Reggio’s Weblog

Inquietudes que vienen de fuera, de Enrique Badía en Estrella Digital

Posted in Economía by reggio on 5 febrero, 2009

La inestabilidad social que ha empezado a manifestarse en algunos países de la Unión Europea, por ejemplo Reino Unido y Francia, transmite inquietud por aquí. Se tiene por lógico y potencial detonante la pésima evolución del empleo, con más intuición que certeza sobre lo que verdaderamente pueda llegar a ocurrir.

Las sociedades británica y francesa no han reaccionado de la misma manera, pero ambas se han convulsionado a causa de la crisis que se está manifestando por doquier. La primera ha puesto énfasis en la presencia de trabajadores extranjeros que estarían privando de puestos de trabajo a los británicos de toda la vida; la segunda, en cambio, trata como otras veces de anteponer su protesta y movilización a la amenaza de recortes sociales o cambios en el statu quo de algún colectivo. En el fondo, una y otra divergen sensiblemente de la doctrina y la política de su respectivo Gobierno.

No es fácil determinar en qué medida sucesos más o menos similares se pueden llegar a declarar aquí. Sin duda, las circunstancias son distintas, pero no tanto como para no tomar en consideración las similitudes que existen: las hay.

Más de uno se ha puesto a hurgar en memoria y hemeroteca para rescatar lo que ocurrió en anteriores crisis, pero seguramente le servirá para poco, porque las cosas son bastante distintas, algunas para bien y acaso otras para no tan bien.

Algún recuerdo puede quedar, sin embargo, de los tiempos en los que más de uno pronosticaba que si la economía española llegaba al millón de parados se produciría un estallido social. Más adelante, el sombrío pronóstico se amplió a dos millones y, ahora mismo, es sabido que su número rebasa ampliamente los tres, camino de los cuatro millones, a no tardar. Sólo que el precedente se debe manejar con cuidado, evitando caer en lecturas erradas.

Sea mejor o peor, una diferencia apreciable respecto de anteriores crisis es que la destrucción de empleo se está produciendo de forma transversal. Esto es, afectando a la práctica totalidad de sectores y territorios, sin colectivos que sufran particular o masivamente el problema, pero al mismo tiempo sin que ninguno se esté librando del todo. Lo que signifique está por ver.

Probablemente, el alarmismo es inconveniente: está de más. Pero tampoco se puede pasar por alto que, conforme se siga destruyendo empleo, aumentarán los riesgos de desestructuración social. De ahí que sea cada vez más urgente proveer medios para que cese la sangría de ocupados que se va acumulando mes tras mes.

Una de las cosas que no se debería pasar por alto son las limitaciones que tiene el sistema de protección. No sólo temporal, puesto que el derecho a percibir prestaciones no es indefinido, sino muy especialmente porque no pasa de ser un paliativo, pero en modo alguno un remedio y mucho menos una solución. Querer trabajar y no poder hacerlo genera también frustraciones de todo tipo, que antes o después pueden acabar colocando a la persona afectada al margen del mercado laboral.

Sería poco menos que ingenuo ignorar lo que coyunturas de ese tipo proporcionan a los inclinados a la utilización oportunista, sesgada y exaltada de la situación. La demagogia suele ser fácil, pero más a menudo de lo que se piensa toma una dinámica difícil, cuando no imposible de gestionar.

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