Reggio’s Weblog

Del relato a la escena, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Posted in Justicia, Política by reggio on 20 febrero, 2009

De un tiempo y un país en donde la corrupción es algo más que episódica

Más que de las musas al teatro, la actualidad política ofrece en sus últimas horas el paso del espacio narrativo al escenario teatral. Del acontecimiento a su representación con algunas variables inquietantes, a decir verdad. El evento de esa trama urbanística instruida por Garzón a resultas de la cual hay detenidos y dimisiones más que forzosas. La escenificación del juez estrella cazando en compañía, entre otros, del Ministro de Justicia. Sabido esto último, la consiguiente escandalera. Actualidad narrada y representada. Literariamente, esto es mucho.

Un juez estrella, una división de poderes en la que no es fácil creer. Un país con continuos episodios de corrupción. Un PP que va de sobresalto en sobresalto, desde espionajes en la Comunidad de Madrid al ritmo de chotis hasta tramas urbanísticas encausadas. Un Gobierno que se frotaba las manos con lo uno y con lo otro hasta que se tuvo noticia de la cacería. A partir de aquí, entre el ruido y la furia, la serenidad no encuentra acomodo.

Hay que dar por sentado, mientras no se demuestre lo contrario, que las detenciones hechas por Garzón se ajustan a Derecho. Poner eso en duda nos situaría en un discurso de república bananera en este reino que se declara parlamentario y democrático. Dicho lo cual, resulta inevitable alarmarse por el hecho de que el juez que tantos casos con trascendencia viene instruyendo adolece de un grave problema de falta de perspectiva, sin duda, por su afán de protagonismo, que, en muchos casos, parece desmedido.

Alguien dijo, con mucho ingenio, que para analizar una época histórica había que ponerse a una distancia tal que no nos permitiese verle la nariz a la bella Cleopatra. Parece perogrullesco poner de relieve que juzgar implica, entre otras cosas, un distanciamiento obligado, así como una discreción más que conveniente.

A Montesquieu no le hubiera gustado ver juntos en una cacería al ministro de Justicia y a un juez que se ocupa de asuntos con gran repercusión en la vida pública. Poderes divididos y separados, o, al menos, mínimamente distanciados.

Por mucho que se diga que tan ilustres compañeros de caza apenas hablaron, el espectáculo, hablando de narices, nos obliga, también inconscientemente, a hacer un mohín que expresa desagrado.

¡Parece mentira! Se escribió, sin demasiada originalidad, que el cazador era sobre todo un hombre alerta. ¡Qué poco lo han demostrado esta vez el ministro del ramo y el juez estrella!

Del relato a la escena. De un tiempo y un país en donde la corrupción es algo más que episódica, por mucho que uno quisiera equivocarse. De un tiempo y un país donde el afán de notoriedad de un juez estrella que, con mayor o menor grado de voluntad y conciencia, parece, de una parte, seguir el guión del costista cirujano de hierro para todo tipo de asuntos: desde terrorismo de Estado hasta política internacional, pasando por la más reciente historia y llegando a eso que llaman rabiosa actualidad. Pero que, de otro lado, no marca las distancias ni tampoco rehúye el protagonismo excesivo.

Un país que se encuentra con el principal partido de la oposición ofreciendo espectáculos de espionaje entre sí, demostrando su líder falta de autoridad en su seno, poniéndose de relieve que no hay un irrenunciable afán por depurar responsabilidades cuando las hay, ni tampoco por extirpar la podredumbre en la que presuntamente incurren algunos de sus militantes encausados.

Un país que tiene un gobierno que va dando tumbos ante una crisis internacional que le supera con creces, que improvisa de continuo. Un país que tiene un gobierno cuyo presidente no se decide a relevar a dos ministros como doña Magdalena y sus despropósitos, y como el señor Bermejo y sus soberanas meteduras de pata, caracterizadas por una prepotencia que insulta a la lógica más elemental.

El PP no puede escudarse en la cacería para asumir sus responsabilidades como partido que aspira a gobernar este país. El Gobierno no debe pasar por alto que la escenificación del espectáculo cinegético no lo deja precisamente en buen lugar. Y el juez Garzón necesita, con urgencia, un descanso mediático.

Aquel título de una obra de Schopenhauer que, para Ortega, era grosero, «El Mundo» como representación, podría parodiarse fácilmente en lo que es el discurso de la actualidad: la cacería como representación de un tiempo y un país donde el desquiciamiento y las estridencias parecen presidirlo casi todo.

Del relato a la escena. Cuando con el pretexto del 23-F la televisión resucita de nuevo el NODO como género periodístico, cuando lo acontecido en el Gobierno madrileño se convierte en materia de comisión parlamentaria que, mucho nos tememos, poco esclarecerá, llega un nuevo caso de Garzón y, tras él, la cacería.

Lo que acaba de ocurrir, la trama puesta al descubierto y la cacería, son, al pie de la letra, obscenidades. No vale silenciar una y vocear la otra. No vale resaltar una y tapar la otra. No vale seguir el rastro de una y obviar la otra. Todas ellas ofenden, no sólo pero sí también, al oído, a la vista y al olfato.

¡Días de obscenas sinestesias!

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