Reggio’s Weblog

Cómo enfocar el 2009, de Alfredo Pastor en Dinero de La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 11 enero, 2009

Al iniciarse el segundo año de la crisis ¿cuál es la situación? Todas las grandes economías, incluida la nuestra, han elaborado un conjunto de medidas, destinadas a mitigar en lo posible los daños. Uno puede apreciar diferencias de énfasis entre unos y otros, pero todos pretenden lo mismo: evitar que la caída de la demanda sea percibida como algo permanente, y que una recesión se convierta en depresión.

Hay que esperar ahora a que esas medidas se pongan en práctica, es decir, en nuestro caso, a que llegue el dinero a sus destinatarios finales (cosa menos fácil de lo que parece), y luego hay que esperar a que surtan efecto, es decir, a que los destinatarios gasten el dinero como está previsto.

Es imposible saber si habrá que esperar mucho, pero dos consideraciones pueden servir de orientación. La primera es la magnitud de los desequilibrios a corregir: hay que reducir el peso de la deuda en familias y empresas, resultado de un excesivo apalancamiento, es decir, de haber recurrido demasiado al crédito para financiar gastos e inversiones. Y hay que empezar a devolver préstamos al exterior, que no está dispuesto a seguir financiándonos como en el pasado reciente.

Lo primero implica una contracción del volumen total de crédito y, por consiguiente, apuros financieros para muchos. Lo segundo requiere un periodo en que habremos de gastar menos de lo que producimos, para transferir ese excedente a nuestros acreedores extranjeros.

Para dar un ejemplo: supongamos que, durante estos años, hemos producido 100 y consumido 110, pidiendo prestados 10 al exterior, y que ahora nuestros acreedores nos exigen que les devolvamos 10 cada año. Si no hacemos nada, nuestro consumo quedará reducido a 90. Si queremos mantener nuestro nivel de vida de 110, habrá que producir 120, es decir, un 20% más. El aumento de productividad que haría posible esa mayor producción tarda mucho en lograrse. Ya se ve, pues, que tanto la inversión -por las dificultades financieras- como el consumo languidecerán durante una temporada.

La segunda orientación nos la da la historia, que no es ni mucho menos una guía infalible, pero sí la única que tenemos. La experiencia de los últimos cincuenta años recogida en trabajos recientes indica que los efectos de una crisis sobre el producto son grandes, pero duran poco, mientras que el empleo tarda mucho más en recuperarse.

En resumen: lo poco que creemos adivinar sobre la duración de la crisis, entendida como periodo de crecimiento lento, parece exhortarnos a ser pacientes. Es cierto que la política fiscal, que constituye el grueso de las medidas adoptadas por los países europeos, tiene ahora un signo expansivo: se trata de bajar impuestos y subir gastos públicos; pero ese estímulo sólo puede ser transitorio, y va destinado únicamente a evitar una depresión.

La necesidad de corregir nuestro déficit con el exterior obliga, como hemos visto, a que la tendencia general, en lo público como en lo privado, sea hacia la austeridad, de tal modo que no hay que confiar en una mayor abundancia de recursos públicos más allá de los próximos meses.

Esta necesidad de apretarnos el cinturón es, en el fondo, una bendición, aunque muchos pensarán que viene muy bien disfrazada. Lo es porque sólo en periodos de austeridad es posible afrontar grandes reformas con efectos duraderos. Las reformas que exigen recursos extraordinarios extinguen sus efectos cuando esos recursos desaparecen. Además, sólo cuando uno está asustado está dispuesto a aceptar lo menos malo.

Un ejemplo de reforma abordable con pocos recursos es, aunque parezca paradójico, la de la educación. Que es necesaria todo el mundo lo sabe: sin ella no lograremos el aumento de productividad que nos permitirá mantener nuestro nivel de vida. Pero ¿es posible si no hay más recursos? Antes de escuchar la negativa de los expertos, tomemos como punto de partida, en lugar del axioma de que nada se puede hacer sin más dinero, algo que parece un hecho incontrovertible: en Finlandia, país más rico que España que posee un gran sistema educativo, los maestros cobran menos y trabajan más horas.

Con este hecho ante nosotros ¿seremos capaces de pensar que en nada puede mejorar nuestra educación si no aumenta el presupuesto?

La crisis tiene la ventaja de obligarnos a llegar al fondo de los asuntos. En este caso, de darnos cuenta de que es más importante colaborar en el aumento del pastel que pelearse por los pedazos del que ya existe: éste, si no hacemos nada, está destinado a reducirse. De nada sirve mirarlo fijamente, ni dar vueltas a su alrededor a ver si así parece mayor.

La única forma de hacerlo crecer es sentar las bases de un aumento sostenido de la productividad (¡que no se consiga, naturalmente, a costa de aumentar el paro!) y eso exige más esfuerzos comunes que negociaciones; quizá sea esto algo que debieran considerar nuestros políticos, y sus electores.

Alfredo Pastor, Profesor del Iese. Doctor en Economía por el MIT, fue secretario de Estado de Economía con Pedro Solbes.

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