Reggio’s Weblog

Poder público en Madrid y Barcelona, de Manel Pérez en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 21 diciembre, 2008

LA VENTANA INDISCRETA

Algunos medios de comunicación madrileños han acogido con evidente rechazo la posible compra de Spanair por un grupo de inversores catalanes. El argumento elegido es que se trata de una operación dirigida por la Generalitat, es decir, con participación pública.

Ciertamente, es una característica relevante de la operación que también conviene analizar. Pero, de entrada, hay que poner de relieve que fue una lástima no haber detectado esa inquietud de quienes ahora denuncian cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, forzó a Caja Madrid a comprar una participación dominante en Iberia con el fin de asegurar que la empresa y, sobre todo, el aeropuerto de Barajas, con su flamante T-4, siguieran alimentando la economía y las empresas del centro de España. Entendemos que el caso no debe de ser a su entender comparable, pues es obvio que en el primero se trataba del interés nacional,mientras que en el que nos ocupa ahora el móvil debe de ser el ansia de poder de un cacique nacionalista.

En fin. Más útil será dejar esas polémicas de corto alcance que tanto gustan a algunos medios de la capital y centrarse en lo realmente relevante: el sentido y el futuro de la operación.

Primero, la situación de Spanair. SAS, su todavía propietaria, sólo barajaba ya dos alternativas para el futuro de su filial española: o el cierre más o menos inmediato, o la venta a un tercero que estuviera dispuesto a asumir el coste de su continuidad. Así se explican las condiciones financieras conocidas que forman parte del acuerdo inicial de venta: un euro y asunción de la deuda por el vendedor. “Si se quedan con la empresa, hasta estamos dispuestos a pagarles”, parece ser el principio rector de SAS en estas negociaciones.

Imaginemos el escenario: el cierre, o la mengua extrema, de la segunda compañía en tráfico de pasajeros en El Prat; Iberia concentrada sobre Barajas y olvidándose de las conexiones internacionales del aeropuerto barcelonés; su filial Clickair, olvidadas sus ambiciones iniciales, reduciendo su oferta; el número de usuarios de la infraestrucutura en caída libre a consecuencia de la crisis (y también del éxito del AVE entre Barcelona y Madrid). Todo eso a pocos meses del arranque de la nueva terminal Sur, con sus cientos de miles de metros por ocupar. Aterrador si se piensa en la importancia del aeropuerto para la economía catalana, no sólo el sector turístico.

Es inevitable que las administraciones públicas se planteasen buscar una salida. Pero de ahí a atribuirles la iniciativa hay un buen trecho. Es fácil consultar en las hemerotecas la larga y reciente historia reivindicativa de la sociedad catalana, reclamando un papel relevante para El Prat. Y en ese relato la posición del Govern no siempre ha sido la más valiente. Destacar ahora su interés es una trampa, porque ni ha sido siempre el más interesado ni, al mismo tiempo, puede dejar de estarlo ante la trascendencia del asunto.

Tampoco se trata de mirar peyorativamente la intervención pública. Si el cierre de Spanair se convirtiera en realidad, las críticas a Montilla y su Govern, tanto por ese hecho como por sus consecuencias para El Prat, serían enormes y tendrían sentido. Pero, además, ¿sólo se admite la intervención pública cuando se trata del Gobierno de EE. UU. y el de la Comunidad de Madrid o para ayudar a la banca y las grandes empresas, la mayoría de ellas con sede lejos de Barcelona?. ¿Quién decide lo que es estratégico para un país?

Como se ha dicho, las claves financieras del acuerdo para la venta de Spanair permiten deducir que su situación es muy delicada y por ello se ha fijado tan corto plazo de tiempo para ejecutarlo.

El núcleo inicial de compradores debe ampliarse hasta cubrir el 80% del capital. El problema para conseguir ese objetivo no será la aportación inicial, sino el compromiso financiero con una compañía que lleva años perdiendo dinero, necesita renovar su flota, probablemente cambiar de sede y una completa transformación de su imagen. Y, desde el primer momento, asegurar que se pagan los salarios.

La dureza de la crisis hace que todo eso a la vez sea muy difícil. Pero habrá pocas oportunidades más.

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