Reggio’s Weblog

Un conservador revolucionario, de Michael Gerson en El Mundo

Posted in Política by reggio on 22 enero, 2009

NUEVA ERA EN LA CASA BLANCA:  La opinión

El repaso a los discursos de investidura es un asunto delicado. Las impresiones inmediatas pueden resultar precisas. Del discurso de Kennedy, John Steinbeck comentaba: «Sintaxis, amigo mío. Ha sido devuelta al lugar más elevado de la República». Otros juicios han sido… bueno, precipitados. El New York Herald llamó «discursito de banalidades brillantes usadas sólo para la rematar el programa» al segundo discurso inaugural de Lincoln.

Teniendo en cuenta la ascendencia de Obama, su discurso inaugural habría sido un acto memorable incluso si cada palabra hubiera sido un tópico sacado del Día de la Bandera. Desafortunadamente, demasiadas de sus palabras fueron tópicas.

Siendo justos, Obama tiene una presencia y un aplomo que llenaron por completo el escenario retórico más importante de América, algo extraordinario en el caso de un hombre que hace seis años intervenía en la legislatura de Illinois. Sus argumentos fueron sofisticados y políticamente ambiciosos. Pero el propio discurso fue -sorprendente, inexplicablemente- desigual en su calidad.

Hubo ideas relevantes. «Nuestra seguridad», decía Obama, «emana de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo, los rasgos dispuestos de humildad y temple». Esa oración tiene un aire de elevación, un ritmo natural que aparece al leerse en voz alta. El discurso recordaba a Kennedy en su afirmación de que «la nación no puede prosperar lo bastante cuando sólo favorece a los prósperos». Y Obama hizo un uso eficaz pero discreto de las referencias religiosas, hablando de «aguas tranquilas».

Pero el objetivo literario primordial de un discurso inaugural es explicar los familiares ideales estadounidenses sin recurrir a clichés que distraigan. Y Obama suspendió en general este examen. Hubo demasiadas «mareas» y «nubarrones», y «tormentas rugientes», y «temores acuciantes», y «capítulos oscuros», y «ojos vigilantes», y «hogueras que se apagan» y «corrientes gélidas».

Los salarios tenían que ser «decentes» y los mercados, «entrar en barrena». Es misterioso cómo un lenguaje tan manido puede sonar apropiado al oído del redactor de Obama. Las recriminaciones han «estrangulado» nuestra política, como en un episodio de CSI. Hemos «saboreado la inmundicia amarga de la guerra civil y la segregación». Puagh, en muchos sentidos.

En su contenido, el discurso de Obama fue más atractivo. Sus vivas garantías de dureza en seguridad nacional resultaron tranquilizadoras. ¿Cuándo fue la última vez que escuchamos a un demócrata admitir que «nuestra nación está en guerra» y prometer «derrotar» a los enemigos?

Su discusión del papel del Gobierno fue más sofisticada que la de cualquier discurso de investidura desde el de Reagan en 1981, aunque su atractivo post partidismo se asemejaba más a la Tercera Vía de Bill Clinton que al firme compromiso de Reagan con el gobierno limitado.

Y el principal argumento de Obama -«una nueva era de responsabilidad»- fue tradicional sin resultar manido. Desde el principio, los estadounidenses han mostrado una combinación única entre idealismo revolucionario y conservadurismo moral. Los presidentes en general han afirmado que el avance de ideales radicales o progresistas como la justicia social exige el retorno a valores americanos como la responsabilidad y la contención, la caridad y el fin de la mala intención.

Woodrow Wilson, por ejemplo, argumentaba: «Ha habido algo crudo y sin corazón, e insensible en nuestra precipitación por tener éxito y pasar a la Historia. Nuestro pensamiento ha sido ‘que cada cual se busque la vida’». Pero la respuesta, continuaba, se hallaba en restaurar «los estándares que orgullosamente creamos al principio y siempre hemos llevado en nuestros corazones».

Igualmente, el discurso de Obama diagnosticó como problema un tiempo en el que se «protegieron intereses estrechos».Y ancló su visión de la restauración social y recuperación económica en la renovación de las virtudes morales: valor, honestidad, lealtad y deber. Insistió en usar la palabra «virtud» y explicar se trata de convicciones «correctas».

Esto manifiesta un entendimiento profundo de América, que sigue siendo moral hasta el tuétano. El discurso de Obama debería atraer a muchos conservadores, que nunca habrían aceptado una defensa de las políticas progresistas basadas en las antiguas opiniones morales libertarias por relativistas. Como Lincoln o Luther King, Obama se posicionó como conservador revolucionario, intentando recrear el país al reafirmar los principios morales tradicionales que le vieron nacer.

Este tipo de agudeza convierte a Obama en un político formidable, y si de verdad sostiene y defiende estos ideales, quizá en un formidable líder estadounidense. Muchos esperaban que su discurso fuera retóricamente diestro, pero quizá ideológicamente hueco.Pero escuchamos un discurso retóricamente corriente y sustantivamente interesante. Obama ha logrado sorprender.

Michael Gerson es analista de ‘The Washington Post’, 2009, Washington Post Writers Group.

© Mundinteractivos, S.A

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