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Educación para la Ciudadanía: hablemos claro, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Posted in Educación by reggio on 3 febrero, 2009

¿Qué es la LOGSE? ¿Acaso un frenesí que tanto encandiló al PP, hasta el extremo de que durante sus ocho años de Gobierno apenas la modificó? ¿Qué es la LOGSE? ¿Tal vez, una ilusión encaminada a que la sociedad española siga siendo «mansurrona» y «lanar», como alguien escribió en 1930, en el que fue quizás el artículo de opinión más influyente de toda la historia del columnismo en nuestro país? Desde luego, pretender forjar ciudadanos dentro de un sistema educativo donde el esfuerzo está proscrito y donde los contenidos de filosofía son manifiestamente ampliables es poco menos que la cuadratura del círculo.

Que la principal apuesta en materia de enseñanza por parte de un Gobierno que se llama socialista sea una ñoñez como ésta resulta, en el más benévolo de los supuestos, paradójico. Y, de otro lado, que el campo de batalla dentro del ámbito de la enseñanza donde el PP pone más carne en el asador sea la referida materia se antoja, en el mejor de los casos para el partido del señor Rajoy, afrentoso y hasta insultante.

Si algo demuestra el llamado «informe Pisa», si hay una realidad que se constata cada vez más, es el deterioro de la enseñanza en este país que pasa, entre otras cosas, por un bajón en conocimientos más que inquietante. Y resulta que nadie quiere ver este panorama que se presenta ante las mismas narizotas de todo el mundo.

El parto de los montes es esta asignatura. ¿Cómo se puede esgrimir una discusión tan banal? Porque es el caso que, quitando o confirmando la referida materia, los datos del «informe Pisa» seguirán siendo igual de alarmantes.

¿Qué nos cabe concluir entonces? O bien los partidos mayoritarios sufren una inconsciencia tal que alcanza de lleno la estulticia, o bien se alberga en su discurso un cinismo hiperbólico, al estar por la labor de que la población sea lo más borreguil posible.

Y esto es lo primero que debe ponerse sobre la mesa a la hora de delimitar la discusión en torno a esta asignatura. A partir de aquí, hay otras consideraciones obligadas.

No es sostenible que se esgrima que son los padres los que deben decidir acerca de los contenidos ético-morales que se deben impartir en la enseñanza. Eso es cosa del Estado. ¿Podría, por ejemplo, llegarse a la situación de que se objetase en contra de que fueran impartidas las teorías de Darwin, puesto que en casa se apuesta por el creacionismo? ¿Se consideraría admisible que ciertas corrientes económicas o filosóficas no pudieran figurar en los programas de enseñanza, por considerar que colisionan con la moral de la familia de turno? ¿No estaría el Estado obligado, llegado el caso, a defender los derechos de los niños y adolescentes frente a teorías o preceptos que impidiesen, sin ir más lejos, tratamientos a través de transfusiones de sangre, y así sucesivamente?

Hay una distinción fundamental de la que nadie parece querer percatarse, fundamental y perogrullesca: una cosa son los conocimientos y otra muy distinta los mal llamados valores en el ámbito de la ética y de la moral. Los conocimientos deben ser impartidos y aprendidos, mientras que los valores serán asumidos, aceptados, o rechazados por cada cual en el ejercicio de su libertad. Los conocimientos son evaluables académicamente; lo valores, no. Es algo muy obvio, lo sé, pero parece que hay que decirlo.

Y, de otro lado, hay un aspecto que también se soslaya inexplicablemente. ¿Cómo debe ser «educada» la ciudadanía? Primero, que la educación ciudadana no sólo se forja en la escuela, sino también en el ámbito familiar y, en no pequeña parte, en los medios de comunicación. También es de Perogrullo tener que recordar que, en lo que a la Escuela se refiere, se forja ciudadanía a través del esfuerzo y de la disciplina, vocablo éste que, como tengo dicho, tiene que ver con «discípulo» y no con látigo. No se forja ciudadanía sobre la base de considerar que la ciencia infusa existe. Tampoco se sostiene formar ciudadanía sobre la creencia, puesta en práctica, de que se puede reventar el desarrollo de una clase sin que eso apenas tenga repercusión alguna, porque, de hecho supone aceptar que es lícito vulnerar el derecho de la persona que está al frente de la clase a desarrollar su trabajo, así como del resto de compañeros, que no la pueden recibir en condiciones dignas.

Y, por último, hay otra vertiente que debe ser mencionada. Si los programas de las llamadas materias humanísticas, sobre todo de Filosofía, fueran lo suficientemente ambiciosos, el alumnado podría tener un bagaje de conocimientos mínimo para hacerse una idea de qué es ciudadanía y qué es democracia. A esto, también se renuncia.

¿Entonces, no es esta polémica una pantomima y una falacia que hurta lo esencial acerca de los problemas que tiene hoy planteados la enseñanza?

¿Sí o no?

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