Reggio’s Weblog

Las heces de oro, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Derechos, Medios, Sociedad by reggio on 23 febrero, 2009

El cáustico poeta Marcial se burló de un patricio llamado Basso, que gustaba de beber en copa de cristal mientras que evacuaba en orinal de oro. Carius ergo cacas le recriminaba el poeta, frase que, traducida con cierto pudor, dice: “Pagas más por tus heces”. Marcial tenía la lengua viperina, pero era partidario del ataque indirecto, oblicuo. Muy lejos del insulto que Francisco de Quevedo transformó en literatura fundando una castiza escuela periodística en la que abunda la pedrada léxica, la alegoría del mamporro y la sinonimia del puñetazo.

Marcial siempre satirizaba a un sujeto. Pero, más allá del ataque personal, proponía una lección genérica, una moraleja. Veinte siglos más tarde, sin embargo, la moraleja del orinal de oro ya no sirve. En tiempos de los romanos, gastar más dinero en el orinal que en la copa era un comportamiento estúpido. En aquel entonces, el objetivo principal era el alimento, no el excremento. Y eso, a pesar de que los banquetes de los patricios eran un verdadero festival de excesos.

Uno de ellos fue narrado con todo detalle por otro frío analista de la antigüedad, el elegante Petronio: el banquete de Trimalción. Un banquete que empieza con un teatral muestra de viandas inspiradas en los signos del zodiaco y continua con rubicundos pollos, mamas de cerda, un inmenso cerdo relleno de salchichas e incluso “una liebre guarnecida con alas”.

En el impensable festín se describen bandejas en forma de “lago con figuritas de pescado” sobre las que mana una lluvia de salsa de pimienta, y escenográficos jabalíes rellenos de tordos, todavía vivos, que, cuando la bestia es abierta, salen volando. Entre bailes y juegos, los esclavos sirven, por si fuera poco, ocas encebadas. En contraste con tal prolijo realismo, apenas se mencionan en la narración de Petronio detalles que nos permitan saber cómo se digería el tremebundo exceso. En un momento dado, Trimalción se levanta para ir a las letrinas. Y de una frase ambigua podría deducirse que ha desembuchado en el vomitorio.

De la lectura del Satiricón de Petronio se desprende, por lo tanto, que incluso los patricios romanos, tan excesivos, daban muchísima más importancia a la entrada que a la salida. Por esta razón Marcial puede burlarse de Basso, que gasta más dinero en el orinal que en la copa.

En nuestro tiempo, la sátira de Marcial carece de sentido. No solamente porque ahora los baños son habitaciones de lujo, modernos orinales de oro, ultradiseñados y manieristas, sino porque, a pesar de la gran importancia que damos a la gastronomía, lo hacemos con extremada prudencia. Con miedo. El prestigio de los cocineros no había sido nunca tan elevado, pero el acto de comer deja un rastro muy visible de culpa. Comer es un placer muy popular, pero también una mina de angustias, fomento de grandes neurosis estéticas, dietéticas y sanitarias. Comer nos encanta tanto como nos hace sufrir. Buena prueba de ello es que los únicos personajes que empatan en fama con nuestros cocineros más famosos son los grandes médicos, enemigos a ultranza del pavoroso colesterol y de los temibles triglicéridos: el cardiólogo Valentí Fuster compite en el universo estelar con Ferran Adrià y Santi Santamaria.

Si el acto de comer causa tanta satisfacción como dolor, el acto de evacuar reúne, en cambio, grandes unanimidades. Si los aromas del comer son fuente de angustia, el hedor de la evacuación excita el fervor general. Los excrementos deslumbran, encantan, fascinan, hipnotizan.

Nada obtiene más páginas de prensa y más minutos de televisión que la hediondez excremental. Sean las heces de la política (las nauseabundas colitis de la trama madrileña o la descomposición de un ministro en cacería), sean las deyecciones de cualquier personajillo (especialmente, si, como sucede en el Reino Unido, tiene un cáncer terminal y ha vendido su agonía a un reality),sean las fatales deposiciones de estos jóvenes de Sevilla, que se han convertido en una mina de oro, no solamente para las televisiones populistas, sino también para algunos severísimos diarios.

Husmeados todos los agujeros, aburridos ya de tanta desnudez, hastiados de los bombardeos en Gaza, necesitábamos una buena historia para olvidar la crisis.

Yahí está: un joven asesino, sus compinches y su novia actual, una niña de 14 años que ha reinado en televisión contando su intimidad con el imberbe asesino. En la Roma de todos los excesos, se ofrecía sangre para aplacar a las masas primitivas. También en nuestro Occidente, hijo, al parecer, de la razón ilustrada.

No existe más horizonte moral en nuestra vida pública que el índice de audiencia.

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