Reggio’s Weblog

La primera batalla de la Tercera Guerra Mundial, de S. McCoy en El Confidencial

Posted in Economía by reggio on 3 febrero, 2009

Entre la aglomeración de noticias negativas que pueblan la prensa estos días, encuentro una en el Financial Times que me parece de especial significación en el entorno actual. Como ya les he comentado alguna que otra vez, uno de los objetivos fundamentales del equipo económico de Obama es encontrar su particular Segunda Guerra Mundial. Un evento de dimensión mundial que reactive la demanda de productos norteamericanos alrededor del Planeta, tal y como ocurriera a finales de los años 30, principios de los 40, con un conflicto que trajo de su mano la salida casi definitiva de la Gran Depresión, más allá de los méritos de Franklin Delano Roosevelt o de las políticas fiscales keynesianas. Mis disculpas desde aquí a la ortodoxia. Servidor, humildemente, cree que ya han encontrado dicho “enemigo” potencialmente destructivo cuyo combate habría de unir las fuerzas de gran parte de los gobernantes de las economías tanto desarrolladas como en vías de desarrollo. Se trataría de la lucha contra el cambio climático o, por ponerlo en palabras más estremecedoras y motivantes, la pelea por la supervivencia de la Tierra.

Un reto que supondría un cambio esencial en nuestro modo de vida debido a que iría acompañado de una sustancial reducción de la dependencia de los combustibles fósiles, un aumento drástico en la utilización de fuentes de energía no contaminantes, una paulatina contracción hasta su desaparición de las emisiones de dióxido de carbono y una progresiva implantación de nuevos productos que participen de los tres requisitos anteriores. Para ello, una de las primeras medidas que adoptaron los distintos estados fue el establecer, de acuerdo con un calendario temporal y cuantitativo determinado, un techo a la capacidad de contaminación de una determinada zona geográfica, limitación que iba acompañada de un sistema de incentivos ligados a los llamados derechos de emisión y su negociación. De este modo, quien quisiera superar su límite podía comprar contaminación lo que, al menos en teoría, desincentivaría la producción generadora de la misma al encarecer sus costes mientras que, por el contrario, el que hiciera bien sus deberes, podía adornar sus cuentas con unos ingresos adicionales. Intelectualmente perfecto.

Sin embargo, y con eso llego a la pieza de Financial Times a la que hacía referencia al inicio de este post, esta primera iniciativa, que debía servir como acicate para estimular la lucha contra el deterioro atmosférico, se encuentra en estado terminal. Los precios de los derechos han caído al nivel más bajo de su corta historia, dos tercios por debajo del pico de 30 euros que alcanzaran el dos de julio de 2008 como consecuencia de factores tanto de oferta como de demanda. Empezando por esta última, el colapso en la producción industrial en las economías desarrolladas, que ha afectado drásticamente a la capacidad de utilización de muchas compañías, ha provocado que no haya realmente necesidad de comprar CO2. Con una consecuencia adicional de mayor trascendencia: la incertidumbre operativa y financiera ha paralizado numerosos planes de renovación de activos fabriles por otros menos contaminantes, algo a lo que contribuye, adicionalmente, el colapso en el precio de los carburantes. Por su parte, la necesidad de fondos de economías como la británica, con un importante peso nuclear en su mix de generación lo que le ayuda a disfrutar de excedentes anuales de importancia, y de empresas verdes afectadas por la actual coyuntura amenaza con saturar con su papel este mercado, colapsando aún más sus niveles de intercambio.

No es de extrañar, por tanto, que para algunos analistas, como éste de UBS que cita Bloomberg, podamos ver transacciones incluso gratuitas a lo largo del presente ejercicio, situación que podría variar en función de las distintas fases temporales que son objeto de negociación. Esto trae consigo dos conclusiones inmediatas. Una, supone un jarro de agua fría para la pretensión europea de incorporar más naciones a esta operativa con objeto de establecer un escenario de trading mundial, proyecto que se pretendía completar para 2020. Sin incentivo económico, seguro que no hay materialización. Dos, muerto temporalmente el mercado, sólo queda el recurso al apoyo de la administración pública, bien a través de la inversión directa o de las subvenciones. Esta es la vía elegida por el Gobierno de Obama en un movimiento que, por el contrario, y tal y como prueban las declaraciones de Wen Jiabao, primer ministro chino al propio Financial Times, de extraordinaria trascendencia y obligada lectura, no encuentran réplica inmediata ni en esta nación ni en la mayoría de los países europeos, que prefieren destinar a otros usos sus mayores o menores recursos financieros.

Al contrario de lo que ocurriera en la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos acudió al apoyo de los aliados en su propio e inmediato beneficio, ahora los potenciales compañeros de viaje no tienen tan claro el retorno inmediato de tal apuesta y se hacen los remolones. ¿Cortedad de miras? No me hagan hablar. Por supuesto. No hay interés electoral. Ni tampoco, probablemente, conciencia real del problema, si es que es tan fiero el león como lo pintan, que ya saben que hay división de opiniones sobre el particular. En cualquier caso, lo que sí parece evidente es que, de momento, la primera batalla del nuevo presidente norteamericano, va a ser en solitario. Queda por ver cómo evoluciona finalmente la guerra. Va a ser, como casi todas, larga e intensa. Seguro. Y el problema es que todos, de un modo u otro, seremos sus actores, aunque no queramos. Con una diferencia: a cada uno le toca elegir el rol que quiere jugar. Pidan la vez.

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