Reggio’s Weblog

En la piel de Walter Burns, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Medios by reggio on 11 enero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Tantas veces me han comparado entre bromas y veras con la caricatura del director de periódico implacable y maniobrero que Walter Matthau interpreta en esta película que les entregamos hoy, que recurrentemente siento la tentación de pedirle a un maquillador que me hunda un poco los ojos y me perfile el mentón para, con ayuda de unas alzas que me acerquen al 1,90 del actor y cambiando la última corbata de Agatha por una pajarita años 20, mis tirantes por su chaleco y el traje oscuro por uno claro y entallado, presentarme en la redacción, sombrero en ristre, como si en lugar de EL MUNDO estuviera dirigiendo el Chicago Examiner. Menudo golpe en el 20º aniversario.

Soy consciente de que esa parodia de la parodia alimentaría las insidias de quienes, hablando de la feria según les ha ido en ella, mascullan de cuando en cuando que en mi concepción del periodismo el fin justifica los medios. Pero como mi hoja de servicios está impoluta y jamás he ni siquiera rozado esas tentaciones -yo nunca suplantaría a otra persona, mentiría o vulneraría la ley-, hecha esa decisiva salvedad, debo confesar que en muchos otros aspectos no me sentiría nada incómodo, ni siquiera extraño, en la piel del tal Walter Burns.

De hecho en Primera Plana hay situaciones que yo ya he vivido unas cuantas veces e incluso diálogos que, si no en su literalidad, desde luego sí en su flujo argumentativo podrían haberse grabado en mi despacho. Es el caso del recurrente pulso -auténtico Guadiana del fulgurante guión de la película- con el reportero estrella que está a punto de marcharse del periódico.

Yo nunca he llegado a decir ni «¡Nadie abandona a Walter Burns!» ni «¡Te mataría si trabajaras para otro!», pero sí que he combinado el halago con el reproche, la idealización del propio medio con la denigración algo exagerada del competidor e incluso la apelación a la mala conciencia del que se lo está pensando -no puedes hacernos eso ahora- con tal de tratar de conservar para el equipo local a alguien con arrestos y talento. Porque una de las enseñanzas claves de The Front Page es que entre un buen periodista y uno mediocre hay la misma distancia que entre Sherlock Holmes y ese sheriff Hartman que deja escapar al reo, entregándole su propia arma para que simule la repetición de su crimen.

Ben Hecht -autor de la obra teatral que inspiró el guión- y Billy Wilder sabían perfectamente de qué pasta están hechos los periodistas, pues no en vano ambos habían sido reporteros de sucesos, y debo dejar constancia de que los argumentos que tan buen resultado le dan a Walter Burns para retener a Hildy Johnson también me han funcionado a mí unas cuantas veces. Porque todavía sigue habiendo locos idealistas dispuestos a perder dinero, un buen horario de trabajo y una vida familiar cómoda y estable para acudir -entre la novela picaresca y la de caballerías- al llamamiento que supone la oportunidad de cubrir una gran historia. Incluso, o tal vez precisamente por eso, aunque ni siquiera quede claro a priori de qué historia se trata.

Luego está, es verdad, la cuestión del sensacionalismo. Desde su brillante blog con el que nos baja los humos siempre a tiempo, Arcadi Espada ya me daba el otro día un bocinazo a cuenta de las exageraciones y truculencias del Examiner. Pero, claro, eso es como decir que por el Callejón del Gato sólo circulaban tipos escuálidos u obesos.

Nunca Hollywood se ha acercado con tanta maestría al esperpento como en esta película maravillosa con la que hoy empezamos una colección muy especial en un año tan importante para el periódico. Pero si hacemos abstracción de los espejos cóncavos o convexos con los que nos toma el pelo Billy Wilder, hay que reconocer que, más allá de su cinismo, este Walter Burns termina demostrando que es un estupendo director de periódico porque una y otra vez se resigna -nunca mejor dicho lo de que a la fuerza ahorcan- a que la realidad le estropee el gran titular que ya tenía en la cabeza e incluso había dictado a la redacción, pero también una y otra vez reacciona ante los nuevos hechos con otra idea igualmente apelativa y contundente.

Si ya no puede contar que «El Examiner captura a Earl Warren» con entrevista exclusiva incorporada, tampoco está mal anunciar que «El Examiner entrega a Earl Warren» como prueba de su compromiso con la defensa de la ley y el orden. Y si resulta que la detención del propio director y el reportero estrella, acusados de complicidad con la fuga, pulveriza también ese titular, siempre queda la opción de destacar la última confidencia del condenado: «No subiré hacia el patíbulo, sino hacia las estrellas». ¡Qué buen oído para la frase!

En el ejercicio del periodismo hay que cambiar muchas veces de caballo al cruzar el río porque el desarrollo de los hechos no es ni lineal ni predecible y la honestidad, al reflejar cada nuevo elemento que implica interpretaciones distintas a las asumidas, entra a menudo en conflicto con la coherencia en la que se atrincheran la soberbia y la pereza. Por eso la grandeza de Burns -que es vanidoso, pero no chulo, y workaholic antes de que se inventara la palabra- consiste en admitir que la realidad le ha lanzado contra la lona, pero levantándose una y otra vez para reconstruir su relato aunque sea con los restos del naufragio.

Lo único que para él no tiene vuelta de hoja -excepto que se trate de un pase de portada- es que hay que llegar a tiempo para el cierre de la edición, con una historia lo suficientemente buena, y eso implica que sea cierta, como para que el arranque de la rotativa suene a música celestial. Quien no ha oído nunca ese sonido, no ha conocido una parte de la felicidad.

Basta contemplar los primeros planos bajo los títulos de crédito con las bobinas ensamblándose en los cilindros y la tinta reproduciendo las grandes exclusivas del Examiner para darse cuenta de que The Front Page es una burlona carta de amor al ejercicio del periodismo, impregnada de tanta autocrítica sobre sus excesos como fe en la función social de la prensa. Puesto que tratamos de reflejar el homenaje que a lo largo de su historia el cine ha rendido al «cuarto poder», era imposible elegir una película más adecuada para iniciar este ciclo de acción de gracias a la fidelidad de quienes como ustedes, queridos lectores, constituyen nuestra única razón de ser.

The Front Page se estrenó en 1974 y EL MUNDO nació 15 años después. ¿No es estupendo poder identificarse sólo con lo bueno y positivo cuando surge la posibilidad de que la vida imite al arte? A los que les parezcan disparatados algunos de los episodios y situaciones que enlazan este también trepidante vodevil, debo recordarles que en nuestra redacción ya hemos vivido el empeño de sortear una restricción al derecho de la información -establecida sin fundamento legal alguno-, introduciendo subrepticiamente una cámara oculta en un recinto público. Con la diferencia de que así como al propio Burns no le sale la foto del condenado a muerte, tomada con la cámara que el reportero bisoño lleva adherida a la pantorrilla, la que captó Fernando Quintela cuando Felipe González declaró como testigo en el juicio del caso Marey forma ya parte de la historia gráfica, de la memoria colectiva, de nuestra democracia. Con el aval, además, de una resolución judicial favorable.

Y quienes consideren inverosímil que, cuando todos los policías de la ciudad están buscando a un individuo, sean dos periodistas los que lo tengan controlado, pueden refrescarse la memoria con lo que consiguieron Cerdán y Rubio tras la fuga de Roldán. La habitación del hotel de París donde lo entrevistaron era algo más amplia que el mueble en el que Walter Matthau y Jack Lemmon esconden al escuchimizado anarquista y tal vez por eso -de nuevo la realidad mejora a la ficción- culminaron su gran exclusiva y pudimos hacer una memorable front page con aquel titular que cambió la historia de la política española, abducida por el felipismo: «A mí no me van a engañar como a Amedo».

Aunque yo tampoco diría nunca eso de «No denunciaremos a los villanos, sino que los crucificaremos» y tampoco necesitaré jamás que le pongan mi nombre a un bulevar para darme por recompensado, es obvio que cuando más a gusto me encuentro dentro del pellejo de Walter Burns es cuando él se siente realizado divulgando los abusos de los mandamases de la ciudad. Estoy seguro, por la misma regla de tres, de que más de uno de nuestros mejores periodistas de investigación se verá reflejado en lo que Hildy Johnson le dice a su atribulada novia, mientras teclea frenéticamente su relato: «Esto es lo más grande que me ha pasado en mi vida».Ella se encoge de hombros y, a punto de dar el caso por perdido, comenta: «Comienzo a creer que todos los periodistas están enfermos».

Nuestra enfermedad es el ansia incurable por descubrir algo trascendente para poder contarlo de forma efímera. Menudo contradiós. La vida en un oxímoron de hielo ardiente. Pero, aunque se trate de un mal crónico, hace tiempo que se descubrió un bálsamo que produce efectos paliativos indescriptiblemente beneficiosos para el cuerpo y la mente. Fíjense si no en el rostro de satisfacción de Walter Burns cuando hacia el final de la película -es sin duda la escena clave-, todavía dentro de su celda, se abanica delante del alcalde con un documento protegido por una cubierta de color azul. Es el indulto firmado por el gobernador del estado de Illinois que los caciques locales trataban de ocultar, pero podría ser también el estadillo de la cintateca del CESID, las fotos con los restos de Lasa y Zabala, el libro de caja de Filesa o la transcripción de la casete de Cancienes que reflejaba cómo en el 2001, aún antes de que cayeran las Torres Gemelas, ya había alguien en Asturias tratando de montar «bombas con móviles».

Burns se jacta entonces de que existe «un poder invisible» que ha acudido en su ayuda. Es la teoría de que la Divina Providencia, o mejor aún la Justicia, o mejor aún el sistema democrático, escribe recto con renglones tan torcidos como el propio director del Examiner y su renuente reportero estrella. Esas son las reglas del juego. Porque si buscar lo que de verdad ocurrió es muy excitante y descubrirlo resulta sensualmente gratificante, el orgasmo sólo se alcanza cuando estás en condiciones de demostrarlo.

pedroj.ramirez@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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Lecciones marginales de esta crisis (I), de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 11 enero, 2009

LUCES LARGAS

No hay dos crisis económicas iguales, pero todas cursan con los mismos síntomas principales: paro y recesión. Cada episodio se desarrolla y estalla en un contexto distinto aunque pueden encontrarse pautas comunes vinculadas a características humanas básicas (codicia, incredulidad, engaño, etcétera). Sin embargo, resulta útil aprender de las experiencias, no tanto para evitar que se repitan ya que nunca lo hacen de la misma manera, sino para ayudarnos en los períodos de bonanza introduciendo mejoras en el comportamiento colectivo derivadas de una mejor comprensión del mismo.

Más allá de todo lo dicho hasta la fecha, algunas lecciones marginales podemos extraer de la crisis que estamos viviendo desde que en agosto de 2007 estalló el caso de las hipotecas basura.

Primera lección: las crisis existen. No hace tanto tiempo que sesudos analistas vaticinaban el final de los ciclos económicos y, por tanto, de las crisis recurrentes. Basándose en la globalización, las nuevas tecnologías y el adecuado manejo de los instrumentos de política económica, dibujaban un panorama idílico de crecimiento mundial continuo salpicado, como mucho, de pequeños sobresaltos acotados en el espacio y en el tiempo.

Sea o no una depresión equiparable a la de comienzos del siglo pasado, lo que sufrimos ahora es una crisis con efectos generalizables, duraderos y profundos. De esas que, cuando pase, marcará un antes y un después. Y que se ha presentado a cámara lenta pero con un alarde de medios tal que la convierte en la primera crisis global, de la que todavía no conocemos todos sus recorridos.Para entenderla, debemos recuperar los análisis sistémicos que permitan determinar qué tiene nuestra economía capitalista que parece no saber avanzar si no es con pronunciados ciclos. Volver a la economía política que estudia no tanto las relaciones de producción y distribución entre agentes económicos aislados, sino entre grupos sociales y geográficos, cuya lógica de actuación es distinta, ya que la acción colectiva no es una simple agregación de decisiones individuales. El modelo económico de los países avanzados de la OCDE es el mejor que el ser humano haya sido capaz de construir, hasta la fecha. Pero la propiedad privada, la competencia y el mercado aúnan una gran capacidad de creación de riqueza y de aprovechamiento de las iniciativas y de la creatividad humana con una no menor capacidad autodestructiva en forma de mantenimiento de amplias regiones geográficas marginadas y de una tendencia intrínseca a provocar altibajos periódicos. Esta crisis es la otra cara de la moneda del crecimiento económico vivido en los últimos años y no es fruto del error, de la casualidad o de la avaricia individual, sino una consecuencia social de un determinado esquema de incentivos económicos privados. Algo intrínseco a la misma lógica de funcionamiento del actual sistema capitalista, que ha ido arrinconando el espacio de lo público a favor de manos libres precisamente para los sectores más inestables de nuestra economía.

Esta crisis, además, no se ha producido por una ausencia de demanda agregada o por un problema de oferta. El desencadenante ha sido el brusco pinchazo de una burbuja especulativa articulada desde los mercados financieros, convertidos en pieza clave del engranaje.Aunque algunas empresas tenían problemas de competitividad y necesitaban un ajuste en sus estrategias de negocio en un mundo global, lo que las hace entrar en dificultades no es eso, sino un cierre inesperado y brusco en el acceso al crédito, que afecta incluso a quienes no tenían problemas. La misma generosidad financiera que ha hinchado el globo especulativo, pero también el crecimiento, se vuelve en contra en forma de tacañería y de crisis, como en una patología bipolar.

Segunda lección: hemos reaccionado tarde y bien. Esta crisis ha pillado desprevenido a todo el mundo. Lo cual dice poco en nuestro favor, ya que las señales anunciadoras de los problemas estaban presentes desde hace tiempo, aunque una especie de autosatisfacción colectiva en torno a un optimismo ingenuo nos impidió reconocerlas y hacer algo para evitarlas. Todavía más, algunas de las actuaciones de política económica adoptadas en plena burbuja iban destinadas a mantenerla más que a intentar deshincharla, si es que eso era posible. En el caso de España, puede verse lo que digo analizando los cuatro jinetes de nuestro Apocalipsis: excesivo nivel de endeudamiento privado, peso determinante de la construcción de viviendas en nuestro crecimiento, excesiva temporalidad en el mercado laboral e insuficiente estímulo institucional a un sistema productivo de ciencia y tecnología. Aunque desde hace años se venía señalando estos pies de barro de nuestro crecimiento económico, cuando las cosas van bien, resulta muy difícil cambiarlas, perjudicando a algunos con el argumento de anticipar un mejor futuro para todos.

Asumida la gravedad de la situación, no obstante, la respuesta de los Gobiernos ha sido acertada, aunque no se llegó a ella de manera lineal. Cuando aún se infravaloraba la gravedad de lo que pasaba, se intentaron otras soluciones como dejar que el mercado se autocorrigiera (quiebras de Lehman y de Martinsa), o, en Europa, se seguían subiendo tipos de interés por considerar mas probable la inflación que la recesión. La evidencia de un colapso bancario inminente hizo cambiar la estrategia, para atacar con todo lo disponible no tanto porque fuera lo que había que hacer, sino porque ya que no se sabía qué hacer, se decidió utilizarlo todo, esperando que algo funcionaría: políticas monetarias y presupuestarias expansivas, nacionalizaciones, planes masivos de rescate, etc. Nadie podrá decir que el apego a una ortodoxia haya frenado ninguna decisión. Más bien lo contrario, la posmodernidad liquida llevada a la política económica ha hecho de la heterodoxia gubernamental el principal elemento para la salvación privada.Aunque de unos, las entidades financieras, todavía más que de los otros. En esos momentos todavía es pronto para saber si lo hecho será suficiente, pero hay que reconocer que queda poco en el tintero por hacer, aunque importante. Salvo que las cosas vayan mucho peor de lo previsto hoy, claro.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

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El año que nos espera, de Luis de Guindos en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 11 enero, 2009

APUNTES ECONOMICOS

2008 ha sido un año extremadamente convulso en lo económico. La crisis financiera se agravó hasta niveles imprevisibles, impactando en la economía real, lo que llevó al mundo a una recesión profunda, que hoy parece que será duradera. Además, resulta difícil encontrar un ejercicio con tanta volatilidad, que ha ido más allá de los mercados de renta variable. El precio del petróleo y de otras materias primas se desplomó después de un rally alcista en el primer semestre del año. Por su parte, el tipo de cambio del euro con el dólar también ha mostrado un perfil de montaña rusa.Sin embargo, el indicador más claro del nerviosismo reinante lo tenemos en que hemos pasado en unos pocos meses de un entorno de claras tensiones inflacionistas a enfrentarnos hoy a un riesgo cierto de deflación, lo que nos trae recuerdos de la Gran Depresión.

El mundo desarrollado entra así en 2009 en una situación de recesión prácticamente generalizada. Por su parte, los países en desarrollo lo hacen con una importante desaceleración. En estas circunstancias no es de extrañar que los augurios para los próximos 12 meses sean muy pesimistas. No se trata de evitar la recesión, que ya se ve ineludible, sino de conseguir que el mundo no se precipite en el abismo de la deflación y en un periodo largo de bajo crecimiento.Ante esta situación, los responsables de política económica han utilizado todos los instrumentos disponibles. Planes de rescate y ayuda a los bancos, reducciones generalizadas de tipos de interés hasta dejarlos incluso próximos al 0% en EEUU y Japón, y programas de acción fiscal discrecional de cuantía sin precedentes ante las incógnitas sobre la capacidad de la política monetaria.

A pesar de todo ello, surgen dudas sobre la eficacia de las medidas, lo que impide que mejoren las expectativas de los agentes económicos.La confianza en el sistema bancario internacional sigue siendo reducida, ya que se piensa que los bancos continúan teniendo en sus balances un volumen elevado de activos tóxicos con pérdidas importantes todavía no reconocidas. En esta situación, el mecanismo de transmisión monetario está quebrado, lo que dificulta que las bajadas de tipos de interés y las inyecciones de liquidez se trasladen al sector real en forma de nuevo crédito. Así, estas inyecciones ingentes de liquidez se embalsan en los balances bancarios, y las familias y empresas intentan desesperadamente acumular efectivo, con lo que la velocidad de circulación del dinero se contrae y compensa lo inyectado por los bancos centrales.

Para superar este entorno, la respuesta de la política económica está siendo doble. Por un lado, la Reserva Federal, después de haber dejado los tipos prácticamente a cero, ha señalado que está dispuesta a llevar a cabo una «expansión cuantitativa» del crédito. Ello supone que está abierta a conceder crédito directamente al sector público y/o privado mediante la adquisición de deuda pública y/o bonos y papel comercial del sector privado. De este modo, la Reserva Federal se salta el habitual canal bancario de transmisión de la política monetaria y genera crédito mediante la adquisición directa de pasivos del sector real de la economía vía la expansión de su balance. Con esta actuación, la autoridad monetaria reconoce implícitamente que el problema de los bancos no es de liquidez sino de solvencia, y que, por tanto, para que el crédito llegue a las empresas es necesaria una acción directa de la Reserva Federal.

La segunda línea de actuación viene dada por los programas de estímulo fiscal basados en la reducción de impuestos o en el incremento del gasto. Su objetivo es intentar alentar la demanda agregada ante las dificultades de la política monetaria. Y es que el principal riesgo de la economía mundial es la posibilidad de una situación deflacionista que la empuje a un periodo largo de crecimiento muy reducido. La deflación deprime el crecimiento a través de dos vías. Primero, en un contexto de salarios nominales rígidos a la baja, merma la competitividad de quien la padece.Pero además, al elevar la deuda en términos reales, intensifica el esfuerzo que tienen que hacer las familias y las empresas para ajustar sus balances, contrayendo adicionalmente el consumo y la inversión.

El origen de la deflación es bien conocido, una caída de la demanda agregada como consecuencia de una contracción monetaria. El fenómeno deflacionista más global y conocido fue el de los años treinta que coincidió con la Gran Depresión. Su origen se encuentra en la contracción monetaria que padecieron una mayoría de países como consecuencia de los fallos del patrón oro entonces vigente, que se había reinstaurado tras el final de la Primera Guerra Mundial, y de la quiebra de un número importante de bancos a ambos lados del Atlántico. El propio Ben Bernanke ha estudiado este proceso con detalle y es consciente de los numerosos errores de política económica que se cometieron.

En esta ocasión, no obstante, el riesgo de deflación no proviene de un tratamiento incorrecto de la crisis. Los bancos centrales han inyectado cuantías inmensas de liquidez, han bajado tipos y, salvo la excepción de Lehman, no se ha dejado caer a ningún banco. Además, la política fiscal va a ser extraordinariamente expansiva. El riesgo de deflación ahora deriva de los efectos depresivos que ocasiona el estallido de la burbuja inmobiliaria y de la necesidad de llevar a cabo un proceso de reducción de deuda en unos agentes económicos muy apalancados. Ello va a exigir caídas en el consumo de las familias, en la inversión de las empresas y contracciones importantes en los balances bancarios.

Es decir, el gasto privado se va a reducir con intensidad y esto puede producir la deflación a pesar de los estímulos monetarios convencionales. Por ello, los programas de expansión fiscal y la concesión directa de crédito son alternativas adecuadas para atemperar el derrumbe de la demanda agregada, aunque deben ser utilizadas con inteligencia, evitando crear un problema adicional de deuda pública que se superponga al de la deuda privada. En definitiva, nos encontramos en el entorno más complejo en mucho tiempo. De cualquier forma, les deseo a todos ustedes un feliz año nuevo.

luisdeguindos@hotmail.com

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Cadáveres de críos, de Soledad Gallego-Díaz en Domingo de El País

Posted in Derechos, Internacional, Política by reggio on 11 enero, 2009

El día en que decidamos olvidar a los niños, la revolución triunfará.
Ese día, la humanidad entera odiará la revolución.

El diálogo pertenece a la obra de teatro Los justos, de Albert Camus (citada repetidamente estos días por José María Ridao), y lo protagonizan Stepan, el revolucionario que quería tirar la bomba contra el gran duque, aunque fuera acompañado por dos niños, sus sobrinos, y Dora, que defiende a Kaliayev, el revolucionario que se negó a lanzarla. Stepan argumenta: por culpa de la decisión de evitar la muerte de los sobrinos del duque, morirán de hambre y violencia otros muchos niños. Kaliayev replica: la muerte de esos dos niños no hubiera impedido la de los otros.

El día en que Israel decidió olvidar a los niños de Gaza y considerarles “víctimas colaterales” de su justo empeño de acabar con los cohetes que caen sobre su territorio, la sociedad israelí hizo algo terrible: optó sin vergüenza por Stepan. Camus no aceptaba componendas. La pregunta, para él, era bastante simple: ¿está permitido todo lo que sirva a una causa, por muy justa que se considere? Y la respuesta, directa y sin ambigüedades: cualquiera que sean las razones que se argumenten, no.

La opción está entre lo que se puede y lo que no se puede hacer. No se trata ni tan siquiera de proporcionalidades, ante las que tanto dice que se irrita André Gluckman, ni de simpatías políticas, como tanto se lamenta Bernard-Henri Lévy. Es, simplemente, algo que se suponía que ya estaba decidido y aceptado en todas las sociedades civilizadas del mundo: no se construye nada sobre los cadáveres de los niños.

No hay excepción para la atrocidad, por mucho que Israel y quienes defienden su política en Gaza quieran discutir singularidades. Es simple: las sociedades civilizadas no infringen castigos colectivos, no bombardean edificios llenos de niños, aunque allí se esconda el gran duque; no arrasan las casas de los padres de los militantes ni de los terroristas, no interrumpen el suministro de agua, ni dejan los hospitales sin medicinas ni plasma… ¿Tan raro resulta escuchar esto ahora? ¿Tan ingenuo o estúpido?

El principio del siglo XXI está siendo realmente aniquilador: Estados Unidos se llevó por delante el hábeas corpus y el reconocimiento de los prisioneros de guerra; Israel arrasa con la IV Convención de Ginebra y con los derechos de las poblaciones civiles. Los militantes de Hamás que disparan cohetes Qassam contra las poblaciones israelíes cercanas a la frontera “buscan intencionadamente la muerte de civiles”, alegan las autoridades israelíes. En nuestro caso, la muerte de los civiles palestinos se produce, simplemente, en el contexto de una actividad militar. ¿Acaso alguien cree en Israel que los militantes de Hamás no se ven a sí mismos como luchadores palestinos y no consideran su lanzamiento de misiles como una “acción militar”, justificada por su justo deseo de acabar con un bloqueo infame? Los 20.000 habitantes de Sderot son, sin duda, tristes rehenes de Hamás. ¿Y el millón y medio de palestinos de Gaza? ¿Realmente alguien cree que no son los desgraciados rehenes de Israel? ¿Se protege a los niños de Sderot asesinando a los de Gaza, o viceversa?

¿La culpa de la muerte de los sobrinos del gran duque hubiera sido de él mismo por llevarles en su carruaje? ¿Aceptaremos sin morirnos de la vergüenza esos argumentos o defenderemos todavía un mundo en el que rijan los acuerdos alcanzados en el siglo XX, las reglas que fuimos tan pacientemente construyendo, los inteligentes y trabados textos legales sobre los que asegurábamos que teníamos que regular nuestras relaciones?

Ahora que también está tan de moda menospreciar el periodismo profesional, ¿miraremos hacia atrás y defenderemos el papel del periodismo como testigo, de los periodistas como capaces de dar el testimonio que necesitan los ciudadanos para comprender lo que ocurre? La ofensiva de Israel pasa, precisamente, por no dejar que entren periodistas en Gaza. ¿Habrá que aceptar también que lo hacen por protegernos? ¿O lo denunciaremos como una práctica dictatorial, un atentado contra la libertad de informar? ¿También eso suena raro o ingenuo? Lo ingenuo o estúpido es no denunciar que, según los pocos testimonios que llegan desde dentro de Gaza, la gran mayoría de los muertos y heridos que abarrotan los hospitales son civiles, CIVILES. Más de trescientos cincuenta niños y mujeres han muerto como consecuencia de un castigo colectivo. Y que los castigos de ese tipo son, o eran hasta que empezó este siglo, repugnantes y aborrecibles.

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Luchar contra la depresión, de Paul Krugman en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 11 enero, 2009

Si no actuamos con rapidez y audacia”, declaraba el presidente electo Barack Obama en un reciente discurso semanal, “podríamos experimentar una recesión económica mucho más profunda, que podría provocar un desempleo superior al 10%”. Si me preguntan a mí, diría que Obama estaba siendo muy suave.

El hecho es que las recientes cifras económicas son aterradoras, no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. La fabricación, en concreto, se está desplomando por doquier. Los bancos no prestan; las empresas y los consumidores no gastan. Las cosas como son, esto se parece mucho al principio de la segunda Gran Depresión.

¿Actuaremos con suficiente “rapidez y audacia” para evitar que eso ocurra? Pronto lo averiguaremos. Se suponía que no deberíamos hallarnos en esta situación. Durante muchos años la mayoría de los economistas creían que sería fácil evitar otra gran depresión. En 2003, Robert Lucas, de la Universidad de Chicago, en su discurso presidencial ante la Asociación Económica Estadounidense, declaraba que “el problema principal para prevenir la depresión se ha resuelto, a todos los efectos prácticos, y lleva de hecho muchas décadas resuelto”.

Milton Friedman, en especial, convenció a muchos economistas de que la Reserva Federal pudo haber frenado en seco la Gran Depresión simplemente proporcionando a los bancos más liquidez, lo cual habría impedido una drástica caída de la oferta monetaria. Es bien sabido que Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, se disculpó ante Friedman en nombre de su institución: “Tiene usted razón. Fue culpa nuestra. Lo sentimos mucho. Pero gracias a usted, no volveremos a hacerlo”.

Resulta, sin embargo, que prevenir las depresiones no es tan fácil al fin y al cabo. Dirigida por Bernanke, la Reserva Federal está proporcionando liquidez igual que si fuera un equipo de bomberos tratando de apagar un fuego de gran magnitud, y la oferta monetaria ha crecido con rapidez. Pero el crédito sigue escaseando, y la economía continúa en caída libre.

La afirmación de Friedman de que la política monetaria podría haber evitado la Gran Depresión fue un intento de refutar el análisis de John Maynard Keynes, quien sostenía que, en situaciones de depresión, la política monetaria es ineficaz y que hace falta una política presupuestaria -gasto deficitario a gran escala por parte del Estado- para luchar contra el desempleo. El fracaso de la política monetaria en esta crisis demuestra que Keynes lo entendió a la primera. Y el pensamiento keynesiano está detrás de los planes de Obama para rescatar la economía.

Pero estos planes podrían resultar difíciles de vender. Los informes de prensa dicen que los demócratas esperan aprobar un plan con amplio apoyo de los dos partidos. Les deseo buena suerte.

Lo cierto es que la toma de posiciones políticas ya ha empezado, y los líderes republicanos están poniendo obstáculos a las leyes encaminadas a estimular la economía al tiempo que pretenden ser los adalides de una deliberación prudente en el Congreso, lo cual no deja de tener su gracia, teniendo en cuenta el comportamiento de su partido en los últimos ocho años.

Más en general, después de declarar durante décadas que el Estado es el problema, no la solución, por no mencionar las críticas a la economía keynesiana y al New Deal, casi ningún republicano va a reconocer la necesidad de aplicar a la crisis económica una solución de gasto a lo grande, al estilo Roosevelt.

Sin embargo, el mayor problema al que probablemente se enfrentará el plan de Obama es la exigencia de muchos políticos de que se demuestre que las ventajas del gasto público propuesto justifican sus costes, demostración que nunca se exige a propuestas de recortes tributarios.

Es un problema que Keynes conocía bien: regalar dinero, señalaba, tiende a recibirse con menos objeciones que los planes de inversión pública, “que, al no ser completamente despilfarradores, tienden a juzgarse de acuerdo con principios estrictamente ‘empresariales”. Lo que se pierde en dichos debates es el principal argumento a favor del estímulo económico, o sea, que en las actuales condiciones un aumento drástico del gasto público proporcionaría empleo a estadounidenses que de otro modo estarían en paro, y dinero que de otro modo se mantendría ocioso, y pondría a ambos a trabajar para producir algo útil.

Todo esto me hace temer por las perspectivas del plan de Obama. Estoy seguro de que el Congreso aprobará un plan de estímulo, pero me preocupa que el plan pueda retrasarse y/o rebajarse. Y Obama tiene razón: realmente necesitamos medidas rápidas y audaces.

Ésta es mi hipótesis de pesadilla: el Congreso tarda meses en ratificar un plan de estímulo, y la legislación que acaba aprobándose es demasiado cauta. Como consecuencia de ello, la economía se hunde durante la mayor parte de 2009, y cuando el plan empieza por fin a surtir efecto, lo hace sólo con fuerza suficiente para frenar la caída, no para detenerla. Mientras tanto, la deflación se instala, y empresas y consumidores empiezan a basar sus planes de gasto en la perspectiva de una economía permanentemente deprimida; y bien, uno puede ver en qué desemboca esto.

Por lo tanto, ésta es nuestra hora de la verdad. ¿Haremos realmente lo necesario para evitar la segunda Gran Depresión?

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008.

Traducción de News Clips.

© 2008 New York Times News Service.

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El retorno triunfante de John Maynard Keynes, de Joseph E. Stiglitz en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 11 enero, 2009

Ahora somos todos keynesianos. Incluso la derecha en Estados Unidos se sumó al bando keynesiano con un entusiasmo desenfrenado y en una escala que, en algún momento, habría sido verdaderamente inimaginable.

Para quienes nos adjudicábamos alguna conexión con la tradición keynesiana, éste es un momento de triunfo, después de que nos dejaran en el desierto, prácticamente ignorados, durante más de tres décadas. En un nivel, lo que está sucediendo ahora es un triunfo de la razón y la evidencia sobre la ideología y los intereses.

La teoría económica se había dedicado a explicar durante mucho tiempo por qué los mercados sin obstáculos no se autocorregían, por qué se necesitaba regulación, por qué era importante el papel que jugaba el Gobierno en la economía. Pero muchos, especialmente la gente que trabaja en los mercados financieros, presionaban por una suerte de fundamentalismo de mercado. Las políticas erróneas resultantes -impulsadas, entre otros, por algunos miembros del equipo económico del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama- ya antes habían infligido enormes costos a los países en desarrollo. La luz se hizo justo cuando esas políticas empezaron a generar costos en Estados Unidos y otros países industriales avanzados.

Keynes sostenía no sólo que los mercados no se autocorregían, sino que, en una crisis pronunciada, la política monetaria probablemente resultara ineficiente. Se necesitaba una política fiscal.

Pero no todas las políticas fiscales son equivalentes. En Estados Unidos hoy, con una montaña de deuda inmobiliaria y un alto nivel de incertidumbre, los recortes impositivos probablemente resulten ineficientes (como lo fueron en Japón en los años 1990). Gran parte, si no la mayor parte, del recorte tributario norteamericano del pasado mes de febrero fue destinado al ahorro.

Con la enorme deuda que deja atrás la Administración de Bush, Estados Unidos debería estar especialmente motivado para obtener el mayor estímulo posible de cada dólar invertido. El legado de subinversión en tecnología e infraestructuras, especialmente del tipo verde, y la creciente brecha entre los ricos y los pobres requieren una congruencia entre el gasto a corto plazo y una visión a largo plazo.

Eso exige la reestructuración de los programas tanto tributario como de gasto. Bajarles los impuestos a los pobres y aumentar los beneficios de desempleo al mismo tiempo que se aumentan los impuestos a los ricos puede estimular la economía, reducir el déficit y disminuir la desigualdad. Reducir el gasto en la guerra de Irak y aumentar el gasto en educación puede incrementar la producción en el corto y largo plazo y, al mismo tiempo, reducir el déficit.

A Keynes le preocupaba la trampa de la liquidez -la incapacidad de las autoridades monetarias para inducir un incremento en la oferta de crédito a fin de aumentar el nivel de actividad económica-. El presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben Bernanke, hizo un esfuerzo por evitar que se culpara a la Fed de agravar esta crisis de la misma manera que se la responsabilizó por la gran depresión, asociada con una contracción de la oferta monetaria y el colapso de los bancos.

Y aun así deberíamos leer la historia y la teoría con cuidado: preservar las instituciones financieras no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin. Lo importante es el flujo de crédito y la razón por la cual el fracaso de los bancos durante la gran depresión fue importante es que participaban en la determinación de la capacidad crediticia; eran los depositarios de información necesaria para el mantenimiento del flujo de crédito.

Sin embargo, el sistema financiero de Estados Unidos cambió drásticamente desde los años treinta. Muchos de los grandes bancos salieron del negocio del préstamo y se metieron en el “negocio con movimiento”. Se centraron en comprar activos, reempaquetarlos y venderlos, al mismo tiempo que marcaron un récord de incompetencia a la hora de evaluar el riesgo y analizar la capacidad crediticia. Se invirtieron cientos de miles de millones de dólares para preservar estas instituciones disfuncionales. Ni siquiera se hizo nada para reencauzar sus estructuras perversas de incentivos, que alentaban el comportamiento cortoplacista y la toma de riesgos excesiva. Con recompensas privadas tan marcadamente diferentes de los retornos sociales, no sorprende que la búsqueda del interés personal (codicia) condujera a consecuencias tan destructivas desde un punto de vista social. Ni siquiera velaron por los intereses de sus propios accionistas.

Mientras tanto, es muy poco lo que se está haciendo para ayudar a los bancos que efectivamente hacen lo que se supone que deben hacer los bancos: prestar dinero y evaluar la capacidad crediticia.

El Gobierno federal asumió miles de millones de dólares en pasivos y riesgos. Al rescatar al sistema financiero, tanto como en política fiscal, necesitamos preocuparnos por el “retorno de la inversión”. De lo contrario, el déficit -que se duplicó en ocho años- aumentará aún más.

En septiembre se decía que el Gobierno recuperaría su dinero con intereses. A medida que se incrementó el rescate, cada vez resulta más evidente que éste era simplemente otro ejemplo más de una mala apreciación del riesgo por parte de los mercados financieros, como vienen haciendo consistentemente en los últimos años. Los términos de los rescates de Bernanke y Paulson eran desventajosos para los contribuyentes y, aun así, a pesar de su volumen, hicieron poco para reactivar el préstamo.

La presión neoliberal para una desregulación también satisfacía algunos intereses. A los mercados financieros les fue bien a través de la liberalización del mercado de capitales. Permitir a Estados Unidos vender sus productos financieros riesgosos y participar en una especulación en todo el mundo puede haber beneficiado a sus compañías, aunque esto les impusiera grandes costos a otros.

Hoy, el riesgo es que se utilice y se abuse de las nuevas doctrinas keynesianas para satisfacer algunos de estos mismos intereses. ¿Acaso quienes presionaron por la desregulación hace 10 años aprendieron la lección? ¿O simplemente querrán imponer reformas cosméticas: el mínimo requerido para justificar los rescates de megabillones de dólares? ¿Hubo un cambio de parecer o solamente un cambio de estrategia? Después de todo, en el contexto de hoy, perseguir políticas keynesianas parece incluso más rentable que ir detrás del fundamentalismo de mercado.

Hace 10 años, en el momento de la crisis financiera asiática, se discutió mucho sobre la necesidad de reformar la arquitectura financiera global. Poco se hizo. Es imperativo que no sólo respondamos adecuadamente a la crisis actual, sino que emprendamos reformas a largo plazo que serán necesarias si queremos crear una economía global más estable, más próspera y equitativa.

Joseph E. Stiglitz es profesor de Economía en la Universidad de Columbia y ganador del Premio Nobel de Economía en 2001.

© Project Syndicate, 2008. www.project-syndicate.org.

Traducción de Claudia Martínez.

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Funcionarios doctrinales, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Educación by reggio on 11 enero, 2009

Cuando Marco Polo llegó a China en 1271, se encontró con una civilización milenaria que había sido capaz de inventar el papel, la porcelana, la imprenta de bloques de madera, la pólvora, el compás, las cometas, la carretilla, los fuegos artificiales o los canales con compuertas. Un mundo maravilloso que parecía estar a años luz de esa lóbrega Europa medieval pero que… a pesar de que Marco Polo no se daba cuenta, estaba cambiando de manera irreversible: con la llegada de los mongoles y la dinastía Yuan, esa China que tantos inventos había producido empezó a dejar de generar ideas y se vio superada por una Europa que, en pocos siglos, fue capaz de hacer las revoluciones científica, industrial y social que dieron lugar al mundo occidental que hoy conocemos.

Por qué la civilización china quedó tan atrasada en tan poco tiempo es uno de los rompecabezas más fascinantes de la historia.

Entre las muchas teorías existentes, la más convincente es la de Geoffrey Lloyd y Nathan Sivin: los conocimientos en China estaban en manos de una burocracia feudal (el mandarinato) cuya misión era controlar y administrar ese gigantesco país. Los burócratas decidían a través de un complejo y durísimo sistema de exámenes no sólo quién era apto para acceder a los conocimientos, sino qué tipo de conocimientos eran aceptables. Es decir, el Estado decidía qué se debía estudiar y cómo se debía estudiar. La monopolización de los conocimientos y la educación por parte del funcionariado hizo que desapareciera el pensamiento libre e independiente y el escepticismo sistemático que se requiere para que surjan las ideas y la innovación. Los “sabios” chinos eran poco dados a buscar nuevos conceptos por miedo a irritar al establishment doctrinal.

Digo que la teoría de Lloyd y Sivin es la más convincente porque se ve confirmada por otros episodios históricos. En el siglo IX, Bagdad estaba intelectualmente a la cabeza del mundo mediterráneo. Fue en el seno del islam donde se tradujeron los grandes clásicos griegos y romanos, se originaron los hospitales, se realizaron grandes progresos en filosofía, astronomía o matemáticas (la palabra álgebra proviene del árabe al jabar).Sin embargo, ese liderazgo desapareció en apenas dos siglos debido a la inflexibilidad de las autoridades fundamentalistas. Los astrónomos islámicos ya habían observado que los planetas no describían círculos sino elipses alrededor del sol (algo que Kepler redescubrió en el siglo XVII), pero nunca tuvieron la libertad para pensar que esas órbitas elípticas respondían a una leyes de la gravedad y a un heliocentrismo contrario a la versión oficial del islam.

Retrasando todavía más el reloj, otro fundamentalismo, el cristiano, contribuyó a poner fin al pensamiento clásico grecorromano. Durante su época dorada, la Grecia de Tales de Mileto, Ptolomeo, Pitágoras y Aristóteles era una pura olimpiada de sabiduría, donde la inteligencia, la agudeza, la creatividad y el pensamiento eran premiados como si de competiciones deportivas se tratara. De hecho, en la Grecia clásica no había mucha distinción entre educación deportiva e intelectual. Toda esa libertad de la que gozaron los pensadores clásicos dejó paso a la “verdad absoluta” dictada por el dios medieval cristiano, una “verdad” defendida con la espada desde el poder militar. Eso frenó el progreso científico durante siglos, hasta que Tomás de Aquino reintrodujo a un Aristóteles que se había conservado gracias al islam.

Les explico todo esto porque parece que estamos asistiendo, en directo, a una nueva pérdida de liderazgo intelectual: el de Europa. Las grandes universidades de Alemania, Francia, Inglaterra, Suiza o Italia, que eran las mejores del planeta hace sólo 50 años, han dejado de liderar el mundo intelectual. ¿Por qué? Pues por la misma razón que chinos, islámicos o grecorromanos perdieron su hegemonía: el control monopolístico por parte del Estado.

La gravedad de la situación universitaria europea está llevando a nuestros líderes a introducir reformas como la del plan de Bolonia. El problema es que el tan criticado plan parece un intento burdo de crear un espacio de mayor movilidad para nuestros estudiantes y licenciados. Aunque esto de la movilidad está bien, no soluciona el problema principal. Es más, lo empeora, porque al buscar más coordinación, se evita la competencia entre universidades por la obtención de fondos, estudiantes y profesores. Esa falta de competencia hace que las universidades no tengan incentivos para mejorar la oferta educativa o para generar más ideas que los demás. Y el progreso de las ideas es muy difícil sin un escepticismo generalizado que no se puede dar si los pensadores son funcionarios del Estado con miedo a perder la financiación cuando se enfrentan al poder y no tienen alternativa a la que acudir.

No. El plan de Bolonia no ha causado el declive universitario europeo, pero sí representa una oportunidad perdida para enmendar la situación y sí demuestra que nuestros líderes políticos todavía no han identificado el problema real. Marco Polo no vio que su admirada China estaba ya en decadencia por culpa del monopolio público del conocimiento. Siete siglos después se está repitiendo la historia y Europa perderá definitivamente el liderazgo intelectual que ha ejercido desde el Renacimiento si no introduce profundas reformas que conlleven más competencia entre universidades, un menor control estatal de la educación y la ciencia y, sobre todo, menos burócratas de la intelectualidad y funcionarios doctrinales.

XAVIER SALA I MARTÍN, Columbia University, UPF y Fundació Umbele.

www.sala-i-martin.com

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Cómo enfocar el 2009, de Alfredo Pastor en Dinero de La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 11 enero, 2009

Al iniciarse el segundo año de la crisis ¿cuál es la situación? Todas las grandes economías, incluida la nuestra, han elaborado un conjunto de medidas, destinadas a mitigar en lo posible los daños. Uno puede apreciar diferencias de énfasis entre unos y otros, pero todos pretenden lo mismo: evitar que la caída de la demanda sea percibida como algo permanente, y que una recesión se convierta en depresión.

Hay que esperar ahora a que esas medidas se pongan en práctica, es decir, en nuestro caso, a que llegue el dinero a sus destinatarios finales (cosa menos fácil de lo que parece), y luego hay que esperar a que surtan efecto, es decir, a que los destinatarios gasten el dinero como está previsto.

Es imposible saber si habrá que esperar mucho, pero dos consideraciones pueden servir de orientación. La primera es la magnitud de los desequilibrios a corregir: hay que reducir el peso de la deuda en familias y empresas, resultado de un excesivo apalancamiento, es decir, de haber recurrido demasiado al crédito para financiar gastos e inversiones. Y hay que empezar a devolver préstamos al exterior, que no está dispuesto a seguir financiándonos como en el pasado reciente.

Lo primero implica una contracción del volumen total de crédito y, por consiguiente, apuros financieros para muchos. Lo segundo requiere un periodo en que habremos de gastar menos de lo que producimos, para transferir ese excedente a nuestros acreedores extranjeros.

Para dar un ejemplo: supongamos que, durante estos años, hemos producido 100 y consumido 110, pidiendo prestados 10 al exterior, y que ahora nuestros acreedores nos exigen que les devolvamos 10 cada año. Si no hacemos nada, nuestro consumo quedará reducido a 90. Si queremos mantener nuestro nivel de vida de 110, habrá que producir 120, es decir, un 20% más. El aumento de productividad que haría posible esa mayor producción tarda mucho en lograrse. Ya se ve, pues, que tanto la inversión -por las dificultades financieras- como el consumo languidecerán durante una temporada.

La segunda orientación nos la da la historia, que no es ni mucho menos una guía infalible, pero sí la única que tenemos. La experiencia de los últimos cincuenta años recogida en trabajos recientes indica que los efectos de una crisis sobre el producto son grandes, pero duran poco, mientras que el empleo tarda mucho más en recuperarse.

En resumen: lo poco que creemos adivinar sobre la duración de la crisis, entendida como periodo de crecimiento lento, parece exhortarnos a ser pacientes. Es cierto que la política fiscal, que constituye el grueso de las medidas adoptadas por los países europeos, tiene ahora un signo expansivo: se trata de bajar impuestos y subir gastos públicos; pero ese estímulo sólo puede ser transitorio, y va destinado únicamente a evitar una depresión.

La necesidad de corregir nuestro déficit con el exterior obliga, como hemos visto, a que la tendencia general, en lo público como en lo privado, sea hacia la austeridad, de tal modo que no hay que confiar en una mayor abundancia de recursos públicos más allá de los próximos meses.

Esta necesidad de apretarnos el cinturón es, en el fondo, una bendición, aunque muchos pensarán que viene muy bien disfrazada. Lo es porque sólo en periodos de austeridad es posible afrontar grandes reformas con efectos duraderos. Las reformas que exigen recursos extraordinarios extinguen sus efectos cuando esos recursos desaparecen. Además, sólo cuando uno está asustado está dispuesto a aceptar lo menos malo.

Un ejemplo de reforma abordable con pocos recursos es, aunque parezca paradójico, la de la educación. Que es necesaria todo el mundo lo sabe: sin ella no lograremos el aumento de productividad que nos permitirá mantener nuestro nivel de vida. Pero ¿es posible si no hay más recursos? Antes de escuchar la negativa de los expertos, tomemos como punto de partida, en lugar del axioma de que nada se puede hacer sin más dinero, algo que parece un hecho incontrovertible: en Finlandia, país más rico que España que posee un gran sistema educativo, los maestros cobran menos y trabajan más horas.

Con este hecho ante nosotros ¿seremos capaces de pensar que en nada puede mejorar nuestra educación si no aumenta el presupuesto?

La crisis tiene la ventaja de obligarnos a llegar al fondo de los asuntos. En este caso, de darnos cuenta de que es más importante colaborar en el aumento del pastel que pelearse por los pedazos del que ya existe: éste, si no hacemos nada, está destinado a reducirse. De nada sirve mirarlo fijamente, ni dar vueltas a su alrededor a ver si así parece mayor.

La única forma de hacerlo crecer es sentar las bases de un aumento sostenido de la productividad (¡que no se consiga, naturalmente, a costa de aumentar el paro!) y eso exige más esfuerzos comunes que negociaciones; quizá sea esto algo que debieran considerar nuestros políticos, y sus electores.

Alfredo Pastor, Profesor del Iese. Doctor en Economía por el MIT, fue secretario de Estado de Economía con Pedro Solbes.

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El coste de un precio bajo, de Eduardo Aguilar en Dinero en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 11 enero, 2009

PETRÓLEO

Uno de los aspectos más interesantes del actual periodo de crisis, tanto desde un punto de vista económico como político, es el fenómeno de la volatilidad e incertidumbre que se ha adueñado del mercado de la energía. La dura pugna entre Rusia y Ucrania por sus disputas gasísticas -que ha dejado sin suministro a buena parte de Europa Central y del Este- y la caída en picado del precio del petróleo son dos exponentes extremos de muchas de las cuestiones que están en juego. Pero tratemos de ordenar todos los temas.

En primer lugar, en épocas de crisis y de caída drástica de la demanda (la demanda de petróleo en Estados Unidos se encuentra a niveles muy por debajo de la del 2003), el precio del petróleo juega un papel de estabilizador, incrementando la disponibilidad de renta de los consumidores. Las quejas actuales se refieren, cuando las hay, al ritmo al que cae el precio para el consumidor y no tanto a su carestía relativa. Han desaparecido las protestas de transportistas, pescadores y agricultores que hace tan solo un año parecían incitar a tomar costosísimas medidas a los gobiernos (que, por lo general, aguantaron bien). El ciudadano occidental tiene hoy, gracias a la caída de los carburantes, un margen de renta mayor que hace un año y todo parece indicar que la situación va a continuar siendo así.

Ante esta situación, caben varias alternativas. La primera, la más liberal sería la de dejar que “este efecto positivo se aproveche y permita mantener los actuales niveles de vida (y consumo) favoreciendo el traslado de ese abaratamiento al consumidor. El sentido común, y no la ortodoxia económica, nos tiende a dirigir hacia una postura bien diferente. Teniendo en cuenta que este colchón de renta se produce por abaratamiento de un producto que importamos, que genera notables efectos perniciosos en el medio ambiente y que favorece solamente a los actuales consumidores, el economista estratégico debería defender, a riesgo de encontrar una oposición feroz a tal medida, alguna fórmula de gravar adicionalmente el precio del petróleo para evitar, en buena parte (quizás no en su totalidad) el beneficio llovido del cielo que supone este traslado de renta. Algunas voces se han manifestado ya a favor de esta contramedida.

Los beneficios de la misma son claros: al encarecer relativamente el precio del petróleo y sus derivados, promoverá el cuidado en su consumo y su sustitución en la bolsa de consumo del ciudadano al menos hasta donde sea factible. Además, en la medida en la que ya trasladamos a las generaciones futuras una buena parte del coste fiscal de esta crisis, es de justicia que caiga sobre nuestras espaldas, una parte del coste de la misma (no todo va a ser derivación a impuestos futuros).

Cuestión mucho más compleja y difícil es cómo asegurar que ese acaparamiento de renta se dedica a fines que favorezcan a todos (mayor ahorro, fondos de estabilización, seguridad social…).

El nuevo precio de la energía, del petróleo para ser más exactos, sugiere, en segundo lugar, una nueva referencia respecto a nuestra política energética. Cuanto más barato sea el petróleo más caros son, en términos comparativos, los esfuerzos en promover otras energías. A nivel de nuestro país equivale a encarecer doblemente cualquier prima que se pague por fomentar energías alternativas. ¿Quiere esto decir que no tiene sentido ya desarrollar otras fuentes energéticas? En modo alguno. Tiene igual sentido que antes, pero es más caro. Y si es más, caro tendrá más sentido ser prudentes en la aplicación de primas, directrices u otras medidas de fomento de energías caras.Porque, de seguir primándolas estaremos quitando al consumidor lo que el abaratamiento del petróleo le concede, pero sin eficiencia ni lógica económicas (ni mesura, ni límite). Además esta decisión sería tanto más gravosa en un momento en el que necesitamos de todos nuestros recursos.

El precio del petróleo es, en este sentido, un indicador de prudencia, del coste relativo de nuestras decisiones energéticas y del esfuerzo proporcional que debemos hacer para ser verdaderamente eficientes.

Por último, la última gran cuestión es la estratégica. El actual contexto de crisis, la posición política de Venezuela, la inestabilidad en Oriente Medio, los conflictos del gas ruso son, todas ellas, situaciones que llaman a un cada vez mayor aislacionismo y nacionalismo. Algo de este corte destilan muchas de las intervenciones provenientes de Estados Unidos y, en menor medida (por imposibilidad) de Europa. La prensa española, por ejemplo, se vanagloriaba esta semana de que España no sufriera el impacto de la “guerra” entre Ucrania y Rusia.

No parece que estemos aprendiendo mucho de una de las lecciones de la actual crisis internacional. Cualquier estrategia de futuro que tenga que ver con la economía debe basarse en el multilateralismo, en la coordinación entre zonas económicas y países, en modo alguno en un nacionalismo o independentismo aislacionista que nos devuelve a la prehistoria. Como dijo un reciente premio Nobel, “los mercados no se han creado para ello”. Así, una buena parte del equilibrio financiero global se basa en que varios de esos países exportadores de petróleo equilibren con sus exportaciones sus cuentas exteriores y que continúen proveyendo de liquidez y financiación a proyectos de todo tipo en los mercados financieros. Con el petróleo a menos de 50 dólares el barril, solamente los pequeños países del Golfo (Los Emiratos, Qatar…), Argelia y poco más, equilibran sus cuentas externas. Los demás (Venezuela, Irán…) serán incapaces de sostener su nivel económicos actual. Para el mercado y para el sistema financiero es esencial que quien tenga recursos energéticos sea capaz de venderlos y quien los consuma sea capaz de comprarlos, a un precio de equilibro que contemple, para siempre, aspectos medioambientales, de sostenibilidad y de seguridad de suministro.

Por todo lo anterior, cada vez que compruebo lo que ha bajado el precio de la gasolina, al repostar, me asalta la duda estratégica, me atormenta mi formación económica y me surge una sensibilización acerca de esa ventaja y la mejor manera de aprovecharla eficientemente. ¡Defecto de economistas, supongo!

EDUARDO AGUILAR, técnico comercial y economista del Estado. Ha ocupado varios puestos en el Ministerio de Economía y Hacienda. Hoy es director general de la Banca de Negocios en BNP Paribas.

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Despidos en La Voz de Asturias: un nuevo y vergonzoso episodio de la triste historia mediática de la Asturias democrática, de Juan Vega en su Blog

Posted in Derechos, Medios by reggio on 11 enero, 2009

blogvega

Solidarízate aquí con los trabajadores de

Solidarizate aqui con los trabajadores de La Voz de Asturias

A finales de enero del año 1980, se admitía a trámite la suspensión de pagos de Asturias Diario Regional, una aventura de comunicación impulsada y dirigida por Graciano García, iniciada en 1978, tres años después de la muerte de Francisco Franco. En la sociedad gestora, personajes de toda índole, en un equlibrio incomprensible sin la capacidad enredadora de otro genio de las estructuras inestables, Antonio Masip, pues allí se incorporó gente de Alianza Popular, la Unión de Centro Democrático, el PSOE, el PCE, el Movimiento Comunista de Asturias y Unidad Regionalista, dos chiringuitos extraparlamentarios con los que Masip jugaba, con ayuda del prochino Jose Uría Ríos, “Cheni” y su inseparable escudero Juan Álvarez. Aquello también le costó sus pesetas a Masip, que, me consta, puso dinero por más de uno de los insolventes personajes que incorporó al tinglado.

El Asturias nacía impulsado, como tantas otras aventuras del genial inventor de la Fundación Príncipe de Asturias, desde las oficinas de Constructora Asturiana, empresa por tantos motivos vinculada al régimen franquista y a la figura de la oventese Carmen Polo, que sin embargo no tuvo reparo alguno en poner sus ilusiones en las democráticas aventuras editoriales de García, siempre tentativa tras tentativa, hasta que con la ayuda de Sabino Fernández Campo metió un gol por la escuadra del sistema, y de las angustias económicas del Asturias Diario y del Asturias Semanal, pasó directamente a montar con gran pompa y no poca circunstancia, el escenario de la renaciente realeza española en el Teatro Campoamor y el Hotel de la Reconquista, que tantas locales vanidades contemplaron.

Un fenómeno G. G. De la quiebra del Asturias Diario a la creación de la Fundación, el 24 de septiembre de aquel mismo año de 1980, transcurrieron sólo ocho meses. ¿Cómo se las arregló nuestro hombre para enhebrar tantos hilos en tan poco tiempo? Algún día nos lo contará, pues cerca anda el momento en el que este singular tejedor de redes sociales empezará a repasar sus recuerdos, pero por el momento no puede dejar de producirnos una inevitable admiración tanto margen de maniobra. Entre él y Masip se bastaban y “se sobraban”, de aquella, para poner Asturias patas arriba. Y la pusieron más de una vez.

En la tierra de G.G. había un gran periódico que reinaba de manera indiscutida, La Voz de Asturias, vinculada a la plutocracia asturiana, olímpicamente presidida por Pedro Masaveu, desde la distancia que se establecía entre los dioses y la grasa. Por el medio aparecía un empresario bajo cuyo mandato se fraguó un conflicto que destruyó la fuerza del periódico, José Eladio Amado de Lema. La Nueva España, periódico del Movimiento Nacional, el ministerio salido de Falange Española y de las JONS hecha carne, había sido “privatizada” en 1984.

Estábamos en el reinado de Pedro de Silva. En la subasta de los Medios de Comunicación Social del Estado, que se celebró en Madrid, de Silva había enviado a su consejero de Hacienda, Faustino González Alcalde, a pujar, con dinero de la Caja de Ahorros de Asturias, en nombre de un confuso “grupo asturiano”, en el que aparecían de manera extraña y dispar, nada más y nada menos que los rutilantes y ascendentes Blas Herrero y José Cosmen Adelaida. Algunas malas lenguas dicen que todos jugaban a perder, y perdieron. Prensa Ibérica, un grupo con cuartel general en Canarias, cuyos “supercicutas” tenían el despacho en Barcelona, se quedó con La Nueva España, y Asturias empezaba a perder el control de sus medios.

Sólo dos años después, la plantilla de La Voz de Asturias entraba en una guerra de exterminio con la empresa, cuya dirección, en manos de los aún hoy activos, Lorenzo Cordero y Rodolfo Sánchez, el uno en la trinchera del rojerío opinador, y en la fontanería de Gabino de Lorenzo el otro, llevó al periódico líder al estrelladero, y en poco más de tres meses y un buen número de despidos por el medio, Amado de Lema se quitaba de en medio, la Caja de Ahorros de Asturias ponía la pasta, y el Grupo “Z” se quedaba con La Voz por la cara. El periódico más importante de Asturias dejaba de serlo, en plantilla y en lectores, pues aquel conflicto trasvasó el liderazgo de La Voz a La Nueva España, y así, la Caja, que no había podido comprar el periódico más rentable -según parece; algún día de Silva nos contará como fue la cosa en su columna de la empresa triunfadora-, sí pudo ponerle el dinero a “Z”, para que se fuese otro medio asturiano a Barcelona, mientras por aquí se decía que su línea se ponía al servicio del gobierno, cosa que según numerosos testigos presenciales no deja de ser bastante cierta, aunque tuvo etapas, pues las personalidades de Luis José Ávila, primer director que nombró “Z” y Faustino Álvarez, segundo, no tienen mucho que ver entre sí, y de hecho Ávila fue gentilmente recibido en el “Pozo Moqueta” de HUNOSA, bajo el reinado de José Ángel Fernández Villa.

En 1995, el entonces Grupo Correo, hoy Vocento, adquiría El Comercio de Gijón a un grupo de accionistas gijoneses presididos por José García Prendes-Pando, que durante una dilatada época habían mantenido en manos de Francisco Carantoña -también accionista minoritario- el control de un medio profundamente vinculado a la vida local gijonesa. Un año después, el mismo grupo compraría La Voz de Avilés a los Wes, familia avilesina históricamente vinculada al último y ya residual superiviente de lo que fue la historia de una prensa asturiana que con esas dos últimas operaciones pasaba definitivamente a mejor vida, pues a partir de ese momento, la comunicación quedaba en manos de tres de los grandes grupos de medios regionales españoles.

Pronto hará casi quince años que Asturias no tiene un periódico vinculado ni a sus empresarios ni a sus ciudadanos, ni a sus instituciones políticas o sociales, sino que tan sólo dispone de tres terminales que son un fiel trasunto del estado financiero de sus grupos matrices, “Z”, Prensa Ibérica y Vocento. El fallecimiento de Antonio Asensio en el 2001 dejó al Grupo “Z” en una situación de extremada debilidad, tal y como suele ocurrir cuando desaparecen los “capitanes de empresa” del capitalismo familiar, y no tardarían en producirse sospechosas operaciones de segregación de activos que culminaron con la venta de la nave y la rotativa que el conglomerado tenía en Puente Nora, Lugones. Fueron años de agonía y descapitalización económica y profesional, los periodistas más destacados huyeron del medio y lo que se abrió en la calle de la Lila de Oviedo era ya una estructura sin soporte patrimonial ni medios, el periódico empezó a imprimirse en instalaciones de Vocento, la opinión se redujo al mínimo y la empresa segregada, propietaria de la cabecera, quedó a merced de las tormentas.

Ahora La Voz de Asturias es el eslabón más débil del grupo encabezado por el Periódico de Cataluña, que empieza por despedir a 531 de los 2.300 trabajadores de la empresa, en una situación dramática para los despedidos en Asturias, que en absoluto tranquiliza a los que no han sido incluídos en esta drástica medida, dado que se habla de extraños proyectos que sugieren la venta de la cabecera y la reducción de la redacción al ámbito de Oviedo, donde la presencia y la influencia del medio es baja ya, lo que hace sospechar lo peor.

¿Puede sobrevivir la democracia en Asturias en un momento en el que la crisis global de los medios impresos enseña su peor cara, con el cáriz que toman los acontecimientos? Lo sucedido con Teleasturias, única televisión privada regional, acosada por el gobierno socialista de Vicente Álvarez Areces, que apuesta estratégicamente por quedarse con un único gran medio regional, de carácter público, la TPA, nos hace ponernos en lo peor. De momento, La Voz de Asturias vive su conflicto en silencio, dado que carece de apoyo mediático. La respuesta de los grupos políticos ante el antenicidio de Teleasturias fue dramática. A Teleasturias le quedan dos telediarios con la inminente llegada del apagón analógico, y el cierre de Localia, así como los despidos en Oviedo Televisión y otros medios, presagian una reconversión del sector en toda regla, que se acumula al escandaloso resultado del concurso para la adjudicación de licencias de televisión digital, que se otorgaron a empresas inexistentes, dejando fuera a otras a las que se obliga a cerrar. ¿Qué tienen que decir a todo esto las supuestas fuerzas vivas de Asturias, los agentes políticos y sociales? Se espera una respuesta urgente, y más en una sociedad que está financiando importantísimos “planes de rescate” con fondos públicos para bancos e inmobiliarias, empresas que tienen muy poco que ver con el desarrollo de la democracia y sí, por el contrario, con la financiación de la partitocracia incrustada en las instituciones.

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Debt-deflation, de Manuel Conthe en su Blog en Expansión

Posted in Economía by reggio on 11 enero, 2009

Traducción propuesta: Deflación por sobre-endeudamiento

Concepto

La teoría de la debt-deflation fue formulada en los años 30 por el célebre economista americano Irving Fisher para explicar la Gran Depresión y otras crisis financieras anteriores, en las que el simultáneo intento de muchos deudores por ahorrar para hacer frente a las elevadas deudas contraídas durante una fase previa de euforia provoca una caída general de precios (“deflación”) que aumenta el valor real de las deudas, lo que, al hacer su pago todavía más gravoso, agrava aún más la recesión.Ese proceso acumulativo puede llevar a una paradoja que Fisher formuló así: “When over-indebtedness is so great as to depress prices faster than liquidation, the mass effort to get out of debt sinks us more deeply into debt” (“Cuando el sobre-endeudamiento es tan grande que la caída de los precios es más rápida que el de reembolso [de deudas], el esfuerzo colectivo por reducir deudas nos hundirá más en el endeudamiento”). O de forma aún más concisa: “The more the debtors pay, the more they owe” (“Cuanto más pagan los deudores, más deben [en términos reales]”).

La teoría de Fisher es congruente con otra célebre explicación de las depresiones -la “Teoría Austríaca del Ciclo Económico“, cuyos principales autores fueron Von Mises y su discípulo Hayek-, que las concebían como resultado de una previa sobre-inversión impulsada por la expansión del crédito bancario y un tipo de interés demasiado bajo. También casa con la “Hipótesis de la Inestabilidad Financiera” del post-keynesiano Hyman Minsky, para quien en las etapas de bonanza prolongada se minusvaloran los riesgos y se siembra la semilla de la posterior crisis (véase “Perder hasta la camiseta“).

De tales concepciones se hicieron eco en la presente década Claudio Borio, William White y otros economistas del Banco de Pagos Internacionales de Basilea (en inglés, BIS), que alertaron -con poco éxito- de que la prolongada e intensa expansión del crédito y del precio de la vivienda y de otros activos que se estaba produciendo en muchos países industrializados era insostenible y llevaría, en su momento, a una crisis financiera, pudorosamente descrita como un unwinding of financial imbalances (“corrección violenta de los desequilibrios financieros”).

A diferencia de los teóricos de la Escuela Austríaca -que durante la Gran Depresión de los años 30 propugnaron que las autoridades se mantuvieran pasivas ante la crisis, pues ésta era la saludable e inevitable “purga” de los excesos previos e inversiones equivocadas-, Fisher se mostró partidario de la adopción de medidas que frenaran la deflación y evitaran “the so-called natural way our of depression, via needless and cruel bankruptcy, unemployment and starvation” (“la llamada solución natural de la depresión, mediante una cruel e innecesaria quiebra, desempleo y hambruna”). Por eso, elogió las medidas de “reflación” impulsadas por el presidente Roosevelt. Lord Robbins, un economista británico discípulo de Hayek, reconocería años después el error de la Escuela Austriaca al propugnar la pasividad frente a la Gran Depresión: era “como no envolver en mantas a un borracho que se cae en un estanque helado aduciendo que el accidente obedecía a un acaloramiento excesivo”.

Como expuse en “El alquimista paciente“, la decidida política monetaria que está siguiendo en Estados Unidos la Reserva Federal para evitar la deflación obedece, precisamente, a la espiral depresiva que ésta produce, especialmente en una economía sobre-endeudada. Al mantener estable el nivel general de precios y reducir drásticamente los tipos de interés nominales, los Bancos Centrales evitan que el problema del sobre-endeudamiento se agrave e incluso, al estimular la actividad económica, contribuyen a aliviarlo parcialmente; pero, por desgracia, la política monetaria por sí sola no elimina la raíz del problema, que está en la falta de confianza que suscita un nivel de endeudamiento que, iniciada la crisis, se juzga excesivo. De ahí que las crisis económicas vinculadas a crisis financieras -como la que estamos viviendo en todo el mundo desde 2007-sean más profundas y prolongadas de lo normal, y exijan remedios extraordinarios.

Traducción

En la teoría de Fisher la deflación es la consecuencia del excesivo endeudamiento previo y hace que el valor real de las deudas aumente. Por eso, debt-deflation NO debe traducir, como se hace a veces, por “deflación de deudas”, porque esa traducción invierte equivocadamente el sentido de la expresión inglesa: las deudas, lejos de disminuir en valor real, aumentan a medida que caen los precios.

Una traducción sencilla y literalmente fiel al término inglés sería “deflación por deuda(s)”. Pero, a mi juicio, la expresión “deflación por sobre-endeudamiento”, aunque más larga, refleja con mayor claridad la esencia de la teoría de Fisher.

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Ciclos, de Alfredo Zaiat en Página 12

Posted in Economía by reggio on 11 enero, 2009

Uno de los temas de estudio que ha provocado una vasta producción en la ciencia económica ha sido el de los ciclos. Casi todas las escuelas de pensamiento de esa disciplina han abordado ese misterio del movimiento más o menos periódico de la economía, proceso que parte de un estado de prosperidad, pasa a una fase de recesión, luego a una de recuperación para volver a alcanzar la bonanza. El análisis de los ciclos es una de las materias más fascinantes y, a la vez, más compleja de la ciencia económica. Han sido categorizados en ondas cortas, medias y largas, con bases interpretativas diversas según la ideología de sus exploradores. Pero más allá de las diferentes cosmovisiones, se considera al ruso Nikolai Kondrátiev (1892-1938) el fundador y primer expositor sistemático de la teoría del ciclo económico largo. Este proceso está basado en leyes generales que gobiernan las economías capitalistas, más que en factores políticos o institucionales específicos de países o períodos particulares. Sin embargo, como explicó Joseph Schumpeter, principal divulgador de las ideas de Kondrátiev, “cada fluctuación económica constituye una unidad histórica que no puede explicarse sino mediante un análisis detallado de los numerosos factores que concurren en cada caso”.

La sucesión de crisis y de temblores de la economía argentina en los últimos treinta años ofrece un desafío mayúsculo a los especialistas en analizar ciclos, precisamente por esos numerosos factores involucrados que mencionaba Schumpeter. Una forma de abordar esta cuestión, en forma parcial y restringida dada la complejidad del tema, es estudiar el ciclo del capital con las particularidades que asume a nivel doméstico. Esas características locales tienen un componente predatorio del capital que sobresale sobre otras experiencias. En otras palabras, esos rasgos especiales del poder económico consisten en la obtención de ganancias extraordinarias en poco tiempo, lo que define la duración del ciclo de prosperidad y lo que explica en parte la escasa duración de las ondas de auge. En un corte arbitrario del período económico, aunque fundador por haber comenzado el modelo rentístico-financiero, se puede iniciar mencionando la tablita de Martínez de Hoz, pasando luego al Plan Austral, posteriormente a la convertibilidad y ahora al denominado modelo productivo. En ese ciclo del capital, esas fases han ido condicionando al ciclo político, y no al revés, como se presenta en las corrientes de divulgación tradicional.

En cada una de esas experiencias, con factores locales y externos que influyeron en su desarrollo, un atributo notable es el apoyo inicial del sector del capital a esos procesos, que coinciden en esa primera etapa con tasas de ganancias fabulosas con la contrapartida de una profunda depresión de los ingresos salariales. A medida que se va recuperando la demanda por fuerza de la mejora de la economía, empiezan a disminuir naturalmente esas fantásticas tasas de ganancias. Frente a ese lógico proceso, la respuesta del capital se concentra en incrementar el endeudamiento con objetivos diversos y en disponer un menor ritmo inversor, al tiempo que decide aumentar los precios y la distribución de dividendos entre los accionistas. De esa forma se va aprestando el escenario de deterioro para preparar un nuevo ajuste, que en general se traduce en una fuerte devaluación que permita recuperar esas extraordinarias utilidades reduciendo en forma drástica el componente salarial. Así se van definiendo también los tiempos políticos y las discusiones sobre el rumbo económico.

En los años anteriores al estallido de la convertibilidad, los bloques del poder económico que durante la etapa de auge habían constituido la santa alianza para el desguace del Estado dividieron su opción entre devaluación (industriales y exportadores) y dolarización (privatizadas y bancos). Una u otra alternativa permitiría al grupo triunfador la recuperación de esas elevadas tasas de ganancias. Ya se sabe cuál fue el vencedor. Hoy la puja principal no se desarrolla al interior del bloque de poder, donde igualmente existen dos modelos en disputa, sino que la tensión se expresa entre devaluación y empleo-salario. La presión por un brusco ajuste del tipo de cambio tiene como expresión visible a economistas de la city soldados de ese poder y a cierta heterodoxia que minimiza esa disputa. No se trata de un debate sobre la necesidad de contar con un tipo de cambio real competitivo, sino del camino a transitar para volver a recuperarlo. Más aún en un contexto internacional con una descomunal volatilidad cambiaria, que, por ejemplo, dispara el real de 1,56 a 2,30, luego baja a 2,10 para trepar a 2,60, para ubicarse ahora en 2,27 luego de tocar un mínimo de 2,15 en esta semana. Lo mismo sucede con la paridad dólar-euro. En este confuso panorama que ofrece la crisis internacional, cualquier ajuste cambiario desproporcionado puede convertirse en una sobrerreación con costos mayores a los supuestos beneficios de una mejora cambiaria. La administración kirchnerista va haciendo equilibrio en esa puja que tiene en un rincón a los partidarios de una fuerte devaluación y en el otro a los enrolados en la protección del empleo y la defensa del salario real. Por ahora el Gobierno se ha inclinado por este último. Pero existe en su interior una corriente que alienta un ajuste más veloz del tipo de cambio con el argumento de que la crisis internacional brinda la oportunidad de aplicarlo sin el riesgo de una traslación rápida a precios.

Detrás de esa tensión existe el debate económico de fondo, que se encuentra en consolidar un modelo industrialista con crecimiento del mercado doméstico o su reversión a uno agroindustrial exportador. Por esta segunda opción se inclinan la denominada burguesía nacional y las multinacionales que operan en el país, porque de ese modo les aseguraría rentas elevadas con tipo de cambio alto y salarios retrasados. La discusión respecto de las retenciones, que entre otras cualidades es un instrumento que establece tipos de cambio diferenciales para fomentar el desarrollo industrial, es la exteriorización de esa pelea de fondo sobre el modelo de desarrollo.

En esa puja, la debilidad de la administración kirchnerista se observa cuando pretende navegar esos mares turbulentos recostándose en los eslabones más concentrados de la economía. Estos, más allá de alianzas coyunturales que pueda construir el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, responden a la ya mencionada lógica doméstica del ciclo de capital. La intención de reconstituir una burguesía nacional es más compleja que el simple reemplazo de operadores internacionales por locales. Una de las muestras más notables de la ausencia de esos actores como factores dinámicos de un modelo de desarrollo fueron los comunicados de la UIA, AEA y ACDE emitidos a fines de año, motivados por el fin del negocio de las AFJP con el dinero previsional de los trabajadores. En esos manifiestos repitieron los tradicionales eslóganes de una economía para pocos. Uno de los desafíos para romper con ese destino que quiere imponer el ciclo de capital doméstico, que se refleja en la presente puja en el terreno político hegemónico, consiste en recrear un sector empresario con vocación de desarrollo nacional. En ese tránsito resulta relevante el desenlace de la tensión que hoy se presenta entre la estrategia de una fuerte devaluación y la preservación del empleo y el salario real.

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