Reggio’s Weblog

El dulce encanto de la hipocresía, de Pilar Rahola en La Vanguardia

Posted in Historia, Política by reggio on 3 diciembre, 2008

Intento no ir ni a los homenajes, ni a los funerales de los amigos. En el caso de los funerales, me llevo mal con la muerte, y su dimensión social me incomoda profundamente. Un colega me dijo que sólo había que ir al funeral de los enemigos, “y mirar en la caja, para asegurarse de que el tipo estaba dentro”. “Pero al funeral de los amigos, ¡nunca!”, gritó cual poseso. Haciendo caso a la segunda parte de su consejo (los enemigos nunca me han inquietado demasiado), lo cierto es que sólo voy a un funeral si mi ausencia motiva alguna incomprensión. El dolor es algo íntimo y soporto mal su exhibición pública, aunque a veces resulte inevitable.

Desde mi perspectiva, llorar hacia dentro es una forma profunda de amar. Por supuesto, los homenajes son de otra naturaleza, pero también me resultan antipáticos. Tienen algo de fúnebre finiquito, como si, subrayando la categoría biográfica del homenajeado, se diera por liquidado. No sé. Seguro que exagero, pero cuando quiero de verdad a la persona, tiendo a verla como eterna, incapaz de hacerme la mala jugada de dejarme un día. Además, los homenajes están tan sobrecargados de aduladores, pelotas de salón, tipos que pasan por allí, los que van por el canapé, los aburridos de turno y los que asisten porque toca asistir, que me resulta especialmente bochornoso el pasamanos de turno. No he ido a un solo homenaje en el que no me haya preguntado “¿qué hace este personaje aquí?”, sabiendo lo que todos sabemos de todos. No olvidemos que el zoológico catalán es pequeño y todos los monos nos tenemos un amplio conocimiento mutuo. De hecho, si alguien estudiara los rituales de la hipocresía social, no debería perderse uno solo de nuestros homenajes.

Al que le hicieron a Maragall, con la excusa de su libro, tampoco fui. En este caso, aparte de mi aversión epitelial por este tipo de eventos, tenía problemas logísticos. Probablemente, de poder, habría ido, no en vano siento por Pasqual una estima profunda y un más profundo respeto. Pero el azar me complicó la agenda, y me quedé como espectadora externa de un acto que los presentes calificaron de cálido. Seguro que lo fue, a juzgar por la densa emotividad que transmite el universo maragalliano y que su hija Cristina resumió con bellas palabras. Maragall es uno de los políticos menos político que he conocido, y su espontaneidad algo salvaje define, también, la enorme carga humana que contiene. Sin embargo, ante los resúmenes del acto, y observados algunos rutilantes nombres que llenaron las primeras filas, no pude evitar mi perpleja sorpresa. ¿Qué está ocurriendo? Ahora que Pasqual ha recuperado la estima popular, gracias a la grandeza de su comportamiento ante el reto más difícil de su vida, ¿toca volver a ser amigo suyo? Y, más aún, los que han hecho lo imposible por desprestigiar su figura política, hasta el punto de susurrar todo tipo de maldades a los oídos mediáticos, ¿se apuntan a su entronización como líder ciudadano? Porque si las piedras hablaran, algunos que estaban en el acto aplaudiendo, repartiendo sonrisas y marcando paquete, quedarían retratados como pimientos. Nunca podré entender ese ritual de la hipocresía social que lleva a alguien a participar de un homenaje a favor de quien, previamente, ha dejado como un trapo sucio. Llevo suficientes años en el mundillo como para haber acumulado una peligrosa memoria que, el domingo, se removía alucinada. Es curioso observar que la misma gente que huía de Maragall como si fuera un apestado cuando acabó su accidentado mandato presidencial es la que ahora lo celebra en su resurrección como líder. Por supuesto, Pasqual tiene, además, un nutrido grupo de amigos que le han seguido más allá de sus éxitos o fracasos. Pero como ocurre siempre con el poder -y la popularidad es un poder muy magmático-, los que antes eran sus más enconados críticos ahora se arriman a su sombra para recibir un poco de bendición. En esta tesitura, la declaración mutua de amor que se hicieron el PSC y Maragall no deja de ser estridente. Tampoco me gustó lo encorsetado del acto, en el homenaje a un iconoclasta que siempre había huido de lo previsible. Pero esa crítica queda en lo estético. En lo ético queda algo más profundo: la banalización. Maragall mantiene una cabeza bien estructurada, un agudo sentido crítico y un baúl lleno de cosas por decir. Creo que fue un gran alcalde, ha sido un presidente fallido y es un gran líder político. Pero sobre todo continúa siendo una mirada incisiva y lúcida. Sin embargo, lejos de respetar esa mirada y de valorarla políticamente, se reduce al mínimo su capacidad intelectual y se sobrecarga su valía humana, en un proceso de vampirización emotiva que no busca ensalzar al hombre, sino, probablemente, empequeñecer al político. El Maragall que lucha contra el alzheimer es bueno para todos. El Maragall que piensa políticamente es incómodo para la mayoría. Por eso se ensalza uno en sustitución del otro. Y por eso mismo, los que valoramos su doble grandeza, nos sentimos estafados. No es que lo del domingo fuera malo, que no. Pero resultó ser como el psiquiátrico: ni estaban todos los que son, ni eran todos los que estaban. Y encima sonreían…

http://www.pilarrahola.com

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Una respuesta

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  1. Perancho said, on 14 enero, 2009 at 11:12 pm

    Muy breve, sólo decir que estoy totalmente de acuerdo con tu artículo. Es vergonzoso, que gentes que le hicieron la vida imposible, que lo traicionaron y apuñalaron por la espalda, me refiero sobre todo a los políticos de su partido, se encuentre aplaudiendo y saliendo en las fotos de su homenaje. ¡Hipócritas!


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