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Cuando Dios viaja en autobús, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Opinión de La Coruña

Posted in Libertades, Política, Religión by reggio on 20 enero, 2009

La discusión sobre la existencia de Dios no se libra en los libros, ya no se ubica ni en el ámbito teológico, ni en el filosófico, ni en el científico. La cosa se ha vulgarizado tanto y tanto que se encuentra ya a pie de calle. Sabíamos de la omnipresencia de Dios, de su ubicuidad, que lo hacía estar también en los pucheros. Pero nunca nos hubiésemos imaginado que tan eterna discusión terminase con leyendas andantes en el transporte público. Ya no se trata de divulgar la idea de Dios frente a la defensa del ateísmo o viceversa: de lo que se trata es de democratizarlo, de simplificar la cuestión a una frasecita andante, frasecita sin argumentos. Sólo un eslogan. Hasta aquí hemos llegado, oiga.

¿Cómo no recordar que hubo un tiempo en que muchos vivíamos libro a libro aquello que nos llegó, como siempre con retraso, del existencialismo? ¿Cómo olvidar a aquel Unamuno estremecido que buscaba, aun a sabiendas de que el intento era baldío, conciliar la razón la y la fe? ¿Cómo olvidar al don Miguel que veía en la Ética de Spinoza, una especie de poema elegíaco y en la Crítica de la Razón Práctica kantiana una búsqueda de imposibles y trágicas respuestas? ¿Cómo no tener presente el pathos que expresaba Kierkegaard en sus principales libros? ¿Cómo no evocar la propuesta de un existencialismo ateo de mano de Sartre? ¿Cómo no rescatar aquellos versos de Blas de Otero en que ni Dios se salvaba porque también lo habían asesinado? ¿Cómo no refrescar la lectura de ¿Por qué no soy cristiano?, de Bertrand Russell, que tanto y tanto transitamos? ¿Cómo soslayar la valentía de Hume cuando planteaba sus tesis en contra de los argumentos más socorridos que pretendían justificar la existencia de Dios? ¿Cómo no regresar a aquella solemne negación de Nietzsche al final de su libro Así habló Zaratrusta? ¿Cómo no acudir al momento de la lectura de Dostoievski cuando un personaje advertía de las inquietantes consecuencias de dejar de creer en Dios?

Cuando Dios viaja en autobús. Negarlo o afirmarlo en un spot que viaja en el transporte público. Propagar su existencia o inexistencia de tal guisa muestra, sobre todo, que estamos instalados en lo frívolo y en lo vulgar. Creer, en última instancia, que tal campaña va a tener eco en las gentes, más allá del chascarrillo, supone, antes que ninguna otra cosa, un insulto a la inteligencia ciudadana.

Lo más grave de todo es que se da por hecho que las gentes no piensan, que no llegan a conclusiones tras un proceso de reflexión, sino que somos seres receptivos a consignas que, en modo alguno, sometemos a análisis.

¿Qué diría Unamuno ante una propaganda andante que le asegura que puede vivir más tranquilo por el hecho de que Dios no existe? ¿Se imagina alguien su ira ante semejante mentecatez? ¿Cómo reaccionaría el mismo don Miguel ante la afirmación contraria sin consistencia alguna? Seguro que de forma muy similar.

Ese Dios al que el hombre le ha erigido gigantescas y soberbias construcciones, que fue motivo de eternas obras de arte. Ese Dios, al que también creó (como concepto) el hombre, viaja, negado o reafirmado, en autobús. Ese Dios que tanto estremeció a pensadores y poetas, que fue usado como pretexto para las mayores atrocidades que imaginarse cabe, ya no es trascendente, ya no es un asunto de hondo calado académico, ni siquiera existencial; es un mero pretexto propagandístico a favor o en contra.

En el hipermercado de la actualidad, todo, hasta la misma idea de Dios y su antítesis, se han convertido en mercancía banal. ¿Qué se hizo de aquel conmovedor verso de Blas de Otero: Ronco río que revierte? ¿Quién repara en los lorquianos nardos de angustia dibujada en el paisaje urbano de cada día?

El Dios que no gusta de jugar a los dados, la religión como opio del pueblo. ¿Qué potentes argumentarios tiene tras de sí afirmar o negar la existencia de Dios en esos eslóganes que tanta polémica están provocando?

¿Cabe mayor ataque a aquello que nos eleva como especie, cabe mayor chabacanería que una discusión sobre la existencia de Dios sobre la base de lemas propagandísticos con moralina no menos populachera que el refranero?

Sólo cabe presentar batalla ante semejante ordinariez sobre la estrategia de atrincherarse en aquellas borgianas bibliotecas de los sueños que nos dieron, a la vez, los libros y la noche. Porque sin, ellos, sin los libros, no se hubiera formulado el carpe diem al que no puede llegarse desde la ignorancia más supina, desde el analfabetismo más ofensivo, desde la estupidez más afrentosa.

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