Reggio’s Weblog

Los pantanos de la opinión, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 19 enero, 2009

Los que nos dedicamos a escribir nuestra opinión en la prensa tenemos un gran privilegio y una alta responsabilidad. Practicamos un oficio tan atractivo y excitante como arriesgado. Nuestra actividad es polémica por definición, pues somos un vehículo de expresión de la pluralidad de cualquier sociedad democrática. Estos últimos días, a raíz de la guerra entre Israel y Hamas, se ha producido un inusual debate metaperiodístico en Catalunya sobre el papel de los opinadores y sobre los límites en la confrontación de ideas. El hecho de que varios colegas hayan sido criminalizados por sus tesis sobre la crisis de Gaza ha puesto el foco sobre lo que podríamos llamar los pantanos de la opinión.

¿Qué se espera de nosotros los que escribimos opinión? Que aportemos nuestro punto de vista de manera eficaz, documentada, original y clara, que demos la cara cuando un asunto está en boca de todos, sobre todo si nos ocupamos de lo explícitamente político, aunque -Hannah Arendt dixit- “la política está en todo”. Nuestro deber es mojarnos ante el público, de otra forma somos un fraude. Mojarse no quiere decir repetir consignas como un loro o emular a los hinchas del fútbol. Mojarse implica también matizar, ofrecer argumentos sólidos, aportar pruebas y ejemplos plausibles, y aceptar que todo lo que decimos es provisional. Lo que no vale es tocar el violón. El lector ya sabe que no somos vírgenes vestales. Además, el lector tiene sus preferencias. Todos, emisores y receptores de opiniones, tenemos convicciones, valores e intereses, vemos el mundo de un modo determinado. En cada frase vamos mostrando quién somos y qué defendemos. ¿Podría ser de otro modo viviendo en sociedad? Sólo los cínicos y los fanáticos niegan esta evidencia, pero ambos son la peor corrupción del oficio.

Un artículo de opinión no tiene por objeto el conocimiento científico de la realidad. Esto no quiere decir que todas las opiniones valgan lo mismo, como pretende el sofista. Los mejores argumentos son aquellos que guardan una relación fuerte con premisas de hecho irrefutables, del tipo “la Tierra gira alrededor del Sol”. No obstante, nuestro cometido se complica cuando una parte del público rechaza principios que, para nosotros, son indiscutibles. Así, ante un auditorio racista, será imposible sostener cualquier argumentación que parta de la premisa “el color de la piel no nos hace superiores ni inferiores”. La ignorancia, a veces, deviene trinchera. Por ejemplo, hay quienes niegan las teorías de Darwin o quienes niegan que valenciano y catalán sean la misma lengua. Sin necesidad de llegar a estos extremos delirantes, es obvio que ningún opinador puede esperar el aplauso unánime del público, ello es ontológicamente imposible. Si nuestra labor es la crítica de la actualidad, justo es que haya lectores que critiquen y rebatan también nuestras posiciones.

Pero no todo vale. No vale expulsar del debate al que piensa diferente mediante una treta que hemos visto profusamente estos días: “Usted opina esto porque cobra bajo mano”. Nunca se aportan pruebas concretas, lo cual es difamación. Cuando alguien, en Catalunya, se aparta de la opinión dominante sobre Oriente Medio es porque “está a sueldo de Israel”. No falla. No se concede que se pueda pensar distinto por criterios puramente intelectuales y morales, el adversario es demonizado como un mercenario de la opinión. La argucia no es nueva. A los que defendimos el sí al Estatut nos acusaron de “vendidos a la sociovergencia”. Más ejemplos: a los que criticamos la ley de partidos nos acusan de ser “paniaguados de ETA”; a los que consideramos que los etarras no son héroes sino asesinos nos acusan de “recibir sobres del Ministerio del Interior”; a los que señalamos la falta de libertades en Rusia y China nos acusan de estar “en nómina de la CIA”; a los que mantenemos que la Iglesia no puede imponer su norma al Parlamento nos acusan de estar “subvencionados por los masones”… La lista sería larga.

En segundo lugar, nunca vale el ataque anónimo y cobarde. Los que firmamos con nombre y apellidos nos colocamos a la intemperie y quien quiera replicar debería hacerlo en las mismas condiciones, como se hace en las cartas al director. Internet, extraordinaria herramienta de comunicación, se ha convertido también, desgraciadamente, en la cloaca de millones de mensajes que, agazapados en el pseudónimo, expresan, con total impunidad, odio irracional, resentimiento, frustración y estupidez, hasta límites manicomiales. Demasiados comentarios en muchas publicaciones digitales ilustran esta deriva que, tarde o temprano, deberá ser atajada para evitar la desvirtuación del debate democrático. Mientras, seguiremos al pie del cañón, vacunados con estoicismo contra los previsibles enemigos de la libertad.

Anuncios
Tagged with:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: