Reggio’s Weblog

Cuerpo a tierra, de Kepa Aulestia en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 16 diciembre, 2008

Las llamadas a la refundación del capitalismo se silenciaron con la cumbre de Washington del 15 de noviembre. Una vez aceptado que el sistema ha de continuar porque es inimaginable otro mejor, el ánimo por revisarlo parcialmente, por introducir mejoras o sacar a la luz sus rincones más opacos ha decaído también. En pocas semanas se ha pasado de que algunas voces aparentaran ponerlo todo en solfa -desde el mercado hasta la supremacía estadounidense- a un silencio que revela un retraimiento general ante la incertidumbre. El Estado ha irrumpido de forma engañosa, cuestionando que el futuro deba quedarse exclusivamente al albur del mercado para, acto seguido, dejarlo en manos de los acontecimientos. El descubrimiento de la estafa piramidal urdida por Bernard Madoff tres meses después de la desaparición de Lehman Brothers, y casi año y medio más tarde de que el mundo financiero se percatara del peligro que encerraban las subprime, refleja algo más que la perpetuación de la opacidad, de la carencia de celo supervisor o del exceso de avaricia. Demuestra que nadie quería hacerse cargo de otra mala noticia.

Es un problema general inducido por la propia crisis: no hace falta llamada alguna para que la gente opte por el cuerpo a tierra hasta que pase todo. El instinto de conservación advierte que si uno permanece de pie o se mueve corre más riesgos de ser abatido. A la parálisis lógica provocada por el miedo a lo desconocido se le une este otro síndrome, mezcla global de fatalismo, impotencia y deliberada pasividad a la espera de que sean otros los que se lleven la peor parte. Resulta paradójico que una crisis provocada en su origen por un desarrollo supuestamente sofisticado e innovador de los instrumentos financieros sea respondida con herramientas tan tradicionales como dar dinero a los ayuntamientos para que creen puestos de trabajo durante unos meses de obras o garantizar que continúen fabricándose automóviles para contener la destrucción definitiva de empleos en el sector. Cuerpo a tierra, nadie se atreve a proponer otra utilidad para el dinero público. Lo urgente ha desplazado a lo importante. Pero aunque las medidas anunciadas resulten inevitables, sus valedores están obligados a admitir que son portadoras de un mensaje inequívoco: cuando todo pase, quienes podamos ponernos de pie pretendemos volver más o menos a como estábamos.

Cuerpo a tierra, las instituciones se disponen a echar mano del déficit mientras eluden una reflexión a fondo sobre cuáles son los derechos sociales que han de preservarse y cuáles las prestaciones y servicios que deberían limitarse, especialmente teniendo en cuenta el descenso de la recaudación por lo menos durante dos ejercicios más.

Las políticas anticíclicas han heredado, sin enmienda alguna, la inflación de compromisos electorales que hasta marzo del 2008 presentó al Estado como una sociedad anónima con ingentes beneficios que debía repartir entre sus accionistas. Los bancos están dando la callada por respuesta ante los requerimientos públicos de Gobierno y empresas, seguros de que la queja ciudadana ante la restricción crediticia no llegará siquiera a indignación, porque el solicitante alberga las mismas dudas sobre la viabilidad de su proyecto o sobre la sensatez del gasto en el que pretende incurrir. Los empresarios continúan demandando reformas estructurales en el mercado de trabajo que abaraten el despido, sin reconocer que si no fueron capaces de introducirlas en pleno crecimiento ahora deberán esperar a una mínima recuperación de la economía para plantearlas de verdad, mientras, cuerpo a tierra, no hallan otra salida a la situación que la reducción de costes. Los sindicatos hablan de que ha llegado el final del capitalismo salvaje, pero no se atreven a decir gran cosa respecto a los compromisos que asumirían para alumbrar otro que no lo fuese, quizá porque confían en seguir representando a trabajadores con trabajo a pesar de los reajustes en las plantillas.

También cuerpo a tierra, los pequeños ahorradores contienen la respiración a sabiendas de que la apelación a sus derechos no permite articular un reproche moral del que pueda quedar excluida su propia responsabilidad. Sólo los más jóvenes parecen despegar la cabeza del suelo; pero probablemente se trata de un espejismo. Van tomando paulatina conciencia de que les tocará vivir un tiempo más incierto que a sus padres. Pero aún no se sabe cuánto les importa eso y, sobre todo, cómo lo acabarán viviendo en un entorno que, cuerpo a tierra, sigue siendo obstinadamente proteccionista.

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