Reggio’s Weblog

Sin dudas ante la guerra, de Hinde Pomeraniec, en Clarín

Posted in Internacional, Política by reggio on 17 enero, 2009

LA COLUMNA

Ayer, en esta misma columna, mi colega y compañero Sergio Danishewsky hablaba de las contradicciones que representa para los judíos de la diáspora la nueva guerra en Gaza. Sergio mencionaba que le provocaban cierta envidia lo que llamaba conductas unidireccionales: una, que vinculaba a cierto establishment que apoya de manera unívoca cualquier medida tomada por el Estado de Israel y otra, a la que asociaba con un “conflicto irresuelto con la identidad”, y en la que ubicaba a los que vieron en el progresismo y el pacifismo “un atajo ideal” para criticar cada una de las decisiones de Israel.

Querido Sergio: soy tan judía que hasta llevo un nombre en idish desde siempre, lo que equivale a dejar mis orígenes al desnudo en cualquier circunstancia. Comía guefilte fish cada Pesaj en lo de mis abuelos maternos en el Once y manoteaba a escondidas los latkes de papa de mi abuela paterna en Villa Crespo (posiblemente como vos). Fui al shule Bialik de San Justo hasta que lo cerraron; más tarde solía ir a la Sociedad Israelita de Morón y algo más grande pasé por Macabi, siempre poniendo monedas y billetes en la alcancía del Keren Kayemet, para ayudar a ese país en donde todos los judíos íbamos a ser respetados. En mi familia, Moshe Dayan era un héroe, un hombre recio que venció a la adversidad y se hizo respetar por el enemigo árabe; Golda Meir era una mujer “con una cabeza así de grande” y Ben Gurion, el padre de todos nosotros, judíos dispersos por el mundo. Gran parte de esa familia hoy vive en Israel. Las bobes, los zeides, varios tíos y primos y hasta mi mamá están enterrados en Tablada.

Todo este detalle biográfico, Sergio, es para aclarar que no tengo ningún conflicto irresuelto con mi identidad cuando cuestiono las políticas guerreras del gobierno israelí: sería difícil salirme de mi propia historia. En mi firmamento judío brillan Baruj Spinoza, Martin Buber y la resistencia del gueto de Varsovia comandada por Mordejai Anielewicz. No me parece cuestionable creer en la paz y en el progreso si eso significa plantarme frente al opresor, aunque se trate de mi padre. No voy a dejar de ser judía por quedarme del lado de las madres que sufren por sus cientos de chicos muertos en una cacería desenfrenada. Más miedo me da pensar en dejar de sentir como un ser humano, y eso sí que sería un verdadero conflicto de identidad.

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