Reggio’s Weblog

Viaje a Silos, de Raúl del Pozo en El Mundo

Posted in Cultura, Literatura by reggio on 5 enero, 2009

EL RUIDO DE LA CALLE

Aquiles y yo llamamos. Nos abrió un fraile. La hospitalidad es una de las humildades de los monjes negros. Aquiles quería llevarme al aura del silencio, que rompen los bombarderos israelíes porque las conciencias nunca pueden estar vacías. El Cabeza de Vaca de la ópera quería que yo sintiera el canto monódico, que contara a mis lectores su proyecto de transportar a los monjes a la ONU, con su gregoriano, para el diálogo de las civilizaciones. Ya los llevó al Teatro Real hace años. Los puso en la lista de éxitos. Este bohemio, hijo de maquis, no es Belcebú, sino el inventor los Tres Tenores, soñador irredento.

Llegamos a las oraciones de la sexta. Los benedictinos, en posición orante aunque grácil, no se libran del sadismo de la Biblia: se flagelan, dicen que son gusanos entre el polvo de la muerte, rinden culto al que arroja bombas de racimo. Si el poder absoluto corrompe, ¿qué me dicen de Yaveh? Pero el canto enmudece a los jilgueros. Quizá hicieran más creyentes con el gregoriano que con sermones. «Mi imaginación es un monasterio y yo soy su monje», dijo Keats. A estos monjes les basta al día una libra de pan y una hemina de bon vino, según Berceo. Su melodía, dice Lorca, es una columna de mármol que se pierde en las nubes, lejos de la tragedia del corazón.

Lorca llegó en diligencia a esta misma abadía en el 1918. Dijo que las manos de los novicios no eran las de los monagos de Verlaine. Cuenta que los frailes estaban sucios («hombrotes barbados»). Aunque no se atreve a llamarles, como Voltaire, infames con hábitos pardos, se deja llevar por el ritmo anticlerical. Luego, como todo el 27, se rinde. Se rindió Gerardo ante el enhiesto surtidor de sombra y sueño; Aleixandre, ante la flauta con ternura de corazón de pájaro; Alberti, ante la Vigen de Marzo: «Dos blancas malvas reales/ en tu seno prenderé/ Déjame bajar, que quiero,/ Madre ser tu jardinero».

Comimos con los monjes judías pintas, boquerones y uvas. Esto sí que es el Tíbet, que haría decir a Woody Allen, otra vez, «no creo que haya más allá, pero de todas formas, me llevaré una muda». Estaba entre nosotros el abad Clemente Serna, expresión corporal de los Médici, delicadeza y sabiduría con la teología, su edificio de sueños. Los benedictinos son algo masones desde los monjes operarii, desde que los reyes folladores, llenos de culpa, edificaban monasterios. Este claustro es la hostia, el big bang del Románico, la Biblia cincelada en mazapanes de piedra, la lujuria como oración.

Un fraile de cerca de mi pueblo, inteligentísimo, me lleva por un laberinto de túneles, como en El nombre de la rosa; llegamos hasta la fuente que asombró a Fernán González (año 1041). Aquí, desde entonces, brota el manantial de las aguas perennes; tal vez, cuando deje de manar, se perseguirá el román paladino y España se extinguirá.

© Mundinteractivos, S.A.

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