Reggio’s Weblog

La utopia como necesidad, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Posted in Asturias, Política by reggio on 11 febrero, 2009

El ojo del tigre

Por segunda vez, a lo largo de su dilatada militancia partidista, José Ramón Herrero Merediz vuelve a la carga -esta vez en solitario- contra el burocratismo del aparato orgánico del partido que, hasta hace tan solo unos días, era su refugio ideológico: el PS(O)E, en Gijón. La primera, y la más sonada, tuvo lugar en Perlora a finales del mes de marzo del año 1978, con ocasión de celebrarse la III Conferencia Regional del PCE -en el que militaba desde 1958-, en donde se planteó un duro debate a propósito del programa Proyectos de propuestas políticas y de estatutos al IX Congreso del Partido Comunista de España, el primero que se celebraba desde 1932 en la legalidad española; año en el que tuvo lugar en este país el IV Congreso de los comunistas españoles.

Si en 1978, Merediz cargó contra los métodos orgánicos que utilizaban los dirigentes de su partido de entonces, originando el principio de lo que acabaría siendo el más grave descalabro político sufrido por el PCE en Asturias, que determinó su actual situación, ahora Herrero Merediz plantea de nuevo sus discrepancias por el recorte de las libertades democráticas que, según él, se produce en el seno de la agrupación socialdemócrata gijonesa. Hace treinta años, con sus discrepancias provocó la explosión de aquella histórica tercera conferencia de los comunistas, porque -como diría en aquellos momentos- “la línea del Partido (con mayúsculas) es democrática; no lo es, en cambio, ni su aparato político ni sus métodos…”

Le reprochaba al aparato del PCE el hecho de haberse enterado, leyendo los periódicos, de que se había decidido abandonar el marxismo-leninismo sin contar con la opinión de las bases. Este sonado suceso, ocurrido en Perlora, aún no ha sido analizado con la serenidad y el rigor políticos que el asunto merece; sobre todo, por las consecuencias tan negativas que tuvo para el PCE. Un partido imprescindible para la lucha antifranquista, pero molesto y no deseado después de coronar -y nunca mejor dicho- la Transición…

Herrero Merediz insiste de nuevo en la necesidad de democratizar la vida interna en los partidos -esta vez, en el PS(O)E- y carga, otra vez, contra el burocratismo que, por lo visto, se ha adueñado del citado partido. Si, cuando ocurrió lo de Perlora, Merediz era un joven y apasionado comunista, ahora, cuando está a punto de finalizar la séptima década de su edad, lo que sus dirigentes esperaban de él era que su histórica rebeldía hubiera varado apaciblemente en los bajíos de la tercera edad -qué eufemismo tan cínico…!-; con lo cual, este singular personaje de la izquierda asturiana habría entrado en la fase de un conformismo acomodaticio, alejado de cualquier tentación de rebeldía crítica y, sobre todo, de la contestación orgánica. Dicho de otra manera: Herrero Merediz se habría instalado cómodamente en el limbo ideológico.

Afortunadamente para él, y para la democracia, no ocurre así. Este veterano y curtido político, que se inició durante la lucha antifranquista en los largos y plomizos años de la dictadura, demuestra -al menos, lo intenta- que aún conserva intacta su lealtad a la utopía.

Desde que este país asumió -inducido por los grupos de oposición al franquismo nacionales y por los lobbies del capitalismo internacionales…- los principios de la democracia que le garantizan al ciudadano sus derechos a usufructar las libertades universales, se ha producido un curioso fenómeno de involución social y política: los intereses partidistas han devorado tales derechos para, seguidamente, sustituirlos por los intereses de las oligarquías que controlan orgánicamente a los partidos y, a través de estos, monopolizar el gobierno del sistema. La prometida democracia de las libertades ha desembocado en la inflexible partitocracia que domina a la actual sociedad española.

Cuando Herrero Merediz exige la democratización interna en su partido, está planteando una hermosa utopía política -e ideológica-; es decir, pide respeto para la democracia de las mayorías mientras rechaza el poder de las minorías caciquiles. A las cuales, solo les importa una democracia basada en el mandato imperativo y en la disciplina de voto. En resumen: imponen el modelo político de la dictadura de las oligarquías de los partidos. Pero no solo a quienes son sus militantes, sino que pretenden imponérsela al resto de la sociedad civil.

Este veterano político, comprometido desde hace más de medio siglo con los derechos democráticos, y con las luchas para conservarlos, tiene el valor de demostrar que, a pesar de los años, de los desengaños y de estar de vuelta de (casi) todo, merece la pena seguir combatiendo para que ese idealismo utópico sea una realidad, no solo rotunda y habitual, sino también absolutamente necesaria para seguir confiando en que la democracia pluralista es el quid de la civilización social y política.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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