Reggio’s Weblog

El Constitucional ante el reto del ‘Estatut’, de Josep Ramoneda en El País

Posted in Política, Derechos by reggio on 4 diciembre, 2008

Un texto aprobado por dos Parlamentos y ratificado en un referéndum llega a los magistrados de un tribunal desprestigiado y en situación de prórroga. Deberían escoger el camino de la prudencia.

La prudencia es una virtud clásica que no siempre ha gozado de prestigio. Su apropiación por la escolástica la ha hecho, injustificadamente, sospechosa de ser una virtud conservadora, instrumento de moderación y orden. Todo lo contrario: la prudencia es una virtud que se funda en la sabiduría de las cosas humanas, en la capacidad de anticipar lo que es más justo y adecuado a una situación determinada, es decir, lo que puede tener efectos más positivos sobre la dinámica social. Por eso la prudencia es aconsejable en el gobernante, pero también en el juez o el magistrado que debe resolver siempre al filo de lo justo y de lo injusto, o en cualquier persona que ejerce autoridad sobre los demás. La prudencia abre perspectivas nuevas al tiempo que evita riesgos innecesarios. Es decir, es una virtud completamente opuesta a los comportamientos que nos han conducido a la crisis económica actual. Se puede decir que en los últimos diez años la prudencia ha estado ausente de los poderes públicos y privados.

En vigilias -es un decir, porque la espera lleva ya muchos meses-, de un pronunciamiento del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Cataluña, se han publicado un montón de artículos y comentarios dando por hecho que la sentencia lesionaría gravemente al texto legal y proponiendo los planes de actuación que deberían seguir las fuerzas políticas catalanas después del presunto fracaso. Naturalmente, en un aburrido, por recurrente, ejercicio de contradicción, los artículos son de dos tipos: los que dicen que las sentencias del Constitucional son para acatarlas y que, por tanto, los responsables políticos catalanes no tienen otra opción que aceptar lo que salga; y los que, al contrario, hablan de desastre o de humillación colectiva y de necesidad de una respuesta contundente, con una gama de propuestas diversas desde el referéndum hasta la insumisión.

Por lo general, los artículos de unos y otros no consiguen disimular el deseo de que el Constitucional se cargue el Estatut. Unos -los que dicen que hay que acatar y basta- porque siempre han estado en contra del Estatuto aprobado; otros -los partidarios de una movilización nacional- porque piensan que el conflicto podría ser algo así como un despertar de la sociedad catalana que abriera el camino hacia su plenitud política. Ambas actitudes podrían ser consideradas imprudentes. Se podría entender que es imprudente especular sobre una sentencia que todavía no existe, aunque los antecedentes tanto de las relaciones Cataluña-España como del propio Tribunal en cuestión dan motivos para la sospecha. Y se podría entender que es imprudente el deseo de que el Estatut se estrelle en el Constitucional por los efectos no deseados que esta historia pueda tener. Por ejemplo, el PP, motor de este conflicto, porque fue él quien presentó el recurso, podría haber pecado de imprudencia si una sentencia valorada como negativa por los creadores de opinión provocara una reacción en la sociedad catalana que aumentara, más todavía, el carácter marginal que la derecha española tiene en Cataluña.

Pero si traigo a colación la virtud de la prudencia no es en relación con la literatura preventiva que viene entreteniendo el debate político catalán, sino en apelación directa a los miembros del Tribunal Constitucional. Un tribunal absolutamente desprestigiado, que vive en estado de prórroga, porque el Partido Popular no quiere renovarlo hasta que le dé la razón con una sentencia contra el Estatut de Cataluña, va a tomar una decisión que puede tener consecuencias muy serias respecto a las expectativas de futuro del Estado de las autonomías. Y la va a tomar supliendo un vacío legal que, por olvido o por efecto de las relaciones de fuerzas, no quisieron o no pudieron cubrir los redactores de la Constitución. No se pensó en limitar el recurso al Constitucional en aquellas leyes que fueran aprobadas en referéndum. Con lo cual, un recorte sustancial o una interpretación sensiblemente a la baja del Estatut plantearía un conflicto inédito entre poderes que, si no impera la prudencia, no es de fácil solución.

El Estatut de Cataluña no es una iniciativa unilateral de un sector de la sociedad catalana, como puede ser el plan Ibarretxe. El Parlamento catalán redactó y aprobó un texto para ser presentado al Parlamento español que es el que tiene capacidad de convertirlo en ley. Una vez en las Cortes, fue debidamente recortado y reelaborado, en un proceso de pacto a varias bandas. Y, después, fue sancionado en referéndum por el pueblo catalán. Es decir, el Estatut pasó todos los filtros que exige la ley, hasta que la ciudadanía catalana lo dio definitivamente por bueno. Al Partido Popular no le bastó y lo recurrió ante el Constitucional. El Partido Popular se vengaba así de haber quedado fuera de los pactos del Estatut y utilizaba el recurso como arma al servicio de la estrategia de presentarse como campeón del nacionalismo español. Tenía derecho a hacerlo. La ley no lo impedía. Pero, si la prudencia es una virtud social, sería exigible a los magistrados del Constitucional que tuvieran la que les faltó a los dirigentes populares. ¿Verdad que sería grotesco recurrir una reforma de la Constitución aprobada en referéndum, porque el Constitucional está para aplicar la Constitución que aprueban los españoles y no otra? Por analogía, ¿no sería razonable abstenerse en un caso de una reforma de un Estatuto aprobada por referéndum?

Sé perfectamente lo que me dirán a uno y otro lado: que el Estatut no es una constitución sino la ley que regula el papel de Cataluña dentro del Estado español y que éste tiene que ajustarse a la Constitución. Pero la buena interpretación jurídica tiene alma, es decir, sabe discernir los contextos y las circunstancias en las que opera una ley que de por sí es ciega. La prudencia sólo pueden aportarla las personas, no los textos legales. Si después de que el Estatut ha seguido escrupulosamente el proceso arriba citado, es decir, después de haber conseguido la aprobación por dos parlamentos y un referéndum, el Constitucional considera que el Estatut no se ajusta a la Constitución, ¿no sería más razonable aconsejar la reforma de ésta que cargarse el Estatut? ¿O no debe ser el objetivo de las instituciones garantizar un Estado constitucional en el que todos quepan sin que nadie se sienta asfixiado o poco reconocido?

Si la sentencia fuera negativa, la ciudadanía de Cataluña tendría razones para sentirse abusada: no basta con que la proposición que emana del Parlamento catalán sea debidamente pulida en Madrid, encima hay un tribunal al acecho para aplicar el estacazo definitivo. Hay una especie de ninguneo de la voluntad popular que no parece edificante. Ya sé que vivimos en democracias representativas, que el equilibrio de poderes es muy importante, y que colocar la voluntad popular por encima de todo puede ser extremadamente peligroso. Pero cuando un tribunal y el voto popular se contradicen hay un problema. Y el Tribunal haría muy bien en no llegar a este punto, en buscar soluciones que permitan que no se dé esta contradicción. La ciudadanía catalana ha aprobado un Estatut, ¿se la pueda obligar a someterse a otro -el Estatuto revisado por el Constitucional- que no es ninguno de los que han sido votados en referéndum? ¿Puede negarse a los ciudadanos catalanes el derecho a aprobar o rechazar el Estatut emanado del Constitucional si es significativamente distinto del que votaron?

Un buen ejercicio de prudencia por parte del alto Tribunal podría resolver muchos conflictos. Aunque soy consciente de que pedir prudencia a este tribunal, a la vista de lo que ha sido su comportamiento en los últimos años, es pura inocencia. Al fin y al cabo, su tiempo ya pasó, y si los señores magistrados siguen allí es porque el PP quiere que acaben de cumplir el trabajo que de ellos esperan. Ningún magistrado lo ha desmentido, disponiendo de un instrumento muy elemental para hacerlo: la dimisión.

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Una Universidad de adultos, de Joan Subirats en El País de Cataluña

Posted in Educación by reggio on 4 diciembre, 2008

En estos días de confusión universitaria, en los que muchos trampeamos como podemos con nuestras contradicciones y perplejidades, me ha sorprendido agradablemente el nuevo decreto por el que se regulan las pruebas de acceso a la Universidad para el curso 2010-2011. La sorpresa proviene de la incorporación de pruebas especiales para mayores de 45 años y de un nuevo acceso a la enseñanza superior mediante acreditación de experiencia laboral o profesional. Hasta ahora, como sabemos, existía una vía considerada más o menos extraordinaria para mayores de 25 años. De hecho, las universidades reservan muy pocas plazas para este tipo de personas, consideradas de alguna manera anómalas en una enseñanza pensada para una etapa vital que idealmente ocupaba la franja de 18 a 23 años. El estereotipo de estudiante que sigue predominando en el imaginario de la Universidad es la persona que llega a la institución de enseñanza superior tras superar su etapa de adolescencia y de formación previa, lista para recibir la buena nueva del conocimiento que se atesora tras los viejos muros del alma máter. De esta manera, tras esos años de formación, la hipótesis es que uno quedaría listo para un futuro profesional que de alguna manera se imagina vinculado a su especialización. Todo el sistema educativo está recibiendo las sacudidas del cambio de época. Y la Universidad ha tratado de adaptarse a través de la diversificación de titulaciones y la proliferación de todo tipo de posgrados. Pero el acceso a los cursos de grado o de licenciatura sigue estando muy vinculado a una lógica de edad y de filtro previo vía estudios de ESO y bachillerato.

Las cifras del curso 2006-2007 nos muestran una clara discriminación a favor de los estudiantes considerados estándar. Así, mientras que en las pruebas de acceso a la Universidad normales superaron las pruebas cerca del 90% de los presentados, en el caso de los mayores de 25 años sólo uno de cada tres presentados logró superar la prueba. Ello es el resultado de una visión residual y periférica de la relación de la Universidad con el mundo de los adultos y de la lógica del aprendizaje a lo largo de la vida. Los profesores de las escuelas de adultos son tratados de manera discriminatoria en relación con sus colegas de los institutos de bachillerato. Apenas si se les permite participar en todo el proceso de elaboración y realización de las pruebas, y disponen de menos tiempo para la preparación de las pruebas, ya que sus alumnos empiezan más tarde y se examinan antes. Sólo muy recientemente algunas universidades han empezado a relacionarse con las escuelas de adultos tratando de encontrar canales de colaboración y de trabajo conjunto. Queda aún mucho por hacer para la normalización de este asunto.

En este sentido, el nuevo decreto es una buena noticia. Las pésimas cifras de los niveles educativos de nuestros adultos son bien conocidas y seguimos estando en los últimos lugares en cualquier análisis de long life learning de los que realiza la OCDE o la Unesco. La nueva regulación propone que se abra una vía especial para los mayores de 45 años. Los candidatos deberán superar una prueba de conocimiento de la lengua o lenguas, y un comentario de texto o desarrollo de un tema de actualidad. Asimismo deberán realizar una entrevista que acabará decantando su posibilidad de acceso. De esta manera se busca facilitar la incorporación de personas que decidan de manera tardía incorporarse a la Universidad, lo cual es cada vez más probable, dada la gran ampliación de personas que llegan a edades significativas con un óptimo nivel de salud y con ganas de emprender nuevas actividades, quizá largamente aplazadas. La otra gran novedad, para mí particularmente positiva, es la que establece la posibilidad de incorporación a la Universidad de personas mayores de 40 años que, sin poseer ninguna titulación académica que les habilite para acceder a la Universidad por las vías convencionales, puedan acreditar una experiencia laboral y profesional relevante para una enseñanza concreta. Serán las universidades las que deberán ordenar esta cuestión, para acreditar y reconocer esa experiencia, lo que, de conseguirse, habilitaría a esa persona para, tras una entrevista, acceder a los estudios que quiera realizar. Estamos ante una tardía pero positiva incorporación de España al conjunto de los países más avanzados del mundo que desde hace años han tratado de flexibilizar los criterios de la enseñanza superior para facilitar que personas con alto nivel de conocimientos y habilidades puedan ver reconocidas y estimuladas sus aptitudes en las aulas universitarias. La capacidad de relacionar práctica y reflexión, caso y categoría, puede así verse enormemente reforzada para beneficio personal y colectivo.

En los últimos tiempos, ha aumentado la presencia de alumnos en las aulas de las escuelas de adultos. Son cerca de 60.000 los alumnos en Cataluña. Pocos si los comparamos con los cerca de 25.000 del País Vasco, que como sabemos tiene una población que representa el 30% de la población catalana. Necesitamos más y mejor educación de adultos en el país. Y la nueva normativa puede ayudar a ello. Por otra parte, y en clave más egoísta, me gustaría pensar que esos cambios puedan ir situando a la universidad en una realidad bastante menos complaciente y aislada que la que ha predominado en los últimos tiempos. Creo que si aprovechamos bien estas oportunidades, podemos combinar la tan manoseada excelencia académica con la menos practicada labor de compromiso social y servicio público. Son una pequeñísima minoría los adultos que hoy pueblan las aulas universitarias. Y no creo que nos venga mal, tanto a alumnos como a profesores, tenernos que enfrentar al reto de interactuar con personas llenas de experiencia y con deseos de buscar respuestas a interrogantes largamente almacenados. Sin un mayor enraizamiento en nuestra realidad social, ni nuestra básica labor docente ni nuestra capacidad investigadora tendrá mucho sentido.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

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Universidad: fin de un modelo, de Francesc de Carreras en La Vanguardia

Posted in Educación by reggio on 4 diciembre, 2008

Con el plan de Bolonia la universidad europea concluye solemnemente un ciclo y comienza otro. Este cambio ya se estaba produciendo desde hacía un tiempo. Para poner una fecha, con lo atrevido que siempre resulta poner fecha, quizás podríamos escoger 1968. Desde principios de siglo XIX la universidad había sido, o pretendido ser, el centro de enseñanza superior por excelencia. A partir de ahora, cuando menos en parte, ya no será así: la universidad será una mezcla de bachillerato especializado y de formación profesional, con algún pequeño reducto de universidad a la antigua usanza. No digo que esta perspectiva esté mal ni bien. Seguramente es una solución que resuelve algunos problemas sociales y económicos de la actualidad. Pero también plantea otros y, en todo caso, comporta importantes consecuencias culturales y sociales.

Las primeras escuelas que se denominaron universidades datan del siglo XI. Algo después adquieren fama algunas de ellas (París, Oxford, Bolonia, Salamanca entre nosotros) y constituyen verdaderos centros de conocimiento, pero casi limitados a la teología, el derecho y la medicina. Pero ya en la edad moderna las universidades entran en una clara decadencia. Controladas en general por la Iglesia y por las monarquías absolutas, se limitan a enseñar un escolasticismo tradicional y nada innovador. Los nuevos métodos racionalistas y empiristas, decisivos en el alumbramiento del mundo moderno, discurren por otros cauces. Ni Montaigne, ni Hobbes, ni Descartes, ni Locke, ni Spinoza, ni Leibniz, ni los ilustrados franceses del XVIII son profesores de universidad.

Con el liberalismo se inicia una nueva etapa y la universidad será protagonista del saber moderno. Así, Napoleón establece una universidad estatal y burocrática que resulta muy eficaz; la Universidad de Berlín se funda en 1810 inspirándose en las nuevas ideas sobre la enseñanza de Fichte y Humboldt; Oxford y Cambridge evolucionan hacia el modelo que teorizará Newman. Con ello se ponen las bases de la universidad europea que ha durado hasta hace poco. En buena parte, el pensamiento, la cultura y la ciencia se producen dentro del marco de este nuevo tipo de universidad. Simplificando un poco, en esta universidad europea podemos distinguir dos grandes modelos de enseñanza: el británico y el alemán.

El modelo británico se basa en la idea de que la enseñanza debe ser generalista, es decir, que debe dotarse al estudiante de los conocimientos necesarios para que, tras su paso por la universidad, esté en condiciones de desempeñar cualquier profesión a la que se dedique. Los conocimientos específicos para dedicarse a una profesión o a la investigación científica deben adquirirse después, tras el paso por la universidad.

El modelo alemán es distinto: la universidad es una institución al servicio de la ciencia y la enseñanza debe ir encaminada al conocimiento del método científico, no a una formación general ni tampoco a la preparación para el ejercicio de una profesión. Por tanto, sólo un buen investigador puede ser un buen docente. Aquel profesor que no investiga y sólo se limita a transmitir lo ya conocido es incapaz de iniciar al estudiante en el saber científico, base de toda formación intelectual. Sólo con esta base científica puede el estudiante convertirse en un buen profesional.

El modelo español ha estado a caballo entre uno y otro modelo, con todas las evidentes insuficiencias pero también, ciertamente, coincidiendo en una cosa con ambos: en la universidad no se debía enseñar una profesión sino que debían ponerse las bases teóricas para que esta profesión pudiera aprenderse fuera de la universidad. Es decir, sin aprender los conocimientos que la universidad ofrece es imposible tener capacidad suficiente para ser después abogado, médico o arquitecto; ahora bien, en la universidad no te enseñarán a ser abogado, médico o arquitecto. Bien generalista, bien científica -dependía de la carrera, asignatura o profesor- en la universidad española no se enseñaba una profesión, simplemente se preparaba para que después se pudiera aprender una profesión.

Todo ello ha cambiado. En los últimos años, se ha ido creando un consenso implícito en que la universidad debe formar, antes que otra cosa y desde el principio, profesionales. Probablemente ello es debido a que, por una parte, de una universidad elitista hemos pasado a una universidad de masas, con necesidades distintas; por otra, la actual mentalidad de los jóvenes es muy pragmática y, desde el primer día, piden que se les enseñen cosas útiles para su rápida inserción en el mundo laboral. Las direcciones de las universidades, desde el ministerio hasta las consejerías autonómicas, los rectores y los decanos, incluso la mayoría de los profesores, también parecen estar en esta línea.

Las dudas sobre esta nueva orientación, sobre esta enseñanza dirigida tan exclusivamente a formar profesionales, son varias y casi no hay espacio para abordarlas. Enunciaré sólo dos, no sé si las más importantes. La primera, si dará buenos resultados prácticos, es decir, si ayudará realmente, aunque resulte paradójico, a formar buenos profesionales. La segunda, si será capaz de incitar a la investigación, al aumento del conocimiento innovador, ahora que tanto se habla de su necesidad.

Tengo la impresión de que el debate ha sido, y sigue siendo, pobre e insuficiente. Se ha hablado de muchas cosas menos de una, de la más importante: ¿hacia dónde va el nuevo modelo?

FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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La deuda, de Miguel Trias Sagnier en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 4 diciembre, 2008

TRIBUNA

Son tiempos convulsos en los consejos de administración. Las ventas bajan, el resultado se deteriora y hay que tomar medidas de choque para dar viabilidad a la empresa. Entre tanto, el apalancamiento, un mantra que se imponía hasta hace poco como receta necesaria para una buena gestión financiera, se presenta como carga insoportable. ¿Quién nos ha metido en tamaño desaguisado? La tentación es siempre echar balones fuera. Podemos buscar las causas últimas en la ideología neoliberal dominante en los últimos treinta años, en la política de bajos tipos de interés de la Reserva Federal y en una nefasta gestión de la crisis por el peor gobierno norteamericano que se recuerda.

Pero en nuestro querido país nos hemos apuntado con euforia y con la complicidad de todos los estamentos al festival de excesos. No se trata ahora de culpar a los demás, sino de asumir las propias responsabilidades, corregir lo que se ha hecho mal y afrontar el futuro con valentía. Hay que reestructurar el pasivo y acomodarlo para permitir la travesía del desierto. Junto a ello, hay que afrontar la estructura de costes y adaptarla a las previsiones de ingresos.

Pero existe un novum en el entorno actual. Los interlocutores en la renegociación de la deuda no son ya las todopoderosas instituciones financieras que negociaban desde el pedestal de la solidez de sus balances, sino las entidades que en gran medida han provocado el cataclismo que nos ocupa o se han visto azotadas por él en primer lugar. La debilidad del interlocutor no es necesariamente una ventaja, aunque tengamos la tentación de imputarle la culpa de nuestros males. En toda mesa de negociación es necesario saber ponerse en la posición de la otra parte. Las entidades financieras se hallan, a su vez, inmersas en sus propios procesos de reestructuración de pasivo, con ayuda pública en muchos casos. En ese contexto y con una morosidad galopante, necesitan contener la sangría. Las soluciones que les permitan mantener el crédito en el activo sin necesidad de nuevas provisiones serán bienvenidas. Ello requiere un plan de viabilidad y un equipo directivo que hagan creíble el recobro de la deuda.

Los parámetros de la renegociación son complejos y no cabe dar recetas generales. En el trasfondo pende el riesgo del concurso, recurso que nadie desea pero que será necesario si no hay punto de encuentro. El escenario es más complejo cuando la deuda se halla distribuida en un número amplio de acreedores. No son raros los comportamientos oportunistas de algunos de ellos. Pero si la empresa es económicamente viable, lo normal es encontrar una solución fuera del juzgado. Las empresas que sobreviven a una crisis como la que nos tiene atrapados emergen como vencedoras en el nuevo entorno. Esa es la perspectiva que debe animarnos a acometer con decisión las duras medidas que se requieren.

Miguel Trias Sagnier. Catedrático de Derecho Mercantil de Esade.

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Barack Obama no es negro. También es medio blanco, de Marie Arana en El Mundo

Posted in Política, Sociedad by reggio on 4 diciembre, 2008

TRIBUNA LIBRE

Salvo que se aplique todavía la regla de hasta la última gota de sangre, hay que decir que Barack Obama, presidente electo de EEUU, no es negro. Después de una historia de más de 300 años, plagada de dificultades, seguimos cortados según el antiguo patrón racista por el que quien es un poco negro, es negro. Así, el 50% equivale al 100%. No hay nada entre medias. Los titulares de la prensa mundial coincidían el pasado 5 de noviembre: «Obama marca un hito histórico: Estados Unidos elige a su primer presidente negro». Es como si tuviéramos un pie en el futuro y el otro engrilletado en el viejo sur. Somos lo suficientemente sofisticados en el plano racial como para elegir un presidente que no es blanco y estamos tan atrasados en el plano racial como para empeñarnos en decir que es negro. El progreso va por delante del vocabulario.

Para mí, como para un número creciente de mulatos, Barack Obama no es nuestro primer presidente negro. Es nuestro primer presidente birracial y bicultural. Representa mucho más que la personificación del éxito de los afroamericanos, es un puente entre razas, un símbolo vivo de la tolerancia, una señal de que las estrictas categorías raciales deben desaparecer. Las batallas prolongadas y penosas que hemos entablado y ganado en nombre de los derechos y libertades, han conseguido que volvamos a recuperar la Constitución como algo de todos y nos han aportado a todas las minorías de EEUU una nueva sensación de que todo es posible. Nosotros, los latinoamericanos, que probablemente somos el pueblo más mezclado del mundo, atribuimos el terreno ganado a los grandes pioneros afroamericanos de ayer, a Rosa Parks, a W.E.B. Du Bois, a Martin Luther King Jr…

Sin embargo, el ascenso de Obama a la Presidencia significa mucho más que un triunfo de los negros. Es la señal de un cambio con ramificaciones más generales. El mundo se ha hecho uno solo, tan interdependiente como para no tener en cuenta esta realidad que se está imponiendo con fuerza, la de que, exactamente igual que los bancos, los recursos del planeta y las enfermedades que aquejan a la raza humana forman una intrincada red a escala mundial, como también la forman los nexos raciales.

Quizá, nadie aprecia esta circunstancia más que los latinoamericanos. Nuestra identidad multirracial se me hizo patente hace algunos meses, cuando me entregaron los resultados de unas pruebas de un laboratorio de ADN sobre mi ascendencia. Yo pensaba que era el fruto de una simple suma hemisférica: mitad sudamericana, mitad norteamericana. Sin embargo, ha resultado que soy descendiente de todas las grandes razas del mundo, la indoeuropea, la africana negra, la asiática oriental y la aborigen americana. La noticia resultó ser en cierto modo una sorpresa, pero no debería haberlo sido. Los chuchos sin pedigree difícilmente son divisibles por dos.

Como Obama, soy hija de una madre de Kansas y de un padre extranjero que, como el de Obama, llegó a Cambridge (Massachusetts) como estudiante de postgrado. Mis padres se conocieron durante la Segunda Guerra Mundial, se enamoraron y se casaron. Posteriormente se fueron a vivir al país de mi padre, Perú, que es donde nací yo.

Siempre supe que era birracial; indígena americana en parte y en parte blanca. La ascendencia de mi madre era fácil de averiguar; casi en su totalidad era angloamericana. Sin embargo, yo sospechaba que, por el lado peruano, a tenor de los viejos álbumes de la familia, algunos de mis antepasados podían haber sido africanos o asiáticos, ya que una tía tatarabuela presentaba rasgos marcadamente negroides. Otra parecía claramente asiática. Por supuesto, nadie quería reconocerlo. Hasta que los resultados de la prueba de ADN, con sus porcentajes, estuvieron delante de mí, no tuve un sentido claro e incontestable de mi propia historia. Yo no era tan sólo el fruto de un matrimonio bicultural. Mi pasado era un entramado de razas.

Cuando solicité un análisis más detallado del porcentaje indoeuropeo, me dijeron que mi parte blanca procedía del subcontinente indio, de Oriente Próximo, del Mediterráneo y del norte de Europa. Debía de haber habido centenares de matrimonios interculturales en mi árbol genealógico. Soy prácticamente todo lo que un ser humano puede ser. Ahora bien, eso mismo puede decirse de muchos latinoamericanos. Quizá porque hemos estado en ese hemisferio durante dos siglos más que nuestros hermanos del norte, hemos tenido más tiempo para mezclarnos. Somos producto del gran mestizaje, una multipolinización a gran escala que se ha dedicado a mezclar a cobrizos, blancos, negros y amarillos durante cinco siglos, desde que Colón pisó el nuevo mundo.

Españoles y portugueses favorecieron los matrimonios interraciales. No es que fueran más progresistas que los europeos del norte; el hecho se debió simplemente a que su historia de colonización y explotación fue llevada a cabo por hombres, fundamentalmente soldados y marineros, a los que se dio permiso para que buscaran pareja entre las nativas y sometiesen a los salvajes de América. La iglesia católica, ansiosa por multiplicar sus filas y expandir su influencia, estuvo dispuesta a bendecir toda unión entre dos de sus fieles, con independencia de su raza. Así fue como, a lo largo de años y años, los indígenas de Latinoamérica se convirtieron fácilmente al catolicismo, y como los matrimonios mixtos se propagaron sin fin se produjo una nueva fusión de razas.

En un principio, esas uniones se dieron en gran medida entre la población nativa y los íberos (el inca Garcilaso de la Vega, por ejemplo, el gran cronista de la conquista española del siglo XVI, era hijo de un capitán español y de una princesa andina). Tiempo después, el comercio trasatlántico de esclavos propició una mezcla aún más generalizada entre negros, blancos e indios, particularmente en Venezuela y Brasil. Posteriormente, a finales del siglo XIX, se incorporó al continente un cuarto grupo étnico en la forma de los culis chinos que vinieron a trabajar en las islas del guano y en los campos de [caña de] azúcar. También ellos celebraron matrimonios mixtos.

En EEUU siempre ha sido difícil identificar desde un punto de vista racial a los latinos. Antes de finales de los años 60, cuando la lucha por los derechos y libertades obligó a los norteamericanos a pensar en la raza, en los formularios del censo nosotros mismos nos identificábamos de manera rutinaria como blancos. A partir de 1970, cuando en los formularios apareció una casilla con la categoría de hispanos, ésa era la que marcábamos, aunque éramos conscientes de que el concepto de hispano como raza singular era evidentemente algo absurdo. Sin embargo, desde el año 2000, cuando se ofreció la posibilidad de que un ciudadano se registrara en más de una categoría racial, muchos de nosotros empezamos a marcar todas las casillas: indígena, blanco, asiático, africano… Lo contrario equivaldría a incurrir en una falsedad. «Todo plátano tiene su manchita negra», decimos nosotros.

Con tanta historia corriendo por nuestras venas, los hispanos tendemos a pensar en la raza de manera diferente. Porque la población latina de EEUU continúa siendo la vanguardia de la mezcla interracial. Los latinos están echando abajo las barreras que tradicionalmente han servido para separar a los blancos de los no blancos. Como dice Gregory Rodríguez, de la Fundación de la Nueva América, los méxicoamericanos «están obligando a EEUU a reinterpretar el concepto de crisol de razas para difuminar las fronteras entre ‘nosotros’ y el ‘ellos’. Exactamente igual que el surgimiento de los mestizos socavó el sistema racial de los españoles en el México colonial, los méxicoamericanos, que siempre han jugado al despiste con el sistema racial angloamericano, terminarán por destruirlo».

En otras palabras, los matrimonios mixtos, como ése del que es hijo Barack Obama, como ésos que cada vez proliferan más y más en todos los barrios urbanos residenciales de EEUU, representan un golpe muy fuerte para el racismo norteamericano. ¿Por qué no los reconocemos como el impulso revolucionario que son? ¿Por qué no somos capaces de encontrar palabras que los describan? ¿Por qué seguimos recurriendo al expediente ya trillado de llamar negro a un hombre birracial?

Hasta el propio Obama parece haber aceptado esa nomenclatura. En Sueños de mi padre, su libro de memorias, escribe: «Me esforcé por presentarme a mí mismo como un negro en Estados Unidos y, más allá del dato incontrovertible de mi aspecto externo, parecía que nadie a mi alrededor sabía con exactitud lo que eso significaba». Casi se puede palpar el sentimiento de ese joven luchando con su identidad, tratando de encontrar las palabras exactas para describirla y aceptando finalmente la etiqueta que otros le imponían.

No tiene por qué ser así. Como escribió en cierta ocasión el gran poeta norteamericano Langston Hughes: «Yo no soy negro. Hay muchos tipos diferentes de sangre en nuestra familia. Sin embargo, en EEUU, la palabra negro se emplea para referirse a cualquiera que tenga algo de sangre negra en sus venas, por poco que sea… Yo soy moreno».

Hughes estaba en lo cierto. Norteamérica ha tardado mucho tiempo en reconocer su mezcla racial. Las leyes antimestizaje, que se aplicaron en Alemania bajo la dominación nazi y en Sudáfrica durante el apartheid, en EEUU estuvieron vigentes en una serie de estados hasta 1967, hace apenas una generación, cuando el proceso judicial de Loving contra Virginia las echó por fin abajo. El objetivo, no mencionado explícitamente, pero innegable, era el de asegurar la supremacía de la raza blanca. No sólo era desaconsejable sino que era incluso jurídicamente punible que un blanco tuviera hijos con un negro; o con un asiático, o con un indio. Sin embargo, la mezcla silenciosa de culturas no había dejado de producirse ni un solo momento, incluso bajo el propio techo de Thomas Jefferson.

La explosión de las minorías en EEUU en el último medio siglo ha hecho posible la inevitable mezcla interracial. Según el censo de 2000, había en el país un total de un millón y medio de matrimonios entre hispanos y blancos, medio millón de matrimonios entre asiáticos y blancos y más de un cuarto de millón de matrimonios entre negros y blancos. Probablemente, hoy esos números se han multiplicado por dos o por tres .

Surgen las pruebas por doquier, si no en nuestro barrio, en nuestra cultura. Las vemos en Tiger Woods, Halle Berry, Ben Kingsley, Nancy Kwan, Ne-Yo, Mariah Carey… Aun así, nos empeñamos en aplicar a estos híbridos un nombre reduccionista: Berry es negra, Kingsley es blanco, Kwan es amarilla. Hasta ellos mismos se clasifican a sí mismos por el color que aparentemente tiene su piel. Con un lenguaje como éste, ¿cómo podemos afirmar que vivimos en una sociedad postracial?

Hace algunos años, tras pronunciar una conferencia sobre biculturalismo en una facultad universitaria de Pittsburgh, se me acercó una estudiante y me dijo: «Yo entiendo todo lo que usted dice. También soy hija de dos culturas. Mi madre es alemana y mi padre, afroamericano. Yo nací en Alemania, hablo alemán y de mí misma digo que soy germanoamericana. Sin embargo, míreme. ¿Qué diría usted que soy?». Naturalmente, se estaba refiriendo a su piel, que era ligeramente negra; a su pelo, abundante y rizado, y a sus ojos, de un color claro brillante. «Soy alemana en un 50% -subrayó-, pero nadie que me ve se lo cree».

Pocos de los que ven a Obama, según parece, se dan cuenta de que es un blanco de Kansas en un 50%. Menos aún se dan cuenta de lo que significa ser keniata de segunda generación. En cierto modo, me recuerda la observación que el sociólogo Troy Duster y la especialista en bioética Pilar Ossorio hicieron en cierta ocasión sobre que el color de la piel rara vez es lo que parece. Personas que parecen blancas pueden tener una mayoría importante de antepasados africanos; personas que parecen negras pueden tener una mayoría de antepasados que sean europeos.

En otras palabras, el color de la piel de un presidente electo no le dice mucho a nadie. Es un indicador de poco fiar, una forma engañosa de presentación. ¿No es hora ya de que dejemos de recurrir a etiquetas que dan carta de naturaleza a la separación de razas? ¿No es hora ya de que el lenguaje dé un paso adelante?

Marie Arana es escritora y directora de Book World. Entre otras obras, ha publicado American Chica [Una chica americana] y Cellophane [Celofán].

© Mundinteractivos, S.A.

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Pabellón del frío, de Raúl del Pozo en El Mundo

Posted in Derechos, Economía by reggio on 4 diciembre, 2008

EL RUIDO DE LA CALLE

Según cuenta Mateo Alemán, los mendigos franceses rezan, los portugueses lloran, los germanos cantan en coro, los españoles piden con rabia y fuero, son respondones y mal sufridos. Los pobres madrileños siempre se distinguieron de los demás por el modo de mendigar. Tullidos de las guerras, falsos ciegos, cojos de llagas y lepras fingidas, pícaros de atrio, infectaron las calles de Madrid; iban de coche en coche pidiendo o aliviando el sobaco. En este siglo los mendigos no piden con rabia; huyen, siguen su éxodo de patera, algunos negros duermen de pie en los pasos de peatones, miles de emigrantes sin papeles se escabullen. Dos veces parias, se dejan arrastrar por la miseria hasta las puertas de las iglesias, donde encuentran caridad y consuelo.

«Muy bien, viejo topo, qué bien escarbas», grita Hamlet. El viejo topo gris, ciego, voraz, de 44 dientes, bucea ya en las cloacas de la recesión y anuncia, otra vez, que la caridad es reaccionaria. El topo dejó dicho en el Manifiesto comunista que el socialismo clerical marcha unido con el socialismo feudal. La limosna hace más pobres y crea los enfermos antes que los hospitales. Tal vez por eso el arzobispo de Múnich, muy respetado por el Papa lector de Adorno, ha declarado que Marx tenía razón, en su versión de que Jesucristo se levantó contra la propiedad privada. Reinhard Marx, secretario de la Conferencia Episcopal alemana, piensa que el mundo está sacudido por una crisis que dará vida a otra época, que la especulación salvaje es pecado y no se solventa con la limosna. Al final se armará, todo será un problema de bombas de humo porque al batallón de reserva de los parados se une la batahola de los mendigos. Topos contra erizos.

Caridad o justicia. No sé si nacerá algo nuevo, si la crisis se resolverá con vergajos o con un cambio revolucionario. La brecha entre ricos y canis se ha ensanchado; los mendigos se acurrucan en la puerta de los chalés. Deambulamos hacia los cuatro millones de parados y al 4% de déficit. Unas 50.000 personas duermen ya al raso de Madrid. La democracia no es Teresa de Calcuta ni Viridiana; el Estado del Bienestar tiene que proteger no sólo a los parados, jubilados y enfermos, sino a los sin techo. Pero no hay un saco ni un pan tan grande para socorrer a los que se disputan la basura con los perros. La resaca de crisis va a dejar cientos de miles sin techo que necesitarán de la caridad y de los servicios municipales. Los pabellones del frío están repletos; se han agolpado los sin techo acosados por el frío y la gazuza después de disputarse a navajazos los cajeros.

Alguien escribió que sin putas y mendigos no hay ciudad. Pues entonces Madrid es una gran ciudad, allá en el pabellón del frío de la Casa de Campo.

© Mundinteractivos, S.A.

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A propósito de Juan Marsé, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Opinión de La Coruña

Posted in Cultura, Literatura by reggio on 4 diciembre, 2008

Confieso que esta vez, tan pronto tuve noticia de la nómina de autores candidatos al premio Cervantes del presente año, sentí más curiosidad que nunca por saber quién iba a ser al final el escritor galardonado con la distinción más prestigiosa para la literatura en nuestra lengua. Confieso, asimismo, que me alegré de la decisión del Jurado. Se diría que les llega la hora de la consagración definitiva a los narradores inmediatamente posteriores a aquello que dio en llamarse realismo social. Pongamos dos ejemplos al respecto: el premio de ensayo Comillas de biografías fue concedido a un estudio sobre Martín Santos, y el último Premio Nacional de narrativa recayó en Juan Goytisolo.

Es curioso que, a la hora de hacer la historia de la literatura de posguerra, sus estudiosos, más que de generaciones, hablan de las distintas tendencias según las décadas. En poesía y en narrativa hay una producción literaria inmediatamente posterior al llamado realismo social cuya calidad es innegable. Pensemos en Gil de Biedma y tampoco perdamos de vista a los narradores que, sin abandonar un inequívoco compromiso social, van más allá en sus exploraciones de técnicas narrativas, así como en los universos que plasman en sus obras. Pensemos en Luis Martín Santos (1924), en Rafael Sánchez Ferlosio (1927), en Juan Goytisolo (1931), en Vázquez Montalbán (1939), en Eduardo Mendoza (1943). En el caso de Sánchez Ferlosio, nacido tres años después de quien innovó las técnicas narrativas, habría que recordar que la “apática juventud burguesa” de su novela El Jarama deja sitio a la belleza de las descripciones frente a la sordidez de los personajes que la habitan. Habría que preguntase si Sánchez Ferlosio no es en El Jarama algo más que un narrador de la llamada novela social.

Y tengamos en cuenta, al propósito que nos ocupa, que Marsé nace en 1933. ¿Será acaso el último premio Cervantes un escritor que está a medio camino entre los que innovaron las técnicas narrativas y la llamada generación del 68, cuyos autores nacen a partir de 1939, que cuenta con narradores de la talla de Eduardo Mendoza y Manuel Vázquez Montalbán?

Añadamos algo más: Cataluña, la Cataluña de la que en cierta medida reniega Goytisolo, la capital catalana que fue convertida por Mendoza en un universo literario de referencia obligada en el siglo XX, la Cataluña de Vázquez Montalbán, mixta, mestiza, como la de Marsé. Y, más allá de etiquetas, de cuyo didactismo no podemos ni queremos dudar, Marsé es, antes que ninguna otra cosa, el novelista de la memoria, de una memoria tan denostada por unos, tan reivindicada por otros. Novelista de la memoria de la posguerra en Cataluña, cuya tradición, por decirlo así, empieza con una novela de la envergadura de Nada, de Carmen Laforet.

Teresa y sus veleidades izquierdistas propias de una juventud burguesa que se aburría. La prima Montse, y el despertar de un mundo que no quería mirarse en su propio espejo. Si te dicen que caí, acaso la mejor novela de Marsé, con su Barcelona mestiza en la que hay cabida para unos bajos fondos sociales literariamente más que valiosos, en la que la infancia tiene su no sé qué de paraíso perdido a pesar de la sordidez de aquellos tiempos. Aquella muchacha de las bragas de oro que saca a relucir la memoria más inconfesa de un tío suyo con un pasado político que, en 1978, había dejado de ser políticamente aceptable.

Novelista de la memoria, con una garra narrativa que, tal vez, se alimentaba, paradójicamente, del desgarro de los protagonistas de su universo literario. Novelista de la memoria que llegó a escribir una novela llena de sarcasmo fuera del contexto histórico del que mejores frutos cosechó. Nos referimos a la que tiene por título El amante bilingüe.

Novelista de la memoria que escribió historias que tuvieron, parte no desdeñable de ellas, su presencia en el cine. Novelista de la memoria que nunca se acomodó, como hicieron otros literatos y cantautores, a los dictados de los políticos que desvirtuaron el significado de unas siglas con las que cada vez tienen menos que ver.

Novelista de tiempos difíciles, novelista cuya obra rebosa la insatisfacción de un tiempo y un país literariamente inagotable.

Lo dicho: se ha premiado a un literato químicamente puro, entre otras cosas, por la impureza y el mestizaje de sus universos narrativos.

Curiosamente, hablamos de un autor en cuyas novelas no hay parálisis, aunque den cuenta de un tiempo y un país mutilados por una durísima posguerra y por una larguísima, casi interminable, dictadura.

Banqueros: toca desapalancar, ampliar y desinvertir, “un proceso lento y doloroso”, según Fitch, de Rubén J. Lapetra en El Confidencial

Posted in Economía by reggio on 4 diciembre, 2008

La banca se enfrenta a numerosos retos en 2009. Incluso en lo poco que queda de 2008. Pero tendrá que una larga travesía por el desierto para salir de la crisis. Y en ese camino se enfrentará a tres dolorosos procesos: el desapalancamiento, las ampliaciones de capital y la venta de activos, según explico ayer Carmen Muñoz, directora de la agencia de medición de riesgo financiero Fitch, en las jornadas anuales Perspectivas de Crédito para 2009 en Madrid. “El proceso será lento y doloroso para la banca”, dijo. El ‘desapalancamiento’ viene a ser la racionalización del volumen de créditos concedido por las entidades y los depósitos, que actualmente se encuentra desequilibrada en la balanza de los primeros. Es decir, que las entidades de créditos se encuentran ‘apalancadas’ sobre sus depósitos debido a la burbuja de liquidez del ultimo lustro, lo que ha desembocado en el actual marco de restricciones. Por eso muchas entidades se han visto inmersas en una batalla por captar pasivo (depósitos) con los que contrarrestar su activo (crédito).

“Un ejemplo de esto es Santander, que está inmerso en un claro proceso de desapalancamiento”, según la analista. Al cierre del primer semestre, el grupo que preside Emilio Botín “estaba muy apalancado”, con un ratio de 180% en la relación créditos/depósitos, la más alta de toda Europa. “Sólo con la compra del Bradford & Bingley está relación cayó hasta 160%”, añadió en su presentación. Fitch señala como mejor opción para restablecer el equilibrio el desapalancamiento del mix de negocio. Como segunda receta, menos deseable por las entidades, se encuentran las ampliaciones de capital y, en tercer y último lugar, están las ventas de activos con los activos no estratégicos y carteras de créditos. “En un entorno en el que todo se vende con descuento no es el mejor momento”, apuntaba ayer un profesional del sector asistente a las conferencias.

Morosidad española mayor al 9%-10%, más que en 1993

Muñoz, que lleva años observando los estados financieros de bancos y cajas españolas, expresó su confianza en que estas entidades españolas salven este desafío mundial, aunque cuentan con dos peculiaridades typical spanish. “Su exposición al ladrillo y la existencia singular [en el panorama mundial] de provisiones genéricas que mitigan el efecto del aumento de morosidad”, explicó. Según estimaciones de la agencia, la morosidad en las finanzas españolas podría alcanzar un rango del 9% al 10%, superior al registrado tras la crisis de 1993 con la intervención del Banesto.

Precisamente, la existencia del colchón de las provisiones coloca en mejor posición a bancos y cajas frente a entidades como las de Reino Unido, donde la mora subira al 7%-8%. Francia, Alemania o Italia alcanzarán rangos de entre el 5,5% y el 7%, según Fitch. Con ese contexto de fondo, las cuentas de resultados comenzarán a sufrir la presión por el descenso del negocio, la presión por las provisiones antiinsolvencias, una vez se acabe el colchón actual. Los bancos de Alemania y Bélgica han sido históricamente los más expuestos a las ventanas de liquidez del Banco Central Europeo (BCE), en las repetidas subastas que realiza la institución monetaria. Los españoles se han sumado más tarde.

“Las entidades han destinado esta liquidez no a prestar, sino a protegerse y enseñarlo al mercado (…) La caída de los tipos interbancarios ha revelado que el coste de financiación no es el problema, sino la disponibilidad. Con las intervenciones de los gobiernos se ha creado un sector de 2 velocidades”, dijo Muñoz, en referencia a los bancos semipúblicos, con mejor y más rápido acceso a las condiciones de financiación, y los privados, más lentos y en peor posición a la hora de emitir o acceder a financiación. Barclays (Reino Unido) o Deutsche Bank (Alemania) son los más afectados. Caso distinto al que se percibe en Santander o BBVA, que pese a no obtener respaldo público, sus CDS -que miden su riesgo de impago- convergen y cotizan en simbiosis perfecta con los del Reino de España.

Rebajas de rating en el horizonte: queda casi la mitad por ver

Según datos de Fitch, el volumen de amortizaciones y pérdidas crediticias de septiembre de 2007 a septiembre de 2008 se eleva a más de 712.000 millones de dólares en todo el mundo, de los que un 60% se han producido en entidades de EEUU (427.000), un 36% en Europa (256.000) y sólo un 4% en Asia (28.000). La agencia se pregunta si las ampliaciones de capital realizadas hasta la fecha en el Viejo Continente, de más de 200.000 millones de dólares, no son suficientes para respaldar esas pérdidas.

La agencia cree que en 2009 se verán todavía un 40% de las rebajas de rating que se deben producir, es decir, casi la mitad de lo que se ha visto hasta. Entre sus niños mimados se encuentran BBVA, BNP, Credit Suisse, Intesa o Rabobank, que han recibido mejoras recientes en sus calificaciones financieras; rebajas, por el contrario, para Santander, Barclays o UBS. Sin embargo, Fitch cree que el 90% de lo peor se ha visto ya en referencia a las suspensiones de pagos (Lehman, banca islandesa) o intervenciones (Fortis, Dexia…). Las manos de los gobiernos están rodeando el castillo de naipes en que se habían convertido los balances de algunas instituciones financieras. El cemento (recapitalizaciones y ampliaciones) parecen estár cuajando y neutralizando la crisis.

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La banca se atrinchera y mantiene la retribución de los depósitos para no perder clientes, de Carlos Sánchez en El Confidencial

Posted in Economía by reggio on 4 diciembre, 2008

El miedo es libre. Incluso para la banca. Los últimos datos que obran en poder del Banco de España indican que, al acabar el mes de octubre, el tipo de interés medio que ofrecen bancos y cajas de ahorros por los nuevos depósitos a plazo que les prestan sus clientes supera ya el 5%. Esto significa la tasa más elevada desde la incorporación de España a la Unión Monetaria, que trajo consigo un desplome de los tipos de interés, tanto del activo como del pasivo.

En concreto, el tipo de interés medio se situó en el 5,04%, frente al 4,84% registrado el mes anterior, lo que contrasta con la evolución del tipo de intervención que marca el Banco Central Europeo (BCE), que pasó del 4,25% al 3,75%, lo que supone un encarecimiento relevante del coste de financiación para la banca.

En palabras de un economista del Banco de España, se está produciendo un fenómeno curioso, toda vez que el sistema financiero se resiste a bajar la retribución de los depósitos por miedo a perder clientes, y ello pese a que en estos momentos apenas tienen dificultades para financiarse en el BCE a tipos sensiblemente más bajos (el 3,25%), a plazos relativamente largos (seis meses) y con garantías cada vez más laxas.

Hasta el pasado mes de octubre, la banca había captado depósitos a plazo de de los hogares por valor de 398.070 millones de euros, mientras que otros 87.065 millones de euros proceden de las empresas. En total, casi medio billón de euros de los que el 80% están colocados con plazos inferiores a dos años. Los de mayor remuneración (un 5,07%) tienen vigencia por debajo de un año, mientras que los de más largo plazo están retribuidos -como media y sin contar comisiones- al 3,89%.

Se trata de una tasa que se sitúa muy por encima del 3,25% en que se coloca hoy el tipo de intervención, con unas expectativas claramente bajistas. Hoy mismo, el BCE es muy probable que baje de nuevo los tipos de forma importante. Los analistas sitúan el nuevo recorte entre el 0,5% y el 0,75%, lo que dejaría el tipo oficial en el 2,50%-2,75%. Si se confirman estos pronósticos, la retribución del pasivo duplicaría el coste de financiación, perjudicando lógicamente a la cuentas de resultados de bancos y cajas de ahorros.

Ahora bien, hay que tener en cuenta que el importe de las nuevas operaciones de pasivo es muy inferior al salvo vivo, lo que aligera la carga a las entidades de crédito. En concreto, las nuevas operaciones a plazo de los hogares suponen sólo 65.076 millones de euros, a los que hay que sumar los 36.192 millones que tienen depositadas las empresas.

Necesidades de liquidez

La alta remuneración del pasivo explica el boom de este tipo de productos, espoleados por las necesidades de liquidez que tiene el sistema financiero. De hecho, el saldo vivo de las operaciones a plazo que ha efectuado las familias ha crecido en nada menos que en 60.000 millones de euros durante los diez primeros meses del año, lo que le ha mitigado los problemas de financiación de la banca, aunque con un coste sensiblemente inferior. La alta remuneración explica que los depósitos a la vista (retribuidos como media al 0,77%) hayan descendido en 12.000 millones de euros en lo que va de año, hasta los 260.000 millones.

Este escenario tan favorable para los ahorradores que buscan una rentabilidad asegurada, según las fuentes, es el que está a punto de acabarse. En un contexto de caída intensa de los tipos de interés y de menores dificultades de financiación, lo razonable es que la remuneración del pasivo también caiga. En cualquier caso, queda mucho margen para volver al mínimo de remuneración del pasivo que se alcanzó en noviembre de 2003, cuando la retribución media se situó en el 1,88%.

Las resistencias que pone la banca a reducir lo que paga por captar ahorro no significa, en cualquier caso, que pierda dinero. El tipo de interés medio de los créditos y préstamos se sitúa en el 6,57%, todavía un punto y medio por encima del pasivo, y desde principios de año ha subido prácticamente igual que los depósitos: 57 puntos básicos en el primer caso y 52 puntos en el segundo.

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Para que sirven los tipos, de Primo González en Estrella Digital

Posted in Economía by reggio on 4 diciembre, 2008

Para responder a las exigencias del guión, el Banco Central Europeo (BCE) debería bajar este jueves sus tipos de interés en 0,75 puntos. Es una demanda muy generalizada y una apuesta bastante probable. Si no baja 0,75 puntos hasta dejar el tipo oficial en el 2,50% decepcionaría bastante a la concurrencia. Si baja 0,75 puntos habrá dejado claro que sus economistas consideran que estamos en una situación realmente delicada y en medio de una tormenta económica de la que es preciso salir con medidas enérgicas.

¿Desempeñan ese papel ahora mismo los tipos de interés? Hay bastantes motivos para dudarlo ya que ni las empresas ni los particulares invierten o gastan en función del coste del dinero. La política monetaria ha pasado hace ya muchos meses a un segundo plano en esta crisis y ha dejado de representar su relevante papel como instrumento de política económica. Si no hay crédito, si el dinero no circula por los mercados con la fluidez acostumbrada, si la desconfianza vence a la legítima ambición de obtener buena rentabilidad, el nivel de los tipos de interés está de más. Nunca antes nos habíamos encontrado ante una situación tan rara en los mercados financieros y monetarios, ya que desde que los bancos centrales han perfilado su papel hasta convertirse en artífices principales de la política económica, estas instituciones, por lo general respetadas e incluso muy respetadas, habían jugado aceptablemente bien su papel.

Pero en la actualidad, los banqueros centrales se parecen más a los protagonistas de esa obra del italiano Luigi Pirandello, escrita allá por los años 20 del siglo anterior (es decir, la década de la crisis de Wall Street, aunque ello sea posiblemente sólo una coincidencia), titulada Seis personajes en busca de autor, en la que son los propios espectadores de la obra teatral los que se incorporan al guión contando sus propias historias por decisión del genial autor teatral, quien llegó a la conclusión de que fuera de su capacidad de inventiva había otros creadores que merecía la pena escuchar.

Quizás porque han hecho mal sus papeles en la vertiente de la supervisión bancaria, quizás porque en una sociedad global y diferente a la que conocíamos hay que definir de nuevo los papeles de todos los actores, lo cierto es que los banqueros centrales viven una etapa de ostracismo en la que por lo general se les ningunea (en casos con razón) y casi siempre se tiende a acusarles de trasnochados por emplear instrumentos que en estas alturas de la crisis no tienen la validez tradicional. La efectividad de las políticas monetarias parece encontrarse en estos momentos en una etapa de suspensión, en un molesto paréntesis que ha desplazado el centro del poder económico hacia otros actores, básicamente el Estado y el Presupuesto.

La salida de la crisis requiere básicamente una recuperación de la confianza, la de los banqueros, la de los empresarios y la de los ciudadanos. Pero los niveles de confianza están en mínimos o cerca de estarlo. Y se resisten a salir del bache. Con el dinero más barato algo se conseguirá. De momento, la gente endeudada tiene que pagar menos costes financieros, que ya es algo. Si conservan el empleo y si sus ventas no se han hundido demasiado, los agentes económicos respirarán con cierto alivio al ver descender los tipos de interés de referencia, es decir, los de aquellas operaciones que ya se formalizaron en el pasado.

O sea, la bajada de tipos abarata la tarifa de quienes en su día obtuvieron financiación. Los que aspiran a comprar o invertir de nuevas con un crédito nuevo lo tendrán más difícil, por mucho que el BCE baje los tipos de interés. Incluso si lo hace de manera abrupta, como se espera que lo haga de aquí a la primavera próxima. Pero su eficacia está hoy por hoy severamente condicionada porque la economía se ha paralizado y el arranque del motor no se logra sólo regalando la gasolina al conductor del vehículo. Se necesita algo más, eso que afanosamente se empeñan los dirigentes de la economía mundial en encontrar cuanto antes a la vista de que sus reiteradas y numerosas prédicas apenas han servido para gran cosa desde hace unos meses como no sea salir en las portadas de los periódicos. Pasa el tiempo y la efectividad de las decisiones adoptadas, que se han pulido toda la ortodoxia de gestión del gasto público, siguen sin aparecer por ningún lado. Y esto Trichet no lo resolverá, haga lo que haga hoy jueves.

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I. Primero el consenso, y luego…, de Ramón Tamames en Estrella Digital

Posted in Economía by reggio on 4 diciembre, 2008

La conferencia del G20 en Washington 15.XI.2008

Todavía está casi fresca la tinta y la retina resultante de las referencias mediáticas a la Conferencia de Washington, en la que los líderes del G-20 han planteado soluciones globales a la crisis mundial que atravesamos. Y como el tema, según se verá, va a tener continuidad hasta abril, nos ha parecido que sería interesante para los lectores de ESTRELLA DIGITAL disponer de una presentación e interpretación de ese encuentro, a la luz de una serie de antecedentes y consecuentes.

En esa dirección, a lo largo de tres sucesivas entregas, informaremos de manera concisa sobre la cuestión; empezando hoy, precisamente, con los antecedentes, que incluyen el celebérrimo Consenso de Washington.

Como antecedentes del enfoque global de la crisis, será bueno recordar que hasta 1971, el sistema de tipos de cambio fijos vinculados al dólar y respaldados por oro, según el esquema Bretton Woods de 1944, funcionó razonablemente bien. Pero precisamente en 1971, a consecuencia de los déficits ocasionados en EEUU por la guerra de Vietnam, el presidente Nixon declaró la inconvertibilidad oro del dólar, a lo que siguieron dos devaluaciones de la moneda ancla de todo el sistema del FMI (1) .

De ese modo, desde 1971 entró en funcionamiento el sistema de tipos de cambio flotantes, con fluctuación premanente de las divisas. Un hecho que recibió el respaldo teórico de la Escuela de Chicago, encabezada por Milton Friedman: “El mercado se corrige a sí mismo y tiende a equilibrarse a largo plazo”. En cualquier caso, el FMI, ya sin sistema monetario internacional que regular, quedó como mero apagafuegos de crisis cambiarias.

No obstante esos cambios, EEUU continuó hegemonizando el orden económico heredado de Bretton Woods, a través del sistema de toma de decisiones en el FMI, que requieren un respaldo mínimo del 85 por ciento de los votos. De manera que Washington DC, con el 17,5 por ciento de cuotas, de facto dispone de derecho de veto. Lo cual le permite dictar las políticas a seguir. Algo que se ve muy claramente en algunos libros como The chastening, de Paul Blustein, en el que se documentan los fiascos en la gestión de las crisis financieras y monetarias del Sudeste Asiático en 1997-98. Como también se ha venido haciendo por el autor de estas páginas en el libro Estructura Económica Internacional (2) .

Por lo demás, la caída del muro de Berlín en 1989, la ulterior crisis de desmantelamiento de la URSS y la evolución en China a un sistema de economía mixta, reforzaron el credo neoliberal del FMI y el BM con el llamado consenso de Washington, formulado a finales de la década de 1980 por el economista británico John Williamson, que lo fundamentó en diez puntos, que generalmente se tienen por la expresión del pensamiento único en materia económica, y que cabe sintetizar como resumimos a continuación:

1. Disciplina presupuestaria. Elemento esencial en los programas negociados por el FMI con los Estados miembros que le solicitan préstamos.

2. Reforma fiscal. El mejor método para remediar el déficit presupuestario, salvo que se recurr a a la reducción del gasto público.

3. Tipos de interés. Deben estar en función de dos principios fundamentales: han de fijarse según el mercado, para de ese modo evitar una asignación inadecuada de los recursos; y al tiempo, deben ser positivos en términos reales, para así incrementar el ahorro y desincentivar las evasiones de capitales.

4. Tipos de cambios. Han de establecerse igualmente por las fuerzas de la oferta y la demanda en el mercado.

5. Liberalización comercial. El acceso a las importaciones de factores de producción a precios competitivos resulta fundamental para promover las exportaciones; alternativamente, el proteccionismo de las industrias nacionales frente a la competencia extranjera crea toda clase de distorsiones altamente costosas.

6. Plena apertura para favorecer la inversión extranjera directa (IED), desde el punto y hora en que no sólo aporta capital, sino también tecnología y experiencia. Lo cual contribuye a mejorar la producción de los bienes necesarios para el mercado nacional y destinados a la exportación.

7. Política de privatizaciones. Ayuda a disminuir la presión sobre los presupuestos del Gobierno, tanto a corto plazo -merced a los ingresos que se generan con la venta de las empresas-, como a largo plazo, desde el punto y hora en que el Gobierno no ha de financiar nuevas inversiones ni cubrir números rojos.

8. Política desreguladora. La máxima libertad económica -precios, movilidad de factores, etc.- estimula la competencia frente a las economías intervenidas.

9. Derechos de propiedad. Deben estar clara y firmemente delimitados, con la garantía de funcionamiento eficiente del sistema legal y judicial.

10. Principios de democracia y libertad. Ha de darse prioridad a los derechos individuales frente a los colectivos. De otra manera, por criterios sociales mal entendidos, puede suceder que el funcionamiento de la sociedad en su conjunto se vea deteriorado.

Para muchos, la crisis que atravesamos es en gran medida resultado de ese consenso, por su tendencia al mínimo intervencionismo, y a la permisividad desde la autorregulación de los mercados financieros. Por lo demás, a la vista de la gravedad de la crisis -global y sistémica- se llegó a un intento de acuerdo de coordinación de medidas anticrisis, básicamente UE/EEUU; al que luego se involucró a los países emergentes, para celebrar una conferencia universal, precisamente en la patria del célebre consenso, en Washington DC, el 15 de noviembre del 2008.

Vistos los antecedentes de la Cumbre de Washington de los idus de noviembre, en las dos próximas entregas completaremos la información y la interpretación sobre el tema.

(1) Manuel Estapé Tous, “El FMI y el Banco Mundial buscan un papel en el nuevo orden internacional”, La Vanguardia, 13.XI.2008.

(2) Ramón Tamames y Begoña G. Huerta, Estructura Económica Internacional, Alianza Editorial, 20ª edición, Madrid, 2008, págs. 55 y sig.

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El imperio en los tiempos de Obama / 1, de José María Pérez Gay en La Jornada

Posted in Economía, Política by reggio on 4 diciembre, 2008

“Nadie discute en serio que el capitalismo mundial –por muy policéntrico que esté estructurado–, prefiere ciertos lugares, países y poblaciones”, escribe Peter Sloterdijk. “Es indudable que Estados Unidos de América se cuenta no sólo entre sus zonas favoritas, sino que constituye el corazón de su dominio universal. El país del mundo moderno que ha constituido –más que ningún otro– un gran espacio de riqueza y prosperidad –el mayor representante de los progresos de la ciencia y la técnica en nuestros días. Se trata también de la nación que recibió –y sigue recibiendo– las grandes migraciones en su territorio”.

El mundo del capitalismo occidental abarca, demográficamente, apenas un tercio de la humanidad actual –muy pronto llegaremos a ser 7 mil millones– y, en lo geográfico, únicamente un décimo de las superficies continentales. Estas son las verdaderas dimensiones espaciales del imperio estadunidense de nuestros días.

La mayoría de los habitantes de Estados Unidos de ascendencia europea tenía no hace mucho tiempo la convicción de sentirse no sólo los misioneros de un sistema económico, sino también los portadores de un entusiasmo cuyo nombre irresistible se conoce como el american dream, el sueño americano. La mejor interpretación de ese sueño –que también se llama American Creed– la hizo en su tiempo el escritor Israel Zangwill (1864-1926), autor de la metáfora del melting pot, como ha señalado Arthur Schlesinger Jr. en The disuniting of America. Reflections on multicultural society, New York 1998.

A diferencia de las numerosas “letargocracias” en el resto del mundo, en Estados Unidos cualquier persona que quiera hacer algo nuevo puede hacer algo nuevo, nos dice Sloterdijk. Aunque debemos decir también que la zona de novedades tiene ya sus dueños corporativos. De acuerdo con los derechos constitucionales de sus ciudadanos, desde un principio está presente la expectativa de hallar nuevos espacios que permitiesen su ocupación y transformación. “Quizá esta expectativa se llame el ‘derecho a Occidente’ en un sentido no sólo geográfico, ya que Occidente es el símbolo del derecho de pernada sobre la Tierra, de las conquistas en territorios desconocidos”. Hace unos 150 años los territorios desconocidos se llamaban Texas, Oklahoma o California y, en los tiempos de Barack Obama, se llaman Irak o la investigación genética, la nanotecnología, la colonización de Marte o la vida artificial.

La historia inicial del imperio tiene en los nativos americanos sus primeras víctimas, los primeros iraquíes de su historia. La propuesta de John Cadwell Calhoun se convirtió en un dogma de la política nacional: el traslado de todos los nativos al oeste de Mississippi a los territorios convertidos en reservaciones, una suerte de campos de concentración permanentes. Los iroqueses, cheroques, wampaaoags, delawares, tuscaroras, narragansetts, yamasíes, senecas, sioux, hurones, apaches, susquehannas, todas estas etnias desaparecieron exterminadas por la furia de los pioneros o vivieron acosadas por las enfermedades en los ghettos llamados reservaciones federales.

A partir de 1840, las tierras al oeste de Mississippi fueron confiscadas por traficantes, aventureros, mineros, señores de la guerra, militares, granjeros y magnates ferroviarios, que lograron persuadir a las autoridades, o lograron asociarse con ellas, y legalizaron su empresa de despojo. Theodore Roosevelt (1858-1919) escribió: “La justicia se encontraba en el grupo de los pioneros, porque éste gran continente no habría existido sólo como un gran coto de caza de escuálidos salvajes”.

Personajes de la historia estadunidense tan eminentes como John Wintroph, John Adams, Lewis Cass y John Caldwell Calhoun afirmaron que una raza primitiva y nómada debía permitir el paso a una civilización cristiana y agricultora. Sus justificaciones las encontraron en innumerables citas bíblicas que, según ellos, demostraban que el pueblo blanco tenía el derecho de pernada sobre la tierra, porque procedía “de acuerdo con las intenciones de Diostodopoderoso”. El Destino Manifiesto: “Si Dios con nosotros, ¿quién contra nosotros?”

De acuerdo con las investigaciones del antropólogo Henry F. Dobyns (Estimating Aboriginal Indian Population. An Appraisal of Techniques with a New Hemisphere Estimate, Current Anthropology, 7. New York, 1966, antes de que los europeos llegaran a Norteamérica los nativos americanos sumaban más de 90 millones de habitantes. La conclusión final de Dobyns: antes de los colonos europeos, el Nuevo Mundo estaba poblado por unos 90 millones de seres humanos. Una cantidad igual o parecida a la del Viejo Mundo. Si los cálculos de Dobyns son razonables –y han sido cuidadosamente revisados por demógrafos muy calificados– hablamos de uno de los exterminios más impresionantes de la historia moderna.

Cuando los nativo-americanos tuvieron contacto con granjeros, cazadores, militares, pescadores, exploradores y colonos europeos, comenzó la oleada de virulentas epidemias en los siglos XVI, XVII y XVIII. La viruela, el tifus, la peste bubónica, la gripe, el sarampión, el paludismo, la fiebre amarilla, diezmaron a millones de seres humanos a lo largo de tres siglos como sucedió, al parecer, aunque en menores proporciones, durante la conquista de México. Por ejemplo, la viruela fue sin duda lo peor, porque en ocasiones volvía con más fuerza la segunda y aun la tercera vez. Al brotar de nuevo la epidemia de viruela desaparecieron poblaciones enteras. No fue fácil determinar las densidades de población de los nativos norteamericanos. Las controversias en tomo a las poblaciones prehistóricas significaron un dolor de cabeza para los demógrafos; pero, como dije, Dobyns demostró que la población de nativos en Estados Unidos –en los tiempos de la conquista– alcanzaba 90 millones de habitantes. Desde entonces data ese expansionismo maníaco cuyo origen no es sino la convicción de ser un pueblo elegido, que ejerce sus derechos despóticos a lo largo y ancho del mundo.