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La diplomacia que prepara Obama, de Antoni Segura en El Periódico

Posted in Internacional, Política by reggio on 25 diciembre, 2008

CONSECUENCIAS DEL RELEVO EN LA CASA BLANCA

El presidente Barack Obama tiene retos a los que casi ningún presidente ha tenido que enfrentarse en su primer mandato: una crisis económica como no se había producido desde la Gran Depresión (ya se habla de un new new deal) y un escenario internacional muy inseguro en el que Estados Unidos tienen tropas empantanadas en dos conflictos de difícil solución (Irak y Afganistán).

Es el legado de Bush, que ha dejado el mundo peor de lo que estaba. Y, sobre todo, que ha estropeado gravemente la imagen y credibilidad de EEUU, que eran su principal capital de poder blando, es decir, la capacidad de exigir la hegemonía mediante el poder de atracción o, si se prefiere, persuadir mediante la cultura, el estilo de vida, los valores sociales y políticos (ciudadanía, libertad y democracia), la excelencia de las universidades, etcétera (Joseph Nye, exasesor de Bill Clinton). Asimismo, el poder blando no excluye la utilización del poder económico, ni del poder militar que, no obstante, se intenta vincular con un consenso internacional que le dé legitimidad.

El legado de Bush parece sacado de las conclusiones de Paul Kennedy (The Rise and Fall of the Great Powers, 1988): la caída de una gran potencia comienza el día en que debe mantener la hegemonía solo a través del poder militar, porque esto acaba erosionando su competitividad productiva y su economía (lo que ocurría entonces en la URSS). De ahí el consejo de Kennedy y Nye a Obama: volver al camino de Wilson, Roosevelt y Kennedy (y Clinton) e incorporar de nuevo el poder blando en su política exterior.

No ha faltado el gesto, la promesa de cerrar Guantánamo, uno de los peores daños morales a la imagen de EEUU, y de dejar Irak en un tiempo prudencial; ni la determinación, enviar a 20.000 soldados más a Afganistán. El problema es la necesidad, que no depende solo de la voluntad política. Necesidad de hallar soluciones a los principales conflictos y crisis abiertas, aunque esto suponga negociar con los talibanes moderados en Afganistán o con el régimen iraní; de favorecer el entendimiento entre Israel y Siria sobre los altos del Golán; de aceptar las recomendaciones del Informe Hamilton-Baker de diciembre de 2006 e intentar un acuerdo regional (sobre todo con Siria e Irán, pero también con Israel, Arabia Saudí -y el resto de monarquías del golfo- y Jordania, y Turquía por el problema kurdo) para salir de Irak sin dejar atrás un país roto y un Estado fallido que sea una amenaza para sus vecinos; y de intentar encontrar salida al conflicto palestino-israelí. Y, en el fondo, aun, Pakistán y el terrorismo internacional, con una Al-Qaeda en horas bajas, pero con múltiples réplicas en la zona tribal pastún. Eso sin salir de Oriente Próximo y, por lo tanto, dejando a un lado las relaciones con Rusia y China y los problemas en América Latina, en África y en otras partes del mundo.

El caso de Afganistán es un buen ejemplo. El último informe de The Asian Foundation (octubre del 2008) describe la situación del país: inflación y paro crecientes; millones de afganos condenados a problemas de nutrición; seguridad -sobre todo en el sur y las regiones que rodean Kabul-, que constituye la principal preocupación de la población (el 36%), mientras el paro (el 31%), la carestía (22%), la pobreza económica (17%) y la corrupción (14%) también son motivos de angustia. Como también lo son la falta de infraestructuras básicas (agua, electricidad, comunicaciones) y de escolarización, especialmente de las niñas. En suma, pesimismo, de tal modo que los que creen estar mejor ahora que con el régimen talibán ha disminuido del 54% en el 2006 al 36% en el 2008 y, paralelamente, ha crecido el rechazo a los valores democráticos en el sur y el este del país. La solución pasa solo, se apunta, por negociar con los talibanes moderado (o, como en su momento sugirió Tony Blair, en Irak con antiguos dirigentes -se supone que también moderados- del partido Baas), porque sería una salida que aún haría más absurdas las guerras que dieron lugar a la ocupación de estos dos países.

El aspecto clave es que la misión ha dejado de ser militar -aunque los soldados permanezcan por un tiempo- y debe ser de reconstrucción y desarrollo, de consenso y apoyo regional (y de EEUU y la UE), para que las poblaciones de Oriente Próximo puedan decidir libremente su destino desde el Líbano al Paquistán. Pero, probablemente, la cuerda está demasiado tensa y la situación en que se hallan algunos países obligará a acciones contundentes -políticas y militares, preferentemente consensuadas- en un corto plazo de tiempo.

Así pues, no lo tiene nada fácil Obama y está por ver si es amigo de consejos. Desde el principio, Obama no será ni tan multilateralista como algunos creen ni lo dejará todo en manos del poder blando, porque el 11-S hizo conscientes a los norteamericanos de su vulnerabilidad (de nuevo Joseph Nye), lo que ha facilitado el arraigo de algunos de los principios neoconservadores. La primera preocupación de Obama será la crisis económica, que es lo que más afecta ahora a quienes le han votado. También será urgente combatir las posibles amenazas inmediatas contra EEUU (herencia neocon de lenguaje y hechos), pero arreglar realmente el mundo siempre puede esperar… hasta que sea demasiado tarde.

Antoni Segura. Catedrático de Historia Contemporánea y director del Centro de Estudios Históricos Internacionales de la UB.

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