Reggio’s Weblog

500% de deuda sobre PIB o la amenaza de la hiperinflación, de Fernando Suárez en El Confidencial

Posted in Economía by reggio on 9 enero, 2009

El día de Nochebuena de 1541 quedó oficialmente inaugurado uno de los murales al fresco más bellos jamás concebidos, el Juicio Final pintado por Michelangelo sobre el ábside de la Capilla Sixtina. El escándalo de hercúleos desnudos y heréticas poses recomendó la posterior contratación de Daniele Ricciarelli, discípulo de Miguel Ángel, para cubrir con calzones y paños las partes pudendas que tanta vergüenza causaron, encargo inconcluso que, no obstante, le harían acreedor del apodo Il Braghettone.

Ocultar la obvia realidad, disfrazar la evidencia, tergiversar el natural devenir de las cosas es una técnica pictórico-artística que, tarde o temprano, precipita. Las mentiras cojean de ambas piernas y, en palabras de Marshall McLuhan, sólo los secretos insignificantes necesitan protección. Los grandes descubrimientos están protegidos por la incredulidad pública.

La anterior serie de ocho artículos trató de esbozar el statu oeconomico percibido sin paños ni calzones al óleo: dónde estamos y de dónde venimos en evidente desnudez frente al manto oscurantista del EBI (Estado de Bienestar Ilusorio). El primer corolario descansa en que vivir por encima de los posibles gracias al sobreendeudamiento no es sostenible a largo plazo, aun cuando se quiera hacer creer lo contrario. La barra libre fiduciaria global basada en el privilège exorbitant del dollar standard ha permitido, durante décadas, un nivel de vida artificial financiado con deuda, descontándose prosperidad futura, adelantándose riqueza venidera y consumiendo, ayer, las contribuciones, salarios y beneficios de mañana. Y el mañana es hoy.

Ahora, una vez más, se intenta evitar la reversión de los excesos acumulados sin que nadie pueda ni quiera hacerse cargo de la roncha presentada al cobro. El bienestar ilusorio queda al descubierto, desnudo, imponiéndose entonces las viejas recetas de estatalizaciones, intervencionismos, devaluaciones competitivas y liquidez ilimitada. Refinanciar exhuberancias mientras se perjura la bondadosa existencia de almuerzos y copas gratis porque, dicen, nunca faltará agua en la noria.

El consorcio del G20, que aglutina el 90% de la producción, cuatro quintas partes del comercio y dos terceras partes de la población mundiales, está reflacionando sus Estados del Bienestar Ilusorio. Que no decaiga la fiesta. A pesar de las milongas que nos cuentan, y las que van a seguir contándonos, la manada de lobos que viene a devorarnos se llama (hiper)inflación y no deflación. En realidad, siempre estuvo entre nos, aunque con piel de cordero.


En una economía, los precios expresan los términos de intercambio entre quienes poseen utilidad en forma de dinero y desean sustituirla por la utilidad de bienes y servicios, cuyos tenedores desean canjearla, a su vez, por dinero. En el proceso dinámico de formación de precios, el dinero que se adquiere para ser reemplazado por mercancías circula, volviéndose a cambiar sucesivamente por su siguiente tenedor, produciéndose los ajustes pertinentes según manda la ley de oferta y demanda. Pero al aumentar la cantidad de dinero y crédito, el poder adquisitivo de una unidad monetaria desciende en relación a la cantidad de bienes y servicios existentes. Devaluación.


La inflación fiduciaria, el incremento neto en la cantidad de dinero y crédito respecto de la producción disponible para el intercambio económico, produce transferencias de riqueza desde los acreedores a los deudores, quienes se beneficiarán del repago de sus créditos en moneda devaluada. Negocio redondo si quien más debe y quien crea la inflación que reduce el valor real de su deuda es el mismo Estado. Y quien venga detrás, que arree.


Aquellos privilegiados que reciben el dinero/crédito de nuevo cuño antes que nadie mantienen la ventaja de poder canjearlo por bienes/servicios/activos a precios corrientes, incluso de obtener más cantidad u ofrecer mayores precios. Según aumente la circulación fiduciaria, los sucesivos tenedores de dinero/crédito podrán comprar menos o tendrán que pagar más. Efecto inflacionista sobre los precios.


La mentira de las estadísticas de inflación.


En la Edad Media, la devaluación podía venir por el aumento de la cantidad de monedas puestas en circulación o de su valor facial, de la rebaja de su peso o de la fineza del metal acuñado. La inexistencia de una tasa de inflación oficial impedía conocer el alcance de la devaluación, obligando a los agentes privados a comprobar el peso y la ley del metal utilizado en las monedas, inferir el señoreaje impuesto y, finalmente, adivinar las expectativas inflacionistas sobre los precios, dadas las fluctuaciones en la producción de mercancías y metales de acuñación.


Los actuales estadistas del bienestar, en cambio, construyen “Índices de Precios al Consumo” que asimilan con “estadísticas de inflación”, enmascarando la verdadera devaluación monetaria y esterilizando a su antojo los efectos inflacionistas sobre los precios de los bienes de consumo. Las consecuencias de la inflación crediticia, a su vez, se aíslan en los precios de los activos, alimentando un efecto riqueza que enjugue la pérdida real de poder adquisitivo. La incapacidad o desgana de los agentes privados por dar/tomar crédito adicional que refinancie consumo y revalorizaciones ad nauseam, precipita el final del ciclo fiduciario ficticio, y con él, el del bienestar ilusorio. Defunción del nivel de vida virtual, vuelta a la cruda realidad.


Al desmoronarse el círculo vicioso inflación de deuda-revalorización de activos, los estadistas del bienestar y sus banqueros centrales aceleran el proceso de inflación monetaria, tratando de compensar el desinflado de la(s) burbuja(s) que arrastran consigo la riqueza virtual creada artificialmente y cuyo destino último es convertirse en sumidero(s) financiero(s). Este esquema piramidal globalizado ha alcanzado tal surrealismo que Estados y bancos centrales se reconvierten en prestamistas de última instancia. La pirámide no puede adelgazar, debe seguir ensanchando. Rescates aparte, la tasa de inflación de deuda norteamericana crece más del 9% anual desde 1980. Incluyendo compromisos socio-sanitarios, el endeudamiento total de EE.UU ronda el 500% de su PIB, creado en su mayoría en los últimos 30 años, más que doblando desde 2000.


Y, sin embargo, la solución a los problemas causados por los excesos acumulados de abundante liquidez y crédito es, coincidencias monetaristas y keynesianas, más dinero y deuda. Forzar con viejas recetas fracasadas espejismos de producción, empleo, renta y consumo insostenibles que, cuando queden desvanecidos, sólo dejarán default, depresión y un realista Misery Index de desempleo y pobreza.


Las estadísticas de inflación son meros artificios que parten de un error de concepto y se manipulan mediante cambios metodológicos de lo más variopinto. Diferentes bases, ponderaciones y espacios muestrales. Sustitutivos vienen, regresiones hedónicas van. Y, a partir de aquí, el resto de cálculos económicos arrastran la aberración, convirtiéndose en meras entelequias. Se produce menos de lo que se dice, la pérdida de poder adquisitivo es mayor de la que nos cuenta el IPC y hay más desempleados de los que las encuestas admiten. Incluso el súper gurú mundial Bill Gross, libre de toda sospecha conspirativa, se atrevió en Junio pasado a sacar los pies del tiesto. En Europa, ya nos adelantamos a EE.UU y Reino Unido cocinando estadísticas adecuadas previas al euro. Que no falte I+D+i para dato-ficción.

Las variaciones en tantos por ciento de índices encadenados aportan poca o nula información. Y en todo caso relativa. Que el IPC suba menos o incluso decrezca respecto al mes o al año anterior no es deflación, aunque sea el eslogan que se desea cale hondo y permita justificar el maná fiduciario. Deflación sería un decremento neto en el dinero y crédito disponibles respecto del stock productivo, el aumento del poder adquisitivo de una unidad monetaria en términos de bienes y servicios. Esto generalmente provocará descensos en sus precios, previamente afectados por el efecto inflación y por la habitual dinámica entre oferta y demanda. Son los cambios de poder adquisitivo, del valor de las unidades monetarias y no de lo que se canjea por ellas, lo que debe poner las orejas tiesas. Y noto cómo mi bolsillo se devalúa a cada bajada de tipos, inyección de liquidez, subasta de deuda, con cada rescate y plan de ayuda o estímulo pagado. Usted, ¿cómo nota el suyo…?

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