Reggio’s Weblog

Expía Bermejo, de Enric Juliana en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 24 febrero, 2009

DIMISION EN EL GOBIERNO

La ola que parecía llevarse por delante a Mariano Rajoy, arrebató ayer a Mariano Fernández Bermejo de la cubierta de la nave socialista, mal fondeada ante las inciertas costas de Finisterre. La ola lo volteó y lo engulló. El PSOE teme perder Galicia, las últimas encuestas no le cuadran y la semana amanece muy nerviosa. Más clave gallega. El nuevo ministro de Justicia es Francisco Caamaño, jurista bregado en la ardua negociación del Estatut de Catalunya, nacido en 1963 en la villa coruñesa de Cée.

El cazador cazado dirá hoy el chiste facilón. El primer ministro de la era Zapatero que sucumbe al frenesí mediático. La primera gran víctima propiciatoria de un socialismo entregado a la teoría del relato. Heráclito y George Lakoff: todo fluye, nada permanece, todo es narración. Los últimos sondeos señalan que el domingo la izquierda corre el riesgo de perder la mayoría en Galicia. Y puede organizarse la de Dios en Euskadi por ausencia de un claro vencedor. Tres son los riesgos que se avistan en la Moncloa: Rajoy renacido de las cenizas, rescatado por un resultado milagroso de las garras de la Santa Compaña del Partido Popular; José Blanco, estratega en jefe de la campaña gallega, hundido; y un lío monumental con el PNV, que podría poner en juego la entera estabilidad parlamentaria. Por todo ello, Bermejo ayer expió.

Oficialmente, el ministro de Justicia dimitió por su propio pie, sin previo conocimiento del grupo dirigente del PSOE, que por la mañana había decidido “arroparle” ante la redoblada ofensiva de la oposición. Hace apenas una semana, las diputadas socialistas aclamaban a Mariano Fernández Bermejo en el Congreso al grito de “¡torero, torero!”. Estampas de España.

Entrevistado anoche en Antena 3, José Luis Rodríguez Zapatero reafirmó que no era su intención inicial proceder al cese, ni aprovechar el mismo para acometer una más amplia reordenación del Gobierno. No fue un buen día para el presidente Zapatero. Al conocer la dimisión del ministro de Justicia, el vicepresidente Pedro Solbes manifestó sentir “envidia”. Fina ironía.

En términos políticos, el ministro Bermejo era lo que en Sicilia llaman un morto vivente, al trascender que el presidente del Gobierno le había retirado su apoyo (véase La Vanguardia del pasado sábado), por el episodio de la cacería en Jaén junto con el juez Baltasar Garzón, montería a la que acudió sin la correspondiente licencia de caza. Lacerado por la huelga de jueces del 18 de febrero, machacado por la oposición, triturado en las tertulias, asaetado desde su propio partido y objeto de chanza y comentario en los bares de media España, Bermejo era un desahuciado a la espera de reajuste ministerial.

Por uno de esos raros efectos de la modernidad líquida -todo se mueve, todo fluye, todo se desplaza en el plasma de la actualidad instantánea- la singular cacería de Jaén acabó acabó adquiriendo mayor relieve que la reiterada sucesión de noticias escandalosas sobre el Partido Popular.

La dimisión de Bermejo vuelve a cambiar el relato. Los socialistas retoman la bandera de la virtud. La dificultad narrativa se instala de nuevo en las filas del bando opositor. En el PP, sin embargo, se respiraban ayer aires de euforia. Rajoy se sentía satisfecho y sus ayudantes soñaban con el Valmy del PP centrista (la batalla de Valmy, en 1792, fue crucial en la historia moderna de Europa, al contener las tropas revolucionarias francesas el contragolpe prusiano). Castiza como siempre, Esperanza Aguirre saludaba con el pulgar a la prensa. Lo suyo es el 2 de Mayo. Todos contra todos. Espías, recalificaciones y concursos trucados siguen su curso incendiario. Madrid es una leonera.

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Lo echaron entre todos, de Fernando Ónega en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 24 febrero, 2009

EL ESPECTADOR

Es la primera vez que a un ministro lo echan entre todos: sus propios compañeros, la oposición y la opinión. Si hay alguna crónica de la soledad política, del abandono total, es la de Mariano Fernández Bermejo, que cada mañana se encontraba con alguna declaración de algún socialista que censuraba sus cacerías. El primero fue el veterano Jerónimo Saavedra, que escandalizó a su parroquia al pedir su dimisión. El último, José Bono, que seguía los pasos de Patxi López, y tampoco le gustaban las cacerías del ministro. Pero quizá hubo algo peor para el brillante dimisionario: leer La Vanguardia del sábado y encontrar este titular: “Bermejo pierde el favor de Zapatero”. Acababa de perder el último clavo que lo sujetaba al poder.

A partir de ese instante comenzó el tiempo de descuento: ¿qué hago yo en el Gobierno si no cuento con la confianza del presidente? Sólo tres días antes, sus compañeros de escaño lo vitoreaban. “Es nuestro ministro”, había dicho el portavoz José Antonio Alonso, y todos se agarraban a Bermejo como un tesoro que no podían perder. Y lo perdieron en menos de una semana, porque los acontecimientos fueron imparables: se descubrieron nuevas hazañas cinegéticas, saltó el tema de la licencia y tuvo que ser desautorizado por su mismo gobierno en su amenaza de prohibir por ley las huelgas de jueces. Sigo con las primeras veces. Es también la primera ocasión en que al presidente le falla el olfato político. Acaba de demostrar que le han faltado intuición y reflejos. A un Zapatero en forma nunca le habría ocurrido esto: que le quiten a un ministro por presión. Un Zapatero en forma es un perro de caza que olfatea los efectos políticos de la erosión y se adelanta. Hay una gran diferencia entre la autoridad política de relevar a quien rompe las reglas del buen gobierno y decidir el cese -revestido de dimisión en lo formal- cuando ya no queda más remedio.

Naturalmente, a torpeza de uno, éxito del contrario. Ahora, Zapatero tiene que soportar una doble humillación: ver como su ministro se va en medio del coro del PP que pide que se vaya, y escuchar como el mismo PP se apunta un enorme éxito: ha logrado la proeza de convertir una historia de corrupción que lo salpica hasta las cejas en el caso Bermejo, y además con su cabeza cortada. Rajoy debe estar que ni él mismo se lo cree. Se esperan grandes explotaciones del éxito, mientras mira a otra pieza de caza mayor: Solbes, que envidia a Bermejo por ser un ex. Hay cosas que en política no se pueden decir jamás. ¿Qué digo? No se pueden ni pensar.

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Bermejo, solo, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Posted in Política by reggio on 24 febrero, 2009

A FONDO

No estaba previsto que Bermejo acudiera ayer a Moncloa. Es decir, no estaba previsto que se marchara justo seis días antes de las elecciones en Galicia y País Vasco.

El ministro de Justicia y el presidente del Gobierno, reconocen en Moncloa, habían hablado varias veces en los últimos días a cuenta de la cacería con Garzón y de los sucesivos traspiés que le habían convertido en la mejor arma del PP para defenderse de las acusaciones de corrupción.

El jueves, dicen las fuentes oficiales, Bermejo le ofreció su dimisión a Zapatero. Pero éste le pidió que continuase. No era el momento de hacer una crisis. Bermejo sabía que él estaba en la lista negra de cara a una próxima remodelación del Gobierno, que el presidente pensaba hacer dentro de unos meses.

Sin embargo, los acontecimientos se precipitaron. Patxi López, en una entrevista en este periódico, le dejó a los pies de los caballos: «A ningún socialista le gusta la cacería de Bermejo».Por si eso fuera poco, el presidente del Congreso, José Bono, remachó en Onda Cero: «Yo creo que Patxi López ha dicho lo que piensa la mayoría».

Bermejo, que es capaz de aguantar cualquier ataque del PP o de los medios de comunicación a los que considera hostiles, no soporta que los suyos no le apoyen. Ayer, en Moncloa, se lo hizo saber al presidente del Gobierno. Era la gota que colmaba el vaso.Su «ya no aguanto más».

Y Zapatero hizo de la necesidad virtud. Aunque la salida de Bermejo le trastoca sus planes, aunque no le viene bien en el sprint final de dos elecciones en las que el PSOE se juega mucho, le aceptó la dimisión al ministro. Las fuentes oficiales la santificaron: «El presidente no toma decisiones en función de intereses electorales, sino en función del buen funcionamiento del Gobierno».

El ministro, por su parte, se portó como era esperable. Nada de arrepentimiento; nada de reconocer errores (que los hay, y no sólo por su afición cinegética); nada de pedir disculpas.

Bermejo atribuye su marcha a la utilización que se está haciendo de su caso para hacer daño a un proyecto que dice seguirá defendiendo desde la bancada socialista, aquélla que le saludó como «torero» cuando aseguró que no dimitiría para «seguir trabajando por España».

Lo peor de este país no es que casi nadie dimita; es que cuando alguien lo hace, lo hace como víctima, por culpa de otros.

Pero hay algo positivo: Bermejo ha descubierto que se puede trabajar por España sin ser ministro, como hace la mayoría de los mortales.Hasta incluso sin ser diputado se puede trabajar por este país y por cualquier proyecto político.

Zapatero ha pagado caro su error, que fue nombrar como ministro de Justicia a un fiscal conocido -incluso por sus propios compañeros- por su incorregible sectarismo.

Esta es la primera vez, desde que gobierna Zapatero, en la que no ha sabido manejar los tiempos, en la que alguien se le rebela sin que él pueda hacer nada por evitarlo.

¿Será este el síntoma del principio del fin de una forma de entender la gobernación del Estado?

casimiro.g.abadillo@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

‘¡Torero, torero!’, de Lucía Méndez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 24 febrero, 2009

ASUNTOS INTERNOS

Hace sólo seis días, Mariano Fernández Bermejo fue aplaudido y jaleado por el Grupo Socialista al grito de «¡Torero, torero!» en el Congreso. Los aplausos de los diputados socialistas eran más falsos que un duro de madera. Eran tan falsos que ni siquiera el artista se los creyó. Para entonces, el ministro de Justicia había sentido en su nuca la mirada azul hielo de su jefe, el presidente Zapatero, en el Senado. Bermejo es el primer ministro del Gobierno de Zapatero que dimite por un escándalo y no por razones de reubicación política, como lo hicieron Juan Fernando López Aguilar, José Bono y José Montilla. Fernández Bermejo se había quedado más solo que la una y por eso ha dimitido; o, más bien, le ha dimitido quien estaba en disposición de hacerlo.No por casualidad, el ministro anunció su renuncia precisamente el día en el que el presidente del Gobierno tenía una entrevista en Antena 3. Después de que dirigentes socialistas tan relevantes como Patxi López o José Bono censuraran en público las cacerías de Bermejo y el resto del partido lo hiciera en privado, Zapatero no tenía ni un solo argumento creíble para defender la continuidad de su ministro de Justicia. Y, además, también a él le dan grima las fotos ensangrentadas de los ciervos.

El belicoso dimitido tal vez quiera engañarse presentándose como víctima de una cacería del PP, Mariano Rajoy, EL MUNDO y el oso que saca Pablo Motos en El Hormiguero gritando: «¡Bermejo!, ¡eh, Bermejo!, métete la escopeta por el culo, ¿me oyes?». Se equivocará de medio a medio. Bermejo ha sido víctima de sí mismo, de su insolencia y de sus mejorables modos de tratar con el prójimo.Ha tenido que dejar el Ministerio porque creyó que un ministro podía hacer lo que quisiera y encima presumir de ello. «Claro, pero hombre por Dios ¿cómo no voy a confirmar que cacé en Quintos de Mora?». Si un ministro cree que las fincas del Estado son para su solaz y esparcimiento, estamos perdidos. En su descargo hay que decir que no es el único político que ha cometido este tipo de abusos, aunque, tarde o temprano, todos los que lo han hecho han terminado pagándolo.

El nombramiento de Francisco Caamaño como nuevo ministro de Justicia -un hombre tan tranquilo y sosegado que no perdió los nervios ni siquiera durante la negociación del Estatuto catalán- demuestra que Zapatero ha aprendido la lección. Los ministros-gladiadores son un peligro en tiempos de crisis.

¿Y ahora qué? ¿Qué va a hacer el PP sin Bermejo? Tendrán que pensar en algo, porque, desde que se destapó la cacería, Rajoy no ha hablado de otra cosa. El tema cinegético era fuente inagotable de inspiración para el cachondeo y llegaba con facilidad a la barra de los bares. Zapatero ha arrebatado al PP su principal argumento mitinero y ha proporcionado a los socialistas un balón de oxígeno del que estaban necesitados en la recta final hacia el 1-M. Ya no tendrán que ir por ahí avergonzándose del ministro.Incluso podrán presumir de que ellos sí saben conjugar la palabra dimitir, no como otros…

Ya veremos si contra Bermejo el Partido Popular vivía mejor, porque los sumarios de corrupción siguen instruyéndose y ahora tienen a un ministro menos para echarle la culpa de la cacería.

© Mundinteractivos, S.A.

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Viento de las Antillas, de Josep Ramoneda en El País de Cataluña

Posted in Economía by reggio on 24 febrero, 2009

1. Se insiste estos días en las dificultades que sufren las empresas por las restricciones crediticias de los bancos. No hay ninguna duda de que el crédito se ha puesto duro y difícil. O si se prefiere, que los bancos han dejado de darlo con la ligereza con que se dio en otros momentos. También es cierto que a nadie debe sorprender que los bancos quieran asegurar el cobro de los créditos que conceden. Lo que debería considerarse anormal es precisamente lo contrario: que los mecanismos de control se relajaran como ocurrió en estos años en que se quiso creer que todo era posible. Pero cuando se oye que la empresa tal o la empresa cual ha tenido que cerrar por falta de crédito, habría que dar la información completa, porque en muchos de estos casos lo que ocurrió es que el banco denegó el crédito porque el empresario que lo pidió no quiso avalarlo con su patrimonio.

Me decía un amigo notario que ésta es una de las grandes diferencias que ha notado entre la crisis de hace 20 años y la actual. Entonces, los empresarios trataban por todos los medios de salvar la empresa en apuros. Y sólo cuando lo veían imposible la dejaban caer, a menudo con serias pérdidas personales, para cerrarla dignamente. Ahora, en cuanto la situación se tuerce y el crédito no llega, van al concurso de acreedores y tan campantes. Es un fruto natural de la cultura de la irresponsabilidad propagada durante estos últimos años. Por una parte, se ha adquirido el hábito del crédito fácil. Con el dinero prestado es menos complicado hacer políticas empresariales arriesgadas, que nos contaron que era el gran mérito de los nuevos emprendedores (un mito, del que por cierto hace meses que no oigo hablar). Cuando el dinero no llega, se cierra y a otra cosa. Costará mucho recuperar los viejos hábitos del compromiso del empresario con su proyecto y con las personas a las que ha embarcado en él, porque los años del dinero fácil han sido también los años de la crítica a cualquier propuesta de control y de regulación y del sarcasmo sobre cualquier idea de responsabilidad social y sobre cualquier política orientada a ciertos grados de equidad. Han sido años en que ha desaparecido de la agenda la idea de interés general y se ha convertido en verdad insuperable el viejo tópico de que el interés general es el resultado del comportamiento de los individuos guiado cada uno de ellos por el interés personal. Las sociedades avanzadas del primer mundo han convertido este ejercicio de alquimia en verdad insuperable: el mercado siempre tiene razón, siempre expresa el interés colectivo. Y por si alguien tenía la tentación de mirar a otra parte, desde dentro y desde fuera se practicó el desprestigio sistemático del Estado y de la política. Los políticos quedaron reducidos al papel de chivo expiatorio de la sociedad. Toda la normatividad social, los criterios culturales y las pautas de comportamiento emanaban de la economía.

Ahora, de pronto, empieza a oler a humo. Algunos tienen ya pesadillas con barrios periféricos incendiados. Y de pronto vuelve a escena el viejo discurso de la cohesión social. Se habían olvidado de ella porque el dinero lo tapaba todo, pero ahora que no alcanza hay que volver acordarse. Sarkozy, siempre el más rápido en salir a la palestra, aunque después su discurso no se concrete en nada, alarmado por las huelgas generales de las colonias de ultramar -Guadalupe y la Martinica- y por el ascenso en las encuestas del cartero mileurista Besancenot con un discurso anticapitalista y antielitista que parecía que ya no volvería nunca más, ha salido a escena para calmar a las principales víctimas de la crisis, las que se quedan sin trabajo y sin recursos. El populista Sarkozy -que se impuso al resto de los líderes de la derecha presentándose como la persona ajena a las élites que acabaría con los vicios de éstas- se encuentra ahora con el riesgo de ser arrastrado por un furor antielitista. Francia, quizá porque acostumbra a ser la que mejor resiste las crisis, siempre pionera en la conversión de los acontecimientos en metáforas, nos ofrece un verdadero retablo de la confusión. No es más que la estilización de lo que ocurre en los demás países europeos: desconcierto, sensación de pesimismo, malestar generalizado contra las élites tanto políticas como económicas, miedo al futuro. Porque, acabada la fiesta, el poder económico -y especialmente en estos momentos el financiero, al que se le cargan casi todos los males- vuelve a estar en el punto de mira.

2. En estas circunstancias, es perfectamente comprensible, aunque pueda parecer ingenuo después de tantos años en que el dinero ha sido la única vara de medir, que nueve intelectuales antillanos, herederos de la tradición de Aimé Cesaire, en un manifiesto en defensa de los huelguistas de Guadalupe, escriban: “Detrás del prosaico poder adquisitivo o del cesto de la compra, se perfila lo esencial que nos falta y que da sentido a la existencia, a saber: lo poético. Toda vida humana un poco equilibrada se articula entre, por una parte, las necesidades inmediatas de beber-sobrevivir-comer (es decir, lo prosaico), y por otra, la aspiración a la plenitud de sí, donde la alimentación es de dignidad, de honor, de música, de canto, de deporte, de danza, de lectura, de filosofía, de espiritualidad, de amor, de tiempo libre afectado al cumplimiento de un gran deseo íntimo (es decir, lo poético)”. Algo de esto están diciendo los ciudadanos cuando, como señalaban diversos medios de comunicación este fin de semana, la cultura se perfila como uno de los ámbitos en que la gente encuentra refugio en estos tiempos confusos. Se ha hablado de la cultura que ha hecho posible esta crisis. Ahora es importante poner el énfasis en los cambios en las pautas culturales que esta nueva situación puede generar. Creo que hay que abandonar la idea de crisis, porque es una idea conservadora: pretende que estamos en un momento de estancamiento después del cual volveremos al desmadre anterior. Me parece que hay que pensar en términos de cambio de paradigma. Y un cambio de paradigma supone una modificación de los criterios culturales y sociales de referencia. No estaría mal que el ciudadano NIF -contribuyente, consumidor y competidor- encontrara espacios para ganar en complejidad, más allá de las exigencias del dinero, como medida de todas las cosas. Conozco la respuesta cínica: no todo el mundo puede pagarse una poética. Generalmente, los que lo dicen lo tienen todo pagado.

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Consumidor es-timado, de José Manuel Atencia en El País de Andalucía

Posted in Derechos, Economía, Energia by reggio on 24 febrero, 2009

El día que se hizo la luz, los usuarios andaluces ya le debíamos un recibo por consumo estimado a Endesa. En concreto, por el gasto de electricidad que hubiéramos tenido si la luz se hubiera inventado un mes antes. Desde entonces, no hemos levantado cabeza. Por eso, da igual que nos suben varias veces al año las tarifas, ya que siempre consideran que el coste real del servicio es mayor del que pagamos y, por eso, piden al Gobierno de turno un aumento de precios después de haber aumentado ya los precios. Desde que se liberalizó el mercado de las eléctricas, ese que iba a permitir la entrada de la competencia y reducir las tarifas, debe haber en Andalucía al menos diez personas que han cambiado de compañía para seguir dependiendo de la misma.

Cuando el hombre realizó la primera rueda otro hombre ya estaba calculando el impuesto de carruajes, mientras con el fuego pasó como con el huevo y la gallina, que nadie sabe si fueron primeros los incendios en los bosques o el negocio de la madera. A principios del siglo XX el ser humano conquistó el único elemento que no había podido dominar hasta entonces: el aire. Tras el primer vuelo de un avión se acercaron las fronteras, pero aparecieron de inmediato las tasas de aeropuerto y el overbooking.

Alrededor de cada invento de la humanidad se han creado cientos de empresas con la única pretensión de hacerse de oro. Por eso, en términos económicos, ha sido siempre más rentable vender una buena idea que tenerla. Por ejemplo, ha generado más ingresos la idea de Telefónica de cobrar una cuota mensual por tener línea que la invención del teléfono por parte de Alexander Graham Bell. La historia de la humanidad está llena de inventos que cambiaron nuestras vidas, pero resulta imposible fijar en qué momento estos avances tecnológicos sirvieron para que las personas dejáramos de ser tratados como ciudadanos y nos convirtiéramos en simples consumidores.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), un organismo al que no tengo el gusto de conocer, sitúa a España a la cabeza del esfuerzo por liberalizar los mercados. Los expertos de este organismo internacional han destacado lo bien que lo ha hecho el Gobierno con la liberación de los mercados del gas, la electricidad y las telecomunicaciones, superando “en ocasiones con creces” las exigencias de la Unión Europea. El secretario general de este organismo es un español, lo que hace presuponer que pidió el informe antes de que le llegara el último recibo de la luz. En el caso de las telecomunicaciones también es verdad que hemos mejorado mucho. La última decisión del Gobierno ha sido la de obligar a las compañías de ADSL a que las líneas que ofrecen naveguen al menos al 80% de lo que anuncian, que es como exigir a un fabricante de coches que vendan los automóviles con al menos tres de las cuatro ruedas.

Sin embargo, lo más sorprendente de los halagos de la OCDE tiene que ver con la puesta en marcha en España de las denominadas ventanillas únicas. Y en esto también tienen razón los expertos. Tenemos miles de ventanillas únicas. Hay al menos una en cada departamento de la Administración Central, en cada consejería autonómica, en cada área de cada diputación y en cada delegación de cada ayuntamiento. Hay una ventanilla única para cada organismo público y ninguna tramitación que se pueda hacer en una única ventanilla única de una única administración.

No ha sido como llegar a la Luna, un pequeño paso para el hombre pero un gran salto para la Humanidad, pero la presión de los consumidores y de la Junta para que Endesa refacture a los cuatro millones de usuarios de la compañía en Andalucía los recibos del pasado mes de enero, es un éxito “histórico” para los consumidores. Este paso atrás en el consumo estimado va a permitir volver a nuestra condición de estimados clientes ex timados.

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El Mito del 8%, de S. McCoy en El Confidencial

Posted in Economía by reggio on 24 febrero, 2009

Tal y como les prometí ayer, hoy toca la segunda parte de la interesante carta a sus lectores de esta semana del norteamericano John Mauldin, episodio que podríamos titular como Desmontando la Rentabilidad de las Acciones a Largo Plazo o El Mito del 8%. En efecto, el analista se detiene en el estudio de los ciclos de bolsa a partir de su propia experiencia, sólo para concluir que hay un montón de errores de percepción que requieren lo que él llama un Back to Basics o vuelta a los fundamentos. Todo un dechado de originalidad, la verdad. Que no se ha matao el tío, vaya. Un proceso, por otra parte, que reconoce no le va a granjear demasiadas amistades dentro de la industria. Enseguida veremos por qué. Les recuerdo en cualquier caso que la provocación despierta conciencias por lo que cuarto y mitad de pensamiento heterodoxo de vez en cuando no nos viene nada mal. A todos.

Punto de partida original. Lo que en series históricas puede parecer un paraíso, en el día a día reviste en muchas ocasiones gran parte de las características de un infierno. Es lo que ocurre con el tiempo en Dallas-Texas y es lo que sucede igualmente con la inversión bursátil. De hecho, en cien años de historia del Dow Jones, hasta 2002, la rentabilidad media del indicador se situaba en el 7,2%, dividendos y costes de transacción aparte. Sin embargo, sólo en cinco ocasiones el retorno anual se situó entre el 5% y el 10%, esto es: cerca del promedio. En el 50% de los ejercicios la pérdida o ganancia fue superior al 16%, porcentaje que se amplía al 70% cuando el umbral se reduce a un movimiento de más del 10%. Obviamente ante variaciones de tal calibre el factor psicológico cobra un papel primordial y determina en gran manera la actuación de los inversores, cuyo nerviosismo hace que difícilmente vean en sus carteras el teórico beneficio a obtener en plazos medios o largos. Rendimientos erráticos, comportamientos inconsistentes e impredecibles. ¿Se pueden neutralizar?

Cuerpo central. Entra aquí Mauldin en el meollo de su disertación que parte de una consideración preliminar: la necesidad de acotar qué es lo que entendemos por largo plazo. Él sitúa el umbral en los 20 años al amparo lo que pueden ser las fases por las que discurre la vida inversora de un ciudadano medio, manual de banca privada: pago de lo debido hasta los 40/45, acumulación posterior durante el resto de la etapa laboral y disfrute de lo ahorrado en los años finales de su existencia. Pues bien, con base en el estudio de los 88 periodos de dos décadas que habrían tenido lugar hasta 2002, el autor llega a la siguiente evidencia: en el 50% de las ocasiones el retorno anual del periodo se situó por debajo del 4% y sólo en 9 de ellas la rentabilidad superó el 9,6% en cada uno de los ejercicios contemplados. De estas últimas 7 coinciden con los periodos que concluyeron en los años 1996 a 2002, en plena efervescencia bursátil que produjo una notable expansión de los ratios y, en especial, del PER o relación precio/beneficio. En el resto de los plazos, nunca se alcanzó el 10% y sólo 1961 se quedó a las puertas con un rendimiento anual del 9,9%. Su conclusión es, cuando menos, deprimente para los puristas: “si sube el PER es que estás pagando más por el mismo nivel de resultados; supone un cambio de percepción sobre los mismos basado en el sentimiento, sin respaldo fundamental de ningún tipo”. Casi nada.

De hecho Mauldin, afirma que tal relación se cumple igualmente en sentido contrario. Cuando se produce una contracción de los retornos en el mercado de acciones, normalmente la causa hay que buscarla en unos PERs de partida excesivos para un nivel de resultados dado y que, por tanto, provocan una contracción en los precios de los valores que, a su vez, dan lugar al ajuste a la baja en el indicador. Y aquí es donde al autor hecha un segundo jarro de agua fría sobre los optimistas: desde su punto de vista, la previsible contracción de beneficios en las empresas norteamericanas supone que el PER de Estados Unidos se encuentra por encima de los 30 veces beneficios, por no decir 45. Aunque su metodología top-down es discutible, se basa en el porcentaje de participación de los beneficios empresariales en el PIB estadounidense y potencial reversión a la media (no tiene en cuenta que el 40% de la contribución era de financieras cuyos resultados y cotizaciones están ya ajustados), cuidado que no es el único. Mark Hulbert de Market Watch llega igualmente a esa cifra desde el tradicional mecanismo agregador bottom-up. Toma ya.

Mauldin advierte, por tanto, de malos tiempos para la lírica en su espectro de largo plazo. De hecho lo cierto es que los ciclos bursátiles son de 17 años, concluye, y que no hay caminos intermedios entre su cielo y su suelo. Son las valoraciones y no los precios los que dan las señales de compra. Valoraciones, por cierto, que Hulbert ajusta por el lado del denominador metiendo medias de resultados a diez años en una aproximación interesante que abarata el mercado. Hasta que veamos dicho soporte, la mejor decisión desde su punto de vista es conservar el patrimonio a la espera de tiempos mejores. En cualquier caso, y como decíamos al principio, el 8% de rentabilidad en el largo plazo de la bolsa se ha quedado en un mito. Y más cuando estudiosos de la London Business School reducen dicha ganancia media anual al 6%, porcentaje que se quedaría en un mero 1,7% si se excluyeran los dividendos.¿Dónde está la diferencia? En el espectro, Dow contra el conjunto del mercado. Sea como fuere, lo dicho: un poco de provocación en martes, tampoco viene mal. Su turno.

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Gutiérrez Mellado y el 23-F, de Luis Alejandre Sintes en El Periódico

Posted in Historia, Política by reggio on 24 febrero, 2009

LA EVOLUCIÓN DE LAS FUERZAS ARMADAS TRAS EL GOLPE DE ESTADO

Reiteradamente estos días, recordamos y se nos recuerda la incierta y trágica jornada del 23 de febrero de 1981. Dos cadenas de televisión han emitido sendas series sobre el tema, con cotas de audiencia extraordinarias. Ello se explica, aparte de por la calidad de sus guiones e interpretaciones, por el indiscutible interés de muchos ciudadanos por conocer las claves de un momento que marcó nuestra historia reciente. Han pasado 28 años. Muchos telespectadores no habían nacido, pero aún encuentran en amigos y familiares testigos directos, referencias vivas, por supuesto oscilando entre la objetividad y la pasional subjetividad. Aquí radica, en mi opinión, una de las causas del interés despertado.

Una cadena acierta iniciando el hilo de su relato en el País Vasco. Ciertamente, sin la presión asesina de ETA en aquel momento -que se cebaba, provocadora, contra militares, guardias civiles y policías- no se concebiría aquella reacción. Las órdenes de Madrid de desactivar ikurriñas-trampa causaron muertes y mutilaciones innecesarias, cuando ya estaba oficiosamente decidida su legalización; la prohibición de dedicar homenajes y funerales -parte de la Iglesia tiene graves responsabilidades también- propició que se convirtiera en mito a un teniente coronel de la Guardia Civil destinado en Intxaurrondo que defendía a morir a su gente y que sufría aquellas inciertas órdenes. Antonio Tejero tuvo el ascendiente necesario en la Benemérita para arrastrar a 300 hombres de un Parque de Automóviles de Madrid, que le siguieron aquel día al Congreso, pero que se habrían ido con él a conquistar Gibraltar, si él se lo hubiese propuesto.

Por supuesto, no pretendo justificar su acción. Pero, por supuesto, tampoco serían juzgados quienes con sus errores políticos empujaron a este hombre a la locura, mezclada esta con suposiciones, ambiciones y maniobras nunca esclarecidas de técnicas de contragolpe.

De todas las imágenes retrospectivas de aquel momento en el Congreso, destaca la figura, el genio, la reacción, de un personaje indiscutible: el general Gutiérrez Mellado. Pero, por encima del valor demostrado aquella tarde del 23-F, yo destacaría de su amplio haber que dictara una norma que para nosotros ha sido verdadera regla de oro: el militar que quisiera afiliarse a una opción política podía hacerlo, por supuesto, pero colgando el uniforme. El hecho de tener las armas, emanado del poder legítimo del Estado, impedía el ejercicio de toda actividad partidista. Y, pese a tentaciones y manipulaciones, las Fuerzas Armadas en su conjunto han cumplido la regla fielmente. Quedan para la pequeña historia casos aislados de personajillos que han sacado buenas rentas de sus afectos políticos.

Es una lástima que otras instituciones no encontrasen en aquellos momentos a su Gutiérrez Mellado. La neutralidad política debería ser norma de conducta de los servidores del Estado: no puede haber jueces o policías de derechas o de izquierdas, porque se resquebraja el sistema. Lo estamos viviendo. ¡Cuántas preocupaciones y problemas habríamos evitado a nuestra sociedad! ¿A tantas tentaciones arrastra el poder?

Escribo estas líneas cuando constato en reiteradas encuestas del CIS la buena valoración que tienen las Fuerzas Armadas ante la opinión pública. Pese a que pagamos muchos el pecado cometido por pocos el 23-F; pese a que hemos vivido supresiones de unidades históricas; a pesar de los continuos recortes presupuestarios; pese a la pérdida de nuestra Sanidad, de la venta de parte de nuestro patrimonio histórico; pese a que hemos sido moneda de cambio en campañas electorales, a que se aprueben leyes orgánicas sin consenso parlamentario, a que constantemente se reprogramen planes de estudios y leyes sobre nuestra función.

A pesar de todo eso, hemos seguido siendo leales servidores del Estado. Por esto aplaudimos a Obama cuando, en momentos de problemas graves en Irak y Afganistán, mantuvo al secretario de Defensa de la Administración de Bush. ¡Esto es política de Estado! Aquí habríamos cambiado hasta a los conserjes y escoltas. ¡Pero si las Fuerzas Armadas, y es lo que reconocen las encuestas, han sido la institución más flexible, más adaptada a los cambios generacionales y tecnológicos, las que han sabido aprender más de sus errores!

Por supuesto, en el carácter vocacional de la mayoría de sus componentes se encuentra el mérito, el valor añadido, el que permite contar con disponibilidades en 24 horas para acudir a cualquier rincón del mundo, el que compatibiliza aptitudes con actitudes.

Demos por más que superado el 23-F en lo que respecta a las Fuerzas Armadas. No hay más voluntad, no ha habido más voluntad durante estos años que la de servir. Estamos modernizados y abiertos a seguir modernizándonos al ritmo de nuestra sociedad. Pero no inventen ni fuercen nada extraordinario. Dejen que el modelo repose. No intenten arrastrarnos a romper la regla de oro de Gutiérrez Mellado. Es más: intenten trasladarla a otras instituciones del Estado. Todos saldríamos ganando.

Nos encantaría ver cómo la Justicia nos gana por goleada en las encuestas del CIS. El general Gutiérrez Mellado se alegraría también. Sería el mejor homenaje que podríamos tributarle al general este 23 de febrero del 2009.

Luis Alejandre Sintes. General de División en la Reserva fue Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra.

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El 23-F, años después, de Alberto Piris en Estrella Digital

Posted in Historia, Política by reggio on 24 febrero, 2009

Por alguna razón que ignoro, en torno al 28º aniversario del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 se está difundiendo bastante información relacionada con aquel acontecimiento: programas televisados, material audiovisual, entrevistas, artículos y comentarios. Parte del público al que está dirigida no había nacido aún cuando el hecho se produjo. El “escenario” -como ahora es usual decir- español ha cambiado mucho desde entonces.

Pero convendría recordar algo de lo que luego ocurrió. Me voy a referir a uno de los efectos más nefastos que el 23-F trajo consigo a corto plazo: la polémica mediática provocada por el proceso judicial al que fueron sometidos algunos de los protagonistas del golpe, seguida con apasionamiento por los españoles. En relación con esto, me permitirá el lector que reproduzca algunos párrafos de un artículo que publiqué en El País (“El rescate del honor militar”, 20-03-1982) y que firmé con mi nombre y graduación, para salir al paso de ciertos comentarios publicados sobre el desarrollo de la vista, que seguían fomentando los fanatismos que tan violentamente afloraron el día del golpe.

“En el lamentable espectáculo casi cotidiano de la sala de justicia de Campamento, se esgrime la palabra “honor” para justificar indisciplinas, deslealtades, desobediencias, ambiciones, ambigüedades… ¿Quién se atrevería a utilizarla después? Sin embargo, el concepto de honor, tal y como diáfanamente lo expresan las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas, es aquello “que lleva al militar al más exacto cumplimiento del deber”. Y allí se maneja profusamente para razonar unos por qué han hecho caso omiso a su cadena de mando militar, para explicar otros cómo han llegado a promover un grave incidente de secuestro con disparos de arma de fuego en lo que debería ser el foro sagrado de la Patria, no cumplir las órdenes recibidas o excederse en el cumplimiento de las que no recibieron legítimamente, para hacer creíble su culpable aceptación de una disciplina ciega que no es la que nos imponen a los militares las Reales Ordenanzas, para justificar, en último término, el vergonzoso espectáculo que en febrero del año pasado puso de relieve, otra vez, en todas las televisiones del mundo, que en España aun se producen conductas aberrantes con el protagonismo de unos, el impulso de otros y la complicidad de bastantes más.

“Remontemos, si es posible todavía, el explicable desánimo. Ni España es sólo el video que se hizo famoso con motivo de los tristes acontecimientos ahora juzgados, ni los españoles somos un país de opereta -por más que a muchos les conviniera así, para seguir beneficiándose de nuestro ostracismo universal-, ni sus Fuerzas Armadas somos en su totalidad un ejemplo de cómo la deformación profesional puede conducir a episodios humillantes, a actuaciones francamente bochornosas. Hay en España un inmenso potencial de supervivencia, aun sin explotar, un gran caudal popular de deseos de renovación; somos los españoles un pueblo sufrido que ha vivido mucho, ha aguantado más y merece mejor suerte; y subsiste en sus Fuerzas Armadas un deseo íntimo y pujante de que no vuelva a ser la “cuestión militar” un escollo en el progreso de los españoles, de que el honor recupere su función, única y exclusiva, de motor que impulsa al más exacto cumplimiento de deber, deber que no consiste en determinar, subjetiva e interesadamente, si España está o no en una “situación límite”, o en señalar rumbos forzados a la Patria, ni, mucho menos, salvarla de imaginarios y provechosos peligros, sino en consagrarse al servicio de ella, al servicio de esa Patria que las Ordenanzas definen luminosamente como el “quehacer común de los españoles de ayer, hoy y mañana, que se afirma en la voluntad manifiesta de todos”.

El artículo citado me granjeó la sincera amistad de algunas personas, que aún siguen manteniéndola, y el recelo y el desafecto de muchos compañeros de armas que me miraron con no disimulada desconfianza. Ahora, tras varios años de democracia y habitual actividad parlamentaria, encontraría pretencioso llamar al Congreso “foro sagrado de la Patria”, como en aquel momento ilusionadamente escribí. Pero, por otro lado, la percepción que los españoles tienen de sus Ejércitos y la que éstos tienen sobre su misión y encaje en la sociedad española han variado en sentido muy positivo para ambas partes. Los dos artículos de las Ordenanzas antes citados, relativos al honor militar y al concepto de Patria, no han necesitado ser reproducidos en las nuevas Ordenanzas recién aprobadas, más volcadas hacia la racionalidad operativa de unas Fuerzas Armadas al servicio de los españoles que a la ambigüedad retórica de las que se redactaron durante la transición.

Hoy el 23-F es un recuerdo que va desvaneciéndose en el pasado. Conviene no olvidarlo, para que jamás vuelva a producirse algo similar y para mejor valorar el hecho de que nuestras Fuerzas Armadas gocen hoy de la estima de los españoles en mayor grado que otras instituciones que no acaban de encontrar su lugar en una España que se define como “un Estado social y democrático de Derecho”, como estamos viendo que ocurre con la Iglesia, la Judicatura o la Banca, sin ir más lejos.

Alberto Piris. General de Artillería en la Reserva.

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La cacería contra Suárez y el 23 de febrero, de Jorge Trías Sagnier en ABC

Posted in Historia, Política by reggio on 24 febrero, 2009

La Tercera de ABC

… El manuscrito de Navarro, cuya fotocopia he leído varias veces, de 195 folios por una cara e inconfundible y primororsa letra, ofrece muchas claves esenciales para comrpender esos años de Transición…

En una Tercera que publiqué el mes de octubre del año pasado -«Las memorias de Suárez o el silencio de la Transición»- decía que sabía de la existencia de un manuscrito de Eduardo Navarro Álvarez, autor de prácticamente todo lo que escribió y dijo Adolfo Suárez desde que dejó la presidencia, y que era la base de unas posibles memorias del ex presidente. Ambos, Suárez y Navarro, se han quedado sin voz y, paradojas de la vida, están aquejados de una parecida enfermedad mental degenerativa. Después de ese artículo, Julio Álvarez, sobrino de Navarro, me entregó para su custodia los valiosísimos archivos de su tío; y José Luis Graullera, el amigo inseparable de Eduardo y de Adolfo Suárez, me instó a que escribiese la historia de la Transición, pero no con opiniones más o menos autorizadas o con hechos enlazados a conveniencia de un determinado hilo argumental, sino la historia como fue, basada en documentos. Esos valiosos documentos que ellos y otras personas poseen.

El manuscrito de Navarro, cuya fotocopia he leído varias veces, de 195 folios por una cara e inconfundible y primorosa letra, ofrece muchas claves esenciales para comprender esos años de Transición y la montería que se organizó en España contra el ex presidente. La historia se llama «Mis testimonios sobre Adolfo Suárez» y, evidentemente, no son las memorias de Suárez sino las de Eduardo. Pero más interesante que esos papeles son los cuatro archivos de plástico color caramelo «tofe» con el rótulo de «Documentos Presidente-ENA» -ENA significa Eduardo Navarro Álvarez- con subcarpetas, también de plástico, numeradas de la 1 a la 21 y algunas otras hojas sueltas. Ahí he buceado durante muchos días a ver que encontraba. Hay notas de Suárez como estas:«esto lo tengo que pensar». Todo lo escribía Eduardo, incluso las palabras que pronunció cuando el hijo de Suárez decidió presentarse a la presidencia de Castilla-La Mancha contra Bono. Por eso decía, con sorna, que él escribía «con un seudónimo que se llama Adolfo Suárez».

Pero por fin di con lo que buscaba: el proyecto de memorias del ex presidente del Gobierno de la Transición. Los cuatro archivadores que había estado investigando eran, en suma, ese proyecto de Memorias. O, al menos, esta es la conclusión a la que he llegado. Hay, incluso, un guión de las mismas y algunos folios escritos en primera persona sin el correspondiente manuscrito de Eduardo Navarro, donde Suárez habla con total libertad del Rey, de Arias, de Fernández Miranda, de otros personajes y de los diputados que se escondieron debajo de los asientos la tragicómica noche del 23 de febrero.
Reconstruyamos alguno de esos hechos.

Eduardo Navarro, en sus «Testimonios», afirma que los sucesos del 23-F cada español los cuenta de acuerdo con el entorno en que le tocó vivirlos. «La aparición del Rey fue decisiva. Los Reyes no suelen ganarse el trono al principio de su reinado. Juan Carlos I sí lo hizo y de la noche del 23-F terminó su examen «cum laude». Probablemente es un hecho extraordinario en la Historia, pero es así». Y a continuación relata: «Muchas veces he comentado los sucesos de aquella noche con el Presidente Suárez y he oído su relato. Su actitud aquella tarde y aquella noche acalló a sus críticos y a sus adversarios.
Mientras él permaneció sentado en el hemiciclo, los críticos y los adversarios estaban tumbados en el suelo». Efectivamente, había un clima en la clase política, en su propio partido UCD, en el Partido Socialista y en la mismísima Zarzuela, muy hostil al presidente, un clima similar al que se produjo cuando Arias le presento al Rey su dimisión en 1976. Suárez lo explica así: «Mi única idea durante los primeros momentos del golpe fue mantener la dignidad del Presidente del Gobierno de España. La dignidad de la democracia. Varias veces se me pasó por la cabeza los titulares de los periódicos que podían hacer referencia a mi persona, si el golpe triunfaba: «El Presidente murió de un tiro en la espalda cuando estaba tumbado en el suelo». Eso me rebeló. Si me mataban tenía que ser cara a cara. En aquellos instantes mi único instinto fue dar la cara». Y concluye de forma contundente: «Ni el Ejército ni el país secundaron la intentona. El papel que jugó S.M. el Rey permitió que la pesadilla de aquella noche terminara al día siguiente».

Suárez no analiza las causas del golpe, pues dice que «aún debe ser estudiado y analizado en profundidad». Pero con una sencillez apabullante, al hablar de las causas de su dimisión, nos ofrece, en realidad, las causas del golpe de Estado y de la cacería de la que había sido objeto. «Nadie ha creído algo que es absolutamente cierto: después de las elecciones de 1979, la descomposición de UCD en facciones y el intento de algunas de estas en marchar rápidamente al campo contrario, hacían imposible la tarea de gobernar con seriedad. Nunca olvidaré el año 80, ni la moción de censura que presentó el PSOE ni la cuestión de confianza, ni todas y cada una de las votaciones del Congreso durante ese año. Cada una de ellas se desarrolló bajo la amenaza de que un grupo numeroso de Diputados abandonaba el Grupo Parlamentario de UCD y se pasaba al campo contrario. Las críticas a la persona del Presidente -a mi persona- provenían de todos lados: de la derecha, de la izquierda y de mi propio partido. Había pasado de ser el protagonista del proceso democrático a un malvado encantador de serpientes. Yo pensé que estas críticas influían en la clase política pero no en el pueblo español. Es posible que me equivocara. Ante esta situación decidí dimitir». Más adelante concluye, y creo que es esencial esa afirmación para comprender lo que se estaba tramando en torno al general Armada que hasta el día del golpe contó con la confianza del Monarca, «a lo que no estaba dispuesto es a que se recondujera el proceso democrático fuera de las instituciones constitucionales, a dar ocasión para que los grupos de presión extrademocráticos (sic) aprovecharan mi dimisión para introducir una cuña involucionista».

El relato de lo que ocurrió esa tarde y noche sería muy largo de contar. Cuando se inicia el golpe de Estado el Rey se encuentra con Sabino Fernández Campos y siguiendo instrucciones directas del Monarca, el Capitán General de Madrid, Quintana Lacaci -que luego asesinaría ETA- y el Jefe del Estado Mayor del Ejército, José Gabeiras, deshicieron el golpe, el primero impidiendo que la División Acorazada se pusiera en marcha, y el segundo desmontando la operación de Miláns en el resto de las capitanías. Sin la decidida actuación del Rey está claro que hubiese triunfado el golpe, como asegura Navarro en sus papeles. Según cuenta Eduardo, en sus conversaciones con Miláns el Rey le espetó: «No me marcharé del país y me tendréis que fusilar». El Rey, pues, se puso esa tarde al lado de la senda constitucional. Navarro también explica la trascendencia que tuvo la reunión del gabinete de Subsecretarios bajo la presidencia de Francisco Laína, que con impresionante sentido de Estado se convirtieron en el Gobierno de hecho de la Nación.

La historia la hacen hombres y mujeres sobresalientes. A veces, incluso, la escriben los pueblos. Gracias al indiscutible valor de Suárez, estadistas como Laína y a la nítida actuación del Rey junto a los militares leales el 23 de febrero de 1981, España no se tiñó, una vez más, de sangre. No reconocerlo sería la negación de la mismísima evidencia.

Jorge Trías Sagnier. Hijo del abogado y político catalán Carlos Trías Bertrán y hermano, entre otros, del filósofo Eugenio Trías y del escritor Carlos Trías Sagnier, pertenece a la alta burguesía catalana.

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¿Y si Tejero hubiera aceptado?, de Alfonso Pinilla García en El Mundo

Posted in Historia, Política by reggio on 24 febrero, 2009

TRIBUNA POLITICA

Hoy, 28 años después del 23-F, el autor asegura que la conspiración fue más compleja de lo que se admite. Sostiene que la clave del golpe está en el Gobierno de concentración que auspiciaba el general Armada

Tejido, por un cruce de pasados, el presente no es el último punto de una línea recta llamada historia, sino más bien una continua bifurcación de senderos, un rosario de encrucijadas donde lo que hoy es pudo no haber sido. Pero al mirar hacia el pasado, el hombre traza líneas rectas con la escuadra y el cartabón de su memoria. Sabe el resultado de las cuitas pasadas, de las crisis acaecidas. Conoce los desvelos del pretérito y su posterior solución, por eso acaba confundiendo muchas veces lo imprevisto con lo inevitable.

Este cinematográfico/televisivo aniversario del 23-F ha puesto bien de manifiesto el vicio en el que todos solemos caer cuando hacia atrás miramos. Despreciando las muchas encrucijadas por las que atravesaron sus protagonistas, hemos querido ver en el golpe una conspiración farragosa, un plan chapucero puramente franquista que estuvo abocado al fracaso y que, si no llega a ser por la audaz actuación del Rey, España se habría convertido en la dictadura militar con la que muchos ultras soñaban.

Pero a poco que buceemos en las sentencias del 23-F, así como en los ríos de tinta que el acontecimiento ha generado, podremos darnos cuenta de que la realidad es mucho más compleja, tiene muchas más caras y presenta numerosas aristas. Si narramos la historia bajo la perspectiva de esa lógica binaria donde sólo existen malos y buenos; si dibujamos un solo resultado de la crisis -el que creemos necesario- olvidando posibilidades que también pudieron haber ocurrido, estaremos tiñendo de un solo color los anteojos de nuestro análisis. Y nada hay más empobrecedor para el hombre que despreciar la incertidumbre a la que continuamente se enfrenta en su existir. Porque vivir es decidirse, ya lo decía Ortega, y en ese pugilato con la circunstancia que nos hace optar por un camino o por otro consumimos este instante en medio de la eternidad que llamamos nuestra vida.

El 23-F no fue sólo un golpe franquista. Su espoleta sí, su puesta en escena sí, su chivo expiatorio con tricornio y pistola en mano sí. Pero el golpe es mucho más que un puro y simple pataleo de los nostálgicos. Había en la España de principios de 1981 una crisis fundamentalmente política que se evidenciaba en un Gobierno que hacía aguas por sus cuatro costados sin que su capitán, Suárez, pudiera hacer nada por reflotar el barco. Y no podía hacer nada porque ya se había quedado solo al frente del puente de mando y su tripulación empezaba a repartirse sus galones pensando en la sucesión. Crisis política aderezada con una crisis económica galopante, un desencanto ciudadano evidente y un malestar militar enconado -y azuzado- por una ETA inmisericorde que no había parado de matar a pesar de la Transición.

Y es en este contexto donde surgen los cantos de sirena de un Gobierno de concentración compuesto por los principales partidos políticos representados en el arco parlamentario. Un Gobierno de concentración presidido por una figura independiente, de reconocido prestigio y que no levante ampollas entre la izquierda y la derecha.¿Un catedrático, un pensador, un militar? El nombre de Alfonso Armada saltó a la prensa antes del golpe. El suyo y el de otras personalidades de consenso que, aun procediendo del ayer franquista, habían colaborado con un delicado presente democrático que ahora se desmoronaba.

Este Gobierno de concentración es, desde mi punto de vista, la clave de esa bóveda -que felizmente se vino abajo- llamada 23-F.Quizá por eso solemos pasar sobre él de puntillas, fijándonos sólo en el papel del Rey, una fachada mediática, un supuesto enigma que no sirve más que para nutrir titulares y argumentar propagandas. Y cuando no es el papel del Rey, miramos hacia el elefante blanco, otro de los secretos jamás desvelados que tampoco resulta tan importante para comprender el acontecimiento.

Recuerdo un cuento de Edgar Allan Poe titulado La carta robada.Un grupo de policías busca un documento importantísimo en la habitación de un hotel mientras su ocupante, el ladrón del documento, ha salido. Se trata de un secreto importantísimo y presuponen los policías que la carta se hallará escondida en una doble pared, bajo el suelo, tras aquel espejo o en el marco de este inocente bodegón. En el escondrijo más impredecible estará la carta, piensan, y por eso ponen patas arriba la estancia, derriban las paredes y levantan las baldosas. Pero no la encuentran, porque el avispado ladrón ha dejado la carta encima de la mesa, como un papel más, y nadie busca entre lo que se halla a simple vista.

La evidencia es la mejor caja fuerte, en ella están guardados los más grandes secretos. Porque lo evidente es fácilmente visible, basta un golpe de vista para constatar su existencia, no hay que detenerse en ello y por eso creemos que nada puede atesorar lo que continuamente está enseñándose. Pero esto nos pasa porque olvidamos que el secreto no habita en un lugar sino en un mirar, que lo desconocido no se oculta en un sitio sino en la forma que tenemos de enfocar hacia ese sitio. Si no sabemos mirar no podremos encontrar, por eso conviene empezar a detenerse en lo evidente. Ignoramos lo evidente porque lo visitamos con rapidez y pronto vamos a otra cosa. Simplemente lo vemos, pero nunca lo miramos, porque mirar es recrearse y buscar con paciencia.La simple vista es un corretear de ojos. En el mirar, los ojos dimiten de bullicios, detienen su correr. Casi siempre vemos sin mirar.

Los hechos probados por la investigación judicial son suficientemente esclarecedores de lo que fue este golpe que hoy se simplifica.Estas evidencias enseñan muchas cosas si nos detenemos a mirarlas.El plan golpista contenía cuatro sencillos puntos: uno, secuestrar el Congreso con los diputados dentro; dos, ocupar Valencia para favorecer el efecto dominó en el resto de Capitanías; tres, hacer lo propio en Madrid con los tanques de la Acorazada; y cuatro, presionar en persona al Rey -de esto se encargaría Armada- para que ante la difícil situación el Monarca decidiera dar luz verde a las pretensiones de su antiguo secretario, que no eran otras que las de formar el Gobierno de concentración arriba descrito, ya sugerido por la prensa y, según el general Armada, aceptado como posible solución en algunas conversaciones que él mismo decía haber mantenido con el Rey.

Los dos primeros puntos del plan se llevaron a cabo, pero los dos últimos no, por eso el golpe se quedó en frustrada intentona.Un golpe que no fue puramente franquista, que pretendía dar un vuelco político con Gobierno de concentración incluido y que, más que golpe, era intimidación, sucesión de hechos consumados gracias a los cuales pretendió darse un giro, un golpe de timón a un sistema encallado y al pairo. Pero ni los tanques de la Brunete ocuparon la Castellana, ni Armada se entrevistó en persona con el Rey aquella noche.

La División Acorazada Brunete queda desactivada cuando su responsable, el general Juste, se asegura de que La Zarzuela no apoya el plan de Armada. Sabino Fernández Campo se lo confirma con el famoso «ni está ni se le espera». El golpe empieza a fracasar porque la puerta de La Zarzuela se cierra para su antiguo secretario.Aunque este hecho pudiera suponer un mazazo tremendo para el general Armada, lo cierto es que él aún ve rendijas de esperanza en lo que otros han querido interpretar como un portazo definitivo de la Corona a las pretensiones de su fiel consejero. Y es que tras el «ni está ni se le espera», el general Armada sigue haciendo cábalas y logra, en torno a las doce de la noche, el permiso de sus superiores para negociar con Tejero un Gobierno de concentración política. Temerosa de que el secuestro de los diputados acabe en una masacre, La Zarzuela da el visto bueno al general Armada para que vaya a entrevistarse con Tejero, siempre que el nombre del Rey -lo cuenta Sabino Fernández Campo en un libro de Francisco Medina titulado 23-F. La verdad- no se mezcle en lo negociado.

Y aquí llegamos al nudo gordiano de la historia, a su principal encrucijada. Porque Armada, ese clavo ardiendo al que la Corona finalmente se ha agarrado para salir de la seria crisis, pedirá a Tejero que le deje entrar al Hemiciclo para proponer a los diputados su Gobierno de concentración. Los nombres de las personas que formaban parte de ese Gobierno -socialistas, algún comunista y miembros del centro derecha- quedan detallados en una lista que Armada leyó a Tejero. Carmen Echave, la doctora del Congreso, apuntó aquellos nombres en un documento que no hace mucho tiempo fue publicado por Francisco Medina en su citado libro y por Victoria Prego en este mismo periódico.

«Mi general: yo no he asaltado el Congreso para esto», afirma ante Armada un Tejero indignado al ver que su acción puede servir para que las poltronas del Ejecutivo sean ocupadas por quienes él considera los responsables de todos los males acaecidos en España desde la muerte de Franco. Así pues, el teniente coronel Tejero hizo fracasar el golpe que él mismo había iniciado, poniendo de manifiesto con su acción la complejidad de una trama donde no sólo había trazas franquistas, sino movimientos políticos inconfesables, toreo de salón entre bambalinas con un Gobierno de concentración en ciernes que pudo haberse confirmado si los micrófonos del Hemiciclo se hubieran abierto para Armada.

Cabizbajo, el general Armada regresará al Palace acompañado de una lapidaria frase: «He fracasado». Sonaba en un reloj insomne la una de la madrugada. Diez minutos después, el Rey daba el famoso discurso que tanto tranquilizó a una España apagada por el brillo de los tricornios.

Pero, ¿y si Tejero hubiera aceptado? Tan peligroso es enredarse entre futuribles como interpretar bajo un férreo determinismo los procesos históricos. Es imposible analizar lo que finalmente no ocurrió, pero de igual manera resulta interesante, y útil, conocer lo que pudo haber ocurrido para comprender la compleja naturaleza del acontecimiento. No sólo hay que fijarse en los resultados que se dieron, sino en los senderos que pudieron haberse explorado.

Porque si Tejero hubiera finalmente aceptado la propuesta de Armada, quizá los que hasta ahora han sido considerados como traidores podrían haberse convertido en salvadores de la patria.Si a la historia le quitamos el determinismo con que solemos interpretarla nos queda la sorpresa, el azar, la incertidumbre y el escalofrío.

Alfonso Pinilla García es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura.

© Mundinteractivos, S.A.

Presentación de «Crónicas del 6 y otros trapos sucios de la cloaca policial», de Javier Ortiz en su Blog

Posted in Derechos, Justicia, Libertades, Política by reggio on 24 febrero, 2009

El 18 de febrero de 2009 se celebró en Madrid, en la librería libertaria “Malatesta”,  la presentación del libro “CRÓNICAS DEL 6 Y OTROS TRAPOS SUCIOS DE LA CLOACA POLICIAL”, interesantísimo libro del periodista catalán David Fernàndez. Intervino también en el acto (además del autor, claro) Jorge del Cura, destacado luchador contra la tortura. Lo que sigue es el texto que leí.

Hace unos cuantos días, Luis Herrero –ex periodista derechista muy militante, y ahora eurodiputado no menos militante del PP– fue expulsado de Venezuela acusado de estar incumpliendo sus obligaciones como observador internacional en el referéndum convocado por Hugo Chávez. Aún a sabiendas de que un observador internacional tiene como primer y máximo deber ser exactamente eso, observador, y no meter baza dando y quitando razones sobre el acontecimiento que supervisa, no es mi intención meterme hoy en disquisiciones sobre el grado de astucia o de tosquedad política de la decisión del gobierno chavista de expulsarlo del país. A los efectos de este acto de hoy, llamo la atención sólo sobre un punto: Luis Herrero se permitió acusar a Chávez de “dictador”. Y eso me hizo gracia, porque Luis Herrero (o, para ser más exacto, Luis Herrero-Tejedor) es hijo de Fernando Herrero-Tejedor, un personaje que, amén de fiscal en épocas tenebrosas, fue también secretario general del Movimiento, esto es, máximo jefe del partido único que sustentó el régimen de Franco y que le sirvió de brazo político y represor. De modo que, cuando perora sobre dictadores este Luis Herrero de ahora, un individuo que jamás ha renegado del pasado de su padre, ¿qué lo hace: como crítica o como lisonja?

David Fernández, en este Crónica del 6 y otros trapos sucios de la cloaca policial, hace referencia a la  ascendencia de Julia García Valdecasas y a la trayectoria fascista de su padre, oprobio que fue de la Universidad de Barcelona. Doña Julia, recientemente fallecida, fue digna sucesora de su progenitor: heredó su alma represora.

El pasado domingo, en una tertulia radiofónica, señalé esa circunstancia y hubo quien me lo reprochó: “Hombre, uno no es responsable de sus antecesores”, me dijo. No lo es, desde luego, salvo que los asuma y les dé continuidad.

Soy muy consciente de ello, porque mi abuelo paterno, policía de pro, fue (aparte de gobernador civil en varias capitales y jefe del servicio de seguridad de Alfonso XIII) uno de los fundadores de la Escuela Superior de Policía, puesto desde el que aleccionó a gente tan caracterizada como Melitón Manzanas.

La diferencia está ahí: tanto Julia García Valdecasas como Luis Herrero se han declarado orgullosos de sus ancestros fascistas. En mi caso, jamás he ocultado que tengo clarísimo que mi abuelo fue una mala persona, un mal bicho, maestro de torturadores. Aspecto éste que quizá explique mi fijación por la lucha contra la tortura, de la que yo mismo he sido víctima. Todo lo cual seguramente explica que hoy esté aquí, ayudando a presentar este libro.

El libro de David Fernández es una joya.

En primer lugar, por la información que proporciona. Admito que, pese a mi interés por la información política en general y por los excesos policiales, en particular, desconocía muchas de las historias de las que David da cumplida razón, empezando por la existencia de ese grupo 6 de la policía en Cataluña, especializado en provocaciones y malos tratos. Para quienes no os dediquéis profesionalmente a estos asuntos y no los tengáis todo el día bajo vuestro punto de mira, la lectura de este libro puede ser un auténtico aldabonazo. Porque muchos hemos aportado el testimonio de historias estremecedoras de lo sucedido durante el franquismo, pero lo que se cuenta aquí forma parte de las cloacas de la llamada democracia: con Suárez, con Calvo-Sotelo (tuvo poco tiempo, pero no lo malgastó), con González, con Aznar y también, desde luego, no os quepa la menor duda, con Rodríguez Zapatero. Porque a los presidentes les pasa como a los hombres: que son todos iguales.

El segundo gran mérito de este libro es su técnica narrativa: va soltando sus misiles en forma de perdigonadas, breves, lanzadas en muy diversas direcciones, pero igual de demoledoras. Al final, es como el disparo de una escopeta de cañones recortados. Lo alcanza todo. O, por decirlo de modo menos truculento: es como un cuadro puntillista, que logra un retrato fiel de la realidad a base de una enorme cantidad de trazos aparentemente aislados.

Tercer mérito, y no el menor: su valentía. No sólo llama a cada cosa por su nombre, sino también a cada quien por su nombre. No tira ninguna piedra para esconder luego la mano.  Si lanza una acusación contra alguien, lo señala con el dedo. Y dice por qué.

Cuarto mérito: nos demuestra de manera pormenorizada que el terrorismo de Estado no es sólo, como a veces se piensa, una aberración que montan altos servicios secretos para cometer crímenes muy especiales contra personas tenidas (con razón o sin ella) por peligrosos enemigos del orden constituido, sino que es también una actividad sistemática y rutinaria, destinada a amedrentar a toda la población potencialmente rebelde y a servir de válvula de escape a las ansias de prepotencia de unas fuerzas represoras entrenadas para serlo.

Ante este libro soy incapaz de mostrarme neutral, porque me pilla muy de dentro. Me coge por las entrañas. No sólo por la ingente cantidad de brutalidades y arbitrariedades policiales que relata, sino por el telón de fondo de pasotismo que revela. Es demasiada la gente que quiere que la Policía (la que sea: todas las policías) se las arregle para que la vida no le importune todavía más, sea como sea y a costa de lo que sea.

David pone algunos ejemplos muy ilustrativos. Yo he recordado, leyéndolo, una secuencia de La Batalla de Argel, la estremecedora y en tantos sentidos inquietante película de Gillo Pontecorvo, en la que el coronel Mathieu, cabeza de la represión contra el Frente de Liberación Nacional argelino, pregunta, cuando se le pide que hable de los métodos represivos que utilizan las fuerzas armadas francesas, qué es lo que quiere la mayoría, si que le resuelvan los problemas o si discutir sobre cómo se los resuelven. En la España actual, e incluso en la Cataluña actual, y también en la Euskadi actual, hay demasiada gente que no quiere discutir sobre métodos. Lo que quiere es que les quiten los conflictos (y a los conflictivos) de encima. Y si es por las buenas, bueno, y si es por las malas, pues se mira para otro lado, y ya está. No podría haber una cúspide estatal tan perversa si no hubiera una base social tan degradada.

Todos los terrorismos de Estado son, en realidad, el mismo terrorismo. David Fernàndez cita casos de los más diversos géneros. También podría hacerlo mucha otra gente. Hace escasos días, alguien descerrajó con habilidad la puerta del piso de un periodista amigo mío que está haciendo un trabajo de investigación que afecta a altos cargos de la Comunidad de Madrid. Quienes entraron en su casa registraron sus papeles e inspeccionaron su ordenador. No lo mataron, ni le conectaron electrodos en los testículos: es otra variante del multifacético terrorismo de Estado. Terrorismo de Estado de baja intensidad, podría llamarse.

Yo tengo una casa en Alicante muy cerca de donde un cazador dominguero encontró en 1985 los cadáveres de Lasa y Zabala, presuntos miembros de ETA que fueron enterrados en cal viva. El Mundo sacó la noticia. Eran otros tiempos y por entonces yo era subdirector de ese periódico. Poco después del macabro hallazgo, me encontré con que alguien había entrado en mi casa de la campiña alicantina y se había dedicado a hurgar todos mis papeles. Quienes fueran hicieron un trabajo limpio: incluso barrieron cuidadosamente los restos del ventanal que rompieron para entrar. Toda la papelería estaba revuelta, pero no robaron nada, y menos de valor (ni siquiera policial, porque yo no tenía nada que ver con la investigación periodística del caso).

Son casos de terrorismo de Estado de baja intensidad. Pero estos dos que he citado por lo menos tienen algo que ver con lo que podrían considerarse “cuestiones de Estado”. Hay muchísimas más que se refieren a asuntos en los que ni el Estado, ni el Gobierno, ni la respectiva Comunidad Autónoma se juega nada de mayor trascendencia, salvo la fijación del sacrosanto “principio de autoridad”: aquí mando yo, la Ley soy yo, se hace lo que yo diga y al que lo ponga en duda le parto la cara. Y no hace falta que lo ordene ningún general: basta con que sea un sargento o un cabo.

En la época en la que Julia García-Valdecasas estuvo al frente de las fuerzas represivas en Cataluña, se produjeron del orden de 700 detenciones relacionadas con actos de motivación política y social. Según cálculos presentados en Barcelona en un seminario que se realizó en 2005, en la década anterior la cifra de detenidos fue de 2.000 personas, en números redondos.

Excuso decir que muy pocas de esas detenciones se han traducido en sentencias judiciales condenatorias. En caso contrario, Cataluña tendría más presos políticos que Euskadi.

Pero, a fin de cuentas, ¿qué es un preso político, o un preso social? Lo que está en cuestión no es lo que ha hecho o dejado de hacer el uno o el otro, sino la lógica aplastante que se les aplica a todos. Leo en el libro de David un par de apuntes. El primero se llama “Economía de mercado” y dice:

«Condena de 600 euros a un policía español por matar a un joven que huía con un coche robado. Condena de 240 euros a una inmobiliaria por dos meses de mobbing (sin agua ni luz) en la calle Verdi de Gracia.

25 euros de multa a un concejal de la Plataforma per Catalunya por Intentar quemar una mezquIta.

¿El que la hace la paga?

20.000 euros por quemar un cajero automático. Y 18 años de cárcel. La mitad para el asesino del joven militante antirracista Guillem Agulló.

En el mundo del capitalismo maduro son más importantes las cosas que las personas. Y si la cosa es un cajero automático, prepárate.

La economía antirrepresiva. Tirando bajo, a nosotros nos sale que entre procuradores, fianzas, abogado y procesos dilatados, la broma no ha bajado de 600.000 euros. 100 millones de pesetas.»

Y David escribe a continuación, bajo el título “Regla de tres”:

«Somos un país pequeño. Y por eso proyectamos la represión al Estado. Y hacemos números, prospecciones. Si los niveles de conflicto social y represión hubieran sido los mismos en todo el Estado español en este ciclo de luchas, ¿qué radiografía obtendríamos? Es ucrónico y utópico, pero estas serían las cuentas: 16.000 detenciones entre 1995 y 2005. 420 agentes dedicados únicamente a los movimientos sociales. 160 encarcelamientos. 40 presos. 8 suicidios. 56 infiltrados descubiertos.

Es otra manera de visualizar y proyectar una etapa. Y las conclusiones son bastante fértiles. Por elocuentes. ¿No tiene toda la pinta de una moderna guerra de baja intensidad contra la disidencia política y social?»

Hasta aquí la cita. Y la subrayo con mi respuesta: por supuesto que es una guerra contra la disidencia, pero su intensidad es más baja o más alta, en unos u otros periodos de la Historia, según sea la intensidad de la propia disidencia. Ellos están siempre dispuestos a todo. Todo depende de lo peligrosos que se muestren los que tienen enfrente.

Voy terminando. Pero no quisiera hacerlo sin referirme a uno de los asuntos que cita David cuando se refiere a la recurrente tendencia de los poderes constituidos a la utilización de agentes provocadores y de infiltrados. Él habla de un individuo al que llama Ángel Grandes Herreros, un policía que se hizo pasar primero por okupa y antimilitarista, que luego se las dio de solidario con Chiapas y viajó un par de veces a México, que pasó más tarde por Euskadi y se mezcló con la kale borroka y se vino finalmente a Madrid, donde se le perdió el rastro de manera bastante enigmática después de que su novia muriera de un tiro de bala. Mi mujer suele decir que el mundo es un pañuelo de mocos verdes, y eso me hizo recordar que una compañera suya de colegio, Maika Pérez, murió de un tiro que salió de la pistola de su novio, policía, que había estado en Barcelona, que viajó un par de veces a México, que luego pasó por Euskadi y que acabó en Madrid. El individuo, de nombre de pila Ángel, aunque con apellidos distintos, fue llamado a declarar ante el juez, pero se cuenta que lo que declaró es que sabía demasiadas cosas sobre la lucha antiterrorista y que, si empezaba a largar, podía resultar bastante comprometido para muchos peces gordos.

Lo único indiscutible es que la causa por la muerte de Maika Pérez duerme el sueño de los injustos.

Felipe González dijo en cierta ocasión, con el telón de fondo de los GAL, que al Estado también se le defiende desde las cloacas. Mi criterio, reforzado por el libro de David Fernàndez, es que al Estado se le defiende sobre todo desde las cloacas.

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