Reggio’s Weblog

Demasiadas miradas, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in Derechos, Libertades, Política, Sociedad by reggio on 2 febrero, 2009

No está mal velar por alguien, velar con él, cuidarse, acompañarse. Esta vigilancia tiene más que ver con la atención afectuosa. Hay en ello cierta vigilia. Nos custodiamos, nos defendemos, nos atendemos, porque nos respetamos. Pero cuando comprobamos el afán interesado y desmesurado por vigilarnos, no es difícil reconocer la mano de formas de dominio, de posesión, de control, que, en lugar de propiciar nuestra seguridad, ponen en riesgo lo más sagrado, no ya sólo de nuestra intimidad, sino de nuestra libertad. Un aliento seco se sitúa detrás y balbucea palabras que ni se oyen ni se dicen. Es algo que amenaza o que podría amenazar, la coacción de lo que tal vez no ocurra, pero se agazapa a pesar, quizá, de su inexistencia. Basta con sentir que podríamos estar vigilados, basta con saber que lo está alguien, que lo están otros. Es el mundo de la sospecha, del por si acaso, de las dudas, de las incertidumbres, que, en cualquier caso, tienen una clara consistencia e incidencia en la existencia. Cuando hay que espiar es que algo está ya roto o acabado antes de empezar a hacerlo.

Semejante vigilancia, aunque no nos alcance, ya nos toca.

Es la posibilidad de ser perseguido. No es preciso mirar detrás. Está ya en nosotros. Nos habita. Ni es una obsesión ni en principio hay razones especiales para considerar que precisamente nosotros habríamos de padecerla, pero lo consistente de las posibilidades es que, aunque no acabe ocurriendo lo que preconizan, ellas sí ocurren. Por eso es suficiente que otro, algún otro, sea vigilado o perseguido para que esa posibilidad ya nos pertenezca. Si uno es mirado, en cierto modo lo somos todos. Interiorizar ese control surte efectos más implacables que cualquier prohibición, imposición o silenciamiento. Un sordo temor convierte el aire en bruma de sospecha.

Es el gran panóptico, ojo háptico, que todo lo ve y que todo lo alcanza. Creemos ver la televisión y somos vistos por ella, hasta el punto de conformar nuestra mirada. Ni siquiera necesitamos encender el aparato, su visión ya nos habita desde lejos, hasta estar en nosotros mismos, hasta formar parte de lo que pensamos y sentimos. No es necesario que nos ordene, basta que exista. Está entre nosotros, con nosotros.

En eso estábamos y eso sabíamos. Pero, por lo visto, no es suficiente. Ahora se precisa más proximidad. Vuelve el fuego cruzado de las miradas, las miradas de guardia, las de reojo, las desviadas, las de soslayo. Quizá nunca se fueron, pero es que ahora retornan con voluntad de ser no ya una excepción, sino un procedimiento. “Mira que te miro, mira que te voy a mirar. Mira que te voy a alcanzar, mira que no sabes cuándo”. Las tareas de acecho que correspondían a la vieja muerte, siempre viva, son ahora cosa de quienes desean descuartizar cada acción, pesarla y sopesarla, fotografiarla, reinventarla, medirla, exponerla, ofrecerla, venderla. Y lo que resulta aún más curioso, para indagar, para buscar o para crear en la vida de los otros algo de lo que, por sus consecuencias, pudieran arrepentirse. El objetivo es el control y la dominación, a través del desánimo y del descrédito. La cuestión no es que los vigilados hayan de reconocerlo o de confesarlo, es que se les hurtará la verdad de sus propios hechos, a merced ya de otros circuitos. Tratar de encontrar mediante procesos paralelos en las peripecias de alguien lo que se denomina “alguna actuación irregular”, para comercializar con ella, para presionar, para cuestionar su reputación, para mostrar las debilidades de su alma, para desbancarle de ella, para arrinconarlo, para desalentar su acción. En definitiva, para mantenerlo a buen recaudo.

Sin embargo, tamaños ardides no parecen extrañarnos. Lo destacable es que ser atrapado vigilando a otro sería, además de la constatación de cierta incompetencia, un argumento que se volvería contra quien vigila. Vigilar a quien vigila para que vigile como es debido esconde el principio inconfesable de que todos nos controlamos unos a otros. No es el ámbito de la convivencia, de la búsqueda en común y, menos aún, de la amistad.

El espacio de los debates, de los argumentos, de las convicciones, de los valores, de las persuasiones se sustituye por la persecución y el acoso al otro, no ya por la exaltación de las cualidades propias sino por su desconsideración y derrota. Tras algunas indagaciones, quizá se acabe mostrando que ni era así, ni era tanto, ni era cierto, y todos se desdigan. Pero al desdibujarse el perseguidor se acrecentará la sombra y el perfil de las sospecha. Basta con que sepamos explícitamente que puede ocurrir, para que de hecho ya esté ocurriendo. Estamos avisados. Se vigila. Vivimos entre miradas. Aunque todo el espacio está bajo control, hay zonas singularmente acotadas. Por eso es decisivo subrayar que hay otros caminos, otros modos de ser, los de quienes nos cuidan, sin hacerlo contra nosotros. El oxígeno de la confianza, el aire del apoyo, el aliento del estímulo, el impulso de la entrega permiten orear y limpiar la mirada, ampliar los espacios y hacerlos habitables. No toda mirada es escrutadora. Algunas se extienden como mano amiga. Ya lo dice Gabriela Mistral, “hay besos que se dan con la mirada”.

ANGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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