Reggio’s Weblog

Buitres de Estado, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 21 febrero, 2009

SABATINAS INTEMPESTIVAS

El Estado vuelve y lo traen a rastras los mismos que lo habían echado a patadas. El Estado era un pulpo, un monstruo de mil cabezas cada una con su boca respectiva dedicada a comer los beneficios, inmiscuyéndose en todo, con la única finalidad de arramblar con nuestros legítimos dineros ganados en buena lid, tras mucho sudor y esfuerzo. ¿Se acuerdan? ¿No les viene el recuerdo de aquel payaso alto, de buen decir y ningún pensar, idiota total, que creíamos el presidente más ignorante de la historia de Estados Unidos, y que era conocido en Hollywood y la Casa Blanca como Ronald Reagan? Él pronunció aquellas frases famosas, y digo pronunció, porque era biológicamente imposible que se le hubieran ocurrido a él: “El Estado no tiene un problema. El Estado es el problema”. Luego ocurrió que las gozosas fuerzas del bien universal financiero creyeron que aún se podía ir más lejos, y lograron echar adelante, con flagrante fraude electoral, a un patán y lo hicieron presidente. Y pasó lo que está pasando.

No sé de ningún teórico del Estado que haya sido una buena persona; ni siquiera una persona digna. Quizá sería como una contradicción en los términos, un oxímoron, algo parecido a un verdugo condescendiente o a un fanático comprensivo.

Los dos iconos de la teoría del Estado moderno, Thomas Hobbes y Carl Schmitt, fueron inteligentísimos hijos de perra cuyo cinismo y malas artes llevo años estudiando, sin ningún resultado positivo, fuera de mi perplejidad y cierta acumulación de notas y fichas. Pero hubo un tiempo en que el Estado parecía garante no sólo de la protección entre lobos, sino de aquellos ciudadanos que habían trabajado de por vida y que habían luchado por una sociedad democrática, y que además se sentían orgullosos de ser trabajadores y de estar sindicados, y de votar con cierta regularidad. Eso de lo que tanto nos burlábamos en la época en que ejercimos de arrogantes radicales. El Estado de bienestar.

En nuestro ridículo desdén hacia el Estado aquel del bienestar había dos elementos que hoy en día nos parecen sacados de la mística más que de la sociología. La condición ética del voto, es decir, que votar no sólo era un gesto ritual, sino un ejercicio de ciudadanía que debía interpretarse como la prueba de nuestra confianza en los políticos que nos representaban. Y el otro, la apreciación de que la gente, puesta en condiciones benévolas de vida, es de natural honrada y solidaria. Hoy, con sólo enunciarlo, parece que nos estamos descojonando de nosotros mismos. Pero es así, y así lo creíamos. Y así nos fue.

Las bondades intrínsecas de aquel Estado de bienestar se fueron al carajo porque el voto se hizo cautivo, interesado y corrupto. Y la gente, de natural, tiende a los bajos instintos. Si a esto añadimos el que los dirigentes de antaño, que tanto denunciábamos, semejan valerosos defensores del ideal frente a la especie de los Berlusconi de ahora, tendremos un panorama como para ir de balnearios. Después de la persistente destrucción del Estado de bienestar de aquellos estadistas conservadores que lo odiaban, y con los que nosotros colaboramos aportando nuestra irresponsabilidad, ahora estamos ante el Estado instrumental en su sentido más estricto. Hemos vuelto a la práctica del Estado antiguo, que se caracterizaba por ser implacable con los débiles y benévolo con los poderosos.

Bastaría un ejemplo. Considero a Berlusconi la representación genuina de esta nueva utilización corsaria del Estado. Habría que buscar entre las ex repúblicas soviéticas para tratar de hallar un golfo, canalla y desvergonzado como Berlusconi -formado, conviene no olvidarlo, en la escuela del socialismo utilitario italiano del difunto Bettino Craxi, experto corruptor de mayores-. Pues bien, tenemos a un concentrado de la más corrupta politiquería, que de pronto aprovecha una oportunidad para mostrarse ante la sociedad como un defensor de supuestos valores trascendentes; la vida, por ejemplo. La ópera bufa escrita por Berlusconi a propósito del drama trágico de Eluana Englaro no hubiera podido superarla ni escribiéndola Dario Fo. Un delincuente veterano, en este caso jefe del Gobierno, trata de impedir el cumplimiento del principio más digno de la cultura occidental desde Homero, La Ilíada, el llanto de Príamo y el cadáver de Patroclo. La piedad. Piedad para una enferma terminal, para sus padres, para quienes realmente han demostrado durante años lo que es amar a alguien; sufrir con él. Y resulta que ese delincuente de Estado es capaz de acaudillar una cruzada contra la piedad y a favor del sufrimiento… de los otros.

En pleno proceso de desmantelamiento del Estado de bienestar, habiendo sido recuperado el instrumento por quienes lo detestaban, acaba convirtiéndose en un yunque para aplastar a los débiles. Habría que remontarse a varias décadas atrás para encontrar tantos casos de flagrante injusticia practicada por unos jueces arrogantes y unos fiscales desvergonzados, cuyo modelo podría ser el ministro Bermejo, un chulo con treinta años de ejercicio, cazador furtivo de la carrera fiscal y bombero pirómano honorario del Estado. Estoy seguro de que el señor Carlos Valle, juez de instrucción del 14 de Madrid, habrá tenido un buen fin de año cuando enchironó a los dos hermanos que robaron una pizza y se pusieron a comerla en el parque hasta que llegó la policía. Los metió en la cárcel el mismo día 28 de diciembre y allí estaban aún a finales de enero con una posibilidad de condena de hasta cinco años. ¿Y la sordomuda de Jaén? Castigada con prisión, indemnización y alejamiento, por haberle dado una hostia a su hijo, que de seguro se merecía una manta de ellas. La denunció un profesor del niño.

Otro buitre de Estado, en este caso de un colegio religioso de Oviedo -concertado, por supuesto- fue el que denunció a los abuelos de Daniel, el niño “gordín, pero sano como un coral”, y al que dediqué ya un artículo en la primavera del 2007. Porque el asunto sigue, la juez doña Piedad Liébana, que ya es sarcasmo que se llame Piedad y que tenga el apellido toponímico de un lugar para piadosos como Liébana, ha decidido hace poco más de una semana que “los abuelos no garantizan una dieta adecuada” al chaval, y que por tanto Daniel deberá seguir internado -es decir, recluido- en un centro de menores; esos magníficos hoteles para muchachos que acaba de denunciar el Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, y de los que apenas si hemos dicho nada.

El delito cometido por los dos ancianos abuelos que se tuvieron que hacer cargo de Daniel es el de consentirle comer todo lo que le gusta, y así, y a los diez años, el niño llegó a los cien kilos. Por más que tenga mis dudas sobre la exactitud de las básculas judiciales, lo cierto es que el chaval estaba muy gordo. Pero yo pregunto, ¿que un niño esté sobresaturado de pasteles, chucherías y comida basura es suficiente para que le encierren durante toda la semana, con el único derecho de visitar a sus abuelos los sábados por la tarde y volver a ser recluido el domingo? ¿Nos hemos vuelto locos, o lo que es peor, estúpidos? Si Daniel el gordín estuviera flaco, porque sus abuelos no pudieran pagar la hipoteca ni alimentarse ellos, nadie les hubiera echado una mano y con toda seguridad el profesor del colegio de Oviedo que les denunció no le hubiera concedido una beca al chaval para que siguiera el curso y se alimentara. Porque la pobreza no la cubren los buitres del Estado. La directora del Instituto Asturiano de Atención Social a la Infancia, inequívocamente afincada en la izquierda, señaló que “los abuelos violaban el derecho a la salud del pequeño”. ¡Violar el derecho a la salud del pequeño! Y entonces castigan al niño y a los abuelos para que se mantenga el principio de salud. ¿A qué llamará salud esta funcionaria digital?

Las características del buitre, no necesariamente de Estado, son las de un carnívoro. Para evitar que se dedique a piezas grandes, los gobiernos, con un criterio muy ecológico, han decidido suministrarle piezas pequeñas para que no perturbe el equilibrio social.

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