Reggio’s Weblog

Entre dos bigotes, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 22 febrero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Ahora que la vida ha acudido una vez más en auxilio de una modesta expresión artística, de forma que Bermejo ha quedado retratado practicando la caza nocturna de jabalíes al aguardo en una finca pública -gratis total- cuatro días después de que yo le imaginara en tal trance en esta página.

Ahora que al haber admitido que lo que ocupaba al juez, al ministro y a sus perros policías durante aquel domingo en el que Garzón tenía en el calabozo a los detenidos, era un sistemático descaste, disponemos ya de una metáfora perfecta del carácter político de su cacería.

Ahora que se ha vuelto tan pertinente averiguar quién paga y con qué propósito estos onerosos festines cinegéticos que con los mismos o parecidos asistentes se reproducen semana tras semana bajo la coordinación de personajes del corte y confección del jefe de seguridad -con nombre de poeta- de una importante compañía.

Ahora que el criterio técnico de la Fiscalía Anticorrupción ha frustrado las pretensiones del Juez Campeador de instruir una causa general contra el PP y la jaleadísima Operación Gürtel ha quedado circunscrita a los mangoneos delictivos de un grupo de aprovechados en dos o tres ayuntamientos de Madrid y a la probable corrupción del destituido López Viejo en los términos desvelados el domingo pasado por este periódico.

Ahora que todo lo que resta de la monumental red de cohechos imaginada en la Comunidad Valenciana es la petición de que el Tribunal Superior investigue si una factura imprecisa de 5.000 euros emitida por un sastre con extraños antecedentes respalda la tesis -taxativamente desmentida por el interesado- de que Camps recibió unos cuantos trajes de regalo. (Lo que, dicho sea de paso, podría ser tan indecoroso como en sí mismo inocuo desde el punto de vista penal).

Ahora que se ha diluido, por lo tanto, la hipótesis de que esto iba a ser la Filesa del PP y no parece tampoco que ningún catedrático con suficientes galones como para impresionar a la opinión pública esté poniéndose en el ángulo de tiro de los descastadores. (Aunque nadie deba descartar la pirueta de última hora por la que Garzón mandaría el caso al Supremo descubriendo indicios, inexistentes a ojos del fiscal, contra algún senador o diputado).

Ahora que Rajoy ha reaccionado con brío y todos los dirigentes del PP han cerrado filas ante lo que evidentemente ha sido un serio intento de desestabilizar o incluso destruir al partido, ha llegado el momento de que -una vez pasado, aparentemente, lo peor- ese grupo humano que desempeña una labor tan esencial en una democracia como el ejercicio de la oposición permanezca unos minutos más ante el espejo y se pregunte qué es lo que les está pasando y por qué les está pasando.

La práctica totalidad de los que salieron en la foto de Génova fueron protagonistas en mayor o menor medida de la gran aventura política que durante los prodigiosos 90 les llevó del congreso de Sevilla a la mayoría absoluta, con parada y fonda en la «amarga victoria» del 96. Por eso recordarán bien cómo los primeros compases de su proyecto fueron gélidamente acogidos por una opinión pública moldeada por el felipismo y presta por lo tanto a asumir el retrato de Aznar como aquel irrelevante y patoso Charlotín del que se mofaba el cántabro Hormaechea con un par de copas de más.

Pero también recordarán que el primer rasgo de su joven líder, que rompió aquel estereotipo y le hizo acreedor al menos del respeto de amplios sectores sociales, fue su intransigencia ante la corrupción. Aznar se había distinguido como presidente de Castilla y León por adoptar medidas de austeridad como la supresión de las Visas Oro de los altos cargos, y cuando los hechos le pusieron a prueba no vaciló en cortar cabezas como las de Cañellas y Peña que, en Baleares o en Burgos, simbolizaban rudimentarias formas de colusión entre la política y los negocios.

Pronto empezó a hablarse de «el del bigote» con el deje de admiración que merece quien ejerce su autoridad y con ese punto de empatía con el que las clases medias reconocen a uno de los suyos. Aznar y Botella eran ordinary people que vivían modestamente con su hipoteca y su asistenta de toda la vida. Frente a la España del pelotazo y de la beautiful ellos representaban el tesón y el esfuerzo de tantas familias orientadas a sacar a sus hijos adelante sin buscar los atajos del dinero fácil. Además, la gente percibía que el éxito no iba a hacerles cambiar de actitud y por eso nadie veía simulación o impostura cuando Aznar declaraba que si ganaba las elecciones no se irían a la Moncloa sino que seguirían viviendo en su casa de siempre con sus muebles de siempre.

El intento de asesinato de 1995 y el baño de realismo que siguió a la conquista del poder alteraron esa utopía de que todo seguiría igual, pero cuando Jose y Ana entraron en su nueva residencia aquella primavera, caminando bajo la arcada de los plátanos monclovitas, yo escribí la crónica de la llegada de Gulliver -o del Sastrecillo Valiente- al País de los Gigantes. Todo les quedaba grande, todo les parecía pretencioso, todo les remitía a una forma de estar en la cumbre que no era la suya. Cerraron la Bodeguiya, suprimieron el timbre de pedal incrustado junto a los sillones de la sala de columnas y decidieron volver a veranear en Playetas.

O tempora, o mores! El hábito fue poco a poco haciendo al monje y los compromisos propios de la agenda de un jefe de Gobierno abrieron ante los Aznar nuevos horizontes dentro y fuera de España, cual si del escaparate de una sofisticada pastelería se tratara.Ni su escala de valores ni su integridad personal sufrieron un vuelco, pero su reticencia ante la ostentación y el lujo fue deslizándose por una suave rampa hacia espacios más laxos y permisivos.Sólo en el caso de las stock options de un íntimo amigo como Juan Villalonga se produjo una reacción de rechazo ante el enriquecimiento súbito, pero ese rebote no tuvo continuidad en episodios posteriores objetivamente mucho más reprobables. Quizás porque para entonces ya se había cruzado en la vida del presidente la más sensual, despampanante y voraz de las amantes: Miss Absolute Majority.

Esa mayoría absoluta y el compromiso de no presentarse a la reelección lo trastocaron todo. Aznar empezó a acariciar la textura de la estatua que le reservaba la Historia y todos sus mecanismos de autocontrol político, personal e ideológico fueron desactivándose.El había acabado con las secuelas políticas de la Guerra Civil, él se había ganado el derecho a poner los pies sobre las mesas más importantes del mundo, él iba a situar a España de un día para otro en el puente de mando de la Historia desde el que se materializaba la eterna lucha entre el bien y el mal encarnado por el terrorismo internacional, él iba a dejar a los suyos asentados para siempre en el merecido confort de la tierra prometida después de hacerles probar sus más selectas y felices mieles en el marco incomparable de la boda de El Escorial. Fue entonces cuando, en vísperas de la invasión de Irak, le dijo a Bush aquello de «siempre tendrás un bigote a tu lado».

Toda la meritoria saga que incluye la ascensión, apogeo y caída de la más importante expresión política de la derecha democrática en España se compendia en este fascinante trayecto que media entre el subestimado Charlotín y el sobrestimado Bigote Defensor del Mundo Libre. Desde 2004 -y va para cinco años- el PP no vive sino el largo epílogo del aznarismo. Un aznarismo que en el momento del paso atrás de su inventor incluía ya un legado complejo y variopinto con incrustaciones tan embarazosas como las que acaban de aflorar.

Los jóvenes cachorros del clan de Becerril y asimilados se han hecho mayores. Unos se han consagrado en la política, otros en los negocios y no faltan quienes mantienen equívocamente un pie en cada lado de la raya: dos o tres de estos últimos sacaban la cabeza en la foto del prietas las filas. Entre tanto la figura del yerno de Aznar, Alejandro Agag, con sus negocios en el mundo de la Fórmula 1, su proyección internacional, su visión del marketing deportivo, su personalidad y simpatía se ha ido convirtiendo en una referencia generacional de cómo en dos patadas, con desparpajo y buenas conexiones, se puede alcanzar la cima del éxito, donde sólo el cielo es el techo.

Han sido, además -1996-2008-, 12 años de prosperidad, boom inmobiliario y actividad frenética. Las oportunidades estaban ahí al alcance de los audaces; también las tentaciones para los ligeros de conciencia.Mindundis como estos alcalditos de Boadilla y Majadahonda o este diligente chico de los recados deportivos sin apenas formación que tan engañada ha tenido a Esperanza Aguirre durante tanto tiempo -y no habrá sido por falta de advertencias- sólo tenían que alargar la mano para coger el dinero fácil. Ex altos cargos y diputados con despacho empezaban a coquetear en las fronteras de lo admisible.

Ya no había un Gran Bigote que vigilara sus actos y pusiera tasa a sus abusos. El PP había perdido el Gobierno de la nación, el poder autonómico del partido se había federalizado -también la corrupción- y un Rajoy benévolo y condescendiente mantenía la probidad y el decoro personal pero dejaba que cada uno hiciera de su capa el sayo de la conveniencia. ¿Por qué si en una fecha nunca del todo aclarada Génova interrumpió sus relaciones con Correa y su pandilla, no transmitió sin embargo una consigna clara para que las administraciones autonómicas y municipales hicieran lo propio?

Este clan de arribistas con gomina que la moviola nos enseña una y otra vez desfilando sobre mancilladas piedras venerables con sus muñecas neumáticas y sus chaqués desafiantes ha germinado a la sombra del PP como los más dañinos hongos saprofitos lo hacen al pie de los viejos troncos. Su estandarte vuelve a ser un bigote pero esta vez no inspira ni inconformismo, ni ansia de regeneración, ni autoridad contenida, ni siquiera delirios de grandeza. Es el bigote fanfarrón, truhán, circense y arrebatacapas que Alvaro Pérez, alias El Domador, debió extirpar en el momento de su muerte al legendario actor Terry Thomas -el inolvidable Sir Percy de Aquellos chalados en sus locos cacharros- para trasplantarlo escobillado al bies sobre sus propios labios.

La música y letra de este vodevil trágico podría ponerlas Aute, a base simplemente de cambiar el destinatario de aquella canción que a mediados de la pasada década todos relacionamos con la corrupción socialista: «Míralos, como reptiles,/ al acecho de la presa,/ negociando en cada mesa/ maquillajes de ocasión;/ siguen todos los raíles/ que conduzcan a la cumbre,/ locos por que nos deslumbre/ su parásita ambición./ Antes iban de profetas/ y ahora el éxito es su meta;/ mercaderes, traficantes,/ más que náusea dan tristeza,/ no rozaron ni un instante la belleza ».

La cuestión es, pues, ética y estética. Sean cuales sean los resultados del próximo domingo y de las elecciones europeas, este partido no puede seguir así, escurriéndose de escaramuza en escaramuza hacia el albañal del «todos los políticos son iguales».El electorado moderado es mucho menos incondicional que la izquierda militante y si el PP no se reinventa con un nuevo impulso democrático, sus seguidores buscarán la ilusión en otro sitio.

No se trata de reeditar el «Maura sí, Maura no» de hace un siglo.Esta no es una cuestión de fulanismos, sino de reglas y principios.El PP padece hoy un serio déficit democrático, agravado por el fiasco del Congreso de los avales bien atados. Tiene tiempo, margen y unos nuevos estatutos para resolverlo. Insisto y quiero ponerlo por escrito: aunque pueda tener mis preferencias, yo no contrapongo al «Rajoy sí» de los barones, la bola negra de un enfurruñado «Rajoy no», sino algo todavía más lacónico. Así, no.

pedroj.ramirez@elmundo.es

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Estar, no ser crisis, de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 22 febrero, 2009

LUCES LARGAS

Toda crisis es un estado de excepción, más o menos recurrente, que altera el funcionamiento habitual de las cosas, incluyendo el comportamiento de los sujetos. Es decir, que las cosas no suceden de la misma manera. En condiciones normales, un trabajador trabaja, un empresario invierte, un consumidor consume y un banco toma dinero prestado para, a su vez, prestarlo. En una crisis, sin embargo, hay paro, cae la inversión, se frena el consumo y los bancos no prestan.

Las pautas de conducta esperables de los agentes económicos varían, también, en sentido relativamente desconocido. Si en una situación normal abaratar el trabajo favorece la contratación, rebajar los tipos de interés estimula la inversión, un descenso en los precios o subir la renta de las familias incrementa el consumo y los bancos aumentan sus préstamos conforme sube su liquidez, durante una crisis nada de esto tiene por qué pasar, al menos, en la misma intensidad o con la misma rapidez de respuesta.

En una crisis, las leyes normales de la economía dejan de funcionar o lo hacen de otra manera. Por ello, hay que hacer cosas diferentes o con una intensidad y duración muy superiores para que tengan alguna probabilidad de surtir algún efecto en la dirección deseada.

Eso explica que inyectar liquidez en el sistema y bajar los tipos de interés -como se está haciendo de manera insistente- esté bien. Hay que hacerlo, pero no garantiza que los empresarios inviertan o las familias se endeuden como lo harían en situaciones normales. De igual manera, un incremento en la renta disponible de los consumidores como consecuencia de una bajada de los precios (la tasa de inflación está siendo negativa en España por primera vez en mucho tiempo) o de los impuestos (la devolución de los 400 euros), les posibilita comprar más, pero no asegura, en situación de crisis, que esa mayor liquidez se traslade al gasto y al consumo contribuyendo a reactivar la economía.

Por la misma razón, abaratar el coste del trabajo mediante la rebaja de las indemnizaciones por despido tampoco significa que se vayan a incrementar la contratación y la ocupación. Tengo dudas de que lo haga incluso en situaciones de bonanza, y, de hecho, en España hemos creado muchos millones de empleos en los últimos años sin que el vigente sistema de indemnización por despido haya sido un obstáculo.

Pero si un empresario se ve forzado a cerrar o a reducir plantilla porque le caen bruscamente la demanda o el crédito bancario debido a una crisis general como ésta, no contratará trabajadores nuevos aunque su coste de despido sea cero. Por último, si un banco tiene tocado su balance por activos dudosos que pueden llevarle a pérdidas, con elevada probabilidad, en algún momento futuro, atesorará la liquidez que pueda tener o recibir para hacer frente a esa eventualidad. Y cuanto mayor sea la posibilidad de que ocurra y más grande el volumen que tenga de activos con elevado riesgo, menor será su propensión a conceder créditos, por muy solvente que sea quien lo solicita.

En una situación de crisis, en suma, el miedo paraliza las reacciones.Pero las crisis económicas no son algo meramente psicológico que se supere con jaculatorias o prozac, ya que hunden sus raíces en la realidad: un millón de nuevos parados y subiendo, pérdida de riqueza al bajar un 40% el valor de nuestros activos, desplome generalizado de la actividad, son mimbres reales sobre los que se enreda la depresión.

Los agentes económicos condicionan, entonces, su comportamiento a dos cosas: la realidad tozuda de unos datos negativos generalizados y las expectativas sobre cuánto va a durar la situación a partir de su experiencia de crisis anteriores, su evaluación sobre la dimensión y magnitud de ésta y según cómo interpreten la reacción de los poderes públicos. Ahí entra el elemento anímico de la situación que se basa en un análisis conjunto de realidad e impresiones justificadas.

La tarea de los gobiernos es fundamental en ese contexto. La aportación del Estado resulta útil, precisamente porque su lógica social diferente le permite no actuar como una familia o una empresa. Si lo hacen bien, pueden contribuir a acortar el tiempo de crisis dentro de las restricciones que señala esta primera crisis globalizada donde la dimensión mundial de los problemas no se corresponde con la escala político-administrativa en la que se están buscando las soluciones.

Por poner un ejemplo muy claro: cuando el sector español de automoción es absolutamente internacional y exporta el 80% de lo que produce e importa otro tanto para montarlo, su recuperación es imposible que pueda hacerse sólo con el esfuerzo de nuestro Gobierno si no se reactiva también la demanda y la producción en otros países de los que dependemos.

La primera tarea de un Gobierno es trasladar confianza a los agentes económicos. Ni optimismo, ni pesimismo. Confianza. Para ello, tampoco los gobiernos deben comportarse igual en una situación de crisis que en una normal. Pero pueden aportar mucho dinero público para inyectar liquidez, garantizar los depósitos bancarios, incrementar las inversiones públicas, reforzar las políticas paliativas ante la crisis, endeudarse para mejorar la protección social y no conseguir mejorar la confianza de la sociedad, sobre todo si la gente percibe estos planes como una sucesión de medidas unilaterales anunciadas a golpe de telediario, como alguno ha definido la política del gobierno francés.

Entonces, hay que hacer algo más. Algo más que, en España, pasa por conseguir esa «colaboración nacional» a la que llamó el presidente del Gobierno en su reciente comparecencia. No sé si tendrán que ser otros Pactos de la Moncloa, pero necesitamos un revulsivo de acción y de unidad que consolide nuestra voluntad de salir de la crisis en torno a un programa de reformas coherentes, a la vez que amplio, equilibrado, compensado y negociado con todas las fuerzas políticas y sociales. Algo que asegure un corto estar en crisis, alejando los riesgos de ser en crisis. Y sí. Juntos podemos.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

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¿Existe un riesgo real de deflación?, de Luis de Guindos en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 22 febrero, 2009

APUNTES ECONOMICOS

Las alarmas se han encendido en función de los últimos datos conocidos.La desaceleración de la inflación ha sido vertiginosa en todo el mundo. Esta sensación ha sido especialmente intensa como consecuencia del derrumbe de los precios de las materias primas, con el petróleo a la cabeza. En España, la caída de la inflación no tiene precedentes.Hemos pasado de estar hace sólo seis meses por encima del 5% a una tasa prácticamente desconocida -el 0,8%-, en nuestra historia reciente.

Esta desaceleración se deriva de la bajada de los precios energéticos y del juego de un efecto base muy favorable, pero también resulta claro que detrás se encuentra el hundimiento del consumo y la evidencia, cada vez más clara, de la recesión que estamos viviendo y de su impacto en el empleo y en la confianza. Incluso hemos visto cómo la desinflación española está siendo más aguda que en el resto de la zona euro, lo que ha llevado a que el diferencial de inflación se haya dado la vuelta por primera vez desde el lanzamiento de la moneda común.

La historia nos muestra que no todas las recesiones se ven acompañadas de una situación deflacionista, ni que todas las deflaciones llevan a una recesión. Sin embargo, sí resulta cierto que las recesiones deprimen normalmente las tensiones inflacionistas.En la actualidad puede que los temores provengan de la velocidad y de la intensidad del ajuste, tanto en actividad como en precios, en el mundo. Además, al encontrarnos también con una crisis bancaria profunda, la comparación con la Gran Depresión que fue el período deflacionista más intenso y prolongado -los precios se redujeron en un tercio en tres años se hace inevitable.

La deflación se define como una situación en la que la tasa de aumento del índice de precios al consumo es negativa durante un horizonte temporal largo. Su origen es una caída brusca de la demanda agregada que deriva normalmente de una contracción monetaria. Durante la Gran Depresión la contracción monetaria fue consecuencia de un mal funcionamiento del patrón oro, ya que los países con superávit de balanza de pagos esterilizaron la expansión que se tenía que haber dado en su oferta monetaria, lo que contrajo la cantidad de dinero globalmente. Además, la caída de bancos en EEUU y en Europa deprimió la velocidad de circulación del dinero, lo que agravó aún más la contracción monetaria y de la demanda.

La deflación tiene una serie de consecuencias desde el punto de vista de actividad y de la política económica. En primer lugar, deja a las autoridades monetarias sin margen de maniobra, ya que los tipos de interés no pueden ser negativos en términos nominales, por lo que aunque se coloquen en cero, los tipos reales se convierten en positivos. Además, se produce el efecto que el gran economista americano Irving Fisher denominó la «deflación del endeudamiento». Fisher, que se arruinó como consecuencia del hundimiento de la Bolsa el año 29, señaló que la deflación incrementa el endeudamiento en términos reales al elevar el coste real de la deuda asumida en al pasado a tipos de interés nominales superiores a los vigentes.

Sin embargo, la razón fundamental por la que la deflación y la contracción monetaria pueden llevar a una recesión se encuentra en la rigidez a la baja de los salarios nominales lo que eleva abruptamente los salarios reales y acaba generando desempleo masivo. Es, por tanto, la ilusión monetaria de los trabajadores lo que termina produciendo la no neutralidad del dinero y que la deflación tenga efectos reales sobre la actividad y el empleo.

¿Es posible que el mundo y la propia economía española se vean abocados a una situación deflacionista? Independientemente que es bastante probable que durante una serie de meses, principalmente en el segundo y tercer trimestre del año, la inflación como consecuencia del efecto base pudiera ser negativa, la presencia estable de una situación deflacionista no parece ser el escenario central.Los bancos centrales están inyectando cantidades masivas de liquidez y los propios gobiernos están utilizando con intensidad sin precedentes la expansión fiscal, como comentábamos hace dos semanas.

Todo ello debería alejar el espectro de la deflación. Sin embargo, el proceso de reducción de deuda de los agentes privados y la necesaria caída de los precios de los inmuebles va a moderar muy intensamente los impulsos sobre la demanda agregada de la política monetaria y fiscal. Los agentes privados tienen que reducir el peso de la deuda en sus balances, lo que va a suponer una caída del consumo y de la inversión. Por tanto, la situación actual se parece bastante más a la década perdida japonesa de los 90 que a la Gran Depresión, ya que las tendencias deflacionistas que estamos viviendo surgen del estallido de la burbuja inmobiliaria y de su impacto sobre los balances bancarios, y del consiguiente efecto en la concesión de crédito.

De cualquier modo, para la economía española la recuperación del crecimiento pasa por un período largo de desinflación competitiva en el que nuestros costes y precios crezcan menos que los de nuestros competidores. Necesitamos ganar competitividad para salir de la crisis. Y sólo existen dos vías a corto plazo en una Unión Monetaria; la moderación de costes y precios o un incremento de la productividad vía desempleo.

El proceso ya se ha iniciado y hoy la inflación española está por debajo de la media comunitaria. Sin embargo, los salarios no se han ajustado al nuevo entorno, que de algún modo determina un marco sin precedentes para la economía española. Señales como los aumentos de salarios de los funcionarios en los presupuestos de 2009 o la elevación del salario mínimo interprofesional constituyen mensajes distorsionadores de lo que se necesita en un entorno como el actual.

Si olvidamos esta realidad, el ajuste, como ya ocurrió en el pasado, nos vendrá, ya nos está viniendo, vía un incremento del paro. La diferencia ahora es que no contamos con la devaluación de la moneda para deprimir los salarios reales. La solución hoy sólo se puede generar internamente, y si no se produce, los peores augurios de nuestro mercado laboral serán una especie de crónica rosa de la realidad que se nos avecina.

luisdeguindos@hotmail.com

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¿A quién se parece?, de Joaquín Estefanía en Domingo en El País

Posted in Economía by reggio on 22 febrero, 2009

El director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn (DSK), acaba de hacer unas declaraciones al diario francés Les Echos en las que avisa de que las previsiones de crecimiento de la economía mundial (0,5% de media), hechas públicas apenas hace unos días -que reducían en un 75% el crecimiento pronosticado en noviembre-, ya se han quedado viejas al incorporarse otros datos “que no son buenos”; además, DSK teme un segundo shock financiero, debido a la degradación de la coyuntura. Por tanto, la economía mundial padecerá el año en curso, si aún no se vuelven a deteriorar las expectativas, algo parecido a un “crecimiento cero”, lo que en realidad augura una muy fuerte recesión, al estar incorporados a esa media los países emergentes de fuerte crecimiento (hasta ahora).

¿Cómo asimilar esas variaciones supersónicas? Si se repasa la prensa del pasado mes de octubre, sin ir más lejos, se ve que en Japón se discutía entonces si la segunda economía del mundo iba a entrar o no en recesión. Cuando en ese mes llega el nuevo primer ministro Taro Aso (del Partido Liberal Democrático, que está en el poder desde su fundación en 1955, salvo un breve paréntesis de tres años), sus primeras declaraciones son para manifestar la prioridad contra la recesión. Pero en ese preciso momento se iniciaba un trimestre que ha acabado con una contracción de la economía japonesa del 3,3% respecto al trimestre anterior, y el encogimiento más grave desde la primera crisis del petróleo, en los setenta. Este derrumbe se debe, sobre todo, a la fortísima disminución de las exportaciones (el resto del mundo no compra) y a la anemia del consumo, debida a la incertidumbre de las familias.

La economía de Japón es relevante para el análisis, toda vez que la discusión de nuestros días es si la actual coyuntura mundial se asemeja más a la de la Gran Depresión de 1929 o a la década perdida en Japón, en los años noventa. En ese último periodo, a las autoridades niponas les costó manifestar la naturaleza y la profundidad de la crisis, y a los bancos, reconocer el volumen de sus activos tóxicos, fundamentalmente inmobiliarios. Esa etapa estuvo recorrida por la deflación (caída de los precios) y por un crecimiento casi plano. Las medidas keynesianas que se aplicaron (con grandes inversiones públicas y un bajísimo precio del dinero) tardaron en dar resultado porque previamente no se saneó y recapitalizó suficientemente un sector financiero en dificultades. Hay bastantes analogías.

Ahora, con esa contracción, Japón intenta aprobar otro paquete de estímulo bastante equivalente en su magnitud (alrededor de 170.000 millones de euros) a cada uno de los habilitados en la última parte de 2008. Con dos dificultades objetivas difíciles de superar: los tipos de interés son negativos (cercanos al cero) y la deuda pública, superior al 180% del PIB, es la mayor de todos los países desarrollados.

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Una década con Bernie, de Paul Krugman en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 22 febrero, 2009

A estas alturas, todo el mundo conoce la triste historia de los inversores a los que engañó Bernard Madoff. Miraban sus extractos de cuenta y pensaban que eran muy ricos. Pero entonces, un día, descubrieron con horror que su supuesta riqueza era un producto de la imaginación de otra persona. Desgraciadamente, ésa es una metáfora bastante buena de lo que le ha sucedido a Estados Unidos en su conjunto durante la primera década del siglo XXI.

La semana pasada, la Reserva Federal publicaba los resultados del último Sondeo sobre Finanzas de los Consumidores, un informe trienal sobre los activos y las deudas de las familias estadounidenses. La conclusión es que básicamente no se ha creado ninguna riqueza desde el comienzo del nuevo milenio: el valor neto de la familia estadounidense media, ajustado a la inflación, es ahora menor que en 2001.

En cierta forma, esto no debería sorprendernos. Durante la mayor parte de la última década, Estados Unidos ha sido un país de personas con préstamos y gastos, no de ahorradores. La tasa de ahorro por persona ha caído desde el 9% de finales de los años ochenta hasta el 5% en los noventa y hasta sólo el 0,6% entre 2005 y 2007, y la deuda familiar ha crecido mucho más deprisa que los ingresos por persona. ¿Por qué íbamos a esperar que nuestro valor neto hubiese aumentado?

Aun así, hasta hace muy poco, los estadounidenses creían que se estaban haciendo más ricos porque recibían extractos bancarios que decían que sus casas y carteras de acciones estaban revalorizándose más deprisa de lo que aumentaban sus deudas. Y si la creencia de muchos estadounidenses de que podían contar con las plusvalías para siempre parece ingenua, vale la pena recordar la cantidad de voces influyentes -especialmente en publicaciones de derechas como The Wall Street Journal, Forbes y National Review– que fomentaban esa creencia y ridiculizaban a aquellos que se preocupaban por el escaso ahorro y el exceso de deudas.

Entonces la realidad se impuso y resultó que quienes se preocupaban habían estado en lo cierto todo el tiempo. El aumento del valor de los activos había sido una ilusión, pero el aumento de la deuda había sido muy real.

Así que ahora tenemos problemas; problemas más profundos, pienso yo, de lo que la mayoría de la gente cree incluso ahora. Y no me estoy refiriendo únicamente al menguante grupo de pronosticadores que siguen insistiendo en que la economía se va a recuperar cualquier día de éstos.

Porque éste es un lío que tiene unas bases muy amplias. Todo el mundo habla de los problemas de los bancos, que sin duda están en una situación aún peor que la del resto del sistema. Pero los bancos no son los únicos que tienen demasiadas deudas y demasiados pocos activos; la misma descripción es válida para el sector privado en su conjunto.

Y como señalaba en los años treinta el gran economista estadounidense Irving Fisher, las cosas que la gente y las empresas hacen cuando se dan cuenta de que tienen demasiadas deudas tienden a ser contraproducentes si todo el mundo las hace al mismo tiempo. Los intentos de vender activos y liquidar deudas hacen que la caída de los precios sea todavía más pronunciada, lo cual reduce todavía más el valor neto. Los intentos de ahorrar más se traducen en un parón de la demanda del consumidor, lo que a su vez intensifica el desplome económico.

¿Están los políticos preparados para hacer lo que haga falta para salir de este círculo vicioso? En principio, sí. Los representantes gubernamentales comprenden el problema: necesitamos “frenar lo que constituye una espiral muy perjudicial y posiblemente deflacionaria”, ha dicho Lawrence Summers, asesor económico principal de Obama.

En la práctica, sin embargo, las medidas que se proponen actualmente no parecen estar a la altura del reto. El plan de estímulo fiscal, aunque sin duda será de ayuda, probablemente no hará más que mitigar los efectos económicos colaterales del fenómeno deflación-deuda. Y el tan esperado anuncio del plan de rescate de los bancos ha dejado a todo el mundo más confuso que tranquilo.

Existe la esperanza de que el rescate de los bancos termine por convertirse en algo más potente. Ha sido interesante contemplar cómo la posibilidad de una nacionalización temporal de los bancos pasaba de tener una aceptación marginal a otra mayoritaria, hasta el punto de que republicanos como el senador Lindsey Graham han admitido que podría ser necesaria. Pero, incluso si finalmente hacemos lo que sea necesario en el frente bancario, eso sólo resolvería una parte del problema.

Si quieren ver lo que realmente cuesta sacar a la economía de la trampa de la deuda, fíjense en el enorme proyecto de obras públicas, también conocido como II Guerra Mundial, que puso fin a la Gran Depresión. La guerra no sólo condujo al pleno empleo, también produjo un rápido aumento de los ingresos y una inflación considerable, todo ello sin que el sector privado solicitara prácticamente ningún crédito. Hacia 1945, la deuda del Gobierno se había disparado, pero el porcentaje de la deuda del sector privado respecto al PIB era sólo la mitad de lo que había sido en 1940. Y este bajo nivel de deuda privada contribuyó a que se dieran las condiciones propicias para la gran expansión de la posguerra.

Puesto que no hay nada parecido a eso sobre el tapete, ni parece probable que vaya a haberlo en un futuro próximo, las familias y empresas tardarán años en liquidar las deudas que tan alegremente contrajeron. Lo más probable es que el legado de nuestra época de ilusión -nuestra década con Bernie- sea una larga y dolorosa depresión.

PAUL KRUGMAN ES PROFESOR DE ECONOMÍA DE PRINCETON Y PREMIO NOBEL DE ECONOMÍA EN 2008.

© 2009 NEW YORK TIMES SERVICE

Traducción de News Clips.

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La (increíble) macro de 2008, de Ángel Laborda en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 22 febrero, 2009

Con la contabilidad nacional del cuarto trimestre, publicada por el INE esta semana, tenemos la visión completa del comportamiento y resultados de la economía española en 2008. En el último trimestre la variación del PIB se atuvo al avance publicado la semana anterior: por segunda vez consecutiva se produjo un retroceso del mismo, concretamente el 1% (3,8% en tasa anualizada) respecto al trimestre anterior que, sumada a las variaciones de los tres trimestres precedentes, da una tasa interanual de -0,7% [gráfico superior izquierdo].

Al desglosar el PIB por el lado de la demanda, y utilizando tasas trimestrales anualizadas, observamos en el cuarto trimestre una aportación de la demanda interna muy negativa (-8,3 puntos porcentuales) y una sustancial mejora de la aportación del saldo exterior (4,5 puntos), lo cual es indicativo del fuerte ajuste (reducción del déficit) que está llevando a cabo la economía española. El gasto privado se desploma, con caídas del 5,6% para el consumo de los hogares y de casi el 20% para la inversión en capital fijo. Sólo el gasto público en consumo aumenta un sorprendente 4,8%, tras hacerlo a tasas cercanas al 9% en los dos trimestres precedentes, lo cual, de ser cierto, no se compadece muy bien con la fuerte caída que registran los ingresos públicos. Así va el déficit. El problema, parece ser, es que las administraciones públicas gastan mucho pero no pagan. Así, cualquiera.

Respecto a la demanda externa, nunca habíamos visto antes caídas en un trimestre del 35% en las exportaciones y del 40% en las importaciones. Son tasas similares a las que registra el comercio mundial, lo cual es grave pues indica que la recesión se está extendiendo rápidamente por todo el mundo, lo que agrava la situación y prolonga la duración de la misma.

La contracción del PIB en un 3,8% en el cuarto trimestre provocó una caída del número de personas ocupadas del 8,1%, todo ello en tasas trimestrales anualizadas, de donde se deduce un avance de la productividad por ocupado del 4,7%. Como se ve en el gráfico superior derecho, la productividad mantiene desde finales de 2007 una notable tendencia al alza (en el sector de la construcción la tasa interanual ha pasado del -4,5% en el primer trimestre de 2007 al 15,3% en el último de 2008), que en mi opinión no se compadece con la realidad, ni con lo que está pasando en el resto de países europeos, donde esta variable no sólo no se acelera, sino que ha caído a tasas negativas [gráfico inferior izquierdo]. La explicación es que en las primeras fases de una recesión las empresas (que muchas veces son trabajadores autónomos) reducen las horas trabajadas o ponen en marcha expedientes de regulación de empleo (ERE) antes de despedir a los trabajadores (o cerrar el negocio, si son autónomos). Pero para algunos parece que Spain sigue siendo different. Dado que lo que está mejor medido es el empleo, un menor avance de la productividad por ocupado significa que la caída del PIB debería ser mayor. Otros indicadores también van en la misma dirección: no se explica que el IPI de la industria manufacturera caiga un 16,1% interanual en el último trimestre y el valor añadido de la contabilidad nacional lo haga sólo en un 5,5%.

En cómputo anual, el PIB aumentó un 1,2%, medio punto más que en la zona euro. Ahora bien, las tornas cambian si tenemos en cuenta el aumento de la población, ya que el PIB per cápita español cayó un 0,4%, mientras que aumentó un 0,3% en dicha zona. Si añadimos el aumento de los precios (deflactor del PIB), el crecimiento medio anual fue del 4,2% y se repartió de la siguiente forma: las remuneraciones de los asalariados aumentaron ligeramente por encima de la tarta total, un 4,6%, y los impuestos sobre la producción e importación (IVA e impuestos especiales fundamentalmente) disminuyeron nada menos que un 14,3%, lo que permitió que el residuo -el excedente de explotación y las rentas mixtas (simplificando, los beneficios)- aumentara un 8,4% [gráfico inferior derecho]. A la vista de este dato, cabe preguntarse de qué se quejan los empresarios y por qué hay tantos cierres de empresas y despidos de trabajadores. La respuesta es muy sencilla: porque el PIB no ha crecido lo que dice la contabilidad nacional y, por tanto, los beneficios, tampoco.

Ángel Laborda es director de coyuntura de la Fundación de las Cajas de Ahorros (FUNCAS).

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Crisis de ansiedad, de Enric Juliana en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 22 febrero, 2009

ELECCIONES PAIS VASCO Y GALICIA

La crisis de ansiedad que sufrió el viernes Baltasar Garzón da noticia del fortísimo estrés que acecha al juez más justiciero de España. No es fácil ser el Cid Campeador contemporáneo: perseguir a ETA, al islam intrigante, empurar a Franco tres décadas después de su muerte, descubrir los negocietes de los golfos con brillantina que medraron durante el aznarato, hurgar en los pliegues más recónditos del Gran Madrid, convertir la campaña electoral en el Roncesvalles del Partido Popular, afrontar la consiguiente indignación de la derecha airada (y acongojada) y, de propina, abatir unos venados en compañía del ministro Bermejo. Ni el Capitán Trueno, ni el Jabato, ni el Guerrero del Antifaz, ni Roberto Alcázar pudieron con tanto.

La crisis de ansiedad de Garzón (subida de la presión arterial acompañada de angustiosa opresión en el pecho) define el momento político. Todo está revuelto. Nada es seguro. Por fortuna, el juez valiente ya se halla fuera de peligro. De manera que ayer tomaron el relevo Zapatero y Rajoy, ambos con síntomas de asfixia en las encuestas.

Zapatero, fascinado por el estilo Sarkozy y entregado a un gran activismo gestual, no puede permitirse esta vez el gran golpe de efecto que exige el momento narrativo: el cese fulminante del ministro de Justicia, por cazar sin licencia en Jaén y disputarle al difunto Rafael Azcona el ingenioso guión de La escopeta nacional. (Estampas de España: mientras Bermejo y Garzón disparaban a los venados, en las mazmorras de la calle Canillas de Madrid, sede de la Comisaría de la Policía Judicial, un reo llamado Correa era interrogado sobre las entrañas del Partido Popular.)

Zapatero quisiera destituir hoy mismo a Bermejo (véase La Vanguardia de ayer). Para dar ejemplo, recuperar la iniciativa y volver a colocar al PP a la defensiva. La vicepresidenta María Teresa de la Vega, que no soporta al titular de Justicia, es de la misma opinión. Reclutado gracias a su feroz dialéctica y a su férreo aguante ante las embestidas de la derecha judicial, el fiscal Bermejo y su rifle de repetición se han convertido en la contraimagen de ese socialismo sin colesterol que con tan estudiado porte encarna la ministra Carme Chacón.

Bermejo es un quebrantahuesos, un defensa central, un campeón de lucha libre, un comisario político de los de antes. Y un hombre poco prevenido los fines de semana. Cuatro días después de la primera huelga de jueces en la historia de España, su cese significaría regalar a cada uno de los magistrados que secundaron el paro la hermosa cabeza de un astado. Un ciervo de 16 puntas. Al presidente del Gobierno le gustan mucho los gestos, pero poner a Bermejo en manos del taxidermista podría ser contraproducente para la causa gubernamental. Por primera vez en bastante tiempo, Zapatero no puede mover pieza al dictado de su astucia.

Por ello optó ayer por otra gestualidad. Por un mensaje justiciero y acaso un poco justicialista. En un mitin en Vigo, la ciudad gallega más golpeada por la crisis, el presidente del Gobierno se erigió en defensor y garante de los jueces, fiscales y policías que investigan la corrupción, ante la manifiesta agresividad del PP y los medios de comunicación que le son más afines. Zapatero exigió a la derecha que se modere.

Mariano Rajoy acusó recibo en Lugo y pidió “imparcialidad” a los jueces. La cacería de Jaén ha sido de gran alivio para el PP, pero no ha anulado la gravedad de los hechos investigados. Más que la corrupción en sí misma, el frame (el cuadro mental dominante) del 1 de marzo es la continua pérdida de prestigio de la política. Soplan aires de abstención, sobre todo en Galicia, lo cual alimenta la incógnita electoral. Todo se halla revuelto. Nada está claro. Galicia podría hundir a Rajoy, pero también puede ser su gran tabla de salvación. Dependerá de uno o dos escaños. Y el País Vasco puede devenir una endiablada partida de mus durante tres o cuatro meses, si de las urnas no surge una clara mayoría. Reina, por tanto, la ansiedad.

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Elecciones en tiempos revueltos, de Julián Santamaría Ossorio en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 22 febrero, 2009

ELECCIONES PAIS VASCO Y GALICIA

En el primer semestre de este año van a celebrarse tres consultas electorales. Dos, el próximo domingo, en Galicia y el País Vasco; otra, en junio, al Parlamento Europeo. Son tres elecciones muy distintas en las que difiere tanto lo que está en juego como los principales protagonistas en cada una de ellas y los factores que en cada caso pueden condicionar el resultado.

En Galicia se dilucida si el Partido Popular recupera o no la mayoría absoluta, si se mantiene como está y, si retrocede, quién se beneficia más de ello: el PSdeG o el Bloque Nacionalista. En el País Vasco, las cosas son algo más simples. Se trata de saber si el PNV conseguirá o no la mayoría absoluta sumando a sus escaños los de EB-IU, Eusko Alkartasuna y Aralar. Y luego, en junio, habrá que ver si el partido de Rosa Díez confirma o no el ascenso que apuntan los sondeos y, en caso afirmativo, a costa de quién.

Pese a todas esas diferencias, y a la especial repercusión que en Galicia y el País Vasco pueden tener los resultados de las autonómicas, los tres procesos electorales se presentan ante la opinión pública como parte de un escenario único. Como un test sobre las posibilidades del Gobierno y la oposición cara a las próximas elecciones generales. Es decir, en clave nacional, más que en clave regional o europea. Y, más específicamente, como el banco de pruebas que resolverá definitivamente si Mariano Rajoy puede seguir o no al frente del PP, un planteamiento que minimiza, si es que no ignora, las consecuencias que podría tener para el PSOE el estancamiento o el retroceso del PSdeG y/ o la frustración de una nueva derrota en Euskadi, al darse por supuesto que es poco probable que eso ocurra, aunque nada impida descartarlo.

La situación en Galicia y el País Vasco tiene algunos puntos en común y muchos que los diferencian. La percepción de la situación económica es muy negativa en los dos, pero mucho más en la primera que en el segundo. La valoración de ambos gobiernos es mucho más crítica en Galicia que en Euskadi. Su capacidad para gestionar sus problemas frente a la de la oposición está mucho más equilibrada en Galicia.

Lo mismo ocurre con la popularidad de los candidatos. En Galicia, Pérez Touriño y Núñez Feijóo están empatados. En Euskadi, Ibarretxe aventaja claramente a Patxi López. En Galicia concurren los mismos partidos que en el 2005 y la presencia de UPyD apenas se hace notar. En el País Vasco, en cambio, el partido de Rosa Díez podría obtener un escaño en Álavay la ausencia de partidos abertzales abre un interrogante acerca de cómo se distribuirán los nueve escaños que ocupaban.

Los resultados se valoran, al final, en función de las expectativas previas. En este sentido, en Galicia el PP parte con ventaja. Todos los sondeos publicados, incluido este, anticipan que no llegará a recuperar la mayoría absoluta, sin que eso lo garantice. En el 2005 todos o casi todos infravaloraron sus resultados. Y por otro lado, tanto la posición de Núñez Feijóo como la de Mariano Rajoy se verían fortalecidas con tan sólo mantener sus resultados de hace cuatro años, cuando, hasta ahora, casi todos los sondeos les pronostican un ligero retroceso. Tampoco se despeinarían por perder uno o dos escaños, sobre todo si el beneficiario no fuera el PSdeG, que, por su parte, sólo podría capitalizar sus cuatro años al frente de la Xunta si incrementa su representación en uno o dos escaños y, en el peor de los casos, no pierde ninguno.

En el País Vasco, se han desatado, una vez más, las expectativas sobre la posibilidad de la alternancia, protagonizada esta vez por el PSE, que, sin lugar a dudas, si nuestros datos son correctos, experimentará un ascenso espectacular que, no obstante, puede resultar insuficiente para desplazar al PNV. En Euskadi, la competición electoral tiene lugar, sobre todo, aunque no sólo, en el interior de los bloques nacionalistas y no nacionalistas.

El PNV, con menos votos que en el 2005, podría mejorar su cosecha de escaños beneficiándose de la desaparición de los batasunos, mientras que el ascenso del PSE se produciría, principal aunque no únicamente, a costa del descalabro del Partido Popular. La cuestión que queda abierta es la siguiente: ¿puede continuar Ibarretxe al frente del Gobierno vasco si no suma, con sus aliados naturales, la mayoría absoluta?

Repito, una vez más, Galicia y el País Vasco tienen puntos de coincidencia. El más importante de todos es que al iniciarse la campaña electoral, que es el momento en que se realizaron ambas encuestas, nada está decidido y todo se juega en un pañuelo, uno o dos escaños. Coincido, en parte, con quienes sostienen que la campaña será decisiva en ambos casos. Al iniciarse, un tercio de los electores no tenía decido el voto en ninguno de los dos. Son ellos los que decidirán el desenlace.

Vivimos en tiempos revueltos. El espionaje y los casos de corrupción en el Partido Popular, la cacería de Mariano Fernández Bermejo y Baltasar Garzón en el PSOE preocupan, probablemente, más a sus élites que a sus fieles seguidores y a los indecisos. Esta vez, son la economía y el paro los temas en los que se centran el Partido Popular en Galicia y el PNV en Euskadi.

JULIÁN SANTAMARÍA OSSORIO, catedrático de Ciencia Política de la UCM y presidente del Instituto Noxa Consulting.

Los tres frentes, de Alfredo Pastor en Dinero de La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 22 febrero, 2009

Desde principios de febrero, el desánimo parece haberse instalado en los mercados: el presidente Obama hubo de intervenir personalmente para pilotar a través del Senado su plan de estímulo económico, que terminó por ser aprobado por un volumen casi una cuarta parte menor que su propuesta, y con los únicos votos de los senadores demócratas, lo que daba a la gente la impresión que los políticos no consideraban el asunto lo bastante importante como para olvidar sus diferencias.

Dos días más tarde, el nuevo Secretario del Tesoro, Timothy Geithner, presentaba su esperado plan de saneamiento financiero; la recepción fue elocuente: el espectador interesado podía ver cómo iba bajando el índice Dow Jones a medida que el secretario del Tesoro iba hablando: al final de la jornada, había perdido un 4,6%.

En Europa, las noticias no han sido mejores: nadie se atreve a asegurar que la situación de la banca haya experimentado una mejora decisiva, y la situación de la industria, los servicios y el empleo no hace más que degradarse: seguimos metidos en el enorme barrizal – colossal muddle-del que hablaba Keynes en 1930.

Una explicación fácil consiste en decir que las medidas de los gobiernos no han tenido tiempo de actuar; pero no es una explicación muy tranquilizadora. Quizá sería mejor volver al principio y examinar la naturaleza del problema, para entender mejor la causa de ese retraso. En realidad, el problema de sacar a nuestras economías de una crisis que amenaza con convertirse en una depresión se descompone en tres objetivos que se estorban entre sí.

LOS TRES OBJETIVOS

El primero es el de mantener la economía en marcha, tratando de compensar la debilidad de la demanda privada mediante la política fiscal; éste es el único objetivo que se ha acometido hasta ahora.

El segundo objetivo es repartir de manera tolerable las pérdidas causadas por el final de la burbuja inmobiliaria. Para simplificar: si alguien se ha comprometido a comprar en cien una casa que hoy vale cincuenta ¿quién corre con la pérdida? Si el banco embarga al promotor, es este quien paga; si el Estado financia al propietario, es el propietario quien pierde; si el propietario o el promotor dejan de pagar, es el banco.

A este problema -desde luego más difícil que el anterior- le estamos dando demasiadas vueltas, porque de eso se trata cuando hablamos de fijar un precio para la compra de activos por parte del Estado. Se trata, desde luego, de un asunto espinoso; pero el sentido común hace ver, primero, que sólo el Estado podrá adquirir los activos más o menos dañados a un precio que no lleve a la banca a la quiebra, y que, por consiguiente, el papel de los fondos privados sólo puede ser marginal; segundo, que sólo una entidad con un enorme respaldo político podrá imponer un criterio que no dejará del todo satisfecho a nadie.

En mi opinión, sólo esta operación de compra, poniendo un suelo a las pérdidas posibles de la banca, podrá detener la espiral descendente y permitir la capitalización de las entidades necesaria para su normal funcionamiento. Dicho de otro modo: ésta es, más aún que la política fiscal, la clave de la recuperación, y los políticos deberían concentrar el peso, la energía y la voluntad que les queden en su puesta en marcha: mientras esto no se logre, los efectos de la política fiscal serán insignificantes. Ya se ve que esta búsqueda de un criterio impecable para repartir las pérdidas entra en conflicto con la urgencia de reanimar el sistema financiero para mantener la economía en marcha.

El tercer objetivo, especialmente importante en el caso español, es transformar la economía. Ahora habrá que acometer ese cambio sin nuevos recursos, porque estos irán dirigidos a mantener el gasto, lo que implica hacer más polideportivos y no más laboratorios: es por esto que el primer objetivo y el tercero se estorban entre sí. Pero no importa: muchas de las mejoras de nuestro modelo requieren más voluntad que recursos, y nuestra economía acumula tales depósitos de ineficiencia, fruto de la calidad de vida que tanto celebran los turistas, que un poco de rigor y seriedad en cómo hacer las cosas, incluso las más nimias (llegar a tiempo, entregar en la fecha prevista, hacer las cosas bien de verdad a la primera…) pueden producir resultados casi milagrosos.

Para sacar a la economía de la crisis hay que avanzar a la vez en estos tres objetivos. La tarea de los políticos tiene dos aspectos: uno, genérico, de infundir confianza en que saldremos de ésta por nuestras propias fuerzas. Otro, más aplicado, valorar en cada momento cuánto se puede avanzar en uno sin perjudicar al de al lado, cuánto se puede estirar la cuerda sin que se rompa. Esta es la tarea del político: no la de repetir cifras, ni enseñar gráficos, ni adelantar predicciones que los hechos se encargan de desmentir; lejos de dar una impresión de solidez profesional, el político consigue, con presentaciones de ejecutivo, gastar en vano todo su crédito.

Alfredo Pastor. Profesor del Iese. Doctor en Economía por el MIT, fue secretario de Estado de Economía con Pedro Solbes.

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El ocaso de la Casa Botín, de Jesús Cacho en el Confidencial

Posted in Economía by reggio on 22 febrero, 2009

CON LUPA

Pocas noticias han tenido un impacto tan demoledor en el inconsciente colectivo del homo oeconomicus hispano como el anuncio efectuado por el Banco Santander el pasado lunes, 16 de febrero, suspendiendo durante dos años los reembolsos de su fondo Banif Inmobiliario. Un tipo importante en este país entre los años 1996 y 2004, que algo tiene ahora que ver con Emilio Botín, aseguraba al día siguiente en privado que “el 16-F es el 23-F de nuestra historia económico-financiera. Un punto de inflexión de difícil vuelta atrás. Cuando un banco como el Santander prefiere afrontar el coste reputacional que supone el hecho de no devolver su dinero a los partícipes del fondo, es que las cosas están peor de lo que imaginamos”.

El 16-F de Banif Inmobiliario vino, además, acompañado por el reconocimiento oficial de la quiebra de Caja Castilla La Mancha, primera víctima del estallido de la burbuja inmobiliaria española en las filas de Cajas y Bancos, que ha obligado al PSOE y al Banco de España a orquestar una operación de salvamento con cargo a Unicaja. La Caja manchega, sin embargo, es apenas una anécdota, una gota de agua en el océano que representa el Banco Santander en nuestro sistema financiero. Fin de la grandeur de don Emilio Botín, el más listo, el más audaz, el hombre cuyo resplandor hacía palidecer los currículos de cualesquiera de los banqueros del mundo occidental. Hace menos de 4 meses, el diario El País afirmaba que “Emilio Botín se ha convertido en los últimos meses en uno de los banqueros más admirados del mundo, pues la entidad que preside ha emergido como una de las ganadoras de la crisis financiera internacional”.

El relato escrupuloso de lo acontecido en los últimos meses en torno al Santander resulta demoledor. El 7 de febrero de 2008 (presentación de resultados ejercicio 2007) el banquero afirmó que “no necesitamos en absoluto hacer compras para crecer. Nos han llegado muchas propuestas, pero seremos más estrictos que nunca”. De manera específica descartó compras en Reino Unido, Estados Unidos o Francia. El 21 de Junio de 2008 (Junta General de Accionistas), aseguró que “para mantener el crecimiento de los ingresos, Banco Santander no necesita asumir riesgos complejos y de difícil control como los que están en el origen de los problemas a los que hemos asistido recientemente en la banca internacional (…) Nunca abordaremos adquisiciones por el simple hecho de aumentar nuestro tamaño”.

La realidad de lo ocurrido, sin embargo, se encargó de desmentir tales afirmaciones. En efecto, entre abril y octubre del año pasado, el Santander compró a Fortis las actividades de gestión de activos en Brasil por 209 millones de euros; firmó un acuerdo para comprar el negocio de crédito al consumo de RBS en Europa; anunció la compra de Alliance & Leicester por 1.575 millones de euros; adquirió (a través de Abbey) los canales de distribución y los depósitos de Bradford & Bingley por 612 millones de libras, y adelantó la compra del 75,65% de Sovereign que no controla por 1.400 millones de euros. Y todo ello sin necesidad de “asumir riesgos complejos”.

El 11 de julio pasado (entrega de los Premios Euromoney) don Emilio pronunció una de esas frases para la Historia, con mayúsculas, del esperpento bancario: “Si no conoces totalmente un instrumento financiero, no lo compres; si no comprarías para ti un producto específico, no lo vendas; y si no conoces muy bien a tus clientes, no les prestes ningún dinero”. Tres meses después se anunciaba la quiebra de Lehman Brothers, y el Santander se veía obligado a anunciar que compensaría a los clientes afectados por dicha quiebra, a quienes vendió, a través de Banif, unos 500 millones euros en bonos estructurados a clientes, en muchos casos como si fueran productos asegurados.

La bomba Madoff

El enganchón Lehman quedó pronto convertido en anécdota, porque el 14 de diciembre pasado a Botín le estallaba en las manos la bomba Madoff, el peor episodio que imaginar pudo su mayor enemigo: el “banquero más listo del mundo” había sido víctima de una vulgar estafa piramidal. Aquel día, el Santander reconocía haber generado a sus clientes pérdidas de 2.330 millones invertidos en fondos Madoff a través de su gestora Optimal, al tiempo que el yerno y el propio hijo resultaban gravemente cogidos en el mismo lance a través de Morenés & Botín. El banco, sin embargo, descartó aquel día compensar a los clientes afectados por el fraude, como había hecho con los de Lehman. Por poco tiempo, porque el 27 de enero de este año daba marcha atrás anunciando que lo haría, aunque solo a los particulares y por el importe de su inversión inicial -sin revalorización-. A cambio les obligaba a renunciar a ejercer acciones legales contra la entidad y a seguir siendo clientes.

La misma incoherencia, idéntica distancia entre dicho y hecho se advierte en el episodio de la ampliación de capital: el 28 de octubre pasado (presentación resultados III trimestre 2008) Alfredo Sáenz negó que el banco necesitara capital, asegurando que sus ratios eran los adecuados para el tipo de negocio que desarrolla. Apenas 12 días después, el Santander anunciaba una ampliación de capital de 7.200 millones, con un descuento del 46% sobre el precio de cotización, para hacer frente a tan agresiva política de compras y recomponer recursos propios. El espectáculo ha incluido también á los beneficios. En junio del año pasado (Junta General), don Emilio se comprometió ante sus accionistas a alcanzar los 10.000 millones de beneficio total del Grupo en 2008, compromiso renovado a lo largo del año tanto por él mismo -llegó incluso a sugerir unos beneficios para 2009 de 11.500 millones-, como por Sáenz. El 28 de enero pasado, sin embargo, el banco realizaba un profit warning anunciando por sorpresa que quedaban reducidos a 8.876 millones, un 2% menos que en 2007, con el mismo dividendo -también en contra de lo prometido- del año anterior.

Lo peor, con todo, estaba por llegar. Llegó el 16-F. Sonaron los clarines del miedo de una economía que se deshace cual azucarillo, en medio de la más aguda crisis política que haya conocido el país desde la muerte de Franco. Miles de clientes del Santander quedaban encerrados durante dos años, como poco, en Banif Inmobiliario. Es muy posible que, como el miércoles opinaba en este diario S. McCoy, hablar de “corralito” sea un ejercicio de demagogia y un error conceptual. Y es posible también que, en contra de la falta de diligencia mostrada en el caso Madoff, el banco tenga esta vez argumentos para defender la decisión adoptada. Si admitimos que el término corralito implica un ánimo confiscatorio que beneficia a quien lo impone, resulta difícil apreciar qué es lo que gana el Santander parando los reembolsos, cosa que, por otro lado, ha hecho la práctica totalidad de los fondos inmobiliarios abiertos europeos. La alternativa, la liquidación de la cartera con la merma consiguiente, sí hubiera supuesto, en cambio, un perjuicio notable para los partícipes. Es probable, por ello, que no cupiera otra solución y que el fallo esté en origen, en la negligencia de un regulador que autoriza la comercialización de fondos abiertos -que en buena lógica deberían ser cerrados- sobre activos que por su propia naturaleza son ilíquidos.

Sea como fuere, el cierre de Banif Inmobiliario ha tenido un efecto demoledor para el prestigio de la marca “Banco Santander”. Y ello porque la realidad incuestionable es que el partícipe que necesite su dinero no podrá disponer de él durante mucho tiempo, y porque, además, en la acera de enfrente hay un banco, el BBVA, que, en un caso similar, tiró de chequera comprando las participaciones de quienes deseaban salir del fondo. ¿Por qué no ha hecho el Santander lo propio? Tal vez porque no ha podido, sospecha que está en el epicentro de la oleada de pánico que el lunes pasado se apoderó del mundo financiero, aunque la entidad asegura disponer de liquidez para dar y tomar. Por primera vez un fondo de inversión suspendía pagos en España.

El Santander como paradigma de la crisis española

Jaleado por una mayoría de los medios de comunicación que, con honrosas excepciones, experimentaba algo parecido a un orgasmo cada vez que el banquero anunciaba uno de sus golpes, la aventura de este hombre ha terminado por convertirse en epítome de la fortuna cambiante de esos millones de españoles que creyeron acostarse ricos y un día se levantaron pobres, engañados por el oropel de una economía que llegó a imaginar poder vivir ad aeternum del ahorro ajeno, insensible a la degradación de una democracia que se cae a pedazos carcomida por la corrupción. Don Emilio es ejemplo esclarecido de un Sistema que le permitió absorber bancos como quien colecciona corbatas, y que, por salvarle del trance penal de las cesiones de crédito, no dudó en privar a los ciudadanos de un derecho constitucional (Artículo 125) como es la Acusación Popular. El episodio ha quedado acuñado en los anales de la vergüenza colectiva de todo un país como la “doctrina Botín”.

La Justicia pervertida y la economía del revés. Las propias declaraciones del banquero sobre la crisis son paradigma de la gran mentira propalada desde la presidencia del Gobierno sobre la situación de la economía. En febrero de 2008 (Presentación de Resultados 2007), don Emilio aseguraba que “tras 14 años de crecimiento ininterrumpido, entramos en una fase de desaceleración, pero España va a crecer más que los países del entorno. Tenemos más fortalezas que los demás y hay que decirlo”. El 21 de junio pasado (Junta General de Accionistas), persistía en el discurso de que “La crisis es como la fiebre infantil, empieza fuerte y luego baja” (…) “Esta fase negativa de la economía no será larga”. El mismo discurso que ese indocumentado llamado José Luis Rodríguez Zapatero.

El Santander se enfrenta a un futuro complicado. Seguramente don Emilio se ha metido en camisa de once varas, lejos de las viejas tradiciones bancarias de su padre que sentaron la fortaleza de la marca: comprar y vender, y coger dinero con una mano y prestarlo con la otra. Como hace tiempo escribiera Walter Bagehot, “Las grandes crisis ponen al descubierto las especulaciones excesivas de muchas Casas de las que antes nadie sospechaba”. Lo peor que le ha ocurrido al Santander es que ha perdido la confianza que antaño inspiraba la marca en una mayoría de sus clientes. Si lo decía el Santander, tenía que ser verdad. Ahora no. Ahora resulta que, cuando vienen curvas, la culpa es del cliente, que no se leyó la letra pequeña del contrato que firmó. Lo ocurrido en los últimos meses pone también en evidencia la existencia de un equipo de gestión obsoleto, que no estaba preparado para el desfile por la Quinta Avenida de la banca mundial.

El relevo se antoja difícil. Botín junior ha quedado chamuscado, del brazo de su cuñado Morenés, en el caso Madoff.  Como en Los Buddenbrooks, la genial saga que Thomas Mann relatara en 1901 sobre la vida de tres generaciones de una rica familia de comerciantes en Lübeck, que progresivamente se van distanciando del código de valores impuesto por el fundador, no va a ser fácil para los Botín retornar a las esencias. Con todo, es muy importante para el futuro de la economía española que el Santander supere sus problemas. Nos jugamos mucho en ello. España necesita un sistema bancario saneado, y también banqueros dinámicos, comprometidos no solo con la creación de riqueza, sino con el cumplimiento de una Ley igual para todos y con la mejora de la calidad de nuestra democracia. Bancos sólidos y banqueros demócratas.

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Es hora de que la ética ayude a superar la crisis, de Hans Küng en Clarín

Posted in Economía by reggio on 22 febrero, 2009

La nueva arquitectura financiera es una demanda y una necesidad que debe estar sostenida sobre un conjunto de valores globales capaces de superar la avaricia y la soberbia.

Muchos dicen que la crisis financiera mundial no se podía haber previsto. Quizás no por los financistas y economistas, pero otros que observaban lo que ocurría en los mercados estaban más que preocupados. Ya en 1997, planteé mi preocupación de que se repitiera un colapso del sistema económico similar al de 1929-1933 en mi libro Una ética mundial para la economía y la política. En ese entonces ya aventuraba el que para los economistas era un planteamiento herético: que la teoría del caos se debía aplicar a la economía; que de las más pequeñas causas pueden derivar efectos devastadores.

No se podía descartar de modo alguno “un retorno de la crisis económica mundial y el colapso del orden económico mundial de 1929-1933”. Así es que no me sorprendió la rapidez y la dimensión de los acontecimientos de los últimos meses. De hecho, sólo unos cuantos economistas -como los premios Nobel de 2001 Joseph Stiglitz y de 2008 Paul Krugman- advirtieron acerca de los fatales sucesos que iban preparándose en la economía globalizada de hoy.

Contrariamente a muchas predicciones de los expertos económicos, la crisis no se ha limitado al sector financiero. En lugar de ello, está generando un efecto masivo sobre la economía real, afectando con especial dureza a las industrias del automóvil y los productos químicos. En contraste con 1929, no se está limitando el crédito; por el contrario, se está insuflando dinero público a los bancos y a la economía. Sin embargo, estas medidas serán exitosas sólo si no se toman de manera aislada y populista.

En lugar de ello, deber ser parte de un plan general convincente, que combine una intervención estatal responsable con el alivio de las cargas financieras de los ciudadanos comunes y corrientes, así como ahorrar en los presupuestos públicos. Una deuda estatal de límites imprevisibles -que han de pagar las generaciones futuras- no es una solución viable ni ética. Afortunadamente, hay señales de que la mentalidad general que contribuyó a propagar la crisis está cambiando.

En los países industrializados ricos, tras una época de conducta miope y cínica de buscar las mayores ganancias posibles, es posible que estemos en los comienzos de una nueva era de modestia y sostenibilidad. Las compañías enfrentan una creciente presión para comportarse éticamente, y por fin se castiga el comportamiento empresarial poco ético.

En una gira de conferencias en los Estados Unidos en noviembre de 2008, pude ver que ahora muchas personas se están quejando del exagerado deseo de lucro de las empresas y de la megalomanía en política. A medida que caen los mercados, los llamados a aplicar una regulación ética de la búsqueda de ganancias se han visto confirmados no sólo en términos de principios, sino también en los hechos.

Sin embargo, la ética no es sólo la guinda del pastel ni una adición incidental en la economía de mercado global. En lugar de ello, la nueva arquitectura financiera que muchos demandan hoy, y que se necesita con urgencia, debe estar sostenida por un marco ético. Los fatales instintos humanos de la avaricia y la soberbia sólo se pueden dominar mediante algunas normas éticas elementales. ¿Qué contendría este marco ético? Un párrafo de la Declaración hacia una Ética Global del Parlamento de las Religiones del Mundo en Chicago en 1993 señala lo siguiente: “En las grandes religiones y tradiciones éticas de las antigüedad encontramos la directriz: ¡No robarás! O, en términos positivos: ¡Haz tratos de manera justa y honesta!

Nadie tiene derecho a robar o desposeer de manera alguna a otra persona o a la comunidad. Más aún, nadie tiene derecho a utilizar sus posesiones sin considerar las necesidades de la sociedad y el planeta. Ser auténticamente humanos, en el espíritu de nuestras grandes religiones y tradiciones éticas significa lo siguiente: a) Debemos utilizar el poder económico y político para servir a la humanidad, en lugar de desperdiciarlo en implacables batallas por la dominación. Debemos desarrollar un espíritu de compasión por quienes sufren, prestando especial atención a los niños, los ancianos, los pobres, los discapacitados, los refugiados y quienes se encuentran abandonados; b) Debemos cultivar el respeto mutuo y la consideración, de manera de alcanzar un equilibrio de intereses razonable, en lugar de pensar sólo en un poder ilimitado y las inevitables luchas de competencia; c) Debemos valorar un sentido de moderación y modestia, en lugar de una insaciable sed de dinero, prestigio y consumo.

En la avaricia los seres humanos pierden sus “almas”, su libertad, su compostura, su paz interior, y con ello lo que los hace humanos.

Muchas esperanzas en todo el mundo se centran en el presidente Barack Obama, que asumió con una estatura moral extraordinaria para un político. No haré un juicio sobre sus planes para la economía global hasta el momento; sin embargo, no hay duda de que ha reconocido la dimensión ética de la crisis económica actual.

El sufrimiento de tantos en la actualidad significa una presión para emprender reformas y Obama ha transformado hábilmente estas presiones en una fuerza política. Todo esto muestra que la reflexión sobre los valores éticos comunes, una ética global, se necesita hoy con más urgencia que nunca.

Hans Küng. Filósofo y Teólogo.

Copyright Clarín y Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2009.

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Proteccionismo, de Alfredo Zaiat en Página 12

Posted in Economía by reggio on 22 febrero, 2009

Panorama económico

La cláusula buy american, incluida en el paquete de estímulo de Barack Obama, ha sido la primera expresión institucional de una tendencia al proteccionismo que se expande en la economía mundial. Si bien esa medida fue flexibilizada en la negociación en el Congreso, el “compre nacional” de Estados Unidos es la exteriorización de que la mayor crisis global desde el crac del ’29 está provocando reacciones defensivas de tendencias al aislamiento por parte de las potencias. Los intentos de instrumentar acciones concertadas son muy débiles y los organismos multilaterales han quedado como figuras decorativas, como la Organización Mundial de Comercio. Su escaso peso relativo en la tarea de búsqueda de soluciones a la actual debacle tiene su razón en que su labor a lo largo de su existencia fue cuidar los intereses de las potencias disciplinando al resto de los países. Hoy no tiene margen para hacerlo con sus beneficiarios, porque no fue creado para eso. El buy american garantiza que los proyectos de infraestructura del gobierno, como rutas y puentes, empleen acero, hierro y productos hechos en el país. Esa protección emerge en las nuevas condiciones para las licitaciones gubernamentales: las empresas nacionales las ganaban aunque su precio fuera hasta un 6 por ciento más elevado que el de un producto extranjero, y ahora ese margen fue ampliado hasta un 25.

Si desde que estalló la crisis en toda su dimensión la coordinación financiera ha sido complicada, la comercial se presenta aún más difícil. Los rescates improvisados y desesperados de bancos junto a ciertas iniciativas de cooperación (rebaja conjunta de tasas de interés y swaps –créditos abiertos– entre bancas centrales) resultaron insuficientes. La transmisión del derrumbe financiero al sector real de la economía ha sido a una velocidad inédita, intensidad que se explica por la estrecha interrelación de la actividad industrial y financiera en la presente etapa de la globalización. La caída del Muro de Wall Street ha provocado una inmediata recesión global que pone a los gobiernos en la imperiosa necesidad de defender la producción y el empleo. La presión social que crece al ritmo de un desempleo que se dispara exige dejar de salvar bancos y banqueros para pasar a cuidar la actividad productiva. La respuesta de la mayoría de los países está siendo la de aumentar las barreras proteccionistas.

Esas restricciones son exigencias de los propios empresarios nacionales, que además aprovechan para reclamar subsidios y otros beneficios, prometiendo preservar el empleo, aspecto que cumplen a medias. El retorno al proteccionismo se asume entonces como una estrategia de sostén de la producción y del empleo. El economista Mario E. Burkún destacó en su reciente documento Las herramientas para la inversión y el consumo en tiempos de crisis que “la demanda empresarial es la de un proteccionismo estatal”. Precisa que exigen “primero por la modificación del tipo de cambio en referencia a la moneda clave”, luego “por la generación de facilidades para disminuir el costo de producción (infraestructura en transporte, subvenciones a la energía, etc.)” y finalmente “por barreras a la entrada (de bienes extranjeros) al proceso productivo, de carácter arancelario o para-arancelario”. Burkún explica que “en la actualidad los procesos de libre comercio internacional están siendo observados como elementos negativos para garantizar los niveles de ocupación nacionales, tanto en los Estados Unidos y Japón como en varios países de la Unión Europea”. Señala que “la paradoja es que países como Rusia, China y Brasil se transformaron en pregoneros del libre comercio en los foros internacionales, a partir de premisas distintas a lo que fue la constitución del Nafta en los ’90” o a los de los tratados de libre comercio impulsados por las potencias regionales en relación a países de menor desarrollo relativo, por ejemplo Estados Unidos con Chile o Europa con Turquía.

La dificultad para armonizar los intereses nacionales con los acuerdos internacionales para alentar una recuperación global se expresa en el buy american. Estados Unidos tomó una dirección contraria a los compromisos pactados en la última Cumbre del G-20, en noviembre pasado, cuando prometió no implementar medidas proteccionistas. Frente a esa reacción, la historia de la crisis del ’30 se vuelve presente: ante el crac, el entonces presidente Hoover firmó “la Tarifa Smoot-Hawley”, icono del proteccionismo estadounidense y, para algunos, causa de la Gran Depresión. Poco antes de retirarse de su puesto, Hoover junto al Congreso aprobaron, en 1933, la ley “Buy America” obligando a utilizar productos estadounidenses en proyectos federales. Tras la “Tarifa Smoot-Hawley”, las importaciones estadounidenses provenientes de Europa disminuyeron de 1334 millones de dólares en 1929 a sólo 390 millones en 1932, mientras que las exportaciones a ese continente cayeron de 2341 millones de dólares a 784 millones durante el mismo período.

Ante semejante destrucción del paradigma de desarrollo de los últimos treinta años con una recesión global que se extiende y profundiza, en este momento todos los países alcanzados, con mayor o menor intensidad, por la debacle están haciendo lo mismo: estrategias expansivas en el frente monetario y fiscal, estructurando planes de impulso a la economía que hasta ahora se han revelado estériles para estabilizar el sistema financiero y para estimular la producción y el empleo. Frente a resultados adversos en esos objetivos, en el comienzo de este año se ha empezado a verificar un aumento generalizado de las barreras proteccionistas a través de mecanismos sutiles para no abrir la puerta a una guerra comercial generalizada. Pero si todos aplican en forma solapada instrumentos de freno a las importaciones, esa batalla no estará declarada pero se está desarrollando. En esta instancia, resulta más necesario que nunca eludir las trampas de la hipocresía y el doble estándar del discurso de liberalismo de las potencias económicas.

En ese convulsionado e imprevisible escenario internacional, la economía argentina tiene poca relevancia en el flujo del comercio mundial. Tiene la ventaja relativa de que gran parte de sus exportaciones son commodities agropecuarios que no sufren restricciones adicionales a las ya existentes. Pero por su débil estructura industrial y además porque por escala doméstica es más vulnerable, queda expuesta a la colocación en el mercado local de excedentes de economías desarrolladas en recesión. Por eso mismo, debido a su escaso peso específico en el concierto de las economías mundiales, la estrategia del aislamiento, como la que en forma amenazante se perfila en Estados Unidos, no se presenta viable aunque pueda seducir a ciertas corrientes desarrollistas o progresistas. Esa vía puede ser teóricamente válida para Argentina por sus particulares condiciones de acceso a recursos naturales y calidad de recursos humanos, pero el proceso de extranjerización de las últimas décadas y la corriente cultural predominante no ofrecen el contexto objetivo para semejante política. Pero tampoco resulta recomendable el camino de mantener el mismo esquema de apertura como si no sucediera nada en el mundo.

Ante esos dos extremos (aislamiento/apertura), el vínculo comercial y productivo con Brasil es un desafío fundamental frente al presente escenario internacional convulsionado. La alternativa de fortalecer un eje regional de coordinación y ampliación del intercambio comercial, para avanzar en la complementación productiva en sectores sensibles, se ofrece como una vía compleja pero necesaria frente a la

inoperancia que han demostrado hasta el momento organismos multilaterales o instancias como el G-20 para encontrar un piso a la crisis. Los países de la región se enfrentan al rostro del diablo que seduce para preservar niveles de actividad y empleo desplazando la producción del vecino. El ámbito del Mercosur y el Unasur es el área cercada de azufre para exorcizarlo y poder enfrentar con más posibilidades la oculta guerra comercial que ha empezado a disparar misiles.

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