Reggio’s Weblog

El doble valor del presagio, de Robert J. Samuelson en El Mundo

Posted in Política by reggio on 21 enero, 2009

NUEVA ERA EN LA CASA BLANCA: La opinión

Para Barack Obama, la gran corazonada es al mismo tiempo tanto una carga formidable como una oportunidad espléndida. Estamos padeciendo unas ventas al por menor, unas cotizaciones de Bolsa y una producción que están por debajo de lo que sería una depresión.Los norteamericanos se han dejado llevar (o se han visto arrastrados) a un estado colectivo de desesperación y desconcierto. No tienen ni idea de lo que les aguarda en el futuro y se preguntan si hay alguien que la tiene. Los norteamericanos han perdido esa sensación de control del futuro que tenían y, si Obama es capaz de devolvérsela, habrá recorrido un largo trecho en el camino de la recuperación económica y de la seguridad de disfrutar de un mandato presidencial satisfactorio.

No es la situación de la economía en el momento actual lo que preocupa principalmente a la gente. Es mala, pero eso no quiere decir que no tenga precedentes. A pesar de las recientes subidas, la tasa de desempleo del 7,2% en diciembre, sigue por debajo del nivel máximo del desempleo alcanzado por término medio en los 10 períodos de recesión registrados hasta ahora desde el término de la Segunda Guerra Mundial, que se sitúa en el 7,6%.Lo que desconcierta a la gente es esa idea inquietante de que nos encaminamos hacia una situación desconocida, amenazadora y duradera. El desempleo, del que se pronostica que alcanzará el 9% o más, va a seguir siendo elevado. Y los aumentos de ingresos serán mínimos o inexistentes.

Precisamente este fantasma es lo que explica las razones por las que se utiliza con tanta profusión la palabra depresión, incluso aunque estamos aún lejos de las colas de reparto de pan de los años 30.

El pesimismo se extiende sin distinción de clases ni tendencias políticas. Un sondeo realizado el pasado mes de diciembre por el Pew Research Center preguntaba si las condiciones económicas serían peores dentro de un año. Entre quienes perciben ingresos inferiores a los 30.000 dólares [aproximadamente 22.500 euros al cambio actual], el 51% pensaba que sí; entre aquellos cuyos ingresos superaban los 100.000 dólares [alrededor de 75.000 euros], el porcentaje era prácticamente idéntico, del 53%. Otra de las preguntas era si el desempleo aumentaría al año siguiente; [a lo que contestó afirmativamente] el 57% de los votantes del Partido Demócrata, el 64% de los independientes y el 66% de los votantes del Partido Republicano.

Este desaliento tan democrático obedece a numerosas causas. A medida que más y más norteamericanos invertían en Bolsa, más y más de ellos quedaban expuestos a las violentas oscilaciones psicológicas y financieras del mercado. El desplome del precio de las viviendas ha hecho más pobres a trabajadores que cuentan con un puesto de trabajo seguro. Por supuesto, los despidos se han vuelto más democráticos. En otros tiempos, los que tenían que aguantar la gran mayoría de los despidos eran los empleados jóvenes y los obreros manuales; ahora, prácticamente cualquiera, desde directivos hasta banqueros de inversiones, pasando por periodistas o científicos, corre peligro de que lo echen. La edad aporta poca seguridad. En diciembre, casi una tercera parte de los desempleados tenía 45 años o más.

Lo que peor llevan los norteamericanos de clase media es la evolución caprichosa de la economía. Todo el mundo quiere orden, previsión y seguridad. Quieren creer que las virtudes individuales del estudio, el trabajo duro y la preparación se verán recompensadas en el mercado del trabajo. Hasta en los buenos tiempos se suelen ver frustradas estas ambiciones, pero es que en la economía de hoy la desconexión entre las ambiciones y la realidad se ha vuelto aún mayor. Los reveses y las pérdidas de fortuna parecen cada vez más divorciadas del esfuerzo personal. Nuestro sistema de valores parece asediado por todas partes.

La penosa situación económica actual es una oportunidad política.La popularidad de Ronald Reagan subió vertiginosamente al creerse que había sido él quien había restablecido el orden económico; que el país había retomado el control de su futuro. Estas consideraciones contrarrestaron la severidad de la recesión y su resaca.

Si Obama es capaz de superar esta sensación de impotencia, acumulará sin género de dudas un gran capital político. No será necesario que haya una situación boyante; basta con que la economía registre un crecimiento sostenido para convencer a la mayor parte de la gente de que la situación se puede controlar y de que no hemos retrocedido a una nueva Edad Media.

Obama se enfrenta a una recesión global provocada por unas fuerzas oscuras que escapan a la comprensión general. El esfuerzo para contrarrestarlas e impedir nuevos daños a la economía es un experimento no bien definido y a una escala imponente. Si fracasa, el peso que ha recaído sobre Obama puede acabar con él.

Robert J. Samuelson. The Washington Post Writers Group.

© Mundinteractivos, S.A.

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