Reggio’s Weblog

Los empleados de Wall Street y el oro de los tontos, de John Gapper en Expansión

Posted in Economía by reggio on 18 diciembre, 2008

Si Bernie Madoff ha perdido 50.000 millones de dólares (35.000 millones de euros) de otras personas, como se dice que ha reconocido, ¿por qué se lo confiaron?

En retrospectiva, el caso parece muy poco plausible. Sabemos que nadie produce rendimientos constantes del 15% o superiores, año tras año, a menos que sea un genio o un sinvergüenza.

Sin embargo, la gente hizo cola para confiar sus ahorros a Madoff. Muchos de ellos escucharon el consejo de un amigo o asesor sobre un operador de Wall Street con un expediente impecable.

La red de brókers de Madoff también incluía muchos fondos de fondos y bancos privados que irradiaban sofisticación financiera. ¿Por qué mordieron el anzuelo? Es una vieja historia: el encanto del hombre de Wall Street. Nadie pensaba que Madoff estuviera empleando el esquema de la pirámide de Ponzi, sino que muchos creían que jugaba con una ventaja fuera de lo común.

“Esperábamos no tener problemas, pero en el fondo sabíamos que era demasiado bueno para ser verdad. Quiero decir, ¿por qué no participaba todo el mundo en el juego, cuando era tan sólido?” escribía Robert Chew, un inversor de Madoff que ha perdido 30 millones de dólares, en la página web de Time. “A nosotros nos lo vendieron diciendo que los neoyorquinos tenían un buen sistema”.

Los ciudadanos de Nueva York siempre lo tienen, sobre todo en pleno mercado alcista, cuando parece que los empleados de Wall Street van a obtener más beneficios que el resto del mundo. Al presentarse la oportunidad, muchos se preguntaron ¿por qué no invertir donde lo hacen ellos?

Larga y mezquina tradición

Henry Blodget, un antiguo analista, acusado en 2003 por la SEC, el regulador de los mercados de EEUU, de fraude por recomendar a sus clientes la compra de compañías que en círculos privados denostaba, explicaba estos días en su blog que muchos veteranos de Wall Street sospechaban que Madoff no jugaba limpio.

Según Blodget, “no pensaban que estuviera reciclando fondos de los clientes, más bien sospechaban de un posible uso de información privilegiada de su entramado de operaciones de creación de mercado para poder dirigir las inversiones de sus clientes”.

Eso explicaría sus inusuales y constantes beneficios. Incluso si en Wall Street no había recelos, seguramente sí los tuvieran algunos de los clientes multimillonarios de Madoff.

El propio Madoff habló de las irregularidades en un debate celebrado el año pasado en el Centro Philoctetes de Nueva York. Empezó afirmando con rotundidad que era “imposible no detectar el uso continuado de información privilegiada” por parte de las autoridades reguladoras. A lo que añadió que “esto es algo que la gente no llega a entender. Cuando leen los periódicos y sale una noticia de alguien que ha quebrantado la ley, piensan siempre están igual”.

De hecho, la mitad de los que se encuentren en ese momento en un club de Palm Beach o a la orilla del lago de Ginebra, pensarán que hechos como éste son vergonzosos, aunque la otra mitad se preguntará cómo pueden obtener los máximos beneficios de sus ahorros.

El puesto de Madoff encajaba perfectamente con la larga y mezquina tradición de los gestores de fondos de Wall Street que captan a la gente llana, con la promesa de que obtendrán increíbles beneficios durante las épocas de boom.

Charles Mitchell ya lo hizo en la década de los veinte, vendiendo valores a través de un banco de inversión de National City Bank, antes de hundirse en el crash de 1929. Tras el escándalo, y después de la aprobación de la ley Glass-Steagall Act de 1933, se prohibió que los bancos controlaran compañías financieras, y se separó a los bancos comerciales de la banca de inversión, vetando sus operaciones especulativas en las bolsa.

La última vez que estalló un escándalo de estas proporciones fue en la década de los sesenta, cuando aparecieron fondos comunes de inversión muy agresivos y vehículos de inversión como los hedge fund comenzaron a conocerse. “Los hedge fund de 1965 . . . fueron los últimos bastiones del secreto, el misterio, la exclusividad y los privilegios de Wall Street”, escribió John Brooks en The Go-Go Years, un libro en el que se explica la fiebre de los mercados de valores en la década de los 60, que terminó con el crash de los setenta.

En los sesenta también hubo un Bernie: Bernie Cornfield, propietario del mayor grupo de fondos de inversión el mundo, Investors Overseas Services. En la última época, recurrió a la pirámide de Ponzi.

“¿De verdad quieren hacerse ricos?” solía preguntar Bernie a sus futuros clientes. Madoff fue más sutil que Cornfield, ya que vendía a los que ya eran ricos y buscaban una seguridad cómoda frente una rentabilidad deslumbrante sometida a la volatilidad de los mercados. La idea de sus clientes era combinar las ventajas de la inversión en hedge fund con la seguridad de la renta fija.

Rentabilidades de dos dígitos

En el mundo real, estos beneficios no existen, al menos, de forma continuada, pero a los clientes se les prometió el nirvana. Pecaron de credulidad, pero, además, hubo dos factores que hicieron que Madoff siguiera operando.

En primer lugar, ésta era una época de confianza. La gente se había acostumbrado a subidas de doble dígito en las bolsas y en Wall Street abundaban los empleados de bancos de inversión que habían dejado sus trabajos para convertirse en gestores de hedge fund. Madoff se presentó a sí mismo ofreciendo un producto relativamente modesto y seguro. No prometía la luna, pero sí unos beneficios seguros.

En segundo lugar, contaba con una red de asesores financieros muchos de los cuales habían invertido sus ahorros, y que aseguraban que invertir con Madoff era un auténtico privilegio. Se trataba de la versión más popular del uso que inversores institucionales y fundaciones hacían del capital riesgo y de los hedge fund.

A primera vista, los fondos de fondos, los bancos privados y los asesores de inversiones se limitaban a ofrecer los servicios de Madoff, asegurando que se trataba de un veterano experto en mercados financieros que no cobraba tarifas tan elevadas como los hedge fund.

Detrás de ese discurso, algunos percibieron la promesa tácita de que Bernie utilizaría sus contactos en Wall Street para asegurarse de que sus clientes salían beneficiados de sus operaciones. El hecho de que creyeran que era “lo habitual” en Wall Street no actuó como elemento disuasorio, sino como una garantía.

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