Reggio’s Weblog

La invención de la infancia (I) y (II), de Carmen Iglesias en El Mundo

Posted in Derechos, Justicia by reggio on 10 enero, 2009

TRIBUNA LIBRE

Si un niño muere, todas las sociedades son culpables», exclamaba hace unas semanas una alta autoridad académica, posiblemente ante las noticias recientes de niños maltratados, de bebés abandonados o torturados -incluso escandalosamente en nuestras sociedades desarrolladas-, o quizás ante la injusticia de los miles de niños en otros países forzados salvajemente a convertirse en pequeños y mortíferos guerreros asesinos, o en trabajadores en minas, industrias, faenas agrícolas -que nos recuerdan remotamente un pasado occidental de industrialización no tan lejano-, o simplemente recordando el número escalofriante de los millones de niños que mueren o arrastran las lacras de desnutrición, enfermedad, maltrato, prostitución, desarraigo, carencias de todo tipo.

En cualquier época histórica, los niños han sido rehenes y víctimas de circunstancias políticas e ideológicas (no hay mas que recordar la famosa cruzada medieval de niños para conquistar Jerusalén), pero su vulnerabilidad nos resulta ahora doblemente dolorosa cuando de forma impactante vemos en directo el sufrimiento y la muerte de los inocentes en el contexto de conflictos bélicos de naturaleza y origen diverso, sometidos a campos de fuerzas en los que los fundamentalismos, la irracionalidad, el fanatismo y el uso de la fuerza provocan unas matanzas particularmente odiosas e inasimilables. Por todo ello, casi todo el mundo adulto, sobre todo en la sociedad desarrollada, suscribiría la sentencia condenatoria que a todos nos incluye.

En términos generales, la sensibilidad occidental de comienzos del siglo XXI hacia los niños viene marcada por el reconocimiento y exigencia de sus derechos, de su dignidad, de su protección. Pero algo que parece hoy tan natural como es la protección al inocente, a la infancia desvalida del mundo, es un sentimiento y una actitud bastante reciente en la historia humana. Ni mucho menos fue siempre así.

La ambivalencia hacia lo infantil -hacia unos seres situados todavía cerca de la supuesta espontaneidad de la naturaleza bruta, incapaces de habla racional, pero al tiempo aún incontaminados e inocentes en su ignorancia- se tradujo desde los griegos en una consideración generalmente negativa respecto a la infancia o, al menos, bastante indiferente, en escala similar a las categorías inferiores de los esclavos y de las mujeres; predominó por tanto una visión del niño como un ser incompleto, un simple adulto en pequeñito -quizás algo retrasado-, no individualizado ni valioso en sí mismo mas que por el adulto potencial que llevaba. Las raíces latinas de infans-ntis y de infantia-ae son bien expresivas: mudo, que no habla / incapaz de hablar, infacundo / niño, infantil, pueril… Infacundia, infancia, niñez.

Aunque el cristianismo introduce nuevos factores, la creencia en el pecado original y la perspectiva agustiniana de la existencia del mal refuerza en ciertos sentidos esa visión negativa predominante, aunque no sea única. Lo que no está reñido en absoluto con la voluntad de descendencia. Los hijos son siempre un bien necesario, preferentemente si son varones, tanto para la pervivencia y continuidad del linaje y la familia, como también un seguro para la vejez del padre -especialmente en este caso para las familias pobres-. La esterilidad de cualquier mujer fue considerada como una maldición durante muchos siglos y sólo en los conventos las mujeres estaban a cubierto de ese menosprecio.

Pero, pese a la idealización de la maternidad y del niño en la representación de escenas bíblicas o, a partir sobre todo de la Baja Edad Media, de las escenas piadosas y entrañables de la Virgen con el Niño, incluso amamantándolo, creo que no hay que confundir la necesidad de los hijos, de los niños, con la consideración específica, siempre ambivalente, que se da en general a esos niños. La infancia asusta en cierto sentido -sigue asustando o asombrando incluso ahora y de ahí la inevitable tensión e inseguridades en la relación padres-hijos- y se tiende a regular de una u otra forma. En lo que llamamos Antiguo Régimen -un periodo que sabemos cuándo termina, 1789 como fecha simbólica, pero no cuando empieza, pues la modernidad lo atribuye vulgarmente a todo el tiempo histórico que le antecede-, esa regulación se basa en la desconfianza y en el autoritarismo frente a la niñez y la infancia.

Mas todo cambia en el mundo occidental a partir del siglo XVIII. Una nueva sensibilidad ha ido surgiendo respecto a los niños, un descubrimiento del niño, un sentimiento de la infancia que se convertirá en nuestro sentimiento actual, siempre creciente a partir de entonces. Una nueva mirada que deja de considerarles como adultos en pequeño, vistos con mayor o menor indiferencia, para empezar a convertirse en el núcleo alrededor del cual gira la familia y a individualizarse como personas singulares e insustituibles. Una nueva sensibilidad que empezó a perfilarse en ciertos círculos restringidos cultos de finales del siglo XVII, especialmente en Inglaterra y en Estados Unidos, y que se fue extendiendo con la Ilustración por determinadas elites europeas de Francia, Italia, España, Centroeuropa, para luego ir calando en distintos estratos sociales a lo largo del XIX y XX, hasta llegar en el siglo XXI en algunas sociedades desarrolladas a transformar el nuevo aspecto positivo de lo infantil en algo a imitar o mimetizar, rodeado de una aureola traspasada por el romanticismo de lo espontáneo, y desembocar en una cierta infantilización de la sociedad actual e incluso en varios aspectos en una suerte de tiranía del niño sobre padres, profesores y adultos.

Aunque ese proceso general de sensibilización es comprobable en nuestra área cultural occidental y en el periodo de estos dos siglos largos desde que surgió, es obvio que no fue un proceso homogéneo, sino muy complejo y singular según países y épocas. Desde el punto de vista historiográfico, falta todavía mucha investigación pormenorizada por regiones y países; hay también una escasez de fuentes sobre todo respecto a las clases populares, pero, en el estado actual de conocimientos, sí es observable la transformación paulatina más o menos acelerada y con más o menos solapamientos, según los casos, de la organización familiar extensa, comunitaria, a un tipo de familia nuclear, patriarcal en primer lugar, que supuso unos cambios profundos tanto para las mujeres y el sentido del matrimonio, como para los niños sobre los que se empieza a ejercer una protección y control individualizado, en donde la familia, la Iglesia y el Estado cobran unas funciones antes prácticamente inexistentes.

Vaya por delante que en ningún caso se puede caer en la ensoñación de proyectar utopías de transparencia y comunicación feliz en sociedades comunales antiguas, generalmente en el nivel de subsistencia, en las que, desde una perspectiva histórica, existieron parecidos o peores problemas de lucha por la vida, de frustración, de condiciones materiales e inseguridad y mortalidad extrema, tan complejas o aún más difíciles que en nuestras sociedades competitivas modernas, y en las que la suerte de los niños, los más débiles, no fue nada envidiable.

La historia de la mutación cultural respecto a la infancia va unida, naturalmente, a transformaciones materiales de profundo calado que desembocarían en la Revolución Industrial y en un mayor bienestar y riqueza, que no es el caso examinar aquí, pero también es correlativa a una profunda transformación de creencias, mentalidades y actitudes que experimenta la institución familiar, especialmente las mujeres en su función de esposas y madres. Como han señalado diversos historiadores (Stone, Flandrin, Ariès, Gélis, etcétera), el siglo XVIII es testigo del surgimiento explícito y recomendado del amor familiar como paradigma: entre cónyuges o entre amantes, entre padres e hijos, especialmente entre la madre y su bebé. No es que antes no existieran esos sentimientos, como es obvio, pero su posible manifestación era muy distinta y en ningún caso se instalaba en el núcleo duro de las relaciones familiares y sociales.

El surgimiento desde finales del siglo XVII en ciertos estratos cultos anglosajones de lo que se ha llamado individualismo afectivo y la creencia que se extiende en el siglo ilustrado de que hay que procurar la felicidad en esta vida -lo que no implica la exclusión de la creencia en la otra, pero la desplaza de su omnipresencia u objetivo único- son fundamentales para entender el proceso. Hay que recordar que tradicionalmente, y de hecho en casi todas las sociedades humanas, el matrimonio es producto de un intercambio o contrato entre familias y grupos, con finalidades sociales, económicas y mentales muy diversas.

El posible amor o afecto de los contrayentes nada tiene que ver. El hecho de que en la institución se introduzca una variante tan importante como la necesidad teórica de ese individualismo afectivo tendrá consecuencias dispares en la modernidad. Por lo demás, el siglo XVIII es el siglo de la extensión de la civilidad, de unas nuevas maneras de urbanidad e incipiente desarrollo de la higiene y de prácticas médicas diferentes y, lo que es decisivo, de un ligero retroceso de la mortalidad general -según las zonas- que repercute, en lo que respecta a la infancia, en una actitud en los adultos que ya no es de absoluta resignación y distancia emocional frente a la galopante desaparición de los niños en los primeros años de su vida. Los niños dejan de ser intercambiables o sustituibles unos por otros, en la medida en que pueden sobrevivir mejor.

Desde finales de siglo, también en esos círculos restringidos cultos, aparecen por primera vez medidas anticonceptivas que no habían traspasado nunca la frontera que separaba la vida libertina o la prostitución de la vida familiar, y esa limitación voluntaria de nacimientos, correlativa a un incipiente proceso de secularización y de cierta liberación sexual que comienza a separar el placer y la procreación, paradójicamente no se debe al rechazo de los hijos, sino que refuerza la atención y el cuidado que se les debe -dice una fuente sobre la época-, puesto que exige mayores energías de todo tipo: «amor, esfuerzo, tiempo y dinero».

Nuestra sensibilidad y actitud actual hacia los niños, procedente de esas transformaciones paulatinas que desde el siglo XVIII experimentan las sociedades desarrolladas, con la introducción de ese «individualismo afectivo» en el núcleo familiar y relacional en general, puede medirse cuando comparamos las actitudes tan distintas de siglos anteriores, en contextos de supervivencia y de fragilidad que no conviene olvidar pues es un pasado relativamente reciente y desgraciadamente actual para otras regiones del mundo.

Cuando la muerte está siempre presente

En la numerosa información de nuestra actualidad sobre la situación de la infancia en distintos lugares del mundo, se aludía no hace mucho al hecho, conocido por los medios con motivo de un viaje de la Reina, de que en alguna isla indonesia no se da ningún nombre a los recién nacidos hasta cumplidos al menos seis meses, a fin de asegurarse al menos esa corta supervivencia y no sufrir el desgarro emocional por una tan breve vida. Pues, en una sociedad con una alta mortalidad infantil, si el bebé muere sin nombre, es más una categoría que un individuo. Esa era también una práctica occidental durante los largos siglos en los que la mortalidad infantil rondaba entre el 30% y el 50% de media, según la demografía histórica ha podido reconstruir en buena medida a través de documentos parroquiales, notariales, testamentarios y otros. Según datos de Pérez Moreda, de esa media de niños, un 75% aproximadamente no llegaba al primer año, un 60% alcanzaba los 10, y sólo un 50% superaba los 15 años. Demasiada carga para ser soportada por unos adultos que, por su parte, tenían una media de vida entre los 32 y 40 años. Todavía en el siglo XIX los niveles de mortalidad, en bastantes zonas europeas, para niños menores de cinco años seguía siendo del 500 por 1.000. Y en algunas regiones y en ciertos sectores (los niños expósitos, por ejemplo), esos índices pueden llegar en algunas ocasiones al 70% de muertes e incluso a casi el 100%. Adam Smith, ya en la segunda mitad del XVIII, todavía da datos escalofriantes, aunque sean referidos sólo a Escocia y en relación a la pobreza de la región: «Es muy común -escribe- en las montañas de Escocia (…) no tener dos hijos vivos una madre que ha llegado a parir 20 (…), son muy pocos los niños que llegan a la edad de 13 o 14 años. En algunas partes mueren por lo regular antes de la edad de cuatro, en otras antes de los siete y en las más sin llegar a la de 10».

Nada por tanto puede entenderse de la historia de la infancia y de la vida del Antiguo Régimen sin tener en cuenta la omnipresencia de la muerte en todas las edades y en toda condición, pero en especial en los niños. Por eso, cuando leemos en un Montaigne que «se le han muerto dos o tres hijos»; cuando comprobamos que se repite una y otra vez entre hermanos el mismo nombre, incluso sin haber fallecido el anterior; cuando constatamos en sus correspondencias y testamentos la resignación de un Felipe II y de otros monarcas y notables ante la muerte de sus hijos, no podemos aplicar nuestro sentimiento actual a la pérdida prematura de aquellos niños. Ante la fragilidad de esos bebés y niños que apenas llegan a los siete años -la «edad de la razón» según fuentes eclesiásticas y civiles de la época-, comprendemos el esfuerzo humano por reducir en lo posible el capital emocional volcado en cada niño que nace, con el fin de poder mantener un cierto equilibrio y cordura ante la muerte continua. Fue frecuente también no hacer constar el nombre individual de los varones -y sobre todo el de las hijas- hasta que heredaban, si es que ese era el caso.

Las edades infantiles

Si sobrevivían, la vida de los niños en el Antiguo Régimen se estructuraba fundamentalmente en tres períodos que, a grandes rasgos, siguieron vigentes en el siglo XVIII, si bien fueron cambiando actitudes y prácticas a medida que se extendía ese nuevo sentimiento de la infancia y según convergían o luchaban por su control ese triple círculo de interés que empieza a rodear al niño: familia, Iglesia, Estado.

Desde su nacimiento hasta los dos años (en algunas zonas hasta los tres o cuatro), en que se produce el destete, a los bebés supervivientes se les envolvía nada más nacer en pañales o vendas como pequeñas momias -según zonas durante más o menos meses-, siguiendo la práctica tradicional procedente de la antigua Roma y utilizada en todas las clases sociales, con más o menos entusiasmo según épocas y regiones, hasta el mismísimo siglo XX. Fue una costumbre, basada en la creencia de que así se evitaban deformaciones y otros problemas, que sólo comienza seriamente a ponerse en cuestión en el siglo XVIII, a través de las críticas ilustradas: «Apenas ha salido el niño del vientre de su madre… cuando se le ponen nuevas ligaduras. Le fajan, le acuestan con la cabeza fija, estiradas las piernas y colgando los brazos, le envuelven con vendas y fajas de todo género, que no le dejan mudar de situación…», denuncia Rousseau, citando a Buffon y siguiendo la estela de Locke y algunos moralistas y médicos que desde finales del siglo XVII abominan de una práctica que oprime el cuerpo del bebé y coarta su libertad de movimientos.

Además de la cuestión del fajado, el otro gran núcleo de discusión ilustrada sobre estos temas gira alrededor del amamantamiento de los bebés. Está documentado que al menos ya en el siglo XIV, en las clases medias de las ciudades, en diversos lugares de Europa, existía la práctica de dejar al cuidado de amas de crías el amamantamiento, y ésta fue una costumbre que perduró a lo largo de siglos -con mayor o menor intermitencia según regiones y épocas- en prácticamente todos los grupos sociales, incluso en el campo. Una práctica ancestral que constituía un auténtico oficio para mujeres generalmente pobres, y que, en algunas épocas, convirtió el amamantamiento de niños ajenos en un particular negocio. No hay que guiarse por tanto exclusivamente por la visión que tenemos actualmente de las nodrizas que las clases pudientes mantienen en el siglo XIX y primera parte del XX, o por la otra vertiente de amas de crías contratadas en los hospicios o que amamantaban en el campo a varios niños a la vez -lejos de sus padres- y tenía como consecuencia una mortalidad de los niños de pecho que rozaba cifras espeluznantes. Ambas situaciones fueron reales, pero el problema básico de largos siglos radicaba en la dificultad real de las mujeres -debilitadas por partos y pospartos siempre peligrosos- y en la duración de tales amamantamientos -entre 18 y 24 meses, e incluso en ocasiones hasta los cuatro años del infante-, al no existir alimentos alternativos a la leche maternal. Cuando la crítica moralista y médica ilustrada insta a las mujeres a dar siempre el pecho a sus bebés y hace responsables a las madres de la mortalidad de sus hijos por no amamantarles, además de incidir en el costo económico que el sistema representaba para familias de clase media, sitúa a las mujeres muchas veces entre varias fuegos. Uno de ellos fue sin duda la obligación de lo que se llamaba el débito conyugal («incluso -debe aceptar la esposa, decía un manual eclesiástico de la época- el beso del cónyuge leproso»), que se dificultaba con el amamantamiento y que creaba la disyuntiva entre el hijo o el marido. Sólo el desarrollo de la Medicina, de la higiene y de técnicas alimentarias artificiales, junto con el despegue material y mental de la sociedad occidental, hicieron superfluas las amas de leche. Pero de la importancia de la cuestión da fe la propia actualidad de nuestros días, desde los debates sobre si la lactancia materna influye o no en la inteligencia de los niños, sobre sus efectos secundarios, o sobre lo que se ha llamado «la revolución de la teta» en el mismo 2008.

Del destete a la «edad de la razón», de los dos a los siete años, era quizá la fase más libre y relativamente feliz para los niños, cuando volvían al hogar familiar a los dos o cuatro años y se criaban bajo la supervisión de las mujeres, pero en un ambiente de cierta tolerancia indiferente. El corte abrupto a los siete años -pasando de la permisividad indeterminada anterior a la educación estricta o al trabajo en el campo o en la ciudad, según la procedencia social- marca toda la etapa siguiente de la difícil pubertad, entre los siete y los 14 o 15 años (si se tiene en cuenta que en el caso de los varones no llegan a casarse, cuando lo hacen, entre los 24 y 27 años, se crea una masa de cierto energumenismo adolescente y frustración juvenil que preocupó mucho a los responsables de orden social y que, según algunos historiadores, fue una fuente de sublimación hacia la aventura y la innovación en algunos aspectos).

Aunque la introducción de ese «individualismo afectivo» a partir del siglo XVIII en determinados ámbitos familiares se vio que modificaba positivamente la actitud de los adultos hacia los niños, el problema de la socialización y la educación en la sociedad patriarcal que está ya prácticamente estructurada en los siglos XVIII y XIX sigue diversos caminos. Puede observarse, paradójicamente, como en la medida en que se desarrolla el cuidado y la atención hacia la infancia, se va ampliando su vigilancia y la preocupación para que no crezcan en direcciones equivocadas. Si la nueva visión de la infancia y de su educación se orienta desde luego a desarrollar las potencialidades del niño, este desarrollo podía en teoría realizarse fundamentalmente por medios permisivos -línea que se impondrá desde finales del siglo XX-, o por medios coercitivos principalmente, a través de procedimientos más o menos agresivos que intentan domesticar la voluntad y el deseo omnipotente infantil. Indulgencia, persuasión y afecto en unas ocasiones, y, por otro lado, un «autoritarismo cariñoso» que utiliza incluso la violencia física (la práctica de los azotes -ya utilizada desde la época medieval- en una sociedad autoritaria y patriarcal, sobre todo en el trasero, había sido incluso celebrada entusiásticamente por algún clérigo inglés del siglo XVII, que creía firmemente que «Dios había diseñado en el cuerpo humano las posaderas para que pudiesen ser azotadas sin lastimar gravemente a la persona»).

Pero también paradójicamente, en esa sociedad que empieza a ser orientada al niño se producirá un incremento galopante de abandonos o exposición de recién nacidos y niños pequeños que, entre 1760 y 1830 alcanzará cotas inimaginables en los países europeos, particularmente en Inglaterra, Francia, España e Italia, según los datos de los que se dispone. El mundo dickensiano coexiste con las primeras disposiciones que obligan a los padres a cuidar a los hijos, con la creación de los primeros juguetes de entretenimiento, de los primeros libros infantiles (en 1745 se crea en Londres la primera librería infantil). La presión sobre los padres y la carga de responsabilidad sobre los adultos, además de la creciente tendencia intervencionista del Estado, son rasgos de nuestra sociedad actual que, unidos al desarrollo tecnológico y científico, y al cambio de mentalidades y costumbres, marcan un perfil complejo en la relación con niños y adolescentes y en la evolución del sentido y organización de la célula familiar y de la sociedad en general.

Carmen Iglesias es presidenta de Unidad Editorial y miembro de la Real Academia Española y de la Real Academia de la Historia.

© Mundinteractivos, S.A.

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