Reggio’s Weblog

La Iglesia y la represión franquista, de Julian Casanova en El País

Posted in Política, Religión by reggio on 26 noviembre, 2008

La tragedia de las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura de Franco se ha convertido en las últimas semanas en el eje de un debate social, político y judicial. Con ese recuerdo, ha revivido de nuevo ante nosotros el pasado más oculto y reprimido. Algunos se enteran ahora con estupor de acontecimientos que los historiadores ya habían documentado. Otros, casi siempre los que menos saben o a los que más incomodidad les produce esos relatos, dicen estar cansados de tanta historia y memoria de guerra y dictadura. Es un pasado que vuelve con diferentes significados, lo actualizan los herederos de las víctimas y de sus verdugos. Y como opinar es libre y la ignorancia no ocupa lugar, muchos han acudido a las deformaciones para hacer frente a la barbarie que se despliega ante sus ojos.

En realidad, por mucho que se quiera culpabilizar a la República o repartir crueldades de la Guerra Civil, el conflicto entre las diferentes memorias, representaciones y olvidos no viene de ahí, de los violentos años treinta, un mito explicativo que puede desmontarse, sino de la trivialización que se hace de la dictadura de Franco, uno de los regímenes más criminales y a la vez más bendecidos que ha conocido la historia del siglo XX.

Lo que hizo la Iglesia católica en ese pasado y lo que dice sobre él en el presente refleja perfectamente esa tensión entre la historia y el falseamiento de los hechos. “La sangre de los mártires es el mejor antídoto contra la anemia de la fe”, declaró hace apenas un mes Juan Antonio Martínez Camino, secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal, en el fragor del debate sobre las diligencias abiertas por el juez Garzón acerca de la represión franquista. “A veces es necesario saber olvidar”, afirma ahora Antonio María Rouco. Es decir, a la Iglesia católica le gusta recordar lo mucho que perdió y sufrió durante la República y la Guerra Civil, pero si se trata de informar e investigar sobre los otros muertos, sobre la otra violencia, aquella que el clero no dudó en bendecir y legitimar, entonces se están abriendo “viejas heridas” y ya se sabe quiénes son los responsables.

Franco y la Iglesia ganaron juntos la guerra y juntos gestionaron la paz, una paz a su gusto, con las fuerzas represivas del Estado dando fuerte a los cautivos y desarmados rojos, mientras los obispos y clérigos supervisaban los valores morales y educaban a las masas en los principios del dogma católico. Hubo en esos largos años tragedia y comedia. La tragedia de decenas de miles de españoles fusilados, presos, humillados. Y la comedia del clero paseando a Franco bajo palio y dejando para la posteridad un rosario interminable de loas y adhesiones incondicionales a su dictadura.

Lo que hemos documentado varios historiadores en los últimos años va más allá del análisis del intercambio de favores y beneficios entre la Iglesia y la dictadura de Franco y prueba la implicación de la Iglesia católica -jerarquía, clero y católicos de a pie- en la violencia de los vencedores sobre los vencidos. Ahí estuvieron siempre en primera línea, en los años más duros y sangrientos, hasta que las cosas comenzaron a cambiar en la década de los sesenta, para proporcionar el cuerpo doctrinal y legitimador a la masacre, para ayudar a la gente a llevar mejor las penas, para controlar la educación, para perpetuar la miseria de todos esos pobres rojos y ateos que se habían atrevido a desafiar el orden social y abandonar la religión.

La maquinaria legal represiva franquista, activada con la Ley de Responsabilidades Políticas de febrero de 1939 y la Causa General de abril de 1940, convirtió a los curas en investigadores del pasado ideológico y político de los ciudadanos, en colaboradores del aparato judicial. Con sus informes, aprobaron el exterminio legal organizado por los vencedores en la posguerra y se involucraron hasta la médula en la red de sentimientos de venganza, envidias, odios y enemistades que envolvían la vida cotidiana de la sociedad española.

La Iglesia no quiso saber nada de las palizas, tortura y muerte en las cárceles franquistas. Los capellanes de prisiones, un cuerpo que había sido disuelto por la República y reestablecido por Franco, impusieron la moral católica, obediencia y sumisión a los condenados a muerte o a largos años de reclusión. Fueron poderosos dentro y fuera de las cárceles. El poder que les daba la ley, la sotana y la capacidad de decidir, con criterios religiosos, quiénes debían purgar sus pecados y vivir de rodillas.

Todas esas historias, las de los asesinados y desaparecidos, las de las mujeres presas, las de sus niños arrebatados antes de ser fusiladas, robados o ingresados bajo tutela en centros de asistencia y escuelas religiosas, reaparecen ahora con los autos del juez Garzón, después de haber sido descubiertas e investigadas desde hace años por historiadores y periodistas. Quienes las sufrieron merecen una reparación y la sociedad democrática española debe enfrentarse a ese pasado, como han hecho en otros países. La Iglesia podría ponerse al frente de esa exigencia de reparación y de justicia retributiva. Si no, las voces del pasado siempre le recordarán su papel de verdugo. Aunque ella sólo quiera recordar a sus mártires.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

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Delitos, penas y víctimas, de Javier Pradera en El País

Posted in Derechos, Política by reggio on 26 noviembre, 2008

El proyecto de reforma del Código Penal (enmarcado teóricamente en el Pacto de Justicia del Gobierno y el PP) ha sido acremente desaprobado por el Grupo de Estudios de Política Criminal, formado por 200 expertos en la materia. El documento crítico lamenta que la propuesta para la modificación del cercano código de 1995 se haya hecho a golpe de telediario o de titulares de crónica negra periodística a fin de tranquilizar a una sociedad conmocionada por sucesos tales como la excarcelación de De Juana Chaos o la muerte de Mari Luz Cortés. La Exposición de Motivos del anteproyecto confirma indirectamente el diagnóstico sobre el oportunismo de la reforma al lamentar que las estructuras jurídicas del derecho penal se adapten con tanta dificultad a los cambios de la realidad social “a causa de las garantías fundamentales de la seguridad jurídica”. Los “efectos perniciosos” de esa tendencia a la estabilidad garantista del ordenamiento jurídico criminal son “una constante preocupación” para el legislador que se siente obligado a responder a las demandas populares. Los abusos sexuales y el terrorismo constituyen un ejemplo de las más de 80 modificaciones impuestas al Código Penal de 1995 por la “mutabilidad de la dinámica social”.

La tensión entre el deseo de complacer a los futuros electores y el deber de mantener la vigencia de los derechos fundamentales proclamados por la Constitución ha producido en este caso múltiples desaguisados. Si el endurecimiento de buena parte de las sanciones anteriormente existentes resulta desproporcionado, la creación de la pena accesoria de libertad vigilada -con una duración de uno a 20 años- aplicable después del cumplimiento completo de la condena de reclusión, plantea problemas de constitucionalidad. Una persona sentenciada a 40 años por un delito grave de terrorismo podría encontrarse a la salida de prisión con la obligación de tener que cumplir otros 20 en un régimen de vigilancia extracarcelaria.

El documento del Grupo de Estudios recuerda que la función del Derecho Penal no es “la satisfacción de la venganza privada” ni “la asunción por el Estado del papel de víctima”. El movimiento de péndulo ha oscilado desde la injustificada invisibilidad o marginación ante la opinión pública de las víctimas hasta el recordatorio permanente de que la función de la pena no puede limitarse a la reinserción de los reos, sino que se extiende al restablecimiento de la paz social, la reparación de los efectos del delito y la retribución a los damnificados. Pero ese cambio de perspectiva no debería tirar por la ventana el legado del Siglo de las Luces ni retroceder hasta los principios de venganza, resarcimiento y expiación de la ley del talión. La política criminal de un sistema democrático no puede estar dictada ni condicionada por las asociaciones de víctimas en sentido estricto (los supervivientes de atentados terroristas y los damnificados directamente por un delito) o amplio (los deudos de las víctimas propiamente dichas). Aunque la pretensión de lo que Rafael Sánchez Ferlosio denomina el victimato sea dictar al Estado de derecho cómo regular los delitos y las penas, tampoco faltan los mutilados o heridos por atentados (como Eduardo Madina, José Ramón Recalde y Gorka Landáburu) capaces de separar sus derechos como víctimas y sus obligaciones como ciudadanos.

El proyecto de reforma del Código Penal es tan minucioso que no cabe atribuir a simple negligencia la escandalosa omisión de la financiación ilegal de los partidos, una epidemia infecciosa que ha corroído durante los últimos años la legitimidad de los sistemas democráticos de toda Europa y que constituye en España el origen de los abusos urbanísticos y los fraudes inmobiliarios en el ámbito municipal. Se diría que los partidos parecen dispuestos a unirse mediante un juramento mafioso secreto para despenalizar en la práctica los cohechos y las prevaricaciones que alimentan sus tesorerías mediante comisiones ilegales, donativos ficticios y abusivas cancelaciones crediticias; por lo pronto, ya se han autoexcluido de la nueva regulación de la responsabilidad penal de las personas jurídicas.

Como ha demostrado la frustrada experiencia de los planes del Gobierno contra la violencia de género, ni la exasperación de las penas ni la ampliación de los tipos logran disuadir determinada clase de comportamiento criminal. El proyecto de reforma tampoco parece prever las indeseadas consecuencias que deparará su puesta en marcha a unos juzgados colapsados y unas cárceles hacinadas. El reportaje de Manuel Altozano publicado en EL PAÍS del viernes subrayaba que a comienzos de noviembre había en España 73.000 reclusos (esto es, 156 por cada 100.000 habitantes frente a una media de 102 de la Unión Europea), pese a que la tasa de criminalidad española se sitúa entre las más bajas del continente, especialmente en los delitos que implican violencia física o psíquica sobre la víctima.

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¿La Santa Transición?, de Alfonso Pinilla García en El Mundo

Posted in Historia by reggio on 26 noviembre, 2008

TRIBUNA LIBRE

Francisco Umbral, inmortal y rosa, bautizó aquellos años inciertos en los que asistimos a la mutación del franquismo en democracia como «La Santa Transición». No pretendía con esta expresión cargada de profundidad ser un teórico de la Historia. Ni tampoco lo necesitaba, pues sus relámpagos de prosa alumbran por sí solos las páginas más incómodas de nuestro reciente pasado.

Todo sistema político fundamenta su legitimidad en algún hito del ayer, en algún acontecimiento pretérito convertido a la vez en pilar y clave de bóveda de la autoridad, ese frágil edificio sin el cual ningún poder perdura. Autoridad viene del latín augere, que significa hacer creer, y cualquier poder que tenga aspiraciones de continuidad debe urdir bien los mimbres de su discurso para conquistar la credibilidad ante sus ciudadanos. Para ello suele señalarse una fecha que se convierte de repente en símbolo aglutinador, lugar común de fastos que recuerda viejas glorias y mantiene actualísimos poderes. Miramos entonces al pasado para reivindicar nuestro sitio en el presente, porque la vida no es más que eso, una pelea continua con el calendario de nuestros recuerdos, el lábil correr del minutero sobre un horizonte de memorias.

La dictadura de Franco insistió durante 40 años en aquel 18 de julio que se convirtió en hito legitimador, golpe de autoridad bañado en sangre que dio comienzo a la Guerra Civil. Basaba Franco su credibilidad en la victoria, sin contemplaciones y con mayúsculas, sobre los antiguos adversarios, ya convertidos en enemigos a batir. Y sobre la victoria fundó aquellos mentirosos 25 años de paz con los que se llenaban Plazas de Oriente. No imaginaba el caudillo que aquellos felices 60 del seiscientos y de Marisol estaban engendrado el principal desajuste al que habría de enfrentarse el régimen una década más tarde: el alejamiento entre una sociedad cada vez más dinámica y una dictadura anclada en la retórica autoritaria de la cruzada.

Y cruzando el río de lo incierto, arrastrados casi por la marea del azar que no descansa, se hallaban aquellos reformistas que no habían vivido la guerra e incluso eran capaces de olvidarla para abrir el régimen a todo lo que quedaba fuera: desde los socialistas a los demócrata-cristianos, desde los monárquicos liberales a los comunistas, pasando por los amordazados nacionalistas de Cataluña y el País Vasco.

La memoria de los vencedores veía a los reformistas como el verdadero cáncer del régimen, su quinta columna que, desde dentro, roía las entrañas del 18 de julio. Por eso al espíritu del 12 de febrero le siguió pronto el gironazo. Victoria y más victoria, recuerdo continuo de la gesta legitimadora, memoria levantada ad hoc por las necesidades del momento. El búnker no quería abandonar las poltronas que llevaba 40 años ocupando y, a mediados de los 70, insistía en que para algo había ganado la Guerra Civil. No estaba dispuesto a trocar su victoria por ningún tipo de reconciliación porque ni podía ni quería olvidar la contienda y, además, estaba dispuesto a repetirla con tal de seguir gobernando una nave que corría el riesgo de naufragar.

Al otro lado, entre cigarros y clandestinidades, Carrillo se quitaba la peluca ante un Suárez que, para la prensa de izquierdas, seguía siendo «un inmenso error», sin paliativos. Pero es en el apretón de manos entre Carrillo y Suárez, alentado por una movilización social creciente, donde empezó a forjarse un nuevo hito legitimador para la historia de España. El hito del consenso, de la reconciliación, ese pilar de autoridad que Umbral hizo después ascender a los altares -irónicamente, por supuesto- en sus Días felices en Argüelles.

Cristalizaba la Santa Transición, forjadora de la Intocable Constitución, nuevo ADN jurídico-político de una España donde el alborear de la democracia se desperezaba tras la noche de la dictadura. Armadas de confusa inspiración, militar y/o política, quisieron interrumpir con brillos de tricornio, rumor de metralleta y desvelo de tanques ese leve amanecer democrático una noche de febrero. Pero no sucumbió la Santa Transición al suplicio que podría haberle esperado, y a flote continuó la delicada operación que, desde arriba, dio a los españoles unos nuevos mimbres legitimadores. Nacía un nuevo sistema surgido de las contradicciones del anterior y basado en la reconciliación de los antiguos enemigos, de aquellas dos Españas que hoy parecen convertirse en 17.

La reconciliación se basó en el olvido, como no pudo ser de otra manera en un momento donde la sombra de la Guerra Civil palpitaba entre las banderas de los cuarteles y los búnkeres del Pardo. Mario Benedetti señalaba poco tiempo después la distinción -crucial para entender cómo se jugó con la memoria de la guerra durante la Transición- entre «olvidadizos» y «olvidadores». Los primeros olvidan sin querer; los segundos, imponen el olvido: losas de silencio que aseguran el poder o construyen la escalera para conquistarlo.

Tanto los franquistas moderados como buena parte de la oposición quisieron ser «olvidadores» de la guerra, pues eran conscientes de que recordar antiguas contiendas acabaría haciéndole el juego a la vieja guardia del régimen a la que precisamente querían neutralizar. Y para conservar el timón del presente recién ganado y desactivar al búnker (Suárez); o para aspirar a gobernar ese timón de la democracia que alboreaba (Carrillo), empezó a tejerse la red de la amnesia que acabó conduciendo a la bienvenida amnistía. Era la antesala de las primeras elecciones generales.

Pero el olvido, cuando es consciente e impuesto, está lleno de memoria. De hecho es memoria en estado puro, recuerdo subyacente que cala como el llanto fino de los otoños. Cuando intentamos olvidar a alguien, comportándonos como «olvidadores», estamos sin querer recordándolo. Así pues, el olvido consciente de la guerra acabó convirtiéndola en una sombra alargada que cubre hoy anónimas cunetas. Con el paso del tiempo y la disminución de la tensión se convirtió en clamor popular, sediento de justicia, la reclamación de los perdidos restos de nuestros antepasados. Lo más triste de todo es que ese clamor, dormido durante casi 30 años a pesar de los gobiernos de distinto signo que ocuparon La Moncloa, ha empezado a ser aventado, cuando no inducido e incluso tristemente utilizado por nuevas generaciones de políticos que no habían participado en aquella Ttransición (mucho menos en aquella guerra), y que con tal de conservar el poder disfrutado han sido capaces de poner en solfa consensos pasados o delicadas reconciliaciones.

Así va surgiendo una nueva fuente de legitimidad porque la última, la del consenso, no es satisfactoria para muchos. De la reconciliación vamos desembocando en la restitución. Restitución nostálgica de aquella República que empieza a ascender -otro hito más, otra clave de bóveda legitimadora- a los altares del imaginario colectivo. Restitución de la justicia para los derrotados, del recuerdo para los olvidados. ¿Y cómo no alumbrar con la linterna de la historia los huesos desconocidos? Ni moral, ni científicamente puede nadie hacer oídos sordos a esas ansias por desenterrar de las cenizas del tiempo a tanto ayer masacrado. Bienvenida sea esta luz, pero a poco que nos detengamos en un análisis profundo surge una inquietante pregunta: ¿por qué precisamente ahora?

Nunca podemos olvidar que siempre hacemos -o nos hacen- memoria desde el presente, y que las actuales circunstancias influyen en lo que se olvida y lo que se recuerda. Porque la memoria es un poliedro y el presente, la mano que lo mueve, enseñándonos la cara que más interesa en cada momento. Dice Santos Juliá que «Historia» es conocimiento crítico y científico del ayer y «Memoria», representación de lo ocurrido. La Historia puede alumbrar memorias hasta ahora silenciadas, pero no confundirse con ellas, en un baile de cifras y best sellers, donde no se sabe dónde termina la ciencia y dónde comienza la mercaduría electoral, el culto al poder constituido. La memoria colectiva es también un objeto de estudio, y conviene analizar cómo surge, qué variables la inspiran, por qué y cómo se fundamentan sus recuerdos y sus olvidos. Cuántas ambiciones, proyectos y dudas inspiran a la mano que mueve el poliedro del ayer.

Está claro que la Transición ya no está en los altares, que el hito legitimador basado en la reconciliación va pasando a mejor -o peor- vida. Y dado que ya no hay riesgos de nuevos conflictos fratricidas podemos sentarnos a analizar los claroscuros de una Transición que no fue tan perfecta ni resultó tan satisfactoria. Toda autocrítica se parece a un cruce de caminos. A ella llegan sinsabores y de ella surgen proyectos, líneas inciertas, bifurcaciones en abanico. Y de la incertidumbre nace la creatividad; por eso sin autocrítica no hay mejora ni saltos cualitativos. Alumbrando las sombras podemos encender más luces, nunca es mala la autocrítica siempre que a la oposición le acompañe la proposición.

La reconciliación se cerró con olvido, sepultando recuerdos que muchos creyeron marchitos. La Historia restituye las memorias del olvidado, poniendo nombre y apellidos a las cunetas de la infamia. Pero si todo ese baile de memorias acaba trasladándose al mitin, a la tribuna del Congreso y a los carteles electorales estaremos utilizando muertos para contar votos, sean del color que sean los muertos y los votos.

Bien está repasar la Transición, bajarla de los altares y someterla a la crítica historiográfica, pero el destino al que debería llevarnos ese fascinante camino intelectual -que no político ni judicial- es hacia el planteamiento de las asignaturas aún pendientes en nuestra mejorable democracia. Asignaturas como la confusa separación de poderes; la constante colusión de lo público y lo privado; el nunca cerrado, mal definido y peor aplicado Estado de las Autonomías, cuya deriva nacionalista ha acabado atentando contra libertades fundamentales del ciudadano; o la injusta ley electoral, que lamina en virtud de su naturaleza proporcional corregida en sentido mayoritario aquellas terceras opciones que darían alternativas nuevas y colores distintos a las dos grandes dovelas de nuestro gris arco político. Gracias, precisamente, a esta ley electoral aquéllos que no creen en el sistema (los nacionalistas) acaban teniendo casi siempre la llave del inquilino monclovita. He aquí una de las grandes contradicciones de nuestro sistema, arrastrada desde aquella Transición que alumbró una democracia pero que no dibujó la mejor manera de mejorarla y hacerla más real.

Volvamos la vista hacia aquel consenso legitimador de nuestro actual sistema y rescatémoslo para hacer frente a estos desafíos y no para arrojarnos a la cabeza o a los escaños los jirones del ayer. No es el pasado nuestra gran asignatura pendiente, es en el ahora donde suspendemos, donde no damos la talla. Y es que de tanto girar el poliedro de la memoria corremos el riesgo de convertir la Historia en un insomne caleidoscopio.

Alfonso Pinilla García es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura. Su último libro es La Transición de papel (Biblioteca Nueva-Fundación Academia Europea de Yuste, 2008).

© Mundinteractivos, S.A.

España como vía crucis, de Santiago González en El Mundo

Posted in Política, Religión by reggio on 26 noviembre, 2008

A CONTRAPELO

España es en ocasiones una procesión que va detrás de un crucifijo con propósitos alternativos: bien para hacerle rogativas, bien para ajustarle las cuentas, si aquéllas hubieran sido desatendidas. Raúl del Pozo recogía hace unos meses aquí al lado una copla popular alusiva: «No he visto gente más bruta/ que la gente de Alcocer,/ que echaron el cristo al río/ porque no quiso llover».

Hay una España seca y otra húmeda, las dos Españas de siempre. Ramón Cabrera, el general carlista, lo entendía bien al arengar a los suyos: «¡A por ellos, que son de regadío!» Hay una España de trasvases y otra de desaladora, aunque, a veces, la segunda transige con los primeros, siempre que pueda llamarlos con nombres creativos: «Conducciones puntuales de recursos hídricos», y por ahí.

Durante la campaña electoral que desembocó (observe el amable lector la pertinencia de la metáfora) en las elecciones de octubre de 1982, el Mediterráneo español sufría lo que el franquismo había definido con el sintagma pertinaz sequía. A aquellas alturas del siglo XX se organizaron rogativas, procesiones detrás del crucifijo, todavía por las buenas. Empezaban a caer las primeras gotas en el momento en que Carrillo iniciaba su parlamento durante un mitin del PCE en Murcia. «Hemos tenido que venir los comunistas para conseguir que llueva en esta tierra», dijo, sin imaginar que aquellas gotas se convertirían en inundaciones.

Hay también una tendencia al exceso y al fetichismo. Sólo así se explica que en un sistema educativo como el español, tan carente, tan cambiante y tan inane, se haya podido establecer la polémica más viva por el crucifijo en las aulas. Llegados a este punto, diré que no soy partidario, por estrictas razones de laicismo. Creo en la religión como un asunto privado y desconfío de su exposición en los espacios públicos. La mezcla de lo público y lo privado es, en los casos benignos, la condición necesaria para la corrupción; en los peores, para el totalitarismo.

Naturalmente me abstendré de intervenir en la polémica en sus términos actuales, porque en los dos bandos está presente el crucifijo. Los socialistas no son partidarios de que dicho símbolo cuelgue en las escuelas, pero ellos también lo han expuesto en lugar público. Por ejemplo, en un libro que la Junta de Extremadura le editó con dinero público y prólogo de consejero al fotógrafo Montoya. Había en él un cristo crucificado en estado priápico, otro transexual, algo de zoofilia y así. Nuestros ateos son los únicos laicos que blasfeman, lo que supone un contrasentido chocante. Buñuel lo supo expresar con su retranca maña: «Gracias a Dios, soy ateo».

Por otra parte, el crucifijo es una ejecución y esto siempre ha sido muy español, por encima de bandos. Es famoso el caso del brigadier Chaperón, que presidía la Comisión Militar de Madrid en la Década Ominosa. El solía abrir la marcha del condenado hacia la horca, antes de que Fernando VII le regalase a su señora por su cumple la sustitución de la soga por el garrote vil, que entre nosotros siempre ha gozado de gran prestigio la mecánica. Llegado el momento, Chaperón saltaba y se colgaba de las piernas del reo para garantizarse el suceso. ¿Cómo extrañarse de que en 1936 los milicianos fusilaran a Cristo en el Cerro de los Angeles?

La República no pudo ser por falta de materia prima: no había republicanos. No hay un proyecto de convivencia que pueda sobrevivir entre nosotros a los enfrentamientos entre bandos de supersticiosos. No hay una masa crítica de laicos. Toda España es un vía crucis, qué quieren que les diga.

© Mundinteractivos, S.A.

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La universidad invisible, de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia

Posted in Educación by reggio on 26 noviembre, 2008

Son las nueve de la mañana del lunes 17 de noviembre y van llegando los estudiantes -aunque nadie les pide ninguna identificación y hay pocas caras conocidas- de distintas universidades para llevar a cabo la anunciada ocupación de la facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Estábamos avisados desde el día 13 por un correo electrónico enviado por la “Assemblea de Polítiques i Sociologia”, en la que se nos informaba de su decisión unilateral de sustituir las clases por “espacios de debate, charlas y otras actividades” y comunicaban, ya autoproclamados como jefes de la institución, que “la facultad estará abierta con normalidad”.

Su normalidad, claro. Están bien organizados. Tapan con nuevos rótulos que llevan ya preparados los propios de las aulas:

Menjador, Dormitori 1, Dormitori 2…Tienen previsto el servicio de cocina, con los enseres correspondientes. Llegan con sacos de dormir y mochilas. Se apropian del espacio público para convertirlo en su casa y establecen controles en la entrada de los pasillos. Filman la ocupación y fotografían a los que se resisten a abandonar su actividad docente y discente. La ocupación se ha realizado en contra de la voluntad de la mayoría abrumadora de los estudiantes de la facultad yde los profesores a los que no se ha consultado nada. Y por primera vez en los casi treinta años que llevo en la universidad, y a la vista de la resistencia activa de los estudiantes que quieren ejercer su derecho de estudiar, llego a temer que pueda producirse algún choque entre ellos con violencia física. La coacción verbal y gestual ha sido norma desde el primer momento, aunque es cierto que esta vez vigilan los límites de esta. Por parte de las autoridades se les han ofrecido espacios para sus debates y charlas con el objeto de evitar que se pierdan clases, oferta que no toman en consideración: quieren imponer la interrupción de la actividad normal a la mayoría, y lo consiguen en buena manera.

Autoritarios, caprichosos, se trata de una minoría bien dirigida por una élite iluminada entrenada en las técnicas de ocupación, incluida la de conseguir un desmesurado protagonismo mediático. Los ocupantes cuentan, por una parte, con la participación de un grupo de entusiastas ilusos, educados en un antiinstitucionalismo que los hace inconscientes a la manipulación populista y les impide comprender que la democracia necesita reglas formales. Por otra parte, suman un número indeterminado de parásitos que se apuntan a todas las fiestas menos a la del saber. Practican un aristocratismo – compartido con una pequeña parte del profesorado-que les permite imaginar una universidad fuera del sistema, sin obligaciones con el mercado de trabajo, ni con las necesidades de la economía nacional o internacional ni con el ciudadano que, con sus impuestos, les paga los estudios. Exigen diálogo, pero no atienden a razones. Paradójicamente, recurren a las garantías que les ofrece la institución siempre que les favorezcan, y por ello no es extraño que sean exasperantemente reglamentistas. Cuando el miércoles, con mis estudiantes, quisimos tener la clase en nuestra aula habitual – a aquella hora, un “dormitorio” vacío-,nos echaron con malas maneras porque era “su” territorio ocupado, de uso exclusivo.

La institución académica, por su parte, titubea. Una larga historia de actitudes condescendientes ante este tipo de conductas ha permitido muchas confusiones y son un mal punto de partida para poner las cosas en su lugar. Tampoco ayuda la administración universitaria, que huye del conflicto abierto como gato escaldado, y aconseja a la institución universitaria una prudencia cobarde y una tolerancia perversa ante el abuso, no sea que vaya a crecer el problema: se dialoga paciente -e inútilmente- con el ocupante y se dejan desamparados los derechos de la mayoría. Además, la autoridad universitaria no consigue, o no quiere, o no sabe, tener voz propia en el conflicto. Sólo existe la versión del ocupante. Los medios no muestran interés en preguntar a los que quieren ejercer su derecho al estudio. La universidad no comunica su punto de vista ni su decisión, posiblemente porque no la tiene tomada, pendiente del desarrollo de los acontecimientos y confiando en que la situación se resuelva sola, por cansancio, aunque sea a costa de la erosión de su propia autoridad y prestigio público. No debe sorprender que luego nuestra universidad sea objeto de análisis crueles e injustos. Pero no se dejen engañar por lo que les muestran. Detrás de los que usurpan la voz de los universitarios, más allá de los gobiernos timoratos o de la indecisión institucional, existe una universidad que trabaja con seriedad, que aspira a ser europea y a internacionalizarse más aun, que compite con los mejores para ser excelente y que quiere responder al compromiso de ser útil al ciudadano que la sostiene. Es la universidad que quiere convertir el desafío de pertenecer al espacio europeo de estudios superiores en una oportunidad para salir definitivamente de espacios más confortables, pero sin futuro. Dedicados a nuestro trabajo diario, hemos explicado poco lo que hacemos. Quizás deberíamos convertir estas últimas y lamentables ocupaciones en una buena oportunidad para contarlo y dejar de ser invisibles.

salvador.cardus@uab.cat

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Rebelión en las aulas, de Màrius Carol en La Vanguardia

Posted in Educación by reggio on 26 noviembre, 2008

El vestíbulo del primer piso de la Universitat de Barcelona parece un refugio de montaña, con los sacos de dormir, las mochilas y las fiambreras de los estudiantes encerrados desde el pasado fin de semana. Los cuadros del barroco español comparten protagonismo con pancartas de protesta y pasquines de convocatorias. La imagen tiene algo de la Casa de la Desolación, que describe en sus memorias Rudyard Kipling. El movimiento asambleario de los universitarios catalanes ataca frontalmente el proceso de Bolonia, que fue aprobado por la totalidad de países que conforman la UE para establecer un espacio universitario único europeo. Los estudiantes quieren un referéndum vinculante sobre Bolonia y exigen diálogo sobre el futuro de la universidad pública. Los rectores responden que no pueden hacerse plebiscitos sobre unos acuerdos alcanzados por gobiernos y parlamentos, y que cualquier diálogo pasa por concluir los encierros.

Escuchando las reclamaciones de los universitarios al frente del movimiento anti-Bolonia, se acaba deduciendo que buena parte de las quejas que suscita el proceso no tiene nada que ver con él: los cambios en las titulaciones de diplomaturas, licenciaturas e ingenierías en carreras de cuatro años, más uno o dos de máster es una decisión del Gobierno español, pero no una precisión de la declaración de Bolonia. Como tampoco el acuerdo habla de privatización de la universidad aunque anima a invertir en ella. Ni siquiera tiene nada que ver el precio de las matrículas, que es competencia de las autonomías.

Lo que establecieron 29 países europeos en la capital de la Emilia-Romaña fue estructurar las enseñanzas en grado, máster y doctorado, homologar titulaciones para facilitar la movilidad de profesores y estudiantes, clarificar la formación de los europeos y estructurar las enseñanzas en créditos, que se obtienen por horas de clase y por el trabajo fuera de las aulas. Nada de todo ello parece ningún despropósito, al contrario. Si desaparecen filologías no es porque lo precise Bolonia, sino las autoridades académicas españolas. Si la universidad depende de un ministerio económico no es porque la empresa quiera apoderarse de ella, sino por una decisión de la Administración. Si no hay más dinero para becas, no es porque los países europeos hayan limitado su número, sino porque el Gobierno no ha aportado más recursos.

Los miedos de los estudiantes son comprensibles y sus peticiones, razonables. Pero a Bolonia lo que es de Bolonia. Y a Madrid lo que es de Madrid. El proceso se ha explicado mal y el Gobierno ha aprovechado el plan europeo para tomar decisiones y hacer recortes que no tienen nada que ver con lo aprobado en una ciudad que ha dado nombre a una salsa que si se indigesta, como le ocurre al proceso, es porque ha fallado el cocinero, no la receta.

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Leyenda del alcalde ausente, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Posted in Política by reggio on 26 noviembre, 2008

El ojo del tigre

Cuentan que cuando se solicita una audiencia con el Alcalde de Oviedo, desde el despacho en donde se resuelven, entre otras cosas, estos asuntos, responden al interesado: El señor alcalde está jubilado. Diríjase al concejal correspondiente. Parece un gag cómico ideado por Jardiel Poncela. Pero no. Aseguran que éso ocurre realmente en esta deliciosa ciudad, que parece estar de vuelta de todo sin que jamás haya ido a ninguna parte… Si el alcalde de Oviedo no concede audiencias a sus administrados porque está jubilado, se debe suponer que el Ayuntamiento del primer municipio asturiano está presidido por el primer alcalde emérito de la novísima democracia española. Porque el Alcalde sigue ejerciendo su poder político. ¿Se puede estar jubilado y, al mismo tiempo, en activo? En otros sitios, no lo sé. En Oviedo, sí.

Si el alcalde de Oviedo se supone que es un alcalde jubilado, pero que continúa ejerciendo con el mismo ímpetu con que siempre lo hizo estando, al parecer, en activo, nos hallamos ante uno de los fenómenos sociopolíticos más extraños -y espectaculares- ocurridos en este incipiente siglo XXI.

Estar y no estar al mismo tiempo es, como se sabe, una de las más celebradas habilidades del alcalde que se especializó en el arte de gobernar a los ciudadanos -¿qué ciudadanos…?- susurrándoles en la oreja a los caballos que tenía pero que, al mismo tiempo también, jamás fueron suyos. Oviedo tiene y no tiene, simultáneamente, un alcalde que le lleve las riendas sin soltarlas en ningún momento, y que le espolea para que corra velozmente hacia un futuro en el que nadie le dispute hegemonías políticas, culturales, religiosas y sociales.

Pero ese rarísimo ejemplar de alcalde inconsútil -que está presente cuando está ausente, y ausente cuando parece que está presente- ha provocado además otro curiosísimo fenómeno sociológico: los ovetenses (asturianos y españoles todos…) están convencidos de que son auténticos ciudadanos, disfrutando de la plenitud de sus derechos democráticos, gracias a la ejemplar autoridad de su alcalde, del cual nunca es capaz de descubrir cuándo es real, ni cuándo es virtual; cuándo está en activo, ni cuándo está jubilado. Al histórico regente le encantan los jeroglíficos orgánicos.

Ese curiosísimo fenómeno sociológico, que sufren los ovetenses, se desvanece en cuanto alguien que sea capaz de ver al rey desnudo les advierte que son simples súbditos de quien ostenta el poder local. Pero esto hay que decírselo en voz baja, y de uno en uno. Para que no se alboroten cuando se descubre que los ovetenses no son lo que deberían ser. Esto complica mucho más de lo complicado que es, el galimatías sociopolítico en el que ha desembocado Oviedo tras la jubilación de su alcalde: en la ciudad no existe la sociedad civil. La que hay no es la que debería ser en un sistema de gobierno democrático y plural. En cambio, sí es la sociedad que necesita un alcalde que, probablemente, ya está cansado de serlo; es decir, Oviedo está constituido por una sociedad sometida, embridada y, también -porque todo se contagia- ausente…

Estas situaciones tan extrañísimas para quienes tienen un concepto serio de lo que debe ser una ciudad democráticamente gobernada, suelen suceder cuando el poder municipal permanece demasiado tiempo en las manos de un personaje que se fue haciendo imprescindible, para la ciudad, a golpes de audacias superferolíticas.

En tales condiciones, el poder se personaliza y, como primera consecuencia desagradable, el mismísimo sistema democrático -que se controla desde ese poder individual- acaba degenerando hasta quedar convertido -el sistema- en un simple instrumento al servicio exclusivo de quien acapara personalmente el poder.

Hace unos años -a finales del siglo pasado-, un político que, entonces gobernaba un municipio y se disponía a gobernar la región, me dijo que lo que él no quería era una Asturias de tres velocidades. Luego, acabó gobernándola con cuatro: la suya, la de la oposición, la del SOMA-UGT y la del empresariado. El alcalde de Oviedo, que, por cierto, gobierna la ciudad como si fuera un estado, nunca quiso un municipio con más de una velocidad: la que él le pisaba. En este momento, gobierna su ínsula con la velocidad que le imprimen los amos del dinero… El lleva el volante, pero los pedales los manejan otros. En este caso, es probable que tanga razón cuando dice que, como alcalde, está jubilado. Porque Oviedo, en realidad, tiene otros alcaldes .

Lorenzo Cordero. Periodista.

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La reforma de los partidos, de José Luis González Quirós en El Confidencial

Posted in Derechos, Política by reggio on 26 noviembre, 2008

Los españoles tenemos un problema: que nos cuesta reconocer por temor a que se pueda poner en duda el valor de la libertad. Los partidos están secuestrando la democracia y su ejemplo cunde. Nuestros partidos se han hecho, sin excepción, cesaristas, algo que nunca hubieran aprobado los constituyentes, pero nuestra tradición de despotismo ha resultado ser demasiado fuerte. Somos una Monarquía y los líderes quieren ser inviolables, como el de la Zarzuela, y controlar la llave de la sucesión para que todo siga tan “atado y bien atado”.

Convertir los partidos en máquinas de poder y de adulación, nada tiene que ver con la democracia, más bien la reduce a una oligarquía disimulada por las elecciones y tutelada por unos poderes, los magnates financieros y de la prensa, que consideran que este sistema es el mejor para la defensa de sus intereses. Así se entiende, por ejemplo, que el señor Botín, pese a que quiere ser el banquero de todos los españoles, le haya dicho recientemente al Rey que Zapatero siempre acierta y que es una bendición de Dios. Tiene gracia, por eso, que algunos se rasguen las vestiduras por la llegada de Putin a Repsol, como si aquí estuviésemos tan lejos de su modelo.

En ocasiones se invoca la historia de la destrucción de UCD para justificar el repliegue de los partidos hacia la falange, con exclusión de cualquier debate, de cualquier discrepancia, pisoteando la función encomendada por la Constitución, que no es otra que expresar el pluralismo político y concretar la participación política y la voluntad popular. La Carta Magna establece que el funcionamiento de los partidos deberá ser democrático, algo que ha conseguido subvertirse de modo que los elegidos designan a sus electores con los efectos que son de imaginar. En el interior de los partidos se aplican prácticas chavistas, castristas y putinianas, nada que tenga que ver con una democracia liberal mínimamente seria. Entre nosotros, Obama no habría llegado ni a concejal.

Hace unos días, la prensa se ha lanzado a criticar a los diputados por estar ausentes en las votaciones, pero la verdad es que los diputados tampoco pintan nada en nuestro sistema, lo que explica que, de vez en cuando, se den cuenta, se depriman y se queden en casa. Vivimos en una democracia muy restringida, en la que la mayoría de las instituciones carecen de valor y de vida autónoma y en la que cuatro o cinco personas toman todas las decisiones, dejándonos a los demás una cierta libertad de comentario a la que pondrán un coto más estrecho en cuanto les parezca oportuno, como ya se hace en Cataluña.

El bipartidismo español es una deformación de la democracia

El bipartidismo que aquí tratamos de divinizar es una deformación grotesca y disfuncional de la democracia liberal, una maquinaria infernal que nos conduce, inexorablemente, a lo peor de nosotros mismos, a esa imagen tenebrista de las dos Españas, eso sí, multiplicada ahora por los 17 califatos que padecemos, con infinita paciencia y con no poco dolor, y que son hijos de la misma obsesión antiliberal y ordenancista a la que debemos tantas glorias en el pasado. Por ejemplo, el malestar existente en torno a Rajoy se trata de convertir en una conspiración del clan de los diez, al parecer un grupo de diputados que “se reúne, comenta cosas y habla con los periodistas”, es decir, unos traidores.

De esta manera, nuestra democracia se está quedando sin posibilidad alguna de interesar a nadie, se está convirtiendo en su caricatura, en una fantasmagoría, en esa España oficial de la que dijo Ortega, en su día, que era como un “inmenso esqueleto de un organismo evaporado, desvanecido, que queda en pie por el equilibrio material de su mole, como dicen que después de muertos continúan en pie los elefantes”.

No soy de los que creen que esto no tiene remedio, pero creo también que, en palabras de Pericles, el precio de la libertad es el valor, y que hay que ser valientes para superar el pasado y liberarnos de la supuesta condena de un destino estéril e inalterable. Me parece que cada momento tiene sus oportunidades y sus riesgos, y este de ahora es un instante especialmente grave. Nos jugamos mucho. Podemos empezar a parecernos más a lo que nos gustaría o dejarnos arrastrar por la implacable tendencia a decaer, que siempre acecha a las instituciones humanas.

Como diría el almirante inglés, España tiene derecho a esperar que cada cual cumpla con su deber. No es una obligación que afecte únicamente a la oposición, pero en ella es más acuciante. El PSOE ha dado muestras suficientes de querer convertirse en un aparato al que ni le importan las ideas ni le afectan intereses distintos a los de su sustento; además, es una máquina más eficaz y está en el poder. No sé si los que en el PP juegan a esta misma dinámica saben bien lo que están haciendo, pero sí sé que a muchos de sus electores no les interesa nada esa clase de acomodos, que preferirán permanecer libres ganándose cada día la libertad con sus acciones.

Poca olla para tantas bocas, de Manuel Pimentel en Cinco Días

Posted in Economía, Política by reggio on 26 noviembre, 2008

Los problemas irán aumentando. Mientras arde nuestra economía, las fábricas cierran y el desempleo galopa desbocado, nuevos conflictos comienzan a adquirir carta de naturaleza. El más inminente será el de la financiación autonómica, especialmente la vinculada al desarrollo del nuevo estatuto catalán. Hace ya meses que el plazo que concedía el texto aprobado en las Cortes ha finalizado sin que hasta ahora se haya conseguido acordar nada. El Gobierno se metió en un avispero del que no sabe salir en estos tiempos de crisis. Todas las autonomías reclaman más y mejor financiación, pero en el caso catalán la situación es aún más perentoria, pues no se trata ya de un compromiso político de los que se lleva el viento, sino que viene mandatado por un Estatuto aprobado en el parlamento catalán y refrendado por Ley Orgánica en las Cortes españolas.

La irritación en parte de la sociedad catalana es evidente y Montilla está profundamente molesto ante un retraso que considera injustificable, y por el que está siendo cuestionado de forma permanente en su propia parroquia. El PSC ya amagó con no votar estos Presupuestos Generales como medida de presión. Al final, todo quedó en aguas de borrajas. Pero que nadie se equivoque. Si no hay nueva financiación, estaremos a las puertas de un cisma político entre PSOE y PSC, similar al que ya ocurriera en Navarra entre el PP y UPN.

El Gobierno ha ido dilatando durante meses su propuesta de financiación con el argumento de lo perentorio de la lucha contra la crisis, la absoluta prioridad -teórica al menos- del momento. A Zapatero y a Solbes se les abren las carnes al pensar la reacción que tendría la opinión pública al conocer que las arcas del Estado se debilitan para darle el dinero a las comunidades autónomas, especialmente a Cataluña, que no se contentará con migajas, pues posee todo un estatuto como aval de la deuda. Por eso, el Gobierno tendrá problemas tanto si aprueba el nuevo modelo como si no lo hace. No supo medir los tiempos, y ahora se encuentra en el peor momento. Sin dinero y con una sociedad angustiada por los problemas económicos. Ya veremos el desenlace del culebrón.

Estos conflictos saldrán a la luz en caso de celebrarse la famosa conferencia de presidentes, prometida por el Gobierno e igualmente dilatada. Todos querrán más, y el Gobierno les tendrá que decir la verdad: que no tiene. Los compromisos de gastos públicos se disparan y los ingresos fiscales se hunden. Ya estamos en déficit y el próximo año caeremos en un agujero del que tardaremos un tiempo en salir. Lo último que le conviene en estos momentos es hablar de dineros con las autonomías. Pero para Cataluña esto no es un juego y forzará un acuerdo final. Al Gobierno le costará salir de este proceso sin dejar muchos pelos en la gatera.

Los ayuntamientos no quieren quedar al margen de este reparto. La caída inmobiliaria les ha arruinado y precisan de nuevos fondos para atender a los servicios y a la estructura que crearon durante los tiempos de bonanza. Muchos municipios ya tienen graves dificultades para poder atender su nómina y mejor ni hablar de los retrasos pavorosos en el pago a sus proveedores. Estamos ente una bomba de efectos retardados que no tardará en explotar. Sus víctimas y daños colaterales ensombrecerán el triste panorama del próximo ejercicio. Muchas empresas que prestan servicios a los ayuntamientos se verán abocadas al concurso de acreedores; aún siendo viables, no podrán soportar la tenaza que sufren tanto por la demora en los cobros como por el recorte financiero con el que le castigan los bancos.

Los presupuestos generales del próximo ejercicio nacen muertos. Sus principales variables ya han sido ampliamente superadas por la realidad. Los gastos serán más cuantiosos y los ingresos, menores. Al déficit que encierran habrá que sumarle la financiación autonómica y un plan urgente de saneamiento municipal. Tampoco conocemos el coste de los sucesivos planes contra la crisis. El Estado se está echando sobre sus espaldas ingentes compromisos a los que les costará atender. Tanto el endeudamiento como el déficit público tienen límites, por más que nos parezcan infinitos en estos momentos de zozobra. Estamos preocupados. Comenzamos a albergar serias dudas de que tengamos olla para tantas bocas.

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Sin teoría, de Antonio García-Trevijano en el Diario español de la República Constitucional

Posted in Economía, Política by reggio on 26 noviembre, 2008

Del mismo modo que la primera víctima en todas las guerras, incluso en las defensivas, es la verdad informativa de los hechos que las justifican, en las grandes crisis económicas lo primero que desaparece del panorama mental, sin que nadie lo planifique, es el valor de todas las teorías que pretenden dar categoría científica y dimensión ética al conocimiento de la economía. Hasta tal punto es cierta la observación de esta constante, en los fenómenos de cambio de mentalidad ante la acción económica, que ha hecho veraz la idea de que toda teoría económica no ha sido más que la respuesta estructural del pensamiento lógico -derivado siempre de una concepción prototípica del “homus economicus”-, a una determinada coyuntura critica de la economía real. Dicho con otras palabras, las grandes crisis dejan obsoletas las pretensiones preventivas, predictivas o normativas de la teoría económica.

La crisis actual ha resucitado a Roosevelt y Keynes. Dos hombres de genio auténtico que, por caminos paralelos, encontraron la respuesta del sentido común al doctrinarismo liberal que anteponía su credo a las soluciones prácticas del paro y de la atonía de la inversión privada. Se cree que el hombre de Estado siguió los consejos del sabio. Pero está probado que Roosevelt nunca leyó la carta que Keynes le dirigió en 1933, recomendando el déficit presupuestario para un programa de vastas obras públicas que hiciera frente al desempleo. Este economista y matemático, patrón de los gobiernos europeos durante la década de reconstrucción que siguió a la guerra mundial, fue injustamente condenado al ostracismo cuando se creyó que la gran inflación era debida a la aplicación de su teoría, y no a la incompetencia de aquellos gobiernos partidistas que aumentaban la circulación monetaria, sin un paralelo aumento de la producción de mercancías, y no supieron prevenir las causas políticas que determinaron el alza repentina del precio del petróleo a comienzos de los años setenta.

El Tratado de Maastricht conmutó la pena de ostracismo keynesiano por la de muerte, al prohibir el déficit presupuestario en los Estados de la Comunidad europea. Una prohibición, paliada con la tolerancia de un tres por ciento, que hoy atormenta a todos los Gobiernos de la UE. Recién aprobado aquel funesto Tratado, tuve la oportunidad de denunciarlo, en una conferencia ante economistas, por dejar maniatados a los gobernantes, en épocas de depresión, para reactivar el empleo de los recursos humanos.

florilegio

“Cuanto más incierto es el porvenir, más necesario parece encontrar socorro en el pasado. Y cuanto más se repite éste, más hace fracasar el presente.”

Brufau o Alekperov, de Juan Francisco Martín Seco en Estrella Digital

Posted in Economía, Política by reggio on 26 noviembre, 2008

Uno a uno se están derrumbando todos los tópicos del neoliberalismo. Ahora comprobamos en qué consiste el mito del capitalismo popular. Repsol está a punto de pasar a manos de Lukoil, una empresa forjada en las rapiñas de las privatizaciones de Rusia. Adelantada, por lo que se ve, de un capitalismo popular en el que las empresas estatales se han convertido en propiedad de los dirigentes del antiguo régimen, que no son distintos de los del nuevo y que se han hecho ricos -todos ellos- a costa del erario público. Nosotros seguimos aplicadamente los pasos del maestro, y también aquí unos pocos, de no ser nadie, pasaron a ser grandes empresarios gracias a la venta de las empresas públicas.

El Gobierno dice diego donde dijo digo, y acepta que Sacyr e incluso La Caixa vendan su participación en Repsol a la compañía rusa. Y es que hay que sacar del atolladero al señor Rivero, que, según dicen, es amigo de Zapatero y que además entró en Repsol, si no inducido, sí al menos con las bendiciones del Gobierno, y de paso también al señor Botín y al Banco de Santander, que ha prestado ingentes cantidades a la constructora, y necesita por tanto asegurar la solvencia de sus créditos. La farsa es de tal calibre que la vicepresidenta del Gobierno no tiene pudor en afirmar que lo importante es que los ejecutivos sean españoles, como si esto se pudiese asegurar, y además como si a los ciudadanos les importase mucho que al frente de la empresa esté un tal Brufau o un tal Alekperov, los títulos de su legitimidad no son demasiado diferentes.

El colmo del despropósito es escuchar a De Cospedal acusar a Zapatero de que pone en peligro un sector estratégico nacional, y a Montoro denunciar que Repsol vaya a dejar de ser española, porque fue precisamente el Gobierno del PP el que, al tomar la decisión de privatizarla, permitió que la empresa dejase de ser de todos los españoles, con lo que resulta imposible controlar más tarde en manos de quién está, cosa que, además, importa ya muy poco. Queda muy bien que el PP hable de sectores estratégicos, pero éstos se ponen en peligro desde el mismo momento en que el control deja de ser estatal y pasa a manos privadas.

La liquidación del sector público empresarial ha sido una de las mayores expoliaciones que se ha realizado contra la sociedad española, expoliación en la que, sin duda, tienen culpa todos los gobiernos, pero los del PP se llevan la palma. De poco vale lamentarse ahora. Antes o después, todos los sectores estratégicos estarán controlados por empresas extranjeras o multinacionales y, desde luego, el Estado se verá absolutamente incapaz de garantizar unos servicios adecuados y de instrumentar una política económica coherente. Los ciudadanos lo pagaremos pero, como en Rusia, algunos se habrán forrado.

www.telefonica.net/web2/martin-seco

Stella Calloni, de Fidel Castro Ruz en las “Reflexiones del compañero Fidel” en el Diario Granma

Posted in Derechos, Internacional, Política by reggio on 26 noviembre, 2008

Reflexiones del compañero Fidel

STELLA CALLONI

Su libro La operación Cóndor denuncia una serie de atroces crímenes cometidos recientemente por Estados Unidos contra los pueblos de América Latina y constituye un texto clásico para comprender lo que significa el imperialismo yanqui.  Es la denuncia más objetiva y detalladamente documentada que hasta hoy he leído, insuperable en su estilo y elocuencia.  Impresiona la lista de eminentes figuras, militares y civiles, vilmente asesinadas dentro o fuera de sus respectivos países, entre ellas prestigiosas personalidades, religiosos como el arzobispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero, los generales chilenos Schneider y Prats, presidentes de otros países, así como la conspiración en Chile, que concluyó con la muerte de Salvador Allende y el establecimiento de un gobierno fascista.  Hubo presidentes de Estados Unidos directamente involucrados, como Nixon, Reagan y Bush padre.  En nuestro país Stella es conocida por esa obra.

En días recientes, lo que llamó de nuevo mi atención sobre la autora argentina fue la ponencia presentada en la Conferencia Internacional “Revolución e Intervención en América Latina” que tuvo lugar en Caracas, de la que envió una copia a Cuba.

Nos habla de la invasión silenciosa en todos los frentes:  el arma de la desinformación, la recolonización de América Latina, “el patio trasero” como la “reserva estratégica” del imperio, la contrainsurgencia operativa, los golpes “suaves”, la intoxicación informática, agrupaciones de izquierda actuando junto a sectores golpistas de extrema derecha;  el poderoso enemigo que ataca deliberadamente el alma de los pueblos, su cultura y su identidad;  avanzadas coloniales y colonialismos tardíos.

Nos recuerda que la brutal invasión de Panamá, el 20 de diciembre de 1989, estuvo precedida por una campaña desinformativa que, en este caso, logró penetrar en sectores progresistas y de izquierda; la manipulación informática sobre las razones que adujo Estados Unidos para invadir el pequeño país de poco más de dos millones de habitantes ―dividido en dos por un enclave colonial que la potencia hegemónica mantenía desde principios del siglo pasado―, increíble y burda,  aún es imposible entender cómo paralizó América Latina.  Hasta hoy ―nos dijo― se ignora que allí murieron miles de personas.  “Panamá fue la Guernica de  América.”

Después añade que las Naciones Unidas desempeñaron “una presencia de papel en todos estos conflictos”.

Al Qaeda, nacido de las propias entrañas del imperio, es un típico ejemplo de un enemigo que el poder hegemónico ubica a su antojo donde lo necesita para justificar luego sus acciones, como a lo largo de su historia fabricó enemigos y atentados destinados a favorecer sus planes de dominación.  El pretexto de la  Seguridad Nacional de Estados Unidos para justificar sus crímenes fue trazado mucho antes de los atentados que desplomaron las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001.

Así por el estilo continúa esgrimiendo argumentos y pruebas irrefutables. Lo escribe en no menos de 20 páginas de apretada síntesis.  Expresa sincera admiración por los procesos revolucionarios de Cuba y Venezuela, por su lucha valerosa en las proximidades de la metrópoli neocolonial.

Para comprender el sentido de esa lucha, baste recordar algunas de las frases pronunciadas por George W. Bush, presidente al que restan sólo 58 días para concluir su actual mandato como jefe del imperio.

En medio de la crisis que azota al mundo, declaró en la reunión cumbre de la APEC que tiene lugar en Lima:

“Por más de una década el mercado libre probó ser una vía eficaz.”

“El crecimiento económico en esta región podría ser ilimitado y es algo que concierne a los pueblos libres.  Todo país que sea honesto con su pueblo, contará con el apoyo de Estados Unidos.”

“Nuestros socios pueden estar seguros de que la agenda compasiva de Estados Unidos se mantendrá.”

“Seguiremos inspirando al mundo.”

“Que Dios los bendiga.”

Hay que ser incurablemente cínico para hacer tales afirmaciones.  Mientras eso se proclamaba en Lima, de Estados Unidos llegaban noticias sobre la gravedad de  la crisis y el creciente número de desempleados.  Las empresas de las industrias automotrices reclaman con urgencia una parte de los 700 mil millones de dólares destinados a afrontar la crisis más fuerte desatada en decenas de años.  Aseguran que la quiebra de una sola de las grandes empresas del sector originaría el despido de dos millones y medio de trabajadores.  Son cifras siderales de dinero y de afectados en el país que pretende seguir inspirando al mercado.

Las elecciones de hoy en Venezuela son complejas por la situación creada con las lluvias, el número de colegios, la elevada cifra de votantes inscritos por cada uno de ellos, el empleo de los recursos mediáticos y el abundante dinero que la oligarquía y el imperialismo emplean para confundir a los votantes, pero el gobierno bolivariano actúa con dignidad, se preocupa por los daños que ocasionan las lluvias excesivas, y combate con la firmeza y decisión que inspiran las causas justas.

Cualquiera que fuese el resultado de los comicios para elegir las autoridades locales y regionales, no será fácil apagar la llama encendida de la Revolución.

Creemos mucho más en las verdades de Calloni que en las cínicas mentiras de Bush.

Fidel Castro Ruz

Noviembre 23 de 2008

Hora:  11 y 36 a.m.

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