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Culto a Franco en Oviedo, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Posted in Asturias, Política by reggio on 18 febrero, 2009

El ojo del tigre

Las reivindicaciones de quienes rechazan, desde la oposición en la Consistorial, el histórico protagonismo cesarista del general(ísimo) Francisco Franco, se estrellan siempre contra las tesis jacobinas de los que idealizan su memoria. Esta polémica se ha convertido en una rutina institucionalizada en el Ayuntamiento de Oviedo. Es un debate inútil, como se puede comprobar atendiendo a los resultados obtenidos hasta ahora: todo sigue igual que estaba hace setenta y dos años. Son dos las razones principales para entender el porqué de esta larga historia: una, sentimental; otra, semántica.

La primera, comenzó en Oviedo hace un poco más de noventa años. En agosto de 1917, un lujoso automóvil (Schneider de 18 hp.; matrícula 409) salía de Oviedo en dirección a Laviana conducido por un chófer a quien su señor le había encargado la misión de recoger en aquella localidad minera a un comandante que, por orden del Gobierno, se había encargado de restablecer el orden y la disciplina social en Asturias, rotos como consecuencia de una dura huelga planteada por los ferroviarios de la época. Aquel fue el inicio de la fama de duro pacificador alcanzada por el general superlativo; una fama que revalidaría durante la represión cruenta contra la clase obrera en 1934. Una clase social que no tiene, en este momento, herederos…

Franco fue recibido en Oviedo por la flor y la nata de la aristocracia y la burguesía asturianas, con grandes muestras de admiración y afecto. Contaba el dueño del Schneider, que lo trajo a la capital, que era un comandante tan joven, que más parecía un oficial recién salido de la Academia. Aquel fue el instante en el que se inició un exagerado culto -muy propio de la época- a un militar que acabaría protagonizando un insólito argumento mitológico de tal envergadura, que aún persisten sus ecos en la memoria de esta (culta) ciudad. La clase social dominante se apresuró a capitanear -nunca mejor dicho- aquella admiración por el joven soldado al que, por su audacia, le miman Reyes, le halagan políticos y le elogian prelados y le festejan grandes y le quiere el pueblo y liba a raudales el néctar de la popularidad. Dichosa época.

Seis años después de aquel primer encuentro -el 20 de mayo de 1923- el todo Oviedo le organizó un homenaje, que se celebró en la Diputación Provincial, con motivo de haberle concedido Alfonso XIII la llave de gentilhombre de cámara por sus grandes méritos, conseguidos en la guerra de Marruecos. Días después, en junio de aquel mismo año, fue ascendido a teniente coronel.

Un anónimo redactor de este periódico le dedicó un extenso reportaje hagiográfico en el que, por primera vez, se le adjudicaba el épico título de Caudillo. Por aquellos días de tan eufórico culto, prácticamente latréutico, un cura párroco de San Cucao de Llanera, que se consideraba capellán oficioso de la casa de los Polo Martínez Valdés (La Piniella), se dedicaba a predicar los méritos de aquel héroe castrense, a quien consideraba como el continuador de las hazañas de los Reyes Caudillos de la Monarquía asturiana, al tiempo que aseguraba que en su persona confluían las virtudes cristianas y guerreras de don Pelayo y del Cid.

No sería una barbaridad asegurar que, con tales antecedentes, el franquismo fue creado en Oviedo por una burguesía seducida por la liturgia militar, cuyo único problema consistía en que sus hijos -soldados de cuota- fueron movilizados para ir a la guerra contra los moros… El franquismo nunca fue una ideología propiamente dicha, sino un exagerado culto a una persona cuyo mérito no era su inteligencia sino su autoridad cuartelera.

La segunda de las razones es la semántica. Conviene darse cuenta de que, al cabo de treinta años de democracia -sin adjetivos determinantes-, aquí no hemos conseguido plantear los debates ideológicos y políticos utilizando otro lenguaje que no sea el creado por la dictadura que representó ese simbólico déspota español del siglo XX. La actual oposición a los jacobinos del PP, en el Ayuntamiento de Oviedo, necesita convencerse de que sus adversarios solo son capaces de entender las antiguas palabras con las que los juglares de la dictadura alababan las excelencias de aquel régimen que, además, era de origen divino. La derecha (ultraconservadora) ovetense no entiende el idioma de la democracia. Ni pone interés en aprenderlo. Por eso, los debates que tienen como eje principal el recuerdo de aquel mitológico personaje que encarnó el espíritu españolista, consagrado al servicio de Dios y de la Patria, son batallas perdidas, en el salón de plenos, por los partidarios del diálogo democrático frente a la tenaz oposición de los defensores del arcaico monólogo imperial.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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