Reggio’s Weblog

Decíamos ayer…, de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 4 enero, 2009

LUCES LARGAS

Debe resultar descorazonador para los economistas actuales, incluidos los premios Nobel, enfrentarse a una de las mayores crisis económicas de las que tenemos constancia con poco más que las recetas propuestas por otro economista en los años 30 del siglo pasado.

El comportamiento humano parece no haber cambiado demasiado desde entonces. Por ello, sabemos que ante una incertidumbre paralizante provocada por una crisis económica de gran magnitud que se prevé duradera, los individuos tienden a atesorar el dinero de que disponen, frenando el consumo y la inversión privada. Esa actitud, generalizada, limita la capacidad de la política monetaria o de las rebajas impositivas como instrumentos para reactivar la demanda privada al colocar más liquidez en manos de quien ahora, como los bancos, la guarda. Ello sólo deja a un agente económico, el Estado, cuyo gasto público actúa con una lógica distinta, como principal motor en la lucha contra la parálisis de los circuitos normales de la economía.

Debemos a Keynes esta hipótesis sobre el comportamiento humano en situaciones de crisis y su propuesta de cambiar las reglas del juego inyectando recursos desde un nuevo agente económico -el sector público- aunque sea a costa de padecer déficit. Esa genial intuición, transformada en revolucionaria propuesta de política económica, fundamenta todavía hoy la principal línea de actuación del G-20 ante la situación actual, ya que el resto de reformas planteadas se está diluyendo a pasos agigantados.

La cuestión es, sin embargo, que aún aceptando que las reacciones humanas no han variado mucho desde entonces, el entramado institucional sobre el que actúan, el conjunto del sistema económico encargado de canalizar esas actuaciones, se parece poco al de hace 70 años.En muchas cosas, pero algunas tan fundamentales que deberían, a su vez, afectar al impacto de medidas de política económica pensadas para funcionar en una realidad muy distinta. Me centraré en dos: la globalización y la propia realidad del sector público en nuestra economía actual.

Cuando los mercados son, más o menos, libres a escala mundial, la eficacia del keynesianismo en un solo país se reduce mucho.Reactivar de manera artificial la demanda agregada nacional en situación de crisis puede acabar estimulando la producción en otro país del que nos abasteceremos sin restricción mediante importaciones. De ahí la necesidad de coordinar internacionalmente las medidas de estímulo económico para que tengan un efecto compensado entre países.

Pero la globalización en que vivimos es mucho más que mercados abiertos. Es, sobre todo, un sistema financiero único que permite recoger los ahorros de un pequeño campesino hindú e invertirlos en una fábrica polaca, pero también convertir una hipoteca concedida a una familia americana en un título de deuda comprado por un empresario de Castellón. Aunque ya en 1907 un economista marxista, Hilferding, escribió sobre la preponderancia del capitalismo financiero, casi nada de lo conocido hoy en este terreno se parece a lo existente entonces.

La apertura comercial mundial y el mercado financiero único forman parte de una realidad nueva y distinta, etiquetada como globalización, que afecta de manera directa a la capacidad de reacción de los gobiernos nacionales ante dificultades que desbordan sus fronteras.Esta inadecuación de tamaño entre el problema que se quiere abordar y la instancia principal desde la que se quiere hacer frente restringe de manera directa la capacidad de la política económica keynesiana pensada para un marco institucional muy distinto.

La segunda realidad diferente hoy respeto a hace 70 años es, precisamente, el propio éxito del keynesianismo. Cuando el sector público representa en torno a la mitad del PIB, cuando mecanismos como el seguro del desempleo o determinados servicios públicos vienen existiendo desde hace décadas como algo normal en el sistema económico, y cuando el déficit público ha sido una presencia habitual, las propuestas que hizo Keynes antes de que nada de esto existiera, no pueden tener el mismo impacto sobre la economía que entonces, salvo que incrementemos mucho la dimensión y la dosis de las mismas. Podríamos decir que la sociedad actual se ha hecho resistente a la medicina keynesiana por sobreconsumo de la misma. Y como no se nos ocurre otra cosa, debemos ser conscientes de ello a la hora de buscar eficacia en las mismas.

Sobre la Gran Depresión del siglo pasado hay cosas que casi todo el mundo comparte. Por ejemplo, que hasta que llegaron Keynes y Roosevelt ni economistas ni políticos estuvieron a la altura de los problemas, entre otras cosas por su excesivo apego a una anticuada y equivocada ortodoxia en política económica. Hoy no tenemos ese problema. Es verdad que nuestros políticos y la mayoría de nuestros economistas no se han apegado de manera dogmática a ninguna doctrina y, de hecho, están tocando todos los palos, confiando en que alguno funcionará.

Pero pueden cometer un nuevo error no menos grave: soslayar con retórica hueca los difíciles pero necesarios cambios institucionales tanto a escala nacional como global como, por ejemplo, la supresión de los paraísos fiscales. La crisis les ha pillado por sorpresa y, prefieren transmitir la sensación de que estamos ante algo transitorio que escampará. Que todo lo que tenemos que hacer es resistir con optimismo para que pronto, todo vuelva a ser como antes. Y me temo que no.

Si estamos ante un problema sistémico de un capitalismo globalizado cuya lógica de funcionamiento le condena a sufrir crisis periódicas, hará falta algo más que un neokeynesianismo maquillado para salir bien de esta crisis. Porque salir saldremos. ¡Claro que saldremos! El problema es cuándo, cómo y quiénes; es decir, con qué correlación de fuerzas sociales. Se trata del viejo asunto de ganadores y perdedores, del poder y del dinero. Y aquí juega un papel determinante lo que hagan quienes tienen no sólo la legitimidad democrática, sino la última reserva de confianza pública: los gobiernos. De qué intereses consideren prioritario defender y qué privilegios sigan respetando como intocables dependerá la posición relativa de cada uno en la sociedad postcrisis. Otra vez la Política. Como ya decíamos, por cierto, antes de ayer.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

© Mundinteractivos, S.A.

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