Reggio’s Weblog

Recuerdos propios frente a olvidos (y derribos) ajenos, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Posted in Asturias, Política by reggio on 27 febrero, 2009

Divagaciones sobre la parcela del Vasco tras la propuesta de crear allí un Palacio de Justicia

Frente al mirador de mi niñez, el Caserón de Santa Clara, que se estaba transformando entonces en Delegación de Hacienda. Al lado del edificio donde transcurrió gran parte de mi infancia se encontraba la Caja de Previsión. Jovellanos y Argüelles, a pesar de los dictados de aquellos tiempos, se daban, como ahora, la mano en el callejero, no así la plaza donde vivía que, según atestiguaba la correspondencia familiar, se había llamado en su momento plaza del Progreso. Lo cotidiano y lo presente se emplazaban frente a la fachada principal de la casa, y el pasado, sin embargo, habitaba en su parte posterior, desde donde podían verse galerías de edificios de la calle de la Luna con sus maderas arrasadas por el paso del tiempo, como las arrugas y las estrías en los rostros de las personas. Y, por otro lado, si (con perdón) se giraba a la izquierda, se accedía a la calle Jovellanos, a la estación del Vasco, otra inequívoca representación del pasado donde tuve la oportunidad de ver viejos coches de trenes de madera que ya no estaban en servicio. No olvidaré nunca el tránsito por el pasadizo que evitaba las vías y, sobre todo, los andenes con sus legendarios anuncios que daban cuenta de otra época con verdadera voluntad de estilo.

Calle Jovellanos, estación del Vasco, Mesón del Labrador, cuya vida se prolongaría aún largos años. Calle Jovellanos que, pasado el tiempo, vería admirablemente descrita al inicio de la novela ayalina «La pata de la raposa», que tan excelente opinión le mereció a Unamuno. Calle Jovellanos donde también se encontraba una confitería que fabricaba excelentes pasteles y merengues de sabores diversos. Pasaron los años, casi el período de una generación, según los parámetros orteguianos, y, viviendo ya en la calle Toreno, justo en la esquina con Marqués de Pidal, me tocó ver el derribo del palacete de Concha Heres. De nada sirvieron entonces las protestas, pues la piqueta hizo su trabajo. Lo que entonces no me podía imaginar era que no transcurriría una década completa para que la vieja estación del Vasco corriese idéntico destino.

Y es el hecho que ambos derribos son dignos de formar parte de la historia universal de la infamia. Y es el hecho que doña Paloma Sainz, al hacer la propuesta de la construcción de un palacio en la antigua parcela del Vasco, consiguió remover en mí, con innegable desasosiego, recuerdos siempre presentes y olvidos aún rescatables. Ya que no se puede hacer justicia poética frente a aquellas demoliciones que nunca se tendrían que haber producido, plantea la jefa de la oposición municipal vetustense un Palacio de Justicia.

Ya que quedaron en nada una serie de proyectos, sobre todo, para fortuna de la ciudad el de las «trillizas» calatraveñas, hágase un Palacio de Justicia, pues los que actualmente a ello se destinan en Oviedo presentan, al parecer, deficiencias. Garantiza la edil socialista que se crearán muchos puestos de trabajo. Cuenta con el apoyo de Areces, mientras que el regidor vetustense da el visto bueno, siempre que su Consistorio no tenga que contribuir económicamente a su edificación.

Nada de pedir cuentas acerca de lo que gastó en esos edificios donde se ubican actualmente los juzgados en Oviedo. Nada de preguntarse a qué empresa y a qué intereses se favorece con la iniciativa de doña Paloma. En España, en Asturias y, sobre todo, en Vetusta, de lo que se trata es de construir palacios último modelo, dado que no se supo o no se quiso conservar parte importante de lo que había: léase el Vasco, léase el palacete de Concha Heres, léase el Fontán.

La Ciudad de los Palacios, que aún no tienen pedigrí para ser encantados, porque lo que contaba con empaque fue en gran parte derruido. La Ciudad de los Palacios que no se plantea qué habría que hacer entonces con lo que hay. La Ciudad de los Palacios que no se cuestiona si los graves problemas que padece de la Justicia, aunque el cinegético Bermejo haya dimitido, se resolverán con la construcción que doña Paloma propone.

La Ciudad de los Palacios, el ladrillo o vaya usted a saber qué nobles materiales, como principal forma de hacer política, con lo que doña Paloma parece ecualizarse con su adversario político. ¿Cómo no recordar que la principal apuesta de su antecesor, Leopoldo Tolivar, no estuvo del lado del ladrillo, sino de otra forma de entender la política, así como de unas conmemoraciones históricas que ya se ve en qué dieron? ¿Cómo no inquietarse, en fin, ante el hecho de que se pretende edificar un Palacio de Justicia sobre una parcela en la que está radicada una gran injusticia poética, un derribo contraproducente de algo que merecía ser conservado?

Por eso, no puedo no hablar de recuerdos propios frente a derribos ajenos que quieren ser olvidados con el pretexto de un nuevo palacio en una ciudad que algunos quieren convertir en una especie de Camelot sin la magia y sin la «t», donde lo mayúsculo es el dislate continuo y el permanente estado de obras.

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