Reggio’s Weblog

Ideas, intereses y oscuridades, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

Posted in Derechos, Política by reggio on 22 diciembre, 2008

El 63% de los catalanes cree que el Gobierno de Zapatero incumple el Estatut en materia de financiación. El sondeo del Instituto Noxa para La Vanguardia,publicado los días 30 de noviembre y 1 de diciembre pasados, así lo indicaba. La misma encuesta arrojaba otro dato que guarda una gran relación con el anterior: un 61% de ciudadanos apoyaría un nuevo referéndum para asegurar la integridad del Estatut aprobado en el 2006. Hasta aquí, una foto bastante coherente. Con estos resultados, cualquier político podría pensar que más de la mitad de la población se pondría a su lado en caso de tomar medidas de presión excepcionales para hacer valer los intereses generales de Catalunya. Pero el relato no es tan claro. El sondeo ofrecido por este diario también mostraba que un 51% de la ciudadanía es partidaria de acatar cualquier sentencia que emita el Tribunal Constitucional sobre el texto estatutario, aunque recorte y vacíe su contenido o lo interprete a la baja. Para redondear el cuadro, el mismo estudio demoscópico dejaba sobre la mesa otra información: sólo el 8% de los catalanes se sienten preocupados por el autogobierno cuando se les pregunta sobre los principales problemas del país, como si los dineros de la autonomía fueran de otra galaxia y como si los fenómenos que más les inquietan (paro, coste de la vida, inmigración, vivienda, inseguridad ciudadana y educación) nada tuvieran que ver con las políticas del Govern de la Generalitat. Como se señalaba en la explicación de estos datos, la sociedad catalana “sufre una verdadera escisión psicológica”.

¿Qué haría usted si fuera presidente de la Generalitat? A la luz de una Catalunya que apuesta por una cosa y su contrario a la vez, gobernar se convierte en algo más que cuadrar un colosal sudoku de intereses en conflicto, que es lo propio de cualquier nación desarrollada. La diferencia entre la sociedad catalana y la española en su conjunto es que los catalanes, poco o mucho, bien o mal, mantenemos abierto un debate público que va más allá de las políticas concretas y sectoriales que articulan el combate democrático en los países que gozan de estabilidad y progreso. Es el debate, siempre tenso, sobre el reparto del poder, los recursos y los símbolos en la España contemporánea, una auténtica prórroga de la transición. Tanto si usted está de acuerdo con el actual statu quo como si no, tanto si a usted le interesa el asunto como si le tiene harto, no se puede entender la política de Catalunya sin tener esto en cuenta. Aquí, por ejemplo, hablamos de mejorar la educación y, a la vez, de cómo la Administración central trata, a menudo, de invadir las competencias que tenemos. Así ocurre con todo. Lo cual no nos disculpa para nada de lo que hacemos mal nosotros solitos.

¿Qué mantiene vivo este debate singular que complica tanto la agenda política? Uno: la existencia de algo que llamamos catalanismo o nacionalismo, que actúa como relato estructurador de una sociedad, incluso para todos aquellos que son indiferentes o contrarios al mismo, empezando por los que más radicalmente niegan el hecho diferencial. Dos: la constatación creciente y objetivable de que muchas decisiones del poder central frenan, bloquean y retrasan el desarrollo y las oportunidades de Catalunya, obviando -por cierto- que la Generalitat también es Estado. Valga como ejemplo de este malestar la caída, en los diez primeros meses de este año, del 31,6% en las obras licitadas por el Gobierno en Catalunya, según han denunciado la Cambra de Comerç, el Cercle d´Economia, Foment del Treball y el RACC, entidades que no están dirigidas precisamente por maulets enardecidos. Puede que el catalanismo sea -como les gusta recordar a algunos- minoritario, irrelevante o poco visible entre las elites económicas, pero ocurre algo extraordinario a lo que no damos suficiente valor: sólo las premisas catalanistas proporcionan legitimidad fuerte a la defensa de unos intereses colectivos lesionados diariamente. En esto, estamos en el mismo punto que en 1901, pero con un Estado que, ahora sí, se ha modernizado. Los vascos y los navarros mantienen el mismo mecanismo de recubrimiento ideológico de intereses, pero lo han ocultado dentro de un consenso que nunca ha provocado escándalo en Madrid: todos los partidos, desde el PP hasta la ilegal Batasuna, están de acuerdo en mantener el concierto fiscal. Y, lo que es más fuerte, nadie del PP o del PSOE, ni los extremeños ni los andaluces, utilizan el caso para avivar la demagogia, como hacen con los euros de Catalunya. Sería demasiado perverso y fácil pensar que la tragedia terrorista no es ajena a esta disparidad de raseros.

Asistimos a la retransmisión en directo de los contactos Montilla-Zapatero para -nos dicen- concretar esa financiación que el Estatut debía poner a salvo de la coyuntura y “el peix al cove”. Atrapado en su estrecha viñeta, el socialismo catalán balbucea y hace oposición a la oposición con más histerismo que razones, lo cual es contraproducente: nunca el presidente de Catalunya se ha visto tan débil y menospreciado. El drama es que Montilla no se atreve a alterar ni un pelo la escisión psicológica de la sociedad catalana porque ello -se supone- rompería el PSC en dos mitades. Así, es incapaz de liderar nada y sólo le cabe esperar el último apaño. No se olvida de que muchos electores catalanes de Zapatero votan, sin saberlo, contra sus propios intereses. Viven, satisfechos, en la oscuridad.

Esta es la paradoja insalvable, triste y letal, que Maragall descubrió cuando entró en Camelot, y así le fue. Y así nos va.

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