Reggio’s Weblog

Remedios que inquietan, de Enrique Badía en Estrella Digital

Posted in Economía by reggio on 15 enero, 2009

Dentro del desconcierto generalizado sobre el alcance y la resolución de la crisis que no cesa empieza a plantearse la duda de si algunos de los remedios que se están aplicando acabarán siendo gérmenes de una nueva enfermedad, acaso más grave que la actual. Dos aspectos inquietan sobre otros: la renovada laxitud de la política monetaria, con los tipos de interés volviendo a tasas negativas en términos reales, y el fuerte crecimiento de los déficits presupuestarios.

Abaratar el dinero se admite como receta imprescindible para evitar caídas más pronunciadas de la actividad y, a ser posible, propiciar cuanto antes la ansiada recuperación. Hay amplio acuerdo sobre este punto, pero no evita la inquietud, mejor el temor, a que se pueda estar generando lo que algunos llaman el síndrome del drogadicto: si el dinero fácil y el crédito indiscriminado han sido las sustancias tóxicas que han propiciado la catástrofe, ¿tiene sentido seguir suministrando lo mismo al mercado? ¿No se estará exacerbando la adicción y haciendo más difícil el desenganche?

De otra parte, sin casi nadie que lo discuta, se va afianzando la convicción de que disparar el déficit público es la única opción posible dados los tiempos que corren. El vicepresidente Solbes acaba de admitir que el descuadre de las cuentas públicas en el 2009 va a ser sensiblemente superior al registrado el pasado año: algo por encima del 3 por ciento en términos de Producto Interior Bruto (PIB). No deja de ser llamativo que el responsable económico del Ejecutivo admita que los Presupuestos aprobados hace menos de un mes por el Parlamento no se van a cumplir.

Cualquiera sabe que el déficit no es neutral. En realidad, no existe: la diferencia entre ingresos y gastos públicos se cubre mediante emisiones de deuda que, como es lógico, hay que retribuir durante años y finalmente devolver. Desde el Gobierno y su entorno se repite con harta frecuencia que España dispone de margen para contraer nueva financiación, dado que su ratio de deuda pública está por debajo del 50 por ciento del PIB, entre los más reducidos de la Unión Europea (UE). Lo que ya no se cuantifica es cuántos puntos porcentuales integran ese margen ni se menciona qué puede suponer hacia el futuro sumarlos a excesiva velocidad.

Por obvio que sea, a veces parece olvidado que toda deuda debe pagarse: para empezar, los intereses; al final, devolviendo el principal. Significa, pues, que la que se contrae ahora proyecta obligaciones de gasto sobre presupuestos futuros, limitando otras partidas y actuando como factor de retroalimentación del déficit, año tras año. Ahí está, sin ir más lejos, el recuerdo de lo ocurrido en la primera parte de la década de los años 80 del pasado siglo, cuando la deuda pública estaba situada entre veinte y treinta puntos por encima de la actual en relación al PIB.

Otro factor a tener en cuenta es que una creciente apelación del Tesoro a los mercados financieros detrae recursos del sistema, restando opciones de crédito a los agentes privados. Y que, de una u otra forma, la cotización otorgada a las emisiones de deuda pública acaba contaminando el coste de los préstamos contraídos por las empresas y particulares del país. Ahora mismo, la deuda española discurre del orden de 100 puntos básicos por encima del bono alemán, en medio de rumores sobre posibles rebajas de calificación como la difundida hace pocos días por Standard & Poor’s.

Estos y otros temores se fundamentan, a fin de cuentas, en la creencia de que la crisis en curso acabará superada, aunque a decir verdad nadie demuestre tener claro cómo, cuándo, ni por qué. En realidad, las suspicacias sobre la vuelta al dinero barato precisan un escenario de recuperación para que exista verdadero riesgo de generar algo semejante a lo que ahora mismo toca digerir. Y los que se muestran recelosos frente a la progresión de los déficits públicos están pensando en cómo pueden lastrar las potencialidades de relanzamiento de la economía, entre otras cosas por la pérdida asociada de competitividad.

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