Reggio’s Weblog

Honor y despedida de Brendel, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Cultura, Música by reggio on 29 noviembre, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Ese hombre menudo, con aire de anticuario retirado, que mira tras unas gafas de culo de vaso y que luce una sonrisa que parece una mueca, fue un titán. Ahora tiene setenta y siete años y se notan, aunque sólo sea porque todo en él respira esa tranquilidad del que es consciente de que no hay vuelta atrás, que uno está metido en ese último tramo de la vida en el que las cosas han de afrontarse a solas y sin otra ayuda que los íntimos.

Debe de ser difícil apuntar un día, o una semana, o un mes, para decir lo dejo y no volveré a subir a un escenario. Debe de ser difícil decidir uno mismo “hasta aquí he llegado”, antes de que un crítico desenfadado o un intermediario sin escrúpulos te advierta que estás en la orilla de hacer el ridículo. O, sencillamente, veas que te reducen el crédito y notes que aquellos, que ayer aún te colmaban de dones y adjetivos, ahora empiezan a hablarte de esa manera impostada con la que, no se sabe muy bien por qué, la gente se dirige a los niños y a los viejos. Los hombres solemos mirarnos en el espejo un buen rato todos los días; es la esclavitud del afeitado, pero hay un momento a partir del cual nos vemos de otra manera y tenemos un impulso instintivo de cansancio, un toque, una advertencia de que ya basta. Resulta significativo que la primera manifestación del desánimo o de la depresión consista en dejar de afeitarnos; una pausa en nuestro enfrentamiento con los espejos.

Para un pintor la vejez suele ser un periodo capital en la trayectoria de su obra. Un escritor, incluso un poeta, puede estar en erupción incluso cuando ya no le dan los pies para caminar, ni los ojos para ver. Un músico anciano compone en ocasiones como un niño apasionado; Janacek, sin ir más lejos. Llevo trabajando desde hace años en la relación entre vejez y creatividad, para confirmar una propuesta, que por cierto en más de una ocasión explicó el propio Brendel, de que la creatividad por mínima que sea constituye un rasgo de vitalidad y rejuvenecimiento. La verdad es que él iba más allá y llegaba a plantear que el arte, creado o disfrutado, es lo único que hace que la vida merezca ser vivida.

Alfred Brendel, un pianista de leyenda, se despidió de nosotros anteayer en el Palau de Barcelona. Es su última gira antes de retirarse y poco diré del concierto fuera de su actitud benevolente, esa tranquilidad que le consintió hacer nada menos que tres bises, como si nosotros, los presentes en su despedida, mereciéramos que hombre tan educado y cumplidor como Brendel nos mostrara su agradecimiento. Un concierto de seguro programado con mimo, donde se daban cita los cuatro compositores que suponen algo así como la excelencia del piano. Un Haydn complejísimo, un Mozart de su época más brillante, una sonata de Beethoven, la 13, por la que no siento especial atracción, pero que los profesionales consideran de interés preferente. Y tras la pausa, la reina del concierto, la última sonata que compuso Schubert, la única, en mi opinión, donde Brendel mostró rasgos de aquel inmenso pianista que fue.

Ahí está el secreto, el difícil arcano del intérprete. Haydn escribió ese Andante con variazioni ya sabio y anciano, Mozart su sonata número 15 con un año menos que Beethoven la suya, que fue a los 31 años, la misma edad con la que moriría el enigmático Schubert, un mes después de componer quizá la más hermosa e inquietante de sus sonatas para piano (D. 960), sobre la que un historiador de la música se preguntaba “si en toda la literatura musical existía un andante más bonito”. Todas, piezas de muy difícil ejecución, y ahí está el problema que acecha a los instrumentistas y muy en concreto a los pianistas. Todo solista de concierto es un atleta del arte. El cuerpo entero trabaja sobre el piano, el violín o el cello; la potencia de sus dedos semeja la de un lanzador de jabalina y su agilidad la de un corredor de cien metros. No es oficio para viejos. Recuerdo aquellos conciertos del gran Pau Casals, patéticos, en los que el anciano tarareaba la línea melódica mientras interpretaba a la pata la llana una Partita de Juan Sebastián Bach. Aún figuran esos abominables discos en el mercado. ¿Quién iba a atreverse a decirle a aquel artista, agresivo y mala leche, y del que tantos vivían, que había llegado la hora de retirarse de los escenarios?

Le pasó a Glenn Gould, que detestaba los conciertos y que se hizo viejo muy pronto; tiene discos donde es tan audible su torpe voz como las Variaciones Goldberg.¿Acaso la frustrante retirada de los escenarios del legendario Arturo Benedetti Michelangeli no respiraba por la misma herida?

Es la abismal diferencia entre el compositor y el intérprete. La madurez de un intérprete siempre es tan efímera, que apenas ha pasado y ya se nota. Se puede alargar la edad, incluso hacer milagros en función de ciertos autores y componer programas adecuados. El anciano Rubinstein hacía maravillas. Y luego está la mística, llamémoslo así. Las manías de Maria João Pires o los rituales de Sviatoslav Richter quizá no son sino defensas ante la angustia del portero ante el penalti (otro símil del artista atlético, en mi opinión no hay figura deportiva más fascinante en el fútbol que el portero, el hacedor de milagros, el conseguidor de imposibles). Todos los grandes pianistas son diferentes, pero para mí Brendel fue el más diferente de todos. Él contaba en sus años de gracia con una vis cómica digna de un actor británico de la gran escuela, no había nacido en el Este -“Europa central es mi patria”-, ni había sido niño prodigio, ni era judío, ni sus padres tenían la más mínima inquietud artística o musical. Era un mal estudiante de todo, que odiaba el solfeo y que dudaba si lo suyo sería la pintura. Fue un esteta que caminó siempre por libre y para quien no existían líneas divisorias, tan comunes entre los músicos. Poeta, lector voraz, pintor, compositor también y sobre todo pianista.

Yo llegué a Brendel tarde, como a casi todo, y fue gracias a una sonata de Beethoven cuya interpretación me dejó literalmente anonadado. Era la 32 (opus 111), la última si mal no recuerdo, cuando ya el músico estaba completamente sordo.

Me sirvió para ilustrar uno de los más fascinantes enigmas del arte y de la humanidad: que es posible que la más excelsa música sea compuesta por un hombre que sólo se oye a sí mismo, y que la pintura más arrebatada la realice un ciego, como fue el caso del último Goya. Lo que hacía de aquella sonata de Beethoven interpretada por Brendel algo vivo no sólo era la limpieza del timbre -hay quien dijo que era el único pianista capaz de destacar una nota en un acorde-, ni su agilidad, sino su actualidad. Brendel convertía a Beethoven en un precursor del jazz y con un ritmo de ragtime. Desde entonces me convertí en un brendeliano militante. Me enseñó otra manera de entender el lado complejo del bueno de Haydn, y a Mozart, en esas sonatas que otro gran pianista decía que eran fáciles para los niños y difíciles para los artistas.

He aprendido tantas cosas de Brendel que lo menos que podía hacer es acompañarle en su despedida. Debe de ser duro saber que ya no tocas igual para el público pero que sigues tocando muy bien para ti mismo. Para llegar hasta ahí se necesita mucho talento y mucho orgullo humilde, valga el oxímoron. Y eso diferencia a un diletante de un profesional. La idea es suya, yo se la acabo de robar. El diletante a lo más que puede llegar es al sentimiento, incluso a la pasión más desaforada. Pero comportarse como un profesional exige inteligencia, y ese es un instrumento más cruel y despiadado que el piano. Mucho talento has de tener para que en esa cita diaria y matutina con el espejo, llegues a decirte: me oigo bien, pero no sueno como antes. Es el momento de despedirse de los escenarios.

Si tuviera que definir a Brendel, lo que más me emociona de su brillante figura intelectual, diría que es haber conseguido ese grado de excelencia en la profesionalidad de un pianista, su rigor teñido de humor y melancolía. Como dice en uno de sus versos: “Érase un pianista / que desarrolló / un tercer dedo / no para tocar el piano /… sino para señalar cosas / cuando las dos manos están ocupadas”.

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La universidad a debate, de Manuel Castells en La Vanguardia

Posted in Educación, Política by reggio on 29 noviembre, 2008

OBSERVATORIO GLOBAL

La ocupación estudiantil de la Universitat de Barcelona y de la Universitat Autònoma de Barcelona, independientemente de la opinión sobre sus razones, tiene el enorme mérito de plantear mediáticamente el indispensable debate público sobre la universidad, la institución central de la economía y la sociedad. La universidad es esencial en la producción de conocimiento, fuente del crecimiento económico. Pero también es esencial para la equidad, porque la igualdad de oportunidades pasa por el acceso a una educación superior de calidad. Además, es el único espacio donde hay una relativa libertad de pensamiento y creación, porque desde hace siglos los poderes económicos y políticos entendieron que sin libertad se seca la fuente de innovación de la que depende el progreso. Pero los poderes ideológicos y religiosos siempre intentaron aherrojar la universidad para imponer su pensamiento único. De ahí la carga emocional que conlleva todo debate sobre la universidad. Hay que conjugar pasión con confrontación de ideas, sin límites ni a prioris, para un diálogo que genere un proyecto innovador de universidad. Diálogo que, dicho sea de paso, excluye la negociación a golpes de expediente.

Debatamos, pues. Tras tres décadas como catedrático en la universidad española y en algunas de las mejores universidades del mundo, sigo percibiendo en muchas de nuestras universidades el predominio de los intereses corporativos y personales sobre los valores de la educación y la ciencia. Eso quiero decir a los estudiantes que se oponen al proceso de Bolonia que propone un espacio europeo de educación superior. Yo también critico ese plan. Pero tiene la ventaja de romper la rutina de un sistema burocratizado y en el que cada reforma ha cambiado todo para que todo siga igual. En la raíz de esa inercia está el control del Estado sobre las universidades, a través de los planes de estudio, del funcionariado docente y del presupuesto. La uniformidad estatista dificulta la diversificación de las universidades, frena la innovación y las nivela por su nivel más bajo. Y esa es mi crítica a una posible interpretación del proceso de Bolonia. Podría intentar extender la uniformidad estatal a la uniformidad europea so pretexto de hacer compatibles los programas. Pero eso no está decidido, depende de cómo use cada país y cada universidad los márgenes de autonomía que deja Bolonia. De ahí la urgencia del debate que exigen los estudiantes y que los rectores dicen haber emprendido. Hagámoslo. Pero no sólo en la universidad, sino también en la sociedad, porque a todos concierne la universidad.

En donde estoy en desacuerdo con los documentos que los estudiantes me dieron en mi visita a la universidad ocupada es en que Bolonia supone “la privatización y la mercantilización de la universidad”. Hay en el mundo universidades públicas, como mi Universidad de Berkeley, que reciben fondos de investigación y becas de empresas sin comprometer la independencia y la calidad de la enseñanza.

Las empresas saben que la autonomía universitaria es esencial para que les sirvan sus productos. Hay que conseguir incremento de la financiación pública y posibilidad de recabar financiación privada y programas con empresas que proporcionen una formación directamente útil en el mercado de trabajo. En Europa las universidades son y serán predominantemente públicas. Pero para servir a la sociedad, empezando por los estudiantes, han de ser capaces de gestión autónoma, lo cual pide fórmulas jurídicas sin las trabas de la administración pública. También necesitan autonomía financiera. Y ahí hay que romper tabúes.

Sería aconsejable aumentar el precio de las matrículas para que la parte más importante del presupuesto de las universidades dependa de la aportación de sus estudiantes y se vean obligadas a competir para atraer estudiantes ofreciendo mejor calidad y servicio. El Estado tiene que dar becas a todos los estudiantes que las necesiten. Precios públicos bajos para todos es una política regresiva, como demuestran los estudios internacionales, porque si los hijos de buena familia pagan lo mismo que los de familias modestas quiere decir que nuestros impuestos subvencionan a los más ricos. Equidad es que paguen todos más y que la mayoría reciba becas según el ingreso familiar.

Las universidades que no den buen servicio tendrán que darlo si no quieren que los estudiantes se vayan a las que funcionen mejor. Aguijoneadas por la búsqueda de recursos, dedicarán más esfuerzo a innovar en la enseñanza y a dar una formación útil que a pedirle al Estado café para todos. Ello exige renovar la gobernanza universitaria, empezando por la elección de los rectores. Las mejores universidades del mundo son las que gozan de autonomía de decisión, combinando en su gobierno la gestión académica descentralizada en manos de los profesores con la dirección estratégica y la necesaria disciplina por parte de la administración de la universidad. ¿Quién nombra entonces a los rectores? Patronatos de personalidades independientes nombrados por quienes aportan los recursos. En el caso de las universidades privadas, los donantes. En el caso de las universidades públicas, los parlamentos y gobiernos que administran nuestros impuestos. Pero, ya nombrados, patronatos, administradores y profesores gozan de autonomía para gestionar la universidad.

La elección de rectores por estudiantes y personal introduce un elemento político y demagógico que desestabiliza la institución universitaria. Pero su participación en las deliberaciones de los órganos del gobierno universitario es clave para asegurar la pluralidad y la democracia en la institución. Saber combinar el autogobierno de los profesores, la dirección de los administradores y la representación de estudiantes y trabajadores es la fórmula ganadora para una universidad capaz de adaptarse a un mundo en continuo cambio tecnológico y social. Pero si la universidad carece de capacidad económica y política para decidir su destino, los problemas se enquistan, la frustración aumenta, las empresas se alejan, los estados ordenan y los estudiantes, en justa correspondencia, ocupan los lugares en donde buscaban guía y encuentran hastío.

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Belcebú, de Rafael Argullol en El País de Cataluña

Posted in Historia, Libertades, Memoria, Política, Sociedad by reggio on 29 noviembre, 2008

El otro día vi Il divo, la película de Paolo Sorrentino dedicada, como reza el subtítulo, a la “vida espectacular de Giulio Andreotti”. No sé qué acogida tendrá aquí, cuando se estrene, pues a pesar de los paralelismos que frecuentemente se establecen entre España e Italia, la mirada de ambos países sobre sus respectivos pasados es muy diferente. A mí la película me gustó, dotada de una fuerte personalidad estética que en algunos momentos me recordaba a Fellini e incluso a Buñuel. Con un lenguaje muy distinto al de la también reciente Gomorra, de Matteo Garrone, ambas tienen en común la valentía y la recuperación del buen cine político italiano.

En Il divo el protagonista absoluto es Andreotti, un personaje al que sigo con mucha atención desde que viví en Roma por los años en que asesinaron al otro gran protagonista de la película, casi invisible éste, Aldo Moro. La reciente historia italiana está marcada por asesinatos difíciles de olvidar y que siguen marcando la aparentemente tragicómica vida política de la era Berlusconi: la oscura muerte de Pasolini; los atentados mafiosos contra el general Della Chiesa y el juez Falcone; el suicidio de Calvi, el banquero de Dios, en un puente del Támesis, y por encima de todos, la ejecución del primer ministro Aldo Moro por parte de las Brigadas Rojas tras un angustioso secuestro de varias semanas, un asesinato que cambió el rumbo de la política italiana.

Ninguna de esas muertes -ni siquiera, en su momento, la de Pasolini- pareció ajena a Andreotti. El siete veces jefe del Gobierno italiano fue acusado, por sus complicidades con la Mafia, de estar detrás de los homicidios cometidos contra Falcone y Della Chiesa, y también, por sus connivencias con la Santa Sede, a la que quiso encubrir, fue señalado como instigador del suicidio del banquero Roberto Calvi, un suicidio con todas las trazas de ser involuntario. Sin salir de la Ciudad del Vaticano, y apuntando a lo más alto, no faltó quien lo colocara en la senda del supuesto asesinato del papa Juan Pablo I, como de manera elíptica, aunque suficientemente explícita, se encargó de mostrar Coppola en uno de los episodios de El padrino.

Para muchos estas y otras sangres italianas cayeron sobre la cabeza de Andreotti en las tres últimas décadas del siglo XX. Sin embargo, por ninguna de ellas sufrió más reproches que por la sangre de Aldo Moro, su compañero en el partido democristiano y su rival ideológico dentro de esta formación. Los asesinos, claro está, fueron los brigadistas rojos, que llegaron así al capítulo final de su delirio revolucionario, pero a Andreotti se le reprobó desde el principio por no poner los medios que tenía a su alcance al servicio de una negociación que hubiera podido salvar la vida del secuestrado. Los mismos familiares de Aldo Moro nunca perdonaron su actitud pese a que, años después, sí perdonarían a los ejecutores materiales del magnicidio que habían mostrado arrepentimiento.

Para una buena parte de los italianos, Andreotti siempre estuvo, por tanto, en el tenebroso centro del huracán. De ahí que los periódicos, sobre todo los contrarios, naturalmente, le dedicaran significativos apodos: El Papa Negro, El Maligno, Belcebú y una larga lista de nombres más inquietantes que peyorativos. No obstante, Andreotti también recibía otros apelativos menos duros, como El Astuto, o directamente cariñosos, como El Divino Giulio. Gozaba y goza de tantos apelativos distintos que, incluso en la actualidad, cuando alguien cita su sentencia más famosa -“el poder corrompe especialmente a quien no lo tiene”-, siempre se hace difícil averiguar si la referencia se apoya en la condena o en la admiración.

Esta suprema y turbadora ambigüedad del personaje creado por Andreotti para sí mismo, y refrendado por los demás, es puesta de manifiesto agudamente por Paolo Sorrentino en Il divo. Podría casi asegurarse que el personaje Andreotti, con las manos espectralmente manchadas de sangre, adquiere perfiles shakespearianos si no fuera porque, negándose a desenmascararse, mantiene hasta el final la terca rigidez de una conciencia que ha permanecido inmutable a lo largo de 90 años de vida y 70 de poder.

Esfinge terminal, Andreotti, entre procesos y más procesos, y entre dudosas absoluciones, se niega a revelar siquiera una parte de su enigma y se limita a repetir machaconamente que él no cree en el destino, sino en “la voluntad de Dios”. Una suerte de mantra con el que ha tratado de hechizar a la sociedad italiana con resultados no del todo desfavorables: pese a todos los indicios y acusaciones, pese a las confesiones de mafiosos arrepentidos, pese a los múltiples juicios, El Divino Giulio se ha escabullido siempre.

Belcebú es senador vitalicio. Como corresponde.

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El capitalismo ya estaba muerto, de Suso de Toro en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 29 noviembre, 2008

La historia es algo que inventamos los occidentales y que vive en nuestra imaginación; nos pasamos la vida creyendo que son cosas que pasan ahí fuera, casi siempre lejos. En cambio, nos ocurren cosas que son reales y definitivas pero nunca acaban de sonar trompetas anunciando el descorrerse de los paños que ocultan algún arcano. Si es posible reconocer las cifras de la vida será en sucesos de apariencia modesta, como aquella ocasión en que unos jóvenes, los jóvenes ya se sabe, se subieron a un muro riendo y lo saltaron para uno y otro lado; fue en Berlín hace 19 años. Veíamos aquella espléndida gamberrada en la pantalla del televisor y mi amigo Camilo Nogueira comentó con naturalidad: “Acabouse o capitalismo”. Costaba ver en aquello las letras mayúsculas de la historia, mucho más el final del capitalismo cuando lo que se desplomaba era el socialismo, pero creo que era cierto.

Marx, estupendamente literario, soltó un fantasma a recorrer Europa, y el siglo XX europeo fue efectivamente un fantasmal cuento de miedo hasta que aquellos berlineses saltaron una tapia para robar la fruta que crecía en el huerto vecino.

Estados Unidos y la URSS se organizaban política y económicamente según ideologías distintas, pero fabricaban cohetes, barcos, automóviles, ropa o pan de modo muy parecido; funcionaban con máquinas análogas y las calles, los pueblos y las personas al cabo eran semejantes. Su enfrentamiento tenía semejanza con la división anterior entre Roma y la Reforma. Queda por constatar cuánto había de intereses imperiales o nacionales de cada potencia en lo que se nos decía que era una lucha de ideologías, la libertad y el socialismo. Desplomado el “socialismo real” desapareció la confrontación entre dos modos de entender la sociedad y la civilización.

Suelen los conversos ser extremados y Fukuyama, aquel universitario del Extremo Oriente, nos puso ante el delirio de Occidente: el fin de los tiempos, la ciudad celestial, la lucha final o cosa semejante (se le habían adelantado Franco y Fernández de la Mora con su “crepúsculo de las ideologías”). No fue así, simplemente quedábamos todos al desnudo al caer los aparatosos mantos ideológicos que cubrían y dividían el planeta.

Aunque, constató también Marx, las ideologías perduran más allá de las sociedades que las crearon y seguimos hablando de “socialismo” y de “capitalismo”. Pero lo que vivimos es otra cosa y no tiene nombre, es la misma civilización y el mismo barco planetario. Lo vivido no se desvive, no se vuelve atrás y la globalización no hay quien la desglobalice. Sin filtros ideológicos vemos esta etapa de nuestra civilización como un estadio más en el camino que siguió nuestra especie cuando abandonó África para extenderse por Eurasia, continuó con Alejandro, César, Marco Polo, Vasco da Gama, Colón… Estos años pasados la Administración Bush creyó que podía ocupar la parte del planeta que le faltaba para constituirse en imperio global y único. Lo que estamos viviendo hoy, el descalabro del sistema financiero mundial y sus consecuencias para todos, es consecuencia de creer que la realidad se adapta a una codicia sin límite y a los deseos particulares sin que ocurra nada. Pero ocurre. Hemos comprobado que cualquier salida a la crisis mundial únicamente es posible con la participación de China, India y Brasil; otra cosa serían fantasías de señores venidos a menos. La misma atención que le hemos dedicado a las elecciones norteamericanas es excesiva, consecuencia aún de nuestra visión del mundo como un imperio norteamericano. Sin discutir el peso de la economía y del sistema militar norteamericano, que hace de Europa un portaaviones más, es evidente que EE UU ya no dirige el mundo y en cambio lo pone en riesgo una vez y otra desde hace unos años; existe una relación íntima entre la guerra contra Irak y el gran socavón bajo el suelo de las finanzas. El mítico dólar está hoy en las manos de sus acreedores y Obama es la última carta para intentar actualizar un liderazgo mundial, como manifestó en su pasado discurso en Berlín, pero llega tarde, pues la vida no se ha detenido durante estos pasados años de fantasías imperiales. A Obama le corresponderá hacer bajar a la sociedad norteamericana a la realidad.

La trascendencia de la victoria de Obama es inmensa para la sociedad norteamericana, pero ya no lo es tanto para el mundo. En vez de seguir escrutando a los EE UU deberíamos volver la cabeza y ver lo que ocurre con Europa, porque no ocurre nada y es muy preocupante. En esta crisis mundial Europa no tiene dirección, justo cuando más falta le hace. Los Estados europeos no han sido capaces de acompañar la creación del euro, esa moneda común que es un barco aceptable para cruzar el temporal, con instrumentos políticos de Gobierno e intervención en la economía. Europa lleva años detenida. Lo que estamos viviendo es una crisis ideológica profundísima de nuestra civilización planetaria, no se puede entender desde ideologías nacionales, de clase, sectoriales, y nos afecta a todos. La ignorancia, la frivolidad ideológica e irresponsable demagogia de la derecha española -“Zapatero ayuda a sus amiguetes, los banqueros”- no merece atención. Algo más deberíamos detenernos en el confesado “desengaño ideológico” de Greenspan. No hay modelos ideológicos enfrentados, sólo se puede reivindicar el capitalismo como ideología, clasista y partidaria, si ignoramos la realidad global. En todo caso las contradicciones íntimas de la civilización occidental que vieron Adorno, Horkeheimer y, con desgarro, Benjamin las vive ahora todo el planeta. La crisis actual nos hace ver lo evidente, vivíamos en un mundo globalizado en todo excepto en el control y la responsabilidad, existían estructuras económicas y comunicaciones pero nadie controlaba nada, mandaron los ladrones y no hubo juez ni policía.

Ahora es cuando efectivamente nos estamos globalizando, también en responsabilidades y en reparto del poder. La crítica desde el foro de Porto Alegre prefiguró la conciencia global que ahora será inevitable, hay que intentar un orden multilateral y sostenible tanto para los recursos como, sobre todo, para las poblaciones. Pero no sólo de finanzas viven el hombre y la mujer, y necesitamos una conciencia planetaria. Tanto el socialismo como el capitalismo tenían un modelo moral, cultural. ¿Nacerá una ideología fruto de esta nueva época y que la explique? ¿Podrá ser compartida por una mayoría de los habitantes de este país, la Tierra? África incluida.

Suso de Toro es escritor.

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Crucifijos, de Manuel Hidalgo en El Mundo

Posted in Educación, Política, Religión by reggio on 29 noviembre, 2008

SABATINA SABATICA

Con pereza y miedo, me dispongo a escribir sobre el asunto de los crucifijos en los colegios públicos, tomando como premisa que una iniciativa particular y la sentencia de un juez han puesto en situación la controversia, pero no ningún vendaval antirreligioso presuntamente impulsado por el Gobierno o sus belicosos votantes.

Mi débil sometimiento a la razón me indica que las aguas bajaban mansas para todos -durante cerca de 30 años-, cuando el radical posicionamiento de ciento y pico emisoras de titularidad episcopal contra las siglas de la izquierda, la connivencia callejera de los obispos con el partido de la derecha -que hoy lo lamenta- y los beligerantes posicionamientos de algunos circunstanciales y muy activos dirigentes de la Iglesia -Rouco, Cañizares, Martínez Camino- en temas que conciernen al libre y voluntario criterio sobre salud y felicidad de los ciudadanos, bien han podido suscitar algunas reacciones de hostilidad que hasta ahora no se habían dado por no mediar agresión de parte y porque el pasado quedaba lejos.

Quitar los crucifijos de las aulas públicas es, obviamente, una medida acorde con la constitucional aconfesionalidad del Estado, pero, también, descristianiza el espacio público y anula posiciones alcanzadas por la Iglesia y la religión católicas desde cuando, en contra del precepto evangélico, y para estupor de los testigos imparciales, las cosas del Dios (presuntamente liberador) y del César (siempre opresor) comenzaron a ir juntas y, en España, juntas siguieron hasta hace 33 años más lo que, sin deber colear, colea. La libertad de la que, como es lógico, disfruta la Iglesia para exhibir sus símbolos en sus escenarios privados -colegios, templos, recintos varios-, siempre con vistas a la calle, y en sus salidas públicas -celebraciones, procesiones, publicaciones- es total y muy amplia.

Pudiera ser que no pocos padres y ciudadanos pensaran, lejos del odio antirreligioso, que no desean que la vida de sus hijos esté diariamente presidida por una figura ensangrentada y torturada de la que emana un discurso a favor del valor de la muerte, del martirio, del sufrimiento, de la autoinmolación, de la mortificación y del dolor. Sin disponer humildemente de una visión sobrenatural, ni de una inquina anticlerical, sencillamente preferirían -modestos creyentes, agnósticos, ateos o variopintos- que sus hijos no interiorizaran, en la escuela pública -en el espacio vacío, concurrente y común- esa visión de la existencia y de la condición humanas. Eso podría ser todo, y ajustado a Derecho.

Me pregunto ingenuamente, y por poner un poco de picante a este texto pacífico y beatífico, cuántos ciudadanos partidarios del crucifijo en las aulas públicas lo tienen colocado en lugar preferente en la pared de sus dormitorios y de los de sus hijos, en sus cuartos de estar, en sus carteras, en sus coches o en sus despachos. Cuántos lo llevan en su corazón, en su conducta y en su ejemplo de perdón y amor al prójimo y al enemigo. Se vería más que en cien mil paredes.

© Mundinteractivos, S.A.

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‘La Ola’, de Lucía Méndez en El Mundo

Posted in Derechos, Educación by reggio on 29 noviembre, 2008

ASUNTOS INTERNOS

Ron Jones, profesor que daba clases en un instituto de Palo Alto (California), ha pasado a la historia de la pedagogía por un experimento conocido como The Third Wave (La Tercera Ola). Uno de sus alumnos le interrogó sobre el silencio del pueblo alemán ante los crímenes de Hitler. Jones decidió dar una clase práctica. Impuso una férrea disciplina, restringió sus libertades, impuso uniforme. Al quinto día, el profesor suspendió el experimento. No porque los alumnos se rebelaran contra la autoridad, sino porque se habían convertido en una auténtica falange, que acosaba y amenazaba a los que no eran del grupo. Jones supo que si seguía, la violencia sería imparable.

Dennis Gansel es un joven alemán cuyo abuelo fue oficial del Tercer Reich. Sus padres siempre han vivido con ese trauma. Gansel ha hecho una película basada en el experimento de Jones para exorcizar sus demonios familiares y los alemanes hacen cola para verla porque necesitan recordar. La película, descarnada y pavorosamente real, se titula La Ola. Los protagonistas son el profesor progre y enrollado de un instituto alemán y sus despreocupados y satisfechos alumnos que sólo piensan en divertirse. Toca una semana de clases prácticas sobre la autocracia. «Ya sabemos que los nazis eran una mierda, ni de coña es posible otra dictadura», le dice uno de los chicos al profesor. Rainer Wenger empieza el juego. No pueden llamarle Rainer, sino señor Wenger, tienen que levantarse cuando le hablan, llevar uniforme -camisa blanca y pantalón vaquero-, y obedecer sus órdenes. Wegner les proporciona símbolos, objetivos y sobre todo un sentido para sus vidas. «Vuestra fuerza es la disciplina». Los chicos de La Ola se sienten bien, ágiles, sin complejos, unidos e invencibles. No quieren la individualidad, prefieren el grupo. El autoritarismo les gusta. Hasta el tímido y débil Tim es feliz porque se siente útil.

«Nos estamos convirtiendo en una unidad, ése es nuestro poder». «Tenemos todo lo que queremos, ropa, dinero, pero estábamos aburridos, La Ola nos ha hecho iguales, nos ha dado un ideal por el que luchar». Tres días después, el juego se ha descontrolado, los muchachos se han convertido en vándalos. Wenger -que hubiera querido dar clases de anarquía y no de autocracia- tarda seis días en darse cuenta, a pesar de las advertencias. La Ola ha cobrado vida propia y nadie puede detenerla. Al séptimo día, Wenger recurre a su autoridad e intenta detener la tragedia con una última clase experimental…

La película es, desde luego, una parábola del Tercer Reich. Sin embargo, en otros países como España tampoco vendría mal que mucha gente fuera a verla para reflexionar acerca de la mala educación. Ahora La Ola puede estar en otras partes. Salvador Cardús, profesor de la Autónoma de Barcelona, denunciaba el otro día que estudiantes universitarios «autoritarios y caprichosos, iluminados, educados en el antisistema y proclives a la manipulación» han ocupado por la fuerza la Facultad de Políticas para protestar contra Bolonia.

© Mundinteractivos, S.A.

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Acciones ante la recesión, de Carlos Sebastián en Cinco Días

Posted in Economía by reggio on 29 noviembre, 2008

La economía española entró en recesión el pasado verano. En contra de lo que se dice, el criterio de los dos trimestres consecutivos de caída del PIB para confirmar la recesión no implica que el fechado del comienzo no corresponda al primer trimestre en el que se ha producido la caída. Y con la inercia que están mostrando todos los indicadores la tendencia decreciente puede prolongarse varios trimestres. En 1992-93 fueron cinco y todo parece apuntar a que esta vez serán algunos más: el contexto internacional es mucho peor, los flujos de crédito están dañados como no lo fueron entonces, no se va a producir una devaluación de nuestra moneda y algunos desajustes (los sectores inmobiliarios y de la construcción, por un lado, y el nivel de endeudamiento por otro) tomarán tiempo en corregirse.

El Gobierno está planteando acciones para tratar de acortar la duración y reducir la intensidad de la recesión. Según los anuncios de esta misma semana, las acciones se plantean en tres direcciones: restablecer los flujos de crédito, apoyar la demanda y realizar reformas estructurales.

La primera dirección ya se ha puesto en marcha aunque por el momento sin éxito. Si es verdad que las entidades españolas no tienen problema de solvencia y que su problema es de liquidez, hubiera sido mejor avalar la emisión de títulos a medio plazo para que las entidades resolvieran su problema. Si alguna tiene problemas de solvencia, resuélvase propiciando absorciones y fusiones (o suscribiendo ampliaciones de capital) y procédase a la operación anterior.

La política fiscal para apoyar la demanda toma la forma de financiación extraordinaria de proyectos municipales por valor de 8.000 millones de euros, más 600 millones en inversiones medioambientales por especificar, 500 en ayudad al I+D+i y 400 para una mejor financiación de la ley de Dependencia. El programa de inversión municipal representa un 65% de toda formación bruta de capital fijo que hicieron las corporaciones locales en 2007. El programa tiene la virtud de incidir en inversiones de una realización más rápida que las grandes obras de infraestructuras. Hay algunas cuestiones operativas que deben resolverse con prontitud, como establecer mecanismos de reparto entre municipios y de garantía para que los fondos se dediquen efectivamente a inversión.

La dimensión del programa no es insignificante, pero algunos, como Krugman, dirían que en las actuales circunstancias es excesivamente tímido. Pero más limitativos pueden ser, por un lado, los problemas de los ayuntamientos para financiar gastos corrientes, cuando algunas de estas inversiones van a generar mayores gastos de funcionamiento y, por otro, las dificultades que tienen las empresas para financiar su circulante que pueden condicionar la capacidad de estos programas para movilizar la demanda agregada.

Respecto a las llamadas reformas estructurales. Las condiciones en las que se desarrolla la actividad empresarial en España son más limitativas que en la mayoría de los países de la OCDE. En Doing Business, un estudio anual del Banco Mundial sobre algunos aspectos que condicionan la actividad empresarial, España se encuentra en la posición 49 del mundo (el año anterior estaba el 46) y el 25 de la OCDE. En trabas a la creación de una empresa, gestión de permisos, contratación laboral, procedimientos para el cumplimiento de los pagos e impuestos España sobresale negativamente y en ningún aspecto sobresale positivamente. Coherentemente con las opiniones de los expertos que confeccionan este estudio, los empresarios españoles que contestan a la encuesta del World Economic Forum manifiestan que la rigidez laboral, las cargas burocráticas, el funcionamiento de la justicia, los impuestos y el favoritismo de las decisiones de la Administración se encuentran entre los factores más limitativos. Resultados similares se obtenían en otras encuestas realizadas en nuestro país.

La mejora de la productividad no pasa fundamentalmente por el impulso al I+D, por más que sea conveniente avanzar en esa dirección, sino por una mayor eficiencia de las empresas existentes y por una mayor dinamismo empresarial. Y para ello es necesario eliminar trabas y mejorar el funcionamiento de las instituciones, desde los mercados de bienes y de factores a la justicia y las administraciones públicas. Dejando al lado el sistema educativo (cuestión no menor), en una agenda de reformas deberían entrar: la justicia (mayores dotaciones y nuevos procedimientos), administraciones públicas (reducción y agilización de procedimientos e incentivos a los funcionarios), mercados de bienes (aumento de la competencia, especialmente en energía y servicios profesionales), mercado de trabajo (reforma de la negociación colectiva y mayor flexibilidad horaria y de contratación), impuestos (reducción de tipos en cotizaciones y sociedades) y transporte ferroviario de mercancías.

Para que algunas de estas reformas pasen del papel a la realidad sería necesario alcanzar un consenso social, no sólo político. No basta con la capacidad normativa del Gobierno y del Parlamento. Consenso también necesario para la mejora de la transparencia política y administrativa, que lleve a eliminar de la vida pública prácticas de clientelismo político y espectáculos tan dañinos para la primacía de la ley como una presidenta incumpliendo una ley aprobada por el Parlamento. Y no creo que las cúpulas de la patronal y de los sindicatos sean la mejor representación de la sociedad civil española. Sociedad civil que no acierta a encontrar vías de expresión, poco ayudada por confusiones interesadas de los partidos políticos como la incurrida en la composición del Consejo del Poder Judicial: se pretende la independencia de un Consejo nombrando el mismo número de fieles en lugar de nombrar independientes.

Carlos Sebastián. Catedrático de Análisis Económico de la Universidad Complutense de Madrid.

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Banca Estado, S.A., de S. McCoy en El Confidencial

Posted in Economía by reggio on 29 noviembre, 2008

La nacionalización total de la banca está encima de la mesa. No como una posibilidad remota para un supuesto excepcional. Sino como algo con visos de certeza en un futuro no muy lejano. El argumento ha dejado de ser la solvencia de las entidades y la necesidad de soportarlas a través de inyecciones de capital. O el deseo de transmitir a la opinión pública la seguridad de que el Estado garantiza por completo sus depósitos, a la vez que, por cierto, se asegura el control de los recursos financieros en un momento en el que estos escasean. Qué va. La razón última sería que, en un mercado como el del crédito, en el que hay prestamistas y prestatarios, los primeros no estarían cumpliendo su papel. Paradoja de un crecimiento sustancial de las cifras globales de suministro crediticio y una simultánea merma sustancial de la financiación a la economía real. Las instituciones supranacionales o locales de carácter oficial aportarían una liquidez que estaría siendo guardada celosamente en su balance por la banca privada, reacia a ponerla en circulación y cumplir con su papel de ligazón entre ahorradores e inversores. Cuando la esencia del negocio bancario, la que le da justificación, desaparece, el sector pierde su carácter diferencial y se iguala con otras industrias necesitadas de la mirada cariñosa de la administración. Su ayuda asumiría, para el común de la ciudadanía, un carácter arbitrario, con el consecuente coste que ningún político quiere asumir. Pero la necesidad de su existencia obligaría al Estado a suplir inevitablemente su actividad. En ese punto del debate es en el que hoy nos encontramos.

La discusión se ha abierto en varios frentes a lo largo de la semana que ahora concluye. Fue el miembro del Banco Central Europeo, Lorenzo Bini Smaghi, quien el martes, en una conferencia pronunciada en Madrid, vinculó el éxito de las distintas políticas expansivas acordadas por los gobiernos de la Eurozona a la realización simultánea de un programa de recapitalizaciones bancarias “abundante y generalizado”, tal y como recogió el WSJ. Por su parte Mervyn King, gobernador del Banco de Inglaterra, daba un paso más allá el mismo martes al señalar ante el Comité del Tesoro de la Cámara de los Comunes que “el principal reto al que se enfrenta la política económica británica es la normalización del crédito bancario” y que “no descarto una nacionalización completa del sector si fuera necesario”. Pero, junto a los reguladores, numerosos analistas han llegado a la misma conclusión. Destaca, por lo contradictorio, Willem Buiter en Financial Times ya que, tras señalar hace menos de diez días el peligro que para las finanzas de Reino Unido se derivaba de la intervención de Estado en el sector, tal y como recogimos en este mismo Valor Añadido, ahora se descuelga con la propuesta de hacer pública toda su banca. Sin embargo -y aquí es donde creo que se columpia por lo inviable de su propuesta, que persigue justificar una cosa y su contraria- manteniendo la responsabilidad limitada de las entidades (¿con un accionista con recursos teóricamente ilimitados? No me lo creo). Sólo así, concluye Buiter, se podrá evitar una nueva Gran Depresión.

Bien, más allá de los vaivenes intelectuales del bloguero, no lo tomen en sentido peyorativo, lo cierto es que el autor se está limitando a reflejar una situación que hoy, de facto, existe en las Islas. Lean si no el primer párrafo de la pieza de John Kay el miércoles en el propio FT. La intervención administrativa en las entidades de aquél país cuenta con pocas y sonadas excepciones, como Santander-Abbey y Barclays, ambas en el disparadero en las últimas semanas. Reconoce Kay el dudoso éxito de experiencias similares en el pasado y apunta a una cuestión que merece mayor detenimiento: la reciente y preocupante convergencia en el modo de actuación de gobernantes y banqueros en los años inmediatamente anteriores a la crisis que se iniciara, de un modo formal que no real, en agosto de 2007. No en vano, no es difícil encontrar características comunes en el comportamiento tanto de unos como de los otros. Destaquemos, entre otras, las siguientes:

1. No hay, salvo contadas excepciones, una estructura de propiedad concentrada dada la amplitud de la base electoral o accionarial.

2. Ambos gestionan principalmente recursos de terceros, ciudadanía o ahorradores.

3. Su rendición de cuentas es a corto plazo, anual o en virtud de cada elección, respectivamente, y a ella está vinculada su remuneración en términos de poder económico o político.

4. Precisamente por ello ambos son late cyclicals de forma tal que donde hay un duro a ganar o un voto a rascar, ahí están poniendo pasta, sólo diferenciándose, teóricamente, en el mayor o menor altruismo de su actuación.

5. Ambos se necesitan, lo que hace que se apalanquen en el otro para alcanzar sus respectivos objetivos. Las medidas contra ciclo sólo pueden venir impuestas por un tercero teóricamente independiente a ambos, si es que llegan.

6. Recopilación de lo anterior: se asume tanto riesgo como los supervisores o controladores dejan en la certeza de que si las cosas salen bien hay recompensa sustancial pero si salen mal serán otros los que asuman las consecuencias.

Desde ese punto de vista cabría argumentar que, en definitiva, la entrada en escena del Estado supondría, en el peor de los casos, una continuidad respecto a las políticas desarrolladas por muchas entidades con anterioridad con la ventaja de la salvaguarda pública y la defensa del interés colectivo en forma de cauces de financiación. Me río yo de los peces de colores. Creer a estas alturas de la vida en el altruismo político cuando hay dinero de por medio es un ejercicio de ingenuidad infantil y más en un momento recesivo de la economía como el actual. ¿Es necesaria la nacionalización de la banca? No, mientras existan otras alternativas que impidan elevar el riesgo privado a público y nos limitemos a la cuestión que hoy aquí se aborda: la banca no presta. ¿Cuáles? Un sistema de avales públicos a la operaciones de financiación presentadas por las entidades privadas que cumplan con unas determinadas condiciones de solvencia del prestatario, capacidad de repago y garantías aportadas, por un importe inferior a la totalidad de la cuantía solicitada para que la banca asuma un riesgo no cubierto y ajuste sus predicciones, en plazo limitado y renovable en función de la evolución de las circunstancias de la economía y a un tipo preferente que el banco puede repercutir sobre el cliente toda vez que la garantía pública reduciría los diferenciales. El efecto sobre el mercado resultaría similar pero la acción administrativa sería menos costosa para el contribuyente, supondría un menor riesgo futuro, mantendría la competencia privada, incentivaría la búsqueda de la rentabilidad y evitaría la arbitrariedad. Siempre será mejor, digo yo, que matar moscas a cañonazos. Su turno.

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No desperdiciar las oportunidades de la crisis, de Leonardo Boff en Rebelión

Posted in Derechos, Economía by reggio on 29 noviembre, 2008

paginadigital.com.ar

Frente al cataclismo económico-financiero mundial se dibujan dos escenarios: uno de crisis y otro de tragedia.

Tragedia sería si toda la arquitectura económica mundial se desmoronase y nos empujase hacia un caos total con millones de víctimas, por violencia, hambre y guerra. No sería imposible, pues el capitalismo generalmente supera las situaciones caóticas mediante la guerra. Gana al destruir y gana al reconstruir. Solamente que hoy esta solución no parece viable, pues una guerra tecnológica liquidaría a la especie humana; sólo caben guerras regionales sin uso de armas de destrucción masiva.

Otro escenario sería el de crisis. Para ella, no acaba el mundo económico, sino este tipo de mundo, el neoliberal. El caos puede ser creativo, dando origen a otro orden diferente y mejor. La crisis tendría, por tanto, una función purificadora, abriendo espacio para otra oportunidad de producción y de consumo.

No necesitamos recurrir al ideograma chino de crisis para saber de su significado como peligro y oportunidad. Basta recordar el sánscrito, matriz de las lenguas occidentales.

En sánscrito, crisis viene de kir o kri que significa purificar y limpiar. De kri viene también crítica que es un proceso por medio del cual nos damos cuenta de los presupuestos, de los contextos, del alcance y de los límites sea del pensamiento, sea de cualquier fenómeno. De kri se deriva además crisol, utensilio químico con el cual se limpia el oro de las gangas y, finalmente, acrisolar que quiere decir depurar y decantar. Entonces, la crisis representa la oportunidad de un proceso crítico, de depuración de lo esencial; sólo queda lo verdadero; lo accidental, sin sustentación, cae.

Alrededor y a partir de este núcleo se construye otro orden que representa la superación de la crisis. Los ciclos de crisis del capitalismo son notorios, conocidos. Como nunca se hacen cortes estructurales que inauguren un nuevo orden económico sino que siempre se recurre a ajustes que preservan la lógica explotadora de base, nunca supera propiamente la crisis. Alivia sus efectos dañinos, revitaliza la producción para nuevamente entrar en crisis y así prolongar el ciclo de crisis recurrente.

La crisis actual podría ser una gran oportunidad para la invención de otro paradigma de producción y de consumo. Más que nuevas regulaciones son urgentes las alternativas. La solución de la crisis económico-financiera pasa por el encarrilamiento de la crisis ecológica general y del calentamiento global. Si estas variables no fuesen consideradas, las soluciones económicas dentro de poco tiempo no tendrán sosteniblidad y la crisis volverá con más virulencia.

Las empresas en las bolsas de Londres y de Wall Street tuvieron pérdidas de más de un billón y medio de dólares, pérdidas del capital humano. En cuanto a esto, según datos de Greenpeace, el capital natural tiene pérdidas anuales del orden de 2 a 4 billones de dólares, provocadas por la degradación general de los ecosistemas, desarborización, desertificación y escasez de agua. La primera produjo pánico, la segunda ni siquiera fue notada. Pero esta vez no hay posibilidad de seguir con el business as usual.

Lo peor que nos puede pasar es no aprovechar la oportunidad proveniente de la crisis generalizada del tipo de economía neoliberal para proyectar una alternativa de producción que combine la conservación del capital natural junto con el capital humano. Hay que pasar de un paradigma de producción industrial devastador a otro de sustentación de toda la vida.

Esta alternativa es imprescindible, como lo mostró valerosamente François Houtart, sociólogo belga, en una conferencia ante la Asamblea de la ONU el 30 de octubre del presente año: si no buscamos una alternativa al actual paradigma económico, del 20 al 30% de las especies vivas podrán desaparecer en quince años y a mediados de siglo habrá de 150 a 200 millones de refugiados climáticos. Ahora la crisis en vez de oportunidad se vuelve un peligro aterrador.

La crisis actual nos ofrece la oportunidad, tal vez una de las últimas, para encontrar un modo de vida sostenible para los humanos y para toda la comunidad de vida. Sin eso podremos ir al encuentro de lo peor.

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Crisis del estado del bienestar, el informe Foessa, de Edmundo Fayanas Escuer en Rebelión

Posted in Derechos, Economía by reggio on 29 noviembre, 2008

Acaba de ser publicado el informe Foessa sobre exclusión y desarrollo social en España 2008. Dicho informe certifica que los índices de desigualdad y de pobreza se mantienen constantes en nuestro país a espaldas del proceso de extraordinaria generación de riqueza en los últimos años.

Durante el periodo 1982-1993 se produjo una reducción de las desigualdades sociales, pues hubo un proceso de inversión social importante, pues partimos de niveles escandalosamente bajos. En 1993, España dedicaba el 24% de su PIB a la protección social frente al 28,7% del PIB de la UE15, con un diferencial del 4,7% del PIB.

Si contemplamos que sucede en el año 2005, vemos que ha bajado el gasto social al 20,8% del PIB con una caída muy importante del 3,2% del PIB, debido fundamentalmente a las políticas neoliberales de Aznar, mientras que en Europa el gasto de protección social era del 27,8% del PIB de la UE15, es decir, que en vez de acercarnos a Europa nos hemos alejado, llegando nuestro diferencial al 7% del PIB.

Tenemos actualmente unos 8,5 millones de personas con ingresos por debajo de los 574 euros mensuales, que representa al 20% de la población, siendo el mismo porcentaje que hace quince años. Hay otro millón y medio que vive en la pobreza severa, es decir, con menos de 280 euros mensuales y medio millón de hogares que sufren situaciones de exclusión social

Todos los estudios nos dicen de la fuerte vinculación de la pobreza relativa con dos factores, la precariedad laboral y la insuficiencia de las ayudas públicas a las familias. Sin embargo, esta experiencia parece desdecir el principio, que defendía Aznar, de que la mejor forma de favorecer el bienestar es conseguir altas tasas de crecimiento y elevados niveles de empleo aunque sean precarios.

El crecimiento es condición necesaria para la superación de la precariedad social, pero no lo garantiza. Hacen faltas políticas específicas de redistribución que apenas se realizan.

En los últimos quince años, la participación de los salarios en el PIB de la Unión Europea ha descendido once puntos. Mientras que esto sucede, sin embargo se han disparado los beneficios empresariales a niveles de usura, con lo cual los índices de desigualdad social se están haciendo cada vez más amplios, provocando escandalosas situaciones de injusticia social.

Los salarios medios en los últimos quince años, no han crecido e incluso en algunos países como España han retrocedido entre un 3-5%, con lo cual nos encontramos con situaciones absolutamente vergonzosas y con más de un 50% de nuestros trabajadores están por debajo de los 1.000 euros mensuales.

Cuando Bush propuso en 2004, una rebaja de impuestos a las clases ricas de cerca de 900.000 millones de dólares, las grandes fortunas norteamericanas como Warren Buffet, Bill Gates y otros mostraron su oposición a tales rebajas. Su argumentación era que para que funcione el capitalismo debe haber un cierto equilibrio en la desigualdad entre ricos y pobres. Con Bush lo que ha sucedido es que los ricos han sido más ricos y que cada vez haya más pobres que es en definitiva lo que ha sucedido en 2008, haciendo que se cuestione legítimamente el sistema capitalista

El coste anual para una mejora ostensible de nuestro sistema social para alcanzar un equilibrio con el de la Unión Europea supondrían unos 20.000 millones de euros, una minucia comparado con los 150.000 millones con que se está subvencionando a la banca española, la cual presenta beneficios escandalosos, sirva como ejemplo el banco Santander que a pesar de la crisis prevé unos beneficios de 10.000 millones en 2008 y 11.500 millones en 2009.

Es a partir de 1993, cuando el PSOE con el apoyo de CIU y después de 1996 hasta 2004 continuadas por el PP de Aznar, toman una serie de medidas que significan una disminución del gasto social público por habitante entre España y el promedio de la Unión Europea 15, llegando éste al 68%, con el consiguiente deterioro de las transferencias y servicios públicos.

Estas políticas de austeridad, todas de corte neoliberal, responden al deseo de transferir fondos públicos de las áreas sociales. Se produce una disminución de sus tasas de crecimiento, a la reducción primero y eliminación después del déficit del presupuesto del Estado, el famoso déficit cero. Lo que sucede es que cuando se equilibran las cuentas del Estado, el déficit público social de nuestro país, con el promedio de la UE15 alcanza su mayor dimensión. Fue en 1999 (con Aznar) con un diferencial negativo del 7,6% del PIB.

España es pues un gigante económico con una sociedad injusta y desigual.

Otro aspecto fundamental de esta política neoliberal aplicada en los últimos quince años es la disminución de la carga fiscal y el aumento de su regresividad. Cada vez se recauda más por impuestos indirectos y menos por impuestos directos, con lo cual la regresividad de nuestro sistema fiscal empieza a ser escandalosa.

Recordemos frases tan estúpidas como que las rebajas fiscales era de izquierdas, la supresión del impuesto de sucesiones y toda una retahíla de medidas que han favorecido a las clases ricas y ha perjudicado como estos datos señalan a la inmensa mayoría.

Tantas rebajas fiscales provocan ahora situaciones esperpénticas como en las comunidades de Madrid y Valencia (PP) que no tienen dinero para pagar a los profesores. Comunidades estas que se han destacado por sus escandalosos descuentos fiscales a los ricos

España es uno de los países europeos con menor carga fiscal. El problema histórico de este país es la gran resistencia que presenta el 35% de la población de renta superior, que habitualmente no usa los servicios públicos a pagar los impuestos que les corresponde por su nivel de ingresos.

Nuestro modelo debe ser el de los países europeos más avanzados. El ex primer ministro danés Paul Nyrup Rasmussen sostiene que no es una coincidencia que los estados de bienestar más fuertes, figuren entre las economías más competitivas. Considera que la razón está en que las sociedades de bienestar inviertan en la educación y en la formación de las personas y tienen políticas activas que ayudan a los trabajadores a pasar de un empleo a otro y en donde el diálogo social entre trabajadores, empresarios y gobiernos es esencial para lograr una buena productividad y una elevada cualificación.

Como dicen los profesores Corp y Palmer los países más exitosos en eliminar la pobreza son aquellos que han seguido políticas redistributivas de carácter general. Podemos concluir que para resolver el problema de la pobreza, el Estado no debe centrarse en los pobres sino en la redistribución y respecto a la igualdad de oportunidades, ésta no puede darse si no es en un contexto donde no se realicen políticas redistributivas. Esto es todo lo contrario de lo que han estado realizando los neoliberales.

Debemos solicitar a este y a próximos gobiernos un compromiso claro para solucionar el problema social del país, que pasa por un aumento continuado del gasto social público y en consecuencia unas nuevas leyes fiscales que lo hagan más justo eliminando su regresividad actual, favoreciendo el principio de que pague el que más tiene. Pensemos y demandemos esto si realmente queremos tener un futuro como país.

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Irracionalidad y pulsión de muerte, de José Cueli en La Jornada

Posted in Derechos, Justicia, Sociedad by reggio on 29 noviembre, 2008

Inmersos hasta el cuello en la fatídica e irracional crisis económica mundial, nos encontramos en medio de un enloquecedor bombardeo de noticias. Entre tanto desorden, información va e información viene. Apabullado no sólo el cerebro sino también el espíritu escuchamos cotidianamente cifras de miles de millones de dólares y de euros para rescatar bancos y empresas. Al final, agotados, intentamos reflexionar al respecto y lo único que prevalece es un pensamiento caótico. Todo se torna irracional y, por tanto, indigerible.

Lo irracional, según el diccionario de la Real Academia Española, se define como lo carente de razón, lo opuesto a ello. Aquello que no tiene base ni fundamento ni lógica alguna. Mientras que la razón representa la facultad de discurrir, el acto de discurrir el entendimiento, el orden y el método en una cosa, justicia y rectitud en las operaciones, o derecho para ejecutarlas. Política y regla con que se dirigen y gobiernan las cosas pertenecientes al interés y utilidad de la república, etcétera.

Las definiciones son claras y precisas. Sus límites lo son también. Con apego al lenguaje y a los actos que de él emanan, se hace evidente que el grave conflicto económico actual obedece más a la irracionalidad que a la razón y la justicia. Perder la razón es caer en la locura, en la pérdida del principio de realidad y del juicio crítico, de la capacidad de discernimiento y de autocrítica.

Debemos también resaltar que la locura tiene gradaciones, matices y variantes. Sin embargo, hay algo en la descripción de los fenómenos síquicos y la conducta humana que ante el caos y la destructividad tiene, gracias a Freud, un nombre claro e inequívoco: la pulsión de muerte, la cual va de la mano de la compulsión a la repetición.

Dicho concepto fue introducido por Freud en el texto Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips) 1920, el cual se verá reafirmado hasta el final de su obra y será constatado en la clínica sicoanalítica cotidiana, así como en los fenómenos sociales que se caracterizan principalmente por la destructividad.

Para Feud, dicha pulsión representa la tendencia fundamental de todo ser vivo a volver al estado inorgánico. Aquí surge una pregunta por demás pertinente: ¿qué condujo a Freud a tales conclusiones? Entre otras consideraciones, quizá la fundamental fue la de los fenómenos de repetición (compulsión a la repetición) “que difícilmente pueden reducirse a la búsqueda de una satisfacción libidinal o una simple tentativa de dominar las experiencias displacenteras, Freud ve en ello la marca de lo ‘demoniaco’, de una fuerza irrepresible, independiente del principio de placer y capaz de oponerse a éste. Partiendo de este concepto, Freud va a parar a la idea de un carácter regresivo de la pulsión, idea que, seguida sistemáticamente, lo conduce a ver en la pulsión de muerte la pulsión por excelencia” (Laplanche y Pontalis).

Estas consideraciones deberían ser repensadas en circunstancias tan graves como las que estamos atravesando. La pulsión de muerte, inherente al ser humano, es irrefrenable en algunos sujetos que terminan por victimizar a sus semejantes sin miramiento alguno.

La irreductible avaricia de unos cuantos está desembocando en la desgracia de millones de individuos a lo ancho y largo del planeta. Un buen ejemplo de lo arriba mencionado podría ilustrarse de la siguiente manera: en días pasados se asignaron 800 mil millones de dólares para el rescate de una agrupación bancaria, mientras que una cifra irrisoria comparada con la anterior serviría para salvar a 2 millones de niños africanos que pueden morir de hambre en el lapso de un año. Éste es un claro ejemplo (entre muchos otros) de irracionalidad y pulsión de muerte.

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Ideas para tiempos de penumbra, de Javier Aranda Luna en La Jornada

Posted in Literatura by reggio on 29 noviembre, 2008

Hace unos días Sergio Ramírez y Rolando Cordera, al comentar la crisis financiera global, nos hablaban, a un grupo de amigos, sobre la cultura como elemento indispensable para mantener el tejido social y sortear los embates económicos. Algo similar a lo escrito por Kapuscinski en ese estupendo libro sobre África que tituló Ébano.

Ahora que Claude Lévi-Strauss cumple cien años convendría acercarnos a sus libros, porque nos han permitido descifrar, como pocos, ese tejido social de nuestras sociedades que, pese a nuestras diferencias, en tiempo y en espacio, compartimos.

Más allá de los debates ideológicos de los años 60 del siglo pasado que llevaron a algunos a ningunear sus tesis y a otros a descalificarlas, la lectura de Levi-Strauss en estos tiempos de penumbra podría servirnos para comprender mejor los cambios de nuestras estructuras sociales y del uso del lenguaje como causas también de los movimientos económicos que nos aquejan. Las relaciones de explotación y de dominio se expresan necesariamente en patrones culturales y en el uso mismo de la escritura. En las sociedades, nada es hijo del azar o la fortuna.

Pero sus estudios sobre el uso y abuso del lenguaje, sobre el significado y la comunicación de las palabras como una misma cosa en tribus aisladas y la separación de esos atributos que en las sociedades modernas hemos hecho, lo acercaron a la reflexión sobre el lenguaje de la poesía. No es casual que un gran poeta se haya interesado en sus libros.

En 1967, cuando Octavio Paz fue invitado a ser miembro de El Colegio Nacional, dedicó su discurso de ingreso a las reflexiones y descubrimientos de Claude Lévi-Strauss.

En esos años el pensador francés era poco conocido en nuestro país y no es improbable que el discurso de Paz, que se convirtió en el libro Claude Lévi-Straus o el nuevo jardín de Esopo, haya contribuido para que un par de años después la Universidad Nacional Autónoma de México nombrara a Levi-Strauss, doctor honoris causa.

No es una tarea fácil acercarse a Lévi-Strauss. Sus ensayos sobre el pensamiento salvaje, lo crudo y lo cocido, las maneras para sentarse a la mesa o por ejemplo el totemismo, quizá no sean la mejor puerta de entrada al mundo del padre de la antropología moderna. Tal vez el ensayo de Paz y la lectura de Tristes trópicos del propio pensador francés sean el mejor camino.

Tristes trópicos es un libro de aventuras, un cuaderno de viaje, una crónica lúcida, un ensayo novelado sobre sus incursiones etnográficas en Brasil que hizo entre 1935 y 1939. En él sus principales tesis, las líneas de su pensamiento, se entretejen con la historia, con el cuento de los días que nos cuenta. Prosa viva, Tristes trópicos es también para no pocos que lo han leído, un libro de poesía.

Hoy que la tecnología está modificando nuestros usos del lenguaje, las formas de relación social, el uso de la memoria, hacen de Levi-Strauss un autor que debería acompañarnos para entender o, por lo menos, para intentarlo, cómo los huracanes financieros y su lenguaje de cifras hablan de ese otro tejido social que sin darnos cuenta hemos ido construyendo.

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