Reggio’s Weblog

Poco terreno para la ambigüedad, de Salvador Cardús i Ros en La Vangurdia

Posted in Economía, Política by reggio on 7 enero, 2009

La mejor noticia de la política catalana en el 2009 va a ser que la negociación para la financiación va a llegar a su fin, sea cual sea el acuerdo. Este final de un asunto que era capital en la redacción, negociación y aprobación del nuevo Estatut, sumado a la también esperada sentencia del Tribunal Constitucional sobre algunos puntos del texto, van a permitir pasar página a un periodo del que se podrán sacar muy buenas lecciones para el futuro. Después de tal experiencia ya nada va a ser igual en la política catalana por mucho que los partidos quieran simular, mientras puedan, que todo sigue más o menos como antes.

Para empezar, el final de los envites políticos creados por el nuevo Estatut -no se olvide: una ley orgánica española- va a obligar a poner el acento en la buena gobernación, que buena falta nos hace.

Desde su aprobación, y con razón, la cuestión de la financiación ha quedado fijada como la gran prueba del nueve de la bondad del Estatut y ha capitalizado toda la tensión política. Pero la crisis financiera del 2008 ha convertido casi en agua de borrajas cualquier resultado posible del acuerdo. La mejor hipótesis final apenas cubriría la disminución de ingresos actual de la Generalitat.

Así, financiación aparte, lo que ahora urge es que se tomen buenas decisiones para administrar la escasez, reanimar la actividad económica, no abandonar las políticas estratégicas como en educación, fundamentales para el largo plazo, y atender las demandas sociales básicas para mantener la cohesión y la paz social mientras siga aumentando el paro.

Pero mientras se dedican esfuerzos a la administración de lo que hay, el país en su conjunto -y no sólo los partidos- deberá reflexionar a fondo sobre su próximo horizonte, sobre lo que debería haber y cómo llegar a ello. El acuerdo sobre la financiación y la sentencia del Constitucional habrán servido para acabar definitivamente con la ingenua idea que aseguraba que el nuevo Estatut ya era el horizonte catalán para los próximos veinticinco años. Sí: idea ingenua, aunque parezca que la política partidista deje poco espacio para la candidez. Pero ¿no era de una gran -y grave- puerilidad política pensar que un nuevo Estatut iba a conseguir que se acabara de una vez por todas -o para las próximas dos décadas- con las negociaciones fenicias que, se decía, tanto perjudicaban a nuestra imagen en España? ¿Y no era de un candor sin fronteras pensar que el nuevo Estatut permitiría satisfacer las aspiraciones nacionales en el plano lingüístico e identitario en un Estado unitarista?

La sentencia del Constitucional y sus efectos colaterales y el acuerdo de financiación van a cerrar un ciclo histórico en el cual los dos partidos catalanes mayoritarios habrán tenido oportunidad de medirse con el gobierno central y en las mejores condiciones imaginables: CiU con mayorías relativas del PSOE y el PP, y el PSC coincidiendo con él mismo en el gobierno del España. CiU, por su parte, por mucho que ahora se lleva las manos a la cabeza, difícilmente podrá borrar su pecado original de ser responsable directo de las limitaciones intrínsecas de este Estatut, que vendió al país como una garantía definitiva de progreso cuando aún pensaba que podría administrar su puesta en marcha desde un gobierno que luego no supo merecer. Por lo que respecta al PSC, ahora está tomando la misma medicina que había sido administrada a los gobiernos de Pujol. El PSC siempre sostuvo que la mala relación de Catalunya con España era culpa del estilo negociador y del victimismo de los nacionalistas catalanes. Ahora comprueba sobre sus propias costillas el uso del anticatalanismo para mantener o aumentar los privilegios territoriales en España, con los que se paga el precio de su unidad nacional. En cuanto a los partidos menores, tampoco el PP va a salir bien parado de su doble discurso aquí y allá, y ERC o ICV van a tener que mostrar, definitivamente, hasta dónde son capaces de tragar con tal de estar en el gobierno. Todos los partidos catalanes intentarán llegar a las próximas elecciones del 2010 sin que se rompa nada. Pero todos saben que o tienen nueva mercancía por vender, y de muy buena calidad, o la indiferencia electoral va a establecer un récord propio del libro Guinness y con muchas posibilidades de que organizaciones residuales acaben dando la lata en los siguientes cuatro años. Un panorama demasiado poco halagüeño como para no tomar decisiones serias.

El 2009, pues, será el gran año del fin definitivo de la grave ingenuidad histórica del catalanismo, nacionalista o no, en su apuesta por un posible encaje de nuestras aspiraciones nacionales con la imposible España plural que este ha necesitado inventar. Por mucho que se intenten reconstruir las ambigüedades, las apuestas estarán mucho más claras. Se podrá escoger lo que se quiera: o subordinación a un modelo español que no sólo nos iguala a las regiones pluriprovinciales sino también donde la afrenta anticatalana es usada para cohesionar al resto, o apuesta por la soberanía en un marco de diálogo entre iguales con España y de participación leal en la construcción europea. Quizás lo segundo aún parezca utópico, pero lo primero ya se ha demostrado definitivamente imposible. El territorio para las bienintencionadas medias tintas quedará reducido amuy poca cosa, y esto valdrá también para la propia sociedad civil catalana. Buenas noticias, como decía, para el 2009.

salvador.cardus@uab.cat

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