Reggio’s Weblog

¿Y si Tejero hubiera aceptado?, de Alfonso Pinilla García en El Mundo

Posted in Historia, Política by reggio on 24 febrero, 2009

TRIBUNA POLITICA

Hoy, 28 años después del 23-F, el autor asegura que la conspiración fue más compleja de lo que se admite. Sostiene que la clave del golpe está en el Gobierno de concentración que auspiciaba el general Armada

Tejido, por un cruce de pasados, el presente no es el último punto de una línea recta llamada historia, sino más bien una continua bifurcación de senderos, un rosario de encrucijadas donde lo que hoy es pudo no haber sido. Pero al mirar hacia el pasado, el hombre traza líneas rectas con la escuadra y el cartabón de su memoria. Sabe el resultado de las cuitas pasadas, de las crisis acaecidas. Conoce los desvelos del pretérito y su posterior solución, por eso acaba confundiendo muchas veces lo imprevisto con lo inevitable.

Este cinematográfico/televisivo aniversario del 23-F ha puesto bien de manifiesto el vicio en el que todos solemos caer cuando hacia atrás miramos. Despreciando las muchas encrucijadas por las que atravesaron sus protagonistas, hemos querido ver en el golpe una conspiración farragosa, un plan chapucero puramente franquista que estuvo abocado al fracaso y que, si no llega a ser por la audaz actuación del Rey, España se habría convertido en la dictadura militar con la que muchos ultras soñaban.

Pero a poco que buceemos en las sentencias del 23-F, así como en los ríos de tinta que el acontecimiento ha generado, podremos darnos cuenta de que la realidad es mucho más compleja, tiene muchas más caras y presenta numerosas aristas. Si narramos la historia bajo la perspectiva de esa lógica binaria donde sólo existen malos y buenos; si dibujamos un solo resultado de la crisis -el que creemos necesario- olvidando posibilidades que también pudieron haber ocurrido, estaremos tiñendo de un solo color los anteojos de nuestro análisis. Y nada hay más empobrecedor para el hombre que despreciar la incertidumbre a la que continuamente se enfrenta en su existir. Porque vivir es decidirse, ya lo decía Ortega, y en ese pugilato con la circunstancia que nos hace optar por un camino o por otro consumimos este instante en medio de la eternidad que llamamos nuestra vida.

El 23-F no fue sólo un golpe franquista. Su espoleta sí, su puesta en escena sí, su chivo expiatorio con tricornio y pistola en mano sí. Pero el golpe es mucho más que un puro y simple pataleo de los nostálgicos. Había en la España de principios de 1981 una crisis fundamentalmente política que se evidenciaba en un Gobierno que hacía aguas por sus cuatro costados sin que su capitán, Suárez, pudiera hacer nada por reflotar el barco. Y no podía hacer nada porque ya se había quedado solo al frente del puente de mando y su tripulación empezaba a repartirse sus galones pensando en la sucesión. Crisis política aderezada con una crisis económica galopante, un desencanto ciudadano evidente y un malestar militar enconado -y azuzado- por una ETA inmisericorde que no había parado de matar a pesar de la Transición.

Y es en este contexto donde surgen los cantos de sirena de un Gobierno de concentración compuesto por los principales partidos políticos representados en el arco parlamentario. Un Gobierno de concentración presidido por una figura independiente, de reconocido prestigio y que no levante ampollas entre la izquierda y la derecha.¿Un catedrático, un pensador, un militar? El nombre de Alfonso Armada saltó a la prensa antes del golpe. El suyo y el de otras personalidades de consenso que, aun procediendo del ayer franquista, habían colaborado con un delicado presente democrático que ahora se desmoronaba.

Este Gobierno de concentración es, desde mi punto de vista, la clave de esa bóveda -que felizmente se vino abajo- llamada 23-F.Quizá por eso solemos pasar sobre él de puntillas, fijándonos sólo en el papel del Rey, una fachada mediática, un supuesto enigma que no sirve más que para nutrir titulares y argumentar propagandas. Y cuando no es el papel del Rey, miramos hacia el elefante blanco, otro de los secretos jamás desvelados que tampoco resulta tan importante para comprender el acontecimiento.

Recuerdo un cuento de Edgar Allan Poe titulado La carta robada.Un grupo de policías busca un documento importantísimo en la habitación de un hotel mientras su ocupante, el ladrón del documento, ha salido. Se trata de un secreto importantísimo y presuponen los policías que la carta se hallará escondida en una doble pared, bajo el suelo, tras aquel espejo o en el marco de este inocente bodegón. En el escondrijo más impredecible estará la carta, piensan, y por eso ponen patas arriba la estancia, derriban las paredes y levantan las baldosas. Pero no la encuentran, porque el avispado ladrón ha dejado la carta encima de la mesa, como un papel más, y nadie busca entre lo que se halla a simple vista.

La evidencia es la mejor caja fuerte, en ella están guardados los más grandes secretos. Porque lo evidente es fácilmente visible, basta un golpe de vista para constatar su existencia, no hay que detenerse en ello y por eso creemos que nada puede atesorar lo que continuamente está enseñándose. Pero esto nos pasa porque olvidamos que el secreto no habita en un lugar sino en un mirar, que lo desconocido no se oculta en un sitio sino en la forma que tenemos de enfocar hacia ese sitio. Si no sabemos mirar no podremos encontrar, por eso conviene empezar a detenerse en lo evidente. Ignoramos lo evidente porque lo visitamos con rapidez y pronto vamos a otra cosa. Simplemente lo vemos, pero nunca lo miramos, porque mirar es recrearse y buscar con paciencia.La simple vista es un corretear de ojos. En el mirar, los ojos dimiten de bullicios, detienen su correr. Casi siempre vemos sin mirar.

Los hechos probados por la investigación judicial son suficientemente esclarecedores de lo que fue este golpe que hoy se simplifica.Estas evidencias enseñan muchas cosas si nos detenemos a mirarlas.El plan golpista contenía cuatro sencillos puntos: uno, secuestrar el Congreso con los diputados dentro; dos, ocupar Valencia para favorecer el efecto dominó en el resto de Capitanías; tres, hacer lo propio en Madrid con los tanques de la Acorazada; y cuatro, presionar en persona al Rey -de esto se encargaría Armada- para que ante la difícil situación el Monarca decidiera dar luz verde a las pretensiones de su antiguo secretario, que no eran otras que las de formar el Gobierno de concentración arriba descrito, ya sugerido por la prensa y, según el general Armada, aceptado como posible solución en algunas conversaciones que él mismo decía haber mantenido con el Rey.

Los dos primeros puntos del plan se llevaron a cabo, pero los dos últimos no, por eso el golpe se quedó en frustrada intentona.Un golpe que no fue puramente franquista, que pretendía dar un vuelco político con Gobierno de concentración incluido y que, más que golpe, era intimidación, sucesión de hechos consumados gracias a los cuales pretendió darse un giro, un golpe de timón a un sistema encallado y al pairo. Pero ni los tanques de la Brunete ocuparon la Castellana, ni Armada se entrevistó en persona con el Rey aquella noche.

La División Acorazada Brunete queda desactivada cuando su responsable, el general Juste, se asegura de que La Zarzuela no apoya el plan de Armada. Sabino Fernández Campo se lo confirma con el famoso «ni está ni se le espera». El golpe empieza a fracasar porque la puerta de La Zarzuela se cierra para su antiguo secretario.Aunque este hecho pudiera suponer un mazazo tremendo para el general Armada, lo cierto es que él aún ve rendijas de esperanza en lo que otros han querido interpretar como un portazo definitivo de la Corona a las pretensiones de su fiel consejero. Y es que tras el «ni está ni se le espera», el general Armada sigue haciendo cábalas y logra, en torno a las doce de la noche, el permiso de sus superiores para negociar con Tejero un Gobierno de concentración política. Temerosa de que el secuestro de los diputados acabe en una masacre, La Zarzuela da el visto bueno al general Armada para que vaya a entrevistarse con Tejero, siempre que el nombre del Rey -lo cuenta Sabino Fernández Campo en un libro de Francisco Medina titulado 23-F. La verdad- no se mezcle en lo negociado.

Y aquí llegamos al nudo gordiano de la historia, a su principal encrucijada. Porque Armada, ese clavo ardiendo al que la Corona finalmente se ha agarrado para salir de la seria crisis, pedirá a Tejero que le deje entrar al Hemiciclo para proponer a los diputados su Gobierno de concentración. Los nombres de las personas que formaban parte de ese Gobierno -socialistas, algún comunista y miembros del centro derecha- quedan detallados en una lista que Armada leyó a Tejero. Carmen Echave, la doctora del Congreso, apuntó aquellos nombres en un documento que no hace mucho tiempo fue publicado por Francisco Medina en su citado libro y por Victoria Prego en este mismo periódico.

«Mi general: yo no he asaltado el Congreso para esto», afirma ante Armada un Tejero indignado al ver que su acción puede servir para que las poltronas del Ejecutivo sean ocupadas por quienes él considera los responsables de todos los males acaecidos en España desde la muerte de Franco. Así pues, el teniente coronel Tejero hizo fracasar el golpe que él mismo había iniciado, poniendo de manifiesto con su acción la complejidad de una trama donde no sólo había trazas franquistas, sino movimientos políticos inconfesables, toreo de salón entre bambalinas con un Gobierno de concentración en ciernes que pudo haberse confirmado si los micrófonos del Hemiciclo se hubieran abierto para Armada.

Cabizbajo, el general Armada regresará al Palace acompañado de una lapidaria frase: «He fracasado». Sonaba en un reloj insomne la una de la madrugada. Diez minutos después, el Rey daba el famoso discurso que tanto tranquilizó a una España apagada por el brillo de los tricornios.

Pero, ¿y si Tejero hubiera aceptado? Tan peligroso es enredarse entre futuribles como interpretar bajo un férreo determinismo los procesos históricos. Es imposible analizar lo que finalmente no ocurrió, pero de igual manera resulta interesante, y útil, conocer lo que pudo haber ocurrido para comprender la compleja naturaleza del acontecimiento. No sólo hay que fijarse en los resultados que se dieron, sino en los senderos que pudieron haberse explorado.

Porque si Tejero hubiera finalmente aceptado la propuesta de Armada, quizá los que hasta ahora han sido considerados como traidores podrían haberse convertido en salvadores de la patria.Si a la historia le quitamos el determinismo con que solemos interpretarla nos queda la sorpresa, el azar, la incertidumbre y el escalofrío.

Alfonso Pinilla García es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura.

© Mundinteractivos, S.A.

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