Reggio’s Weblog

El periodismo y el riesgo en tiempos difíciles, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 23 noviembre, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Texto de la intervención de Pedro J. Ramírez durante el acto de entrega de los Premios de Periodismo de EL MUNDO celebrado el pasado miércoles con la asistencia de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy.

Excelentísimo señor presidente del Gobierno, excelentísima señora presidenta de la Comunidad de Madrid, excelentísimo señor alcalde de Madrid, autoridades, señor líder de la oposición:

Esta es la séptima edición de nuestros Premios Internacionales de Periodismo, establecidos para honrar la memoria de Julio Fuentes, Julio Anguita Parrado y José Luis López de Lacalle, pero en ella se dan circunstancias singulares que le otorgan un significado muy especial.

Se trata de la primera vez que los premios se entregan en la nueva sede de Unidad Editorial después de la fusión con el Grupo Recoletos. Por eso es un gran honor contar hoy en esta casa de la Avenida de San Luis con la presencia simultánea del jefe de la oposición y el presidente del Gobierno como símbolo de que más allá de las discrepancias hay grandes consensos en torno a los valores constitucionales con los que el diario EL MUNDO se identifica.

Tal vez el más importante de ellos sea el que se materializa en la unidad de la lucha antiterrorista. Desde este periódico nos sentimos muy orgullosos de haber podido contribuir en alguna medida con nuestra línea editorial al restablecimiento de ese frente común quebrado durante la pasada legislatura. Es un lujo y un placer poder felicitar en un mismo acto a los máximos representantes del Gobierno y la oposición por los muy alentadores frutos recientes de su colaboración y muy en especial por la eficiencia de la labor policial protegiendo nuestras libertades.

La enfermedad de uno de sus hijos ha frustrado sus planes, pero la viuda de López de Lacalle, Mari Paz Aristizabal, me explicó ayer que su propósito era viajar a Madrid para estar hoy aquí con nosotros y asistir mañana al juicio señalado en la Audiencia Nacional contra García Gaztelu, alias Txapote, por ordenar asesinar a su marido. Es evidente que para ella los dos actos tienen continuidad y para nosotros también porque la defensa de la libertad de expresión y el ejercicio de la justicia con todo el rigor que merece la ignominia no son sino las dos caras de una misma cultura democrática.

En el caso del presidente Zapatero se da además el hecho de que ésta es una de sus primeras comparecencias públicas tras la cumbre de Washington. En ella ha representado dignamente al conjunto de nuestra nación y ahora sólo cabe esperar que las medidas de estímulo de la economía allí esbozadas se concreten en un nuevo plan de actuación -a ser posible pactado también con la oposición- que acelere la recuperación sin dañar la libertad de mercado.

Porque el segundo elemento que distingue esta edición de hoy de todas las anteriores es el contexto en el que se celebra. En mis 28 años como director de dos grandes diarios nacionales nunca había visto una crisis como ésta. Desde que mis compañeros y yo fundamos EL MUNDO en 1989 hemos vivido varias veces los problemas derivados de la caída de la inversión publicitaria, pero ésta es la primera en que nos toca afrontar literalmente su hundimiento.

Comprendemos el estado de shock en el que en estos momentos se encuentran miles de empresas y millones de trabajadores porque en cierto modo nosotros también lo padecemos. En el caso de los medios de comunicación la crisis económica general, con sus agravantes específicamente españoles, coincide además con la mayor transformación de la estructura del sistema informativo desde el nacimiento de la prensa escrita.

Pero la capacidad de crecernos ante las dificultades forma parte de nuestro ADN. No sé si ha habido algún grupo de comunicación que haya entendido antes y mejor que Unidad Editorial el significado profundo de la revolución en marcha, pero desde luego ninguno ha obrado en consecuencia, al menos en España, con tanta determinación y eficiencia. Eso explica que todos nuestros medios sean líderes en los nuevos soportes en sus respectivos segmentos y sobre todo que con más de 12 millones de usuarios únicos al mes y más de un millón y medio al día en internet, a los que hay que sumar naturalmente casi otro millón y medio de lectores fieles de nuestra edición impresa, EL MUNDO sea la primera cabecera del orbe en lengua castellana.

Dentro de muy pocas semanas quedará constancia de que no nos dormimos en los laureles y de que, si fuimos capaces de innovar cuando nacimos, más vamos a serlo ahora que se aproxima nuestro vigésimo aniversario. Pero no nos engañemos: si podemos describir con detalle la tormenta es porque estamos inmersos en ella y este acto de hoy, supongo que se habrán dado cuenta, se produce mientras la popa del barco se levanta en medio de olas gigantescas.

De ahí el significado tan especial que tiene el que para acentuar la sensación de vértigo y desafío a los elementos, el jurado de esta edición haya decidido otorgar estos premios a tres figuras emblemáticas que, como nuestros compañeros muertos, encarnan y quintaesencian la asunción del riesgo como algo consustancial al ejercicio del periodismo. Una asunción del riesgo tan valiente como cabal, tan elegante como extrema.

Este es por supuesto el caso del gran jefe de la tribu, don Manuel Angel Leguineche, Manu para su legión de admiradores y amigos. Más que describir sus abrumadores méritos para obtener el Premio Reporteros de EL MUNDO habría que preguntarse cómo hemos tardado tanto tiempo en otorgárselo. Y la respuesta es que a menudo, como le ha pasado recientemente a otro jurado insigne de otro premio al menos tan importante como éste, reconocemos más fácilmente el mérito con pasaporte extranjero que aquel que es carne y sangre nuestra.

Estoy seguro de que a nuestros dos Julios, nuestras formidables Torres Gemelas derribadas por el fanatismo, les habría enorgullecido que Christian Amanpour, Jon Lee Anderson, Frank Gardner o Bernard-Henri Lévy hayan obtenido el premio otorgado en su memoria. Pero lo que ciertamente les habría puesto colorados, a la vez de felicidad y de vergüenza, hubiera sido imaginar que lo recibiera Manu, cuando eran ellos, y ése fue todo el sentido de su vida profesional, los que perseguían al menos un accésit, un diploma, un lugar en la orla de la emulación del intangible premio Leguineche. Porque Manu era para ellos, como para unos cuantos elegidos más, su maestro, su padre, su hermano mayor, su amigo… su modelo en suma.

Manu ha estado en todas partes, ha vivido todas las historias, ha corrido todos los peligros, ha escrito todas las crónicas y buena parte de los libros. Ha sido el mejor y más honesto narrador, el testigo directo imprescindible, el intermediario comprometido entre el ser humano y sus desmanes e incluso a veces entre el ser humano y algunas de sus más nobles conquistas. Ha sido el periodista puro que ha llevado hasta sus últimas consecuencias el único arte más sublime que el de vivir para vivir, o sea el de vivir para contarlo. Por eso le queremos y le admiramos tanto.

El riesgo que han asumido Sergio Rizzo y Gian Antonio Stella publicando dos libros como La Casta y La Deriva es de otra naturaleza, pero también lo conocemos en la redacción de EL MUNDO. Plantar cara a todo un establishment, al conjunto de la clase política de su país, como ellos lo han hecho, denunciando sus abusos y privilegios, garantiza como mínimo la incomprensión intelectual y la descalificación personal. Pero muchas veces conlleva también auténticas campañas de acoso y derribo contra los rebeldes aguafiestas en las que pocos límites se respetan. Sabemos lo que es la mirada de hielo del poder y a veces también la de la oposición, aunque éste no sea el caso aquí y ahora.

Cuando hace algo más de un año nuestro amigo y consejero el embajador Vanni d’Archirafi nos regaló La Casta a los principales directivos de EL MUNDO y nos hizo ver su importancia, yo me di cuenta de que era una obra clave porque iba al corazón del principal problema de nuestras democracias. Déjenme que sea claro: sin partidos políticos, sin clase política, no hay democracia posible, pero los políticos tienen que estar al servicio del sistema representativo y no a la viceversa. Por eso hemos pedido una y otra vez listas abiertas o al menos desbloqueadas, elecciones primarias y demás mecanismos que dejen en manos de las bases el futuro de los liderazgos. Por eso nos alegramos cada vez que asistimos a un incontrolable ejercicio de democracia participativa como acaba de suceder en los Estados Unidos y por eso nos entristecemos cuando observamos procesos férreamente dirigidos por los aparatos de los partidos en cualquier lugar del mundo.

En tiempos de crisis como los actuales es lógico que los ciudadanos se vuelvan más exigentes e incluso quisquillosos con la utilización del dinero público. Y es lógico también que los medios de comunicación nos sintamos obligados a esmerarnos a la hora de servir de cauce a esa conciencia crítica de la sociedad. Afortunadamente en la España democrática superamos hace ya algún tiempo la etapa en la que debíamos denunciar los delitos que se cometían desde el Gobierno y nuestra labor se ciñe a criticar los muchos errores y a reconocer, por qué no, unos cuantos aciertos.

En todo caso los periodistas de nuestra generación podemos considerarnos afortunados, pues aquí nunca se ha llegado al extremo de que resulte peligroso no ya atacar al poder sino alabarle con insuficiente entusiasmo, tal y como nuestro corresponsal en Asia, David Jiménez, explica que sucede con el llamado Mulá FM que controla, con las armas y las ondas, el paquistaní Valle del Swat.

Lo del Mulá FM podría dar mucho juego a la hora de analizar el sectarismo fundamentalista con que alguna comunidad autónoma ha ejercido recientemente sus competencias a la hora de adjudicar licencias radiofónicas, pero éste no es ni el lugar ni el momento para hacerlo. Sobre todo cuando queda pendiente la respuesta a la pregunta que, invirtiendo los papeles, hacía Manu Leguineche, en su entrevista en EL MUNDO, al plantear si los directores seguimos mandando a nuestra gente a sitios como el Congo.

Pues sí, querido Manu, ahí tienes a otro admirador y discípulo tuyo, Javier Espinosa, firmando hace días desde Goma unas crónicas cargadas de intensidad narrativa, compasión humana e intención política en estimulante competencia con compañeros de otros medios. Porque, con crisis o sin ella, con licencias radiofónicas o sin ellas, apostando por la edición impresa, por la digital o, como es el caso, por ambas a la vez, tienes razón: «Nada ni nadie podrá sustituir a los reporteros». Y nada ni nadie podrá sustituir a los escritores indomables.

¿Cuál es la motivación que ha llevado siempre a personas tan diversas como Julio Fuentes, Julio Anguita Parrado, Manu Leguineche, Stella, Rizzo o López de Lacalle a complicarse tanto la vida hasta volverla fronteriza con la muerte, física o civil? En el Simposio de Platón hay una mujer misteriosa llamada Diotima que en un momento dado le dice a Sócrates que hay algo que empuja a los hombres a correr todo tipo de peligros, a soportar mil penalidades e incluso a sacrificar la propia existencia. Algo que está, extrañamente, por encima del amor a la patria o a sus propios hijos. Ello lo identifica como «la búsqueda de la fama y el deseo de alcanzar la gloria imperecedera». Esa mujer misteriosa merodeaba a nuestro alrededor, pero no sabía lo que era el periodismo.

Es verdad que los periodistas somos tan soñadores como vanidosos, pero estoy seguro de que todos desdeñaríamos incluso el ansia de inmortalidad que mueve a los grandes políticos o escritores con tal de disfrutar de esos momentos de felicidad, superiores a cualquier otra experiencia imaginable, que nos proporciona el publicar algo que sea a la vez importante y verdadero. Y no digamos nada si es en exclusiva.

Porque aunque sea cierto que nuestros grandes éxitos de hoy envolverán el pescado de mañana o simplemente quedarán borrados por el siguiente clic en el ratón del ordenador, alguien continuará escribiendo sobre el mismo teclado en el que habremos dejado la huella de la yema de los dedos, alguien sacará las fotos que nosotros no podremos ya sacar, alguien vibrará con iguales ilusiones que las que hoy nos hacen vibrar tanto. Y nosotros perduraremos en ellos igual que el espíritu de nuestros añorados compañeros perdura todos los días en lo que ahora hacemos. Porque, queridos Sergio, Gian Antonio, cuando un periodista hace apasionadamente bien su trabajo, ya no es sólo un periodista, sino todos los periodistas. No es la voz de un periódico, es la voz del periodismo.

«Que me quiten lo bailao», proclama Leguineche al final de sus dos páginas de hoy, consciente de haberse ido marcando sucesivamente el vals, la polca, el rock, el twist y hasta el hula hoop. ¡Bien dicho! Pero lo mejor de todo, querido Manu, es que lo que tú has «bailao» durante tantos años tampoco podrán quitárnoslo a ninguno de tus contemporáneos. Que William Howard Russell, que Murrow y Hemingway, que Kapuscinski y Oriana te bendigan. Y que lo cuentes a tiempo para la hora del cierre.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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Por favor, no refunden el capitalismo, de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 23 noviembre, 2008

LUCES LARGAS

Visto el cariz que están adoptando los acontecimientos después de la cumbre en Washington del G20+ZP, casi que prefiero que no refunden el capitalismo. Empezamos por reconocer el gran fallo del sistema que ha llevado a una de las mayores crisis financieras internacionales de la historia y ahora, poco a poco, a partir de dos intervenciones públicas de Bush en defensa del mercado, vuelve el discurso neoliberal según el cuál, en realidad, lo ocurrido ha sido por culpa de los gobiernos y su incapacidad para controlar a los banqueros ávidos de sobresueldos.

Recordemos lo obvio: el mercado es un sistema de asignación de recursos económicos que, en determinadas condiciones, es más eficiente que ningún otro. A partir de aquí, se plantean dos problemas: ¿qué pasa cuando no se dan las condiciones ideales establecidas en el modelo? Y, sobre todo, ¿qué pasa cuando el resultado, incluso siendo óptimo en términos de eficiencia, no resulta satisfactorio en términos de empleo, bienestar o justicia social?, objetivos estos que no persigue el mercado, pero a los que si suele aspirar la sociedad en su conjunto.

El capitalismo, por su parte, es un sistema económico que, a partir de la propiedad privada de los medios de producción y del uso del mercado como herramienta más frecuente, busca maximizar los beneficios y el poder social de los propietarios, dentro de las leyes. A lo largo de su historia, el capitalismo ha sido compatible con mecanismos de asignación de recursos distintos del mercado (autarquía, proteccionismo, monopolios, etcétera), así como con sistemas políticos alejados de los derechos humanos y de la democracia (franquismo, pinochetismo…).

Tenemos, por tanto, tres fuerzas en tensión que modifican de manera determinante tanto al capitalismo como al mercado. La primera, asegurar la eficiencia cuando no se dan las condiciones establecidas por el modelo del mercado. De ahí derivan una buena parte de las normas y controles impuestos desde fuera que ayudan a mejorar su funcionamiento y que deben ajustarse y modificarse según la experiencia y los cambios que se produzcan, por ejemplo, con la globalización.

Las otras dos fuerzas tienen que ver con aspiraciones colectivas que no encuentran su satisfacción ni en el mercado ni con el capitalismo puro. Si queremos que los niños vayan a la escuela en vez de a las fábricas, que haya permisos de maternidad, derechos laborales, negociación colectiva o garantías sanitarias para toda la población, hace falta una intervención desde fuera de la lógica del mercado y del capitalismo para asegurarlo. Y cada uno de esos cambios sociales experimentados en los últimos 200 años de nuestra historia y de los que nos sentimos orgullosos todos, se ha logrado contra los defensores, en cada momento, del mercado y del capitalismo. La sociedad, por medio de la acción política democrática del Estado, ha sido capaz, afortunadamente, de corregir, complementar, enmarcar, modificar y transformar al mercado y al capitalismo hasta conseguir lo que tenemos hoy.Pero la tensión ha existido y existe entre la lógica económica del beneficio capitalista (que requiere manos libres y predominio de los fuertes) y la lógica social que, mediante la política, impone la democracia, la protección de los más débiles, el reequilibrio de renta y riqueza o la igualdad de oportunidades.

El capitalismo ha relanzado el potencial económico de la humanidad, liberando fuerzas productivas y creativas de gran envergadura.Ha mostrado, también, una gran capacidad adaptativa, aprovechando las sinergias que se establecen con la intervención del Estado que no tiene con el mercado capitalista una relación en la que uno crece a costa del otro, sino más bien una en la que ambos pueden hacerlo. Ha desarrollado también una capacidad expansiva mercantilizándolo casi todo, hasta a sus críticos más radicales como el Che Guevara. Pero la historia demuestra que dejado a su libre albedrío, y persiguiendo su propio interés, ni el mercado es eficiente, ni el capitalismo es sostenible dada su propensión a las crisis recurrentes y a la depredación de su hábitat social o ambiental. El cortoplacismo de las actuaciones regidas por los principios puros del mercado y del capitalismo los acaban haciendo inviables a medio y largo plazo. En eso, Marx, don Carlos, tal vez tuviera razón.

Por eso hizo falta, ya tras la crisis de los años 30 del siglo pasado, transformar el modelo del capitalismo de mercado puro con elementos correctores desde el Estado que mejorasen sus fallos y corrigiesen sus actuaciones menos aceptables socialmente. El New Deal, que dio paso en Europa al Estado del Bienestar, no fue una refundación del capitalismo, sino una profunda transformación (reforma) del mismo efectuada desde la hegemonía de una lógica social y política que se impuso ante el fracaso de la pura lógica económica del mercado teórico y del viejo capitalismo. Fracaso que tuvo mucho que ver con el triunfo bolchevique en Rusia, pero también con el auge del nazismo y del fascismo.

Poner, de nuevo, límites, devolviendo a cada faceta de la sociedad su lógica específica y jerarquizándolas en beneficio colectivo, es la tarea de ahora, cuando estamos viviendo otro fracaso del mercado y del capitalismo, renacidos de la mano de Reagan y Thatcher.Fracaso equiparable a lo ocurrido entonces -aunque en un contexto muy distinto- que incorpora el efecto devastador sobre el planeta del desarrollo capitalista ilimitado. El objetivo hoy no debe de ser refundar el capitalismo, sino volver a cambiarlo, a reformarlo, a hacerlo distinto. Aprendiendo que también existen los fallos del Estado, pero haciendo prevalecer de nuevo la lógica colectiva de lo público a través de la política democrática. No refundar el capitalismo, sino interpretarlo para volver a transformarlo.

Y para ello necesitamos políticos que no lleven la trinchera portátil encima. Políticos que, como Obama, propugnen la transversalidad y, en todo caso, la refundación del gran pacto social y político que a mediados del siglo pasado hizo posible aunar crecimiento económico, redistribución de renta y oportunidades con fortalecimiento de la convivencia democrática. En verdad, lo que hay que refundar es la socialdemocracia.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

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Estímulos fiscales contra la recesión, de Luis de Guindos en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 23 noviembre, 2008

APUNTES ECONOMICOS

Cada vez es más evidente que la economía global se desliza hacia la recesión. La estimación del tercer trimestre de crecimiento de la zona euro ya muestra una tasa negativa, y lo mismo ha señalado la OCDE para el conjunto de países industrializados. Incluso los datos de los países emergentes, especialmente de China, apuntan a una desaceleración muy evidente y profunda. Pero tal vez la señal más clara de la recesión global la tengamos en la fuerte caída del comercio internacional, y en la proyección del Banco Mundial de que el año próximo se contraerá, algo que no sucedía desde hace 25 años.

En estas circunstancias, la atención se dirige lógicamente hacia los gobiernos y la política económica para hacer frente a la recesión y su secuela más dolorosa, que es el desempleo. Hasta el momento, la mayoría de los esfuerzos se habían centrado en la crisis de crédito y de los sistemas financieros en el mundo.Tras salvar la situación límite que se dio hace unas semanas, los ciudadanos exigen acciones para intentar acortar y atemperar una crisis económica real que se presume muy dolorosa.

Frente a una recesión, los gobiernos cuentan con dos grandes instrumentos de acción macroeconómica. El primero es la política monetaria. La bajada de tipos de interés se está utilizando de modo generalizado, aunque ya empieza a haber limitaciones en algunos casos como los de Estados Unidos y Japón, ya que los bancos centrales tienen un escaso margen de maniobra. Pero la cuestión fundamental es si las reducciones de tipos se están trasladando a los mercados de crédito privados. Y se comprueba que aunque efectivamente las bajadas de los tipos oficiales de intervención ya empiezan a tener un reflejo en los mercados interbancarios, el volumen de transacciones es, sin embargo, muy limitado.

Pero lo más preocupante es que los mercados de crédito a medio y largo plazo están en una situación de práctica sequía. Las escasas operaciones que se cierran por empresas de gran calidad se realizan a unos tipos de interés muy elevados, lo que denota que el mercado no se ha normalizado. Por tanto, se podría decir que los planes de rescate han conseguido salvar una situación límite de riesgo sistémico hace unas semanas pero no han logrado que las bajadas de tipos se trasladen, ni en precio ni en cantidad, al mercado de crédito a medio y largo plazo. Incluso las dudas sobre la implementación definitiva del plan de rescate norteamericano, que se va a centrar en la recapitalización de los bancos abandonando la compra de activos tóxicos, parece indicar un cierto nivel de improvisación que no ayuda nada a generar la indispensable confianza sobre su impacto en el sistema bancario. En estas circunstancias, las inyecciones de dinero se ven compensadas por una caída de su velocidad de circulación, lo que dificulta que la política monetaria sea efectiva.

Crecen las dudas sobre la capacidad de estabilización de los impulsos monetarios y los ojos se vuelven hacia el otro gran instrumento macroeconómico de actuación, que es la política fiscal.No es de extrañar que en los últimos días hayamos visto cómo una serie de países han anunciado programas de estímulo fiscal en un intento de hacer frente al plano inclinado de la recesión.Un plan de estímulo fiscal puede concretarse a través de un recorte de impuestos o un incremento de gasto o una combinación de ambos.A su vez, el gasto público puede ser corriente o de inversión.Se considera que el efecto arrastre y sobre la productividad futura es muy superior cuando el gasto es de capital y se concreta en inversión pública. De cualquier forma, la gran ventaja de un incremento de gasto, independientemente de su naturaleza, es que el efecto sobre la demanda agregada resulta inmediato, mientras que en el caso de un recorte de impuestos se actúa sobre la renta disponible del contribuyente por lo que para que se produzca el efecto expansivo es necesario que éste no ahorre tal incremento de renta. No obstante, la rebaja de impuestos suele tener un efecto superior sobre la eficiencia económica al mejorar los incentivos que afectan a los agentes económicos.

De la reunión del G-20 del fin de semana pasado ha salido el mensaje de la necesidad de un plan coordinado de estímulo fiscal por parte de las principales economías del mundo. Dicho plan abarca tanto una reducción generalizada de impuestos como un incremento del gasto en infraestructuras. No obstante, no todos los países se encuentran en la misma posición fiscal ni, lógicamente, cuentan con el mismo margen de maniobra. En principio, el impulso fiscal puede ser más intenso en aquéllos que parten de un mejor saldo presupuestario, un menor nivel de deuda pública y una posición externa más saneada, porque no podemos olvidar que uno de los principales problemas de la política fiscal expansiva es su financiación.

Actualmente, los tipos de interés a largo plazo son extraordinariamente bajos como consecuencia de la percepción de que la recesión es el factor dominante en el contexto económico internacional. Sin embargo, en los próximos meses vamos a ver cómo los diferentes gobiernos tienen que empezar a emitir deuda pública en cantidades sin precedentes. Así, por ejemplo, los países europeos tendrán que colocar deuda el ejercicio próximo por un importe próximo a los 1,6 billones de euros. A ello hay que añadir los vencimientos del sector privado europeo, que sólo en el año 2009 excederán los 800.000 millones de euros. Se trata de cantidades inéditas, cuya cuantía todavía no está plenamente descontada por los mercados de renta fija.

En estos momentos de pesimismo y de expectativas deprimidas, la política fiscal es capaz de jugar un papel fundamental, pero no podemos ignorar que los estímulos fiscales deben estar bien diseñados, que sus tiempos tienen que ser adecuados, y que, en última instancia, hay que financiarlos. El remedio no puede acabar siendo peor que la enfermedad.

luisdeguindos@hotmail.com

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De vuelta y media, de Juan Goytisolo en El País

Posted in Política by reggio on 23 noviembre, 2008

Las cosas están claras: mientras las víctimas de la behetría reinante en el campo republicano durante los primeros meses de la Guerra Civil reciben el tratamiento de mártires -977 de ellos disfrutan ya de la gloria eterna de los beatos y está en marcha la ascensión a las alturas de 500 más-, los exterminados metódicamente por el entonces llamado Movimiento Salvador -los ciento catorce mil y pico de desaparecidos, ejecutados por la Falange y los militares alzados contra la legalidad constitucional desde el 17 de julio de 1936 hasta un cuarto de siglo después-, deben seguir pudriéndose en las fosas comunes esparcidas por toda la Península, según el portavoz de los obispos, so pena de “reabrir heridas”, “sembrar cizaña entre nuestros compatriotas” y “perturbar la paz social”.

Las palabras del cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, ante la asamblea sinodal celebrada en Roma el pasado mes de octubre, en las que arremetía contra la cultura moderna y su concepción inmanentista del hombre, sin referencia explícita ni implícita a Dios Creador y Redentor de la humanidad, a Dios “que es amor”, llenan de estupor a cualquier conocedor del poco ameno historial de la Iglesia católica: tras un periodo de relativa tolerancia -el de los concilios de Basilea y de Constanza-, se convirtió a partir de Trento en una máquina implacable de persecución. Sin necesidad de remontarse a la Contrarreforma y a la muy poco santa Inquisición, su intervención en el siglo XIX a favor del absolutismo fernandino y de los facciosos carlistas para quienes el liberalismo era pecado mortal, y en el siglo XX, de la Cruzada de Franco y de la despiadada dictadura que le sucedió, desmienten su pretensión de que el dios que invocan sea el “Dios del amor”.

La Iglesia que se dice agredida por el divorcio (con las sonadas excepciones que todos sabemos), el uso de los preservativos, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la muerte asistida y un largo etcétera, se aferra con garras y dientes a un Concordato abusivo como el de 1979 y, con un ojo en el cielo y otro en las arcas, lucha por una financiación estatal claramente discriminatoria de las demás creencias implantadas en España. Si acepta de mala gana una tolerancia contraria a sus principios y prácticas viejas de siglos, diaboliza el laicismo que deja a Dios en las conciencias y al ciudadano en las aulas. Su oposición tenaz a la asignatura Educación para la Ciudadanía es otra expresión patente de su doble rasero moral. La experiencia nos enseña que ninguna concesión financiera podrá descabalgarla de su oposición a un laicismo republicano como el que Combes estableció en Francia en 1905, ya que sus dogmas e intereses políticos se oponen a ello. Hablar de laicismo positivo como Sarkozy es pu-ro dislate. Las cenizas de quienes fijaron la separación entre Iglesia y Estado deben de removerse en sus tumbas.

En una obra de publicación reciente, Les Nouveaux Soldats du Pape, sus autoras, Caroline Fourest y Fiametta Venner, consideran el apoyo resuelto de Benedicto XVI a las corrientes más conservadoras e intransigentes de la Iglesia como una respuesta del actual pontífice a los desafíos simultáneos del laicismo, el protestantismo y el Islam. La caída alarmante del número de vocaciones religiosas católicas en la Europa de nuestros días (a causa, según Rouco, “del nihilismo existencial y de la dictadura del relativismo ético”), el trasvase de comunidades enteras a las iglesias evangélicas en Iberoamérica y el agravio comparativo con la buena salud y celo proselitista de su rival histórico desde tiempos de las Cruzadas, conducen a Ratzinger a reafirmar el cambio de orientación madurado ya en el pontificado de su predecesor: el retorno a las esencias y principios diluidos en una modernidad “sin rumbo” por el aggiornamento de Juan XXIII y el Segundo Concilio Vaticano. Tras el aperturismo al mundo de hoy -el catolicismo de rostro humano- Wojtyla dio marcha atrás. Su patrocinio de nuevas formas de apostolado seglar como las del Opus Dei y los Legionarios de Cristo Rey -a los que habría que añadir la del Camino Neocatecumenal de Kiko Argüelles-, fue el indicativo del cambio que Benedicto XVI impulsa con fervor. Puesto que los seminarios, conventos y parroquias se vacían, la transmisión del mensaje de la Iglesia a las sociedades hedonistas y crecientemente laicas -esto es, la misión de liderar la vuelta a los valores y ritos anteriores al aggiornamento- recae en aquellos movimientos, a la vez tradicionalistas y expertos en una mercadotecnia al servicio de la salvación de las almas. Disciplina, militancia, buenas conexiones con el capital y afán de pastorear el rebaño de fieles sin brújula se conjugan en la visión de Ratzinger con la reivindicación de unas ceremonias y prácticas arrinconadas desde el Segundo Concilio y, en especial, del latín.

Los jerarcas y sacerdotes nostálgicos de los buenos tiempos de la cruz y la espada pueden expresarse de nuevo en un idioma que la inmensa mayoría de fieles no entiende y rodearse de una solemnidad que exhibe sin recato su poder temporal y de una ostentación de riqueza más próximas a las del César que a la figura de Jesús. Todo ello sin desdeñar nuevas vías de conectar con las masas -particularmente con niños y jóvenes- a través de festivales de música, himnos coreados al unísono, apariciones carismáticas en lugares de culto mariano y otras concesiones al universo mediático de la época. Ratzinger, como Wojtyla, lo han comprendido bien: el titular de la Silla de Pedro ha de ser un gran comunicador.

Resulta comprensible que los miembros de Redes Cristianas, los seguidores de la Teología de la Liberación y otros movimientos dignos surgidos al calor de la encíclica Pacem in terris se sientan frustrados por la actual deriva tradicionalista y el entierro del legado de Juan XIII. La acumulación de disparates contrarios al saber demostrable y a la ética social (condena inapelable de la interrupción del embarazo, presunto diseño inteligente del universo, reprobación de la investigación científica de células madre, la abstinencia sexual como remedio a los estragos del sida, etcétera) muestran a las claras la brecha abierta entre la Iglesia católica y la sociedad del segundo milenio. Pero, a fin de cuentas, los laicos de mi especie no deberíamos indignarnos demasiado. Hace bastantes años, el aggiornamento inspiró a un descreído el texto homónimo que reproduzco a continuación:

“Dos teorías antagónicas abordan la solución del problema: una sostiene el argumento consabido de que su escenografía y vestuario es puro anacronismo, motivo de justa irritación, piedra de escándalo. Que al fin y al cabo son como los demás y como tales debieran ir vestidos. Otra pretende todo lo contrario y refleja la opinión de los poetas. Acentuar, al revés, las diferencias y ayudar así a que el vulgo los distinga: preservar las ceremonias y la pompa, las carrozas doradas y los palios, el trono de marfil y los flabelos. Exigir de ellos ritos y disfraces y hacerlos, en general, más vulnerables al dedo indicador y la sonrisa”.

(El laico feroz autor de estas líneas, a las que añadió algunas más en una de sus novelas, no es otro que el firmante de este artículo de Opinión).

Juan Goytisolo es escritor.

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La economía de la depresión, de Paul Krugman en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 23 noviembre, 2008

La actualidad económica, por si no lo han notado, va de mal en peor. Pero por muy mal que esté, no creo que vaya a haber una nueva Gran Depresión. De hecho, no es probable que veamos que la cifra de desempleo iguale el máximo del 10,7% de los años posteriores a la Depresión, alcanzado en 1982 (aunque ojalá lo supiera a ciencia cierta).

No obstante, ya estamos dentro del radio de lo que yo llamo economía de la depresión. Con esto me refiero a un estado de cosas como el de la década de 1930, en el que los instrumentos habituales de la política económica -en especial la capacidad de la Reserva Federal para bombear la economía mediante recortes de los tipos de interés- han perdido su fuerza de arrastre. Cuando prevalece la economía de la depresión, las reglas normales de la política económica ya no son válidas: la virtud se convierte en vicio; la cautela es un riesgo, y la prudencia, un disparate.

Para ver de qué estoy hablando, piensen en las consecuencias de la última y terrible noticia económica: el informe del jueves acerca de las nuevas solicitudes de cobertura por desempleo, que acaban de superar la barrera del medio millón. Por malo que sea este informe, si lo analizamos por separado, puede que no parezca tan catastrófico. Al fin y al cabo, se encuentra en la misma región que las cifras alcanzadas en la recesión de 2001 y en la de 1990-1991, las cuales terminaron siendo relativamente moderadas según baremos históricos (aunque en ambos casos el mercado laboral tardó mucho tiempo en recuperarse).

Pero en estas dos ocasiones previas todavía se pudo recurrir a la respuesta política habitual ante una economía débil: un recorte de los tipos de los fondos federales, el tipo de interés que se ve afectado más directamente por la política de la Reserva Federal. Hoy ya no. El tipo efectivo de los fondos federales (frente al objetivo oficial, que por motivos técnicos no tiene el menor sentido) ha registrado una media inferior al 0,3% en los últimos días. Básicamente, ya no hay dónde recortar.

Y sin la posibilidad de nuevos recortes de los tipos de interés, no hay nada que pueda detener la caída acelerada de la economía. El crecimiento del desempleo inducirá más descensos en el gasto de los consumidores, que, según adelantaba la pasada semana Best Buy, ya ha experimentado una caída “catastrófica”. Un consumo flojo provocará recortes en los planes de inversión de las empresas. Y una economía cada vez más débil traerá más despidos y, en consecuencia, un ciclo de contracción mayor.

Para sacarnos de esta espiral descendente, el Gobierno federal tendrá que proporcionar un estímulo a la economía incrementando el gasto y las ayudas a los que más están sufriendo, y este estímulo no llegará a tiempo o no será del calibre necesario a menos que los políticos y las autoridades económicas sean capaces de superar varios prejuicios convencionales.

Uno de esos prejuicios es el miedo a los números rojos. En tiempos normales está bien preocuparse por el déficit presupuestario, y la responsabilidad fiscal es una virtud que tendremos que volver a aprender tan pronto como la crisis quede atrás. Sin embargo, cuando prevalece la economía de la depresión, esta virtud se convierte en un vicio. El intento prematuro de Franklin Delano Roosevelt de equilibrar el presupuesto en 1937 casi llevó al traste el New Deal.

Otro prejuicio es la creencia de que la política debe avanzar con cautela. En tiempos normales, esto tiene sentido: no se deben hacer grandes cambios en la política hasta que esté claro que son necesarios. Sin embargo, en la situación actual, la cautela es un riesgo porque ya se están produciendo enormes cambios a peor, y cualquier retraso a la hora de actuar aumenta las posibilidades de provocar un desastre económico mayor. La respuesta política debería estar muy bien hilvanada, pero el tiempo es oro.

Por último, en tiempos normales, la humildad y la prudencia en los objetivos políticos son buenas cualidades. Sin embargo, en la coyuntura actual es preferible pecar de hacer demasiado que de hacer demasiado poco. El riesgo, si las medidas de estímulo se antojan más que necesarias, es que la economía se caliente en exceso y produzca inflación, pero la Reserva Federal siempre podrá capear esa amenaza subiendo los tipos de interés. Por otro lado, si las medidas de estímulo se quedan demasiado cortas, no habrá nada que la Reserva Federal pueda hacer para compensar ese déficit. De modo que cuando prevalece la economía de la depresión, la prudencia es un disparate.

¿Qué viene a decirnos todo esto sobre la política económica a corto plazo? El Gobierno de Obama, casi con toda seguridad, tomará posesión con una economía en peores condiciones que en la actualidad. De hecho, Goldman Sachs vaticina que la tasa de desempleo, actualmente del 6,5%, alcanzará el 8,5% para finales del año que viene.

Todo parece indicar que el nuevo Gobierno presentará un plan de estímulo de calado. Mis cálculos a bote pronto son que este plan debería ser enorme, del orden de los 475.000 millones de euros.

La pregunta ahora es si la gente de Obama se atreverá a proponer algo de ese calibre. Esperemos que la respuesta sea que sí, y que el Gobierno entrante sea en efecto así de atrevido, pues nos encontramos en una situación en la que sería muy peligroso dejarse llevar por las nociones convencionales de prudencia.

© 2008 New York Times News Service. Traducción de News Clips.

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PIB, empleo y productividad, la eterna discusión, de Ángel Laborda en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 23 noviembre, 2008

Parecía a muchos imposible, pero ha sucedido. La plaga de la recesión económica está azotando a las economías más fuertes y equilibradas financieramente (muy competitivas y sin déficit), así que la española, que ha exhibido estos últimos años una notable fortaleza, pero también significativas debilidades -entre ellas, un enorme endeudamiento que la hace especialmente sensible a la crisis financiera-, no podía quedar al margen (gráfico superior izquierdo).

El INE certificó, como suele ser habitual, la estimación que hizo el Banco de España unas dos semanas antes, de una caída intertrimestral del PIB del 0,2% y un crecimiento interanual del 0,9% (gráfico superior derecho) en el tercer trimestre. Que nadie piense, sin embargo, que hay colusión entre los dos organismos a la hora de confeccionar la contabilidad nacional (tampoco estaría mal, porque cuatro ojos ven más que dos), pues las coincidencias se limitan a estas cifras. Cuando se analiza la composición de ese crecimiento, el INE da un mayor deterioro de la demanda interna, cuya aportación al crecimiento interanual del PIB se limita a una décima porcentual (tres décimas el Banco de España), lo que se compensa con una mayor aportación del saldo exterior. Es significativo, a este respecto, que la aportación de este último supera a la de la demanda interna por primera vez desde la crisis de 1992-1993, lo que, entre otras cosas, nos dice de qué manera los hogares y las empresas están apretándose el cinturón (reduciendo su gasto en consumo e inversión).

A la vista de los indicadores de demanda interna, podría decirse incluso que la contabilidad nacional se queda corta. Caídas reales interanuales de más del 6% en el índice del comercio al por menor y en las ventas de bienes y servicios de consumo de las grandes empresas declaradas a la Agencia Tributaria, de casi el 3% en las pernoctaciones de españoles en hoteles, del orden del 5% del consumo de gasolinas y gasóleos de automoción y del 31,5% de las matriculaciones de automóviles, por citar ejemplos significativos, no se compadecen muy bien con el crecimiento del 0,1% que estima la contabilidad nacional para el consumo de los hogares. Menos aún si comparamos las caídas de las disponibilidades de bienes de equipo estimadas por el MEH (-23,4%), de las matriculaciones de vehículos de carga (-50%) o de las ventas de bienes de equipo y software de las grandes empresas (-7,4%) con el crecimiento del 1% de la FBCF en equipo y otros productos de la contabilidad nacional. La misma impresión puede sacarse comparando las caídas del IPI o de la cifra de negocios deflactada del sector industrial, mucho mayores que las del VAB (-2,5%) de ramas industriales de la CNTR.

En mi modesta opinión, las cifras del PIB de los últimos trimestres están sobreestimadas, y ello se ve en el fuerte repunte que muestra la productividad por ocupado desde finales del pasado año (gráfico inferior izquierdo). No hay una medida directa de la productividad, pero suponer que ésta se acelera de manera tan significativa en esta fase del ciclo es cuando menos dudoso. Lo primero que hacen las empresas ante la caída de la demanda es reducir la producción y las horas trabajadas. El ajuste de plantillas viene después, lo que se traduce en que, en los primeros momentos de recesión, la productividad por ocupado no sólo no aumenta, sino que disminuye. Que se lo pregunten a los empresarios y, sobre todo, a los autónomos. Estamos ante un debate muy conocido entre los analistas de la coyuntura, el de si la contabilidad nacional suaviza los ciclos de crecimiento del PIB, lo que lleva a infraestimar el crecimiento de la productividad en las fases expansivas y a lo contrario en las recesivas.

Hay mucha riqueza informativa en la contabilidad nacional trimestral. Una de las más significativas en estos momentos es la evolución de los márgenes empresariales por unidad producida, que están registrando un fuerte repunte (gráfico inferior derecho), a pesar de que los costes laborales aumentan más que el deflactor del PIB. La explicación es que el tercero de los componentes de dicho deflactor, los impuestos netos sobre los productos, cae a tasas del 20%. Si esto es así, las empresas están recibiendo una enorme ayuda (no sé si toda voluntaria) del fisco. El papá Estado funciona, no sólo para los bancos, sino también para las familias y empresas.

Ángel Laborda es director de coyuntura de la Fundación de las Cajas de Ahorros (FUNCAS).

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El oro de Moscú, de Enric Juliana en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 23 noviembre, 2008

CUADERNO DE MADRID

La última de Madrid: vuelven los rusos, con la ayuda de los catalanes. Como en 1936. Si Lukoil toma el control de Repsol, gracias a la venta de las acciones de Sacyr y La Caixa, el oro de Moscú iniciará la conquista de España, dice la más reciente y excitada de las consignas. Lo que no logró Stalin, lo conseguirá la nueva nomenclatura capitalista rusa, hoy controlada por antiguos oficiales del KGB. El viernes había temblor de piernas en algunos despachos de la Moncloa (y en el Ministerio de Industria, y en la calle Ferraz). Y un cierto alborozo en la planta séptima de la calle Génova: ¡España en peligro!

Vuelve el Komintern. Vuelve Vladimir Antonov-Ovseenko, el influyente cónsul soviético en la Barcelona republicana, tantas veces fotografiado junto a Lluís Companys durante la Guerra Civil. Y vuelve el drama de Andreu Nin (ya lo advertíamos hace unas semanas). Todo vuelve, mejor dicho, todo hace ver que regresa. El mundo, como observó el historiador inglés Arnold Toynbee, se mueve en espiral. Cada cierto tiempo, cuando llega algo nuevo, los viejos fantasmas organizan un simulacro. Karl Marx, cuyo espectro también vuelve, lo dejó escrito en una gran crónica política titulada El 18 de Brumario de Luis Bonaparte:”La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

Vuelve la leyenda del oro de Moscú, el más eficaz logro propagandístico del franquismo. España es pobre – decía el régimen-,porque Juan Negrín ordenó pagar la ayuda militar soviética con el tesoro de la República.

El recelo es antiguo, pero el nuevo Kremlin tiene buenos amigos en España. En la fase de pies sobre la mesa, José María Aznar no dudo en invitar a Vladimir Putin a la grandiosa boda de su hija en el monasterio de El Escorial.

En Italia, Silvio Berlusconi también cultiva unas excelentes relaciones políticas y comerciales con Moscú, continuando así la vieja tradición italiana de encender una vela a Dios y otra al diablo. Queda claro por qué razón Berlusconi evitó aparecer en la foto de las Azores. No quería enojar a los rusos, ni al anciano Papa polaco, que le dijo no a la guerra de Iraq pegando fuertes palmadas sobre la mesa, un mediodía en los aposentos del Vaticano.

Rusia ha conquistado importantes posiciones en la industria alemana y el ex canciller federal Gerhard Schröder es hoy un alto directivo de Gazprom. Y la Francia de Nicolas Sarkozy apuesta, sin tapujos, por una gran alianza estratégica de Europa con Rusia, aun al precio de devolver Ucrania (y la península de Crimea en el mar Negro) al glacis moscovita. “Sin un pacto con Rusia, Europa tendrá grandes dificultades para desempeñar un papel relevante en el mundo que viene”, sostiene la potente diplomacia francesa, pasando olímpica y parisinamente de las reticencias intelectuales de los exquisitos del 68. Adiós, Bernard-Henri Lévy.

La articulación Europa-Rusia forma parte de la agenda contemporánea, con todos sus riesgos y contradicciones. Es un asunto complejo y a la vez muy simple: Europa está en recesión y Rusia tiene petróleo, gas y dinero.

Ocurre, sin embargo, que los más densos problemas europeos siempre hallan una traducción muy singular en España. Siempre. La fenomenal tormenta política que está a punto de desatar la entrada de Lukoil en Repsol muestra estos días la creciente y común debilidad del Gobierno y de la oposición.

Acosado de nuevo por Aznar (“Mariano, te la vas a pegar”), Rajoy necesita una bandera excitante – “España en peligro”-,una causa que reagrupe a los suyos. Y son muchos los socialistas, desde Felipe González hasta Miguel Sebastián, que no ven clara la operación. El enojo es particularmente intenso en el entorno del ministro de Industria. Dura prueba para los mimbres de Rodríguez Zapatero, que ayer reivindicaba en el comité federal del PSOE la acentuación de su liderazgo personal. “En tiempos de incertidumbre, la gente quiere líderes en quien confiar, dirigentes muy singulares, no hombres de gris eficacia”, se argumenta en la Moncloa. Vuelven los héroes, parece. Y los rusos.

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Conmoción en el sector energético, de Manel Pérez en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 23 noviembre, 2008

LA CRÓNICA

Hace dos años, en noviembre del 2006, los accionistas de Repsol (Sacyr y La Caixa) y el Gobierno español rechazaron la entrada de Lukoil en el capital de la petrolera española tras varios meses de intensas negociaciones. El pasado jueves, José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno, y los principales accionistas de Repsol se inclinaban por dar luz verde a la compra del 30% por parte de la empresa rusa.

La operación, en una fase de negociación muy avanzada según fuentes involucradas, ha provocado un fuerte rechazo y el cuestionamiento por una parte significativa de la opinión pública e incluso de un sector del Gobierno. La razón es el temor a que una empresa rusa, que no forma parte de la UE, asuma una posición que acabará siendo dominante en una operadora energética estratégica que, además, es accionista de referencia de Gas Natural. Hasta el punto de que en el entorno del Gobierno de Zapatero se piensa que es posible que no llegue a materializarse.

Las consideraciones económicas de los implicados en la operación – una constructora con una deuda de 18.000 millones-y el alejamiento de La Caixa, como el conjunto de la banca, de la industria, no acaban de sintonizar con las que hasta ayer se consideraban prioridades estratégicas del país, definidas en términos de garantía de independencia y seguridad del suministro de energía.

¿Qué ha cambiado en dos años para que los accionistas de la empresa y el presidente del Gobierno no se espanten ante la posibilidad de que Lukoil entre en Repsol? Todas las fuentes consultadas coinciden al señalar que el origen del problema, y de ese cambio de opinión, es la insostenible situación financiera del primer accionista de Repsol, la constructora Sacyr, presidida por Luis del Rivero, quien a su vez ocupa la vicepresidencia de la petrolera. Pero, más allá de ese punto de partida, las cosas se complican algo más.

Sacyr es propietaria del 20% de Repsol gracias a un crédito bancario de 5.300 millones de euros que inicialmente garantizaba con esas mismas acciones, pero al que ha debido ir aportando garantías adicionales a medida que el precio de los títulos de la petrolera bajaba en la bolsa. Hasta que no pudo seguir añadiendo garantías al mismo ritmo que caía la acción a causa de que todos sus activos estaban ya hipotecados para hacer frente a una deuda total superior a los 18.000 millones.

Pese a que Sacyr ha pagado hasta ahora los intereses y hasta el 2010 no debe amortizar el principal de esa deuda, la banca podría ejecutar el crédito en cualquier momento al no haber cumplido las cláusulas sobre las garantías. Y la banca está muy nerviosa en el actual contexto de crisis financiera.

En septiembre, Del Rivero tuvo que tirar la toalla y reconocer ante la autoridad bursátil, la CNMV, que iniciaba un proceso de venta de sus participadas, fundamentalmente la concesionaria de autopistas Itinere y Repsol, para cancelar parte de sus deudas. La enajenación de esas dos empresas rebajaría su endeudamiento en unos 10.500 millones.

Ese reconocimiento público llegó muy a pesar de la voluntad de Del Rivero y tras la presión de sus socios en Sacyr, en especial Juan Abelló y Demetrio Carceller, presidente de Damm, que le venían reclamando que vendiera para reflotar el valor de la acción de la constructora, muy castigada por el temor de los inversores a que la abultada deuda le obligara a suspender pagos.

El movimiento de Del Rivero también estuvo forzado por sus crecientes divergencias con Antoni Brufau, presidente de Repsol. La presión financiera sobre Sacyr estaba empujando a Del Rivero a alcanzar una posición más determinante en la petrolera. Incluso a plantearse un proceso de integración contable, de manera que pudiera consolidar Repsol en sus cuentas y diluir de ese modo el peso de la deuda global en su balance. En un proceso de esas características, Brufau debería haber aceptado un sustancial incremento de la representación de Sacyr en el consejo de Repsol.

La tensión entre ambos subió durante el mes de julio, cuando no era público aún que Sacyr había puesto en venta sus participaciones, y alcanzó su clímax a mediados de septiembre. Fue entonces cuando tuvo que intervenir el ministro de Industria, Miguel Sebastián, que presidió una cena en el ministerio en la que también participó, además de Brufau y Del Rivero, el presidente de La Caixa, Isidre Fainé, segundo accionista de Repsol con el 12,5%. El objetivo del encuentro era el de alcanzar una mejor sintonía y buscar un pacto, con la aquiescencia de la Caixa, para superar la situación y encontrar una salida. No faltó la tensión pues del Rivero se quejó de no ser informado de lo que ocurría en una compañía de la que era vicepresidente, y Brufau también expresó su malestar por los efectos sobre la petrolera de la delicada situación de su accionista. Mientras Del Rivero sueña con integrar Sacyr y Repsol, Brufau apuesta por una gran empresa energética, resultado de la suma de la petrolera con Gas Natural y Unión Fenosa, en proceso de adquisición por la gasista catalana.

Mientras ocurría ese toma y daca, Lukoil avanzaba en su intento de adquirir el paquete de Sacyr.

Según diversas fuentes, Del Rivero no se mostró muy entusiasta con el acercamiento de posibles compradores de su paquete en la petrolera. No era partidario de vender Repsol y en cambio quería acelerar al máximo la venta de Itinere, confiando en que con ello podría ganar tiempo y seguir siendo accionista de referencia de Repsol, sin renunciar a acceder a una posición de mayor control o de renegociación con el otro accionista, La Caixa, al margen de Brufau. Frente a los rusos, exigía un precio, superior a los 30 euros por acción, más del doble de su cotización en el mercado y que desbordaba muchísimo el presupuesto de la empresa presidida por Vaguip Alekperov.

En cuanto a La Caixa, cuyo interés en Repsol ha ido disminuyendo a medida que su estrategia pasa por reducir sus participaciones industriales, quiere demostrar que la empresa que las agrupa, Criteria, puede generar plusvalías apetitosas. Para La Caixa, aprovechar la oportunidad que se le presentaba era muy tentadora: no es fácil que vuelva a aparecer un nuevo socio de referencia.

Y este era el cálculo: si al 20% de Sacyr se añadía una parte de la participación de La Caixa, junto con la de Caixa Catalunya y la de Mutua Madrileña, en total otro 9,9%, hasta llegar al 29,9%, el límite sin estar obligado a lanzar una oferta de compra por el 100%, los rusos podrían elevar su oferta añadiendo una prima por el valor estratégico de alcanzar de un solo golpe tan significativa participación. Y así fue. Tras negociar de nuevo, llegaron a los 26,7 euros, justo lo que Sacyr pagó de promedio por su participación, unos 9.000 millones por todo el paquete. Eso sí, sin poner ni un euro fresco, subrogándose el crédito de Sacyr y negociando uno adicional con La Caixa y sus compañeros de viaje en el 9,9% adicional. Para la banca, desde el Santander al resto, la venta también aportaba más seguridad a sus créditos, que además se actualizarían de acuerdo con el coste actual, es decir más alto.

Esta fórmula – la suma de participaciones, el precio, la presión de la banca acreedora-y, en medida no menos importante, el aplazamiento constante de la firma de la venta de Itinere parecen haber acabado forzando a Del Rivero a aceptar una venta a Lukoil a la que formalmente intenta resistirse. Antes intentó incluso que el Estado adquiriese el paquete, a través de la Sepi, algo que en el Gobierno se consideró políticamente imposible.

La noche del miércoles, cuando saltó que la operación estaba en marcha, Sebastián informó a Del Rivero, Fainé y Brufau: “Me opongo a esa operación”. Según fuentes próximas al Gobierno, en la mañana del jueves, mientras el ministro se pronunciaba en público en el mismo sentido, Zapatero recibía sendas llamadas de Fainé y Brufau explicándole el sentido de la operación, su lógica industrial y la estabilidad que aportaría a Repsol y al sistema financiero español. El presidente del Gobierno asintió y a la primera oportunidad expresó que no se oponía a la entrada de Lukoil. Sin embargo, fuentes que afirman conocer la opinión del presidente aseguran que es sólo eso, no oposición, en ningún caso, apoyo activo. Ahora, hay que esperar y ver.

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Estafando, de Pedro Nueno en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 23 noviembre, 2008

Me invitaron a un desayuno en el Colegio de Ingenieros Industriales de Catalunya. Tenía que proponer ideas para un debate. Acepté, sintiéndome honrado. Me pidieron un título y pensando siempre en el futuro se me ocurrió: “Los ingenieros del futuro”. Yendo a China el otro día, con once horas de avión por delante, me dije: “Tendrás que concretar alguna idea”. Inmediatamente pensé que el mundo nos ha estafado a los ingenieros. Yo ya he llegado al futuro. Tenía 16 años cuando decidí ser ingeniero. Pero de eso hace 48 años. Para aquel niño que quería ser ingeniero, yo soy un ingeniero del futuro. ¿Qué esperaba de la ingeniería aquel niño? Aquel niño estaba convencido de que si llegaba a los 60 años habría ido un montón de veces a la Luna. Que robots con aspecto humano harían todos los trabajos duros, repetitivos y de poco valor añadido. Ya con la carrera de ingeniero y aparejador acabadas y trabajando de ocho de la mañana a diez de la noche con una ilusión enorme y un sueldo menor, aquel muchacho esperaba que en el futuro los ordenadores gestionarían las empresas, que se iría a cualquier sitio por autopista, que los coches circularían con seguridad a 200 kilómetros por hora, que el tráfico urbano sería fluido porque sensores y ordenadores lo gestionarían.

Unos años más tarde, doctorado por Harvard, aquel joven fue invitado por un profesor de aquella universidad a ayudarle como esclavo en un asesoramiento a una empresa americana comprando una compañía francesa. La velocidad del proceso era importante y había que utilizar el Concorde. Por la mañana, negociación en París, a mediodía con el Concorde a Nueva York y con su velocidad supersónica y la diferencia horaria, llegabas a Nueva York tres horas antes de la hora a la que habías salido de París. Negociando toda la tarde y vuelta a París en un par de horas por la noche para seguir al día siguiente. Aquel joven estaba seguro de que si llegaba a los 60 años iría a Nueva York en 15 minutos y seguía convencido de que podría ir de vacaciones a la Luna. Ya se había encontrado petróleo en el fondo del mar, se hablaba de un túnel supersónico Londres-Nueva York, se preveía que entre la energía solar, la nuclear y lo que saldría del fondo del mar el coste de la energía sería poco importante.

Pero aquel niño, muchacho, joven, llegó a los 60 años y más, se convirtió en ingeniero del futuro y se encuentra con que no le puede decir al ordenador: “Orde, escribe un artículo para el domingo” porque el aparato ni se entera. Que en el tiempo en que iba a Nueva York, hoy no logra ni embarcar en el avión. Que a un matrimonio mayor que se les ve abuelos cariñosos los están torturando unos árabes que controlan la seguridad haciéndoles descalzarse, quitarse las joyas y aguantarse los pantalones con las manos. Que un señor amable, no un robot, recoge a mano las hojas caídas. Que los semáforos van cada uno a la suya. Que en coche cada día debe ir más despacio o, como cuando era niño, le quitan puntos. Que en la calle principal de su ciudad la propuesta de futuro será tranvía y bicicleta, la que siendo niño le explicó su abuelo. Y que nunca irá a la Luna. El ingeniero del futuro se siente estafado. ¿Qué les ofreceremos a los ingenieros del futuro que hoy empiezan a estudiar? O somos un poco ambiciosos o no se va a apuntar nadie.

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España S.A., liquidación por derribo, de Jesús Cacho en El Confidencial

Posted in Economía, Política by reggio on 23 noviembre, 2008

CON LUPA

Suenan los clarines del miedo. Diríase que el diluvio arrecia según pasan los días y nos vamos acercando al fatídico 2009. La Fundación de las Cajas de Ahorro, Funcas, auguró el viernes un crecimiento negativo de la economía del -1,5% en 2009, peor incluso que el -1% registrado en 1993. La peor recesión económica de la historia moderna, al menos desde que se aprobó el Plan de Estabilización. El barco parece hundirse en la galerna y sobre las aguas turbulentas asoman, entre los restos de arboladura y velamen, el cuerpo exangüe de una sociedad que se consumió en el fuego fatuo del dinero fácil, que se creyó rica, que se empeñó hasta las cejas, hedonista y crédula, que despreció los valores del esfuerzo y el trabajo bien hecho, que se corrompió y se dejó corromper, sin clase empresarial y sin clase política, sin norte, que ahora se pregunta aterida por el miedo a un futuro incierto qué ha pasado aquí, cómo ha sido posible este desastre, de dónde vino la ola de este tsunami que amenaza con arramblar con la repentina riqueza de los pobres moradores de un país que hace cuatro días se comía los mocos.

Unos más pobres que otros. Porque el Gobierno socialista sigue empeñado en ayudar a los más ricos. Es la segunda vez que le salva el culo a Luis del Rivero. La primera fue la pelea por el control de Eiffage, donde un grupo de naranjeros levantinos, comandados por el señor de Murcia, trataron de hacerse con la mayoría de la constructora gala. Ahí ya se vio obligado a intervenir Zapatero ante Sarkozy. Ahora, cuando Sacyr se encaminaba hacia el precipicio de la suspensión de pagos antes de fin de año, lo que hubiera ocasionado un terremoto en cadena en bancos y Cajas, el Gobierno tiene que salir de nuevo al rescate ayudando a buscar un comprador para el 20% que la constructora tiene en Repsol. No es el mejor del mundo, cierto, es ruso como el oso Mitrofán, pero, pelillos a la mar, hay que salvar los muebles de nuevo a un tipo que sabe demasiado, porque desde el frustrado asalto al BBVA ha pisado mucha alfombra en Moncloa, al punto de haber llegado a amenazarnos, insolente el tío, con que el Estado tenía que recomprarle su participación al mismo precio que él pago, porque ese fue el trato, sostiene agresivo, fuisteis vosotros quienes me metisteis en esta para blindar Repsol y sois vosotros los que me tenéis que sacar del atolladero. Y, si no, tiro de la manta. Gracias a Antonio, ahí un amigo, que ha revuelto Roma con Santiago buscando un comprador dispuesto a pagar el doble de lo que vale la acción en Bolsa y a no mandar. El cuarto milagro de Fátima.

Todas las épocas tienen su icono. La segunda mitad de los ochenta, los mejores años del felipismo, el país donde más pronto podía uno hacerse rico en menos tiempo según Solchaga, sacó a flote a los supergalácticos, los Abelló, Conde, Albertos, De la Rosa y demás familia. La imagen del zapaterismo es Luis del Rivero, un tipo de la extrema derecha murciana que de pronto se enamora del socialismo cuando, vía Matías Cortés et al, enlaza con el glamour de los más ricos del lugar, empezando por Juan Abelló, que ya se sabe que, en cuestión de ideología, los ricos españoles hacen lo mismo a pelo que a pluma. Del Rivero representa como pocos la locura colectiva del periodo. “Debo 19.000 millones, pero tengo 24.000”. ¿Y de dónde sacaba naranjito esos fabulosos 24.000? “Pues sí, mira, porque el 20% de Repsol son 9.000, Itinere no vale menos de…” El cuento de la lechera. La realidad es que ese 20% ha llegado a valer poco más de 3.000 millones, menos de la mitad de lo que pagó por él.

Muchas incógnitas en torno a la operación. Y conste que no coincido en absoluto con quienes pretenden cerrar el paso a Lukoil simplemente porque es rusa. Su entrada real en Repsol aseguraría, al diversificarlo, el suministro energético español, por un lado, y contribuiría a mejorar la competencia, por otro. Con nuestras tres refinerías en manos extranjeras -Lukoil, Total y BP- es de imaginar que al Gobierno se le ocurriría, por fin, pensar en los consumidores, metiendo mano en el actual oligopolio que pastorea Repsol. El problema es que tiene toda la pinta de ser una operación ficticia. Y nada limpia. Por Madrid circulan ya todo tipo de rumores sobre comisiones. “Esto de Lukoil no gusta a nadie, pero es un mal menor”, contaba ayer mismo un tipo importante. “La alternativa es que quiebre Sacyr y se lleve por delante algún banco”. Curioso espectáculo el de Sebastián, ¿un verso suelto?, íntimo de Del Rivero, saliendo a defender la “españolidad” de Repsol a toda costa, casi a la misma hora en que Zapatero daba el visto bueno a Lukoil, una empresa con socio americano (ofendimos su bandera y ahora la adoramos), una tal Conoco Phillips, que tiene 200 gasolineras en USA, no, tiene 2.000, bueno, que sean 5.000, nervioso, con el pie cambiado… ¿Quién cambió el discurso de Rodríguez Zapatero el jueves en Moncloa? ¿Ese cambio tenía un precio?

España en venta

La estrategia diseñada en su día desde la Oficina Económica del Presidente del Gobierno, para el definitivo ordenamiento del estratégico sector energético español va camino del éxtasis. La primera petrolera en manos rusas, y la primera eléctrica en manos italianas. Y GN, cuyo primer accionista es Repsol, tarde o temprano también en manos rusas. Con Iberdrola ya veremos, porque EDF está en lista de espera y tendremos que pagar al amigo Sarko el favor que nos ha hecho prestándonos una silla en Washington y ayudándonos a trincar al sanguinario Txeroki. El resto de eléctricas ya son extranjeras: E.On (Viesgo) y EDP (Cantábrico). Vamos camino de tener todos los grandes centros de decisión económicos en manos extranjeras. Un triunfo de ZP en toda regla, cuyo Gobierno se da por satisfecho con que “Repsol siga siendo una empresa dirigida por españoles”, y si es posible por el amigo Antonio, al que hay que agradecer tanto desvelo, mejor que mejor. Maestros en el difícil arte de afirmar una cosa y su contraria sin que les tiemble la voz, los miembros de este Gobierno han alcanzado la excelencia en el arte de engaño y el doble discurso.

Y es que España se vende. Es la pesadilla de un país que se despierta del sueño y de pronto se ve obligado a reconocer que es un 40% menos rico o más pobre de lo que se pensó, que nuestra riqueza fue una ficción, un artificio contable, cómprese usted un piso, no sea tonto y disfrute, ¡a endeudarse, malditos!, no importa si no tiene dinero, yo le financio el 100% y encima le doy 15.000 más para que se compre un coche, venga alegría, y ustedes, señores empresarios, pónganse el mundo por montera, cómprenlo todo, bancos, autopistas, aeropuertos, constructoras, alimentarias, y de repente los balances empezaron a inflarse con cifras astronómicas, éramos los Estados Unidos de Europa, los amos del universo, la admiración del mundo. A finales de los ochenta, Mario Conde y Juan Abelló se compraron Banesto con 11.000 millones de pesetas, una cantidad que dejaba al 99% de los españoles con la boca abierta. Hoy, esa cifra traducida a euros no pasaría de ser el pocket money de un Luis del Rivero cualquiera.

Y de repente hay que venderlo todo, hay que deshacer lo andado incluso a costa de perder dinero, hay que volver a poner los pies en la tierra, porque resulta que todo fue una gigantesca engañifa, una ensoñación, y estamos endeudados hasta las cejas, no podemos pagar la hipoteca, jamás podemos atender principal e intereses de la deuda contraída, estamos en quiebra, Tremón quiebra, Sacyr está en quiebra, y Acciona está mírame y no me toques, Ferrovial requiere oxígeno, Prisa está en quiebra, y la deuda de Unidad Editorial supera el valor de su matriz (bello panorama para la libertad de expresión), Leche Pascual no puede con los 400 millones que arrastra, SOS Cuétara tiene que deshacer algunas de sus compras recientes, Azucarera Ebro se vende, y así podríamos seguir hasta el amanecer, y ya veremos lo que pasa con nuestro sistema de cajas y bancos, y mientras tantos miles de trabajadores se van al paro todos los días, y todos juntos, perplejos y confundidos, nos encontramos frente a la más profunda crisis de nuestra historia reciente, que no es solo económica, que es también política, fundamentalmente política y de valores, la crisis de un país ayuno de todo referente moral, carente de liderazgo y víctima del sálvese quien pueda.

Víctima de una corrupción galopante, síntoma evidente de la cual es esa obsesión por el gasto suntuario que se ha apoderado de casi todas las Administraciones. El último en apuntarse ha sido el Rey, que se va a gastar 3,3 millones en “redecorar” La Zarzuela. Ahora más que nunca hay que estar cerca de quien maneja el BOE, bailarle el agua al Presidente del Gobierno. Patronato de la Fundación Comillas, 1 de julio pasado, bajo la presidencia de don Juan Carlos -presidente de honor- con almuerzo posterior en el Palacio de Sobrellano: Su Majestad tiene enfrente a don Emilio Botín-Sanz de Sautuola, y hay una veintena de ilustres sentados en derredor, y en un momento del ágape casi todos pueden oír con nitidez los elogios que el banquero está dedicando a Zapatero. Nada del diplomático “es un buen chico, inteligente y tal”, no, sino una contundente laudatio del tipo “No sabemos la suerte que hemos tenido con este hombre en la presidencia, Señor, está colocando España en lo mas alto de la escena internacional, un hombre providencial para todos….” Ni un átomo de exageración, hasta el punto de que un probo socialista, fundador de una notable universidad en el sur madrileño, susurra al oído del presidente de una Caja de Ahorros que tiene al lado: ¿Estás oyendo lo mismo que yo…? “Sí, y no me lo puedo de creer…”

Don Emilio habla alto, muy alto, porque el Rey está sordo como una tapia por culpa de los disparos, es lo que tiene cazar cuatro de los siete días de la semana. No oye un pimiento, nada de nada, pero se niega en redondo a ponerse un aparato auditivo. No le sale de sus reales bemoles. Y tal vez tenga razón, porque, para lo que hay que oír, mejor estar sordo. O sacudir con el bastón de mando a los agoreros portadores de malas noticias. Es lo que hizo su amigo Alberto Alcocer en una reciente montería, cuando, a la hora de cena, la conversación derivó hacia la crisis y lo mal que están las cosas, y fulano que va a quebrar y mengano que está con una depre de caballo, y de pronto que Alcocer dice alto ahí, no me toquéis mas los cojones y vamos a cambiar de tema, porque, joder, sí, las cosas están muy mal, pero aquí parece que nos olvidados enseguida del dinero que hemos estado ganando a espuertas todos estos años…

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El error de las izquierdas, de Vicenç Navarro en Rebelión

Posted in Economía, Política by reggio on 23 noviembre, 2008

Por muchos años ha habido una percepción generalizada entre intelectuales de izquierdas (que incluyen desde Susan George a Jürgen Habermas y Ulbrich Beck) de que los estados estaban perdiendo poder como consecuencia de la globalización, siendo éstos sustituidos por las corporaciones multinacionales que se han convertido en las unidades claves del orden económico internacional. Es más, esta situación de debilidad de los estados se ha atribuido a la victoria del neoliberalismo que ha promovido la necesidad de reducir el papel del estado en el espacio económico y social del país.

Tal interpretación de los hechos es insuficiente cuando no errónea y está dificultando la comprensión de lo que está sucediendo en la actualidad. Varios son los supuestos erróneos de aquella percepción de que los estados han estado perdiendo poder y las multinacionales son las nuevas unidades que dominan la economía internacional. En realidad, las multinacionales son empresas nacionales cuya actividad es internacional (es decir, se realiza en varias naciones) pero están basadas en un país, siendo su relación con el estado de aquel país clave para entender su comportamiento (desde su distribución territorial a su política empresarial). De ahí que tales empresas deberían llamarse Transnacionales en lugar de Multinacionales y constituyen las entidades económicas que centran el tejido que influencia enormemente al Estado. Este maridaje mundo empresarial-clase política es una de las constantes de los sistemas políticos democráticos que configuran en gran manera las políticas públicas de los estados. En EE.UU. tal maridaje se llama “Washington” y es enormemente impopular, lo cual explica que todos los candidatos en las últimas elecciones presidenciales tuvieran que presentarse como anti-Washington. Es este maridaje el que ha creado el Consenso de Washington en EE.UU. y el Consenso de Bruselas en la Unión Europea. Y aun cuando Bruselas no ha alcanzado el nivel de impopularidad que ha alcanzado Washington, está acumulando créditos para llegar al mismo nivel. El creciente rechazo hacia la Constitución Europea y hacia la Unión Europea por parte de amplios sectores de las clases populares es un ejemplo de ello. En ambos casos, el establishment político es percibido como cautivo de los grupos financieros y empresariales.

Este maridaje mundo empresarial-clase política, sin embargo, no puede interpretarse como la mera instrumentalización del estado por parte de las empresas transnacionales basadas en estos países. En realidad tales empresas son piezas clave en un entramado de lo que en EE.UU. se llama la clase empresarial (Corporate Class) que necesita para su existencia y reproducción la alianza de las clases profesionales que constituyen en general el 30% de la población de mayor renta en el país. Esta realidad debiera llevarnos a desenterrar de nuevo el concepto olvidado de clases sociales y de lucha de clases. Lo que hemos estado viendo durante los últimos treinta años no es la desaparición del estado sino la acentuación del carácter de clase del estado como consecuencia de la enorme influencia de la clase empresarial y de las clases medias de renta alta en tal estado que ha desarrollado políticas públicas encaminadas a optimizar sus intereses económicos. El neoliberalismo ha sido su filosofía, la cual tiene una narrativa que no coincide con su práctica. Su discurso antiestado se refiere única y exclusivamente al estado social, en absoluto al estado económico, industrial o fiscal.

El Presidente Reagan, presentado como el iniciador del neoliberalismo, fue el mejor ejemplo de lo que estoy diciendo. El gobierno Reagan fue enormemente intervencionista. El gasto público federal aumentó y la carga fiscal de la mayoría de la población aumentó como ningún otro Presidente había hecho antes en tiempos de paz en EE.UU. Y sus políticas públicas fueron profundamente keynesianas, en absoluto liberales. Ejemplos hay miles. Uno de ellos es que cuando la economía estadounidense cayó en recesión al principio de su mandato (en 1982 el PIB de EE.UU. se contrajo un 1,9%, la mayor caída desde la II Guerra Mundial) y el desempleo aumentó a un 9,2% (la cifra mas alta desde los años treinta), la administración Reagan (definido por el ideólogo ultraliberal Xavier Sala i Martí como “el gran liberal”) respondió de la manera que los libros de texto definen como keynesianismo. El gasto público aumentó espectacularmente, creándose un déficit del presupuesto del gobierno federal de nada menos que un 6% del PIB. La gran expansión del gasto público fue en gasto militar, cuyo estímulo económico y creación de empleo fue menor, por cierto, que si el gasto de inversiones hubiera sido en servicios públicos como sanidad, servicios sociales e infraestructura del país. Ahora bien, así y todo, un crecimiento tan masivo del gasto público estimuló la economía de manera que la economía creció en 1983 un 4,5%, y en 1984 un 7,2%, lo que le permitió anunciar al pueblo estadounidense que un “nuevo amanecer” existía en América, venciendo ampliamente las elecciones de aquel año.

Es por lo tanto un error aceptar (como constantemente se hace) la dicotomía de que las dos prácticas existentes en política económica es la antiestado (liberal) versus la proestado (keynesiana). Los gobiernos liberales han sido profundamente intervencionistas. Como bien dijo John Williamson, el gran guru del neoliberalismo del consenso de Washington, “hay que fijarse no en lo que el gobierno federal dice sino en lo que hace. Lo que proponemos al exterior no es lo que hacemos en casa”. No podía haberse dicho mejor. En realidad, el Secretario de Defensa de la Administración Reagan, Caspar Weinberger, había dicho en una entrevista al Washington Post (2.9.81) que el gobierno federal de EE.UU. tenía la política industrial más desarrollada en el mundo democrático, a través del gasto militar.

Es por lo tanto un error de varios autores socialistas europeos identificar el socialismo con el liberalismo (tal como hace el socio-liberalismo), proponiendo el socialismo como el auténtico liberalismo. Autores como Anthony Giddens ignoran que lo que se llama liberalismo es el intervencionismo de estado a favor del mundo empresarial y a favor de las clases dominantes (el 30% de renta superior del país). ¿Es esto lo que están proponiendo?

¿Qué hay que hacer?

La solución a la recesión actual es bastante fácil de ver. Mírense cualquier texto de historia económica mínimamente objetiva y lo verán. Hay que hacer lo que Reagan hizo, pero con un sentido de clase opuesto al que el realizó. El recuperó la economía mediante medidas que favorecieron primordialmente a las clases dominantes de EE.UU. Es a partir de la revolución liberal liderada por el Presidente Reagan que las rentas del trabajo como porcentaje de la renta nacional descendieron y las rentas de capital subieron. Y lo mismo ocurrió en Europa. Nunca antes en los últimos cincuenta años el porcentaje procedente de las rentas del trabajo había bajado tanto. Lo que tienen que hacer las izquierdas en Europa es resolver la recesión en términos favorables a las clases trabajadoras y a las clases populares. Ello quiere decir que hay que aumentar el gasto público (incluyendo el gasto público social que refuerza al mundo del trabajo) de una manera mucho más acentuada de lo que está proponiendo el Ministro de Economía del Gobierno socialista español, el Sr. Solbes. El objetivo de este aumento de gasto público es crear empleo a base de aumentar el gasto en los servicios públicos que en España están muy poco desarrollados. Sólo un 9% de la población adulta trabaja en sanidad, educación, servicios sociales, escuelas de infancia y servicios de dependencia, comparado con un 15% en la UE-15 y un 25% en Suecia, uno de los países que tienen mayor protección social y mayor eficiencia económica. Estos fondos, que deberían ser generados primordialmente por el Gobierno central, deberían transferirse a las CC.AAs. y a los municipios cuyas finanzas están en situación muy precaria. Otro capítulo de inversión importante debería ser en las infraestructuras y muy en especial a la que beneficia a las clases populares (más ferrocarriles locales que AVE, por ejemplo). La financiación del gasto debiera ser mediante el aumento del déficit, alcanzando niveles mucho más elevados que el que el Sr. Pedro Solbes está dispuesto a permitir, llegando a niveles incluso de un 5% a un 6% del PIB. Ello exigiría una gran flexibilización del Pacto de Estabilidad Europeo que ha estado frenando el crecimiento económico de Europa durante los años de su existencia.

La causa de que la Unión Europea haya tenido un mayor desempleo que EE.UU. a partir de los años ochenta no se ha debido, como los economistas liberales proclaman, a la mayor desregulación de los mercados laborales y financieros y menor gasto en protección social en EE.UU., sino a que el estado federal estadounidense es más keynesiano que el gobierno de la UE (la Comisión Europea). EE.UU. tiene un gasto público federal equivalente al 19% del PIB (frente a un 1,1% del PIB europeo en la Unión Europea) que, junto con la reducción de los intereses por parte del Banco Central –The Federal Reserve Board- (que han sido históricamente más bajos que los intereses del Banco Central Europeo), ha tenido un impacto estimulante mucho mayor que el del limitado gobierno europeo. El debate, por lo tanto, no debiera ser estado o no estado (un debate que no responde a la realidad), sino qué tipo de intervención del estado y al servicio de qué clases sociales. El keynesianismo estadounidense ha ayudado claramente a las rentas del capital. La izquierda debiera promover el keynesianismo social que facilitara las rentas del trabajo, cuya disminución es la causa del desplome de la demanda, causa mayor de la recesión actual.

Pero el keynesianismo no es suficiente. Y esto el gobierno federal de EE.UU. y varios gobiernos europeos (incluido el británico) lo han visto claramente. Tales gobiernos han visto que tenían que recurrir no sólo al estímulo de la demanda sino también al control de crédito. Han nacionalizado en la práctica las instituciones crediticias. Pero ahí de nuevo, el tema de debate no debiera ser sobre si nacionalizar o no, sino sobre qué tipo de nacionalización y para el bien de quién. La nacionalización de la banca, por cierto, no ha sido nada nuevo. Todas las crisis bancarias han visto nacionalizaciones de la banca. El tema es ¿a beneficio de quién se realiza tal intervención? En EE.UU. se ha hecho a beneficio del capital financiero.

Una última observación. La recesión actual exigirá un replanteamiento de las instituciones de la Unión Europea, haciéndolas más sensibles al mundo del trabajo a costa del mundo del capital, cuyos beneficios exuberantes en los últimos diez años están también en la base del comportamiento especulativo que ha seguido la comunidad bancaria. Desde el Banco Central Europeo hasta la Comisión Europea tendrán que cambiar profundamente. Que lo hagan o no depende, en parte, de que las izquierdas recuperen aquellos valores y análisis de la realidad que abandonaron.

Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas. Universitat Pompeu Fabra

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Elogio a una turbulenta transición, de Naomi Klein en La Jornada

Posted in Economía, Política by reggio on 23 noviembre, 2008

Mientras más detalles son revelados, más obvio resulta que el manejo de Washington del rescate de Wall Street no solamente es incompetente. Raya en lo criminal.

En un momento de gran pánico, a finales de septiembre, el Departamento del Tesoro estadunidense promovió de manera unilateral un cambio radical en los impuestos pagados por las fusiones de bancos, un cambio que la industria durante mucho tiempo buscó obtener. A pesar de que esto privará al gobierno de hasta 140 mil millones de dólares en ingresos fiscales, los legisladores se enteraron ya que estaba consumado el hecho. Según The Washington Post, más de una docena de abogados fiscales coincidieron en que “no era competencia del Departamento del Tesoro emitir una notificación [de un cambio fiscal]”.

También son de dudosa legalidad los acuerdos de activos que el Departamento del Tesoro negoció con muchos de los bancos de Estados Unidos. Según el congresista Barney Frank, uno de los arquitectos de la legislación que permite los acuerdos, “cualquier uso de estos fondos para un propósito distinto a los préstamos (para bonificaciones, para indemnizaciones por despido, para dividendos, para adquisiciones de otras instituciones, etcétera) es una violación de la ley”. Sin embargo, así es como se están usando los fondos.

Luego están los casi 2 billones de dólares que la Reserva Federal entregó como préstamos de emergencia. Resulta increíble que la Reserva Federal no haya revelado qué corporaciones han recibido estos préstamos o qué ha aceptado en garantía. Bloomberg News opina que este secreto viola la ley y ha presentado una demanda federal para que se dé a conocer la información.

A pesar de toda esta potencial delincuencia, los demócratas defienden la administración o se rehúsan a intervenir. “Sólo hay un presidente a la vez”, escuchamos decir a Barack Obama. Es cierto. Pero cada privilegiado acuerdo del débil periodo final de la administración de George W. Bush amenaza con menguar la habilidad de Obama de cumplir con su promesa de un cambio. Por mencionar un caso, los 140 mil millones de dólares ausentes del ingreso fiscal son casi el monto programado para el programa de energías renovables de Obama. Éste le debe a la gente que lo eligió llamarlo por su nombre: un sigiloso intento de minar el proceso electoral. Sí, sólo hay un presidente a la vez, pero ese presidente necesitaba el apoyo de demócratas con poder, incluyendo a Obama, para que se aprobara el rescate. Ahora que queda claro que la administración de Bush está violando los términos que ambos partidos acordaron, los demócratas no sólo tienen el derecho, sino la grave responsabilidad de intervenir enérgicamente.

Sospecho que la verdadera razón por la cual los demócratas hasta ahora han fracasado en tomar acción tiene menos que ver con el protocolo presidencial que con el miedo: miedo de que la bolsa de valores, que tiene el temperamento de un niño consentido de dos años de edad, hará otro de sus berrinches capaces de sacudir al mundo. Revelar los nombres de quiénes reciben los préstamos federales, nos dicen, podría provocar que el irritable mercado apueste en contra de esos bancos. Si cuestionas la legalidad de los acuerdos de activos pasa lo mismo. Si retas el regalo fiscal de 140 mil millones de dólares podría pasar lo mismo. “Ninguno de nosotros quiere ser culpado de arruinar estas fusiones y crear una nueva Gran Depresión”, explicó un asesor legislativo que mantuvo el anonimato.

Los demócratas, incluyendo a Obama, parecen pensar que la necesidad de calmar al mercado debería gobernar todas las decisiones económicas clave en el periodo de transición. Ésta es la razón por la cual, justo días después de la eufórica victoria del “cambio”, el mantra repentinamente cambió a “una suave transición, sin complicaciones” y “continuidad”.

Tomemos como ejemplo la elección del jefe de equipo. A pesar de que los republicanos cacarean acerca de que es ferozmente partidista, Rahm Emanuel, el demócrata de la Cámara baja que recibió la mayor cantidad de donativos del sector financiero, envía un indudable mensaje tranquilizador a Wall Street. Cuando se le preguntó en This week with George Stephanopoulos [Esta semana con George Stephanopoulos, en ABC News. N de la T] si Obama entraría rápido en acción para incrementar los impuestos de los ricos, como prometió, Emanuel deliberadamente no contestó.

Esta misma lógica de consentir al mercado debería, nos dicen, guiar la elección del secretario del Tesoro. Stuart Varney, de Fox News, explicó que tanto Larry Summers, quien tuvo ese cargo bajo la administración de Bill Clinton, como el ex presidente de la Reserva Federal Paul Volcker “darían gran confianza al mercado”. Aprendimos de Joe Scarborough, de MSNBC, que Summers es el hombre “que a la Calle [se refiere a Wall Street. N de la T] más le gustaría”.

Que quede claro por qué. “La Calle” ovacionaría la asignación de Summers por la misma razón que el resto de nosotros deberíamos temerla: porque los corredores de bolsa asumirán que Summers, campeón de la desregula- ción financiera durante la administración de Clinton, ofrecerá una transición tan suave que prácticamente ni cuenta nos daremos de que ocurrió. En cambio, alguien como Sheila Bair, presidenta de la FDIC [la agencia federal de seguro de depósitos], despertaría miedo en la Calle, por todas las razones correctas.

Sabemos una cosa con certeza: que el mercado reaccionará con violencia a cualquier señal de que hay un nuevo sheriff en el pueblo que podría imponer regulaciones serias, invertir en la gente y suspender el dinero gratuito a las corporaciones. En pocas palabras, se puede confiar en que los mercados voten exactamente en el sentido contrario del que los estadunidenses acaban de hacerlo. (Una reciente encuesta de USA Today/Gallup encontró que 60 por ciento de los estadunidenses está muy en favor de imponer “regulaciones más estrictas a las instituciones financieras”, mientras que sólo 21 por ciento está en favor de apoyar a las empresas financieras.)

No hay manera de reconciliar el voto del público por un cambio con el clamor del mercado por más de lo mismo. Las buenas noticias son que una vez que quede claro que las nuevas reglas se aplicarán a todos los niveles y con imparcialidad, el mercado se estabilizará y se ajustará. Además, esta turbulencia no puede ser más oportuna. En los pasados tres meses, nos han conmocionado tan frecuentemente que la estabilidad del mercado sería una mayor sorpresa. Eso le da a Obama una ventana para ignorar los llamados en favor de una transición sin dificultades y para primero hacer lo difícil. Pocos lo podrían culpar de una crisis que claramente comenzó antes o echarle la culpa por cumplir con los deseos del electorado. Mientras más se espere, sin embargo, más se diluyen las memorias. A la hora de transferir el poder de un régimen funcional y digno de confianza, todos favorecen una transición suave. Cuando se sale de una era marcada por la delincuencia y por una ideología en bancarrota, un poco de turbulencia al principio sería una muy buena señal.

© Naomi Klein 2008

http://naomiklein.orgTraducción: Tania Molina Ramírez

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