Reggio’s Weblog

Plutocracia y sucesión dinástica, de Charles Krauthammer en El Mundo

Posted in Internacional, Política by reggio on 20 diciembre, 2008

El problema de las aspiraciones de Caroline Kennedy al escaño de Hillary Clinton en el Senado que pronto va a quedar vacante no es la falta de aptitudes ni de experiencia. Las instancias del Senado albergan novatos inexpertos en grandes cantidades: acaudalados empresarios, estrellas del deporte, actores adventicios. El problema es la irracional expectativa de privilegios por parte de Kennedy. Teniendo en cuenta sus logros bastante modestos, está explotando el apellido a base de bien.

¿No era el experimento estadounidense una renuncia bastante firme al gobierno por linaje? No, los fundadores no eran demócratas. Creían en la aristocracia. Pero la suya era una idea de gobierno de la aristocracia natural, una aristocracia de la «virtud y el talento», en palabras de Thomas Jefferson. Y sí, por supuesto, tenemos nuestra propia historia de sucesión dinástica: los Adams y los Harrison, y, en el último siglo, los Roosevelt, los Kennedy y los Bush. Recientemente hasta nos hemos expandido al terreno de la transmisión marital de estilo argentino, como con los Dole o los Clinton.

No es el fin del mundo, pero es una tendencia cada vez más extendida que no hay que fomentar. Después de todo, ya hemos creado otra enorme distorsión en nuestra política: una plétora de plutócratas en el Senado estadounidense, cortesía de nuestras demenciales leyes de financiación de las campañas. Si usted es asquerosamente rico, puede adquirir un escaño del Senado invirtiendo en ello el dinero que desee. En tanto que su contrincante plebeyo se postula mendigando las reducidas donaciones permitidas por la ley.

Habiendo dado esta ventaja adicional a los ricos, deberíamos oponernos a trufar nuestras legislaturas con aún más intrusos privilegiados, los nacidos en buena familia. Cierto, los británicos funcionaron de esa forma durante siglos, pero lo hicieron con honestidad. Crearon una cámara del Parlamento destinada exclusivamente a los bobos nobles y los instalaron allí de manera vitalicia. Pero el Senado de Estados Unidos no ostenta sólo los poderes de la Cámara de los Lores, sino también los de la Cámara de los Comunes.

No tengo nada contra Caroline Kennedy. Parece una persona agradable. Ciertamente ha llevado la vida de una digna integrante de la jet-set colaborando en causas correctas. Pero cuando el alcalde de Nueva York da su apoyo a su candidatura alegando, entre otros motivos, que «su tío ha sido uno de los mejores senadores que hemos tenido en muchísimo tiempo», hemos alcanzado el punto del sonrojo.

Tampoco es Kennedy la única con expectativas de privilegios. El escaño del vicepresidente electo Joe Biden en el Senado va a ser ocupado ahora por Edward Kaufman, un asesor del que nadie había oído hablar antes de ayer. Y del que nadie tendrá noticias después de dos años, momento en el cual Kaufman se jubilará obedientemente para que el hijo de Biden, ahora en Irak, pueda asumir la posición de su padre.

Este es, por supuesto, el estilo Kennedy. En 1960, el escaño de John Kennedy en el Senado fue cedido a su compañero de habitación en Harvard, un tal Ben Smith II. Lo ocupó dos años, hasta que Teddy cumplió la edad constitucional de 30 años exigida para suceder a su hermano. A la luz de este carácter dinástico, el estilo lllinois resulta casi refrescante. Por lo menos el gobernador Rod Blagojevich ha dejado -presuntamente- abierto a todo el mundo el escaño de Obama. Basta con ofrecer la puja más elevada, estilo eBay.

Pero ni siquiera esta subasta estuvo libre de aristo-pelotilleo. Según los testimonios del auto de la fiscalía, un tercio de los elegibles tiene pedigrí, como la hija del presidente de la Cámara de Illinois y el primogénito varón del reverendo Jesse Jackson. Caroline Kennedy, Beau Biden y Jesse Jackson Jr. podrían ser algún día fabulosos senadores. Pero deberíamos oponernos a fomentar la única forma de privilegio que EEUU se esforzó por abolir: la nobiliaridad. Aquí no valen lores ni ladies. Si la princesa Caroline quiere un escaño en el Senado, que lo gane en elecciones. Hay unas en 2010. Obtenerlo ahora por nombramiento es una ofensa al republicanismo.

Charles Krauthammer¸ 2008, The Washington Post Writers Group.

© Mundinteractivos, S.A.

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