Reggio’s Weblog

Los cochinos y la luna, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 15 febrero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Pocas observaciones del doctor Johnson demuestran tanto su legendaria perspicacia como la de que «produce extrañeza y melancolía que la escasez de los placeres humanos pueda persuadir a alguien de que la caza es uno de ellos». Por eso siempre he detestado la caza y compadecido al cazador.

Respecto a lo primero añadiré incluso que fue, precisamente, al escuchar de labios de Zapatero palabras que podría haber pronunciado yo sobre la repulsión profunda que le produce la mera presencia a su alrededor de armas de fuego en cualquier espacio civil, cuando me di cuenta, en una de nuestras primeras conversaciones, lo compatible que puede ser a veces sentirte cómodo con alguien y discrepar profundamente de sus principales ideas, decisiones y proyectos.

En cuanto a lo segundo, sólo puedo decir que hasta hace poco me resultaba imposible comprender cómo personas que nadie confundiría con esos sádicos que disfrutan infligiendo el dolor e imponiendo la muerte a otros seres vivos, son capaces de afrontar penosas caminatas y largas esperas en condiciones climatológicas desagradables, embutidos en atuendos tan incómodos como ridículos, para regresar reventados, rebozados en barro y medio muertos de hambre, enarbolando como única recompensa unos guiñapos sanguinolentos, destinados a la cazuela, que cualquier carnicería suministraría con mayor calidad y menor precio.

Pero escribo en pasado porque, contemplando el álbum de un reputado cazador, un amigo me hizo ver un día que la respuesta al enigma de por qué alguien puede ser feliz de tal manera está en esas fotos en las que fulanos que todos conocemos como empresarios, políticos o profesionales de éxito posan sonrientes con un hato de perdices, los cuernos de un venado, los colmillos de un elefante o la piel de un tigre: «Quieren ser como los animales que matan.Se retratan con sus restos por la misma razón que los indios se colgaban al cinto las cabelleras de sus enemigos o se atribuye a algún jefe de Estado africano haber devorado las vísceras de sus opositores».

Mi amigo me hizo ver la luz. Efectivamente todos desearíamos poder volar entre robles y encinas, poseer un cuerpo grácil y aterciopelado rematado por una línea Maginot de defensas óseas, exhibir unas elegantes protuberancias de marfil y movernos en la selva de la vida con la agilidad y facilidad de defensa y ataque de los grandes gatos.

Desde entonces no puedo dejar de ver en cada cazador la representación antropomórfica de la especie a la que dispara. Hay conocidos empresarios en los que atisbo piruetas ora de tórtola acrobática, ora de codorniz turulata, algún poderoso banquero en el que percibo el vigor de los grandes paquidermos y políticos en paro con inquietantes ademanes no ya de dóberman sino de urogallo esquivo o de felino emboscado. Incluso cuando veo bambolearse al Rey, moviendo toda su eslora con esa planta imponente de árbol milenario, no puedo dejar de imaginarme al gran Mitrofán -antes de que le dieran la primera copa, no vayamos a liarla – o a cualquiera de sus plantígrados primos.

Claro que, aunque refleje una tendencia, ésta no es una regla automática; como tampoco todos los amos se parecen a sus perros con la misma intensidad y detalle. De ahí que el hecho de que la cacería en la que Bermejo y Garzón participaron el sábado de la semana pasada en la finca Navaltorno fuera de venados no tenga ningún significado especial desde esa perspectiva, pues nadie asimilaría la estampa o conducta de ese par de divos de la sal gorda con los gráciles parientes de Bambi.

Sin embargo, hételas aquí que la chispa de las analogías se encendió cuando varios medios publicamos que el segundo acto del domingo había sido una batida de jabalíes en toda regla, celebrada en Cabeza Prieta a muy pocos kilómetros del pueblo natal del juez.Ni siquiera cuando luego quedó aclarado que en realidad se trató de una montería de muflones pudo disiparse tal impacto, pues tampoco hay nadie que identifique a nuestro dúo de tramposos con la nobleza caprina de estos artiodáctilos que siempre chocan de frente con sus bellos cuernos ensortijados cual yelmos de la guerra de Troya.

¿Y por qué con los jabalíes sí? Dejo a la conciencia de cada lector la confesión de cuánto habría contribuido en su caso a esta asociación de ideas -siéntanse por un momento en mi lugar- la siguiente observación lingüística. Resulta que los mismos que se autoproclaman protagonistas del «hecho cinegético», poniéndose cursis y estirados como lo hizo Bermejo el miércoles, luego nunca dicen que van a cazar jabalíes, sino que indefectiblemente alardean de que su plan consiste en «ir a matar unos guarros», «meterles plomo a unos marranos» o como poco «pasar el rato tirando a unos cochinos». Esta sí que es, con su eructo de rigor y unas cuantas flatulencias, la genuina Escopeta Nacional.

La primera acepción que el Diccionario reserva para un guarro se refiere, naturalmente, a su condición zoológica; la segunda apela al desaliño físico y la tercera, a la mala educación. Pero todavía hay una cuarta por la que, coloquialmente, se define así a todo «hombre ruin y despreciable».

No seré yo quien atribuya tales condiciones morales de forma esencialista a nadie, pero ambos adjetivos me parecen muy adecuados a la conducta de quienes abusan de su poder de manera cainita, siempre con la misma pretensión maniquea de demostrar que el adversario ideológico es el compendio de todos los males, errores y vicios a extirpar y por eso «ahora nos toca luchar contra los hijos, igual que luchamos contra los padres». Y muy adecuados son también esos términos para hacer frente al sucio utilitarismo de quienes, creyendo que todos los deberes y funciones se cumplen con igual laxitud, son capaces de explayarse con exclamaciones del estilo de «¡Poco tienen que tener para tener que tirar de esto!».

Tener o no tener, esa es la cuestión. ¿Cuánto tiene Garzón? ¿De cuántos tiene Garzón? ¿Cómo tiene Garzón? ¿Desde cuándo tiene Garzón? Afortunadamente un periódico -al menos el nuestro- se parece muy poco a esa especie de imaginario fichero de la Pide o de la Stasi del que tocaría echar mano -por no abandonar a esta pareja de clásicos- «en el momento en que lo aconseje la jugada». Cuestión distinta es, como digo, que Garzón organice su juzgado y ejerza su jurisdicción mirándose en el espejo de aquellos jueces del Tribunal Revolucionario que por las noches subían a la tribuna del Club de los Jacobinos para denostar, en un ambiente de francachela y camaradería maloliente, a los enemigos políticos a los que a la mañana siguiente pensaban condenar a la guillotina.

Volvemos a centrarnos, por lo tanto, en el esto. O sea en la «cacería» con comillas que comenzó el pasado fin de semana contra el PP. Y, de entre todas las modalidades que se practican para abatir suidos, es decir jabalíes, es decir marranos, guarros o cochinos, la que me parece que viene más al caso es la práctica del aguardo o acecho nocturno en los lugares estratégicos a los que el animal acude en busca de comida.

Basta visitar los foros de internet en los que los esperistas intercambian consejos y experiencias para comprender hasta qué punto la astucia y la tenacidad del cazador compiten con las de su presa. Sobre todo cuando el propósito es cobrarse como pieza uno de los llamados «catedráticos», «macarenos» o «chanchos viejos» con el colmillo doblemente retorcido por la selección natural y la experiencia. Así un cazador veterano relataba recientemente en un texto titulado Los guarros y la luna el acopio de paciencia de que tuvo que dotarse hasta lograr liquidar a «un macareno ladino que entraba al comedero cada vez que las nubes tapaban a la luna». Y es que, como dice el autor, «serán guarros, pero no tontos».

Cuestión distinta es «cuando se sale a hacer carne», es decir cuando los cazadores se conforman con abatir a los animales más jóvenes, conocidos como «chanchitos parrilleros», pues al ser su textura más tierna van directamente a la sartén o la cazuela.Todo es mucho más sencillo porque se mueven en grupo como parte de la piara y apenas si toman precauciones al salir a alimentarse cuando les entra el apetito. Hacer así carnicería es como para un escopetero tirar a pichón parado.

Si hubiera que extrapolar tales reglas a lo ocurrido estos días en el Juzgado de Instrucción Número 5 de la Audiencia Nacional, cabría apuntar que en su imaginada batida de jabalíes Garzón y Bermejo -con el inestimable apoyo estratégico del Comisario Jefe de la Brigada Judicial que acudió a despachar y luego volvió a la retaguardia- sólo «salieron a hacer carne» y de momento se limitaron a llenar de plomo a unos cuantos «chanchitos parrilleros» tan glotones e insaciables como Correa y Asociados. Con unos tíos que no perdonan ni un aperitivo, ni una merienda, ni una sobrecena y encima van echando cuartos al pregonero, inflando el tamaño de los platos, exagerando la variedad de las viandas e implicando a los mejores chefs, casi podríamos decir que las armas se disparan solas.

Pero todos sabemos que si Garzón y Bermejo han afilado sus colmillos como gumías, han cepillado sus orejas puntiagudas, han estirado al máximo sus jetas relucientes y han embutido sus pezuñas en las botas que chapotearon ya en 1.000 ciénagas, no es para contentarse con la pedrea. No, ellos buscan liquidar a uno o varios «catedráticos» de postín para cortarles la cabeza, mandarla a los taxidermistas mediáticos habituales y poder exhibirla en la sala de trofeos de la Santa Izquierda Hunting Club.

Y la técnica que están empleando aparece descrita en otro de esos foros de esperistas, pues consiste en sembrar las inmediaciones de una charca con una apetitosa mezcla de manzanas y maíz -las filtraciones del sumario o los propios autos que mantienen el enigma de quiénes fueron sobornados- y aguardar a que en las noches de cuarto menguante algún chancho con galones, atraído por el olor y la curiosidad, comience a merodear discretamente por las inmediaciones, tratando de averiguar que es lo que de verdad hay allí depositado.

Si se tratara de cazadores novatos, dispararían en cuanto vieran moverse la primera sombra. Pero ellos tienen ya suficientes muescas en la culata como para saber contener la impaciencia y retener la adrenalina. Lo que harán será observar noche tras noche la trayectoria del «catedrático» para ir vallando las distintas vías de salida, mientras aumentan poco a poco las dosis que incluyen en el cebo. Sólo cuando la presa ya no tenga escapatoria, apretarán el gatillo. Uno y otro se precipitarán entonces, entusiasmados, hacia el cadáver de la víctima, le quitarán la careta, levantarán el velo del misterio y derogarán el secreto del sumario: ¡Anda, pero si es un excelentísimo señor alcalde! ¡Mira, mira, que es un ilustrísimo consejero o conseller! ¡Fíjate lo que hay aquí, nada menos que un miembro de la Ejecutiva Nacional!

El problema es que, como se descuiden, a lo mejor se encuentran con que tienen overbooking y toda una generación de idealistas maleados va quedando en evidencia, noche tras noche. Es lo que decía Atahualpa Yupanqui: de tanto mirar la luna, ya sólo sabes trincar. O lo que advertía Hobbes, plagiando a Plauto: el hombre es un guarro para el hombre.

pedroj.ramirez@elmundo.es

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Cuidado con inventar un INI bancario, de Jordi Sevilla en Mercados en El Mundo

Posted in Economía by reggio on 15 febrero, 2009

LUCES LARGAS

Hay que ver lo que nos está costando a los contribuyentes el pasado festín desregulador de los mercados financieros internacionales.Todavía desconocemos los efectos totales que tendrá sobre el sistema financiero la depreciación continuada de activos, como los inmobiliarios, que soportaban créditos arriesgados concedidos cuando eso parecía no importar tanto. La conversión de activos buenos en tóxicos aún no ha concluido, la epidemia continúa y con ella, los riesgos de contagio. Todo apunta, por tanto, a que seguiremos hablando de ayudas, banca y crédito durante mucho tiempo.

Pese a los apoyos concedidos, los bancos siguen gripados en la concesión de crédito nuevo, tan necesario para combatir la recesión.La suma de ambos hechos -dinero público que no revierte al interés público- está llevando, en todo el mundo, a una preocupación creciente que incluye la exigencia de responsabilidades morales a los gestores de los bancos.

Me ha llamado la atención la libertad con la que el nuevo secretario del Tesoro americano acaba de acusar a su banca de estar remando en contra de la recuperación económica con su política restrictiva en la concesión de créditos. O cómo se les ha sacado los colores a los dueños del antiguo universo financiero en su comparecencia, esta semana, en un Comité del Senado. De igual manera, sorprende el mea culpa colectivo y el perdón que, de manera individual, han pedido los máximos responsables de los bancos ingleses en su reciente comparecencia parlamentaria, por sus errores y su codicia que han precipitado la crisis económica.

Este ejercicio de catarsis moral relativa puede ser algo más que un tirón de orejas. Podemos aprender. Muchos banqueros han señalado al esquema de incentivos que ligaba la remuneración de los ejecutivos con la valoración en Bolsa de las acciones de su entidad, como perverso, al llevarles a adoptar decisiones que han resultado catastróficas. Igualmente, que empresas prestadoras de servicios públicos esenciales no puedan priorizar exclusivamente los intereses de sus accionistas frente a los de sus usuarios cuando, a menudo, entran en contradicción. Por ahí debería ir, también, esa refundación del capitalismo de la que ya no se habla, aunque siga siendo necesaria: exigir a las entidades financieras unos compromisos de responsabilidad social obligatorios y forzar a quien no tiene accionistas, como las cajas de ahorros, a que en ello se vea una diferencia ventajosa perceptible para la sociedad.

Hay que constatar, además, cómo crece en todo el mundo la presión sobre los bancos para que concedan créditos a la economía real en cuantía superior a la actual y el convencimiento de que para conseguirlo hará falta algo más de lo mucho ya hecho. Así, la Administración americana vuelve a inyectar dinero a la banca por tercera vez, mientras en Europa se abre el debate sobre la creación de un banco malo donde colocar los activos tóxicos que lastran la capacidad de los bancos para cumplir sus obligaciones crediticias.

Si recuerdan, cuando estalló esta crisis financiera, los expertos y los gobiernos se debatían entre dos opciones: comprar activos a la banca para inyectarles liquidez o comprar capital (nacionalizando) para inyectar solvencia. De lo primero se fue pasando a lo segundo, y ahora que muchos bancos son públicos o tienen una participación pública importante, se constata que no es suficiente para recuperar los circuitos del crédito con el vigor necesario. Entre otras cosas porque, a pesar de las modificaciones aprobadas en las normas contables, muchos bancos, con independencia de su propiedad, siguen teniendo un exceso de activos fallidos que son plomo en las alas para la expansión del crédito nuevo. Ahí es donde se plantea la conveniencia de liberarles de esos activos tocados, concentrándolos en una entidad que sea una especie de basurero más o menos temporal, convencidos de que desprendidos de sus activos malos, los bancos recuperarían una capacidad mayor para conceder créditos.

La idea de crear un banco malo para reconvertir en buenos a los demás, sigue la experiencia sueca de los años 90. Pero en Suecia, la compra de activos tóxicos y su colocación en una entidad pública llamada Secorum, que luego recuperó una parte importante de los recursos vendiendo esos activos cuando los mercados se recuperaron, se acompañó de una nacionalización de los bancos que entraban en el esquema. Es decir, se socializaba la pérdida junto con la propiedad. Si lo que se plantea ahora en Europa es concentrar los activos fallidos en un único ente público para limpiar de rémoras los balances de la banca privada, estaríamos reinventando el peor INI del franquismo, aquel que privatizaba beneficios gracias a que socializaba pérdidas.

En la reunión del Ecofin de esta semana que discutió la propuesta de la Comisión sobre el asunto, se analizaron, además, los problemas de valoración transparente de los activos tóxicos, los de la competencia desleal por ayudas públicas que se provocaría con los bancos que no entraran en el mecanismo y los de aquellos países que ya han nacionalizado los bancos en mala situación inyectándoles dinero por la compra de todos sus activos y que, ahora, deberían poner dinero público adicional para hacerse con una parte de esos activos que, siendo los peores, serían comprados dos veces con cargo a los contribuyentes.

Es útil no tener frenos ideológicos para luchar contra la mayor crisis en muchos años. Pero la recuperación del mercado de crédito a la economía real por parte de los bancos tampoco puede hacerse mediante barra libre con cargo a los presupuestos. Porque la deuda, aunque sea pública, también hay que pagarla. En esa dirección, hay quien ha sugerido lo contrario: que se cree con dinero público un banco bueno que compre los activos sanos y conceda créditos y deje los tóxicos a quienes han sido el origen del problema.Como se ve, tendremos que recurrir a otros mecanismos para conseguir que la banca mundial conceda más créditos para crear empleo.¡Menos mal que en España no necesitamos nada de esto, sino sólo despedir más barato!

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

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La polémica del crédito, de Luis de Guindos en Mercados en El Mundo

Posted in Economía by reggio on 15 febrero, 2009

APUNTES ECONOMICOS

Decía Aristóteles que «todas las causas son inicios». Si es así, el inicio de la crisis actual se encontraría en los últimos años de crecimiento exponencial del crédito, que en el caso de España superó, en más del doble, al incremento del PIB nominal. Y es que la crisis actual es una crisis de sobreendeudamiento. En España, este proceso de crecimiento de la deuda fue especialmente intenso por cualquier indicador que tomemos. Pero, tal vez, el más representativo lo tengamos en nuestro déficit exterior, que alcanzó durante varios años niveles próximos al 10% del PIB, el más elevado de los países de la OCDE y que señala el endeudamiento de la economía española frente al resto del mundo.

Además, aquí el aumento de la deuda fue más rápido que en otros países. Se podría decir que la economía española se hizo muy dependiente, tal vez incluso adicta, al crédito. Dicho proceso fue intermediado por los bancos y cajas españolas que, a su vez, dada la caída de la tasa de ahorro nacional, tuvieron que pedir prestado en el extranjero. La fiesta se acabó con el inicio de la crisis financiera internacional, hace ahora 20 meses. Y cada día que pasa se hace más dramática la percepción de los agentes por esta ausencia de financiación, y se intensifica la búsqueda de culpables de la misma.

De cara a una reflexión pausada sobre lo que está ocurriendo, creo que se podrían hacer varias consideraciones relevantes.La primera es que la restricción de crédito se está dando en todo el mundo. El crédito se ha convertido en un bien muy escaso globalmente. Además, en una serie de países muy importantes se ha producido la entrada de los gobiernos en las entidades bancarias.Seguramente, la recapitalización pública puede llevar a que los gobiernos indiquen a estas entidades que sus esfuerzos en la concesión del crédito se centren en sus propios países en una especie de neo-proteccionismo financiero. Ello puede estar teniendo ya un impacto importante en España, puesto que la banca extranjera había jugado un papel muy relevante en la financiación empresarial.Esta ausencia de financiación de la banca extranjera seguramente se agravará en los próximos meses, lo que intensificará aún más la percepción de falta de crédito.

En segundo lugar, la situación de sobreendeudamiento de familias y empresas está generando de modo natural una caída de la demanda de crédito de las mismas, para reducir el peso de la financiación ajena en sus balances. Es lo que se denomina el proceso de «desapalancamiento», que exige además, en el caso de las empresas, la venta forzada de activos para reducir el ratio de recursos ajenos sobre el capital. Se trata de un proceso doloroso que restringe el consumo, la compra de vivienda y el gasto en capital, y que sin duda está detrás de la recesión de la economía mundial, aunque en el caso de España probablemente sea especialmente agudo, como consecuencia de nuestra elevadísima dependencia del crédito en el último lustro.Este fenómeno debe llevar a una contracción de los balances bancarios como reflejo a su vez del esfuerzo de reducción del peso de la deuda que están realizando las empresas y los hogares.

Por otro lado, a lo largo del ciclo del crédito se pueden producir efectos redistributivos que, de algún modo, esconden elementos de injusticia en el tiempo. Seguramente, en el caso de las empresas, las que han acumulado en exceso el crédito en la fase alcista del ciclo y han generado la situación de sobreendeudamiento no son las mismas que las que lo necesitan en la actualidad para financiar su actividad corriente -el capital circulante-. Este hecho aumenta la sensación de frustración de numerosas pequeñas y medianas empresas que sufren hoy la restricción crediticia y que además no contribuyeron a crear el problema del exceso de endeudamiento, pues se comportaron siempre con responsabilidad.

¿Qué se puede hacer para enfrentarse a esta situación? En primer lugar, analizar con rigor el problema, ya que si los agentes perciben que el análisis de la situación es inexacto, entonces seguramente también acabarán dudando de las soluciones que se recomienden. Una vez se tiene un diagnóstico acertado, se trata de intentar devolver la confianza al sector bancario. No se puede dejar caer a ninguna institución. Sus depósitos deben estar asegurados por el sector público, aunque los accionistas y los gestores pueden perderlo todo.

En este sentido, los programas de ayuda de los distintos gobiernos, incluido el del Gobierno español, fueron correctos y evitaron el colapso de los sistemas bancarios en el mundo. A partir de aquí, se trata de utilizar instrumentos disponibles -compra de activos tóxicos, inyecciones de capital o garantías de pérdidas por carteras de préstamos- para apuntalar la solvencia del sistema, lo que sin duda acabará normalizando la situación con el tiempo.

Además, la política fiscal expansiva debe ser utilizada con enorme precaución. Un crecimiento excesivo del gasto público puede acabar siendo contractivo en la medida que su financiación desplace al sector privado, lo que agravaría la restricción crediticia a la que se enfrentan hogares y empresas. En el caso de España, sería muy importante agilizar los pagos del sector público a sus proveedores. El incumplimiento en los plazos de los pagos de las distintas administraciones públicas está intensificando la situación de carencia de liquidez e incentiva la enorme morosidad que se está viviendo en todos los ámbitos en nuestro país.

Una última reflexión: el negocio de los bancos es dar crédito, y a dicha finalidad se dirige toda su organización. Ahora bien, dicho crédito debe concederse a clientes solventes. Lo peor que nos podría pasar es que nos acabáramos encontrando con una crisis bancaria que se superpusiera a la crisis económica. Seguramente en los próximos meses veremos cómo el crecimiento del crédito converge hacia el del PIB nominal, que no es descartable que sea incluso negativo. Entonces, y aplicando la metafísica aristotélica, con bastante probabilidad, habremos empezado a estabilizar la economía española y a poner las bases de su recuperación futura, ya que tendremos «la causa» de la salida de la crisis.

luisdeguindos@hotmail.com

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La segunda factura, de Josep Ramoneda en Domingo en El País

Posted in Política by reggio on 15 febrero, 2009

A Mariano Rajoy le ha caído la segunda factura de Aznar. La primera fue la guerra de Irak que le impidió ganar las elecciones y le metió en una legislatura en la que el PP operó sin espacio para la cordura. La segunda llega ahora en forma de sospechosas tramas de corrupción, trabadas en los años felices en que la derecha creía que todo le estaba permitido.

Está demostrado que la especie humana no acumula y repite errores sin que las lecciones del pasado sirvan de nada. El PP ha reaccionado del mismo modo que el PSOE en los tiempos de Filesa o de los GAL: intentando tapar las malas noticias con el socorrido recurso a las teorías conspirativas. Poco importa poner de vuelta y media a las instituciones del Estado, ya sea el Poder Judicial o el Ejecutivo. A los responsables políticos, cuando se sienten acorralados, les tiene sin cuidado la reputación de las instituciones. Pero Rajoy debería haber aprendido de experiencias anteriores que si hay delito, si el dinero pasa por circuitos indebidos y sirve a intereses ilegítimos, se acaba sabiendo. Con la resistencia a afrontar el problema no sólo no se salva el honor sino que se pierde el prestigio. En vez de hacer limpieza y llegar hasta donde sea necesario en el interior de su partido, Rajoy -bajo la inspiración de la incombustible Rita Barberá- se fotografía en familia, en un entrañable retablo de cordiales enemigos, como si las acusaciones, por el hecho de cerrar filas, fueran menos graves.

Es cierto que Bermejo y Garzón -otros que parecen no haber aprendido del pasado- han aportado una baza que ha permitido a la derecha aliviar su situación por unas horas. ¿Cómo se les puede ocurrir al ministro y el juez irse juntos de cacería, con la que está cayendo? Transmiten, con este gesto, una sensación de impunidad especialmente grave. Ni los jueces ni los ministros están por encima del bien y del mal. Bermejo ha cometido un error político grave, que Zapatero debería tener en cuenta. Y Garzón, una ligereza que puede complicar absurdamente el discurrir judicial de este procedimiento. Y de ello sólo los responsables de la trama sacarán ventaja.

Se equivocará Rajoy, sin embargo, si ve en esta baza su salvación. Los delitos son delitos independientemente de que el juez tenga un patinazo. Y, por tanto, si hay trama delictiva la habrá en cualquier caso. Siempre ha sido de tontos despistar a la ciudadanía centrando la atención en el dedo, para que no se dé cuenta de que la luna está podrida.

Por lo demás, hay un principio que todo responsable debe conocer: el enemigo está en casa. No conozco, en 30 años de democracia, ni un sólo escándalo político en el que la garganta profunda no haya salido del propio partido afectado. Rajoy puede pretender que la opinión pública mire a otra parte. Pero debe saber, y si no lo sabe difícilmente podrá defenderse, que si las malas noticias abruman a su partido es porque hay en su interior una guerra sin cuartel con un objetivo claro: que no sea candidato a las próximas elecciones. Y sería absurdo que el PSOE promoviera esta movida porque difícilmente puede aspirar a tener mejor rival que Rajoy, que en plena crisis todavía no ha conseguido el sorpasso.

Como se ha dicho estos días, la fiesta se acabó. Los años del despilfarro y el dinero fácil han quedado atrás. Y esto también vale para los partidos políticos. Las tramas que merodeaban al PP y se enriquecían en su torno ven cómo el negocio declina, porque no hay dinero para seguir especulando con el suelo y continuar con la alegría de las recalificaciones y las promociones sin límite. Y cuando esto ocurre, las posibilidades de reparto se reducen y llega la hora de los cuchillos largos. Esto es lo que está ocurriendo en las proximidades del PP.

En fin, una vez más nos topamos con la sombra de la financiación de los partidos políticos. Son ellos los que tienen que regularla. Y no son capaces de hacerlo. En tiempos de restricciones para todos, darían buen ejemplo si acabaran con el despilfarro de las campañas y con el descontrol en el uso de sus recursos. Pero, por lo visto, el negocio es tan grande que bien merece la pena sufrir un escándalo de vez en cuando. O por lo menos esto es lo que los mortales podemos deducir a la vista del poco interés en resolverlo. Ya son muchos los líderes que han visto embrutecida su carrera por estos asuntos de dinero. Y, sin embargo, no les parece motivo suficiente para ponerse de acuerdo y acabar de una vez con esta lacra. ¿Por qué será?

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Incapacidad para reaccionar, de Paul Krugman en Negocios en El País

Posted in Economía by reggio on 15 febrero, 2009

Según todos los parámetros políticos normales, el acuerdo conseguido esta semana en el Congreso de EE UU en torno al paquete de estímulo económico ha constituido una gran victoria para el presidente Obama. Ha obtenido más o menos lo que había pedido: casi 800.000 millones de dólares para rescatar la economía, y de ellos, la mayoría asignados al gasto y no a rebajas fiscales. ¡Descorchemos el champán!

O quizá no. Éstos no son tiempos normales, de modo que los parámetros políticos normales no son válidos: la victoria de Obama da la impresión de ser más bien una derrota. La ley de estímulo parece útil, pero inadecuada, en especial si se combina con un decepcionante plan de rescate para los bancos. Y el juego político en torno al plan de estímulo ha convertido los sueños pospartidistas de Obama en tonterías.

Empecemos por la política

Se podría haber esperado que los republicanos se mostrasen al menos ligeramente escarmentados en estos primeros días del Gobierno de Obama, dada su sonora derrota en las dos últimas elecciones y la debacle económica de los pasados ocho años.

Pero ahora está claro que la devoción del partido por el vudú profundo -reforzado en parte por los grupos de presión dispuestos a presentar rivales en las primarias contra los herejes- es tan fuerte como siempre. Tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado, la inmensa mayoría de los republicanos cerró filas en torno a la idea de que la respuesta adecuada al vergonzoso fracaso de las rebajas fiscales del Gobierno de Bush son más rebajas fiscales al estilo Bush.

Y la respuesta retórica de los conservadores al plan de estímulo -que, vale la pena tenerlo en cuenta, costará considerablemente menos que los recortes de dos billones de dólares en impuestos de la Administración de Bush, o el billón gastado en Irak (y los que se gastarán)- raya en la demencia.

Es un “robo generacional”, comentaba el senador John McCain pocos días después de votar a favor de unos recortes tributarios que habrían costado cuatro veces más a lo largo de la próxima década. Está “destruyendo el futuro de mi hija. Es igual que si me sentara a ver cómo una panda de delincuentes saquea mi casa”, decía Arnold Kling, del Instituto Cato.

Y la acritud del debate político no da igual porque despierta dudas acerca de la capacidad del Gobierno de Obama para recaudar más dinero si, como parece probable, el plan de estímulo resulta insuficiente.

Porque si bien Obama ha conseguido más o menos lo que pidió, casi con certeza no pidió lo suficiente. Probablemente nos enfrentamos a la peor crisis desde la Gran Depresión. La Oficina Presupuestaria del Congreso, que generalmente no es dada a la hipérbole, predice que a lo largo de los próximos tres años se producirá un desfase de 2,9 billones de dólares entre lo que la economía puede producir y lo que de hecho producirá. Y 800.000 millones de dólares, aunque parezca mucho dinero, no sirve ni mucho menos para salvar ese abismo.

Oficialmente, la Administración insiste en que el plan es adecuado para las necesidades de la economía. Pero pocos economistas se muestran de acuerdo. Y en general se cree que las consideraciones políticas llevaron a un plan más débil y que contiene más reducciones de impuestos de los que debería tener; que Obama cedió por adelantado, con la esperanza de obtener un amplio apoyo de ambos partidos. Acabamos de ver lo bien que le ha funcionado.

Sin embargo, las probabilidades de que el estímulo fiscal resulte adecuado serían mayores si fueran acompañadas por un rescate financiero eficaz que descongelase los mercados crediticios y volviese a poner el dinero en movimiento. Pero el largamente esperado anuncio de los planes de la Administración de Obama en ese frente, que también se producía esta semana, aterrizaba con un vil ruido sordo.

No es que el plan esbozado por Tim Geithner, secretario del Tesoro, sea precisamente malo. Es más bien que es vago. Nos deja a todos tratando de averiguar cuáles son realmente las intenciones del Gobierno. ¿Acabarán esas alianzas entre el sector público y el privado siendo una forma encubierta de avalar a los banqueros a expensas de los ciudadanos? ¿O servirá la requerida prueba de tensión de puerta trasera para la nacionalización temporal de los bancos? (la solución preferida por un número cada vez mayor de economistas, entre los que me incluyo). Quién sabe.

En general, el efecto ha sido el de ganar tiempo. Y eso no basta.

Por el momento, la respuesta del Gobierno de Obama a la crisis económica recuerda mucho a la respuesta de Japón en la década de 1990: una ampliación presupuestaria suficientemente amplia para evitar lo peor, pero no lo suficiente como para que la recuperación arranque; apoyo al sistema bancario, pero con reservas a la hora de obligar a los bancos a afrontar sus pérdidas. Todavía es pronto, pero nos estamos saliendo de la curva.

Y no sé ustedes, pero yo siento una sensación rara en el estómago, como si Estados Unidos no estuviera a la altura del mayor reto económico en 70 años. Puede que los mejores no carezcan por completo de convicción, pero parecen alarmantemente dispuestos a conformarse con medias tintas. Y los peores están, como siempre, llenos de apasionada intensidad, completamente ajenos al grotesco fracaso de su doctrina en la práctica.

Todavía hay tiempo para dar la vuelta a la situación. Pero Obama tiene que ser más fuerte y mirar más hacia el futuro. De lo contrario, el veredicto de esta crisis podría ser que no, no podemos.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel en 2008.

Traducción de News Clips.

© New York Times News Service, 2009.

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Los precios se desinflan, de Ángel Laborda en Negocios en El País

Posted in Economía by reggio on 15 febrero, 2009

Los dos indicadores estrella de la semana han sido el avance del crecimiento del PIB en el cuarto trimestre de 2008 y el IPC de enero. El PIB se contrajo un 1% respecto al trimestre precedente y un 0,7% respecto al mismo periodo del año anterior. Esta vez, el INE se separó de la estimación del Banco de España (no es usual), mejorando las cifras en una décima porcentual, lo cual es algo difícil de entender, pues la información que hemos conocido después de publicarse dicha estimación ha sido bastante peor de lo que cabía prever.

También el avance del INE mejora en unas tres décimas porcentuales la previsión que se hacía en esta página de coyuntura nacional el 25 de enero. Cuando dispongamos de la información detallada, el próximo día 18, podremos ver dónde radican las diferencias. En todo caso, sorprende que, siendo los indicadores españoles de producción, de demanda y sobre todo de empleo los que más caen entre las grandes economías europeas, su PIB sea el que menos lo hace. El PIB alemán cayó un 2,1% en este trimestre; el francés, un 1,2%; el italiano, un 1,8%; el inglés, un 1,5%, y el del conjunto de la zona euro, también un 1,5%. En el mismo sentido, parece poco lógico que, siendo la economía española la que tiene todas las cartas para ser la más vapuleada por la crisis (la más expuesta a la restricción del crédito, dada su enorme dependencia de él, y una de las más afectadas por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria), haya sido de las últimas de la zona euro en caer en recesión técnica (dos trimestres consecutivos con retrocesos del PIB).

Respecto al IPC, sí que dimos en el blanco con nuestra previsión, aunque fue por casualidad. La inflación bajó del 1,4% al 0,8% (gráfico superior izquierdo), como preveíamos, pero ahí acaban todas las coincidencias. A nivel de grupos de productos, las desviaciones fueron importantes, aunque se compensaron. Descendieron menos de lo previsto los precios de la energía, pero lo hicieron más los de los bienes industriales no energéticos (BINE), al tiempo que los aumentos de los alimentos y de los servicios fueron significativamente menores.

Comparando el comportamiento del IPC con el de un año antes (que es lo que explica la variación de la inflación interanual), se observa que todos los grupos de productos se han comportado de forma menos inflacionista (gráfico superior derecho). Así, de las seis décimas en que se ha reducido la inflación, la tercera parte se debe a la energía; otra tercera parte, a los BINE, fundamentalmente al vestido y calzado (las rebajas este año han sido superiores a las del pasado año), y la otra tercera parte se lo reparten los alimentos y los servicios, destacando la rúbrica de turismo y hostelería. Por ello, la inflación subyacente ha descendido cuatro décimas, hasta el 2%.

Aparte de la caída del precio del petróleo y resto de materias primas, la causa que explica esta moderación de la inflación es la debilidad de la demanda. Podemos decir, por tanto, que ahora sí que empieza a ser genuina la desaparición del diferencial de inflación con la zona del euro (de hecho, este diferencial ya es negativo desde diciembre), en cuanto que no es debida sólo a la caída de los precios del petróleo.

Tras incorporar los datos de enero a los modelos de previsión, las perspectivas para lo que resta del año apenas cambian. Empeoran ligeramente las previsiones para el grupo de energía, debido a un cierto repunte del precio del petróleo y del dólar frente al euro respecto a los niveles prevalecientes cuando se hicieron las anteriores previsiones, pero mejoran las del resto de los grupos. Concretamente, en el mes de febrero en curso, la inflación se mantendría en la misma tasa que en enero, un 0,8%, pero en marzo recobraría la tendencia a la baja hasta llegar a una tasa negativa de -1% en julio; posteriormente se orientaría de nuevo al alza, para cerrar el año con un 1,4% en diciembre. La media anual se situaría en un 0,1%. Si el precio del petróleo se mantiene cerca de los niveles actuales, lo más probable es que la inflación sea incluso menor de la que pronostican los modelos univariantes, pues el efecto de la debilidad de la demanda posiblemente no lo estén recogiendo todavía en toda su magnitud.

Ángel Laborda es director de coyuntura de la Fundación de las Cajas de Ahorros (FUNCAS).

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El crédito de la política se pone a prueba en Galicia y el País Vasco, de Enric Juliana en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 15 febrero, 2009

ELECCIONES: PAIS VASCO Y GALICIA

Las elecciones del 1 de marzo en Galicia y el País Vasco ofrecerán todo un catálogo de señales -grado de resistencia del Gobierno y campo de alianzas de Zapatero, solidez de la oposición y posibilidades de supervivencia de Rajoy, impacto real de los escándalos madrileños, vigor y vigencia de los nacionalismos…-, pero serán, por encima de todo, una dura prueba para la credibilidad de la política en tiempos de grave crisis económica. Aires de desaliento y augurios de abstención recorren las encuestas. Es el entero sistema el que se expone.

En Galicia, tierra abonada a la abstención, la última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ha detectado un 30% de indecisos y todos los partidos dan por seguro que esta vez no se repetirá el 68% de participación que despidió a Manuel Fraga Iribarne de la presidencia de la Xunta. Una participación por debajo del 62%, concentrada la desafección en la Galicia atlántica (la que más sufre la crisis), volvería a dar gran preponderancia al voto rural, con la consiguiente ventaja para el Partido Popular, que sigue teniendo en los pequeños municipios su principal baluarte, pese a los avances de socialistas y nacionalistas en el arte de construir clientelas locales.

En el País Vasco se está registrando un descenso del 20% en las solicitudes de voto por correo (el plazo acaba el día 19) y nadie sabe a ciencia cierta qué comportamiento tendrá la denominada izquierda abertzale ante la ausencia de un referente electoral claro, al ser anuladas las dos candidaturas que pretendían sustituir a Batasuna.

La abstención o el voto en blanco de unos cien mil abertzales puede dejar al Partido Nacionalista Vasco al albur de una endiablada partida de mus. Y el desconcierto de los trabajadores del amenazado clúster automovilístico de Vigo y de los demás núcleos fabriles atlánticos podría costar un serio disgusto a los socialistas en Galicia.

En el noroeste, el PP busca con ahínco la desmovilización del electorado de izquierdas. Los populares han puesto en el centro de su campaña la sugerente imagen de O Sultan (El Sultán), apodo que dan al presidente socialista Emilio Pérez Touriño, tras conocerse el importe de su último coche oficial (480.000 euros) y los costes de reforma de su despacho y otras dependencias del palacio de San Caetano en Santiago (dos millones de euros). Son cifras muy poco simpáticas en tiempos de crisis. El torpedo de Alberto Núñez Feijóo (líder del PP gallego) ha descolocado un tanto a Pérez Touriño, seguramente más proclive a las apariencias del poder (fraguismo de izquierdas) que a los lujos asiáticos.

La imagen del sultanato gallego es incisiva, pero le han caído encima el escandalazo madrileño (y su ramificación valenciana), la foto del compungido comité ejecutivo del PP rememorando el pasado miércoles El entierro del conde de Orgaz y la jugosa cacería en Jaén. Al actual disparate madrileño sólo le falta Sor Patrocinio, la Monja de las Llagas. Con ella (delirante consejera de Isabel II) se completaría el viaje de regreso a La corte de los milagros,obra maestra del gallego Ramón María del Valle-Inclán.

El entero sistema se juega su prestigio el 1 de marzo ante la evidente dificultad de articular soluciones locales a la primera gran crisis de la globalización.

¿Para qué sirve hoy la política? En el País Vasco para una cosa: para poner freno o sordina a los sueños soberanistas alimentados desde el poder más próximo. El viraje del Partido Nacionalista Vasco, siempre hábil en el manejo del tiempo político, ha sido espectacular. Del derecho a decidir al pacto presupuestario en Madrid. De la retórica semiindependentista al actual frenesí de Juan José Ibarretxe por la inauguración de parques tecnológicos. La crisis acentúa el sesgo conservador de la sociedad vasca (es lógico: tiene mucho que conservar). Y en tiempos de turbación ni san Ignacio hacía mudanza.

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Sarkozy abre la caja de Pandora, de Joaquim Muns en Dinero en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 15 febrero, 2009

Se veía venir y sólo era cuestión de tiempo. Después de los intentos fallidos, por lo menos hasta ahora, de poner el sector financiero sobre bases sólidas, ha llegado el turno del sector del automóvil. Hacía semanas que se flirteaba con la idea de echar una mano a esta actividad y, de hecho, ya se habían puesto en marcha algunas iniciativas relativamente moderadas a ambos lados del Atlántico. Finalmente, ha sido el presidente francés, Nicolas Sarkozy, quien se ha puesto manos a la obra y ha demostrado el poder de los gobiernos para hacer y deshacer lo que les plazca, naturalmente con el dinero de los contribuyentes.

El señor Sarkozy siempre ha sido un ferviente nacionalista en el terreno económico. Le ha gustado hablar como un liberal, amigo y admirador de Estados Unidos, y actuar como un decidido proteccionista de lo que considera los intereses de la nación francesa.

Es esta inclinación patriótica la que le ha impulsado a poner en práctica un paquete de ayudas a las dos grandes empresas francesas de automóviles -Peugeot-Citroën y Renault- por valor de unos 9.000 millones de euros.

LA AMENAZA PROTECCIONISTA

Se han ido filtrando algunas de las condiciones de esta ayuda: estabilidad de las plantillas durante cinco años y freno a la deslocalización de estas empresas. También se hace un guiño de cara a repatriar la producción de las fábricas que tienen estas empresas en el extranjero. Obviamente, este ejemplo de proteccionismo puro y duro ha levantado ampollas en toda Europa y parece que ha despertado a la Comisión Europea de su letargo.

No hay ninguna duda de que lo que es, por ahora, una seria recesión puede convertirse en un drama si se pone en marcha una carrera proteccionista de los gobiernos. Porque lo que no puede pretender el presidente Sarkozy es que sus socios comerciales, especialmente los más vulnerables del Este de Europa, pero también los demás, no tomen medidas de represalia ante tamaña ayuda al sector del automóvil francés. De hecho, el Gobierno español anunció el viernes un plan de ayuda a la industria automovilística nacional por valor de 4.000 millones de euros.

Fue precisamente este encadenamientos de acciones y reacciones proteccionistas el que hizo que el comercio mundial se contrajera en dos terceras partes en la Gran Depresión de los años 30, con consecuencias funestas.

Muchos autores consideran que la política comercial proteccionista iniciada por los americanos con el Arancel Smoot-Hawley de 1930 fue incluso más funesta que el desorden financiero en el agravamiento y duración de la Depresión.

El proteccionismo puede salvar puestos de trabajo a corto plazo, aunque a un coste elevado, seguramente superior al de mantener a la gente en su casa pagándole el salario. Para los gobiernos lo importante parece ser mantener la rueda de producción funcionando aunque los coches producidos se acumulen en los patios de las fábricas.

Pero a medio y largo plazo, muchos de estos puestos de trabajo se perderán, porque lo que hacen actuaciones como las del Gobierno francés es evitar las necesarias y apremiantes reformas de la industria europea del automóvil, en la que hay un claro exceso de capacidad de producción.

Cuando, como en el caso que comentamos, la actuación del Estado se dirige a mantener el statu quo y a frenar las reformas que precisamente la crisis hace más necesarias, se está actuando con una visión muy miope de la realidad. Lo más importante que debe hacerse en una fase contractiva del ciclo como la actual es aprovecharla para poner unas bases sólidas de cara a la próxima fase expansiva, que tarde o temprano llegará.

Uno de los resultados más nefastos de proteger a un sector es la incapacidad moral en que se sitúa el Estado de negar el mismo trato dadivoso a otras actividades. En realidad, esta carrera por la subvención estatal, que quiere decir del contribuyente, ya ha comenzado.

Todos tienen derecho a pensar que su actividad es tan importante como la de fabricar automóviles. Lo pueden pensar, con razón, los editores, los transportistas, los metalúrgicos, etc. Y si se ayuda a los que no pueden pagar su hipoteca para evitar su desahucio, también pueden reclamar ayudas públicas los inquilinos que no pueden pagar su alquiler, porque en definitiva este impago también llevará al desahucio.

Si la crisis persiste y sigue agravando la situación económica, es de temer que el ejemplo del señor Sarkozy sea imitado con pasión, y todo ello nos conduzca a un sistema económico apuntalado sin ton ni son, es decir, sin unos parámetros claros de por qué se hacen las cosas y cuáles van a ser las consecuencias a medio y largo plazo.

Hasta ahora se había defendido de forma generalizada que la competencia leal entre las naciones era una fuente de riqueza y de prosperidad. Esta es la idea motriz de la integración europea: ampliar el espacio en el que compiten los agentes económicos y especialmente las empresas.

La Unión Europea y sus instituciones tienen ahora el gran reto de demostrar que sirven para algo. La comisaria de la Competencia, la señora Kroes, que tanto se prodigó en las buenas épocas, debería ahora convencernos de que la integración europea sirve efectivamente para frenar los abusos y salidas de tono de los gobernantes de la Unión, por muy importantes que se sientan. Porque a los europeos no les interesa, creo, una integración europea que sólo sirva para los tiempos de prosperidad.

Joaquim Muns. Economista y abogado. Premio de Economía Rey Juan Carlos I, es catedrático de OEI en la UB y fue director ejecutivo del FMI y del Banco Mundial.

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La moneda única y nuestra crisis, de Eugenio M. Recio en Dinero en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 15 febrero, 2009

Hace unos días, la representante de la cadena alemana de televisión ARD solicitó hacerme una entrevista para hablar del euro y la crisis de nuestra economía. Me sorprendió el interés por este tema porque hasta ahora apenas había comprobado que en nuestro país, fuera de algún caso raro, se planteara esta cuestión pero la entrevistadora me dijo que hablando con la gente de la calle había encontrado que, con bastante frecuencia, se culpaba al euro de nuestra grave situación económica, aunque el argumento que se repetía era la subida de precios que supuso el cambio de la peseta al euro.

Más preocupante podría ser la declaración que hizo en el Foro Económico Mundial de Davos, a finales de enero, el director del Centre for European Reform, el británico Charles Grant, al afirmar que, si la recesión se prolonga, España, junto a Italia, Grecia y Portugal, podría verse forzada a abandonar el euro. Interesa, pues, que tengamos las ideas claras sobre el papel que ha podido tener el euro en el origen de la crisis que sufrimos y en las posibilidades para salir de ella.

Es verdad que el euro nos priva del instrumento monetario al que se recurría en las crisis anteriores. En la última crisis, en los años 1992 y 1995, se devaluó la peseta cuatro veces, siendo presidente del Gobierno Felipe González y ministro de Economía Pedro Solbes, que todavía no había adquirido la experiencia de ser comisario de Economía en la Unión Europea (UE). Probablemente, si siguiéramos con autonomía monetaria, en la crisis actual, el sr. Solbes se habría sentido presionado más de una vez a recurrir al mismo instrumento para facilitar nuestras exportaciones, buscando una solución a corto plazo sin atender a las consecuencias que tendría para la fase de recuperación de nuestra economía la inflación que provocaría, como ocurrió en el pasado, y el encarecimiento de las importaciones tan vitales por nuestra dependencia energética.

Coincidimos con la mayor parte de nuestros expertos en reconocer que el euro no sólo no ha agravado nuestra crisis económica sino que nos debería permitir afrontarla y superarla con más éxito. Cuando el presidente del Gobierno insistía en que la economía española estaba en mejores condiciones para afrontar la crisis que otras economías, se tendría que referir a dos magnitudes claves: el superávit del presupuesto y el volumen de nuestra deuda pública y a la situación de nuestro sistema bancario, circunstancias que, sin lugar a dudas, son consecuencia de la disciplina monetaria que nos impuso el euro.

Para quien conozca la historia monetaria de nuestro país desde tiempos del franquismo, por no alargar el horizonte histórico, reconocerá que nuestro ingreso en el sistema monetario del euro en 1998 supuso una feliz ruptura con una política monetaria incontrolada, comparable a la que existía en Francia e Italia por hablar sólo de los países más próximos. Merecen el mayor reconocimiento los políticos que disciplinaron nuestra economía monetaria para conseguir que cumpliéramos los requisitos necesarios para ingresar en la zona euro desde el principio, lo cual parecía imposible por mucha ingeniería que se aplicase. Después, tuvimos la suerte de que dos economistas españoles, los señores Solbes y Almunia fueran elegidos para ocupar el cargo de comisarios económicos de la Comisión Europea y que tuvieran la suficiente flexibilidad para asimilar la nueva cultura monetaria que rige la política del Banco Central Europeo y que ha dado lugar al Pacto de Estabilidad y Crecimiento, haciendo operativos algunos de los principios económicos básicos del Tratado de la Unión Europea (o Tratado de Maastricht) y que ha reforzado la disciplina del Banco de España a través de sus últimos gobernadores.

Para entender el papel del euro en la grave crisis que sufre nuestro país, con las peculiaridades que le distinguen, para bien o para mal, de otros países de la eurozona, hay que tener en cuenta que la crisis nuestra tiene un doble componente: el agotamiento del ciclo inmobiliario, que es un problema de nuestra economía real independiente de la crisis financiera mundial, y las consecuencias de esta crisis financiera que, ciertamente, han agravado la evolución de nuestro ciclo coyuntural, pero que tienen causas externas a nuestra economía.

En la crisis inmobiliaria, el euro ha podido influir negativamente en cuanto los bajos niveles del tipo de interés establecidos por el BCE, antes de la crisis, estimularon el endeudamiento de nuestros conciudadanos y favorecieron un boom que tenía que explotar y del que nos previnieron repetidamente los organismos internacionales.

Por lo que se refiere a la crisis global hay que recordar que en una fase inicial, en la que subieron por maniobras especulativas, los precios del petróleo y las materias primas, disponer del euro que se revalorizó respecto al dólar, facilitaba nuestras importaciones. En cuanto a la crisis financiera propiamente dicha, disponer de una moneda reconocida internacionalmente, sólida y estable, ofrece sin duda mayor capacidad de maniobra que si tuviéramos una moneda nacional inestable y proclive a devaluaciones.

Pienso, sin embargo, que lo que es más de apreciar en nuestra integración en la eurozona es ese cambio de cultura monetaria, por fortuna diferente de la de Estados Unidos, que nos ha impuesto la moneda común y que, con frecuencia, parece ser olvidada por nuestros responsables políticos en sus generosas decisiones de gasto público. Magnanimidad que ha tenido que aceptar incluso el mismo sr. Solbes, que hace meses anunció el agotamiento de nuestros recursos financieros. Pero por pertenecer a la zona euro ya han empezado a sonar las alarmas, que no oiríamos con un sistema monetario autónomo, y que nos recuerdan que en situaciones de crisis el déficit presupuestario no debería superar el 3% del PIB.

Eugenio M. Recio. Profesor de Economía de Esade (URL). Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales en la UB. Titulado en Sociología en la Universidad de Colonia.

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“¡Que se vayan todos!”, de Fátima Martín en El Confidencial

Posted in Economía, Internacional by reggio on 15 febrero, 2009

“¡Que se vayan todos!” El grito de guerra de la Argentina del corralito en 2002 “es la nueva consigna global”. Así, en castellano, lo tituló The Guardian hace unos días en una columna de opinión de Naomi Klein, intelectual antiglobalización autora de los best sellers No Logo y el muy recomendable La doctrina del shock, auge del capitalismo del desastre. En su artículo, reproducido en la red tanto en páginas cristianas como anarquistas, Klein afirma que “desde Islandia hasta Letonia, pasando por Corea del Sur y Grecia, el resto del mundo está llegando a la misma conclusión: ¡Que se vayan todos!”.

“Viendo a las multitudes en Islandia blandiendo y golpeando ollas y cacerolas hasta hacer caer a su gobierno me acordaba yo de una popular consigna coreada en los círculos anticapitalistas en 2002: ‘Ustedes son Enron; nosotros, la Argentina’. (…) Lo que hizo única la rebelión argentina de 2001-2002 fue que no iba dirigida contra ningún partido político concreto, ni tampoco contra la corrupción en abstracto. Su objetivo era el modelo económico dominante: fue la primera revuelta de una nación contra el capitalismo desregulado de nuestros días”, escribe Klein.

La periodista cita a Gudrun Jonsdottir, una oficinista islandesa de 36 años que manifiesta el descontento de muchos nadies en distintos países: “Estoy hasta el moño de todos estos. No me fío del gobierno, no me fío de los bancos, no me fío de los partidos políticos y no me fío del FMI. Teníamos un país estupendo, y se lo han cargado”.

“Parecidas exigencias pueden oírse en Letonia. Pero los disturbios letones sí son especiales: las mismas políticas que permitieron al “Tigre Báltico” crecer a una tasa del 12% en 2006, están ahora causando una violenta contracción que se estima del 10% para este año: el dinero, emancipado de toda barrera, viene tan prontamente como se va, tras rellenar, eso sí, algunos bolsillos políticos. No es casual que muchas de las catástrofes de hoy sean los “milagros” de ayer: Irlanda, Estonia, Islandia, Letonia”…

El tigre ibérico comienza a aullar

Naomi Klein no habla del tigre ibérico. Pero el paro en nuestro país ha pasado en un año del 8,7% al 14,4% de la población activa, muy por encima de la media de la zona euro (8%) y la la UE (7,4%), según Eurostat. Y nuestra economía ha pasado de crecer el 3,8% en 2007 a entrar en recesión, al contraerse un 1% entre octubre y diciembre de 2008, por segundo trimestre consecutivo. Ya lo publicó El Confidencial en diciembre de 2006, haciéndose eco de un demoledor editorial de The Wall Street Journal, en el que aseguraba que “una vez que finalice el boom inmobiliario, España volverá a la mediocridad del pasado“.

El milagro español se está convirtiendo en la pesadilla europea a “velocidad de crucero”. Que se lo pregunten a los habitantes del pueblo gaditano de Espera. Este municipio de 4.000 personas, con 2.300 almas en edad de trabajar, sufre un paro del cien por cien. Tradicionalmente dedicados al cultivo del trigo y el girasol, se pasaron al ladrillo. Ahora el campo ya está explotado y la construcción también está en crisis. Desesperados, se encerraron en la oficina del Servicio Andaluz de Empleo (SAE) para a continuación concentrarse en la sede del Banco de Andalucía. Los pequeños y medianos empresarios del hormigón y de la construcción estacionaron sus furgonetas en la calle como medida de protesta ente la falta de trabajo en el municipio. No es el primer ejemplo de protesta ni a buen seguro será el último, especialmente en un momento en el que los de abajo empiezan a no querer y los de arriba, a no poder.

Klein dice que hay “algo más argentinesco en el aire. En 2001, los dirigentes argentinos respondieron a la crisis con un brutal paquete de austeridad dictado por el FMI: 9.000 millones de dólares de recorte del gasto público, señaladamente en sanidad y educación. Lo que se reveló un error fatal. Los sindicatos de los trabajadores realizaron una huelga general, los maestros sacaron sus clases a la calle, y por doquiera proseguían las protestas. Esa misma negativa de los de abajo a ser inmolados en la crisis es lo que une hoy a muchos manifestantes de todo el mundo. Como están gritando en la calle los estudiantes italianos: ‘No pagaremos por vuestra crisis’”.

http://www.naomiklein.org

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Que se vayan todos, de Naomi Klein en La Jornada

Posted in Economía, Internacional by reggio on 15 febrero, 2009

Al mirar la muchedumbre en Islandia que golpeó cacerolas y sartenes hasta que su gobierno cayó, me acordé de una popular consigna en los círculos anticapitalistas en 2002: “Tú eres Enron. Nosotros somos Argentina”.

Su mensaje era sencillo. Ustedes –los políticos y ejecutivos en jefe apiñados en alguna cumbre comercial– son como los imprudentes y estafadores ejecutivos de Enron (claro, no conocíamos ni la mitad de la historia). Nosotros –la chusma de afuera– somos como el pueblo de Argentina, el cual, en medio de una crisis económica inquietantemente parecida a la nuestra, salió a las calles golpeando cacerolas y sartenes. Ellos gritaron, “que se vayan todos”, y expulsaron a cuatro presidentes, uno tras otro, en menos de tres semanas. Lo que hizo único al levantamiento argentino de 2001-2002 fue que no estaba dirigido a un partido político en particular o siquiera a la corrupción en abstracto. El blanco fue el modelo económico dominante; ésta fue la primera revuelta nacional contra el capitalismo contemporáneo desregularizado.

Se llevó un rato, pero desde Islandia a Lituania, desde Corea del Sur a Grecia, el resto del mundo finalmente tiene su momento “¡que se vayan todos!”.

Las estoicas matriarcas islandesas que golpean sus cacerolas incluso mientras sus hijos saquean el refrigerador en busca de proyectiles (huevos, claro, pero, ¿yogurt?) hacen eco de las tácticas que se hicieron famosas en Buenos Aires. Así como lo hace la rabia colectiva contra las elites que destrozaron un país que alguna vez fue próspero y pensaron que se podrían salir con la suya. Como dijo Gudrun Jonsdottir, oficinista islandés de 36 años: “Simplemente ya me harté. No confío en el gobierno, no confío en los bancos, no confío en los partidos políticos y no confío en el Fondo Monetario Internacional (FMI). Teníamos un buen país, y lo arruinaron”.

Otro eco: en Reykjavik, no van a convencer a los manifestantes con un simple cambio de cara en las alturas (aunque la nueva primera ministra sea una lesbiana). Quieren asistencia para la gente, no sólo para los bancos; una investigación penal de la debacle; y una profunda reforma electoral.

En Lituania, en estos días, se pueden escuchar demandas similares. Ahí, la economía se ha contraído más bruscamente que en ningún otro país de la Unión Europea, y el gobierno se tambalea. Durante semanas, el capital ha sido sacudido por las protestas, que incluyeron un verdadero disturbio con la gente lanzando adoquines, ocurrido el 13 de enero.

Como en Islandia, los habitantes de Lituania están horrorizados con la negativa de sus líderes de asumir alguna responsabilidad en su desastre. Cuando Bloomberg TV le preguntó al ministro de Finanzas de Lituania qué ocasionó la crisis, se encogió de hombros: “Nada especial”.

Pero los problemas de Lituania por supuesto que son especiales: las mismas políticas que permitieron que el Tigre Báltico creciera a una tasa de 12 por ciento en 2006 ahora provocan una violenta contracción a 10 por ciento proyectado para este año: el dinero, liberado de todas las barreras, sale tan rápido como entra, con una buena cantidad desviada a los bolsillos políticos. (No es coincidencia que muchos de los casos perdidos de hoy son los milagros de ayer: Irlanda, Estonia, Islandia y Lituania.)

Hay algo más argentinesco en el aire. En 2001, los dirigentes de Argentina respondieron a la crisis con un brutal paquete de austeridad prescrito por el FMI: 9 mil millones de dólares en recortes al gasto, mucho del cual golpeaba a la salud y la educación. Esto resultó ser un error fatal. Los sindicatos llevaron a cabo una huelga general, los maestros trasladaron sus clases a las calles y las protestas nunca se detuvieron.

Este mismo rechazo –que proviene de abajo y se dirige a los de arriba– a pagar por la crisis unifica muchas de las protestas de hoy. En Lituania, mucha de la rabia popular se enfoca en las medidas de austeridad gubernamentales –despidos masivos, servicios sociales reducidos y salarios del sector público recortados–, todo para tener derecho a un préstamo de emergencia del FMI (no, nada ha cambiado). En Grecia, los disturbios en diciembre ocurrieron después de que la policía le disparó a un joven de 15 años. Pero lo que ha hecho que continúen, con los granjeros asumiendo el liderazgo después de los estudiantes, es el enojo generalizado ante la respuesta gubernamental a la crisis: los bancos recibieron un rescate de 36 mil millones de dólares mientras que a los trabajadores les recortaron sus pensiones y los granjeros recibieron prácticamente nada. A pesar del inconveniente de tener a los tractores cerrando las carreteras, 78 por ciento de los griegos dice que las demandas de los granjeros son razonables. De modo similar, en Francia, la reciente huelga general –provocada, en parte, por los planes del presidente Sarkozy de reducir drásticamente el número de maestros– obtuvo el apoyo de 70 por ciento de la población.

Quizá el hilo más fuerte y resistente que conecta este contragolpe global es el rechazo de la lógica de las “políticas extraordinarias” –la frase fue acuñada por el político polaco Leszek Balcerowicz para describir cómo, en una crisis, los políticos pueden ignorar las reglas legislativas y aprobar a toda prisa “reformas” impopulares. Este truco ya no les funciona, como descubrió recientemente el gobierno de Corea del Sur. En diciembre, el partido gobernante intentó usar la crisis para aprobar a la fuerza un controvertido acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. Llevaron la política a puertas cerradas a nuevos extremos: los legisladores se encerraron en la Cámara para poder votar en privado, e hicieron una barricada en la puerta con escritorios, sillas y sillones.

Los políticos de la oposición no lo aceptaron: con mazos y una sierra eléctrica, irrumpieron y tomaron durante 12 días el Parlamento. La votación se retrasó, lo cual permitió que hubiera más debate. Fue una victoria de un nuevo tipo de “política extraordinaria”.

En Canadá, la política no se presta para ser vista en YouTube, pero aun así ha estado asombrosamente llena de incidentes. En octubre, el Partido Conservador ganó las elecciones nacionales con una plataforma que no era ambiciosa. Seis semanas más tarde, nuestro primer ministro Tory encontró su ideólogo interno y presentó una iniciativa presupuestal que le quitaba a los trabajadores del sector público el derecho a huelga, cancelaba los fondos públicos destinados a los partidos y no contenía estímulos económicos. La respuesta de los partidos de la oposición fue formar una coalición histórica, que sólo se logró impedir que tomara el poder mediante una abrupta suspensión del Parlamento. Los Tories acaban de regresar con un presupuesto revisado: las políticas favoritas de la derecha desaparecieron y está lleno de estímulos económicos.

El patrón es evidente: los gobiernos que ante una crisis creada por la ideología del libre mercado respondan con una aceleración de esa misma agenda desacreditada, no sobrevivirán para contarlo. Como los estudiantes italianos, gritan en las calles: “¡No pagaremos su crisis!”

Naomi Klein. Es autora de La doctrina del shock.

Copyright 2009 Naomi Klein. www.naomiklein.org.

El texto fue publicado en The Nation.

Traducción: Tania Molina Ramírez.

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Está naciendo un nuevo modelo de capitalismo, de Jeffrey Sachs en Clarín

Posted in Economía by reggio on 15 febrero, 2009

Como respuesta a la crisis global, Obama propone que el desarrollo económico y el cuidado del medio ambiente sean paralelos. Eso obliga, por suerte, a modificar tecnologías.

Uno de los históricos aportes del presidente Barack Obama será un impresionante acto de malabarismo político: convertir la abrumadora crisis económica en el lanzamiento de una nueva era de desarrollo sostenible. Su paquete de estímulo macroeconómico podría o no amortiguar la recesión y sin duda se avecinan encarnizadas batallas partidarias por las prioridades. Pero Obama ya está fijando un nuevo derrotero histórico al reorientar la economía del consumo privado hacia las inversiones públicas dirigidas a los grandes desafíos de la energía, el clima, la producción de alimentos, el agua y la biodiversidad.

El nuevo presidente no ha dejado pasar una sola oportunidad para hacer notar que la crisis económica no demorará, sino más bien acelerará, la muy necesaria transformación para la sostenibilidad. Volvió a dejar esto en claro con los nuevos compromisos en materia de cambio climático.

El paquete de estímulo fiscal sentará los primeros cimientos de una reforma general que llevará una generación y abarcará el sector energético, la eficiencia energética de los edificios, el transporte público y privado y mucho más. En estos esfuerzos, Estados Unidos está rezagado treinta años con respecto al resto del mundo. Sin embargo, con la pericia tecnológica del país y el compromiso fundamental de Obama, seguramente podrá dar un salto y pasar a la vanguardia.

Obama ha comenzado por el paso más importante: un equipo de asesores científicos y tecnológicos de primerísima calidad, del que forman parte dos Premios Nobel (Steven Chu y Harold Varmus) y líderes consagrados en los campos del clima, la energía, la ecología y las tecnologías de última generación. También dio prioridad a dos verdades básicas del desarrollo sostenible: que la reforma tecnológica es decisiva y que, para tener éxito, esa reforma debe estar en manos de una sociedad conformada tanto por el sector público como por el privado.

En consecuencia, lo que está tomando forma es nada menos que un modelo de capitalismo para el siglo XXI, comprometido con el doble objetivo del desarrollo económico y la sostenibilidad y organizado para orientar las tecnologías hacia la consecución de estas dos metas.

Tomemos, por ejemplo, el desafío que plantea la bancarrota del sector automotor, con General Motors y Chrysler al borde de la insolvencia y Ford no muy lejos de ella. En lugar de ver la crisis sólo como un debate tradicional entre la izquierda y la derecha donde se planteen las soluciones opuestas de un rescate o una quiebra impulsada por el mercado, Obama se dio cuenta de que la cuasibancarrota del sector requiere un enfoque activo que transforme el núcleo central de la tecnología automotriz en sí.

Conforme a la estrategia de Obama, GM no será cerrada como castigo por sus errores empresariales o societarios pasados. Vale demasiado como líder mundial en vehículos eléctricos del siglo XXI.

La tarea de pasar de unos pocos prototipos a una nueva industria automotriz llevará como mínimo una década. El gobierno tendrá que solventar la investigación y el desarrollo y los altos costos de los primeros modelos, promover la conciencia y la aceptación del público y financiar la infraestructura necesaria.

En el caso de los híbridos enchufables, esto significa una red de distribución de energía eléctrica de alta performance alimentada por energías sostenibles, como la solar o la eólica, o plantas a carbón que capturen y almacenen el dióxido de carbono. En el caso de las celdas de combustible, significa una nueva infraestructura de estaciones de servicio que expendan hidrógeno en las carreteras interestatales y las grandes ciudades.

Los conservadores están horrorizados. El rescate de la industria automotriz ya les resultó bastante difícil de digerir. Las inversiones del gobierno en infraestructura e investigación y desarrollo son vistas con escepticismo frente a los ya probados (aunque estrepitosamente fallidos) recortes de impuestos de la era Bush. Los gurúes de la derecha critican la evidente intención de Obama y su equipo de “decirnos qué tipo de auto tenemos que manejar”. Pero eso es precisamente lo que pretenden hacer (al menos con respecto a la fuente de energía ubicada bajo el capot), y con toda razón.

La ideología del mercado libre es un anacronismo en una era de cambio climático, estrés hídrico, escasez de alimentos e inseguridad energética. Los esfuerzos público-privados para orientar el rumbo de la economía hacia un puerto tecnológico seguro serán la consigna de la nueva era.

Hay amplio margen para cometer errores, sin ninguna duda. El activismo gubernamental puede encallar en los arrecifes de los gigantescos déficits de presupuesto, el populismo de recorte tributario impulsado por la derecha, inversiones basadas en razones políticas como el etanol de maíz en lugar de inversiones públicas basadas en la ciencia, y mucho más. No obstante, Obama tiene total razón cuando dice que no tenemos otra opción que probar.

John F. Kennedy solía relatar el cuento irlandés de los dos chicos que arrojaban sus sombreros al otro lado de un alto muro para obligarse a hacer los esfuerzos heroicos necesarios para escalarlo. Obama está arrojando el sombrero sobre el muro de la crisis ambiental y pidiendo que lo escalemos juntos. Esta es una nueva era de acción pública, en la que Estados Unidos nuevamente toma la delantera, y todos encontraremos una nueva economía y nuevas oportunidades del otro lado de la pared.

Jeffrey Sachs. DIRECTOR EARTH INSTITUTE, UNIV. DE COLUMBIA.

Copyright Clarín y The Guardian, 2009.

Traducción de Elisa Carnelli.

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