Reggio’s Weblog

Para comprender el presente, de Francesc de Carreras en La Vanguardia

Posted in Historia, Memoria, Política by reggio on 5 febrero, 2009

Es asombroso leer el libro recién publicado de Amadeu Hurtado que contiene su minucioso dietario en el periodo que va desde finales de mayo a mediados de septiembre de 1934 (Abans del sis d´octubre, Quaderns Crema, Barcelona, 2008). El asombro proviene de las muchas similitudes que existen entre la política catalana de aquella época y la actual. Se suele decir que hay que aprender de la historia para no repetir sus errores. Parece que en Catalunya no seguimos este sabio consejo: la política catalana no cambia, seguimos combatiendo los mismos fantasmas, encerrados con los mismos juguetes, obsesionados con los mismos problemas.

Un hilo conductor da unidad al libro: las vicisitudes parlamentarias de la llei de contractes de conreu (ley de contratos de cultivo), impugnada por el Gobierno central, declarada inconstitucional por el Tribunal de Garantías Constitucionales de la época y aprobada de nuevo con idéntica redacción por el Parlament de Catalunya, dando lugar al consiguiente conflicto de legitimidades. Amadeu Hurtado, abogado de gran prestigio, hombre culto, inteligente y sensato, republicano, catalanista y de talante independiente, es el encargado por el Govern de la Generalitat para defender la ley delante del citado tribunal.

Tras la sentencia que anula la ley, Hurtado busca una salida inteligente para adaptarla a la Constitución salvando sus aspectos sustanciales. Oficiosamente, pacta una solución jurídica al problema con Niceto Alcalá Zamora, presidente de la República, y con Ricardo Samper, presidente del Gobierno. Después da a conocer esta solución a Companys, president de la Generalitat, que la rechaza inmediatamente, sin ni siquiera entenderla, alegando que no piensa modificar ni una coma del texto porque la dignidad de Catalunya está en juego. Sin embargo, dos meses después, la misma Generalitat acepta una nueva propuesta de reforma de la ley que supone un cambio mucho más profundo que el sugerido por Hurtado dos meses antes. Frívolamente, sin explicación razonable alguna, lo que suponía una afrenta a la dignidad catalana se acepta sin ninguna objeción a pesar de quedar mucho más desfigurada que en la propuesta de Hurtado. La prensa, con Rovira i Virgili a la cabeza, jalea esta solución como un gran triunfo de la Generalitat.

Hurtado, persona honrada y competente, contempla estupefacto la “comedia” -esta es la palabra que utiliza- de la que es testigo directo y sus anotaciones diarias, con detalles impagables que merecen que el libro sea leído con calma, son testimonio de la fantasmal política catalana de entonces, tan similar a la de ahora.

Pensemos, por ejemplo, además de en el Estatut, en la famosa fecha tope del 9 de agosto pasado en la que si no había acuerdo de financiación la crisis con el Gobierno central sería irreversible porque también la dignidad de Catalunya estaba en juego. Transcurridos seis meses, ahora ya no hay prisa alguna y el objetivo es, simplemente, lograr un buen acuerdo que, por cierto, no llega. ¿Cuándo nos engañaron? ¿Entonces, ahora o siempre?

Además de los problemas jurídicos, explicados con una claridad lineal por Hurtado, el interés principal del dietario lo encontramos en determinadas conversaciones mantenidas por Hurtado con relevantes personalidades de la época (Azaña, Alcalá Zamora, Samper, Companys, Gaziel, entre otros), todas ellas reproducidas con gran detalle, en la descripción de determinados episodios y en los juicios que el autor emite sobre el clima político de aquel periodo. Destaca Hurtado cómo la política catalana consiste más en una continua protesta motivada normalmente por razones sentimentales que en una clara y decidida acción de gobierno: “Fingen peligros que no existen y crean conflictos imaginarios”, dice. Y añade: “Nuestros políticos necesitan estas agitaciones porque no saben hacer otra cosa”.

También el autor insiste constantemente en que la actuación de la clase política resulta del todo indiferente al resto de la sociedad. El día que el Parlament aprueba por segunda vez la ley declarada inconstitucional, los políticos y la prensa sostienen que el pueblo de Catalunya en masa se congregó en el parque de la Ciutadella en apoyo de las posiciones catalanas. Él, que estaba presente, relata como los manifestantes eran cuatro gatos, mientras la realidad era que el pueblo se paseaba tranquilamente por las calles de Barcelona sin preocuparse de lo que sucedía en la Cámara.

Habla también Hurtado del constante victimismo de Catalunya frente a España (“pueblo el nuestro con el espíritu débil del perseguido”), del doble lenguaje político utilizado según se esté en Madrid o en Barcelona, de que los de Estat Català son nazis y de la mediocridad de los políticos catalanes. Así retrata a Macià, amigo suyo desde la infancia: “No sabía nada de nada y daba miedo escucharle hablar de los problemas de gobierno porque no tenía ni la más elemental noción; pero el arte de hacer agitación y de amenazar hasta el límite justo para poder retroceder a tiempo, lo conocía tan bien como Cambó y como los políticos de ahora”. Curiosamente, Hurtado no distingue casi entre la Lliga y Esquerra, aunque en la comparación considera a estos últimos “un poco más chapuceros y mucho menos instruidos”. También aquí podemos encontrar paralelismos con la situación actual.

El oportuno dietario de Amadeu Hurtado no sólo nos permite conocer el pasado, sino comprender mejor el presente, una vez han transcurrido casi 80 años.

FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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Europa y Oriente Medio, de Pascal Boniface en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 5 febrero, 2009

El presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha propuesto la celebración de una conferencia internacional que permita poner las bases para una paz duradera en Oriente Medio. Desea que tenga lugar en París, lo que constituiría para él una gran victoria diplomática. Falta saber si israelíes, palestinos y estadounidenses están dispuestos a acudir. Nicolas Sarkozy pretende a un tiempo seguir privilegiando su presencia internacional haciendo a la vez política interior, ya que Francia cuenta a un tiempo con la mayor comunidad judía y con la mayor comunidad musulmana en Europa.

Todos son conscientes de que la tregua entre Israel y Hamas, por bienvenida que haya sido, es frágil. A falta de concluir un acuerdo de paz verdadero, en cualquier momento pueden volver – y de hecho ya han vuelto-los lanzamientos de cohetes y los bombardeos aéreos para desgracia de las poblaciones y felicidad de los extremistas de ambos bandos. Europa, primer socio comercial de Israel y primer contribuyente de ayuda a los palestinos, no carece de argumentos. Dispone de los medios para desempeñar un papel estratégico y político más importante en la región si se desembaraza de sus ataduras y no se contenta con ser un cajero. Porque, en este momento, hay una gran diferencia entre la importancia económica de Europa y su escaso peso político.

¿Puede acoger París una conferencia histórica que desemboque en una paz tan esperada? ¿O puede ser simplemente el anfitrión de una conferencia sobre la ayuda para la reconstrucción de Gaza? Esta reconstrucción, sin un acuerdo de paz verdadero, no sería más que provisional, puesto que una reanudación de la violencia volvería a destruirlo todo. El comisario europeo Louis Michel ya ha indicado que los contribuyentes europeos están cansados de financiar infraestructuras para los palestinos destinadas a ser destruidas a continuación por el ejército israelí.

Y en la óptica de esta eventual conferencia aún subsisten otros problemas.

Europa y Francia deben hacer frente a la contradicción de rechazar negociar con Hamas hasta que este no reconozca oficialmente a Israel y renuncie a la violencia, mientras que al mismo tiempo Hamas controla Gaza e incluso ha reforzado su posición respecto a Al Fatah tras los bombardeos israelíes. Aun a riesgo de ser desagradable, el papel central de Hamas es una realidad que debe ser tomada en cuenta por unos y otros si realmente se quiere avanzar. Por ahora los intentos de dejarlo de lado creyendo que los palestinos iban a darle la espalda no han resultado, más bien al contrario. Nicolas Sarkozy deberá hacer un esfuerzo también con Turquía, cuya entrada en la Unión Europea rechaza por ahora. Ankara es uno de los pocos interlocutores que es a un tiempo escuchado por Israel y por Hamas. Es una incógnita también la naturaleza del gobierno que saldrá de las elecciones legislativas en Israel del 10 de febrero. ¿Estará dispuesto este nuevo gobierno a aceptar concesiones auténticas para lograr un acuerdo de paz? ¿Estarán dispuestos los europeos a ejercer presión si estas concesiones se demuestran insuficientes?

La elección de Obama y el nombramiento de George Mitchell, que se había destacado en el pasado por hablar con una franqueza a los dirigentes israelíes a la que los responsables estadounidenses no nos han tenido acostumbrados estos últimos ocho años, esaun tiempo una buena y una mala noticia para Sarkozy. La buena noticia es que por fin Estados Unidos dejará de ser el espectador pasivo de la destrucción del proceso de paz israelo-palestino. Obama, que parecía no querer hacer de este conflicto una prioridad, no ha tenido otra opción. Ante la importancia del desastre humano y estratégico después de los bombardeos de Gaza, ha tenido que comprometerse. La mala noticia es que si Estados Unidos se implica de verdad no será para desempeñar el papel de brillante segundo de una diplomacia europea dirigida por Francia.

Pero si finalmente europeos y estadounidenses, así como los países árabes, se ponen de acuerdo para hacer ver a los protagonistas israelíes y palestinos que la reciente guerra es la última que pueden aceptar y que hay que acabar con ella definitivamente, a reserva de no desestabilizar a los regímenes árabes moderados y facilitar el terreno a los islamistas radicales y al terrorismo, sería una victoria tan hermosa que merecería la pena y no importaría que tuviera varios padres.

PASCAL BONIFACE, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París.

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Impedir que nuestro mundo se venga abajo, de Klaus Schwab en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 5 febrero, 2009

Esta es una crisis trascendental, una crisis que tendrá repercusiones fundamentales en nuestro mundo globalizado. En Davos, hace unos días, iniciamos la tarea de preparar de forma colectiva esa transformación. Voy a explicar cómo.

Un objetivo, que ya se ha conseguido, era el de ofrecer apoyo a los Gobiernos y las instituciones de gobernanza mundial, en particular el G-20. Davos no es más que el punto de partida del largo y difícil camino que nos aguarda.

Ahora bien, al reunir a los líderes mundiales durante varios días, hemos conseguido comprender mejor el origen de la crisis económica y las medidas que debemos tomar para relanzar la economía mundial. Escuchar los puntos de vista de cuatro Gobiernos del G-8 y reforzar el diálogo del proceso del G-20 como preparación para la cumbre de abril en Londres han sido dos primeros pasos importantes. El llamamiento a los ministros de Comercio de 17 economías fundamentales más los 27 miembros de la UE para que eviten caer en políticas de “empobrecer al vecino” nos permitirá, esperemos, ver las auténticas consecuencias de este espíritu. Y con la reunión entre el presidente del G-20, el primer ministro Brown, y los jefes de Gobierno de varios miembros del grupo procedentes de África, Asia y Latinoamérica, para estudiar los riesgos estructurales del sistema financiero y cómo estabilizar la economía mundial, hemos dado los primeros pasos en una estrategia mundial colectiva frente a la crisis.

Pero los días transcurridos en Davos me han convencido también, más que nunca, de que el cambio climático es algo que no sólo es necesario abordar sino que puede ser, por lo menos, parte de la recuperación económica.

Las empresas están empezando a “integrar” el cambio climático en sus planes; las tecnologías verdes ya no pueden seguir siendo un “añadido” ni una industria alternativa. Es un debate muy pertinente para 2009. En diciembre, en la cumbre de Copenhague, está previsto que se negocie un tratado que sustituya al Protocolo de Kioto.

Para poder gestionar el cambio climático es preciso que se hagan realidad unos planes de recuperación económica mundial vinculados a las oportunidades de empleo, capacitación, inversión y tecnología que exige una economía mundial de bajas emisiones de carbono. La tecnología verde puede convertirse en un motor limpio de crecimiento renovado. No podemos volver a hablar nunca de energía “alternativa”; sólo de energía sostenible, que es la que alimentará la economía del futuro.

Con ese objetivo, los directivos empresariales presentes en Davos acordaron avanzar con media docena de iniciativas concretas para acelerar la integración de las prácticas sostenibles en la empresa.

Uno de los principales resultados de Davos fue que, a pesar de las turbulencias económicas, acudió a la reunión más gente que nunca de la empresa, los Gobiernos y otros sectores interesados, para discutir los desafíos que afronta el mundo y tratar de dar una respuesta común a ellos.

Esta voluntad de trabajar juntos, por encima de los límites geográficos y en todos los sectores de la economía, la política y la sociedad civil, es lo que, con suerte, diferenciará esta crisis actual de la de los años treinta. Este sentimiento colectivo de cooperación y determinación que se vio en Davos me permite pensar, con cierto optimismo, que vamos a salir de la crisis. Es fácil decir que no son más que falsas ilusiones, pero, si hemos aprendido algo de los últimos seis meses, es que la confianza y la seguridad constituyen la base para que se produzca cualquier recuperación.

Por último, hemos notado que todo esto no sirve para nada sin una revisión sincera y profunda de nuestros valores y principios éticos fundamentales. Las empresas deben examinar con detalle sus sistemas de remuneración y gobierno. Los empresarios, las autoridades, los reguladores y los consumidores deben reflexionar sobre los excesos de la codicia.

En el mundo de hoy, tan interdependiente, la codicia a corto plazo no es un motor que contribuya a la mejor toma de decisiones. El impacto estructural e intergeneracional de nuestras acciones de hoy es mayor que nunca, y nuestros códigos éticos, así como nuestros sistemas de gobierno y reguladores, deben reflejar esa nueva realidad.

Éstos son sólo unos principios de soluciones, pero el verdadero trabajo comienza ahora. Debemos unirnos para impedir que nuestro mundo se venga abajo.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Klaus Schwab es fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial.

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El retorno a la tribu, de Josep Ramoneda en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 5 febrero, 2009

“Job British Workers First”, las movilizaciones de trabajadores británicos pidiendo prioridad a la hora de adjudicar puestos de trabajo son un signo premonitorio de uno de los peores efectos que la crisis puede traer: el retorno del patriotismo proteccionista. Y lo digo así, porque de nada sirve poner por delante palabras como xenofobia y racismo. En Italia, donde la derecha ha cultivado sin escrúpulo, en este caso sí, la xenofobia, el problema viene de lejos. En España, mientras el paro se desboca, las encuestas empiezan a dar señales preocupantes de rechazo a los inmigrantes. La última, del CEO, cifraba en un 40% el número de catalanes hostiles a la inmigración.

Los que hace tan solo unos pocos días eran imprescindibles en un país que crecía al galope, ahora son un estorbo. El paro empieza a afectar significativamente a los españoles, y para muchos de ellos los inmigrantes son competidores directos para la conquista de un bien escaso como es ahora el trabajo. Es difícil en estas circunstancias que se reconozca que los inmigrantes han sido los primeros en pagar injustamente con el paro los pecados de los que provocaron la crisis. Y que precisamente porque han sido ellos los primeros, la conflictividad hasta ahora ha sido muy escasa. Y de poco sirve también recordar que muchos de estos inmigrantes recogieron trabajos que los autóctonos no querían y que, sin embargo, eran imprescindibles para que la rueda siguiera girando. En este momento, la realidad y la amenaza del paro dejan poco margen para los argumentos serenos. Y a menudo es más fácil convertir al paria en objeto de nuestras frustraciones que plantar cara a los poderosos. Pronunciando la exclusión de los otros, tenemos la sensación de ser alguien. Es el camelo nacionalista. La especie humana es especialista en engañarse a sí misma para sobrevivir.

Se puede comprender la desazón con que viven algunos españoles -sin trabajo y con la vivienda cercada por la hipoteca- una crisis que, como todas, es tremendamente injusta en el reparto de sus crueles consecuencias. Pero lo que es inaceptable es que los dirigentes políticos y sociales -portadores de responsabilidades colectivas- aprovechen este malestar para capitalizarlo políticamente dando carta de naturaleza, ahora sí, al racismo y a la xenofobia. Es un error moral, por supuesto. Pero no voy a entretenerme en ello para no dar, al coro de intelectuales conservadores, la fácil coartada de la crítica al buenismo. No deben estar muy seguros moralmente si tienen que legitimarse llamando buenistas a quienes claman contra el racismo. Y no debe ser cómodo compartir argumentos con personajes como el ministro del Interior italiano, Maroni: “Con los clandestinos hace falta ser malos, no buenistas”.

Más allá de las razones morales están las políticas y económicas. Y el proteccionismo patriotero sería un desastre en ambos campos. La respuesta del neoliberalismo no hay que encontrarla en la reconstrucción de los bastiones nacionales sino en el cosmopolitismo reformista, que pasa por el refuerzo de las instituciones políticas a escala global y por la capacidad de éstas de controlar y regular al poder económico. Mal nos adaptaremos a un cambio de paradigma si regresamos a las tentaciones endogámicas y a las lógicas de exclusión del pasado. Pero la tentación es grande para los políticos y lo será más cuando se vayan acercando las citas electorales.

Cuando de conquistar el poder se trata, siempre hay gente dispuesta a saltar sin escrúpulos sobre las bajas pasiones de la ciudadanía. Y esto sí que es democráticamente inadmisible, porque la primera obligación de un líder demócrata es defender los valores de la democracia. Y el racismo y la xenofobia no figuran entre ellos. En una legislatura tensa como la anterior, figura, sin embargo, en el haber de Rajoy el no haber recurrido apenas al populismo contra la inmigración. Lo cual no venía garantizado por los antecedentes: Aznar utilizó indecorosamente el conflicto de El Ejido como trampolín para su mayoría absoluta. Esperemos que las frustraciones de la actual crisis interna del PP no lleven a Rajoy a cambiar su conducta. Y que ponga en su sitio a los que, en su partido, intenten hacerlo. Por lo que hace al Gobierno, la ridícula consigna “consuma productos nacionales” no es precisamente un buen augurio. El ruido de la tribu suena para todos. Esperemos que los nacionalistas periféricos se dejen llevar también por esta música. En cualquier caso la alternativa al mal llamado neoliberalismo que nos ha llevado a este desastre no puede ser nunca el proteccionismo: ni el económico ni el ideológico o patriótico.

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La Iglesia, el sombrero y la cabeza, de Miguel Ángel Quintanilla Navarro en El Mundo

Posted in Política, Religión by reggio on 5 febrero, 2009

TRIBUNA: RELIGION

El autor cree que la reacción de la jerarquía católica ante la asignatura EpC no está siendo la adecuada. Se pregunta si en un sistema como el nuestro el colegio es un lugar idóneo para la enseñanza del Evangelio

La Iglesia nos pide que al entrar en ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza», afirmaba Chesterton. La agenda que el Gobierno ha diseñado para sostener el voto radical que le permitió renovar su mandato puede estar dando origen a alguna reacción equivocada y contraproducente, y conviene mantener la cabeza en su sitio, aunque sólo sea para poder quitarnos el sombrero como es debido.La reciente sentencia del Tribunal Supremo sobre Educación para la Ciudadanía, independientemente de sus matices, hace aún más urgente esta tarea. Quizá a ella contribuya recordar lo siguiente:

1) El hecho decisivo del cristianismo no es proporcionar una moral sino proclamar y preservar la noticia de un suceso histórico inconmensurable: la encarnación, muerte y resurrección de Cristo.En esencia, el credo. Mezclar esto en las réplicas a Pepiño parece algo inconveniente.

2) La adhesión al credo cristiano sólo puede producirse mediante una elección personal que es posible porque Dios nos ha querido situar en esa encrucijada: la libertad personal (no la libertad del núcleo familiar o de la escuela o de la sociedad, sino la libertad de cada persona, sin negar la importancia crucial de estas instituciones) es la condición de posibilidad de la salvación desde una perspectiva cristiana. Por eso puede haber católicos allí donde no hay ni familia ni escuela, ni siquiera sociedad reconocible, como bien saben los misioneros. Lo que hay es Iglesia.

Esa adhesión ni debe ser impedida o dificultada por el Estado ni puede ser suplida por él o encomendada a él.

3) La Iglesia católica no suele agobiar a sus fieles ni dirigirles grandes admoniciones morales. En particular, la doctrina sobre la revelación en San Buenaventura que ha desarrollado Benedicto XVI procura una interpretación «viva» de la misma, asociada especialmente a los humildes y a los sencillos. De lo que hablamos, en todo caso, es de asuntos mayores: el debate acerca de la asunción de María que Ratzinger evoca en su breve autobiografía puede ser un ejemplo de lo que realmente está en juego y de la relativa insignificancia que frente a esto tienen las ocupaciones en las que se afanan últimamente algunas personas en nombre de su fe.

4) Pretender el Paraíso en la Tierra no es una tarea propia de la Iglesia ni de quienes se sienten próximos a ella. Ni para hacer la revolución en Nicaragua ni para hacer una revolución conservadora en Europa (lo que, entre otras cosas, constituye una contradicción palmaria, puesto que lo que define a un conservador es la aversión a la revolución). Tiene sentido -y se tiene derecho a hacerlo- oponerse a la injerencia del Estado en asuntos que son propios de la vida privada, pero si se pretendiera sustituir un dogma que se promueve mediante las instituciones del Estado por otro dogma de sentido inverso, entonces simplemente se reproduciría el error.

Esa pretensión no denotaría un comportamiento piadoso sino un yerro intelectual y un extravío moral. La virtud que se opone al relativismo moral no es el absolutismo moral, sino una honesta pretensión de la verdad en cada caso y el reconocimiento de la complejidad intelectual y ética de las diversas circunstancias que concurren en la vida social.

Esto no significa que la Iglesia deba ser tolerante, sino que es una lástima que, siendo tan misericordiosa como es, su misericordia no sea más visible.

5) El hombre puede rechazar el plan que Dios ha trazado para él, y quien pretende que no pueda rechazarlo, por ejemplo empleando para ello el Estado, no sirve a la voluntad de Dios. Los fariseos y los doctores de la ley «frustraron el plan de Dios sobre ellos», nos dice San Lucas (7,30). Que el hombre pueda frustrar a Dios puede parecer algo sorprendente, pero por eso para los cristianos Dios es tan amable, en el sentido fuerte del término: El quiere que podamos rechazarlo, que tengamos la última palabra, aunque no sea la que le gustaría oírnos.

6) El único valor jurídico que un cristiano debe procurar que se respete en su condición de cristiano es el de la libertad para ser cristiano. Esto puede requerir algunas condiciones materiales esenciales o algunos derechos y delitos tipificables, pero no muchos. Y, además, aparte de eso, un cristiano puede pedir mil cosas más y participar en cuantos debates considere oportuno, pero conviene distinguir bien lo que se pide en calidad de católico, por ejemplo, y lo que se pide mediante argumentos que pueden formar parte de una argumentación aceptable por quienes no son creyentes o aun siéndolo divergen en asuntos políticos o de moral.

El lamentable éxito del Gobierno tiene dos caras: está sabiendo hacer creer que quienes argumentan contra su agenda radical lo hacen en el ejercicio de una fe respetable pero privada, y por tanto lo que les solicita es que no pretendan imponer su fe a los demás; en segundo lugar, también está sabiendo hacer creer que la fe cristiana consiste en hablar de la eutanasia o de la educación para la ciudadanía, es decir devalúa la esencia del mensaje evangélico.

Esto no significa que estos temas no sean importantes; lo que significa es que hay cosas aún más importantes. No se logrará fortalecer las virtudes del cristiano si se le hurta lo esencial o si se debilita la liturgia porque hay cosas más urgentes de las que ocuparse, como referirse a las barbaridades que hace el Gobierno. Hay quien ha consagrado con cava para dejar claras sus simpatías.

Es posible y deseable oponerse a la necrolatría gubernamental mediante razones y principios más anchos que los del credo, lo que no significa más profundos. En materia de oposición al Gobierno en una democracia de lo que se trata es de componer mayorías amplias, no de convertir a nadie; es una cuestión de anchura, no de profundidad. Un católico lúcido no se va a movilizar para que las leyes sean católicas; se movilizará para que sean buenas, se movilizará para defender la libertad de todos, en uso de la cual él irá a misa y rezará. Es la posibilidad e incluso la facilidad de no hacerlo la que da valor a sus actos.

La capacidad de la Iglesia para influir en las conductas no puede provenir del Estado, y el Estado no podrá debilitar esa capacidad si se obra con cuidado y si se preserva la libertad. Esa capacidad de influir debe provenir de la fidelidad al evangelio, de la ejemplaridad y de la inteligencia. La Iglesia debe aspirar a que las personas, libremente, elijan bien; y debe confiar en el criterio de sus fieles.

Finalmente, quizá haya que preguntarse si no será la parroquia y no el colegio el lugar idóneo para la enseñanza del Evangelio, especialmente cuando nuestro sistema educativo es básicamente una institución fallida cuyos vicios y debilidades se contagian a todo lo que acontece en las aulas. Pero ese problema va mucho más allá de una sentencia del Tribunal Supremo.

Miguel Angel Quintanilla Navarro es politólogo.

© Mundinteractivos, S.A.

Esqueletos, de Raúl del Pozo en El Mundo

Posted in Política by reggio on 5 febrero, 2009

EL RUIDO DE LA CALLE

Si las brujas y cuervos se aparecen a los príncipes de reinados corruptos, sepamos que por el Palacio de San Jerónimo flamean los espectros. La voz de los muertos solloza desde el fondo de sus fosas. Debajo de las columnas del Congreso, en la España vestida de parado, bailan los huesos. Surgen sombras desventuradas, algo huele a podrido entre las arañas y los lucernarios del Congreso de los Diputados y en la Asamblea de Madrid, donde Esperanza Aguirre está dispuesta a cortarles con su cimitarra el cuello político a sus dos Holofernes: Gallardón y Rajoy.

En el Parlamento de San Jerónimo, el presidente del Gobierno no tiene otro camino que activar la crisis de Bernardino ante los cuatro millones no de famélicos, como antes, sino de bulímicos que le atormentan las noches. A Bambi lo espera la derecha en el foso de los leones. ¿Leoncitos a mí?, se pregunta el presidente, que ya no tiene miedo a los miércoles. En vez de comparecer, ha decidido que acudan el Gobernador del Banco de España y soguillas de la lonja. Los banqueros han vuelto a sus cajas muertos de risa.

En éstas estábamos cuando ha llegado el cardenal Bertone con sayón de púrpura colora. «Più colorista y elegante», le ha dicho el levita a de De la Vega, que con dos ovarios como las escritillas del caballo del Espartero ha defendido ante el enviado del Papa el aborto y la Educación para la Ciudadanía. Zapatero hace mejor el teléfono a los recuras que a las pirañas.

Ya que hemos hablado de su caballo, citemos a Espartero, que al abrazar a Maroto, el carlistón, dijo: «Abrazaos todos, hijos míos, como yo abrazo a mi enemigo». Espartero, que fue primero seminarista y después masón, mandó edificar el edificio del Congreso.Como siempre ocurre en España, dejó mal enterrados a los muertos.Cuando a los políticos las ganas de joder les aprietan, ni los huesos de los enemigos respetan. Bombardeó Barcelona, pero peor fue el otro general de la época que no tenía enemigos porque los fusiló a todos.

Esto es España, monseñor Bertone, los católicos edificaron iglesias y los masones, parlamentos. Los esqueletos encontrados pertenecen a la iglesia del Espíritu Santo, sobre cuyo solar se edificó el Congreso. Nuestra democracia ha heredado la pasión necrófila de las catacumbas. Si se da una vuelta por el Congreso, cuando camine entre madera y ágata, bronce y nácar, notará los desniveles que sentía Voltaire cuando entraba en la catedral gótica de París: debajo están enterrados las monjas y los ateos. Los Papas son más limpios: se dejan sepultar en ataúdes de plomo para que no les rujan los chasis.

Vuela sobre los leones drogados el fantasma de la niña Isabel II, «puttana, ma pia», que dijo el Papa, con traje de tul blanco y manto de terciopelo carmesí.

© Mundinteractivos, S.A.

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Belem frente a Davos, de Carlos Taibo en Rebelión

Posted in Economía, Política by reggio on 5 febrero, 2009

Público

Los últimos días de enero son, desde un tiempo atrás, el momento en que se enfrentan dos visiones del mundo y de sus problemas: si la primera se revela en un cónclave paraoficial, en Davos, la segunda, el Foro Social Mundial, ha aterrizado este año en la ciudad brasileña de Belém. Era inevitable que, como van las cosas, las dos reuniones se hiciesen eco de una crisis que está en todos los labios.En Davos, por lo pronto, hemos podido escuchar qué es lo que nos cuentan –luego de pagar los 40.000 euros por cabeza preceptivos para asistir a la reunión, una suma muy superior a la que ingresa a lo largo de toda su vida la mitad de la población del planeta– los adalides del capitalismo, repartidos, si así se quiere, en dos bandos. El primero bebe de la odre neoliberal y en los hechos se contenta con sugerir que hay que cancelar algunos abusos que han despuntado en los últimos tiempos. A estas alturas distinguir el neoliberalismo de los abusos acompañantes se antoja, sin embargo, tarea propia de necios, tanto más cuanto que el capitalismo realmente existente, incapaz de resolver sus problemas, promueve con descaro impresentables operaciones de reflotamiento de empresas realizadas con el dinero de todos.

Pese a las apariencias, a la segunda percepción, la keynesiana, no le va mucho mejor. Recuérdese que los socialdemócratas de estas horas, tras acatar durante decenios la vulgata neoliberal, están pagando los platos rotos de la mano de restricciones presupuestarias sin cuento. No es eso, con todo, lo importante: los keynesianos de las últimas hornadas ignoran palmariamente que el planeta arrastra inapelables límites medioambientales y de recursos. Cuando apuestan a la desesperada por tirar del consumo, cuando se inclinan por acometer la construcción de faraónicas infraestructuras que nadie sabe quién podrá emplear dentro de unos pocos años –tras la subida inevitable, antes o después, los precios de la energía–, retratan bien a las claras los vicios del cortoplacismo que nos inunda. Sólo los más ingenuos creen, entre tanto, que semejante huida hacia adelante encontrará su freno al amparo de un keynesianismo verde que, hablando en serio, no se vislumbra en lugar alguno.

Pero olvidemos el hastío que produce Davos y evaluemos lo que nos llega de Belém. El momento para los movimientos que contestan la globalización capitalista es, a la vez, estimulante y delicado. Si, por un lado, sus mensajes encuentran hoy un caldo de cultivo más amplio, por el otro, deben encarar una tramada estrategia de amedrentamiento que invita, desde las instancias oficiales, a renunciar a la protesta en provecho de la preservación de la relativa condición de privilegio de la que una parte de la población planetaria disfruta. Es verdad, por lo demás, que en los movimientos perviven diferencias importantes. Hay quienes piensan, por ejemplo, que la prioridad mayor sigue siendo engordar las redes de contestación y convertir estas en fermento de una sociedad distinta, como hay quienes estiman que lo que se impone es ejercer influencia sobre otros y, en particular, sobre gobiernos más o menos receptivos.

Más allá de esas disputas, los movimientos han asumido en los últimos meses una inequívoca radicalización que tiene su principal botón de muestra en el designio de trascender la contestación, a menudo demasiado cómoda, del neoliberalismo para acometer una crítica en toda regla de un capitalismo que se considera, por una parte, generador de explotación e injusticia y, por la otra, promotor de salvajes agresiones contra el medio. En relación con la primera de estas dimensiones, nada se aleja más de la verdad que la afirmación de que el universo antiglobalizador está desafortunadamente lejos del movimiento obrero. Mientras en muchos países del Sur el sindicalismo resistente se halla, claramente, del lado de ese universo, en el Norte tenemos que preguntarnos si no son muy a menudo las cúpulas sindicales tradicionales las que, en una deriva lamentable, y tras aceptar lo inaceptable, han obligado a las redes antiglobalización a asumir un creciente protagonismo en las luchas contra las privatizaciones, el desempleo o el trabajo precario.

Las cosas como fueren, la mayoría de las gentes que se han hecho presentes en Davos –por cierto que no hay motivos para concluir que entre ellas menudean los admiradores tontorrones de Obama– son conscientes de que, junto a la crisis que hemos etiquetado de financiera, se aprecian otras tres singularmente preocupantes: se llaman cambio climático, encarecimiento de los combustibles fósiles y, en fin, sobrepoblación. La urgencia de colocar en primer plano los problemas correspondientes ha estimulado, en los movimientos radicados en el Norte opulento, una activa discusión en lo que hace al crecimiento económico y sus presuntas bondades. La defensa de proyectos de franco decrecimiento va ganando terreno por momentos en un escenario en el que la propuesta en cuestión se hace acompañar de un puñado de aditamentos: la defensa de la vida social frente a la lógica de la propiedad y el consumo, la postulación del reparto del trabajo –una vieja práctica sindical que ha caído en el olvido–, la reducción del tamaño de muchas infraestructuras, la primacía de lo local sobre lo global y, en fin, la simplicidad y la sobriedad voluntarias.

Si las discusiones en torno al decrecimiento –un proyecto que acarrea una radical contestación de los catecismos neoliberal y keynesiano– parecen llamadas a ganar terreno, bueno es que dejemos constancia de una percepción que, en lo que respecta a las sociedades del Sur, despunta en muchos movimientos. Esa percepción sugiere, con inevitable cautela, que ha llegado el momento de sopesar si dejar a esas sociedades en paz, lejos de las aparentes bondades que procuramos endosarles, no será nuestra mejor contribución a su bienestar. Y es que sobran los datos que señalan que muchos de esos pueblos que calificamos de primitivos y atrasados guardan, como un arcano tesoro, algunas de las llaves que nos permitirán abandonar este triste edificio que habitamos, construido con materiales tan lamentables como el consumo desaforado, la explotación, la exclusión y, claro, el desprecio por lo que la naturaleza tuvo a bien regalarnos.

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Banqueros, de José Saramago en su Cuaderno

Posted in Economía, Política by reggio on 5 febrero, 2009

¿Qué hacer con estos banqueros? Se cuenta que en los primordios de la banca, allá por los siglos XVI y XVII, los banqueros, por lo menos en Europa central, eran por lo general calvinistas, gente con un código moral exigente que, durante cierto tiempo, tuvo el loable escrúpulo de aplicarlo a su profesión. Tiempo que sería breve, visto el infinito poder corruptor del dinero. En fin, la banca mudó mucho y siempre para peor. Ahora, en plena crisis económica y del sistema financiero mundial, comenzamos a tener la incómoda sensación de que quien saldrá mejor parado de la tormenta serán precisamente los señores banqueros. En todas partes, los gobiernos, siguiendo la lógica del absurdo, corrieron a salvar la banca de los apuros de los que, en grande parte, había sido responsable. Millones de millones han salido de las arcas de los Estados (o del bolsillo de los contribuyentes) para reflotar a centenares de grandes bancos, de manera que puedan retomar una de sus principales funciones, la crediticia. Parece que hay señales graves de que los banqueros se crecieron, considerando abusivamente que ese dinero, por estar en sus manos, les pertenecía, y, como si esto no fuera suficiente, reaccionan con frialdad a la presión de los gobiernos para que se ponga rápidamente en circulación, única manera de salvar de la quiebra a miles de empresas y del desempleo a millones de trabajadores. Está claro que los banqueros no son personas de confianza, la prueba es la facilidad con que muerden la mano de quien les da de comer.

Esta entrada fué posteada el Febrero 4, 2009 a las 12:19 am.

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Otra consecuencia positiva de esta crisis, de S. McCoy en El Confidencial

Posted in Economía by reggio on 5 febrero, 2009

Si uno se empeña en mirar el lado alegre de la vida, como hacían los irreverentes Monty Python en La Vida de Brian, ¿o habría que decir Bgraian?, siempre encuentra aristas positivas a las que aferrarse en momentos de dificultades como las que estamos viviendo. Y creo que una de las buenas noticias que va a traer consigo la coyuntura actual es un cambio sustancial en la mentalidad de los gestores de las compañías cotizadas. Van a dejar de gestionar sus empresas para la acción y lo van a empezar a hacer para el accionista, cosas que no significan exactamente lo mismo, como a continuación explicaré. Un cambio del que todos saldremos, sin duda alguna, beneficiados. A ver si es verdad.

Hagamos una previa. Una de las máximas fundamentales en el funcionamiento de los mercados financieros es la consideración de los mismos tanto más eficientes cuanto mayor es la transparencia de la que disfrutan, entre otras características. La transparencia, a su vez, se mide tanto en términos de claridad de las normas de funcionamiento del propio mercado, sobre todo por lo que respecta a la fijación de los precios de intercambio, como en razón de la rapidez y alcance con la que se difunde la información relativa a los activos que se negocian en el mismo, siendo ésta, quizás, la acepción más extendida. Pues bien, es en aras de una mayor eficiencia que los supervisores obligan a las firmas negociadas a informar trimestralmente de su evolución operativa y financiera, debiendo comunicar públicamente cualquier desviación a la baja que se pudiera producir respecto a lo previamente anunciado, así como cualesquiera otros acontecimientos que afecten a su cotización. Pedazo de dosis de cultura general, oiga.

Sin embargo, se ha producido en los últimos años un proceso de deterioro de esta intención primigenia que ha terminado por producir exactamente lo contrario a lo que se pretendía. Una pérdida de su sentido original que, seguro, tiene muchos y muy distintos padres: la globalización de los mercados financieros y el mayor flujo de fondos; la popularización de la inversión en acciones y el aumento en la cobertura de valores individuales; la aparición de nuevos actores muy de corto plazo como los hedge funds; la avidez compradora del private equity… Todos ellos elementos de presión que convergen sobre un equipo gestor obligado a no despistarse en el corto plazo. Con un agravante adicional: a su vez, muchos de los directivos tienen gran parte de su remuneración variable ligada, ya sea a través de participaciones directas en el capital, opciones sobre acciones o bonos en especie, no a resultados o ratios ciertos derivados de su actividad cotidiana, sino al modo en el que la cotización refleja dichos datos. Es indudable que a la mayor exigencia de los actores del mercado se une el propio interés de los ejecutivos por mantener viva la llama que calienta su hogar.

La tentación, como se pueden imaginar, era demasiado fuerte como para no caer en ella. Y cayeron. Los gestores comenzaron a administrar los negocios pensando más en lo inmediato que en el medio y largo plazo. Aunque no podían controlar todas las variables, al menos podían influir en la que directamente les afectaba. Se dejó de trabajar para el accionista y la diligencia debida se sustituyó por el cuidado de la acción. Importaba más el continente que el contenido. Así, con el paso del tiempo se produjo una completa desnaturalización del concepto de creación de valor que, al menos como servidor lo entiende, es aquél que viene para quedarse. No se trata de una visita, de paso por la firma, que ahora está y mañana no. No sé si están de acuerdo. Con la aquiescencia del mercado, la gestión pasó de operativa a financiera y el lugar de actuación de muchos dirigentes empresariales fue el balance por encima de la cuenta de resultados. Ya ven en qué has quedado esas prisas.

Obviamente la generalización implícita en este artículo no es ni mucho menos correcta aunque cabría decir, como en el caso de la Magdalena, que quien esté libre de pecado… pues eso. Se pueden cargar las tintas contra los banqueros de inversión pero el cortoplacismo ha sido un cáncer mucho más extendido de lo que pudiera parecer. Sin embargo, y volviendo al arranque de esta pieza, lo realmente relevante es que esta crisis va a ayudar a poner las cosas en su sitio. No sólo se va a producir una racionalización de la industria de las inversiones en la que volverá a primar lo esencial del negocio frente al folclore que lo ha acompañado estos años, consecuencia de la desaparición del crédito irracional y los distintos vehículos en los que el mismo se estructuraba, sino que igualmente veremos una vinculación distinta de la compensación de los equipos directivos a la actuación de las sociedades que dirigen. No podremos escapar del escrutinio trimestral de las bolsas. Pero al menos volveremos a sentar las reglas del juego que justifican esa necesaria transparencia y/o eficiencia. O no. El sábado más y seguro que mejor.

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Inquietudes que vienen de fuera, de Enrique Badía en Estrella Digital

Posted in Economía by reggio on 5 febrero, 2009

La inestabilidad social que ha empezado a manifestarse en algunos países de la Unión Europea, por ejemplo Reino Unido y Francia, transmite inquietud por aquí. Se tiene por lógico y potencial detonante la pésima evolución del empleo, con más intuición que certeza sobre lo que verdaderamente pueda llegar a ocurrir.

Las sociedades británica y francesa no han reaccionado de la misma manera, pero ambas se han convulsionado a causa de la crisis que se está manifestando por doquier. La primera ha puesto énfasis en la presencia de trabajadores extranjeros que estarían privando de puestos de trabajo a los británicos de toda la vida; la segunda, en cambio, trata como otras veces de anteponer su protesta y movilización a la amenaza de recortes sociales o cambios en el statu quo de algún colectivo. En el fondo, una y otra divergen sensiblemente de la doctrina y la política de su respectivo Gobierno.

No es fácil determinar en qué medida sucesos más o menos similares se pueden llegar a declarar aquí. Sin duda, las circunstancias son distintas, pero no tanto como para no tomar en consideración las similitudes que existen: las hay.

Más de uno se ha puesto a hurgar en memoria y hemeroteca para rescatar lo que ocurrió en anteriores crisis, pero seguramente le servirá para poco, porque las cosas son bastante distintas, algunas para bien y acaso otras para no tan bien.

Algún recuerdo puede quedar, sin embargo, de los tiempos en los que más de uno pronosticaba que si la economía española llegaba al millón de parados se produciría un estallido social. Más adelante, el sombrío pronóstico se amplió a dos millones y, ahora mismo, es sabido que su número rebasa ampliamente los tres, camino de los cuatro millones, a no tardar. Sólo que el precedente se debe manejar con cuidado, evitando caer en lecturas erradas.

Sea mejor o peor, una diferencia apreciable respecto de anteriores crisis es que la destrucción de empleo se está produciendo de forma transversal. Esto es, afectando a la práctica totalidad de sectores y territorios, sin colectivos que sufran particular o masivamente el problema, pero al mismo tiempo sin que ninguno se esté librando del todo. Lo que signifique está por ver.

Probablemente, el alarmismo es inconveniente: está de más. Pero tampoco se puede pasar por alto que, conforme se siga destruyendo empleo, aumentarán los riesgos de desestructuración social. De ahí que sea cada vez más urgente proveer medios para que cese la sangría de ocupados que se va acumulando mes tras mes.

Una de las cosas que no se debería pasar por alto son las limitaciones que tiene el sistema de protección. No sólo temporal, puesto que el derecho a percibir prestaciones no es indefinido, sino muy especialmente porque no pasa de ser un paliativo, pero en modo alguno un remedio y mucho menos una solución. Querer trabajar y no poder hacerlo genera también frustraciones de todo tipo, que antes o después pueden acabar colocando a la persona afectada al margen del mercado laboral.

Sería poco menos que ingenuo ignorar lo que coyunturas de ese tipo proporcionan a los inclinados a la utilización oportunista, sesgada y exaltada de la situación. La demagogia suele ser fácil, pero más a menudo de lo que se piensa toma una dinámica difícil, cuando no imposible de gestionar.

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A los españoles se nos está acabando la paciencia, de Primo González en Estrella Digital

Posted in Economía by reggio on 5 febrero, 2009

Como a Miguel Sebastián, a quien se le está acabando la paciencia con los bancos porque no aumentan los créditos (si aumentasen entraríamos en el Guinness, porque no debe haber muchos casos de países en recesión en donde los créditos de los bancos aumenten), hay algunos otros sectores de la economía y la sociedad española a los que también se le está acabando la paciencia, pero posiblemente por razones más justificadas y más con el Gobierno que con los bancos porque al fin y a la postre los gobernantes son los que tienen que dar la cara y resolver los problemas de los ciudadanos.

La lista de motivos para este estado de ánimo que trata de inculcarnos Sebastián podría ser enorme porque al fin y al cabo los españoles aún no hemos recibido una explicación plausible de cuáles son los motivos de la crisis económica y de por qué el Gobierno ha estado negándola durante tantos meses para, al fin, asegurar que todo es culpa de los bancos.

Por ejemplo, uno de los motivos de impaciencia es la imprevisión del Gobierno a la hora de gestionar el cambio del modelo económico de los últimos años. Sebastián fue el primero en anunciarlo desde la propia Presidencia del Gobierno, cuando era moneda corriente decir que el modelo económico español del ladrillo estaba finiquitado y que debía ser cambiado por otro en el que la innovación y la tecnología tomaran el relevo. Corría el año 2004 y desde entonces nunca más se supo.

El nuevo modelo económico que anunciaba Sebastián desde Moncloa, luego desde Industria, se ha quedado en los papeles, las inversiones (las públicas se entiende, que son las que maneja el Gobierno) han brillado por su ausencia y por ninguna parte parece atisbarse algún procedimiento que ponga en marcha ese nuevo cambio medio cultural, medio económico, que nos debería dar margen suficiente para que la economía encontrase nuevos motores de crecimiento en sustitución del ladrillo. Es más, los incentivos -sobre todo de naturaleza fiscal- de que disponía el sector privado para invertir en innovación han sido parcialmente suprimidos, error manifiesto en un país como el nuestro que vivía una dorada etapa de superávit fiscal que podría haber sido utilizado de forma masiva a favor de este honorable objetivo. Ahora, con un déficit pavoroso que tardaremos en pagar más de una generación, dedicar recursos a este cambio de modelo se antoja bastante más difícil. No ya porque el dinero escasee, sino porque el Gobierno está claramente tocado, desconcertado, sin ideas sobre lo que tiene que hacer, desgastado por tantas cosas como se le han venido encima y alas que no ha encontrado respuesta más que instrumentando medidas de escaso fuste y desde luego de corto recorrido.

A los españoles se nos está acabando también la paciencia al observar cómo está aumentando el paro en España cada mes al ritmo con que lo hace en Francia o en Inglaterra o en Alemania casi cada año. Y la impaciencia de los españoles tiene directa relación con la escasa capacidad de los gobernantes para instrumentar medidas económicas creíbles y de largo plazo que sean capaces de frenar esta hemorragia que ya no forma parte del derrumbamiento del sector de la construcción y el inmobiliario sino que está corroyendo a amplios sectores de la actividad terciaria y también ya a una importante parcela de la industria, terreno este último en el que se juega verdaderamente la competitividad exterior del país.

A muchos empresarios españoles, a los que el Gobierno dice defender, se les está acabando también la paciencia -en algunos casos, con la desagradable consecuencia de ir a la suspensión de pagos- porque las Administraciones Públicas (el Estado y sobre todo las Comunidades Autónomas y los Ayuntamientos) porque pasan los meses y siguen sin cobrar lo que les deben por las obras públicas realizadas. ¿No sería mejor utilizar al menos una parte de esos 8.000 millones que se van a dilapidar en los próximos meses en llenar España de polideportivos y espacios de ocio en pagar las deudas de los agobiados contratistas? Se evitaría sigue alimentando la máquina infernal del paro, aunque quizás sean remedios menos lucidos ya que no acarrean inauguraciones y ceremoniales que sirven a algunos políticos para satisfacer su ego.

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Diferencias entre recesión y depresión, de Ramón Tamames en Estrella Digital

Posted in Economía by reggio on 5 febrero, 2009

Se trata de un tema escasamente analizado, y que cuando se suscita genera no poca controversia; no sólo de interés semántico, sino también a efectos de desarrollo de políticas económicas diferentes en función del diagnóstico.

Para empezar, recordaremos que según el Eurostat, se entra en recesión al evidenciarse crecimientos negativos del PIB en tasa interanual durante dos trimestres seguidos. Con una regla menos sintética en EEUU, donde el NBER (National Bureau of Economic Research) aplica una serie de criterios más complejos para definir oficialmente si se está o no en recesión. Debe aclararse, en cualquier caso, que antes de 1929, el término en cuestión no existía, pues normalmente toda caída de cierta relevancia del PIB se denominaba depresión. Pero en la posguerra, al hacerse las depresiones más cortas y suaves (los tiempos del stop & go, con stop o freno al recalentarse la economía, y go para reimpulsarla tras algún excesivo enfriamiento), comenzó a aplicárseles el nombre de recesión, reservándose lo de depresión para las situaciones más prolongadas y graves.

Actualmente todavía no existe una definición generalmente aceptada de depresión, por mucho que el vocablo inspire la idea, ya aludida, de mayor duración y gravedad en el declive. Y a partir de ahí, Saul Eslake, economista jefe del Banco ANZ, propone que se considere que nos hallamos en depresión cuando la caída del PIB sobrepasa el 10 por ciento, o cuando la recesión inicial se dilata durante tres años. En ese sentido, en la Gran Depresión iniciada en EEUU en 1929 se cumplieron sobradamente ambas circunstancias: contracción de un 30 por ciento del PIB a lo largo de los años de 1929 a 1933.

En un comentario sobre el tema, en el Economics Focus del The Economist, de 3 de enero del 2009, se hizo el repaso de las doce depresiones contabilizadas en el siglo XX; con sus fechas e intensidades, resultando el cuadro adjunto: un ranking en función de las caídas de PIB, en el que el premio grande se lo llevó Rusia tras la disolución de la URSS. Más que por una coyuntura adversa, por el traumatismo de ese cambio político, que asoló muchas de las facetas del anterior régimen soviético.

En ese sentido, no se trata sólo de la mayor o menor duración e intensidad para calibrar si estamos ante una recesión o una depresión. Pues como subraya el ya citado Eslake, en línea con lo comentado sobre Rusia, la causa del declive también importa, a efectos de caracterizar la verdadera situación. De modo que, prima facie, la recesión puede considerarse como efecto de una fase muy estricta de política monetaria -“el boom no se acaba, lo mata la Reserva Federal”, se dice en EEUU-, a causa de los tipos de interés elevados para enfriar la economía. En tanto que la depresión emerge cuando se produce el pinchazo de una burbuja de activos: inmobiliarios, por ejemplo, por la saturación del mercado, la caída de precios y una fuerte e inesperada contracción del crédito ( credit Crunch ).

Depresiones en el siglo XX

En esa perspectiva, puede decirse que la depresión que empezó en 1929 acusó una fuerte caída del valor de los activos, y el PIB se hundió casi un 50 por ciento. Aunque peor fue lo sucedido previamente, en la depresión 1893/1907, que tanto impresionó a John Maynard Keynes en sus tiempos juveniles, antes de pensar ni lejanamente que un día acabaría escribiendo su Teoría General.

La política económica a seguir en recesión o depresión debe ser muy diferente. Así, la recesión originada por la ya mencionada política monetaria restrictiva, cabe curarla bajando tipos e inyectando liquidez desde el banco central. En cambio, en la depresión con fuerte contracción del crédito, y síntomas de deflación, se necesita ir más allá de la política monetaria; para entrar en el área de la fiscalidad y de los estímulos más diversos a fin de frenar el desempleo, sin olvidar la reforma del sistema financiero para evitar los abusos de la codicia y los efectos de una autorregulación a veces disparatada.

Por lo demás, caer hoy en una depresión como la acotada para 1929/1932 parece difícil, pues ahora no se actúa como sucedió en aquellos tiempos. Cuando en EEUU la Reserva Federal dejó que se hundieran en la quiebra decenas de bancos; al no establecerse las garantías necesarias para los depósitos, reducirse la liquidez, y subir tipos. Eso no está sucediendo ahora; lo cual no significa que no haya otras situaciones muy inquietantes.

Y por último una anécdota del propio The Economist: en 1978 Alfred Kahn, uno de los asesores económicos presidenciales, fue reprendido por Jimmy Carter, quien entendió que se estaba amedrentando a la ciudadanía, al anunciar que tal vez se acabaría en una depresión. Mr. Kahn en su siguiente discurso sustituyó el nefasto vocablo de manera un tanto extravagante al decir: “Estamos amenazados por la peor banana de los últimos 45 años. Pudiendo decirse, incluso que, la economía de EEUU se sitúa ante un peligroso racimo de bananas”.

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