Reggio’s Weblog

El coste de un precio bajo, de Eduardo Aguilar en Dinero en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 11 enero, 2009

PETRÓLEO

Uno de los aspectos más interesantes del actual periodo de crisis, tanto desde un punto de vista económico como político, es el fenómeno de la volatilidad e incertidumbre que se ha adueñado del mercado de la energía. La dura pugna entre Rusia y Ucrania por sus disputas gasísticas -que ha dejado sin suministro a buena parte de Europa Central y del Este- y la caída en picado del precio del petróleo son dos exponentes extremos de muchas de las cuestiones que están en juego. Pero tratemos de ordenar todos los temas.

En primer lugar, en épocas de crisis y de caída drástica de la demanda (la demanda de petróleo en Estados Unidos se encuentra a niveles muy por debajo de la del 2003), el precio del petróleo juega un papel de estabilizador, incrementando la disponibilidad de renta de los consumidores. Las quejas actuales se refieren, cuando las hay, al ritmo al que cae el precio para el consumidor y no tanto a su carestía relativa. Han desaparecido las protestas de transportistas, pescadores y agricultores que hace tan solo un año parecían incitar a tomar costosísimas medidas a los gobiernos (que, por lo general, aguantaron bien). El ciudadano occidental tiene hoy, gracias a la caída de los carburantes, un margen de renta mayor que hace un año y todo parece indicar que la situación va a continuar siendo así.

Ante esta situación, caben varias alternativas. La primera, la más liberal sería la de dejar que “este efecto positivo se aproveche y permita mantener los actuales niveles de vida (y consumo) favoreciendo el traslado de ese abaratamiento al consumidor. El sentido común, y no la ortodoxia económica, nos tiende a dirigir hacia una postura bien diferente. Teniendo en cuenta que este colchón de renta se produce por abaratamiento de un producto que importamos, que genera notables efectos perniciosos en el medio ambiente y que favorece solamente a los actuales consumidores, el economista estratégico debería defender, a riesgo de encontrar una oposición feroz a tal medida, alguna fórmula de gravar adicionalmente el precio del petróleo para evitar, en buena parte (quizás no en su totalidad) el beneficio llovido del cielo que supone este traslado de renta. Algunas voces se han manifestado ya a favor de esta contramedida.

Los beneficios de la misma son claros: al encarecer relativamente el precio del petróleo y sus derivados, promoverá el cuidado en su consumo y su sustitución en la bolsa de consumo del ciudadano al menos hasta donde sea factible. Además, en la medida en la que ya trasladamos a las generaciones futuras una buena parte del coste fiscal de esta crisis, es de justicia que caiga sobre nuestras espaldas, una parte del coste de la misma (no todo va a ser derivación a impuestos futuros).

Cuestión mucho más compleja y difícil es cómo asegurar que ese acaparamiento de renta se dedica a fines que favorezcan a todos (mayor ahorro, fondos de estabilización, seguridad social…).

El nuevo precio de la energía, del petróleo para ser más exactos, sugiere, en segundo lugar, una nueva referencia respecto a nuestra política energética. Cuanto más barato sea el petróleo más caros son, en términos comparativos, los esfuerzos en promover otras energías. A nivel de nuestro país equivale a encarecer doblemente cualquier prima que se pague por fomentar energías alternativas. ¿Quiere esto decir que no tiene sentido ya desarrollar otras fuentes energéticas? En modo alguno. Tiene igual sentido que antes, pero es más caro. Y si es más, caro tendrá más sentido ser prudentes en la aplicación de primas, directrices u otras medidas de fomento de energías caras.Porque, de seguir primándolas estaremos quitando al consumidor lo que el abaratamiento del petróleo le concede, pero sin eficiencia ni lógica económicas (ni mesura, ni límite). Además esta decisión sería tanto más gravosa en un momento en el que necesitamos de todos nuestros recursos.

El precio del petróleo es, en este sentido, un indicador de prudencia, del coste relativo de nuestras decisiones energéticas y del esfuerzo proporcional que debemos hacer para ser verdaderamente eficientes.

Por último, la última gran cuestión es la estratégica. El actual contexto de crisis, la posición política de Venezuela, la inestabilidad en Oriente Medio, los conflictos del gas ruso son, todas ellas, situaciones que llaman a un cada vez mayor aislacionismo y nacionalismo. Algo de este corte destilan muchas de las intervenciones provenientes de Estados Unidos y, en menor medida (por imposibilidad) de Europa. La prensa española, por ejemplo, se vanagloriaba esta semana de que España no sufriera el impacto de la “guerra” entre Ucrania y Rusia.

No parece que estemos aprendiendo mucho de una de las lecciones de la actual crisis internacional. Cualquier estrategia de futuro que tenga que ver con la economía debe basarse en el multilateralismo, en la coordinación entre zonas económicas y países, en modo alguno en un nacionalismo o independentismo aislacionista que nos devuelve a la prehistoria. Como dijo un reciente premio Nobel, “los mercados no se han creado para ello”. Así, una buena parte del equilibrio financiero global se basa en que varios de esos países exportadores de petróleo equilibren con sus exportaciones sus cuentas exteriores y que continúen proveyendo de liquidez y financiación a proyectos de todo tipo en los mercados financieros. Con el petróleo a menos de 50 dólares el barril, solamente los pequeños países del Golfo (Los Emiratos, Qatar…), Argelia y poco más, equilibran sus cuentas externas. Los demás (Venezuela, Irán…) serán incapaces de sostener su nivel económicos actual. Para el mercado y para el sistema financiero es esencial que quien tenga recursos energéticos sea capaz de venderlos y quien los consuma sea capaz de comprarlos, a un precio de equilibro que contemple, para siempre, aspectos medioambientales, de sostenibilidad y de seguridad de suministro.

Por todo lo anterior, cada vez que compruebo lo que ha bajado el precio de la gasolina, al repostar, me asalta la duda estratégica, me atormenta mi formación económica y me surge una sensibilización acerca de esa ventaja y la mejor manera de aprovecharla eficientemente. ¡Defecto de economistas, supongo!

EDUARDO AGUILAR, técnico comercial y economista del Estado. Ha ocupado varios puestos en el Ministerio de Economía y Hacienda. Hoy es director general de la Banca de Negocios en BNP Paribas.

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