierte con nitidez la entrada en el territorio de lo que fue la República Democrática, que dejó una estupenda herencia de miseria y de ultrajes al paisaje que, la verdad, no se merecía porque compone una sinfonía amable de colores azulados, verdosos y ocres, algo diluidos pero decorosos. La nueva estación central de Berlín es un prodigio y responde a la tradición alemana de grandes estaciones de ferrocarriles, como ocurre con la de Leipzig, una ciudad que está puesta ahí para dar sentido a su estación que, en otro caso, hubiera quedado en una situación ridícula, un poco como la del novio que espera infructuosamente a la novia. Este año el acontecimiento principal era la visita de Obama y su discurso ante la columna de la Victoria. Muy insípido el guiso que le salió al candidato, que además, según supe después por la prensa de Berlín, lo leía con la ayuda de esos artilugios técnicos que ahora permiten que uno se las eche de orador cuando no pasa de lector de ocurrencias ajenas. Había un gran ambiente de fiesta, supongo que el mismo que se hubiera creado si el podio lo hubiera ocupado el Papa o el ganador del Tour. Terminaba la temporada pero hubo tiempo para asistir a un Teseo de Händel, que aunó una filigrana de voces, especialmente las de contratenor, para una puesta en escena osada que un catedrático de la Freie Universität trató de justificar en una conferencia que dictó como aperitivo de la representación.

Berlín fue una ciudad, como escribió Ignacio Sotelo, «ocupada, escindida, amurallada, subvencionada y plagada de solitarios». Hoy, destruida su infamante muralla, es un festival de gentes que se acompañan las unas a las otras y que disfrutan del verano en sus calles y en sus lagos unidos entre sí por atrevidos canales. Y es una ciudad donde se ha puesto freno a la invasión de los coches, por lo que el tráfico es contenido y humano. La famosa avenida Unter den Linden, arteria central de Berlín, se puede atravesar sin riesgo para el propio esqueleto prácticamente sin mirar los semáforos. Ello se debe a una política que ha apostado por los servicios públicos y por evitar los aparcamientos subterráneos en los centros de las ciudades, tan rentables como destructores. Hasta que esta idea tan simple no se les meta en la cabeza a nuestros gobernantes municipales y autonómicos, el ruido y la contaminación seguirán siendo los verdaderos propietarios de los espacios urbanos. ¿Cuándo nos enteraremos de que el metro y el tranvía son la libertad? El coche debe quedar para personas con dificultades: ministros y señoras embarazadas.

Para llegar a Viena se impuso una parada en Praga con cuya belleza y magnificencia no han podido ni los comunistas ni los nacionalistas checos ni los turistas. Y ya es constancia y burlona firmeza saber resistir tan temibles enemigos.

Y al final, Viena, que ha metido el gran bisturí de la modernidad en el decorado del Imperio, por todas partes omnipresente. Los austriacos, al término de la Primera Guerra Mundial, tendrían que haber proclamado una nueva modalidad de república, la república imperial, con un presidente y un emperador repartiéndose las cartas del mangoneo. A ratos, porque en definitiva de ratos y sorbos está hecha la vida. Y deberían haber hecho con el Imperio lo mismo que con el Danubio: alejarlo lo justo para mantenerlo cercano y así poder seguir siempre mirándose en su espejo y ver reflejado en él la carroza que en los veranos conducía a Schönbrunn.

Francisco Sosa Wagner es catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de León. Su último libro es Carl Schmitt y Ernst Forsthoff: coincidencias y confidencias.

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En manos de Newton, de David Torres en El Mundo

Posted in General, Sociedad by reggio on 21 agosto, 2008

ZOOM

Oí una vez a un piloto que, a punto de jubilarse, aún se maravillaba del milagro tecnológico que supone la sustentación de una aeronave sobre las olas del viento. Hablaba no como un comandante experto, sino como un hombre primitivo ante el primer hechizo del fuego. Para mí y para la inmensa mayoría de pasajeros, volar siempre seguirá siendo un corte de mangas a la sacrosanta ley de la gravedad, un prodigio nunca explicado del todo, ni por la velocidad ni por el diseño ni por el misterioso efecto Venturi.

Por estrictas razones de trabajo (cobertura de la campaña electoral más dos libros publicados) este año me ha tocado volar más veces que nunca. Curiosamente, yo, que soy un miedoso natural y un hipocondríaco acérrimo, nunca he tenido miedo a volar como tampoco le tengo pánico al dentista. Quizá me baste una confianza a ciegas en la tecnología o un vistazo a las estadísticas, pero está claro que el avión sigue siendo el medio de transporte más seguro que existe.

Sin embargo, nunca puedo evitar un ramalazo de inquietud a medida que el aparato se desliza por la pista, un pellizco de desconfianza seguido por un suspiro de alivio apenas las ruedas despegan del suelo. No soy el único: cuando miro a mi alrededor en esos momentos, suelo descubrir actitudes, maniobras y ceremonias destinadas a cercenar los nervios. Maniobras generalmente muy poco científicas. Hay quien reza en voz baja, hay quien charla en voz más alta de la habitual, hay quien cuenta chistes, hay quien se santigua, hay quien se agarra a los asientos. También hay quien sigue durmiendo a pierna suelta, pero el momento en que las alas se elevan certifica ese instante milagroso y terrible en que perdemos el contacto con nuestra tierra natal. En ese momento estamos, como dijo aquel astronauta a bordo del Apolo XIII, en manos de sir Isaac Newton.

Es verdad, hay muchas más probabilidades de matarse conduciendo un coche o cruzando un semáforo, pero las ruedas (nuestro atajo más seguro hacia la muerte) las conocemos desde la prehistoria, mientras que las alas las inventamos ayer, como quien dice. Sabemos, en lo más profundo de nuestro cerebro reptiliano, que volar es para pájaros. Podemos echarle un pulso a la gravedad y alquilarles a los ángeles sus alas, pero sólo por un rato. Ese breve lapso en que cruzamos un océano para pulverizar la geografía y demostrarnos que el mundo es un pañuelo.

Hasta que ocurre algo como lo de ayer en Barajas y entonces nuestra confianza en la tecnología se evapora mientras todas las estadísticas se diluyen en el espanto. Tal vez nos habíamos acostumbrado demasiado a los milagros, a ese largo cuarto de siglo en que Barajas estuvo limpio de accidentes aéreos. Lo dice la teoría del caos: un sistema, por el mero hecho de existir, tiene que fallar.

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Nadal, orgullo de ser español, de Luis María Anson en El Mundo

Posted in General by reggio on 19 agosto, 2008

CANELA FINA

Con lágrimas en los ojos, envuelto en la bandera de España, junto a Su Majestad la Reina, Rafael Nadal declaraba ante las cámaras de Televisión Española, cuyos profesionales, por cierto, están haciendo un excepcional trabajo en Pekín:

– En los torneos del gran slam o los master series es una satisfacción vencer como español. Pero en los Juegos Olímpicos he representado a España y he ganado para mi país una medalla de oro. Eso es una doble satisfacción.

Sin patrioterismos, sin memeces, sin aldeanismos nacionalistas, Rafael Nadal ha expresado con sencillez el sentimiento profundo que le embargaba a él y con él a todos los españoles. Bueno, a todos no, habrá que exceptuar a Carod-Rovira y a otros dirigentes del mismo pelaje que deseaban la victoria del chileno, al que Nadal, por cierto, hizo cachizas. A tous les coeurs bien nés que la patrie est chère. No, estas palabras no están escritas por Manuel Fraga Iribarne ni por Alfonso Ussía, sino por Voltaire. Para todos los bien nacidos la patria es querida. Porque, como afirmó Cánovas del Castillo en el Congreso de los Diputados, «con la patria se está, con razón y sin razón, en todas las ocasiones y en todos los momentos de la vida, como se está con el padre, con la madre, con la familia, con todo aquello que es el complemento de nuestra personalidad».

La frontera entre el patriotismo y el patrioterismo es muy delgada. Todo lo que en mí suscita admiración y emoción ante el discreto patriotismo de Rafael Nadal me produciría repugnancia si hubiera caído en el patrioterismo. El campeón español ha dicho las palabras justas en el momento preciso y contuvo la emoción cuando sobre el himno nacional se izaba la bandera roja y gualda. Todo un ejemplo frente a los rebuznos de ciertos nacionalistas de palabra tórpida y casposa escritura.

El partido comunista sigue mandando en China pero sobre un sistema agriamente capitalista. Los dirigentes amarillos saben que los éxitos en el deporte robustecen la unidad nacional y contribuyen al prestigio exterior. Han preparado los Juegos Olímpicos de forma magistral, convirtiéndose deportivamente en la primera nación del mundo.

En España, el plan ADO, que puso en marcha Ferrer Salat y que nos proporcionó el gran éxito de Barcelona 92, se ha cuarteado demasiado y convendría, pensando en los Juegos Olímpicos de Madrid, restaurarlo y potenciarlo. En el deporte se gana a veces por suerte, en ocasiones gracias al esfuerzo individual. Pero, en conjunto, la potencia deportiva de una nación deriva de estrategias a medio y largo plazo bien financiadas y mantenidas.

La Reina junto a Rafael Nadal simbolizaba el domingo el sentimiento de orgullo del pueblo español por la victoria en un deporte, que es tal vez el más difícil del mundo. Piscinas olímpicas sólo existen en contadas ciudades. Hasta en los pueblos más pequeños y en todos los continentes hay pistas de tenis. La competencia en este deporte es feroz y Wimbledon, junto al Tour de Francia y la carrera de los 100 metros en los Juegos Olímpicos, tal vez sea la máxima prueba deportiva del mundo. Nadal ha encendido el esplendor en la hierba de Wimbledon con la antorcha olímpica de Pekín para escribir por España y para España una de las grandes gestas del deporte español. Y ha culminado la hazaña sin perder la sencillez, con su simpática cara de pillete de barrio, con su drive de azogue perpetuo, sin adornarse con las plumas del pavo real, sin abandonar esos absurdos pantalones de gótico tardío, medio bombachos y medio arrecogíos, con su cerebro siempre en ascuas, con su juego tenaz y eficacísimo que convirtió al gran jugador chileno en un cajetilla. Hodierno, en fin, Rafael Nadal es el jugador número uno del mundo y, además, un deportista querido por todos en España. Un ejemplo, como dijo la Reina, para las generaciones nuevas que brincan ya impacientes en las entrañas de la nación.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.

© Mundinteractivos, S.A.

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