Reggio’s Weblog

Luto por un presidente, de David Gistau en El Mundo

Posted in Economía, Laboral, Política by reggio on 11 febrero, 2009

BARRA BRAVA

Poco antes de la llegada de Cristina Kirchner a la Carrera de San Jerónimo, Mariano Rajoy se entretuvo con un par de periodistas en los pasillos del Congreso. Traía el iPhone en la mano, y cierta expresión de susto. Acababa de saltarle un SMS con la noticia de la detención en Francia de los etarras: «Pero es que cada vez que me llega un mensaje con la palabra ‘detenidos’, corro a ver a quién nos han imputado ahora…». No es mala terapia, la del humor, para aliviar los infortunios de un PP tan tocado que ya hay quien se refiere al partido como la Zona Cero.

El patio del Congreso estaba erizado de banderas albicelestes para honrar a la visitante/telonera. Por todas partes era posible escuchar la parla porteña y descubrir los rostros bronceados del verano austral. Kirchner, con el rostro neumático y muy consciente de sí, hizo una entrada comparable a la bajada de escaleras de Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses. Luego abrumó con un largo discurso, lleno de fatuidad adolescente y del populismo de camping-gas que caracteriza su versión del peronismo, en el que propuso derribar con boleadoras el trote maligno de la globalización con su perfidia capitalista. Antes, José Bono le dedicó un emotivo discurso sobre la hermandad de los dos pueblos, pero en el que, desde Borges a los futbolistas argentinos, no se dejó un tópico sin decir. Bueno, sí: faltaron las menciones a Gardel y el dulce de leche. Cada jota de Bono sonaba como una carrera en la media de Kirchner.

Y por fin, muy superada la hora taurina, comenzó el debate económico.Una amiga me hizo notar la tristeza indumentaria de Zapatero, como si portara luto por sí mismo o se le hubiera antojado que el país no está para corbatas de color chillón. Si el calamar suelta tinta para ocultarse, él largó números, una trinchera estadística inexpugnable. Pero apenas aportó medidas concretas, más allá del recorte de los 1.500 millones de euros ya propuesto por el PP en una enmienda a los presupuestos. Y, sobre todo, por el grosero intento de ganarse la voluntad de los millones de parados. Por una parte, cautivándoles con una retórica sentimental que evocaba la comprensión de los porvenires cercenados. Y, por otra, anunciando el aumento de los subsidios por desempleo. Esto permitiría después a Rosa Díez señalar que de la promesa electoral del pleno empleo se ha pasado a la de la plena cobertura, lo cual es un modo de reconocer que no hay soluciones para interrumpir la fabricación de parados a siete mil por día.

Rajoy estuvo enérgico y motivado como lo está a menudo entre las paredes del Parlamento, el escenario donde más cómodo se siente. Su bancada le arropó con entusiasmo, como si todo ellos, orador y diputados, necesitaran darse una tarde de gloria con la que compensar el granizo que les cae. Afeó la ambigüedad respecto del crash que Zapatero frecuentó durante la campaña, su canto falaz al mejor de los mundos posibles, y ajustó cuentas por todas las veces en que pronunciar la palabra crisis fue propio de apocalípticos y antipatriotas.

A las llamadas a la unión proclamadas por Zapatero, Rajoy respondió negándole complicidad con el desastre, como si el presidente del Gobierno fuera un montañero a punto de caer que pidiera voluntarios para atarse a su cuerda. Lo cierto es que, de las intervenciones de los demás portavoces, algunos muy vinculados al PSOE hasta hace poco, quedó un retrato deprimente del Gobierno: noqueado, escondido como el avestruz, superado, abrasado por el incendio, desorientado, y con un ministro de Economía que enviaría mensajes SOS en una botella para que alguien le saque de ahí.

© Mundinteractivos, S.A.

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