Reggio’s Weblog

Un pacto para tener futuro, de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia

Posted in Derechos, Justicia, Laboral by reggio on 24 diciembre, 2008

Muy a contra corriente, lo sé, sigo confiando en la gran capacidad de nuestro país para incorporar positivamente a la reciente población forastera. Y entiendo por positivamente el saber sumar los nuevos catalanes a un proyecto nacional común, o dicho de otro modo, el seguir construyendo con ellos el complejo objetivo de ser un sol poble.Pero una de las principales dificultades de análisis de los procesos migratorios es que reclaman una perspectiva temporal larga, generalmente de más de una generación, y eso nos deja biográficamente fuera de tal capacidad. Hablando claro: por largo que sea el resto de mi vida, sé que ya no tendré la fortuna de comprobar y celebrar el acierto de mi pronóstico.

Cuando se me reprocha mi perspectiva confiada con argumentos alarmistas, suelo proponer a mi interlocutor que intente situarse en el punto de vista de un catalán de principios del siglo XX al cual se le informara de los cambios demográficos que acontecerían a lo largo del siglo. ¿Qué pronóstico habría hecho al saber que, estando en los 1.900.000 habitantes, en los próximos 100 años llegarían más de tres millones de no catalanes, y por lo tanto de no catalanohablantes, y que se acabaría el siglo -gracias a su aportación a la natalidad del país- en algo más de 6 millones? Desde su perspectiva, desde aquel contexto social y cultural y pensando en el futuro nacional de Catalunya, ¿alguien habría sido capaz de prever un futuro nacionalmente mejor -aunque lo sepamos precario- del que disfrutamos? Yo creo que ni remotamente. También habría augurado nuestra desaparición. Pues bien: mi apuesta es que estamos en un proceso parecido. Condicionados por viejos esquemas identitarios que aplicamos a nuevas realidades sociales, y faltos de una visión a medio y largo plazo, solemos desarrollar imágenes catastrofistas que abocan nuestra especificidad nacional a su disolución.

No voy a discutir aquí si las nuevas migraciones son distintas de las anteriores y más peligrosas desde el punto de vista identitario. No comparto esta idea, pero no es el momento de desarrollar la cuestión. En cambio, creo que una diferencia crucial con las experiencias pasadas está en el hecho de que, por primera vez en nuestra historia, tenemos una administración pública propia con capacidad para desarrollar políticas de inmigración. Y estas políticas van a hacer posible que los plazos y las condiciones de incorporación de la nueva población, ahora casi toda extranjera, sean menos duras y más rápidas para el conjunto de los nuevos y viejos catalanes. En este punto, el Pacte Nacional per a la Immigració viene a darme la razón. Se trata de un documento con un alto grado de madurez por lo que respecta a la capacidad de tratar con rigor y valentía un asunto harto difícil. Además, ha conseguido el apoyo de la inmensa mayoría social y política catalana. Por supuesto, que exista un pacto nacional con buenas propuestas no soluciona automáticamente nada. En primer lugar, porque una cosa es tener buenas intenciones y otra es tener el poder para aplicarlas. Los catalanes nos pensamos como si tuviéramos Estado, y no sólo no es propio, sino que lo tenemos en contra. En segundo lugar, la capacidad de incorporación de conocidos y extraños a un proyecto nacional común ha residido -y sigue residiendo- en una tradición cultural y unos estilos de vida forjados en la larga experiencia de anteriores y antiguas inmigraciones. Nuestra fuerza está en la propia gente que ha aprendido a negociar cara a cara los conflictos derivados de los cambios y a autogestionar los procesos de acomodación. Las políticas públicas bien dirigidas deben ser bienvenidas, pero sin perder de vista dónde se gesta la realidad social catalana, que es en la calle, en la escalera de vecinos, en el aula, en la cola del súper o en la del CAP. El Pacte no debe crear la falsa ilusión de que la intervención pública puede sustituir ese esfuerzo cotidiano.Finalmente, las medidas del pacto deben aplicarse. Que se marque el objetivo de no perder calidad en los servicios públicos o que no se creen redes paralelas de asociaciones de inmigrantes está muy bien. Pero no es el caso actual. Precisamente, no llegué a tiempo para la presentación del pacto nacional porque estuve haciendo más de dos horas de cola en una visita médica programada en el sistema de salud público. Y ya veremos si el PSC desiste en reproducir el modelo de federaciones de casas regionales -ahora por continentes- que aplicó en los años ochenta para sus estrategias clientelares. De la misma manera, es fundamental que se cree el nuevo “sistema universal de acogida” o que la lengua catalana siga siendo un instrumento de anclaje en la nueva sociedad para el inmigrante. Luego habrá que ver si así lo entienden desde las policías municipales hasta las distintas ONG en sus usos lingüísticos con los nuevos catalanes.

Dejo aparte el único elemento malsonante del pacto nacional, ese eslogan que reza “Per viure junts i juntes”, que por un exceso de corrección política, mientras con una mano nos propone una unión al margen del origen, con la otra se nos separa por razón de sexo. Qué le vamos a hacer. Paguemos con gusto el precio de la tendencia en el discurso político a cambio del buen resultado final en el resto.

salvador.cardus@uab.cat

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