Reggio’s Weblog

Corro de leguleyos, de Javier Gómez de Liaño en El Mundo

Posted in Justicia by reggio on 15 enero, 2009

TRIBUNA / JUSTICIA

El autor asegura que las invasiones de las fronteras del espacio judicial son perniciosas para el sistema. Pide a los jueces que reflexionen sobre la huelga con la Constitución abierta por el Título VI

Estas líneas de mi primer artículo del año se escriben el día de San Raimundo de Peñafort, catalán de Villafranca del Penedés, superior de la Orden de Predicadores, patrón de los abogados y autor de la obra Summa casuum para la administración provechosa del sacramento de la penitencia. Siempre he pensado que nada es casual, de manera que pido al santo que me imponga severo correctivo tanto si me paso en lo que me propongo decir, como si no evito que la indignación me nuble el pensamiento. Trataré de explicarme.

Desde hace algún tiempo y vayan ustedes a saber por qué, la figura del leguleyo ha vuelto a ponerse de moda y son frecuentes sus apariciones. Ya sé que no se trata de un problema doméstico o, lo que es igual, que en todas partes cuecen habas, pero como diría Cela, ocurre que las habas hispánicas son más duras de roer y más difíciles de digerir, circunstancia que produce flato en el personal. En cualquier caso, con la venia de don Antonio Hernández Gil, decano del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, me permito denunciar públicamente la presencia en el foro de esos personajes que, a mi modesto entender, incurren en las ilícitas conductas que se llaman competencia desleal e intrusismo en la profesión.

El diccionario de la Real Academia Española ofrece dos acepciones de la voz leguleyo: 1. Persona que aplica el derecho sin rigor y desenfadadamente. 2. Persona que hace gestiones ilícitas en los juzgados. Sin entrar en la oportunidad de las enumeradas, creo que faltan, cuando menos, otras dos definiciones que pudieran enunciarse así: a) hombre confuso y pretencioso que, en su soberbia, se cree fabricado a imagen de Marco Tulio Cicerón; b) mezcla rara de sabidurías, adivinaciones e intuiciones, por un lado, y de ideas preconcebidas y cerrazón mental, por el otro. Tan dispares características suelen presentarse juntas y revueltas para confundir mejor a la clientela.

Antes, cuando las cosas eran normales, los leguleyos no pasaban de comisionistas o conseguidores a domicilio; sin embargo, hoy, que anda todo revuelto y en crisis, los leguleyos están en casi todas partes, incluidos los palcos de los clubes de fútbol, las academias y los grandes salones, donde muestran su fatuo perfil.Entre ellos hay abogados, la mayoría tan peligrosos como iletrados, que gozan de aceptación en los círculos sociales y financieros que les confían sus intereses sin garantía jurídica alguna. El hombre leguleyo y quizá éste sea un síntoma para acertar en el diagnóstico, suele ser muy parlanchín, aunque lo que hable sea punto menos que ininteligible, y se expresa con frases como, por ejemplo, «el tema de la acusación extra petitum», «al socaire de la norma de normas», «el pecado original de la inconstitucionalidad del precepto» o «el subterfugio legal del demandado». Después se queda tan fresco y mira al tendido como si tal cosa. Aplomo, la verdad sea dicha, no le falta.

Según fuentes de toda solvencia, el último encuentro de leguleyos ha tenido lugar con motivo de la decisión del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) de sancionar con multa de 1.500 euros a un juez por retrasar la ejecución de la pena de prisión de un hombre acusado de haber dado muerte a una niña cuando estaba en libertad. Al conocerse la noticia, un número significativo de políticos justicieros ha declarado que esa demora en el cumplimiento de la pena, de algún modo hace al juez responsable del homicidio de la pequeña; también han dicho que los miembros de CGPJ actuaron por corporativismo y han exigido que el presidente de la institución comparezca en el Congreso y rinda cuentas. Algunos, los más iracundos y vocingleros, llegaron a sugerir el cese de los vocales recién nombrados: «Si hubiese sabido que algunos miembros del CGPJ que han sido elegidos por el Parlamento iban a tener el comportamiento que tuvieron, me hubiera replanteado mi voto como diputado», sentenció el vicesecretario general del Partido socialista.

Aunque fuera no más que por precaución, ya que no por respeto, los leguleyos deberían medir y sopesar cuanto dicen y, en los casos de duda, sería bueno que contasen hasta 10 antes de abrir la boca. Algo así como lo que el portavoz de Jueces para la Democracia le ha dicho a don José Blanco «que no ha calculado bien sus palabras».Los leguleyos, por muy solemnes que sean en los discursos y se adoben con citas de Séneca y Cicerón, son polichinelas del Derecho y creo que deberían estar prohibidos por decreto, aunque bien pensado, tampoco hay que prestarles demasiada atención a cuanto dicen, ya que, al menor descuido, ellos solos, sin ayuda de nadie, se quedan con el trasero al aire y en postura no poco ridícula y bochornosa.

La verdad es que todos los leguleyos dedicados a la política, sean de derechas o de izquierdas, coinciden en una cosa: en llevar el agua a su molino cuando la ocasión se presenta. Hay entre ellos una especie de mutua atracción o comunidad de intereses.Será porque son socios de una misma empresa en la que el Poder Judicial ha de vivir de las condescendencias del Ejecutivo y del Legislativo. Hoy como ayer siguen siendo válidas las palabras de Wenceslao Fernández Flórez, uno de los observadores más lúcidos y críticos de su tiempo, cuando ponía de manifiesto que «los políticos que defienden teóricamente la independencia de los jueces, no se resisten muchas veces a imponerles una opinión».Para mí que los leguleyos a los que me refiero, ignoran, o quieren ignorar, que una resolución judicial, para ser justa, ha de adecuarse a la ley, omisión hecha de la circunstancia en que se enseñe y que encierra una peligrosa mentira en el pensamiento de Maquiavelo de que lo que es necesario es justo. Lo justo es algo que no puede supeditarse ni a la necesidad, ni a la conveniencia, ni a nada. Con harta frecuencia la osadía se nos muestra de la mano del analfabetismo y, para mayor oprobio de lo que entendemos por justicia, quienes ejercen el menester de la política -salvo excepciones fáciles de contar- apenas traspasan el nivel de los juicios de valor sin más sentido que el de la intuición primitiva o el interés irresponsable. Si los políticos son los primeros en decir que los jueces se mueven a golpe de fobias o de filias o por corporativismo, entonces todas las maldades son posibles e imaginables.

Hagan justicia los jueces en juzgados y tribunales con arreglo a la Constitución y las leyes y hagan política los políticos, según sus propias normas -jurídicas y no jurídicas- en el Parlamento, en el Consejo de Ministros y en la sede de los partidos. Y no se olvide que las continuas e impunes invasiones de las fronteras del espacio judicial son perniciosas para el sistema. A propósito de la sanción del CGPJ al magistrado, hasta Javier Pradera ha escrito que «el encolerizado rechazo de las decisiones del Poder Judicial por los otros dos poderes del Estado despide un tufo demagógico» y califica de «obscena la marimorena organizada por el Gobierno y el principal partido de la oposición». Y es que la función de juzgar, cuando se ejerce desde tribunas extrañas al Derecho es tan estéril como ineficaz, tan gratuita como inútil.Una decisión del CGPJ, como una sentencia, dictada para complacer a la ciudadanía excitada, previamente excitada, podrá gustar, sin duda y con relativa facilidad, a los administradores y oficiantes de la Justicia por decreto y a los mandarines de la jurisprudencia por libre o a la que caiga, pero lo más probable es que sea injusta.

En españa estamos asistiendo a la suplantación de la Justicia por la glosa de la Justicia. Las revistas jurídicas y las colecciones de jurisprudencia han quedado para cuatro chiflados y lo que importa es la opinión del indocto o del zurupeto de cinco tenedores con sus alardes de jurispericia parda. Yo conozco muy de cerca a tres -uno, apodado Enrique el singular, otro, Matías el basto y un tercero llamado Juan Queralt el rábula- para quienes el modelo de juez es aquél que, llegado de más allá de los mares, accede a la judicatura mediante la súplica menesterosa y a cambio del compromiso de hacer favores judiciales al poder y a sus rincones acres y montaraces. En definitiva, que para el leguleyo las leyes son tan plásticas como el barro y los jueces tienen que hacer con él lo que la ocasión aconseja, o sea, un cántaro o un botijo.

Otrosí para un grupo de jueces cuya intención no aplaudo. Ya saben señorías lo que opino de los planes de huelga judicial.Píenselo de nuevo ustedes y obren de acuerdo con sus conciencias y, lo que es más importante, con la Constitución abierta por el Título VI, cuyo sentir no me ofrece duda alguna. Si suponen que mi punto de vista sirve para algo y que tengo alguna razón en mis argumentos, contrapóngalo al suyo. Ojalá que en cualquiera de las dos posibilidades que existen -ponerse en huelga o no ponerse en huelga-, vuestras ilustrísimas acierten a dar en la diana que su grandiosa profesión se merece. Lo suplico.

Javier Gómez de Liaño es abogado y magistrado excedente.

© Mundinteractivos, S.A.

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