Reggio’s Weblog

Crisis (8): Minar la confianza, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 17 febrero, 2009

Es curioso: los medios y los expertos están haciendo cuajar la idea de que la actual recesión ha sido causada por los excesos del sector privado y olvidan completamente los excesos del sector público. Está claro que el origen del problema es la burbuja inmobiliaria. Pero ¿qué causó esa burbuja? Respuesta: el mantenimiento de tipos de interés artificialmente bajos por parte de las autoridades monetarias… públicas. Es decir, los tipos bajos llevan a demasiada gente a pedir hipotecas, cosa que provoca aumentos extravagantes de los precios de los inmuebles.

El sector financiero, se nos dice, construyó activos basados en hipotecas errando clamorosamente en la apreciación de lo que sería la tasa de morosidad. Pero ¿por qué cometió ese error? Por muchas razones. Una de ellas es que, cuando los precios suben la proporción de morosos se reduce (porque las familias tienen más incentivos a no perder una casa que se aprecia). Eso lleva a las entidades financieras y empresas de rating a creer erróneamente que la probabilidad de morosidad estructural se ha reducido. Es decir, si la burbuja inmobiliaria (creada, insisto, por las autoridades públicas) no hubiera existido, la alegría con la que se compraron los activos basados en hipotecas no se habría producido.

Se dice que demasiados bancos privados prestaron demasiado dinero a demasiadas familias con pocos recursos (familias subprime). ¿Por qué lo hicieron? Respuesta: entre otras cosas, porque dos instituciones semipúblicas (Freddie Mac y Fannie Mae) garantizaban esas hipotecas. ¿Por qué? Porque el gobierno las obligó a ello con el objetivo de que esas familias también formaran parte del sueño americano de tener una vivienda de propiedad.

Se explica que el sector financiero se dedicó a crear activos complicados que no entendía y a pedir prestado para invertir (apalancarse). ¿Por qué? Pues en parte, por culpa de la política de tipos artificialmente bajos que indujo a todo el mundo (¡incluso los bancos!) a pedir prestado para invertir.

Los errores de política pública contribuyeron, pues, de manera significativa a originar la crisis actual. Pero la cosa no acaba aquí: también están contribuyendo a agravarla y a convertir lo que habría sido una pequeña recesión en un episodio potencialmente catastrófico. Durante los primeros meses de crisis en EE. UU. (entre diciembre del 2007 y septiembre del 2008), el consumo, la inversión inmobiliaria y las exportaciones netas se mantuvieron. Lo único que cayó en picado era la construcción. Concretamente, hasta septiembre del 2008, la reducción del PIB había sido de unos 313.000 millones de dólares, un poco menos que la caída de la construcción. Es decir, lo único que demostraba estar realmente en crisis era ese sector.

Las cosas cambiaron radicalmente en septiembre del 2008. Después de salvar a Bear Sterns, Freddie Mac, Fannie Mae y Goldman Sachs, el fin de semana del 13-14 de septiembre, el gobierno decidió no ayudar a Lehman Brothers y, después, se salvó a AIG. Nadie entendió por qué se salvaba a unos bancos y no a otros, pero esa política errática dejaba claro que el gobierno no tenía claro cómo afrontar la situación. La confianza cayó y las bolsas de todo el mundo se hundieron. El gobierno reaccionó aprobando, a toda prisa, un programa de 0,7 billones para comprar los activos tóxicos de los bancos: la semana que siguió a la aprobación del llamado TARP (Troubled Assets Relief Program), la bolsa sufrió la peor caída semanal de la historia. Ante el asombro de todos, la reacción del gobierno fue la de decir: “Como a la bolsa no le ha gustado el TARP, no compraremos activos tóxicos, sino que recapitalizaremos directamente a los bancos”. Y claro, al constatar que el gobierno utilizaba a la bolsa para ver si sus propias acciones tenían sentido, todo el mundo se dio cuenta de que andaba bastante perdido. Eso acabó de demostrar que estábamos en manos de una pandilla de incompetentes, justo en el momento que cuajaba la idea de que el ángel salvador único era… ¡el gobierno!

Es importante que si los estados deciden erigirse en salvavidas de la economía, nos convenzan primero de que están capacitados para ello. Porque, en economía, cuando el líder no inspira confianza, las familias dejan de consumir, las empresas dejan de invertir y las crisis se agravan.

Lo peor de todo es que, la confianza ciega que muchos tenían en Barack Obama se está disipando rápidamente: después de aprobar un plan de gastos plagado de esotéricos programas inútiles, Obama ha dedicado otro billón de dólares a una nueva versión de TARP, a pesar del ostentoso fracaso de la primera versión del plan. Es más, el día que su secretario del Tesoro, Tim Geithner, lo anunció, no explicó ni quién comprará esos activos, ni cómo se decidirá su precio, ni qué bancos serán ayudados, ni qué pasará con los activos comprados… Es decir: no explicó nada de nada. Su inseguridad y su miedo no contribuyeron a establecer la necesaria confianza en que el nuevo liderazgo sabe cómo reconducir la situación.

¡Ah! ¡Casi me olvidaba!: mientras tanto, el sector privado -¡ese maldito sector privado que tanto daño hace a la sociedad!- ha seguido haciendo sus deberes: según un estudio del profesor Casey Mulligan, la productividad del sector no financiero norteamericano sigue subiendo (a diferencia de lo que pasó durante la gran depresión). Es decir: gracias al sector privado, la economía norteamericana saldrá disparada de la crisis el día que la incompetencia del gobierno deje de minar nuestra confianza.

XAVIER SALA I MARTIN. Columbia University y Fundació Umbele.

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Prefiero un realista a un mago, de Lluís Foix en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 17 febrero, 2009

El presidente Obama se llevó a bordo del Air Force One a unos cuantos columnistas el viernes pasado en su primera visita a Chicago tras tomar posesión de su cargo. Charla distendida, comentarios filosóficos y consideraciones sobre el momento histórico que le ha tocado vivir. No sé si entre discurso y discurso de su venerado Lincoln, Obama ha tenido tiempo de leer algún verso de Machado. Pero un mensaje que apareció en los primeros compases de la conversación con los columnistas es que reconoció que va aprendiendo mientras hace camino. Se refirió también a Roosevelt, que en los años 30 resumió sus medidas contra la depresión con la conocida frase “haremos lo que funcione”.

El presidente estadounidense reconoció que está haciendo experimentos y que acertará en algunos y fracasará en otros.

En resumen, ni el presidente Obama tiene un diagnóstico aproximado sobre la crisis, y es consciente de que tiene que hacer experimentos por si alguno de ellos es la terapia adecuada para salir de la confusión que se ha apoderado de todos los gobiernos que promueven medidas con toda solemnidad pero sin saber si van en la buena dirección.

Soy un eterno optimista, dijo Obama, pero no soy bobo. La información acumulada por el equipo político y económico de la Casa Blanca debe de ser considerable. Y, a pesar de ello, el presidente reconoce que está dando palos de ciego. Hay que agradecérselo para que cada cual se agencie como sea un pararrayos, porque la tormenta está descargando con cifras adversas día a día.

Veo una diferencia sustancial entre la admisión de la incertidumbre de Obama y la seguridad que ofrecen muchos gobiernos europeos y muy especialmente el presidente Zapatero, que tampoco tiene diagnóstico pero actúa con la temeridad de quien corre con alegría hacia el precipicio. Los estadounidenses saben ya que la recuperación, que llegará, será dura y dejará a muchos ciudadanos en la cuneta.

Zapatero nos dice que nadie se quedará en la cuneta, dedicando más energía a evitar la crisis social que a proponer las medidas para hacerla más llevadera y, si es posible, para neutralizarla.

Mejor que se nos diga, campañas electorales al margen, que estamos en tiempos experimentales y que no hay diagnóstico y tampoco hay soluciones mágicas. Prefiero un realista a un mago.

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¿Cómo se forman las mayorías?, de Adela Cortina en El País

Posted in Derechos, Libertades, Política by reggio on 17 febrero, 2009

“La regla de la mayoría es tan absurda como sus detractores le acusan de serlo”. Así empieza un célebre texto de John Dewey, que continúa aclarando: “Lo que importa es cómo una mayoría llega a serlo”. Y, a mi juicio, caben al menos tres caminos: el debate sereno y la discusión pública bien argumentada, la agregación de intereses individuales y grupales o, pura y llanamente, la manipulación de los sentimientos. En el primer caso estamos ante una democracia deliberativa, en el segundo, ante una democracia agregativa, y en el tercero, ante lo que podríamos llamar la democracia emotiva, en la que reina el arte de la manipulación.

Claro que en la vida real las tres se dan de algún modo mezcladas, pero también es cierto que una de esas dimensiones puede imponerse a las restantes hasta el punto de imprimirles su sello.

Creo que llevaba razón Dewey. La democracia representativa no es el gobierno del pueblo, en ningún lugar de la tierra gobierna el pueblo. Es más bien, como se ha dicho, el gobierno querido por el pueblo, y ni siquiera eso: es el gobierno querido por la mayoría del pueblo, incluso por la minoría cuando los partidos en el poder no tienen mayoría absoluta. Cómo se forma esa mayoría cuyos representantes pactan con las minorías es un gran problema.

Puede hacerse por agregación de los intereses de los votantes. Los partidos políticos compiten por sus votos tratando de sacar a la luz cuáles pueden ser los intereses de los distintos sectores y les aseguran que van a satisfacerlos. Las gentes sopesan bien las diferentes ofertas, las estudian y optan por las que les parecen mejores para ellas. El deliberacionista critica esta forma de actuar porque la considera equivocada de plano. No nacemos ya con intereses que después agregamos, sino que los intereses se forman socialmente, ni es auténtica democracia aquella en que las gentes buscan su interés particular, como si no fuera posible forjarse una voluntad común mediante la deliberación y el intercambio de argumentos. Esto es lo propio de un pueblo, de un demos, el poder decir “sí, nosotros queremos”, y sin él no hay democracia posible.

Sólo que el deliberacionista suele ser estadounidense y contar con el suelo de un patriotismo indiscutible con el que no contamos otros, con un sentido del “nosotros”, ligado a valores universales, que impregnaba el discurso de Obama. Aquí no hay nosotros que valga, y cuando lo hay, es contra otros.

Pero tampoco es muy seguro que estemos forjando una democracia agregativa inteligente, tampoco es muy seguro que las gentes estemos mostrando el caletre necesario para sopesar qué nos interesa, para estudiar las propuestas y pedir responsabilidades cuando no se cumplen. Estamos más bien en manos de quien nos sepa manipular.

Como el colesterol, que puede ser malo o bueno, hay una buena retórica y una mala. La primera trata de conocer los sentimientos de los interlocutores para que puedan entender el mensaje que se les quiere transmitir y por qué les beneficia. El mensaje, claro está, ha de ser bueno para ellos. Si no se logra la sintonía, si no se alcanza la comunicación, entonces el buen mensaje no llega. La mala retórica, por su parte, trata también de conocer los sentimientos de los interlocutores, pero para intentar colocarles el producto que interesa al retórico sin que se den ni cuenta, aunque se produzca con ello un daño irreparable. Es todo un arte el de la mala retórica, que en román paladino puede y debe llamarse manipulación.

En él tienen un papel clave los medios de comunicación con sólo destacar unos sucesos u otros, con sólo subrayar unas frases y callar otras.

Que un país sumido en una brutal crisis económica, con un índice de paro que es el sufrimiento cotidiano de personas concretas y de familias enteras, al que se amenaza con excluirle de la zona euro, tenga como portada en los diarios, como primera plana, el fallo del Tribunal Supremo sobre Educación para la Ciudadanía es, a mi juicio, un síntoma pésimo, el de un país que no tiene pueblo, sino masa, dispuesta a seguir bailando a cualquier flautista embaucador.

Algunos hemos venido diciendo desde hace tiempo que EpC no va a forjar ciudadanos comprometidos ni detritus sociales, que el asunto son los manuales y quién imparte la asignatura, y sobre todo que el problema de la educación no se reduce a enseñar el uso del preservativo, que es lo que al parecer les importa a representantes visibles de los dos grandes partidos. Cuando la educación en su conjunto es deplorable y los alumnos llegan a la Universidad con un nivel cada vez más bajo.

Hay muchas tareas pendientes para la construcción de una democracia: crear partidos democráticos, capaces de contagiar a la sociedad democracia y pluralismo, poner trabas al gobierno de las minorías, quitar fuerza a los aparatos de los partidos, promover una ciudadanía activa. Pero la más importante consiste, a mi juicio, en formar mayorías cultivando pueblo y no masa.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, directora de la Fundación ÉTNOR y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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Golfos apandadores, de Miguel Ángel Aguilar en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 17 febrero, 2009

El poder, todo poder, genera un magnetismo que atrae merodeadores y descuideros, especializados en facilitar la vida de quienes se encuentran en la cúspide, abstraídos en afanes de servicio público y sin tiempo de atender los propios asuntos domésticos cotidianos. Porque los titulares del poder tienen hijos que escolarizar, parientes que colocar. Necesitan encontrar una residencia donde pasar las vacaciones, deben preparar la vivienda que les acoja cuando dejen sus responsabilidades y hayan de abandonar sus residencias oficiales y así sucesivamente. Además, los reglamentos administrativos con los que se manejan los fondos públicos son muy estrictos y las urgencias se compadecen mal con los plazos y condiciones exigidos. Esa es la brecha por la que se introducen los especialistas en resolver.

Por eso, alrededor de todos los presidentes del Gobierno, de las autonomías, de los alcaldes, de los cardenales del sacro colegio, de los obispos o de los presidentes de los clubes de fútbol, pululan esta clase de especialistas a los que se piden resultados sin entrar casi nunca en detalles sobre los procedimientos. La eficacia se sobrepone a cualquier otra valoración, porque debajo de los oropeles subyacen las necesidades inmediatas. Estos activistas, fuera del organigrama de las Administraciones, de la jerarquía eclesiástica o de las sociedades deportivas, aparecen revestidos del desinterés pero enseguida buscan compensaciones interesadas. Exhiben la cercanía del poderoso para agilizar sus negocios y se ofrecen como vía rápida de acceso a los mismos. Esta peculiar dinámica en absoluto es exclusiva de una coloración política o teológica, crece por todas partes y todos se la tendrían que hacer mirar.

Su descripción puede consultarse en dos libros básicos: El arte de medrar. Manual del trepador, de Maurice Joly (Galaxia Gutenberg, 2002) y Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales, de Jorge Vigil Rubio (Alianza Editorial, 1999). Escribe Joly que se tiende a creer que los cargos encumbrados dependen de grandes talentos, lo mismo que se atribuyen grandes causas a los acontecimientos y que un pueblo que no tuviese esa ilusión sería ingobernable. Pero, enseguida, añade que es sencillamente imposible y contra natura que el mérito personal desempeñe un papel siquiera secundario en los conflictos de la ambición y que salta a la vista de cualquiera que es la ley de las simpatías y no la de las capacidades lo que hace que los hombres se presten o se nieguen ayuda. Sostiene que los hombres que necesitan a los demás sólo tienen un medio de utilizarlos para su interés: gustarles. Esto basta, escribe, para explicar en todas las latitudes y en todas las épocas el éxito de la mediocridad.

Por su parte, Vigil Rubio cita a Sloterdij en su Crítica de la razón cínica, donde sostiene que, como hijos de la civilización anal, todos tenemos una relación más o menos difícil con nuestra propia mierda y que disociar nuestra conciencia de nuestra propia mierda es el efecto del amaestramiento más radical para poner todo en orden; porque de ahí deriva nuestra idea de lo que hemos de hacer a escondidas y en privado. Más adelante, Vigil nos pone en guardia frente a los ineptos entusiastas a los que considera como gente muy peligrosa. Esta gente sabe que avergonzarse de su inmoralidad es un peldaño en la escalera a cuyo final se avergonzarían también de su moralidad y por eso se resisten a dejarse invadir por la propia vergüenza y prefieren afiliarse al cinismo. Son hombres que conocen bien el arte de abandonar las causas perdidas, como ahora se está poniendo de manifiesto de manera espectacular.

Muchas estaciones anteriores a esta en la que nos encontramos, de la mano de Correa y “el bigotes”, alguien debería haber reparado en el inexplicable tren de vida de estos golfos apandadores, émulos aventajados de los protagonistas de las historias del Pato Donald. Les hubiera bastado para ello atender algunas recomendaciones elementales como las incluidas en la Cartilla del Guardia Civil fechada el 20 de diciembre de 1845, cuyo artículo 23 señala a los guardias que “para llenar cumplidamente su deber, procurarán conocer muy a fondo y tener anotados los nombres de aquellas personas que por su modo de vivir holgazán, por presentarse con lujo, sin que se les conozcan bienes de fortuna, y por sus vicios, causen sospecha en las poblaciones”. Claro que quienes cumplen ahora con la anterior definición, en lugar de infundir sospechas, suscitan admiración y reciben reverencia pública, son los famosos. Comprobamos que en estado de “naturaleza caída”, como le dice Pascal joven a Descartes en su encuentro del Teatro Español, se prefieren los atajos suculentos. Continuará.

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Cajas de ahorro, más necesarias que nunca, de Manuel Lagares en El Mundo

Posted in Economía by reggio on 17 febrero, 2009

TRIBUNA: ECONOMIA

El autor cree que las entidades financieras deben ser tratadas con mayor reconocimiento social – Explica que las cajas mantienen la más importante red privada educativa, cultural y de asistencia en España

Las crisis económicas son malas para todos, incluidos bancos y cajas de ahorros, y en ellas suele producirse una desaceleración de los créditos a empresas y particulares. Por eso, si en plena crisis bancos y cajas consiguen importantes inyecciones de liquidez procedentes del Estado, hay que esperar que aparezca una fuerte corriente de opinión contra estas entidades. No importará que hayan conseguido esa liquidez por venta de activos de calidad con pacto de recompra y no gratuitamente. La marejada se desencadenará de todas formas, pero se agravará más todavía si quienes representan al Estado hacen creer que han comprado tales activos para que las entidades destinen los fondos así obtenidos a la concesión de nuevos créditos.

Nunca fue esa la finalidad de la operación. El Estado compró activos a bancos y cajas para que pudieran atender los vencimientos más inmediatos de la enorme deuda que habían contraído en el extranjero para cubrir, año tras año, las ingentes necesidades de financiación exterior de la economía española. Eso no significa que bancos y cajas no hayan puesto también su parte en esas fuertes necesidades de ahorro exterior, pues han animado a sus clientes a endeudarse y han financiado dudosas operaciones corporativas con cantidades muy considerables.

En el caso de las cajas de ahorros, sorprenden un tanto esas críticas cuando éstas han concedido en 2008, dentro de un volumen creciente de crédito, un mayor porcentaje de esos créditos a residentes en nuestro país que el resto de nuestras entidades financieras. Pero sorprende más todavía que se aproveche ese contexto para debatir sobre la supervivencia de las cajas como tales, poniendo en duda el papel que juegan en el sistema financiero a cuenta de los problemas particulares de alguna entidad, problemas que, como la experiencia demuestra, terminarán encontrando solución sin perjuicio para sus clientes. Quienes pretenden acabar con las cajas olvidan que, en cuanto a depósitos de residentes en España, son las primeras en peso relativo (48,2% del total frente al 47,3% de los bancos el pasado noviembre), lo que significa que han sabido ganarse día a día la confianza de sus clientes, pues en 1977 apenas si superaban el 25% de cuota de mercado.Aumentar esa cuota no les ha resultado fácil frente a competidores tan formidables como nuestros bancos, pero lo han logrado luchando con mejores condiciones y servicios, que es como se gana clientela en unos mercados tan competitivos como los que integran el sistema financiero español.

Por eso la mayoría de sus depositantes no piensan que las cajas de ahorros no sean necesarias, pues a muchos de ellos su existencia les evita su propia exclusión de los servicios financieros. También, porque hasta ahora -y esperemos que igualmente en el futuro- las cajas han ofrecido seguridad, algo escaso en el mundo de hoy.

Y, finalmente y sin buscar más argumentos, porque las cajas sostienen con sus beneficios la red más importante de asistencia social, educativa y cultural que, con carácter privado, existe hoy en nuestro país, a la que, después de dotar cuantiosas reservas para fortalecer su solvencia, destinaron en 2007, último año del que hoy se tienen datos, 1.952 millones de euros -más de 332.000 millones de pesetas-, suma de la que se han beneficiado, directa o indirectamente, muchísimos ciudadanos. Obviamente, eso no resultaría posible con sociedades de capital, que han de entregar sus beneficios a sus accionistas.

Pero no evitemos el auténtico debate. Si las cajas son hoy cuestionadas en cuanto a su propia existencia es porque se considera que en sus órganos de gobierno proliferan políticos de profesión o personas adscritas a partidos políticos. Eso hace pensar que esas personas pueden actuar bajo criterios políticos y no con plena independencia profesional y que esas actuaciones podrían acabar pasando factura a la estabilidad de estas entidades. Algunos lamentables conflictos personales están, además, impulsando con fuerza tales argumentos.

Resulta muy difícil encontrar una fórmula adecuada para el gobierno de entidades mercantiles cuando no existen propietarios directos de su capital, pero eso no justifica que se deba propugnar la desaparición de esas entidades para resolver el problema de su gobierno. Desde luego es aventurado otorgar ese gobierno a quienes no arriesgan en la entidad su propio capital, pero la experiencia también demuestra que ni los socios ni los mercados han sido capaces de evitar las terribles catástrofes que padecen hoy en todo el mundo flamantes entidades constituidas bajo la forma de sociedades de capital y gobernadas exclusivamente por sus propietarios.

En las fundaciones, el gobierno suele atribuirse a quienes haya designado su fundador, pero las previsiones fundacionales pueden quedar obsoletas o resultar de imposible cumplimiento. Las fundaciones, además, suelen limitarse a administrar el capital fundacional para cumplir sus finalidades. Sin embargo, las cajas de ahorros, que también son fundaciones, no se limitan a administrar sus ínfimos capitales fundacionales sino también las cuantiosas reservas que han acumulado y, sobre todo, las ingentes cantidades que representan los depósitos de sus clientes. Por ello, la presencia de los depositantes en sus órganos de gobierno parece obligada.

Igualmente deberían estar presentes en ellos quienes arriesgan sus capitales aportándolos a las cajas, y en esa situación se encuentran los suscriptores de sus cuotas participativas y de sus participaciones preferentes, hoy extrañamente excluidos del gobierno de estas entidades. Si a ellos se uniesen unas pocas personas honestas, independientes y bien capacitadas representando al conjunto de la sociedad civil, se redujese el número de miembros de esos órganos de gobierno, se evitase o minimizase la presencia en ellos de corporaciones locales y comunidades autónomas, y se estableciese un límite claro y sin excepción alguna a la duración de sus mandatos, las críticas perderían buena parte de su sentido.

Por eso sorprende que, frente a los problemas que puedan plantearse ahora en alguna caja en concreto, se busquen soluciones que preserven posiciones de dominio político en sus órganos de gobierno antes que atender a la eficiencia, a la seguridad y a las posibilidades futuras de tales soluciones.

La desaparición o, al menos, la minimización de la influencia política sobre las cajas de ahorros debería ser hoy el verdadero debate y no el de si deben continuar existiendo unas entidades que, en su conjunto y después de casi 200 años de brillantes servicios a la sociedad española, merecen ser tratadas con más inteligencia y reconocimiento que los que muestran sus críticos.

Manuel Lagares es catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

© Mundinteractivos, S.A.

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Tres escenarios para el 2 de Marzo, de Lucía Méndez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 17 febrero, 2009

ASUNTOS INTERNOS

Son tan pocas las alegrías que ha recibido últimamente Mariano Rajoy que el hombre se conforma con poquita cosa. Le ha bastado una foto para ponerse tan contento como unas castañuelas. La fotografía no es nada del otro mundo y los que están en ella no tienen cara de felicidad precisamente, pero el presidente del PP la ha enmarcado como salvoconducto para sobrevivir en aguas turbulentas. Rajoy se ha hecho la ilusión de que el cierre de filas en torno a su liderazgo es sincero. Probablemente lo sea, pero tiene fecha de caducidad: el 2 de Marzo, como pronto, y el 7 de Junio como tarde, según vayan los resultados electorales.

A dos semanas vista del primer obstáculo que tendrá que solventar el líder del PP para frenar la rebelión interna, son tres los escenarios posibles.

eEscenario uno. A la espera del milagro. Los candidatos populares a las elecciones gallegas y vascas del 1 de Marzo cruzan los dedos para que los líos internos y las tramas corruptas en los alrededores del PP no afecten al voto en esas dos comunidades.Los equipos de campaña aseguran que en esas dos autonomías la corrupción, los espías y demás plagas que afectan al PP no están en el debate político. Creen que eso son cosas que sólo interesan en Madrid. Las expectativas en el País Vasco no son demasiado boyantes, a pesar de que Antonio Basagoiti es un candidato fresco e innovador. El milagro vasco sería aumentar los 15 escaños actuales.El milagro gallego es aún más difícil, ya que consistiría en ganar las elecciones por mayoría absoluta y recuperar la Xunta perdida hace cuatro años. Entonces Rajoy sí podría fumarse un puro en compañía de Alberto Núñez Feijóo. No es mucha, pero todavía hay gente que cree en los milagros.

eEscenario dos. Lo comido por lo servido y sigue la confusión.Los que no creen en los milagros consideran altamente improbable que los líos internos, el bigote de Alvaro, la detención de Correa, la investigación de Garzón y las dimisiones de los cargos públicos del PP implicados en la trama, no desacrediten al partido ante algunos de sus potenciales electores. En la mejor de las hipótesis que manejan los dirigentes más realistas, perder dos escaños en Galicia -tal y como auguran algunos sondeos- y otro par de ellos en el Parlamento Vasco no sería una tragedia. Rajoy podría justificarlo para ir tirando hasta las europeas del 7 de junio.La confusión interna aumentaría algunos decibelios, pero no lo suficiente para provocar el colapso del edificio.

eEscenario tres. La gota que colma el vaso. Cuatro escaños menos en Galicia y un resultado de 10 escaños en el País Vasco. Dirigentes del PP consultados al efecto consideran que estos son los límites por debajo de los cuales la supervivencia de Rajoy al frente del PP sería muy difícil, por no decir imposible. Sin embargo, la inestabilidad interna sería difícil de embridar ante un retroceso electoral claro. En este caso, nadie se atreve a formular una hipótesis para reconstruir el edificio colapsado. Algunos apuestan por que un grupo de diputados pida un Congreso extraordinario y otros por convencer a Rajoy de que su liderazgo no da más de sí. Hay quienes creen que Alberto Ruiz-Gallardón bajará del cielo y quienes apuestan por un caos que alumbre la renovación definitiva y largamente aplazada.

Como se verá, todo está bastante confuso. Si bien hay un detalle que no ofrece ninguna duda. Mariano Rajoy no tiene la menor intención de abandonar la Presidencia del partido, sean cuales sean los resultados en Galicia y el País Vasco.

© Mundinteractivos, S.A.

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Uy, uy, uy… los propios keynesianos tiran la toalla, de S. McCoy en El Confidencial

Posted in Economía by reggio on 17 febrero, 2009

Recordarán muchos de ustedes una pieza que está llamada a convertirse en un clásico de la literatura económica contemporánea. La recogió El País, traducida al castellano, en su edición dominical del pasado 19 de octubre. Su autor, el Nobel de Economía Paul Krugman. Su titular, ¿Quién era Milton Friedman? El artículo ensalzaba a Keynes como ese Lutero que había llegado a romper con la hegemonía hasta la Gran Depresión del libre mercado, a la vez que criticaba al padre de los monetaristas, Friedman, al que identificaba como el San Ignacio de Loyola que propugnaba la vuelta a la errada ortodoxia tradicional, doctrina que con el paso del tiempo volvería a imponerse. Siguiendo con el símil religioso, el colaborador de NYT concluía su extenso comentario afirmando que “cuando Friedman inició su trayectoria como intelectual público, había llegado la hora de llevar a cabo una contrarreforma contra el keynesianismo, y todo lo que eso conllevaba. Pero lo que el mundo necesita ahora, diría yo, es una contra-contrarreforma”.  En definitiva, como neokeynesiano de pro, Krugman defendía, en un entorno como el actual, y ante la ineficacia de la política monetaria, la intervención estatal a gran escala en la economía.

El cadáver de Lehman Brothers aún reposaba caliente sobre la estupefacta conciencia de la mayoría de los analistas a nivel mundial. Lo que no podía ocurrir, mejor dicho: lo que no debía ocurrir, había sucedido. Fue entonces cuando el consenso del mercado tomó una doble decisión. Uno, olvidar el pasado. Nadie se paró a pensar hasta qué punto las decisiones políticas habían conducido a un descalabro como el que se acababa de materializar. El caso de la intervención encubierta, -seis meses antes, que se dice pronto-, de Bear Stearns a través de JP Morgan, se convertirá, con el paso del tiempo, en símbolo de las prisas por atajar cuestiones individuales antes que la problemática de fondo que afectaba a todo el sistema. Dos, poner el futuro en manos de esas mismas autoridades cuya escasa diligencia anterior clamaba al cielo: había quedado demostrado que la libertad de actuación de las fuerzas del mercado era perversa y se podía llevar por delante el conjunto de la economía financiera. Era momento de actuar desde la talaya pública. ¿Qué hubiera ocurrido si todos hubiéramos tenido un poquito más de perspectiva globalizada? Desgraciadamente, ya nunca lo sabremos.

El abrazo de las Tesis de Keynes propugnada por Krugman pareció entonces inevitable. Se requería del recurso al Estado para sacar las castañas del fuego, cadencia que erróneamente se estructuró en dos estadios: primero, las finanzas; después la economía. Pocos recordaron en aquel momento la evidente interrelación entre ambas. Sólo cuando la brutal caída de la producción y la destrucción masiva de empleo han irrumpido con una fuerza inusitada, muchos han recordado que la convergencia de la realidad financiera a la causa que la justifica, que es la actividad productiva, lleva irremediablemente aparejada, como así ha sido, una ralentización salvaje de la segunda en ausencia de la primera. Las desesperadas llamadas al crédito de instituciones de todo pelaje no hacen sino reafirmar tal opinión. Siguen en Babia. El caso es que Keynes entraba por nuestra puerta y se convertía en un compañero necesario para el duro viaje que nos tocaba acometer. No importaban los déficits fiscales: el fin justificaba los medios. Como el teatrero Obama se ha encargado de representar, siguiendo el legado catastrofista (¿o habría que decir realista?) de Bush: o esto o el desastre.

Claro que había un pero que los apóstoles del keynesianismo no tomaban en consideración. La experiencia ha demostrado que las propuestas del británico requieren para su final feliz de la convergencia de dos factores: por una parte, la temporalidad. La intervención del Estado en un sistema capitalista ha de ser excepcional y limitada en el tiempo. El comienzo de este impagable análisis de Willem Buiter, de principios de año, es muy revelador sobre la cuestión. Según las estimaciones de los analistas, los sucesivos planes de incentivo económico en Estados Unidos van a suponer un agujero presupuestario equivalente al 13,5% de su PIB. El margen de maniobra que tal importe permite, ante posibles errores en el tiro de la acción pública, es muy limitado: se requiere de iniciativas que generen actividad futura y no que consoliden el gasto presente para que tales desequilibrios puedan corregirse el día de mañana. Pero es que, además, los costes de financiación que la masiva emisión de deuda soberana lleva aparejados pueden alcanzar, según Moody´s, un 10% de los ingresos fiscales de aquél país. A más, a más que dirían los catalanes. Cuidado.

Junto a esta primera consideración, que no es baladí, se encuentra la segunda y más importante. El keynesianismo sirve de estímulo a la demanda para un entorno de oferta adecuada. Es lo que permite incentivar la creación de empleo y reactivar el consumo. Sin embargo, lo que ha ocurrido en los últimos años en el propio Estados Unidos, en un proceso similar al de España, es una inflación salvaje en el precio de los activos que ha conducido a un consumo desaforado que se ha financiado desde el interior y el exterior. La consecuencia ha sido un exceso de capacidad, inmobiliaria y productiva, que ahora tiene que purgar sus excesos y que se encuentra como contrapartida con unos compradores ahogados por las deudas. Mientras que el valor ilusorio de sus bienes se ha colapsado, la realidad de las obligaciones de los consumidores respecto a terceros sigue plenamente vigente. Necesitan ahorrar, repagar deudas y vender activos.

La crisis simultánea de oferta y demanda es un escenario ignoto que ha provocado que los propios keynesianos arrojen la toalla. El propio Krugman habla en su post de ayer de una década pérdida. Y no se refiere precisamente a la pasada. Todos sabemos que, más allá de disquisiciones intelectuales, lo que convierte una recesión en depresión es la permanencia de aquella en el tiempo. Tal y como recuerda el Nobel, no es posible la convivencia entre un masivo endeudamiento privado, como el actual, y un ingente apalancamiento público como el que se nos viene encima. En ese entorno, el estímulo no funciona por ninguno de los elementos de la ecuación. De ahí que esté tan de moda el desapalancamiento. Algo que, desde el principio, era tan evidente ha tardado ni más ni menos que cerca de dos años en constatarse fehacientemente. Sólo para concluir que, a lo peor, con tanto plan público nos estamos precipitando. Japón parece a la vuelta de la esquina. Dios nos coja confesados.

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La mano pública y el mercado, de Federico Durán López en Cinco Días

Posted in Economía, Laboral, Política by reggio on 17 febrero, 2009

En las últimas décadas, tras la caída de los diversos muros, físicos e ideológicos, parecía definitivamente asentada en las economías desarrolladas la idea de la superioridad del mercado, tanto en términos de eficiencia como de justicia, como mecanismo distribuidor y asignador de recursos. A pesar de los fallos todavía existentes en su funcionamiento, ningún otro sistema, y menos que ninguno el de la planificación estatal de la economía, podía garantizar mejor el desarrollo, la prosperidad económica y el bienestar de la población.

La prevalencia del mercado no significa, sin embargo, la desaparición, o la reducción a su mínima expresión, del papel del Estado. Al contrario, el desarrollo europeo y el éxito de su modelo de bienestar social, lo que hemos conocido como Estado del bienestar, responde a una precisa combinación entre Estado y mercado. A éste le correspondía la asignación y distribución de recursos; al primero, la corrección de ineficiencias y de desigualdades excesivas, procediendo, mediante la política fiscal, a una redistribución de las riquezas, y, por medio de la Seguridad Social, a garantizar a toda la población la tutela frente al infortunio y frente a situaciones de necesidad, permitiendo así, por una y otra vía, la vigencia del principio de solidaridad.

Las distintas opciones políticas podían poner el acento en uno u otro de estos polos, Estado y mercado, pero sin llegar a cuestionar, en lo fundamental, los principios de funcionamiento del sistema.

Por supuesto, a todo ello ha de añadirse la labor ordenadora, y de control y de supervisión, para garantizar el respeto de las reglas del juego, confiada a diversas instituciones públicas (bancos centrales, entidades supervisoras de los mercados de valores, instrumentos de defensa de la competencia, etcétera), tanto más eficientes cuanto más independientes.

La crisis financiera que tan violentamente nos ha estallado ha puesto de manifiesto, en todos los países, por una parte, fallos clamorosos de regulación, y sobre todo en las labores de control y de vigilancia, y por otra, la fragilidad de empresas y de sectores productivos hasta ahora considerados pilares sólidos del sistema. Lo primero exige un reforzamiento de los mecanismos reguladores y supervisores en el que el peligro a conjurar es el de la sobreactuación. Lo segundo ha llevado a una intervención pública en la economía que, saludada con alborozo por viejos estatalistas irredentos, corre el riesgo de retrotraernos a etapas ya superadas. A esto último me quiero referir.

Que en una situación de emergencia pueda producirse una aportación de capital público a determinadas empresas, sobre todo para garantizar la solvencia de la banca comercial y el buen funcionamiento del sistema financiero y crediticio, no puede llevarnos a restablecer un sector público de la economía del que tan trabajosamente nos habíamos liberado.

En el caso español, precisamente, uno de los secretos de nuestro particular milagro económico había estado, sin duda, en la apertura de la economía y en la creciente liberalización de la misma. El proceso de privatización, no enteramente culminado y no siempre bien entendido, jugó en ello un papel determinante.

Bien es verdad que se trata de un proceso no exento de paradojas ni de contradicciones (la vuelta a la mano pública, en algunos casos, además, extranjera, de empresas públicas privatizadas es quizás el ejemplo más llamativo), en el que, además, nuestro particular Estado de las autonomías ha permitido, en una versión a la inversa del mito de Penélope, que lo que destejía el Estado durante el día lo volvieran a tejer, al menos en parte, las comunidades autónomas por la noche.

Pero sería enormemente pernicioso que las voces añorantes de la banca pública y de las empresas públicas prevalecieran, y nos encontráramos otra vez al Estado, central o autonómico, vendiendo coches o vendiendo lencería (como dijo muy gráficamente el entonces ministro de Economía cuando la privatización de Galerías Preciados: ¿qué hace el Estado vendiendo lencería?).

Cuando la intervención pública se centra, además, en compañías ineficientes, que operan en mercados donde otras empresas privadas compiten y sobreviven, dicha intervención carece completamente de fundamentación y no puede justificarse por motivos políticos o sociales.

Pensemos en el caso del transporte aéreo. En un mercado cada vez más globalizado e interdependiente, en el que sólo sobrevivirán las grandes alianzas, y en el que la competencia es cada vez más despiadada, no tiene sentido obligar a empresas privadas a competir con otras soportadas públicamente y, en ocasiones, con una visión del mercado condicionada políticamente. ¿Qué sentido tiene que una compañía ejemplarmente privatizada, como Iberia, que ha logrado brillantemente sobrevivir en el mundo del negocio aeronáutico, cada vez más difícil y complejo, o que nuevas compañías, como la resultante de la fusión entre Vueling y Clickair, basada también en la apuesta y en la asunción de riesgos de sus accionistas, deban competir con empresas salvadas y sostenidas con apoyos públicos?

Y no es éste un tema que afecte sólo a la garantía de la libre competencia, o a la exigencia de un uso racional de los recursos públicos. En mercados abiertos y competitivos, garantizada una adecuada regulación y supervisión de los mismos, tanto más intensa cuanto más entren en juego intereses públicos (en el caso del transporte aéreo, la seguridad), la mano pública empresarial no debe intervenir. El final de una de las últimas grandes compañías de bandera, Alitalia, debe ser suficientemente ilustrativo de lo ilusorio de la pretensión de mantener una empresa pública sometida a una lógica distinta de la que el funcionamiento del mercado requiere.

Federico Durán López. Catedrático de Derecho del Trabajo y socio de Garrigues.

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Fusiones de cajas y liquidación de fondos, de Fernando González Urbaneja en Estrella Digital

Posted in Economía by reggio on 17 febrero, 2009

Donde no hay harina todo es mohína; la crisis financiera y crediticia coloca a las entidades peor gestionadas o más expuestas a riesgos en extrema debilidad. La primera respuesta es recapitalizar para hacer frente a los quebrantes, la segunda es buscar amigos con los que compartir la carga y la tercera es la liquidación ordenada. De todo hay y de todo vamos a conocer.

Desde hace meses era notorio que la Caja de Castilla La Mancha (CCM), fruto de la integración de cajas de la Comunidad, arrastraba los pies y soportaba mal el balance; demasiado pequeña para los jardines en los que andaba metida, y demasiado grande para una buena adaptación al terreno. La necesidad de apoyo externo era previsible y que este apoyo llegara de fuera era inevitable.

Con razonable discreción se ha manejado, hasta ahora, la búsqueda de apoyos, que no podía llegar nada más que de otras cajas complementarias y con posibles. Más de cajas vecinas, con mercados tangentes o secantes, complementarios, que de las directamente competidoras. Por eso en el universo de posibles compradores, Ibercaja (la caja aragonesa) y Unicaja, la andaluza fruto de múltiples fusiones, eran las mejor colocadas. Sólo faltaba que tuvieran valor y ganas para la operación.

Unicaja aparece como la mejor colocada, entre otras razones por su experiencia en fusiones, que tiene ya metabolizadas. Además tantea la integración con la caja hermana del oeste, la sevillana CajaSol, que cuenta con tamaño semejante a la malagueña, que obliga a cierta paridad.

Integrar antes la caja manchega otorga a Unicaja más oportunidades para el siguiente paso, siempre y cuando complete bien el primer movimiento. Es una fusión necesaria, por eso es posible que antes de sumar, y con cargo al Fondo de Garantía u otro mecanismo semejante, se libere al necesitado de algunas cargas, de activos problemáticos y pesados que contribuyan al éxito de la integración.

Las fusiones asimétricas, las que dejan claro quién manda y quién se somete, suelen ser más rápidas, más exitosas y más efectivas que las llamadas paritarias, donde el proceso de decisión se complica y los “egos” se tropiezan.

Las fusiones no acaban hasta que pasan por el Registro Mercantil y hasta que el organigrama unifica cargos y cuerpos/mentes. Nada de eso ha ocurrido aún, de manera que el descarrile es posible, aunque sería suicida para el débil. CCM está expuesta a riesgo de crisis si no se dan prisa en adoptar las soluciones. Por eso es más probable que improbable que en pocos días Unicaja sea más Unicaja, con base en dos Comunidades contiguas.

Y simultáneamente el Santander tiene que reconocer otro fracaso en el ámbito de su filial Banif, en este caso uno de los fondos inmobiliarios que carece de liquidez para atender los reembolsos de sus inversores. El banco pide a la CNMV, como autoridad tutelar, autorización para retrasar esos reembolsos y para poner en marcha una primera operación de liquidación a final de mes, con la liquidez que se pueda allegar con las liquidaciones posibles. Luego dos años de moratoria y… de lo perdido, lo que se encuentre.

En tiempos de crisis, lo habitual son las malas noticias, las que llaman a más crisis, a más pesimismo e irritación.

Otra fórmula para la paz, de Alberto Piris en Estrella Digital

Posted in Internacional, Política by reggio on 17 febrero, 2009

Para dar a conocer a los lectores otros modos de afrontar la resolución de algunos conflictos que aparentemente podrían tenerse por irresolubles, merece la pena reproducir parte del texto con el que la organización Jewish Voice for Peace (JVP, La voz judía por la paz), radicada en EEUU, solicita apoyo para una carta abierta al presidente Obama.

Esta organización se esfuerza, desde su creación, por contribuir a una paz duradera que reconozca el derecho de israelíes y palestinos a vivir en plena seguridad y a ejercer su autodeterminación. Lo hace mediante actividades y movimientos de base, acciones educativas y de información a través de los medios de comunicación.

El caso es que el presidente Obama designó al senador George Mitchell como su enviado especial a Oriente Próximo para abordar el conflicto palestino-israelí. Mitchell ha manifestado recientemente su “convicción de que no existe ningún conflicto que no pueda tener fin. Son seres humanos los que crean, dirigen y sostienen los conflictos. Seres humanos también pueden concluirlos”. He aquí, a continuación, la traducción de algunos fragmentos del texto citado.

“George Mitchell necesitó paciencia y determinación para alcanzar un acuerdo en Irlanda del Norte. Y lo logró. Una de las claves de su éxito fue su capacidad para hablar con todas las partes en conflicto. Trató con el Sinn Fein -el brazo político del IRA- incluso antes de que aceptara deponer las armas, armas que habían matado no sólo soldados, sino también ciudadanos. ¿Por qué? Sencillamente, porque estaba allí. Tenía poder político. Y así como tenía poder para dañar a los demás, también tenía poder para dejar de hacerlo. Sin él no podía haber solución.

“El senador Mitchell necesita hablar con todos: con Israel, con la Autoridad Palestina y con Hamás [cursivas originales]. Hablar con todos no significa negar el sufrimiento muy real padecido por israelíes y palestinos, causado por las diversas partes implicadas. Sí significa reconocer que tienen poder político y que así como tienen poder para dañar a otros, han demostrado que tienen poder para suspender el fuego. Excluir a cualquiera de esas partes haría literalmente imposible alcanzar un acuerdo de paz.

“Tony Blair vio directamente el efecto positivo del acuerdo de Irlanda del Norte. Vio cuánto costó que el Sinn Fein depusiera las armas y sabe lo que costará que Hamás haga lo mismo. Con respecto a Gaza ha dicho que su ‘disposición básica es que en esa situación hay que hablar con todos’. El que fue ministro de Asuntos Exteriores de Israel, Abba Eban, hubiera estado de acuerdo: ‘Se alcanza la paz hablando con tus enemigos’. También están de acuerdo muchos judíos de EEUU: el 76% de éstos apoyaba el año pasado negociaciones incluso con ‘los peores enemigos’ de Israel.

“Hablar con unos y no con otros, mientras se mantiene a Gaza bloqueada, es algo que se ha intentado bastantes años. Ha comportado inmensos sufrimientos a los palestinos cercados en Gaza y un gran trauma a los ciudadanos israelíes de Sderot [ciudad próxima a Gaza, que ha sufrido el repetido bombardeo de los cohetes Qassam]. Necesitamos un cambio” [Fin de la transcripción].

Está claro que JVP no sugiere que Israel hable directamente con Hamás, pero tampoco lo descarta y de hecho se están produciendo conversaciones, aunque sólo sea para el canje de prisioneros. Lo que sí considera esencial es que el enviado especial de Obama tome contacto con todas las partes implicadas, si desea sentar las bases para alcanzar un acuerdo. Tras el giro político hacia la derecha más extrema que ha quedado patente en las últimas elecciones en Israel, esto no parece fácil. La tendencia a una solución básicamente militar del problema predomina en amplios sectores de la derecha israelí. Incluso en la izquierda laborista, arrinconada tras el voto popular, son pocas las voces que propugnan recuperar el diálogo.

Entre esas partes implicadas con las que Mitchell tendrá que hablar se hallan los que desean proseguir la expansión de los asentamientos ilegales y reducir a los palestinos a unos bantustanes dispersos; están también quienes lo que en el fondo desean verdaderamente es la desaparición de los palestinos, expulsándolos a los países árabes, ya que otras formas de exterminio parecen poco aceptables. Y no hay que olvidar que entre los partidos más votados se halla uno cuyo principal dirigente ha lamentado que no se hubiera pensado utilizar el arma nuclear para resolver el problema de Gaza. En el bando opuesto hay también quienes no aceptan la existencia de Israel y sueñan con su eliminación violenta.

Pues bien, a pesar de este difícil panorama, o quizá a causa de él, es obligado apoyar la delicada gestión del enviado especial estadounidense, la única luz de esperanza que se percibe hoy en el fondo de este enrevesado laberinto, cada día más confuso. Su éxito sería el gran triunfo de Obama, pero también el de todos los que deseamos un mundo menos violento que el que nos ha tocado vivir.

Alberto Piris. General de Artillería en la Reserva.

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Profundizando la democracia, de Atilio A. Boron en Página 12

Posted in Internacional, Política by reggio on 17 febrero, 2009

La enmienda constitucional que el pueblo venezolano aprobó ayer puso en evidencia la desesperación de los adversarios, de adentro y de afuera, de la Revolución Bolivariana. Son conscientes de que la consolidación del liderazgo de Chávez y la continuidad de su proyecto afianzarán el fiel de la balanza política regional en el espacio de la izquierda, y eso es una muy mala noticia para el imperio.

Si hay alguien que tiene capacidad para percibir los significados históricos de estas cosas es Fidel. Y en su Reflexión del 13 de febrero escribió que “nuestro futuro es inseparable de lo que ocurra el próximo domingo. El destino de los pueblos de ‘Nuestra América’ dependerá mucho de esa victoria y será un hecho que influirá en el resto del planeta”. Es precisamente por eso que la voz de orden de la derecha imperial es desembarazarse de Chávez lo antes posible. Si se puede por la vía institucional, bien; si no, deberá recurrirse a los métodos tradicionales que la CIA conoce a la perfección. Recordemos que la legislación estadounidense faculta al presidente a ordenar el asesinato de un mandatario extranjero, o la tortura a prisioneros, en caso de que la seguridad nacional del país se vea amenazada por tan temibles sujetos.

Esta es la clave que permite entender la feroz agresividad en contra de la figura de Chávez y la campaña en contra de la enmienda constitucional. Y las innumerables provocaciones que continuamente lo acosan. La última, un par de días atrás, a cargo del eurodiputado por el Partido Popular, Luis Herrero, quien llegó a Caracas en calidad de “observador” del referéndum y al rato se inmiscuyó en la política interna venezolana al aconsejar a los electores que no se amedrentaran ante “un dictador” como Chávez. Herrero cometió una grosería que lo descalifica de su pretendido papel de “observador” y que lo desenmascara por completo: es un provocador profesional que pertenece al partido que agrupa a la derecha más cavernícola de España, a los herederos del franquismo y a los nostálgicos de los buenos tiempos de la Inquisición y la alianza de la cruz y la espada. Su exabrupto fue recibido por toda la “prensa seria” como una prueba más del carácter dictatorial de la Revolución Bolivariana, lo que demuestra por enésima vez su incurable mendacidad y su total falta de escrúpulos morales. Una prensa que, por ejemplo, jamás dijo una palabra con relación al escandaloso proceso que llevó a la reelección de Alvaro Uribe en Colombia y que la Justicia de ese país demostró que fue posible mediante el soborno a dos diputados de la oposición que, con el paso del tiempo, confesaron su delito. El operador de todo este escándalo fue el ministro de Gobierno de Uribe, quien al conocerse la sentencia del Tribunal Supremo fue velozmente designado embajador en la Santa Sede, que al no ser divorciado lo recibió alborozada en su seno sin hacer pregunta alguna. Y en cuanto a la nueva propuesta de re-reelección de Uribe, los sedicentes defensores de la democracia que se rasgan las vestiduras ante un gobernante como Chávez, que en diez años convocó a quince elecciones generales, nada dicen que aquél logró que la Cámara de Diputados aprobara su proyecto de reelección en una sesión extraordinaria, convocada de extrema urgencia y en cuestión de horas por el oficialismo para las 12 de la noche y ante la casi total ausencia de la desprevenida oposición. Pero eso es democracia; lo de Chávez, que siguió todos los pasos que manda la legalidad vigente, es dictadura.

Los publicistas del Imperio y la plutocracia venezolana machacaron continuamente que la aprobación de la enmienda significaría que Chávez iría a gobernar indefinidamente. Fieles a su tradición, tergiversaron lo que estaba en discusión, procurando de ese modo engañar a la opinión pública. Ocultaron a sabiendas que la enmienda lo único que hace es habilitar la reelección de un presidente, un gobernador o un alcalde. Hay varios gobernadores y alcaldes que se oponen a Chávez y que podrán aprovecharse de esta reforma. De hecho, uno de esos gobernadores participó en el Comando del Sí, lo que ahorra mayores comentarios.

La existencia de una norma semejante rige en los principales países de Europa: es por eso que Helmut Kohl pudo ser canciller de Alemania durante dieciséis años y si no continuó en el poder fue debido a un escándalo financiero que lo desacreditó ante la opinión pública de su país. Felipe González fue presidente del gobierno de España durante catorce años y Margaret Thatcher, primera ministra del Reino Unido por once años. Si no continuaron en sus cargos fue porque perdieron el consenso popular, no porque hubiera una cláusula de “no reelección” que lo impidiera. Hay varios casos similares en Europa. Francia, sin ir más lejos, autoriza una reelección presidencial para un mandato de siete años cada uno. Todos los últimos presidentes de Francia duraron catorce años en el poder. En suma: la cláusula aprobada ayer es la contrapartida de otra, profundamente democrática también, que le otorga a la ciudadanía la capacidad para desalojar de su cargo a quien mal se desempeñe en el mismo. Esta cláusula revocatoria es un arma formidable que la Constitución Bolivariana puso en manos del pueblo; pero todavía no le ofrecía la necesaria contraparte: la capacidad para reelegir a quien había gobernado bien. Se podía castigar a un mal gobierno, pero el pueblo era impotente para garantizar la continuación de uno bueno. Esa paradoja constitucional ha sido resuelta y ahora tiene esa capacidad, con lo cual la democracia bolivariana adquiere una densidad y una profundidad casi sin parangón en el concierto mundial.

Atilio A. Boron. Politólogo.

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En medio de la crisis, de León Bendesky en La Jornada

Posted in Economía, Internacional by reggio on 17 febrero, 2009

El pasado viernes 13 de febrero, el Congreso de Estados Unidos aprobó un Plan de Estímulo Económico sobre la base de la propuesta del presidente Obama. Se trata de un paquete de 787 mil millones de dólares que cubren un amplio rango de rubros para su asignación.

Las condiciones económicas en ese país se han ido deteriorando de manera constante desde hace varios meses. En enero pasado se perdieron 598 mil empleos, la mayor cantidad en un mes desde 1934; con ello el número de desempleados ha llegado a 3.57 millones personas (una tasa de 7.6 por ciento) y 4.8 millones disponen de los beneficios del seguro de desempleo.

El mercado de créditos sigue congelado, lo que afecta a la mayor parte de las empresas para su operación y el pago de sus deudas. Muchas de ellas han recortado sus niveles de producción, proyectos de inversión y plantillas de trabajadores.

Según algunas estimaciones, el gasto de consumo de las familias puede caer 2.7 por ciento en el primer trimestre de este año, 0.9 por ciento en el segundo, y sólo después iniciar una cierta recuperación. La tasa de inflación se prevé que sea negativa hasta junio (-1.1 por ciento y cerrar el año en 1.1 por ciento).

El producto caerá, según las previsiones, 4.6 por ciento en el primer trimestre y 1.5 en el segundo, y luego empezaría una leve recuperación. En cuanto al precio de las casas caerían todavía a tasas mayores de 6 por ciento durante el año. Todo esto se basa en las condiciones actuales y, por lo tanto, tienen alto grado de incertidumbre.

La Oficina de Presupuesto estima que en los tres próximos años habrá una brecha del orden de 3 billones de dólares entre el potencial productivo de la economía y lo que efectivamente se producirá. Éste es uno de los indicadores del costo de la crisis y pone en perspectiva la magnitud del paquete que se ha aprobado y señala su posible limitación para contener la recesión en curso.

Por otra parte, las pérdidas acumuladas en el sistema financiero ascienden ya a un billón de dólares y de acuerdo con el FMI pueden llegar a 2 billones e incluso más si se suman las pérdidas de valor de toda una serie de activos que soportaron el aumento de las deudas en el periodo anterior de expansión.

Este último asunto se ha convertido en un elemento clave de la gestión de la crisis puesto que de manera efectiva no existen precios reales de los activos. Entre ellos se cuenta la gran cantidad de los llamados activos tóxicos que impiden en buena medida la reanudación de los créditos por parte de los bancos. Esto se extiende al caso de las hipotecas y las posibles medidas para apoyar a las familias que las deben y así frenar la requisición de sus viviendas.

Hoy, existe ya un paquete de estímulo para la economía, pero no su contraparte en el caso de un plan para el rescate de los bancos. El proyecto del Tesoro, presentado la semana pasada, no caló entre los inversionistas y los bancos, por un lado por el tipo de acciones propuestas, y por otro debido a la vaguedad con las que fueron planteadas.

Esto acrecienta la incertidumbre en el mercado de dinero y capitales y no contribuye a ir reduciendo la fuerte restricción de los créditos. Las empresas, las familias y los mismos bancos están en un proceso de desendeudamiento, lo que habla de la necesidad de deshacerse de sus activos depreciados, que así contribuyen adicionalmente a la baja de sus precios y a la acumulación de las pérdidas.

Cualquier acción del gobierno encaminada a intervenir en esos mercados topa con la dificultad de valuar los activos. Ante esa situación, si se paga de más se beneficiaría a los bancos y otras instituciones financieras que han incluso tomado dinero público para reforzar sus posiciones. Y eso sería en perjuicio directo de los contribuyentes, cuyos recursos se usan para el salvamento, y, además, incrementando la deuda pública.

La condición de muchos bancos es aún muy frágil y requerirán de más capital, de modo que hay quienes argumentan a favor de la nacionalización y depuración de las cuentas.

En este marco hay una fuerte disputa ideológica que se centra en las concepciones acerca de las funciones del Estado. Una postura dominante en el espectro de la derecha más conservadora es que la intervención a gran escala que emprende el gobierno de Obama atenta contra los principios liberales y el funcionamiento del sector privado. El caso es que, precisamente, son los mercados y el sector privado los que responden a los incentivos negativos de la propia crisis y empujan la economía a la recesión.

También se discute técnicamente sobre las posibilidades del paquete para estimular la actividad productiva y el gasto de las familias. La experiencia actual está poniendo así a prueba las bases de las concepciones sobre el modo de operación de la economía y la esencia de las políticas públicas.

El escenario se complica todavía más por el carácter global de la crisis. La Unión Europea, los países del este de ese continente y los asiáticos están ya en una franca recesión, y en América Latina, según comprueban los organismos financieros internacionales, el deterioro se agrava más allá de lo previsto.

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