Reggio’s Weblog

¡Hay que ir a Islandia!, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 31 enero, 2009

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Estamos asistiendo a la caída de un mundo y resulta que el único país donde la gente ha sido capaz de echar a su gobierno por golfo y por incompetente es Islandia. Trescientos y pico mil habitantes en un territorio tres veces mayor que Catalunya. Llevaban años exhibiendo musculatura y resultó que todo era una gran estafa; me refiero al nervio ciego de la economía, aquel de las finanzas, donde se manifestaba la efervescencia de una nación. Puta mentira; los banqueros eran unos trileros de fortuna, que habían puesto toda la riqueza del país jugándosela a las chapas y que estaban conchabados con el que movía la pelotita. Ganaban siempre. Ellos, no el país, que evidentemente recogía las migajas, suculentas, pero migajas. Y llegó un día, que como era invierno y estábamos en Islandia, tenía que tratarse de una noche, que empezaron a rodar las chapas, las pelotitas, los trileros… y el país se dio cuenta de que lo habían estafado. Entre el turismo, el bacalao y el aluminio, no había para tanto gozo y prosperidad. Islandia quebró.

También nosotros estamos en la cuenta atrás de la quiebra, pero con una diferencia notable con Islandia. Nos cubre la Unión Europea -alguien se imagina la peseta española capeando el temporal, sola y atrevida- y otra no menos notable, aquí hasta el día de la fecha nadie ha salido a la calle para decir a ese vendedor de humo, ese chico de la sonrisa de cristal y el culo de plomo, que ha llegado su momento de preparar la salida. Que hasta aquí hemos llegado. Tengo para mí que Zapatero es uno de esos tramposos que se engañan hasta haciendo solitarios; un experto en promesas, que primero dijo que no había crisis, luego que la crisis eran los otros. Miente y se equivoca. Los cínicos con cara de ángel me son especialmente repulsivos. Prefiero los demonios, porque son lo que son y hacen las trampas sin pretender salvarte la vida; todo lo más te tientan con prolongarla.

Fíjense bien en la historia. Islandia vivía feliz gobernada por gente muy seria. Los nacionalistas por excelencia llevaban mandando diecisiete años, que por algo se llamaban el Partido de la Independencia y eran conservadores, por qué iban a ser otra cosa. Geir Haarde hubiera estado ahí toda la vida, dirigiendo el país solo o en compañía de otros. Ahora estaba con los socialdemócratas, en coalición. ¡Qué bonito hacen los socialistas en un gobierno conservador! Se me dirá que lo nuestro es diferente, que nosotros no hemos quebrado aún, que podemos levantar cabeza y que nuestros líderes no han perdido todavía el prestigio. Y la verdad es que no sé si es lo peor de todo. Porque dentro de mis convicciones está la de que mientras un pueblo mantenga durante más tiempo que el prudencial el prestigio y el respeto hacia sus líderes, repercutirá en su estado moral, económico y hasta social. Si a Felipe González, en vez de aguantar en el poder catorce años, la sociedad le hubiera retirado a la mitad, estoy seguro de que todo habría funcionado mejor. Catalunya, sin ir más lejos, no estaría en la desquiciada situación en que está sin esos veintitrés años de Pujol; con diez bastaba. Los caudillos, totalitarios o democráticos, se crean con pueblos cándidos y cobardes. Es la corrupción de la mediocridad, que lo invade todo mientras el jefe dicta normas de conducta que jamás se le ocurriría cumplir.

Fue lo que ocurrió en Islandia. ¿Quién iba a cuestionar a aquellos magos que habían logrado, de un país pobre en población y en recursos, un auténtico ejemplo del paraíso social? Lo habían empeñado todo, y el día que se descubrió que las casas de empeños -que no otra cosa son los bancos- eran más listas y más tramposas que ellos, todo se vino abajo. Primero nacionalizaron los bancos, o lo que es lo mismo, desde octubre del año pasado hicieron que las deudas que eran sólo suyas fueran de todos. Luego quebró el país y hubo de solicitar un crédito al Fondo Monetario Internacional, que se lo pensó mucho, porque no tenía garantías. ¡Cómo iba a tener garantías, si las habían farreado! ¿No se acuerdan ustedes de aquella historia de hace diez años, cuando una empresa norteamericana se compró a todo el país, a los doscientos setenta mil ciudadanos islandeses de entonces, por 200 millones de dólares?

No es una metáfora ni un cuento de Borges, tan inclinado a las sagas islandesas, es real porque sucedió en diciembre de 1998, cuando la empresa suiza Hoffman-La Roche, por mediación de la norteamericana DeCode Genetics, se propuso comprar los historiales genéticos de todos los islandeses -270.000 entonces- durante doce años. Se trataba de una auténtica genialidad científica. Así se vendió la historia, porque daba la casualidad de que Islandia había estado aislada del exterior durante mil años -el sueño de todo nacionalista antes de ducharse por la mañana- y que por tanto constituía un modelo, fíjense bien, un modelo de población homogénea, cuyo árbol genealógico figuraba en las parroquias desde el siglo X. (¡Qué sería del nacionalismo sin las parroquias!). El interés científico conmocionó a los expertos, pero provocó una protesta general de todos los médicos de Islandia que no trabajaban todavía para DeCode Genetics. ¡Oh, la ciencia! Quién iba a pararse en gestos románticos ante aquel avance espectacular. Un pueblo entero tasado y medido por los códigos de la más palpitante novedad científica. Había un pequeño detalle y es que el presidente de la norteamericana DeCode Genetics era Kári Stefánsson, un islandés en dificultades que hablaba su idioma con acento gringo.

Desde hace muchos años siento una atracción pasional, casi diría que morbosa, hacia Islandia, que el vigor de los últimos días ha reactualizado. Llevo preparando un viaje a Islandia desde 1993, y siempre por una razón u otra he tenido que postergarlo; porque no se trata de un viaje sencillo. Yo no quiero ir de día, yo quiero ir en invierno, cuando la noche dura veinticuatro horas; y ahí está el lado que yo llamo morboso, porque a mí no me gusta la noche, soy diurno, pero quiero saber lo que es vivir de noche siempre. Recuerdo la cara que me ponía Gudbergur Bergsson cuando le contaba esto, porque Bergsson es uno de los pocos islandeses que he conocido en mi vida. Vivió en la Barcelona de los cincuenta y sesenta, los Gil de Biedma, Barral y tutti altri le apodaban Hans de Islandia. Pero, lo que es la vida; los otros murieron y Bergsson escribió libros magníficos que nos enseñan una Islandia real, impresionante en su fuerza. Lean La magia de la niñez (Tusquets) y sabrán lo que es buena literatura islandesa; un país que hasta hace muy poco tenía aún vivo a un prosista de fuste, Halldór Laxness, Nobel del 55, soberbio por su grandeza y que sobrevive hasta traducido, lo que es un valor especialísimo. No por nada es Islandia el país más lector y literario de cuantos están censados.

Quebró la Islandia de las trescientas mil cenicientas que dormían todos los días convertidas en las lecheras del cuento. Pero supieron levantarse, y desde el 20 de enero muchos miles se instalaron ante el Parlamento de Reikiavik e iniciaron una cacerolada -¡una cacerolada en Islandia, donde la última protesta que se recuerda fue hace exactamente 60 años, cuando el Gobierno decidió entrar en la OTAN y ninguno de los presentes aún había nacido!-.Empezaron un martes y al lunes siguiente el Gobierno en pleno dimitió. Eso es una sociedad con opinión pública libre y decisoria.

El líder conservador Geir Haarde dimitió, alegó un cáncer y no piensa ni presentarse a las próximas elecciones, que habrán de celebrarse el 9 de mayo. El poder ha pasado a la líder socialdemócrata y a la Izquierda Verde; se lo han cedido obligados por la presión social. Entre tanto, el presidente de la República, Olafur R. Grimsson, el cantamañanas cómplice de la debacle, ha dicho ante el pasmo general que “es necesario crear la paz social”.

Cuando los creadores de tormentas, financieras o políticas, llaman a la paz, es el momento en que debemos echarlos a patadas. ¿Y luego quién viene? ¿Y qué demonios importa quién viene? Sólo los que viven seguros piensan que los cambios deben hacerse bajo la férula de los culpables. Para que todo siga igual.

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