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Una aproximación a la crisis española, de Manuel Lagares en El Mundo

Posted in Economía, Política by reggio on 12 enero, 2009

TRIBUNA / ECONOMIA

Dos terceras partes de nuestro sistema productivo lo representan los servicios y la construcción – Las exportaciones han ido perdiendo terreno hasta suponer sólo el 79% de las importaciones.

Las predicciones que anunciaban una crisis particular y profunda de la economía española se están cumpliendo, aunque su coincidencia con la crisis financiera internacional haya servido para que nuestro Gobierno se escude en esta última negando su existencia y prestándole, además, escasa atención hasta ahora. Pero quizá no sea el momento de asignar culpas sino de buscar soluciones.El punto de partida debería encontrarse en la creciente incapacidad de los productos españoles para colocarse en el exterior e, incluso, en el interior, pues mientras que entre 1995 y 1998 nuestras exportaciones superaron en valor a las importaciones, a partir de ese último año las exportaciones fueron perdiendo terreno hasta suponer en 2007 sólo un poco más del 79% de las importaciones.Salvo en Estados Unidos y en el Reino Unido, que siempre han importado más de lo que exportaban, esa situación resulta poco frecuente en los países desarrollados y demuestra que nuestros productos son poco competitivos.

Las causas quizá se encuentren en los cambios producidos durante los últimos años en el peso relativo de los sectores que generan nuestro PIB y en sus consecuencias. Así, la agricultura, la energía y, sobre todo, la industria, perdieron posiciones frente al fuerte crecimiento de la construcción y al mantenimiento del peso relativo de los servicios. En 1997 la construcción representaba el 6,5% del PIB, pero en 2007 suponía ya el 11%. Una ganancia de ese calibre implica un crecimiento muy fuerte de ese sector y cambios sustanciales en todo el sistema productivo. Si a ello se unen los más de 60 puntos porcentuales respecto al PIB que, de forma muy estable, han venido representando los servicios, nos encontramos con una estructura productiva que, en casi sus dos terceras partes, se ha especializado en producciones que utilizan mucha mano de obra y poco capital y eso explica que hayamos generado más empleo que otros países y que ahora, en la crisis, la caída el empleo sea también mucho más rápida y concentrada en la construcción y los servicios, como los recientes datos de paro demuestran.

La situación anterior tiene su origen en los intensos cambios en la demanda y oferta de los sectores señalados. En la construcción, la demanda de viviendas se ha visto fuertemente impulsada por el crecimiento de la renta disponible y por un aumento impresionante de la población -casi seis millones de personas en los últimos siete años- derivado de una inmigración descontrolada. Esa demanda también ha crecido intensamente en zonas turísticas, favorecida por los residentes estables de otros países y por los españoles que han accedido a niveles de vida más altos, generando además la demanda de mayores servicios turísticos y contribuyendo así al mantenimiento del peso relativo del sector servicios. En la demanda de viviendas existe un componente de uso directo, normal respecto a precios, y otros dos adicionales con un comportamiento anómalo. Como la vivienda constituye un depósito de valor frente al futuro, una subida de sus precios puede aumentar su demanda por motivos de precaución. Igual ocurre con las viviendas que se adquieren para la especulación, pues la continuada subida de sus precios exacerba esa demanda en lugar de disminuirla.Los datos de la oferta justifican igualmente el aumento del peso relativo de la construcción y el mantenimiento de los servicios.El extraordinario crecimiento de la población activa de estos años se ha debido básicamente a la entrada masiva de inmigrantes que, salvo contadas excepciones, poseían escasas capacidades para trabajos complejos y especializados, lo que les convertía en la mano de obra apropiada para actividades como la construcción y los servicios de más bajo nivel.

Tambien le ha influido el escaso impulso que la fuerte inversión de estos años ha proporcionado a nuestra producción industrial.La cuantía relativa de nuestras inversiones totales sólo ha sido superada en la última década por Corea del Sur y ha llegado a representar, una vez descontada la que se materializaba en viviendas, entre un 15% y un 23% del PIB. Pero, pese a su importancia, nuestras inversiones han impulsado muy débilmente la producción, que ha crecido casi exclusivamente por la aportación masiva de mano de obra, como señalan los análisis econométricos. Da la impresión de que nuestras inversiones están poco orientadas a producciones de primer nivel tecnológico. Además, tampoco se han correspondido con volúmenes parecidos de ahorro, por lo que para financiarlas hemos tenido que endeudarnos fuertemente en el exterior, dejando en una situación precaria a nuestros bancos y cajas de ahorros precisamente cuando la crisis financiera internacional cerraba los mercados de fondos líquidos.

Es posible que, al menos en parte, ese reducido impulso de nuestras inversiones a la producción se haya debido a su apreciable componente de inversiones públicas, que han representado una quinta parte de las inversiones totales excluidas las viviendas. Como las inversiones públicas se han orientado casi siempre al bienestar social y poco a facilitar la producción, han contribuido poco también al crecimiento futuro de esa producción, a la mejora del nivel tecnológico de nuestros productos o a su colocación en el mercado interior y exterior, aunque hayan hecho más felices a los ciudadanos de hoy e, incluso, hayan podido servir para aumentar las clientelas políticas.

En este contexto, el rápido ascenso del sector de la construcción y el mantenimiento de los servicios de bajo nivel, frente a la debilidad creciente de la industria y la pérdida de impulso de nuestras exportaciones, han resultado casi irremediables debido a la relativa cortedad de nuestro stock de capital productivo, a la orientación de una parte considerable de nuestras inversiones hacia el bienestar de los ciudadanos, a la escasa capacitación de la nueva mano de obra y a la fuerte apetencia de viviendas que han mostrado residentes y no residentes. No hemos elegido nuestra actual estructura de producción sino que ésta se ha impuesto irremediablemente debido a tales circunstancias, algunas de ellas inducidas por la política económica.

La crisis era inevitable. Como la vivienda tiene un periodo muy largo de maduración, origina excesos futuros de oferta en épocas de auge que impiden su ajuste rápido en las crisis. Por eso hemos acumulado un fuerte stock de viviendas no vendidas, lo que habría ocurrido igualmente incluso sin la crisis financiera internacional y aunque ésta haya acelerado ese proceso por la subida de tipos de interés y las restricciones de créditos. Los servicios también hubieran padecido intensamente en un contexto de desempleo iniciado en la construcción, aunque hayan empeorado aún más por la crisis que igualmente afecta a nuestros visitantes.

Con el fuerte stock actual de viviendas no vendidas y sin que puedan repetirse las circunstancias del pasado, nuestro modelo de producción tiene poco futuro. Tendremos crecimientos muy bajos y con fuertes tasas de desempleo, incluso cuando se supere la crisis internacional, se reduzcan los intereses y se normalicen los créditos. Los altos crecimientos que puedan conducir al pleno empleo volverán sólo cuando se aborden reformas difíciles y complejas que exigirán de cambios importantes en las inversiones públicas y privadas, aumentándolas notablemente y acercándolas más a la producción. También cuando se controle mejor la inmigración y se capacite mucho más a nuestros trabajadores, lo que llevará bastante tiempo. Necesitaremos, además, de mercados más libres, más eficientes y menos fragmentados que los actuales. Y reducir las cargas empresariales sin comprometer el equilibrio futuro de las cuentas públicas, para lo que tendremos que ahorrar mucho en gastos públicos corrientes.

Todos esos objetivos parecen, sin embargo, lejanos a nuestra política económica, que entrega la mayor parte de sus débiles recursos a unas corporaciones territoriales que frecuentemente los aplican a gastos poco orientados a estos fines, aunque puedan elevar el bienestar ciudadano; que a lo largo de décadas ha sido incapaz de definir líneas educativas mínimamente eficientes; que, además, convive a diario con mercados imperfectos sin mejorarlos y que consiente impasible una creciente fragmentación de nuestro propio mercado interior. Poco podremos lograr así, salvo prolongar una crisis profunda con una recuperación lenta y difícil que puede terminar minimizando nuestro crecimiento no por años sino por décadas. Pero no perdamos la esperanza en estos primeros días del año. De otras hemos salido con éxito.

Manuel Lagares es catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

© Mundinteractivos, S.A.

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