Reggio’s Weblog

Lucha contra el terrorismo sin violar los derechos humanos, de Araceli Mangas Martín en El Mundo

Posted in Derechos, Política by reggio on 10 diciembre, 2008

TRIBUNA LIBRE

La Carta de las Naciones Unidas tiene entre sus muchos méritos el haber reconocido en 1946 «la fe en los derechos fundamentales» y «en la dignidad y el valor de la persona humana» con alcance universal, partiendo del postulado de la igualdad sustancial de todos los seres humanos. La idea central de la Carta es que la paz, síntesis de la libertad y la seguridad, no se puede alcanzar si la opresión y la injusticia castigan a los seres humanos.

Este reconocimiento internacional conlleva que los estados no pueden blindarse en la competencia doméstica (por ejemplo, la seguridad). La doctrina soviética ponía el énfasis en la noción de no injerencia; la doctrina occidental viene sosteniendo que todo Estado tiene un interés legítimo en proteger los derechos de cualquier ser humano, lo que implica un derecho de protesta y censura respecto de conductas ilícitas de otros estados.

La falta de concreción de la Carta fue subsanada por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 10 de diciembre de 1948. Se quería expresar, tras el horror y miseria moral del nazismo, un ideal común para la humanidad. No es un tratado internacional sino una recomendación formalmente desprovista de fuerza vinculante. Pese a ello, ningún otro texto jurídico o político ha tenido tanto impacto real y formal en la comunidad internacional. Ha sido la fuente de inspiración de decenas y decenas de tratados internacionales, ya universales, ya regionales, vinculados a ella. Así, el Convenio Europeo de Derechos Humanos (CEDH) adoptado en Roma en 1950, que une hoy a todos los estados del continente, reconoce que es «la garantía colectiva de algunos derechos enunciados en la Declaración Universal».

Muchas constituciones, como la española de 1978, la incorporan como pauta superior de inspiración o interpretación, y no citan concretos tratados sobre derechos humanos sino sólo la Declaración Universal. Su evolución hacia fuente de derecho muestra que la fuerza obligatoria de un instrumento jurídico sobre derechos humanos no es necesariamente la consecuencia de su forma. La Corte Internacional de Justicia, máximo órgano judicial de la ONU, confirmó en 1970 que existen en materia de derechos humanos obligaciones que tienen un carácter universal e imperativo (sentencia Barcelona Traction).

Sería muy fácil enumerar los grandes éxitos normativos y también sus efectos positivos al establecer un patrón o mínimo común denominador universal. También sería fácil apuntar hacia países concretos en los que se violan los derechos humanos de forma evidente, como Cuba, Venezuela, Guinea Ecuatorial, Zimbabue, China, Birmania, etcétera, o a continentes casi enteros como Africa y buena parte de Asia, para constatar las inmensas bolsas de resistencia al respeto de los derechos humanos y su transgresión en forma de pobreza e injusticia social.

Como es fácil acusar a otros, prefiero volver la mirada sobre nosotros, los europeos, para medir su respeto. Nuestras constituciones, nuestro sistema judicial, los numerosos convenios internacionales que aceptamos y cumplimos evidencian un alto nivel formal y real, el más elevado de protección en el mundo. Pero, ¿no ha habido graves violaciones en los últimos años en Europa?

Desde el brutal ataque del 11-S en Nueva York, la gran mayoría de los estados y la opinión pública estamos de acuerdo en que la prioridad fundamental de nuestra seguridad es la lucha contra el terrorismo global. Pero, ¿deben callar las leyes? España reaccionó tras las acciones terroristas del 11-M con toda la dureza y templanza del Estado de Derecho. Los terroristas islamistas, con nombres y apellidos, ante los jueces y en las cárceles. Sin derogar leyes de civilización ni desmantelar el Estado de Derecho. Los terroristas saben que su victoria está en la respuesta histérica a sus ataques brutales. Y, por desgracia, algunos estados occidentales democráticos han respondido al terrorismo islamista desprendiéndose de los límites del Estado de Derecho.

En ese marco hay que circunscribir las graves violaciones de los derechos humanos sucedidas en Europa entre 2001 y diciembre de 2005 con los llamados vuelos de la CIA. Fueron sacadas a la luz en noviembre de 2005 por el diario The Washington Post y la cadena de televisión ABC News. Los organismos internacionales europeos reaccionaron de forma impecable haciendo investigaciones minuciosas y contrastadas que cualquiera puede leer en internet: la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa realizó un informe estremecedor (Doc. 10.957, 12/6/2006), la Comisión Venecia de dicho organismo (363/2005, 16/3/2006) y el Parlamento europeo aprobó una resolución e informe (A6-0020/2007). Hoy, todas las violaciones a los derechos humanos y al derecho humanitario internacional realizadas en cualquier parte del mundo están documentadas y se pueden comprobar. Es una de las ventajas de la democracia y de la sociedad de la información frente a las mentiras de los gobiernos.

El informe del Consejo de Europa asegura que se creó una tela de araña o «red global» para la violación de los derechos humanos que no fue casual ni episódica. Durante cuatro años y hasta diciembre de 2005 se realizaron, con el consentimiento o la pasividad de una quincena de Gobiernos europeos, las detenciones ilegales o secuestros de varias decenas de personas así como entregas extrajudiciales de personas acusadas de terrorismo islamista; además, se realizaron 1.245 vuelos gestionados por la CIA desde Guantánamo, Afganistán e Irak con aeronaves civiles (los vuelos civiles no precisan autorización según normas de OACI) y militares -datos minuciosos entregados por Eurocontrol que los informes estiman como prueba irrefutable- en los que se transportaban seres humanos utilizando el espacio aéreo y aeropuertos europeos (algunos españoles) hacia determinados países de Europa (nunca España) donde presuntamente se les aplicaban «técnicas avanzadas de interrogación» (eufemismo oficial para enmascarar la tortura).

En el informe del Consejo de Europa se cita a Suecia, Bosnia-Herzegovina, Reino Unido, Italia, Alemania y Turquía como responsables de violaciones de los derechos de seres humanos concretos (donde hubo secuestros tolerados o entregas extrajudiciales); y se cita por colusión activa o pasiva (haber tolerado o no ejercido su deber de control en su territorio) a Polonia y Rumania, por albergar los centros secretos de detención, a Alemania, Turquía, España y Chipre, por ser «plataformas» para los vuelos transportando ilegalmente a detenidos hacia tales centros, a Irlanda, Reino Unido, Portugal, Grecia e Italia, por ser «escalas» de tales vuelos. También se expresan serios indicios de otras colaboraciones ilegales (a Suiza) y no se oculta que pueda haber más estados. También se reconoce que los convenios sobre los estatutos de las Fuerzas Armadas de la OTAN no cubren ese tipo de transporte ilegal ni pueden eximir de aplicar las obligaciones imperativas del Convenio Europeo (CEDH).

Los derechos humanos presumiblemente violados por los estados europeos no permiten excepciones o matizaciones ni tan siquiera en tiempos de guerra; están en nuestras constituciones y en los convenios internacionales que hemos aceptado. Con esos secuestros, detenciones ilegales, transporte ilegal transnacional de personas para ser torturadas, se ha violado el respeto a la dignidad humana, el derecho a la libertad y la seguridad, el derecho a no ser devuelto, expulsado o extraditado a un Estado que practique la tortura o el trato inhumano (non refoulement), el derecho a un recurso efectivo, a un juicio justo y la prohibición de torturas y otros tratos inhumanos o degradantes.

Como decía uno de los informes es «la historia de seres humanos que, en muchos casos y sólo tras años de detención, han sido declarados totalmente ajenos a los hechos de los que se les acusaba. Se trata de personas a las que se negaron los derechos más elementales, con frecuencia obligadas a sufrir tratos degradantes y humillantes».

Si hubo consentimiento de los países europeos, exonerará a EEUU del hecho ilícito de la utilización ilegal del territorio de otros estados, pero no a los estados europeos de haber ayudado o colaborado en la comisión de actos ilícitos de otro Estado, así como de la violación de derechos humanos protegidos por el CEDH por parte de los estados y de la eventual responsabilidad penal de cuantas personas activamente los consintieron o los toleraron con su pasividad.

A diferencia del Parlamento europeo, que supo estar al lado del Estado de Derecho, no se puede comprender la cobardía moral del Consejo de ministros de la UE que debió velar por el respeto del artículo 6 del Tratado de la Unión, ni de numerosos gobiernos democráticos de Europa cuando se negaron a hacer investigaciones ni a solicitar explicaciones a EEUU y exigir listas creíbles de las personas transportadas.

Tampoco las listas negras de Naciones Unidas (incluyendo a personas y organizaciones sospechosas de terrorismo) son un modelo de respeto a la Declaración Universal: violan sus reglas fundamentales del «derecho al juicio justo» (cargos concretos, derecho de defensa y de apelación…). El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha reconocido que, si bien procede luchar por todos los medios legales contra el terrorismo, la aplicación de las listas negras mediante normas comunitarias han violado «los derechos de defensa, y en particular del derecho a ser oídos y del principio de tutela judicial efectiva» (sentencia de 8 de septiembre de 2008, Kadi).

Las innumerables víctimas del terrorismo internacional merecen justicia. Pero no hay crímenes buenos ni verdugos benefactores en un Estado de Derecho. Sesenta años después de la Declaración Universal hemos asistido a la mayor violación de los derechos humanos cometida por estados democráticos. En Europa y hasta finales de 2005.

Araceli Mangas Martín es catedrática de Derecho Internacional Público y de Relaciones Internacionales en la Universidad de Salamanca.

© Mundinteractivos, S.A.

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La monarquía, institución sobreprotegida, de Pedro G. Cuartango en El Mundo

Posted in Derechos, Política by reggio on 10 diciembre, 2008

TIEMPO RECOBRADO

La monarquía en este país se está convirtiendo en una institución intocable, tal vez como reacción a los excesos nacionalistas.

Las palabras de Joan Tardà me parecen irrespetuosas y ofensivas por la forma, pero creo que tiene todo el derecho del mundo a reivindicar la república frente a la monarquía. Supongo que eso es lo que pretendía hacer cuando gritó «muera el Borbón».

En primer lugar, creo que la Justicia no puede actuar contra él, ya que es diputado y goza de inmunidad parlamentaria en todo lo referente a sus actuaciones políticas. La jurisprudencia del Supremo es muy clara al respecto.

En segundo lugar, y entrando en el fondo, no creo que sea un delito gritar contra la monarquía salvo que exista una incitación a la violencia. Tan legítimo es alabar la trayectoria de este monarca como criticarle por sus errores.

Lo que resulta muy difícil de comprender es el exceso de protección del que gozan el Rey y la Familia Real en la clase política y los medios de comunicación, que han decidido santificar la monarquía como si muchos ciudadanos no tuviéramos memoria.

Reconozco que Don Juan Carlos ha jugado un papel importante en la consolidación de nuestra democracia, pero también es un hecho que los reinados de Alfonso XIII, Isabel II y Fernando VII fueron nefastos para España.

Quienes apelan continuamente al Código Penal para sancionar a quienes se manifiestan como Tardà, queman efigies reales o realizan caricaturas irrespetuosas ponen en evidencia la debilidad de una institución que no es capaz de someterse a la crítica.

Se me dirá que una cosa es criticar y otra ofender, pero los límites entre ambas acciones son muy difíciles de trazar. En una democracia como la española, debe existir una amplia libertad para expresarse sobre el Gobierno y las instituciones. Y ello incluye también la prerrogativa de burlarse, una conquista de nuestra civilización.

Entre otras razones, porque el monarca no deja de ser un alto funcionario que cobra de los Presupuestos Generales del Estado, sin que, por cierto, sepamos a estas horas cuál es su patrimonio personal.

La monarquía no puede basarse en la represión de sus detractores porque ello supone condenarla a repetir lo sucedido en 1931.

Personalmente me parece más asumible una república que una monarquía por razones de principio, pero no tengo dificultad en aceptar el criterio de la mayoría siempre que el Rey y la Reina cumplan sus obligaciones constitucionales.

Resulta mucho más escandaloso que los militantes del PP o de Ciutadans sean agredidos por dar un mitin en Cataluña que el hecho de que algunos pidan la abolición de la monarquía, porque puede haber democracia sin reyes pero no sin libertad de expresión.

© Mundinteractivos, S.A.

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El compromiso por un ideal, de Sylvia Giménez-Salinas en La Vanguardia

Posted in Derechos by reggio on 10 diciembre, 2008

Hoy, 10 de diciembre del 2008, se conmemora el 60.º aniversario de la declaración de los Derechos Humanos; un manifiesto que aprobaron los miembros de la ONU tras la Segunda Guerra Mundial como un compromiso necesario por parte de gobiernos y civilizaciones para dejar atrás los conflictos y luchar juntos por la paz y los derechos de las personas. Ese 10 de diciembre de 1948 se consiguió un logro: marcar un objetivo y una dirección.

Si reflexionamos sobre la situación de estos derechos fundamentales, vemos que pese al indudable avance de nuestras sociedades, o tal vez por eso, hoy los desprotegidos no son menos, sino más: inmigrantes, mujeres agredidas, menores, presos, discapacitados… Los medios de comunicación nos cuentan cada día noticias de violaciones de derechos humanos en medio mundo, pero también en nuestra ciudad, e incluso en nuestro barrio.

Cuando estos problemas no eran un clamor social, el Colegio de Abogados de Barcelona y el resto de colegios del Estado pusimos en marcha servicios de orientación y asistencia jurídica, es decir, pusimos las bases para la garantía del derecho de defensa. El Estado, las comunidades autónomas, las diputaciones y los ayuntamientos han asumido después la carga económica de estos servicios para hacer posible una sociedad más justa. Para los abogados, el derecho a la defensa, al consejo, al asesoramiento es el primer derecho, la llave que abre cualquier otro. Sin el derecho a la defensa, todos los demás decaen y quiebran. Por todo ello, los abogados estamos convencidos de que ese esfuerzo y compromiso por este ideal que proclama la declaración de los Derechos Humanos es indispensable para que los hombres y mujeres gocen plenamente de derechos, libertad y justicia. Para contribuir, tal y como la ONU pidió en su día, a que el texto de la declaración fuera “distribuido, expuesto, leído y comentado”, el Colegio de Abogados de Barcelona ha querido que la exposición itinerante Caravana de los Derechos Humanos,se ubique unos días – hasta el 15-en la plaza Universitat de Barcelona para dar a conocer la situación actual de los derechos humanos.

Sólo concienciándonos todos los profesionales del ámbito jurídico, todas las entidades y gobiernos, todas las personas y en definitiva toda la sociedad lograremos reaccionar y seguir luchando en la consecución de ese ideal de todos y para todos.

SYLVIA GIMÉNEZ-SALINAS, decana del Colegio de Abogados de Barcelona.

Toques de confianza, de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 10 diciembre, 2008

En Catalunya se tiene conciencia de vivir tiempos de incertidumbre en tanto que país, como nación. Es un clima al que se llegó mucho antes de la crisis económica actual y que, según las circunstancias, podría apuntar más allá de esta. Tener conciencia de algo, de todas maneras, no significa que la percepción que ha llevado a tal estado ni las conclusiones que se derivan de este se ajusten exactamente a la realidad. Y es que la realidad objetiva no justifica el nivel de desasosiego que alimenta el actual momento de baja autoestima. Pero lo grave es que, como reza el clásico principio sociológico, “aquello que se define como real, es real en sus consecuencias”, y en este sentido, el pesimismo produce, inevitablemente, decadencia.

Algunos analistas han considerado que la raíz de la incertidumbre catalana está en la constatación de que España, en algunos aspectos, ha superado a Catalunya. Olvidan que en parte el progreso español se ha producido gracias a Catalunya y contra Catalunya. Es decir, con nuestra solidaridad y con su anticatalanismo. Además, este tipo de análisis suele proceder sospechosamente de los que creen que el nacionalismo catalán siempre ha necesitado un adversario y que no se ha valido por sí mismo. Pero en algo tienen razón: en Catalunya las reafirmaciones sólo a la defensiva pierden apoyo, y ya no se dan las antiguas simpatías exteriores con sólo exhibir la condición de nación y cultura maltratadas. En Catalunya, actualmente, no se piensa la nación en positivo, y eso puede acabar ahuyentando a propios y extraños.

Particularmente, la tesis del amedrentamiento ante una España imparable me parece algo pueril para explicar tanta insatisfacción. Pero sí es cierto que la incertidumbre se ha traducido en una falta radical de confianza. Ya no estamos tan seguros de si la voluntad de ser nación y de querer construirla sigue siendo una expresión mayoritaria en el pueblo catalán. Y damos por descontado que no existen ni liderazgos ni estrategias para salir de los desafíos más inmediatos, como la financiación y los recursos al Tribunal Constitucional, ni para dibujar grandes horizontes de futuro. De modo que, un día sí, otro también, se están pronosticando malos augurios para el futuro de la lengua catalana, de la educación, de la empresa, de la sanidad o de nuestra imagen exterior. Parece que la sociedad catalana coincide con los antisistema que hace unos meses se manifestaban detrás de una pancarta que en un mal catalán rezaba así: “Està tot fatal“.

Es en este contexto de pesimismo que Dèria Editors acaba de publicar un libro, Toc d´alerta, en el que los presidentes Jordi Pujol y Heribert Barrera dialogan con valentía, guiados por el periodista Salvador Cot. El libro quedará ya para siempre como testigo excepcional del estado de ánimo actual. Las palabras de uno y otro tienen un alto valor a la hora de denunciar la actual incapacidad de Catalunya para marcar objetivos estratégicos. Los dos presidentes -Pujol defendiendo su política pasada a favor de la gobernabilidad de España, Barrera constatando la inutilidad y el fracaso de los intentos de hacer pedagogía- coinciden en la gravedad del momento. Los acuerdos básicos son importantes, como es la crítica al populismo de la “cultura del no” que practican ciertas minorías ideológicamente antiguas, o en las dudas de ambos sobre lo que pueda significar desde el punto de vista nacional el paso de una Catalunya de seis a otra de ocho millones de catalanes. Pujol cree que los catalanes dimiten fácilmente de su condición y de ahí su debilidad, y Barrera cree que si no hay un giro sustancial en los próximos diez años, la catalanidad podría acabar en una etnia minorizada en su propio territorio. Barrera y Pujol, dos hombres incansables y de profundas -pero distintas- convicciones nacionales, de los que no dimiten de nada, hombres de su tiempo, también se confiesan pesimistas.

Decía que Toc d´alerta va a convertirse en un testigo de la actual incertidumbre y de cómo ha contaminado incluso a dos personalidades de sólidas convicciones siempre orientadas a la acción. Pero también creo que el libro marca el punto final de este desmoronamiento moral. En mi opinión, el toc d´alerta llega muy a tiempo. Por una parte, y no es algo menor, que Pujol y Barrera hayan aceptado este diálogo con tanta franqueza, ya es una señal de cambio. Y fue una señal que toda la sociedad civil fuera capaz de participar la semana pasada en Esade en un acto común a favor de la educación. Como decía admirado un buen amigo catalán nacido navarro, estas cosas sólo pasan en Catalunya. Y es otra señal de cambio radical que en las universidades se esté produciendo una magnífica reacción en contra de la minoría del està tot fatal que hasta ahora ha conseguido aparecer como el único interlocutor de una comunidad que trabaja en la perspectiva martí-i-poliana del “tot està per fer, i tot és possible“.

La Catalunya de los ocho millones, que será distinta de la inventada por Pujol y de la deseada por Barrera, aún está por imaginar. Pero existe un fondo de país con voluntad clara no sólo de salvar la lengua, sino de usarla para tener voz propia en el mundo. Yel inicio del giro que reclama Heribert Barrera para seguir siendo un sol poble lo vamos a ver desde ahora mismo. De lo que estamos hartos es de tanto pesimismo.

salvador.cardus@uab.cat

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Declaración vigente, del Editorial en El País

Posted in Derechos by reggio on 10 diciembre, 2008

Como en 1948, los derechos humanos deben seguir siendo una aspiración y una exigencia

Hace hoy 60 años, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Resolución 217 A (iii), que contenía la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Como tantos otros documentos de la época, empezando por la Carta de Naciones Unidas, la Declaración emanaba de un decidido compromiso internacional con la paz tras los horrores vividos durante la Segunda Guerra Mundial. La Carta articuló un sistema para la convivencia pacífica entre los Estados que, con más o menos dificultades, ha contribuido a evitar el estallido de un nuevo conflicto generalizado o que considere la destrucción total como una alternativa. La Declaración se proponía, a su vez, subrayar el vínculo que existe entre la paz internacional y el reconocimiento de un núcleo de derechos y libertades irrenunciables de los individuos. Esta voluntad fue resultado de la experiencia vivida en el momento de la aprobación: antes de desarrollar su proyecto expansionista, las potencias totalitarias que desencadenaron la guerra más mortífera de la historia empezaron por negar los derechos y libertades de sus ciudadanos.

A lo largo de su más de medio siglo de vigencia, la Declaración se ha enfrentado a las mismas dificultades que otros textos fundacionales del orden internacional de nuestros días. Sus disposiciones han sido ignoradas tanto en el plano interno -según hicieron las incontables dictaduras de la segunda mitad del siglo XX- como también en las disputas entre Estados, más mortíferas en muchas ocasiones para las poblaciones civiles e indefensas que para los propios contendientes. Pero la paradoja que ha hecho de la Declaración un texto excepcional es que las incontables violaciones que ha padecido y que, por desgracia, sigue padeciendo no han impedido que se consolide como un referente moral de nuestro tiempo y como un imperativo capaz de trascender las fronteras y las ideologías.

No existe Constitución democrática posterior a 1948 que no se haya inspirado en sus artículos. Como tampoco se sabe de muchas dictaduras que se hayan atrevido a rechazarlos abiertamente, sin recurrir a subterfugios que van desde la celosa ocultación de las violaciones de los Derechos Humanos a la elaboración de teorías sobre la necesidad de interpretar la totalidad de la Declaración en virtud de las diversas tradiciones. Si este último fue uno de los riesgos que hubo que conjurar a finales del siglo XX para evitar que los Derechos Humanos se convirtieran en papel mojado, el nuevo peligro que se ha manifestado en los albores del siglo XXI es el de imaginar que la Declaración encarna una causa tan justa como para ser servida por cualquier medio, incluido el uso unilateral de la fuerza.

Los 60 años transcurridos desde su aprobación no han hecho envejecer un texto que contiene el más noble legado de una época trágica. La Declaración Universal de los Derechos Humanos sigue vigente y debe seguir estándolo. Como aspiración y también como exigencia.

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El interés del público, de Jaume Guillamet en El País

Posted in Medios, Política by reggio on 10 diciembre, 2008

Cómo lograr que los diarios acierten el interés del público y se aseguren un espacio genuino en el desbocado mercado de la información? Ante factores tecnológicos y económicos que no han favorecido a la prensa en los últimos lustros, algunas voces han llegado a poner fecha concreta y próxima a su desaparición.

En el caso concreto de España, la potente renovación de los años de la transición ha desembocado en una crisis estructural, que produce aturdimiento e incertidumbre, y cuyo desenlace es arriesgado predecir.

En sentido inverso, la aparición del primer diario publicado en España, hace ahora 250 años, tampoco fue fácil, ni parecía viable. En 1758, el Diario Noticioso, Curioso-Erudito y Comercial, Público y Económico afrontó con éxito el escepticismo justificado de sus contemporáneos.

Sin las noticias políticas y militares que estaban reservadas a la Gaceta de Madrid, el periódico semanal, oficial y único de la Monarquía, ¿a qué podía aspirar un diario local como el fundado por Francisco Mariano Nipho, el olvidado primer periodista español?

El primer diario se dirigió a un público nuevo, nutrido principalmente por personas que acudían a la capital a resolver sus asuntos. Funcionó, redujo su largo nombre programático a Diario Noticioso y se llamó más tarde Diario de Madrid, publicado hasta 1918.

Uno de sus oficiales, Pedro Pablo Husón de Lapazaran, que creó en 1792 el Diario de Barcelona, definió en cuatro palabras la función originaria de la prensa diaria en España: contribuir a “la general instrucción y a la común utilidad”.

Los primeros diarios no podían ocuparse de la actualidad política, pero respondían al interés de un público más amplio por la divulgación cultural -el libro quedaba al alcance de muy pocos- y los servicios, entendidos también como un precedente de la publicidad. Se había ampliado el mercado con un espacio nuevo.

Al cabo de dos siglos y medio se habla precisamente de lo contrario, de la pérdida de espacio propio de los diarios ante la primacía informativa de radio y televisión y la competencia irresistible de Internet. Es un fenómeno universal, agravado en los últimos meses por la repercusión de la crisis económica en la publicidad, que es la fuente principal de financiación de los medios.

Es un fenómeno crítico, incluso en países con largas y enraizadas tradiciones periodísticas como Gran Bretaña y Estados Unidos, donde la historia de la libertad de prensa no presenta los retrasos ni los accidentes históricos que ha tenido en España. El origen de los diarios se retrotrae a Leipzig en 1650, pero sobre todo, al Daily Courant del Londres de 1702, el primero en régimen de libertad, medio siglo antes que el madrileño.

Las limitaciones actuales del mercado periodístico español se resienten de lo accidentado de su escaso siglo liberal -entre la muerte de Fernando VII en 1833 y la Guerra Civil de 1936-, del retraso económico y cultural y del paréntesis histórico de las cuatro oscuras décadas del franquismo.

Pero las ideas fundacionales de Francisco Mariano Nipho continúan vigentes. Fue un creador compulsivo de periódicos, bajo el reinado del ilustrado Carlos III, única época propicia para la prensa durante el Antiguo Régimen. Además de ese primer diario como innovación genuina, se inspiró en los primeros magazines británicos para fundar el célebre Caxón de Sastre, en 1760, y en el llamado periodismo moral o de costumbres de Steele y Addison para El Duende Especulativo, en 1761. Nipho entendió la importancia del interés del público como medio de identificar un espacio propio para los diarios. Concibió el periodismo como un oficio difícil, “penoso y poco lucrativo”, a la vez que creativo, dotado de una función educativa, y destinado a elevar el nivel económico, moral y cultural del país.

Pese a los temores fundados y a las voces agoreras, hay indicios positivos para el futuro de la prensa. Sería un error subestimar el éxito popular de los diarios gratuitos de las grandes ciudades, más allá de la favorable coyuntura publicitaria de su aparición, al que había precedido, dos décadas atrás, la expansión y fortalecimiento de la prensa regional y local. Es evidente, también, la decidida y agradecida aceptación del público ante propuestas en las que se aprecien esfuerzos de calidad y de autonomía informativa.

A diferencia de su nacimiento histórico, la supervivencia futura de los diarios no se orienta hacia la expansión del mercado sino a una especialización cualitativa. Los diarios, como filtro y poso necesarios de un ruido informativo que ensordece y obnubila. Los diarios, como generadores de noticias de interés general frente a la banalidad creciente de los medios. Los diarios, como espacio libre para el análisis y el escrutinio críticos de la acción política y de gobierno, frente a la amenaza de su conversión en mero campo de juego y caja de resonancia de los partidos.

Potenciar esos aspectos diferenciales, junto al rigor y la exactitud de la información, ayudaría al pleno reencuentro con el interés del público.

Jaume Guillamet es catedrático de Periodismo de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona.

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Dos generaciones (En el treinta aniversario de la Constitución), de Luis Arias Argüelles-Meres en El Faro de Vigo

Posted in Política by reggio on 10 diciembre, 2008

«Carácter o tradición son, pues, las fuerzas de la resistencia; por mucho que, de frente o de soslayo, se haga en contra suya, siempre estarán presentes, tirando hacia atrás. La inteligencia activa y crítica, presidiendo en la acción política, rajando y cortando a su antojo en ese mundo, es la señal de nuestra libertad de hombres, la ejecutoria de nuestro espíritu racional. Un pueblo en marcha, gobernado con un buen discurso, se me representa de este modo: una herencia histórica corregida por la razón». (Azaña)

Se pasa por alto, creo que inexplicablemente, que la llamada Carta Magna no fue sólo el resultado de un pacto entre la mayor parte de las fuerzas del espectro político de entonces, sino que fue también, y eso no tiene menor relevancia, un acuerdo entre distintas generaciones que en aquel momento dieron forma a un proceso que se había venido gestando desde la muerte de Franco, conducente a convertir España en un país democrático. Había que hacer ese “sugestivo proyecto de vida en común” en el que pudieran sentirse cómodos también los ciudadanos de unos territorios que habían sentido su cultura perseguida. La España democrática, pues, no tenía que atender sólo a la recuperación de las libertades formales, sino también a las aspiraciones nacionalistas de determinados territorios que no habían sido eliminadas por la dictadura.

Una España democrática, una España plural y diversa. Sobre la teoría, a eso intentó dar respuesta aquella Constitución del 78 que, por un lado, daba paso al Estado Autonómico y, por el otro, atribuía al ejército una misión que no consistía sólo en la defensa ante un posible enemigo exterior. Así las cosas, ambigua Constitución que, según quisiese ser valorada, contentaba a todos y no satisfacía de lleno a nadie. Se diría que, siguiendo a Burke, la Constitución plasmaba que la política era “el arte de lo hacedero”, en un momento como aquel en el que los poderes fácticos no eran una metáfora, sino una realidad, que hacía imposible, por ejemplo, celebrar una consulta democrática preguntando a la ciudadanía si se decantaba por la monarquía, o por la república.

¿Y ahora? La España autonómica, la actual vertebración territorial, no contentan a nadie. Hay quienes, desde el lado nacionalista, no ven sus aspiraciones colmadas. Hay quienes, desde una óptica general, desde una visión de Estado, observan que el desarrollo autonómico colisiona con ese principio de igualdad que, en teoría, consagra la misma Constitución. Tener una titulación idéntica, superar las mismas oposiciones, desempeñar el mismo trabajo no supone la misma remuneración en todas las Comunidades Autónomas. Ello por no hablar del reparto de los dineros, asunto con el que tanta demagogia se hace desde diversos y opuestos discursos. Y hay carencias imperdonables por parte de los partidos mayoritarios en el ámbito nacional. Del lado de la izquierda, no se ha articulado una concepción de España al hilo de lo que fue el legado de la mejor literatura del siglo XX: desde la generación del 98 a Blas de Otero. Se diría que, para muchos, no existe otra España que no sea la de charanga y pandereta. Y vive el cielo que la hay. Del lado de la derecha, al PP le falta mucho para convertirse en un partido conservador europeo despojado de la caspa de la España cañí y de la majeza a la que tanto ama y emula la Presidenta madrileña, despojado también de un clericalismo rancio.

Treinta años después el “sugestivo proyecto de vida en común” sigue sin alcanzarse. Treinta años después, hay discursos que anteponen el territorio a la ciudadanía. Treinta años después, las reformas que parecen necesarias no quieren ser llevadas a cabo, tal vez porque para ello se necesitaría un clima de acuerdo generalizado que hoy no existe. Treinta años después, las dos generaciones que se incorporaron a la población contemplan sin entusiasmo la existencia de problemas que parecen enquistados de forma inquietante.

Aquí no nos apodera la nostalgia, sino la tristeza. Y es que, dejando de lado que la Constitución del 78 no es un dechado de perfecciones, el problema radica en que, vistos los fallos, padecidas las ambigüedades, no hay en la vida pública capacidad para la corrección, para salir al encuentro de los problemas y descontentos con voluntad de atajarlos. Lo que hay es resignación, no tanto porque los mayores problemas planteaos sean irresolubles, sino porque no existe voluntad para que dejen de estar irresolutos.

De entonces a esta parte, la vida pública, en especial, la vida política, es mucho más mediocre. De entonces a esta parte, la mal llamada clase política se ha llenado de profesionales que la parasitan. De entonces a esta parte, el clientelismo ha ido viniendo a más. De entonces a esta parte, en la medida en que la política socioeconómica de los distintos partidos es cada vez más similar, la crispación más burda subió más enteros. De entonces a esta parte, va in crescendo la impresión de que esta segunda restauración borbónica, se parece mucho -mutatis mutandis- a la primera.

De entonces a esta parte, se demanda un espíritu regeneracionista, que el legendario Diógenes no encontraría por mucho que lo buscase en todos y cada uno de los rincones de la vida pública.

Episodios neoliberales (II), de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Posted in Asturias, Economía, Política by reggio on 10 diciembre, 2008

El ojo del tigre

En mayo de 1969, un ministro de Industria del Gobierno del general Franco -llamado Gregorio López-Bravo y Castro– realizó una visita apostólica a esta región. Llegó acompañado de un numeroso grupo compuesto por procuradores en Cortes y empresarios. Aquí le esperaban quienes representaban el poder político y empresarial asturiano capitaneados por el gobernador civil. Después de un largo recorrido por las amplias naves de la factoría sirderúrgica y de un multitudinario almuerzo celebrado en una de las amplias salas del área residencial de La Granda, López-Bravo pronunció un discurso institucional para exponerle a la interesada concurrencia los planes que su Gobierno tenía previstos para relanzar la producción siderúrgica en Asturias.

En primer lugar estaba decidido a impulsar una gran expansión de Ensidesa para la que se preveía una producción anual de cinco millones de toneladas de acero; en segundo término, se calculaba que, tras una tercera etapa desarrollista, Uninsa -fundada en 1961- alcanzara las siete millones de toneladas de acero, también. Con lo cual, Asturias en la próxima década de los 70 se colocaría a la cabeza del desarrollo siderúrgico español, nada menos que con doce millones de toneladas…

Cuando el ministro concluyó su épico discurso económico-político, o viceversa, tomó la palabra un representante de los empresarios que habían acompañado en el viaje al brillante orador. Se llamaba Agustín Rodríguez-Sahagún. Aquel empresario no se anduvo con rodeos: vino a decirle que el INI se dedicaba a desarrollar una política deseal con los intereses empresariales privados. Entre otros problemas, la empresa pública con sus salarios para sus trabajadores establecía un agravio comparativo con los que podía pagar la empresa privada.

Cuando aquel enojoso encuentro empezaba a calentarles la boca a sus protagonistas, y el asunto adquiría ya tonos excesivamente peligrosos para el protocolo, el ministro interrumpió al orador -que se había lanzado cuesta abajo y ya casi sin luces- para decirle: Si ustedes quieren algo positivo para sus intereses, lo mejor que pueden hacer es constituirse en un grupo de presión. Ocho años después, aquel empresariado ofendido fundó la CEOE y la CEPYME. Dos notables, y muy efectivos, grupos de presión política y económica. O viceversa.

Era verdad que las empresas públicas del Estado pagaban salarios más altos que las privadas. Pero lo que no hubo nunca en este país fue una empresa pública entendida e interpretada en su más estricto sentido ideológico. Lo que sí había, en realidad, era un mercado intervenido por el Estado, pero -éste- sometido a las presiones de los grandes intereses del capital privado. El Instituto Nacional de Industria (INI), que había sido creado en septiembre de 1941, agrupando empresas de carácter paramilitar, funcionó siempre bajo los principios de la subsidiariedad para combatir las tendencias restrictivas de la competencia y -de acuerdo con la ley del Segundo Plan de Desarrollo- para intervenir en los sectores en los cuales se produjera una fuerte inversión de capital extranjero.

Sí es cierto que el INI, en sus comienzos, pretendió disfrutar de una cierta autonomía con respecto a la influencia de los grandes grupos financieros, pero, después de severas críticas, esos grupos acabaron por engullírselo. En un interesante trabajo publicado por Cuadernos para el Diálogo, precisamente por las mismas fechas que López-Bravo eligió para su viaje apostólico a Asturias, se decía que las ocho mayores empresas del INI tenían en sus consejos de administración a famosos hombres de la Banca. Y que veinte presidentes más diez vicepresidentes de empresa del INI eran también destacados dirigentes de la banca privada. Sin embargo, el capitalismo privado aún se quejaba de la cosa pública.

Se había creado una burocracia industrial que se dedicaba a servir eficazmente los intereses del neocapitalismo vigorosamente emergente de la época. Para muestra basta un botón: cuando Uninsa necesitó recurrir a una ampliación de su capital social -hasta alcanzar los diez mil millones de pesetas-, el INI suscribió inmediatamente la totalidad de sus acciones (seis mil cuatrocientos millones de pesetas) y se convierte en su accionista mayoritario, puesto que el 69 por ciento del capital social ya era suyo. Uninsa se convirtió en un negocio para sus fundadores.

En Asturias nunca fue posible -porque al capital privado no le interesaba- compaginar el desarrollo siderúrgico con la creación de una red de industrias transformadoras. En cambio, Vizcaya sí lo hizo. Ese es uno de los secretos de la gran diferencia entre esta región y aquella. En Asturias siempre se refugió el capitalismo especulativo, contando con la complicidad del Estado.

Tiempo después de aquella recomendación que López-Bravo les hizo a los empresarios privados –organícense como un grupo de presión…– cuando ya el Estado no era franquista, sino democrático; cuando estaba a punto de liquidarse el INI y los socialistas renovados eran el Gobierno, otro joven cerebro impetuoso, creador e imaginativo, llamado Solchaga, pronunció la sentencia de muerte del carbón asturiano: El problema que tiene el INI en Asturias es el carbón, dijo.

La sociedad asturiana, no sé si por vocación o por imitación, siempre tuvo grandes lumbreras neoliberales. A veces, sin saberlo ellos mismos. Y lo que pensaba el socialista Solchaga lo repetían con idéntico entusiasmo, cargándole a lo público la causa de nuestros males económicos. Sin embargo, el problema fundamental ha sido otro: Asturias, en términos económicos, nunca ha sido pública sino privada. Es posible que el mayor problema que haya tenido esta región fuera el INI.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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Adios a los petrodólares: ¿vuelve el petróleo, pierde el dólar?, de S. McCoy en El Confidencial

Posted in Economía by reggio on 10 diciembre, 2008

Reconozco que me equivoqué a la hora de predecir el curso que iba a tomar a lo largo de este ejercicio el precio del crudo. Y de qué manera. Aunque contemplaba un escenario de debilitamiento de la economía mundial como consecuencia de la crisis financiera, nunca imaginé que su impacto sobre el coste del petróleo fuera a ser tan dramático. Más bien creía, y sigo creyendo, que, en la medida en que no haya fuentes de energía alternativas a un coste razonable, carencia más necesidad equivalen, por definición, a niveles elevados en las transacciones de la materia prima de que se trate. Es más, el cambio sustancial que se ha producido en mi modo de pensar de entonces a ahora es que, si hace unos meses intuía que habíamos visto el máximo de las reservas de oro negro a nivel global (peak oil) pero no habíamos alcanzado los máximos de consumo (peak power), sigo sin tener dudas de lo primero pero la situación actual hace que me cuestione severamente lo segundo, al menos en el corto y medio plazo.

Dado que no creo que vaya a haber una contracción brutal de la demanda de petróleo, en contra de lo que afirma el Banco Mundial y más con programas fiscales expansivos de la dimensión que ahora hay sobre la mesa, considero tan irracional el barril a 140 como a 40. Y si me preguntan qué es lo que debería pasar a un año vista, mi opinión sería sinceramente más alcista que bajista. Probablemente porque, como ya se sabe, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y porque, además, y yendo a razones serias, existen a mi juicio tres justificaciones adicionales que lo refrendan: una, basta ver el número de posiciones vendidas que hay sobre el crudo, gracias entre otros a informes como los de Merrill Lynch que afirman que los 25 dólares serán el suelo de este mini ciclo, para darse cuenta de que esos terribles especuladores que escandalizaron al mundo con sus compras financieras masivas han tardado dos telediarios en situarse en el campo contrario, sin convocatoria política ni repercusión mediática de por medio, magnificando la caída. Cualquier noticia seria por el lado de la oferta podría revertir violentamente su posicionamiento; dos, se da en el mercado petrolero la inusual situación de contango, esto es: los precios al contado son inferiores a los que marcan los futuros, lo que incentiva la acumulación de inventarios y, por ende, la demanda (imprescindible este artículo de Naked Capitalism de hoy que recoge esta idea a la vez que advierte del fin del ciclo de las commodities); y tres, porque lo que está en juego es la supervivencia financiera de numerosos países productores que, a los precios actuales, incurren en severos déficits fiscales dada la contracción que se ha producido en sus ingresos y los programas expansivos de gasto que tienen comprometidos.

En este sentido les traigo hoy a colación la pieza que, uno de los blogueros más relevantes de los Estados Unidos, Brad Setser, ha publicado sobre el particular. Bajo el encabezamiento que da título a este mismo artículo, el autor recoge los niveles de equilibrio presupuestario de la mayoría de las naciones exportadoras de crudo y la conclusión a la que llega es la expuesta a final del párrafo anterior: o hay un repunte sustancial a corto plazo de los precios de esta materia prima, en cuantía suficiente para compensar la única vía a través de la cual se puede lograr a día de hoy, esto es: recortes de producción, o estos países, como ya se ha ido conociendo, lo van a pasar mal pero que muy mal. Se trata de una información muy relevante que debería servirnos de punto de partida a la hora de analizar los verdaderos motivos que se encuentran detrás de las intenciones que públicamente manifiestan los productores de petróleo a la hora de justificar su actuación.

Así, Arabia Saudí, que es la única con verdadera abundancia de oferta, requiere de precios alrededor de los 60 dólares por barril, un nivel similar al del resto de los países del Golfo, para no incurrir en déficit fiscal. Es decir, niveles un 50% por encima de los actuales. Y pese a que la amenaza de un desequilibrio superior al 20% de su PIB se encuentra a la vuelta de la esquina, sería aún así de las naciones más saneadas. Mientras que Argelia y Libia se encontrarían en 56 y 47 dólares respectivamente, Rusia, que acaba de ver cómo le rebajan el rating soberano, encontraría su break-even alrededor de los 70 dólares. Casi nada. Echen cuentas de su vulnerabilidad financiera y encontrarán parcial justificación a su beligerancia exterior. De ahí su búsqueda desesperada por comprar reservas “baratas” fuera de sus fronteras. ¿Les suena? Termina Setser señalando que, a estos precios, sólo Noruega disfrutaría de superávit presupuestario gracias a sus explotaciones petrolíferas.

La conclusión a la que llega el autor es evidente: olvídense de los petrodólares por una temporada. No hay dinero para veleidades fuera de las propias fronteras cuando la situación interna resulta tan complicada. Y menos, como anunciara la propia China la semana pasada, para el sector bancario que tantos disgustos ya ha causado. ¿Y qué pasa con el dólar y las ingentes necesidades de financiación de la economía norteamericana? A corto plazo, no habría cambios toda vez que la teórica menor demanda de bonos se vería compensada por la también menor factura importadora de los Estados Unidos como consecuencia del más reducido coste de la energía. De hecho, la subasta de letras mensuales de ayer al CERO por ciento (0%) contó con una notable participación de los bancos centrales extranjeros, tal y como se recoge en esta información de Bloomberg. Sin embargo, si la realidad interna de estas naciones continúa con su deterioro, la venta forzada de posiciones en moneda extranjera podría conducir a fuertes oscilaciones en el mercado de divisas. Para muchos analistas el dólar ya ha tocado techo. Bueno, si sumamos a todo lo dicho hoy, la voluntad encubierta de China de depreciar su moneda para mantener su ventaja exportadora, lo que empeora automáticamente la de Estados Unidos, quizá la única manera que tiene la primera potencia del mundo de corregir sus desequilibrios, toda vez que los tipos de interés permanecen a niveles irrisorios, sea vía el billete verde. Suena razonable. Ustedes mismos.

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Excelencia universitaria y selección del profesorado, de Federico Durán López en Cinco Días

Posted in Educación by reggio on 10 diciembre, 2008

En los últimos 30 años hemos asistido a cambios sustanciales en la Universidad española. Ante todo, a un espectacular incremento en el número de universidades, que nos ha situado, prácticamente, en el modelo de Universidad provincial, y a un no menos espectacular aumento de las titulaciones impartidas, que han seguido un proceso de progresiva especialización, acompañado de importantes mejoras de las dotaciones económicas dedicadas a la enseñanza y a la investigación universitarias.

Todo ello se ha hecho bajo la enseña de la autonomía universitaria, constitucionalmente consagrada, y de la financiación casi exclusivamente pública. La combinación de estos factores (y la interpretación excesivamente ampliatoria de la autonomía universitaria), ha llevado a una situación en la que son muy escasas, cuando no inexistentes, las exigencias de eficiencia en la gestión de los recursos puestos a disposición de las universidades y en la persecución de niveles cada vez más elevados de calidad y de excelencia en su actividad docente e investigadora.

Uno de los aspectos más afectados por esta deriva ha sido el de la selección del profesorado. Parto de una premisa: no puede haber una Universidad de calidad sin un profesorado de calidad. Pretender crear centros de excelencia, dotados de medios materiales y técnicos importantes y de recursos abundantes, sin asegurar al mismo tiempo un profesorado excelente, es un vano empeño. Aún seguimos pagando las consecuencias de determinados planteamientos de las reformas universitarias de los primeros años ochenta, que pretendieron la creación de un cuerpo docente único, y fracasado el intento, inspiraron la atenuación de diferencias y la difuminación de la carrera universitaria, tendiendo a igualar, reduciéndolos, los requisitos de acceso a los distintos escalones del profesorado.

Hemos pasado así de un sistema de oposiciones nacional, con seis ejercicios de un elevado nivel de exigencia, y un tribunal nombrado por sorteo entre especialistas de la misma materia, a una primera reducción del contenido de las pruebas (eliminando aquellas que iban más allá de la mera exposición de méritos o de la presentación de resultados o proyectos de investigación), con tribunales en parte sorteados y en parte designados por cada universidad y con celebración local de los ejercicios. Manteniéndose el esquema, el nuevo sistema era bastante menos exigente y neutral que el anterior, cuyo defecto fundamental era que provenía del franquismo, pero que resultaba mucho más respetuoso de los principios de igualdad, mérito y capacidad.

El localismo y la endogamia que resultaron de esta modificación inspiraron una segunda reforma. A través de ella, se trató de conciliar un sistema centralizado y coordinado de selección (con niveles de exigencia homogéneos) con el respeto de la discrecionalidad de las universidades en el nombramiento de su profesorado. Se ideó, así, una habilitación nacional, concedida por un tribunal de especialistas designado por sorteo, que abría paso a la participación en los concursos convocados por las universidades. La discrecionalidad de éstas no sólo se mantenía, sino que aumentaba, pero se establecía un filtro que necesariamente debía superarse. Filtro que debía garantizar que no accediesen a la condición de catedráticos, en virtud de pruebas predispuestas en la propia Universidad, quienes no acreditasen previamente, en una sede más imparcial, los méritos necesarios para ello.

Aunque sobre el papel esto implicase una corrección importante del rumbo, en la práctica no fue así. La habilitación no dejaba ser una oposición de las antiguas, pero devaluada, en la que se evitaba cuidadosamente cualquier prueba que el opositor no pudiese llevar ya preparada de antemano. Nada de demostrar el conocimiento de un temario o la capacidad para afrontar la resolución de un supuesto práctico. Y la selección por parte de las universidades, ya sin disimulo alguno, y salvo honrosas excepciones, no era más que una pantomima de concurso para nombrar al candidato local, una vez hubiese obtenido la habilitación.

De todas formas, los amantes de la filosofía igualitaria (nadie tiene más méritos que nadie, nadie tiene más capacidad que nadie), quienes odian ferozmente la competencia y predican como máxima vital y profesional el no corráis que es peor, debieron de pensar que el sistema seguía siendo demasiado exigente y nos encontramos así con la última, por ahora, vuelta de tuerca.

La habilitación ha sido sustituida por un sistema de acreditación, en el que el candidato envía su currículo y una comisión designada al efecto y no integrada específicamente por especialistas de la materia correspondiente, aunque puede pedir asesoramiento a éstos, decide si tiene méritos para ser acreditado como catedrático. Tras ello, cada universidad decide la incorporación a su claustro de los profesores acreditados.

Si antes existía endogamia, ahora simplemente la posibilidad de movilidad del profesorado entre universidades es una pura entelequia, salvo que se negocie caso por caso. Si el sistema se había vuelto más discrecional ahora roza ya lo arbitrario y carece de la mínima transparencia exigible. Y, además, introduce una novedad significativa: ya la función no crea el órgano, sino que el órgano crea la función. La dotación de cátedras no responde a una planificación de necesidades docentes e investigadoras, sino a la existencia de profesores acreditados. Algún rector incluso, con toda lógica por lo demás, perversa pero lógica, considera que es inadmisible negar la acreditación a quien la solicita, por lo que anima a todos los afectados por eventuales negativas a recurrirlas.

Todo esto con fondos públicos de cuyo uso apenas se da cuenta. Sería de sainete si no nos estuviéramos jugando el progreso y el bienestar de nuestra sociedad.

Federico Durán López. Catedrático de Derecho del Trabajo y socio de Garrigues

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En manos de los banqueros, de Juan Francisco Martín Seco en Estrella Digital

Posted in Economía by reggio on 10 diciembre, 2008

Algunos son pertinaces e irredentos. Por ejemplo, Fernández Ordóñez que, con todo lo que está cayendo, centra el peligro en que el Estado intervenga. El 19 del pasado mes hizo unas declaraciones en las que alertaba acerca del riesgo que, según él, se produce en las capitalizaciones de los bancos con entrada de representantes del Gobierno en los consejos de administración, calificándola de nefasta si se cae en la tentación de obligar a esas entidades a conceder créditos: “En el momento en que obliguemos a un banco a dar un crédito a quien no lo va a pagar, nos habremos cargado el sistema financiero”.

El caso es que, para destruir el sistema financiero, se valen ellos solos, y ya lo hubiesen hecho si no llega a ser por la actuación de urgencia del sector público y por el dinero de los contribuyentes. ¿Nos olvidamos, acaso, de que han sido las propias entidades financieras y la autorregulación las que se encuentran en el origen de esta crisis? Son los bancos los que han concedido créditos a quien no podía pagarlos –las famosas hipotecas subprime– y han sido los bancos los que han titulizado esa basura, la han vendido a otros bancos y han contaminado el sistema.

Incluso, refiriéndonos a España, hay mucho que decir respecto al comportamiento de nuestras entidades financieras. Se ha pregonado su solvencia y buena salud en comparación con las de los otros países. La explicación es sencilla. No han tenido demasiadas ocasiones de contaminarse. Dado nuestro déficit exterior, nuestros bancos no podían ir a los mercados internacionales a comprar activos, ni de buena ni de mala calidad, sino a emitir pasivos, a endeudarse. Era difícil, por tanto, que adquiriesen en el extranjero activos de dudosa procedencia.

Otra cosa es la contaminación interior porque, sin llegar a la aberración de las hipotecas subprime, al conceder créditos con excesiva alegría y permitir el apalancamiento, las entidades financieras han sido, en buena medida, las causantes de la burbuja inmobiliaria y del brutal endeudamiento de nuestra economía. Esas personas tan sabias y expertas que dirigen los bancos quizás se han autoengañado pensando que las condiciones económicas iban a permanecer inmutables (buen ejemplo de ello son los préstamos a Sacyr); pero de lo que no hay duda es de que han engañado a los clientes y a la sociedad en su conjunto.

La cultura financiera de la mayoría de los ciudadanos es escasa y, por lo general, se fían de lo que les diga el banco, sin ser capaces de discernir muchas veces la verdad de la mentira. En unos momentos en los que los tipos de interés eran excepcionalmente bajos, las entidades financieras impusieron el interés variable con lo que el riesgo pasaba de éstas al cliente al que se engañaba, o al menos se confundía, presentándole una oferta que no era real. Casi todo el mundo, cuando va a demandar un crédito, en lo que se fija es en la cuota que va a tener que pagar todos los meses, y si ésta es asequible teniendo en cuenta sus ingresos. Pero, con interés variable y especialmente con largos plazos de amortización, esa cuota puede modificarse de manera sustancial, ya que casi todo lo que se paga en los primeros años son intereses, por lo que variar el tipo de interés, también lo hace y casi en la misma proporción la mensualidad. Tal escenario va a conducir a un fuerte incremento de la morosidad, y a crear una situación económica angustiosa en muchos ciudadanos.

Este comportamiento de las entidades financieras contrasta con el que están practicando en la actualidad. Desde la propia vicepresidencia económica se ha mostrado preocupación por que el crédito no llega a las empresas o a las familias y, cuando llega, lo hace con unas condiciones draconianas. En plena recesión, casi deflación, las entidades financieras están cobrando a sus clientes unos tipos de interés desmedidos, integrados por dos factores diferentes. Por una parte, el nivel del Euribor (tipo al que los bancos se prestan entre ellos), dado que presenta una diferencia anormal con respecto a la tasa de interés que marca el BCE, hecho que éste debería tener en cuenta al fijarla.

Pero el otro factor es que la banca, sin razón aparente, aplica un diferencial sobre el Euribor muy superior al que fijaba anteriormente, y, además, lo completa con domiciliación de la nómina, seguro de vida, del hogar, fondo de pensiones y no se sabe cuántas cosas más, lo que constituye todo ello un pago en especie. No se trata, por tanto, de que los bancos se hayan vuelto más cuidadosos a la hora de decidir a quién prestan, ni que exijan más garantías -lo que parecería lógico, dada la ligereza con la que se han comportado en la etapa anterior-. Se trata de que parecen querer compensar ahora, a costa de los clientes solventes, las pérdidas que pueden derivarse de las alegrías de antaño. Lo cierto es que están encareciendo el crédito y ahondando la recesión.

A quienes temen que el poder político entre en la banca, habrá que decirles que difícilmente lo hará peor que el poder económico y los llamados independientes. Además, al Gobierno se le pueden exigir responsabilidades; a los banqueros, nunca. Parece evidente que cada cierto tiempo las entidades financieras entran en crisis y, bajo las amenazas de que se tambalea todo el sistema y la economía en su conjunto, enormes cantidades de fondos públicos tienen que acudir en su ayuda. Habrá que pensar que el crédito y el dinero son asuntos demasiado importantes para dejarlos en manos de los banqueros. Desde luego, no tiene sentido que, como en la antigua URSS, los taxis sean públicos, pero a lo mejor tampoco lo tiene que, como en nuestros países, los bancos sean privados.

www.telefonica.net/web2/martin-seco

“El infierno no termina al cerrarse las puertas del campo de concentración”, de Juan Gelman en Página 12

Posted in Derechos, Historia, Justicia, Libertades, Memoria, Política by reggio on 10 diciembre, 2008

Juan Gelman escribe contra “los organizadores del olvido”

El Ministerio de Cultura español promovió el Primer Encuentro Internacional de Memoria Histórica en la Universidad de Salamanca, la misma donde Miguel de Unamuno enfrentó al dirigente franquista Millán de Astray cuando éste entró a los claustros pistola en mano gritando “Viva la muerte, abajo la inteligencia”. En esa reunión, de la que participaron delegaciones de Chile, Argentina, República Dominicana, Portugal y Alemania, el poeta y columnista de Página/12 fue el encargado de realizar la conferencia inaugural sobre “el imperativo moral de la memoria colectiva”.

Soy padre de un hijo de 20 años secuestrado, torturado, asesinado en 1976 por la más reciente dictadura militar argentina, que también desapareció sus restos. Fueron hallados, gracias a la infatigable labor del Equipo Argentino de Antropología Forense, 13 años después. Soy suegro de su esposa, secuestrada cuando tenía 19 años, trasladada de Buenos Aires a Montevideo encinta de ocho meses y medio y asesinada por la dictadura militar uruguaya dos meses después de dar a luz. Sigue desaparecida y su hija fue entregada a un policía de matrimonio estéril. Soy abuelo de una nieta de la que me robaron sus primeros 23 años de vida y que mi mujer, Mara La Madrid, que no es la madre de mis hijos, y yo buscamos y encontramos al cabo de una larga investigación. Nada de esto hubiera sido posible sin el testimonio oral de sobrevivientes uruguayos y argentinos, sin expedientes judiciales y aun militares, sin ese archivo tan particular que es el banco de datos sanguíneos de familiares de desaparecidos del Hospital Durand de Buenos Aires, sin una campaña internacional de denuncia que tuvo la solidaridad de decenas de miles de poetas, escritores, artistas y gente de a pie de 122 países, sin libros, sin documentos, sin Internet, sin videos y, sobre todo, sin la voluntad imperiosa de encontrar la verdad.

Hablo desde la experiencia argentina. ¿Por dónde empezar? ¿Por la madre de un desaparecido que año tras año y día tras día arreglaba el cuarto de su hijo y a la noche le preparaba la sopa que él solía tomar al regreso del trabajo? La sopa se enfriaba en la mesa sin remedio. ¿Por el sueño de la hija de una desaparecida? Este sueño: “Mamá vive en el departamento de la calle 47. Voy a visitarla. Tengo miedo de que me abrace y al hacerlo se convierta en fantasma”. Ha pasado mucho tiempo desde la de-saparición de ese hijo y de esa madre, pero no hay final del duelo todavía. No lo habrá mientras no se encuentren sus restos y descansen en un lugar de recuerdo y homenaje. No lo habrá mientras esa madre y esa hija no sepan toda la verdad sobre su sufrimiento. No lo habrá mientras esa verdad no conduzca a la Justicia.

El infierno no termina cuando se cierran las puertas del campo de concentración y los hornos se apagan: hace un cuarto de siglo que cesó el infierno militar en la Argentina y centenares de miles de personas –hijos, padres, hermanos, familiares, amigos de los desaparecidos– viven esa segunda parte del infierno que crepita en la memoria y no hay modo de apagar. “Desde entonces, a una hora incierta/esa agonía vuelve/y hasta que mi cuento espantoso sea contado/mi corazón sigue quemándose en mí”, dice el viejo marinero de un poema de Coleridge que recordó Primo Levi. Para muchos argentinos, uruguayos, chilenos, centroamericanos y nacionales de tantas otras latitudes del mundo esa estrofa poética es vida real y quema cada día.

“En nuestro país el olvido corre más ligero que la Historia”, dijo el escritor Adolfo Bioy Casares. Pues no sólo en la Argentina. Desaparecen los dictadores de la escena y aparecen inmediatamente los organizadores del olvido. “¿Para qué renovar las penas? –dice Ismene a Edipo–. El dolor se sufre al recibir las penas y se vuelve a sufrir al recordarlas.” El Día de Muertos, el pueblo mexicano acude a los cementerios, se sienta alrededor de sus difuntos, toca la guitarra y les canta, les pide que sigan muriendo en paz y que dejen en paz a los vivos para que los recuerden sin terrores. Pero los familiares de los desaparecidos no tienen dónde hablarles y ellos son fantasmas inciertos que vuelven a doler en la memoria.

“Los padres quedaron sin hijos y no terminan sus quejas. Conocen al fin cuál es el dolor total sin remedio”, dice Esquilo. ¿Cada recuerdo trae un dolor que se amontona, capa sobre capa, y se convierte en una geología del dolor? ¿Es posible dialogar con el dolor, fingir que tiene rostro y que no es una potencia que viene y va y protesta contra la muerte del ser querido y le da cuerpo y la afirma negándola? ¿La locura sería la última puerta del dolor, una manera de convertirse en dolor para no padecerlo y desaparecer en el dolor? ¿No será ésa una forma de fundirse con la víctima y así morir con ella? Los familiares de los desaparecidos están en otro lugar. “Un loco, solamente un loco que perdió la mente olvidar puede la muerte de su padre”, dice Electra. O la muerte de un hijo. No es ésa la locura de los familiares: su única “locura” consiste en exigir verdad para las víctimas y justicia para los victimarios. Es un camino lleno de obstáculos con los que se tropieza día a día. Los comisarios del olvido tienen recursos y conocen su trabajo.

Un pacto de silencio sella la boca de los militares argentinos, con pocas excepciones. Cuando sus camaradas conocen que alguno está dispuesto a hablar, lo callan con una buena dosis de cianuro: le ocurrió al prefecto naval Héctor Febres, a punto de ser condenado por los crímenes que cometió durante la dictadura militar. O desaparecen a testigos importantes de los juicios por delitos de lesa humanidad, como desaparecieron a Julio López, para agitar el miedo en las víctimas testimoniantes. La policía facilita la huida del represor atrapado o quema archivos de sus operaciones. La jerarquía de la Iglesia Católica argentina que, a diferencia de la chilena, santificó la matanza –un obispo del Vicariato llegó a decir “cuando hay derramamiento de sangre, hay redención”–, la jerarquía de la Iglesia Católica argentina, que ordenó tranquilizar a militares desasosegados porque venían de tirar prisioneros vivos al océano, se niega a abrir sus muy prolijos archivos de la época, que permitirían recuperar al menos los restos de numerosos desaparecidos.

Ciertos jueces, ciertos fiscales y ciertas instancias judiciales como la Corte de Casación argentina encajonan procesos contra los represores, quienes pueden quedar en libertad por la falta de sentencia. Y lo peor, verdaderamente lo peor, es la perversión que mancha a sectores políticos y sociales que, de un modo o de otro, por acción o por omisión, fueron cómplices de la matanza y callan lo que saben y niegan al Otro lo que saben. Y luego, por qué omitirlo, la actitud pasiva de ciertos familiares que, ante todo por falta de medios, y luego por desánimo, cansancio, resignación, desesperanza o temor, todavía temor, depositan su no hacer en los organismos de derechos humanos. Y también, por qué omitirlo, ciertos organismos argentinos de derechos humanos que burocratizan el dolor o militan contra la búsqueda de los restos de los desaparecidos “para que sigan con sus compañeritos”. Así hacen tabla rasa de la historia personal de las víctimas y del lugar que ocuparon en la historia. Es la continuidad civil, bajo otras formas, del pensamiento militar.

La voluntad de corregir la memoria, como es notorio, viene de muy lejos. En el siglo V antes de Cristo, la sangrienta oligarquía de los Treinta prohibió en Atenas por decreto recordar la derrota militar que le infligiera Esparta. Cada ciudadano fue obligado a pronunciar el juramento “No recordaré las desgracias”. Pasan los siglos y los vencedores siguen reorganizando el pasado a voluntad. En el año de gracia de 1040 el monje Arnold von Saint Emmeram explicaba así el método que había elegido para escribir la historia del ducado de Baviera: “No sólo es pertinente que las nuevas cosas modifiquen las viejas; también es correcto, si las viejas son desordenadas, el de-secharlas por completo, e incluso, aunque estén bien ordenadas pero sean poco útiles, el enterrarlas con reverencia”. La voz de los vencidos es “desordenada y poco útil” en los manuales de historia al uso, cuyo marco de referencia esencial es el Estado. Numerosas víctimas de crímenes contra la humanidad fueron y son carne de olvido, “ese acuerdo con aquello que se oculta”, al decir de Blanchot. Los que falsifican la historia así, falsifican la vida y están presentes y activas las antiguas herencias de nuestra tan moderna, o posmoderna, civilización occidental, en la que los extraordinarios avances tecnológicos conviven o malviven codo a codo con genocidios nunca vistos.

Proliferan las teorías sobre la historia como relato y otras sobre todo lo contrario. De lo primero hay pruebas más que suficientes, algunas francamente ridículas. La historia del Partido Comunista soviético ha sufrido continuos liftings con el correr del tiempo y se convirtió en un acto de predicción del pasado. Es famosa la fotografía del estado mayor bolchevique tomada días después del triunfo de la Revolución Rusa, con Lenin en el centro, a su derecha una escalera y luego Stalin. El lugar de la escalera lo ocupaba Trotski, excomulgado por el Termidor stalinista. El acto tiene pretensiones mágicas y la voluntad de abolir la historia. De ahí la importancia fundamental de los archivos de la memoria. De ahí la importancia fundamental de esta reunión. La pretensión de mutilar la memoria cívica de todos los días corrompe su salud y despeja el camino a nuevos autoritarismos.

El imperativo moral de la memoria colectiva tiene hoy más urgencia que nunca y no faltaron en la Argentina y en otros países quienes entendieron esto muy temprano y crearon y ordenaron personalmente, sin apoyo oficial alguno y movidos por su moral ciudadana, informaciones utilísimas que se pueden ver por Internet. Estos archivos contribuyen a deshacer las artimañas de los asesinos de la memoria, como ésas que pretenden que no hubo cámaras de gas y que el primer pueblo ocupado por el nazismo fue el pueblo alemán. Si queremos que la barbarie no se repita y pase al reino del nunca más, no deberían, creo, ser archivos mudos para la sociedad civil y viceversa: habría que acercar sus contenidos a sectores sociales y políticos en los que hay no poco a despejar todavía.

¿Y se podrá alguna vez despejar mentes en el estamento militar para que obedezcan a lo ético y opongan la desobediencia debida a órdenes criminales? El capitán de navío Juan Carlos Rolón, miembro de un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada de Buenos Aires donde la marina desapareció a 5000 personas, declaró impávido: “Nos enseñaron que la tortura era una forma moral de combatir al enemigo”. Se recuerda el diálogo que Hannah Arendt sostuvo con un oficial nazi que admitió haber gaseado y enterrado a prisioneros con vida en el campo de concentración de Maidanek. La pregunta de la filósofa: “¿Se da cuenta de que los rusos lo van a colgar!”. La respuesta del nazi: “¿Por qué? ¿Yo qué hice?”.

Las dictaduras suprimen el testimonio de las víctimas, pero llevan sus propios archivos. En Auschwitz hay gruesos volúmenes que registran la muerte de los prisioneros gaseados. En la primera columna de cada página figuran el nombre, la edad y la nacionalidad de la víctima; en las dos restantes, hora y causa de la muerte. La hora es la misma a lo largo de páginas enteras, las 8.15, o las 8.30 o las 9.00 de la mañana. También se repite la causa de la muerte, “influenza” casi siempre. Este no es sólo un acto burocrático; sustituye la vida por una mentira de papel y muestra abismos de la condición humana. Se impone abrir esa clase de archivos. Pero ésta es una decisión de Estado y, lamentablemente, todavía hay gobiernos democráticos que no se atreven a disponer que se dé ese paso indispensable. Los familiares de los desaparecidos sólo conocen la dolorosa mitad del crimen. La otra yace oculta, custodiada por centinelas militares, policiales, eclesiásticos. Jacques Derrida habló del “mal de archivo”, pero ésos son los archivos del mal.

Que se me perdone la insistencia en subrayar la importancia de los testimonios orales, vehículos de una memoria que en ocasiones se transmite de generación en generación. Frente a Panamá –narra el periodista José María Pasquini Durán– hay una isla llamada San Blas en la que vive una etnia indígena. Una vez al año todos se reúnen y los ancianos cuentan a los jóvenes la historia de la etnia, que arranca del casamiento del Sol con la Luna, para que su memoria perdure. Los jóvenes comenzaron a emigrar y a quedarse en Panamá, pero mandan grabadoras a la isla para registrar el relato de los ancianos. Ahora la maravillosa historia que comienza con el Sol y la Luna está en casete y los jóvenes lo tienen en su casa entre los discos más recientes de pop norteamericano. Menciono esto porque en muchas sociedades del mundo no hay casete todavía.

En el año 1987 seguía yo exiliado en Francia y el diario recién nacido entonces para el que trabajo, Página/12, me pidió que cubriera el proceso a Klaus Barbie, el ex jefe de la Gestapo en Lyon, bautizado “El carnicero”. A una víctima que le detallaba sus crímenes, Barbie dijo: “Yo no me acuerdo de nada. Si se acuerdan ustedes, el problema es de ustedes”. Efectivamente: recordar y denunciar los crímenes contra la humanidad y exigir su castigo es un problema nuestro.

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